exclusión y monogamia: mi proceso de empoderamiento

por wuwei (natàlia)

en català aquí.

 

[imagen: una chapa roja con el símbolo de la anarquía relacional en blanco enganchada en un tejido negro. El símbolo de la anarquía relacional es una A dibujada dentro de un corazón]

 

Este texto lo escribí y se publicó en El Salto el 5 de Octubre. Podéis ver el original aquí . 

 

Aviso de contenido: exclusión, estructuras de poder, neurocapacitismo (e insinuación de otras estructuras como gordofobia, cisexismo, racismo, etc), pensamiento monógamo, miedo, consumo relacional, maltrato, mención de ansiedad social y depresión

 

Yo no nací monógama ni anarquista relacional. Yo crecí, como todes, en un entorno social determinado y lleno de estructuras de poder: machismo, heterosexismo, monosexismo, monogamia, racismo, entre otras. A mí me enseñaron desde pequeña que hay una forma correcta de relacionarse con cada persona según unas cajas determinadas: las amigas, la pareja, la familia de origen, la familia política, las compañeras de trabajo, las compañeras de clase, etc. También que hay diferencias en el trato según el género de la otra persona u otros factores como la clase social, las capacidades o el color de su piel o el país de proveniencia.

Aprendí que lo que era normal era tener una pareja y, en mi caso, que esta tenía que ser un hombre. También me enseñaron que la pareja era el tipo de relación a través de la cual existe el compromiso, siempre acompañado de un tipo de sacrificio jerárquico. Me enseñaron que las amistades están bien y son “útiles” (sobre todo cuando no tienes pareja o necesitas un apoyo emocional debido a algún problema de pareja), pero que la pareja siempre tiene prioridad. También me enseñaron que los cuidados, el afecto (tanto físico como emocional) y el sexo siempre tenían que ir juntos a través de esta figura y que, sin pareja, solamente podría obtener relaciones de consumo, tanto sexual como emocional, totalmente aceptadas como castigo por no pasar a través de la pareja.

Me enseñaron que, para poder acceder a tener pareja (y por tanto acceder a tener todas estas necesidades cubiertas) tenía que competir con las guapas, las carismáticas o las atractivas al ojo normalizado del que mira y escoge. También aprendí que había personas más feas, gordas, con cuerpos menos normativos, raras y desviadas (no heterosexuales, trans, racializadas, etc), y que estas acostumbraban a recibir cierto tipo de violencias: muchas hemos pasado infiernos en la escuela o en el instituto que han seguido reproduciéndose fuera de estos entornos. También aprendí que todas estas eran las excluidas, no solamente a poder tener amigas, sino también, y sobre todo, a acceder al privilegio de tener una pareja.

Crecí con un miedo muy grande al rechazo y a ser excluida. Por mi experiencia, perder mi posición a ser reconocida como “existente” (y ya no digamos a sentirme apreciada, afectada, querida o deseada) era muy fácil. En mi caso era por mis supuestas “rarezas”. Ahora entiendo más de dónde venía eso: mi cabeza es diferente a lo que se ha estipulado como “normal” y esto implica cosas muy variadas, como movimientos leídos como “extraños”, reacciones emocionales diferentes, lentitud para ciertas cosas, rapidez y estrés para otras, dificultad para comunicarme de una forma tipificada, diferencias sensoriales, etc. Soy neurodivergente, cosa que me hacía ser un blanco fácil tanto de insultos o ataques, ser ignorada o rechazada. Sumada a la exclusión, mi funcionamiento también me dificultaba cierto tipo de interacciones, ya que la ansiedad social o las fases depresivas hacían que me costara más acercarme a la gente.

Con todo este miedo, empecé a caminar por el mundo de las relaciones. El miedo, la exclusión, y ciertas violencias que recibí me hicieron creer que el mejor camino era la monogamia heterosexual cuando “conseguí” tener una relación de pareja: me daba seguridad. Tener la “suerte” de encontrar a alguien que no me rechazara. Me cogí muy fuertemente a eso y viví once años en una relación monógama con un hombre. También empecé a esconder y a no hablar nunca de mi orientación sexual y afectiva (bisexual), ya que, cuando la había mostrado o había mostrado algún indicio de promiscuidad, debido a mi género había padecido violencias de las que necesitaba huir y protegerme (violencias relacionadas tanto con el género como con el consumo relacional fuera de la pareja). No sentía el empoderamiento como una opción.

