la bisexualidad también es política

por wuwei (natàlia)

en català aquí.

Este artículo lo escribí y se publicó en eldiario.es el 7 de julio.  Podéis ver el artículo original aquí.

 

Hace poco salió el típico estudio que decía que las mujeres bisexuales existimos gracias a la objetificación sexual que hace el hombre heterosexual sobre las mujeres ‘bisexualizadas’. Esta es una forma de borrar nuestra propia orientación y sexualidad. Pero esto no es nuevo. Las personas bisexuales llevamos un siglo escuchando cosas como esta, o cosas como que los hombres bisexuales en realidad son gays que no se han atrevido a salir ‘del todo’ del armario.

Este ‘del todo’ es una metáfora que nos da una imagen de lo que significa socialmente la bisexualidad: mitad heterosexualidad y mitad homosexualidad. Esta lectura, de mitad y mitad, es la consecuencia del borrado de nuestra orientación sexual: la bisexualidad no existe, por eso es la suma de dos estados que sí que existen (uno bueno y otro malo). Y borrando la bisexualidad, detrás borramos muchas más orientaciones plurisexuales (como la pansexualidad, la polisexualidad, la skoliosexualidad, entre otras).

La pregunta es: ¿existe una opresión hacia las plurisexualidades, esas orientaciones donde existe una atracción hacia más de un género? ¿O solamente recibimos discriminación en forma de homofobia cuando mostramos nuestra ‘mitad’ homosexual? Tener que escribir esta pregunta, para mí, resulta doloroso, aunque yo misma sepa que la hago a modo de introducción. Pero sé que aún muchas creen que no existe esta opresión que afecta a plurisexuales y que solemos inventárnosla, igual que nos inventamos nuestra orientación sexual. Los días que solemos inventarnos esta opresión, solemos llamarla monosexismo, que es la opresión que sufrimos por el hecho de sentirnos atraídas por más de un género.

Una de las formas que tiene el patriarcado de marcar una línea clara entre el ‘hombre’ (el privilegiado) y la ‘mujer’ –y evidentemente erradicar la posibilidad de la existencia de otros géneros– es construir como única buena opción la heterosexualidad y haciendo que la única posible alternativa sea la homosexualidad (‘lo contrario’), colocándola en una posición jerárquicamente inferior a la heterosexualidad. El heterosexismo nos dice lo que claramente es ‘correcto’, ‘aceptable’ y ‘sano’: la heterosexualidad. El heterosexismo es una herramienta patriarcal con un gran poder, que nos marcará cuáles son los hombres ‘de verdad’ que tendrán acceso a las mujeres, y cuáles quedarán descartados y fuera de esta posibilidad. Aquellos que queden fuera se les pondrá en una posición discriminable y no aceptable. Y estos dos estados, el heterosexual y el homosexual, tienen que estar muy bien separados, que no se mezclen, que no se puedan tocar o ensuciar, para poder seguir manteniendo las jerarquías (hombre/mujer, hetero/homo) claramente.

¿Y cuál es el problema de las plurisexualidades? Que puedan contaminar, ensuciar, esa frontera, esa separación. Por esta razón el patriarcado necesita generar una estructura como el monosexismo, que se basa fuertemente en la negación de la existencia de la bisexualidad y de otras plurisexualidades, para que estas jerarquías y separaciones se mantengan.

Por lo tanto, las plurisexualidades son negadas constantemente, y a la vez se crean estereotipos alrededor de ellas que, no nos engañemos, son consecuencia del mismo borrado. Por ejemplo, las personas bisexuales somos siempre leídas como inestables, que no existimos, o que somos infecciosas, traidoras, excesivas, infieles… ¿por qué? Se nos ve como hipersexuales y promiscuas porque, como socialmente solo existen la heterosexualidad y la homosexualidad, se nos ve como la suma de ellas (por tanto, como el doble de sexuales); se nos ve como infieles y traidores porque, como solo se interpretan de nosotras dos estados, se nos ve saltando y cambiando todo el rato de un lado a otro; para el sistema somos infecciosas porque nos ‘movemos’ entre los dos únicos mundos que deberían poder existir y los ensuciamos y mezclamos; estamos confundidas, somos inestables y estamos en una fase porque no sabemos escoger entre los dos únicos estados reconocidos.

Nuestra existencia y opresión no se muestra ya que no se acepta nuestra existencia fuera de una combinación de los dos únicos estados que el patriarcado define como estables: el bueno (la heterosexualidad) y el malo (la homosexualidad).

