sobre poder y dominación en nuestros espacios críticos

por wuwei (natàlia)

en català aquí.

Este texto lo escribí y se publicó en El Salto el 18 de marzo. Podéis ver el original aquí . 


Este texto es el tercero de un conjunto de textos en los que quiero reflexionar y abrir un proceso de auto-crítica sobre gestión de discursos y espacios. El primero está aquí y el segundo aquí.

Aviso de contenido: poder, dominación, instrumentalización, manipulación, mención de ansiedad, capacitismo, mención de estructuras de poder, privilegios, agressiones, salud mental, violencia, mención de miedo, sentimiento de culpa, castigo

Hace tiempo que tengo ganas de hablar de cosas de las que sé que nos cuesta hablar, pero que sé que es un tema que nos está rondando a muchas y algunas personas ya han empezado a hablar de ello. Los motivos por los cuales nos cuesta tratar el tema son variados: porque tenemos miedo a las consecuencias de hablarlo, por la exposición emocional y mental que supone, pero también porque tenemos miedo a cargarnos todo aquello que tanto nos ha costado construir en espacios críticos, feministas y de lucha social (herramientas, discursos, vínculos). También juega un papel muy importante el poder, tanto sea porque tenemos miedo a perderlo o a renunciar a la posibilidad de una posición superior, o bien porque queremos conseguir esta posición superior. Además, tenemos miedo a que nos pisen o a ser excluidas (este último viene a ser uno de los motivos por los cuales muchas seguimos la corriente sin cuestionar cosas que nos pican).

Pero la realidad nos explota en la cara, y no podemos permitirnos ignorar mucho del daño que nos estamos haciendo, los poderes que estamos generando, los guayismos y las consecuencias de todo esto, entre las que se encuentran problemas de salud mental, sociales/relacionales, económicos, de aislamiento. Problemas contra los cuales supuestamente estamos intentando luchar.

A mi alrededor desde hace tiempo personas hablan de situaciones diferentes pero que tienen muchas cosas en común: por un lado, la utilización de discursos como herramientas que acaban generando ciertas violencias, tanto sea exclusiones, acoso o borrados, y por otro lado, la instrumentalización de los discursos solo para obtener poder. Normalmente es una mezcla complicada de las dos y lo que finalmente tenemos es un ejercicio de poder que no es nunca contemplado cuando hablamos de estructuras sociales porque se ha generado especialmente alrededor de nuestros discursos y de nuestros espacios —movimientos sociales, activismos sociales, feminismos, queer/LGBTI+, no-monogamias… — tanto físicos como virtuales, donde se incluyen redes sociales.

Ya sabemos que las estructuras sociales de poder que nos encontramos “fuera” de nuestros espacios se repiten dentro de estos. Sabemos que el machismo, el racismo, el heterosexismo, entre muchas otras estructuras, están presentes. Los ejes principales de nuestras luchas son, precisamente, estas estructuras. No obstante, dentro de estas luchas han emergido nuevas estructuras, que son aquellas que nos otorgan ciertos reconocimientos y poderes en estos mismos espacios: el guayismo, aquella tendencia a destacar y generar cierto dominio a través del ser “guay” bajo los parámetros definidos por nuestros activismos sociales —como por ejemplo, estar construida, dominar el discurso, obtener atenciones debido al dominio de este discurso, producir discursos como si fueran productos de consumo, famoseos y divineos. Evidentemente se mezclan otras estructuras menos visibles y reconocidas como son el hecho de tener ciertos tipos de carismas o bien la capacidad de poder dominar todo esto (capacidades comunicativas, emocionales o intelectuales). Y todo el resto siguen la corriente, porque ir en contra es buscarte el aislamiento o hundirte.