Aún la seguridad que eso parecía darme, la relación no era segura: era de poder, desigual y de propiedad (giraba alrededor de él, y de sus deseos y necesidades). Tardé en aceptar que eso no era bueno para mí por todos aquellos miedos que arrastraba: a quedarme sola, al vacío que siempre había encontrado fuera de esa relación, especialmente por el proceso de exclusión; al rechazo, que siempre me ha dolido más que la soledad en sí misma (a la que me he acostumbrado en muchas épocas de mi vida). El apego se complica mucho cuando eres una persona a quien las relaciones se le hacen más complejas debido a la exclusión, a los desvíos respecto a la norma, tanto por ser neurodivergentes, como por ser gordas, feas, con diversidad funcional, o por muchos otros motivos y estructuras. Finalmente conseguí hacer el paso de dejar aquella relación, con mucha sensación de vértigo.

Decidí aprovechar la situación para pensar cómo quería construir mis relaciones. Entonces, cuando pensaba en relaciones, tenía la tendencia a pensar en relaciones de pareja, como me habían enseñado desde pequeña. Más adelante mi preocupación se extendería al resto de relaciones cuando, estando otra vez expuesta al consumo y la exclusión, ya no teniendo el privilegio de la seguridad de tener una pareja, padecí y viví de una manera muy contundente lo que hace el pensamiento monógamo a todas aquellas que no somos reconocidas ni tenemos pareja.

Los siguientes fueron años de volver a revivir rechazos y, cuando parecían no ser rechazos, el consumo y el maltrato emocional desde la posición de la amistad. La monogamia es muy competitiva, solamente una sola persona puede llevarse el reconocimiento por parte de otra. Reconocimiento y una serie de factores que ya he comentado, como cuidados o afecto. Ser excluida no implica solamente que no se te reconozca sino que, además, tampoco se reconozca lo que se consume, los maltratos, la violencia emocional, la falta de cuidados y muchas otras cosas.

Desde esa sensación de exclusión y de estar fuera de este “mercado” de las relaciones, siguiendo teniendo el miedo a caer en una relación posesiva y viviendo maltrato y consumo fuera de una relación monógama, me di cuenta de que necesitaba, no solamente “descubrir” cuál era la forma que quería para mis relaciones, sino ir más allá: necesitaba politizarlo. Fue en ese momento cuando todo mi interés fue debatir, informarme, reflexionar, formas relacionales que pudieran luchar contra toda eso violencia. Entonces fue cuando empecé a repetirme (sin saber muy bien qué quería decir) “quiero que mis relaciones sean políticamente conscientes”.

En todo ese proceso intenté pensarme a través del poliamor (porque era la alternativa que tenía más a mano, la más conocida). Creí que, a lo mejor, la solución podría ser solamente romper con la exclusividad de la pareja. Pero la sensación de exclusión seguía y lo único que sentía era la reproducción multiplicada de lo que ya había vivido en la monogamia. Si estás excluida dentro del “mercado” de las relaciones, es igual el número de parejas que estés “dispuesta” a tener, seguirás fuera; o, mejor dicho, aun más fuera, mientas observar como un conjunto de personas con un elevado capital social, sexual y de cuidados se lo van montando entre ellas. Seguía sintiendo que no encajaba y, sobre todo, seguía sin encontrar una alternativa que rompiera con los sistemas de opresión.

Fue entonces cuando mi atención se dirigió a entender las relaciones de forma general (más allá de la pareja). Me asusté al hacerme consciente de cómo vemos y vivimos las relaciones, y el poco valor que suelen tener las relaciones que no son de pareja.

Fue en ese momento cuando comprendí el concepto de red afectiva, no tanto como solamente un conjunto de personas con diferentes tipos de vínculos que te dan un apoyo afectivo, sino como una red sensible, de solidaridad, en la que se tienen en cuenta estructuras, violencias, que presta apoyo económico, emocional, intelectual y de muchos tipos. Tener en cuenta las estructuras tiene que implicar romper con los discursos poco inclusivos para incluir a todas aquellas que el capitalismo relacional excluye. Por tanto, tiene que implicar cuestionarse el deseo, por qué unas atraen (tanto emocionalmente, intelectualmente, estéticamente o sexualmente) y otras no, por qué damos más atenciones a unas y a otras menos, qué construcciones sociales hay detrás, y deconstruirlas.

Desde ese punto empecé a construir una filosofía relacional que me hizo, poco a poco, identificarme con la anarquía relacional (otro tipo de no-monogamia) y a valorar las relaciones de otra forma. No estoy diciendo que todas las que se identifiquen con la anarquía relacional la vivan exactamente de la misma manera, al igual que pueden haber personas que se identifiquen con el poliamor y tengan experiencias diferentes a la mía al respecto y filosofías relacionales parecidas, pero sentí que era lo que más encajaba. Empecé a verlo como una alternativa a la pareja y la familia nuclear más sensible a mi filosofía en muchos aspectos.