Por un lado, aceptar socialmente la existencia de las plurisexualidades hace que la existencia de la heterosexualidad sea muy difícil (o imposible) de demostrar: ¿cómo puedes demostrar que existe la heterosexualidad si cualquier práctica que sea vista desde fuera como ‘heterosexual’ no tendría por qué implicar ser heterosexual sino bisexual o alguna otra plurisexualidad? De esta forma, poniendo en cuestión la existencia de la heterosexualidad, se pone en entredicho el privilegio que tiene la heterosexualidad y, por tanto, defender su privilegio pasa por tener que negar la existencia de las plurisexualidades.

Por otro lado, a las personas plurisexuales se nos ve como personas que podemos escoger el género de la persona con la que tenemos una relación sexual y/o romántica, y que por tanto también podemos ‘escoger’ nuestra orientación sexual. Esto pondría en entredicho la excusa de que las personas homosexuales solo se las puede aceptar porque han nacido así y no lo pueden cambiar (o sea, que no lo pueden escoger). Esta forma de ‘tolerar’ las prácticas ‘homosexuales’ es altamente homófoba, ya que quiere decir que solo es aceptable por no poder cambiarse, y que si se pudiera cambiar o escoger no sería aceptable, ya que tendría que escogerse la heterosexualidad. Aceptar la posibilidad de elección tendría que obligarnos a aceptar y respetar cualquier orientación, opción o práctica por el simple hecho de existir y no porque no se puede cambiar.

El hecho de que se nos diga que somos inestables o que estamos en una fase, como si de un estigma o de algo negativo se tratara, encierra en sí mismo un rechazo social hacia los cambios, la fluidez, a la elección, que nos convierte en personas insensibles cuando establecemos relaciones con las demás personas (no queremos hacernos más atentas a la posibilidad de que las demás quieran y puedan cambiar, por ejemplo, y con nuestra forma de tratarlas les ‘obligamos’ a permanecer encerradas en cajas estáticas).

El sistema nos ‘estabiliza’, nos ‘encierra’ en cajas, nos ‘estanca’ para que seamos personas productivas para el capitalismo, y no nos permite tener en cuenta los constantes cambios, voluntades y deseos de los demás. Por tanto, el monosexismo es también el enemigo del cambio y fortalece la insensibilidad relacional.

No pretendo parecer una ‘buena bisexual’, aquella que no está confundida, que sabe siempre lo que quiere, que no puede ser promiscua si quiere, o que, si no, tiene que parecer una buena lesbiana o heterosexual. Mi bisexualidad es una herramienta política contra el patriarcado, contra la jerarquía y la demanda constante de una estabilidad impuesta para mantener estas jerarquías. Mi bisexualidad es una herramienta de infección, contra el miedo a que lo que tiene que estar separado para poder ejercer opresión se mezcle. Es una herramienta en favor de las fases, y de la sensibilidad constante hacia las personas que nos rodean y con las que nos vinculamos. Es también una herramienta en favor de la elección, de poder escoger.

Mi bisexualidad es una herramienta en favor del cambio, contra el orden establecido, en favor de la multiplicidad, de lo híbrido y contra la idea de ‘pureza’. Es una herramienta de la ‘no suposición’, que nos permite acceder de una forma más sensible a nuestros deseos y a los de los demás.

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responsabilidad compartida, cuidados y sensibilidad: discursos no individualistas sobre relaciones, de/construcción de contextos y re-creación de espacios (V – contexto y sensibilidad)

por wuwei (natàlia)

en català aquí.

Ésta es la quinta parte de la versión ‘extendida’ de la charla que di en las II Jornades d’Amors Plurals que resumí en el artículo ‘Después de romper con la monogamia’. La primera parte la podéis leer aquí, la segunda aquí, la tercera aquí, la cuarta aquí, la sexta aquí y la séptima aquí.

 

Contexto

El contexto es la información que ayuda a situar a una persona en referencia con lo que la rodea. El contexto de una persona son, por ejemplo, las estructuras de poder que la atraviesan, o su situación relacional, situación laboral, económica, familiar, etc. Y en cada situación o momento, lo que es relevante del contexto de una persona puede ser diferente (por ejemplo, en una charla puede ser relevante el hecho de que yo sea activista y padezca sexismo y monosexismo, pero no que mi color favorito sea el lila).