Es complicado entender en qué momentos ha habido un deseo de poder sobre otras personas o bien hemos confundido el empoderamiento personal con un ejercicio de poder hacia estas otras, aprovechándose muchas veces de privilegios y de situaciones que en muchos discursos no se contemplan. El problema es que uno de los muchos dogmas que hemos aprendido a repetirnos es que da igual lo que hagas sobre una persona que tiene un privilegio concreto sobre ti porque esto (supuestamente) nunca es violencia, olvidando muchas más partes del contexto de aquella persona y de otros ejes que le puedan estar atravesando que no vemos (o no queremos ver). La salud mental es uno de ellos. Entiendo que delante de ciertas situaciones hemos tenido que aprender a dejar de empatizar con las personas que nos violentan y que tienen más privilegios, y entiendo que es vital que siga siendo así en muchos casos. Pero, no obstante, hemos hecho un salto y hemos pasado a desear que se deshumanice totalmente a quien consideramos que tiene un cierto privilegio sobre nosotras.

Hemos confundido acompañamiento a las violentadas o agredidas con un ejercicio de multiplicar cualquier deseo de quien haya padecido la violencia. Cualquiera, sin cuestionarlo, ni contextualizarlo. Mi pregunta es: ¿esto es acompañamiento? A la vez tenemos miedo a todo lo que se nos puede llegar a pedir cuando se señala a otra persona como agresora, llegando al punto de que, si vemos que podemos, intentamos mirar hacia otra parte dejando de lado totalmente a la propia agredida. Las dos caras de la misma moneda tienen consecuencias totalmente contrarias a lo que supuestamente queríamos obtener.

Todo esto lo digo con dolor después de haber estado años intentando esquivar los intentos de manipulación por parte de un hombre que quería cuestionarme estos discursos para su propio beneficio. Cada vez que alguien me hablaba de cuestionarlo la ansiedad se me disparaba. Me ha costado aceptar que estas herramientas puedan estar siendo utilizadas también para generar poder. Pero es que el poder se aprovecha muchas veces de cualquier fisura que encuentra y es por esto que es muy importante repensarnos constantemente y estar muy alerta. Creo que uno de los problemas principales ha sido convertir parte de estas herramientas y discursos en dogmas y no contextualizarlos nunca. Sí, hemos generado dogmas, creencias que van más allá de lo que tendría que tener un espacio que se diga a sí mismo crítico. Estos dogmas los hemos creado para revertir aquellos otros que nos imponen las estructuras de poder, pero al fin y al cabo son dogmas que no se pueden cuestionar, que no se pueden contextualizar según la situación.

Otros dogmas que hemos creado son, por ejemplo, que si una persona dice que se ha sentido agredida significa que lo ha estado (sin habernos parado a reflexionar o definir qué queremos decir con “agresión”), o bien también que todo lo que pida una persona que se ha sentido agredida va a misa (y nunca mejor dicho). Con esto no quiero decir que tengamos que hacer todo lo contrario, como pasa fuera de nuestros espacios, donde no se cree a las agredidas y no se las acompaña. Nos ha costado mucho que se nos escuche, se nos crea y se nos acompañe.

Lo que tenemos que replantearnos es qué quiere decir acompañar y escuchar, porque revertir totalmente un poder que fuera no tenemos de esta manera implica otorgar un poder muy grande. Y todo poder que se otorgue tiene el peligro de ser deseable y utilizado más allá de las situaciones para las que se ha construido, sea a través de un proceso consciente o inconsciente. He visto y vivido de muy cerca cómo se instrumentalizaban estos dogmas para destruir a personas, o por venganza debido a situaciones que nada tenían que ver con la acusación que se estaba haciendo (celos, por ejemplo). He visto cómo se mentía, se inventaban agresiones, o bien se aprovechaban algunas existentes para generar aún más poder sobre una persona. Sigo creyendo que cosas como ciertos vetos o ciertas formas de tratar las agresiones son importantes y necesarias. Pero no siempre ni de todas las maneras, ni otorgando este total y absoluto poder.

Hemos basado buena parte de nuestros discursos en el sentimiento de culpa y en el castigo. ¿No nos suena esto de algo? Sin darnos cuenta hemos caído en la misma trampa con la que el sistema en el que vivimos nos violenta día tras día. No creo que las personas oprimidas tengamos que estar siempre haciendo pedagogía, creo que es algo que tenemos que poder escoger, el momento y el lugar, la exposición y como nos autocuidamos, y si realmente lo queremos hacer. No obstante, sabemos que vivimos en el mundo que vivimos y es por este motivo que algunas o muchas hacemos activismo, y pedagogía la tendremos que hacer. Caer siempre en atacarnos, castigarnos o jugar a hacernos sentir constantemente culpables de todo no tiene nada de revolucionario. El cambio más revolucionario tiene que pasar por otras vías.