El problema de vivir filosofías relacionales de este tipo es encontrar con quien poderte vincular, ya que, para que no me arrastrara otra vez a dinámicas vividas pasadas, necesitaba relacionarme con personas que trabajasen las relaciones de forma parecida. Gracias al activismo plurisexual crítico (y al privilegio de vivir en un ambiente urbano) encontré a unas pocas personas con las que podía construir vínculos, personas con las que podía hablar sobre relaciones, debatir y tratar todos estos temas que he comentado. No obstante, no me fue nada fácil, ya que empecé a buscar este tipo de vínculos hundida y sin tener ninguna relación de referencia. Poco a poco, y siguiendo muy vinculada a ciertos tipos de activismos (con otras anarquistas relacionales y activistas de la no-monogamia también con una perspectiva crítica), seguí tejiendo la que es ahora mismo mi (muy quería y apreciada) red.

Con el tiempo me he dado cuenta de que lo que me estoy construyendo no es compatible ni con la monogamia ni con jerarquías que imponen las voluntades de parejas por encima de las necesidades y cuidados hacia otras relaciones consideradas socialmente menos importantes. También me he dado cuenta de que hay muchas formas diferentes de compartir cuidados y afecto, y que no tienes tampoco porque centrarlo todo en una sola figura relacional. No es fácil porque supone nadar contracorriente en muchos sentidos; porque no siempre tener una red de este tipo, debido al contexto relacional y social que vivimos, puede aportarte todo lo que necesitas emocionalmente o afectivamente; y porque la mayoría de personas son jerárquicas y además muchas instrumentalizan filosofías relacionales, escondiendo debajo una forma de relacionarse también consumista y excluyente.

Muchas veces este mundo de exclusión, capitalista y que consume relaciones, me ha hecho desear o sentir necesitar el apoyo de una pareja en monogamia. De hecho, sé que para muchas personas en situación de exclusión similar conseguir tener una pareja “estable” es todo un gran hito. Hace unos meses leí un tuit de una activista autista explicando que, para ella, como autista y gorda, haber conseguido casarse con un hombre había sido un acto revolucionario. Yo no estoy nada de acuerdo con que conseguir casarse sea un acto revolucionario, aunque entiendo mucho por qué lo dice. No obstante, ahora mismo, para mí tener una relación monógama no sería en ningún caso compatible con mi voluntad de no querer ejercer poder ni privilegios relacionales sobre otras personas. Tampoco sería compatible con mi red, una red que, aunque a veces la siento inestable, no querría perder por nada en el mundo.

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la vulnerabilidad de las mujeres bisexuales o no monógamas

por wuwei (natàlia)

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Cada estructura de poder tiene sus formas de afectar al grupo al que está oprimiendo. Una de las (muchas) características del machismo es la objetificación sexual (entre otros tipos de objetificación) de las mujeres. Esto no implica solamente una hipersexualización (consecuencia de la objetificación), sino también de una disposición de nuestro consentimiento: nuestro consentimiento no es reconocido como existente, y se nos anula la posibilidad de poder o no consentir. Este borrado se hace y se construye a través de normas sociales (muchas de ellas implícitas), como por ejemplo el hecho de creer que la opinión de las mujeres es menos que la de los hombres (y por tanto, que los deseos de cualquier hombre pasen por encima de lo que pueda pensar, sentir o desear una mujer), o de la creencia de que los hombres pueden disponer y apropiarse de nuestros cuerpos, deseos, emociones o voluntades (que no solamente se traduce en objetificación sexual, sino también en explotación en las tareas del hogar, o en el consumo emocional).

 

Las intersecciones entre opresiones suelen complicar las cosas. Cuando, por ejemplo, hablamos de cómo se combina ser mujer con la bisexualidad, esta objetificación de la que hablábamos aumenta. En el patriarcado se ha establecido actualmente un tipo de ‘norma’ implícita que dice que todas las mujeres tenemos que ser bisexuales para el placer de los hombres, mientras que a la vez se nos obliga a ser heterosexuales. ¿Qué quiere decir esto? Que nuestra orientación “real” y obligatoria tiene que ser heterosexual (solamente nos tienen que gustar y atraer los hombres, y son con los que tenemos que tener vínculos románticos exclusivos), pero que tenemos que performar (representar, jugar a) la bisexualidad para que los hombres heterosexuales puedan disfrutar de sus fantasías sexuales. Esto hace que por un lado se niegue la orientación de las que seamos bisexuales (nuestra orientación no es “real”, es solamente un juego) y que se apropie por parte de los hombres (no es solamente un juego, es un juego para los hombres). Una de las consecuencias de todo esto es la cantidad de agresiones sexuales que padecemos las mujeres bisexuales debido a, no solamente ser mujeres, sino también bisexuales. Unos estudios estadísticos que se hicieron en Estados Unidos, mostraban que casi la mitad de las mujeres bisexuales habían padecido una violación, frente el 15% de mujeres monosexuales (heterosexuales o lesbianas).