Estamos muy acostumbrades en nuestros entornos a buscar soluciones únicas que lo resuelvan todo. La idea de que existen soluciones únicas que lo resuelven todo proviene de las propias estructuras de poder, ya que estas nos imponen una sola forma de hacer y pensar, y reproducimos el mismo pensamiento imponiendo soluciones y fórmulas únicas para resolver los problemas cuestiones. Pero las soluciones y fórmulas únicas para resolver problemas no existen, ya que las soluciones y las respuestas son (o tendrían que ser) contextuales.

Por ejemplo, dejar una relación sin informar a la otra persona, simplemente yéndose, es casi siempre un acto violento y muy poco cuidadoso. Aún así, en algunas situaciones es posible que sea la única forma de dejar una relación de poder, violenta o de maltrato. En nuestros entornos no monógamos solemos dar como solución única en la resolución de problemas la empatía y la comunicación no violenta, pero en muchos casos (cuando la empatía no se puede utilizar o cuando existe una situación donde la posibilidad de la comunicación no violenta se puede incluso utilizar para reproducir técnicas de dominación o estructuras de poder) no son la solución.

Sensibilidad

En los entornos no monógamos se suele hablar mucho de la empatía, y se utiliza muy a menudo como comodín y parte de la solución de conflictos y gestión de emociones. La empatía puede ser definida de muchas maneras según cada persona, aún así, por defecto, tal como se entiende la empatía socialmente, se podría definir como la capacidad de identificarse y compartir las emociones de la otra persona. Yo la definiría, mejor, como una capacidad de comprender qué y como siente la otra persona.

El hecho de utilizar la empatía constantemente como herramienta en nuestros entornos tiene varios problemas. Primero porque está suponiendo que todas las personas tenemos la posibilidad de esta capacidad en el grado que se cree ‘normal’. Pueden haber personas que esta capacidad no la tienen, o la tienen en un grado inferior del que se consideraría ‘normal’. Por otro lado, hay personas que su capacidad empática es superior a lo que se considera que tendría que ser ‘normal’. Exigir que en nuestros procesos para resolver problemas se tenga que pasar por esta capacidad lleva a excluir, por un lado, a las personas que no tienen esta capacidad, y por otro lado a exigir que personas que sean más sensibles a estas empatías se tengan que encontrar en situaciones constantemente que puedan superar su propia gestión emocional.

Por otro lado, la empatía, aún ser descrita como una capacidad, no deija de ser una lectura o suposición de la que la otra persona está sintiendo. ¿Quien te dice a ti que lo que supones es exactamente lo que siente la otra persona? Si yo, por ejemplo, disfruto de ciertas cosas que me dan placer, pero que a otra persona le provocan dolor, es muy posible que lo que sienta la otra persona cuando le explico una situación que para mi es de placer sea dolor (por ejemplo, que a mi me guste que me muerdan, y que otras personas lo lean como doloroso si ven que me muerden). Al final, basar todo nuestro sentir hacia la otra persona a través solo de la empatía puede recaer en que sea yo misma la que decida por le otre lo que tiene que estar sintiendo en una situación dada y no sea le otre quien me lo pueda expresar o comunicar.

Y, finalmente, la empatía (o lo que se considera como empatía) suele beneficiar más a las personas con privilegios, ya que es mucho más fácil empatizar (comprender) con todo lo que nos hn educado desde pequeñes que es lo ‘normal’ (ocmo puede ser que un mordisco sea doloroso y no placentero). Por tanto, es una construcción cultural y siempre nos será más fácil empatizar (comprender por defecto) con todo lo construido en nuestra cultura como ‘normal’ y con las personas privilegiadas (las que siguen la ‘norma’): con hombres, personas heterosexuales, o cisgénero, blancas, personas con capacidad empática ‘normal’, etc. Teniendo en cuenta esto, es muy probable que en situaciones de sexismo, homofobia u otra situación donde se ejerza violencia estructural, la empatía sin una visión crítica podría favorecer a la persona que está ejerciendo la violencia (nos será más fácil empatizar con ella que con la persona que está siendo violentada).

A menudo yo utilizo el concepto de la sensibilidad para referirme a la escucha más consciente en la diversidad, tanto de como somos las personas, qué queremos, qué necesitamos, etc. Ser sensibles pasa por no suponer, y menos a través de cajs estáticas y lecturas estructurales y culturales. Y aceptar los cambios. La sensibilidad es también querer comprender el contexto de una persona para entender como relacionarse con ella, para no poner a las personas en situaciones de competitividad, para romper con la escasez en como repartimos afectos y recursos y a la objetificación. La sensibilidad en la empatía podría transformarla en un tipo de empatía/comprensión más crítica.

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