Una cosa que da mucho poder en nuestros espacios es dominar el discurso, saber en todo momento como utilizarlo. Creo que quien tiene el privilegio de saber y poder dominar ciertos discursos tiene un poder más grande dentro de nuestros espacios. He visto cómo se manipulaban los discursos sobre cuidados para conseguir más atenciones y afectos. He visto manipular los discursos de “no puedes dejar una relación así como así porque esto es capitalismo y consumo de cuerpos” para que haya personas que no puedan dejar relaciones de maltrato o chungas, o que eran incompatibles. He visto maltratar mucho a personas y taparlo totalmente acusándolas de capacitistas si señalaban maltrato. He visto cómo se manipulaba también el discurso del tone-policing para excusar acoso y ataques sin ningún cuidado hacia personas que cometían algún error típico de cuando no estamos suficientemente formadas. He visto, de hecho, manipular y utilizar cualquier discurso. A veces me da pánico escribir, dar un taller o una charla, porque he visto manipularlo todo.

Finalmente, y no menos importante, también he visto y he vivido la hipocresía de la generación de discurso solamente para el puro consumo de las oyentes y lectoras y para el puro protagonismo y guayismo de las productoras, con un gran vacío en medio donde se generaban borrados, manipulaciones, ghostings, luz de gas o competición, por parte de las mismas que hablaban y se ganaban la fama hablando de cuidados, de horizontalidad, de cooperación o de compañerismo.

Escribo todo esto no solamente para hablar de las demás, sino que aprovecho para revisarme, hacer autocrítica y responsabilizarme. Escribo todo esto con un poco de miedo, pero a la vez con las ganas y con la esperanza de que algún día dejemos de hacernos daño. A veces lo veo, me entristezco y tengo ganas de huir corriendo. Otras veces cojo fuerzas e intento entender cómo podría moverme alrededor de todo lo que siento una farsa. Dos veces al año me cogen crisis y ganas de dejar este tipo de espacios. Pero después miro a mi alrededor y, cuando me fijo más allá de todo aquello que el poder intenta borrar, en el fondo veo cosas a las que cogerme: compañeras que construyen cosas cada día, con mucho cuidado y sin esperar nada más que un verdadero cambio social. Y es en estos momentos en los que cojo aire y fuerza y decido seguir.

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privilegios y ocupaciones de espacio: más allá del hombre y de la pareja

por wuwei (natàlia)

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Aviso de contenido: privilegios, estructuras de poder, ocupación del espacio, invisibilización, mención de machismo, parejocentrismo, amatonormatividad, monogamia, cisexismo, racismo, gordofobia, capacitismo, neurocapacitismo, sexo

 

Desde hace tiempo que en muchos textos suelo hablar de relaciones de forma general para incluir todo tipo de relaciones (no solamente las de pareja, románticas y/o sexuales, sino de todo tipo) para mostrar, no sólo la importancia que tienen otras relaciones que no son las de pareja, sino también para hablar de cómo se suelen tratar y menospreciar estas relaciones. Además, también en muchos textos hablo de forma general de “privilegios” o “personas con privilegios” para hablar de personas privilegiadas por todas las estructuras de poder, no solamente para referirme a los hombres privilegiados por el sexismo o machismo. Muchas veces, incluso, para ejemplificarlo hablo de algunas estructuras más allá del machismo par que sea más “evidente” de que hay muchas más personas que nos beneficiamos de estructuras de poder.