 

Un aumento de la objetificación también ocurre a las mujeres no monógamas. A ojos de los hombres, las mujeres no monógamas somos “mujeres más fáciles”, cosa que nos pone en una situación más vulnerable delante de hombres que especialmente buscan relaciones sexuales objetificadas, donde creen que nuestro consentimiento es más fácilmente ignorable porque ‘ya somos no monógamas’ (cómo si esto diera luz verde a cualquier hombre que quisiera disponer de nosotras). Además, dependiendo del tipo de no-monogamia la vulnerabilidad puede aumentar: las mujeres que practiquen un tipo de no-monogamia que se vean desde fuera como más “flexibles” y que más rompan con el amor romántico y el concepto de pareja suelen ser vistas e interpretadas a ojos de un hombre machista como “mujeres que solamente quieren tener sexo y a las que no tengo porque dar explicaciones de nada” o, por decirlo más resumido “mujeres más accesibles”.

 

Finalmente, también está el mito del unicornio, aquellas mujeres bisexuales no monógamas buscadas especialmente por parejas hombre-mujer para su placer sexual o como ‘compañera’, donde existe una jerarquía entre la “pareja” y esta mujer (la pareja es la que tiene el poder en la “relación” y por tanto son las componentes de la pareja las que ponen las normas y las que tienen voz). Las mujeres que son tratadas como unicornios, además, se les suele exigir una serie de elementos, como si de un producto de catálogo se tratara: atractiva, joven, que sepa “dar” igual a casa uno de los componentes de la parejas, que no monte “dramas”, y que sepa aguantar cualquiera de los problemas o celos de la pareja (e incluso hacerse responsable, sin exigir ninguna responsabilidad de “vuelta”). Y cuidado, que no se enamore más del unicornio uno de los componentes de la pareja que el otro porque entonces podrá devenir el nuevo objeto de celos mientras a la vez se le tratará como culpable de todo.

 

Cuando yo era adolescente padecí ciertas situaciones de vulnerabilidad y de agresiones sexuales donde tanto mi supuesto comportamiento poco monógamo (no me planteaba la idea de tener una pareja ni el tema de la exclusividad) como también el hecho de ser bisexual jugaron un papel muy importante. Tanto es así que finalmente (y de forma muy inconsciente) me acabé encerrando en una relación monógama con un hombre por protección (relación que acabé dejando hace más de siete años). Llegué a sentir que la razón por la cual había padecido aquellas agresiones había sido tanto mi orientación sexual como mi forma de relacionarme poco monógama. Una sensación de culpa constante me perseguía (una cosa muy ligada a como nos tenemos que sentir siempre las mujeres). Pero el problema no fue ni mi orientación ni ningún tipo de no-monogamia, sino los hombres machistas que utilizan estos factores como excusa para apropiarse de nuestros cuerpos y de nuestras emociones. Cualquier mujer tiene todo el derecho de explorar su sexualidad, de tener el tipo de relaciones que desea, como también de decidir no querer pertenecer a ningún hombre.

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¿por qué hago/hacemos activismo bi/pluri? (intervención en la mesa redonda de enrenou 23S)

por wuwei (natàlia)

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El 23 de Septiembre es el día internacional de la visibilidad bisexual (aunque a mí me gusta llamarlo el día de la lucha contra el monosexismo), y se organizó una mesa redonda el día 25 de Septiembre de 2015 por parte de Enrenou. Ésta fue mi intervención traducida del catalán.

Buenas tarde a todas. Me llamo Natàlia, soy activista bisexual y formo parte del colectivo Enrenou, un grupo de activismo bisexual y de otras identidades plurisexuales. Para las personas que no conozcan el termino plurisexual, es un término que utilizamos para referirnos a todas aquellas orientacions sexuales (o afectivas) donde nos sentimos atraídas por más de un género. Lo que me gustaría poder traer a esta mesa es exponer cual es la necesidad de hacer un activismo bisexual, y por lo tanto partir de la pregunta ‘¿Por qué hago/hacemos activismo bisexual?’. Por esta razón y partiendo de esta pregunta, intentaré explicar cuáles son las problemáticas específicas con las que nos encontramos las personas plurisexuales y bisexuales y a partir de aquí entender el porqué de la necesidad de este activismo.

La norma social, como muchas sabemos, es la heterosexualidad. Todas las personas somos heterosexuales, hasta que alguien nos saca del armario o nosotras mismas lo hacemos. Solo las personas que nos enfrentamos con discriminaciones o violencia de algún tipo tenemos que salir del armario, porque sinó, no nos haría falta salir de ningún lugar que representara un escondite.

Se suele creer que cuando una persona no es heterosexual, por defecto es homosexual (lesbiana o gay). La heterosexualidad se contempla como lo que es ‘correcto’ y ‘bueno’, mientras que la homosexualidad es considerada mala, un error, discriminable, menospreciable y a erradicar. Aun así, considerarse mala y desviada (y por tanto de padecer de violencia y discriminación), se considera como existente. Y ninguna otra opción es habitualmente considerada.

Dentro de este marco, las personas plurisexuales no existimos. La mayor parte del vocabulario diario no nos contempla, y no representa lo que sentimos o con lo que nos identificamos. Pongamos el ejemplo de tener una pareja. ¿Habéis tenido alguna vez una relación bisexual? ¿O habéis visto una pareja y habéis dicho ‘oh, una pareja bisexual’? ¿O habéis encontrado un lugar de ambiente bisexual? Casi siempre se habla de relaciones hetero u homosexuales, o lésbicas, o bien de parejas hetero o parejas gay, siempre cogiendo como referente el género de las personas de la relación. Si voy por la calle de la mano con una mujer llamarán a mi relación como lésbica y automáticamente a mí se me dirá que soy lesbiana, invisibilizando de esta manera la posibilidad de que yo no sea lesbiana, sino bisexual, que es precisamente como me identifico.

Las personas bisexuales tenemos que estar constantemente saliendo del armario, incluso con las personas con las que tenemos relaciones de pareja o sexoafectivas, con toda la violencia que esto representa.

Las discriminaciones que a menudo padecemos parten de este supuesto constante de que no existimos. Pero y ¿qué pasa cuando se habla de nosotras? Las pocas veces que se habla de nosotras, o las coses con las que nos enfrentamos cuando decimos que somos bisexuales, es darnos de narices con los estereotipos con lo que se nos relaciona; ya que no se habla nunca de nosotras, pero cuando se habla es para asignarnos connotaciones socialmente negativas, como por ejemplo, que somos promiscuas, que estamos confundidas, indecisas, que no sabemos lo que queremos que somos inestables… Una asignación que es una trampa. Una trampa porque en el fondo ser promiscua, ser inestable, ser indecisa, estar confundida, solo son negativas por el hecho de estar en una Sociedad patriarcal y capitalista.

Por miedo a sentirnos rechazadas, las personas bisexuales nos sentimos con la presión de negar que somos eso, que cumplimos estos estereotipos, discriminando así a personas de nuestra comunidad que son promiscuas, inestables, confundidas, indecisas… (y que ya están discriminadas por el simple hecho de estar así, sumándonos a esta violencia). Yo durante años estuve haciendo un esfuerzo constante para negarlos, por miedo al rechazo social, hasta que me di cuenta de la violencia que, no solo estaba ejerciendo hacia una parte de la comunidad bisexual, sino incluso a mí misma, obligándome a ser una cosa que no era o que no quería ser. Como por ejemplo, el hecho de no ser monógama, o el hecho de poder estar confundida, o de no saber escoger… ¿cómo no voy a estar confundida e indecisa si vivo en un sistema patriarcal y capitalista competitivo que me obliga a escoger entre dos opciones entre las que no tengo porque escoger, o que me obliga a escoger entre dos relaciones entre las que no tengo porque escoger, o que me obliga a tener un tipo de estabilidad muy concreta que solo está al servicio productivo y reproductivo, o aislada en una unidad familiar, o que me obliga a no poder cambiar, y a tener que ser una misma cosa desde que nazco hasta que muero (con la trampa de que una vez nazco se me asigna lo que tengo que ser sin que yo lo pueda escoger)?

Pues bien, en este marco de la negación de nuestra existencia juntamente con la asignación de estereotipos hace que las discriminaciones que padecemos las personas plurisexuales sean diferentes al tipo de violencia de discriminación más directa, o de violencia más física o verbal; es un tipo de violencia más bien simbólica. Es un tipo de violencia poco visible, palpable, pero que repercutí a la larga en nuestras vides y que tiene consecuencias. Como, pondré algunos ejemplos:

  • Problemas de salud mental, como depresiones o ansiedad, e intentos de suicidio, por el hecho de sentir no encajar, o la presión constante de definirnos de una manera como no nos sentimos.
  • Ser más vulnerables a violencias sexuales, especialmente las mujeres bisexuales por el hecho de ser hipersexualizadas
  • Pérdida de parejas o relaciones sexoafectivas, debido a la falta de confianza en los pactos a los que llegamos con elles (supuestos de que las engañaremos, las dejaremos)
  • Pérdida de puestos de Trabajo, ya que a menudo se nos ve como personas con las que no se puede confiar y poco estables, y por tanto poco responsables
  • Pérdida del soporte familiar

Entre otras. Esto, también, como pasa con todo tipo de discriminaciones, puede acabar afectando al nivel económico y a la clase social (sí, ponemos por caso, que pierdes el soporte familiar, de amistades, pierdes el Trabajo, y padeces de una salud mental más pobre, tienes todos los números de padecer más problemas económicos).

Evidentemente, todas estas problemáticas son muy difíciles de plasmar y de mostrar, ya que es mucho más fácil contabilizar la violencia física o verbal directa, pero no cuando nos encontramos que muchas personas no quieren tener relaciones con nosotras porque somos bisexuales, o que se nos excluye o se desconfía de nosotras cuando denunciamos una violación. Este tipo de violencia simbólica normalmente se puede ver y mostrar a través de estudios e investigaciones específicas, que desgraciadamente no existen en Catalunya ni en el Estado Español, y que de momento solo se han hecho en el Reino Unido, EEUU y Canadá.

Todo esto expuesto es lo que llamamos bifobia y, de forma más extendida como estructura social de poder, monosexismo. Es por todos estos motivos que existe una necesidad de hacer un activismo especifico que tanga en cuenta, no tanto la discriminación que podamos padecer cuando tenemos una relación con una persona del mismo género que nosotras, sino de la discriminación que padecemos por el hecho de ser plurisexuales y sentir atracción hacia más de un género.

Además, y ya para terminar la intervención, en nuestra lucha también se suma la lucha contra el patriarcado, el sexismo, la transfobia y la homofobia, etc, por dos motivos principales. El primer motivo es porque en nuestra comunidad también hay personas trans, también somos mujeres, también padecemos homofobia, y por tanto, nuestra lucha contra el patriarcado, el sexismo, la transfobia y la homofobia, igual que otras opresiones, también son nuestras luchas. Y, además, como segundo motivo, creemos que el monosexismo es una estructura que refuerza las demás estructuras, refuerza el sexismo, refuerza el cisexismo, refuerza el heterosexismo y refuerza el heteropatriarcado en general, y por tanto, luchar contra el monosexismo es indirectamente luchar contra todas estas otras estructuras. Es por esto, que para nosotras es importante la alianza, tanto con los colectivos LGTB como con los feministas.

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la ‘lógica’ de las estructuras de poder

por wuwei (natàlia)

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En febrero de 2015 escribí este texto en el anterior blog que tenía (reflexiones degeneradas). Podéis leer el original aquí.

 

La lógica, el concepto de lo que es lógico y lo que no lo es, está fuertemente relacionado con la estructura que crea esta propia lógica. Muchas personas ‘creen’ que las estructuras de poder, como por ejemplo el patriarcado, el heterosexismo, etc, solo se expresan en las agresiones directas. Por ejemplo, agredir físicamente a una persona por ser homosexual. Pero esto solo es la punta del iceberg; y de hecho solo percibimos esta violencia porque es la única que es definida como violencia por las estructuras que nos crean, rodean y moldean. Y es por esta razón por la que nos es más fácil hablar de homofobia que de heterosexismo, porque el heterosexismo tiene dentro de sí mucho más que la violencia visible, palpable y ‘directa’.

Las estructuras lo forman todo. Forman el lenguaje, la forma de comunicarnos, la forma en la que nos relacionamos, las ideas, qué percibimos como humor, lo que percibimos como correcto o incorrecto, como leemos nuestros cuerpos, nuestras interacciones físicas, mentales y emocionales. La forma en la que pensamos, razonamos, y vemos lógica o no. La forma en la que definimos lo que es violencia, lo que no, lo que nos gusta, lo que no nos gusta, lo que nos parece justo, y lo que nos parece lógico. Las estructuras crean lo que consideramos razonamiento científico, filosófico, como también lo que consideramos correcto, incorrecto o fuera de juicio moral o ético.

La estructura heterosexista es la que nos hace parecer ‘gracioso’ cuando vemos dos hombres besándose en una serie de televisión, y que nos parezca sexy cuando vemos hacerlo a dos mujeres. Solo hace falta ver que nos pasa tan desapercibido cuando en el primer caso se oyen las típicas risas de fondo y en el segundo los silbidos. La estructura monosexista es la que nos hace parecer normal y lógico definir las relaciones entre dos personas del mismo género como relaciones homosexuales y las de distinto como relaciones heterosexuales; es la que nos hace creer que eso no invisibiliza a las personas plurisexuales, y más aún a las personas de género no binario. La lógica alosexista es la que nos hace pensar que quien no siente atracción sexual es que padece algún problema y que a la vez ese razonamiento no crea ningún tipo de violencia simbólica hacia las personas asexuales. El razonamiento neuronormativista es el que nos hace creer que decirle a una persona con ansiedad que se calme no es más que una voluntad de querer que la otra persona se sienta mejor. La lógica patriarcal es la que nos hace pensar que la división del trabajo por género es algo natural y biológico y que siempre ha existido de la misma manera (una división que tampoco es por género, sino por como define el género el propio patriarcado, o sea, dependiendo de nuestros genitales, cuando en realidad esta división es pura estrategia en la reproducción y apropiación).

La violencia estructural es mucho más compleja de la que nos quieren vender, que es la de la ‘discriminación directa’. Hay muchas formas en las que se reproduce y se traduce a la larga en problemas de salud, de salud mental, de suicidios, de problemas relacionales, violencia sexual, etc. El propio lenguaje, que muches no quieren cambiar, está lleno de violencia simbólica que agrede a las personas a las que oprime cada estructura. Porque el lenguaje reproduce el pensamiento hegemónico, siempre de parte del opresor. Incluso el humor. Es por eso que cada vez que leo cosas como la palabra ‘lógica’ me pongo a temblar, ya que todo lo que venga detrás normalmente es un sinfín de reproducción de pensamiento hegemónico que mediante la ‘lógica’ y su opresión nos quiere normativizar.

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mujeres y bisexualidad: ¿aceptación social o violencia de género?

por wuwei (natàlia)

en català aquí.

Este artículo lo escribí y se publicó en la directa el 25 de noviembre de 2014 (día contra la violencia de género). Podéis ver el artículo original en catalán aquí.

La bisexualidad femenina parece ser socialmente aplaudida e inherente en las mujeres. Se suele decir que es más aceptada que la masculina, a pesar de que muchas mujeres bisexuales a menudo se quejan de sufrir agresiones debido a su orientación sexual. Esto parece una contradicción. Cómo es posible que, a pesar de parecer más aceptada, las mujeres bisexuales sientan sufrir esta violencia?

Breanne Fahs expone al ensayo Compulsory Bisexulity?: The Challenges of Moderno Sexual Fluidity ( 2009) que el concepto del heterosexualidad obligatoria se ha extendido al que denomina “bisexualidad obligatoria”. Lo que concluye en su estudio es que las mujeres son coaccionadas a fingir una bisexualidad para el placer sexual del hombre heterosexual: las mujeres tienen que ser (obligatoriamente) heterosexuales pero tienen que fingir (obligatoriamente) una bisexualidad para el goce masculino. Este hecho ya representa una violencia hacia las mujeres de cualquier identidad sexual.

Cómo es leída y representada la bisexualidad femenina

La bisexualidad femenina casi siempre aparece en un contexto en que las mujeres representadas son atractivas al ojo del heteropatriarcado. Si buscamos por Internet noticias sobre mujeres bisexuales famosas nos encontramos algunas como la de Cinemanía titulada Las bisexuales de Hollywood: actrices famosas que juegan a dos bandas (2012). En las fotografías que se exponen se muestra a una mujer atractiva y sexualizada. El texto, en vez de hablar de la bisexualidad como una opción sexual o emocional, plantea la bisexualidad como un “juego”, y llega a poner en entredicho la bisexulidad con frases como “nos hace sospechar que las chicas tampoco le ponen tanto”.

Cómo apunta también Shiri Eisner en su libro Bi: Notes for a Bisexual Revolution, otro ejemplo es el de la pornografía comercial, que es creada para la misma construcción masculina hegemónica. Este tipo de pornografía – diferenciada otros tipos como la feminista, la queer o la postpornografia – está mayoritariamente pensada para reproducir el que se supone que tiene que gustar al hombre heterosexual: el sexo entre mujeres es una representación atractiva para la mirada del hombre. Si entramos en una página de vídeos pornográficos en línea como PornoTube, los vídeos catalogados como “lésbicos” están dentro de la categoría principal “heterosexual”; la categoría principal representa la orientación sexual de la persona espectadora (hombre) y la subcategoría “lésbica” es sólo una práctica sexual, donde más allá de ser para lesbianas, se representa una bisexualidad actuada donde a menudo participan hombres.

La bisexualidad femenina es así estructuralmente objectivizada e hipersexualizada, erradicada como identidad sexual o emocional propia de la mujer y representada como una actuación para el placer sexual del hombre heterosexual. Esta imagen, en el contexto de la cultura de la violación, pone a las mujeres bisexuales en una posición muy vulnerable a sufrir agresiones sexuales: las expone a la suposición de pleno consentimiento a la hora de llevar a cabo fantasías sexuales por parte de hombres. Esta violencia también la sufren lesbianas y heterosexuales bajo el supuesto del heterosexualidad y la bisexualidad obligatorias.

Violencia sexual hacia mujeres bisexuales

En un estudio que hizo el Departamento de Salud de los Estados Unidos en enero de 2013, National Intimate Partner and Sexual Violence Survey, donde pulicava datos del 2010, se mostraba que el 46,1% de las mujeres bisexuales habían sufrido violaciones al menos una vez en su vida, ante un 13,1% de las lesbianas, y un 17,4% de las heterosexuales. El estudio también reflejaba que el 74,9% de las mujeres bisexuales habían sufrido otros tipos de violencia sexual, frente a un 46,4% de las lesbianas, y un 43,3% de las heterosexuales. El 98,3% de las agresiones a mujeres bisexuales eran perpetradas por hombres. El 61,1% de las mujeres bisexuales habían sufrido agresiones por parte de parejas sentimentales, ante el 43,8% de las lesbianas y el 35% de las heterosexuales. Otro estudio que se hizo al 2009 denominado Women’s Sexual Orientation and Health: Results from a Canadian Population-Based Survey mostró que las mujeres bisexuales sufrían una proporción más elevada de violencia doméstica.

Estos datos reflejan la bifobia y el machismo con qué muchas mujeres son coaccionadas por parte de hombres a realizar ciertas prácticas sexuales o para apuntarse sin consentimiento, llevando a cabo así la fantasía de la mujer bisexual. Hay varias vivencias en blogs de activistas, al ensayo de Breanne Fahs o en el libro de Shiri Eisner. Aún así, podemos exponer las que se compartieron en un proyecto que llevábamos a cabo para la visibilitzación de la bifobia, que son vivencias más cercanas en casa nuestra. Judith comentaba: “Yo muchas veces me sentía presionada por mi novio a mantener relaciones sexuales con él y otras tías. A menudo me decía que tenía que estar interesada por el simple hecho de ser bisexual. No me lo decía directamente, era una insinuación constante. Algunas veces sí que lo había hecho y lo quería hacer, pero no me sentía con el derecho de poder escogerlo siempre (…) después cuando creía que a mí me podría gustar una chica se alteraba totalmente por la posibilidad que yo lo pudiera dejar por una tía. Varias veces utilizó la bisexualidad para insultarme y decirme que era una puta”.

Otra chica, S., explicaba: “Un día cuando estaba de fiesta con mis colegas al decir que era bisexual vino un tio, me puso la mano al culo y me dijo que buscáramos alguna chica por el local para hacer un trío. Ni me preguntó si estaba interesada en él!”. Isabel añade: “Le comenté a una amiga en la barra de un bar que era bisexual y un tio que había escuchado la conversación me entró directamente porque hiciera un trío con su novia (…) esto sin conocerlos de nada”.

Lo que muchas mujeres bisexuales explican a menudo es que no pueden expresar libremente su sexualidad sin el miedo al acoso u otras formas de violencia. Visibilizarse como mujer bisexual es, a ojos de un hombre machista y educado en la cultura de la violación, consentimiento para acceder sexualmente, sin preguntar o esperar a ser invitado. El que concluye Shiri Eisner en su libro es que más allá de ser aceptada, la bisexualidad femenina ha sido apropiada para el disfrute masculino hegemónico heterosexual.

La responsabilidad es del machismo, no de las mujeres

A menudo en entornos normativos (y en el propio ensayo de Breanne Fahs) se insinúa cierta responsabilidad de esta violencia a las mujeres bisexuales que tienen un comportamiento promiscuo o a aquellas que llevan a cabo prácticas bi-curiosas. Un apunte que hace Shiri Eisner en su libro es recalcar que la responsabilidad de esta violencia no es de ninguna mujer que decide ejercer su sexualidad como desea, sino que es estructural, es heteropatriarcal y de los hombres que no respetan el consentimiento. Cualquier mujer tiene que tener el derecho de explorar su sexualidad como quiera, y a que su consentimiento y su identidad se respeten siempre.

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