No obstante, me he dado cuenta de que a menudo muchas personas cuando leen estos textos siguen interpretando “relación” como “relación de pareja” o “relación sexoafectiva” (por mucho que insista en que no es así) o bien cuando hablo de “privilegiados” suelen tender a considerar solamente a “hombres” o a sólo aplicarlo a hombres. De esto me he dado cuenta a partir de comentarios sobre estos textos o comentarios en actividades, talleres o charlas, y me ha sorprendido mucho. No obstante, teniendo en cuenta que casi siempre todos los discursos están muy centrado en el machismo y en las problemáticas de pareja, nos es muy difícil salir del papel de que las mujeres son siempre víctimas (y nunca pueden ser opresoras, que es una de las implicaciones de aceptar que hay otras estructuras de poder) o bien nos hacen creer, desde el privilegio de pareja o desde la mirada amatonormativa, que el parejo-centrismo no pueda ser también generador de violencias especialmente cuando estás dentro de una relación de pareja (o más de una).

Estoy bastante cansada de que en entornos no monógamos o poliamorosos, por ejemplo, se repita constantemente y se señale que los hombres ocupan mucho espacio y que no saben ni pueden cuidar (a mujeres, especialmente) mientras a la vez se ignora (o se quiere ignorar) la infinidad de personas con privilegios que dentro del poliamor ocupan mucho espacio respecto a les que no tienen esos privilegios y tampoco saben cuidar a aquelles que no los tienen: personas neurotípicas, personas blancas, personas cisgénero, personas heterosexuales, personas delgadas, personas guapas y/o carismáticas, personas sin discapacidades o sin diversidades funcionales, etc (yo también me incluyo en algunos de estos grupos). También incluiríamos, obviamente, a las parejas. Todos estos privilegios y la cantidad de espacio que ocupan y ocupamos las personas que los tenemos/tienen quedan totalmente escondidos. No quiero con esto negar la cantidad de privilegios que tienen los hombres ni el espacio que ocupan, sino que quiero señalar que aparte de los hombres hay muchas más personas que dentro de estas comunidades se benefician de muchos privilegios, así como que ocupan mucho espacio hasta el punto de que todos los discursos y temáticas siempre giran alrededor suyo.

Por ejemplo, ¿por qué todos los discursos sobre gestión emocional, sobre comunicación o sobre “energía de la nueva relación” (new relationship energy en inglés, o NRE) siempre giran alrededor de las necesidades de las personas neurotípicas y solamente alrededor de la pareja o del amor romántico y del sexo? ¿Por qué casi siempre se habla de relaciones entre hombres y mujeres cisgénero y de sus problemáticas? ¿Por qué cuando se habla de cuerpos y sexo siempre se habla en unos términos extremadamente cisexistas? ¿Por qué nunca se habla de la exclusión que viven las personas gordas, feas o poco carismáticas dentro del mundo relacional? ¿Por qué siempre somos casi todes muy blanques en todos los eventos sobre poliamor o no-monogamias? ¿Por qué?

En términos de ocupación del espacio y del discurso tenemos que mirar más allá y darnos cuenta de que hay mucho más privilegios que los masculinos, y que en algunos contextos incluso pueden pesar mucho más otros privilegios (no en todos, obviamente, depende del contexto). La ocupación del espacio no es solamente una cuestión física, de presencia y representación, es una cuestión de cómo se articulan los discursos, de cuáles son las problemáticas que siempre tocamos y cómo las enfocamos. Pero lo que no podemos hacer es pasarnos el día señalando unos privilegios (aquellos que ya están más aceptados que existen) mientras ignoramos todo el resto, especialmente porque entonces casi todes, por no decir todes, nos tendríamos que revisar. Y es que nos tenemos que revisar.

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demanda de atenciones: ¿egoísmo o necesidad?

por wuwei (natàlia)

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La legitimidad o no de querer atenciones, buscarlas, o simplemente recibirlas es un tema recurrente en muchas discusiones y debates. He visto, debido a esto, críticas, defensas y muchos comentarios al respecto: que pedir atenciones es egoísta, o una voluntad de acumulación de algún tipo de capital social, o también, por otro lado, que es un acto legítimo por parte de personas que necesitan cuidados. Pero para poder pararnos a debatir o entender qué posición tomamos al respecto tendríamos primero que explicar qué son realmente las atenciones y qué implica quererlas, pedirlas o reclamarlas. Creo que es bastante común que en una discusión se parta de definiciones o conceptualizaciones desde puntos diferentes sobre qué son las atenciones o sobre qué es el egoísmo que hacen de algunos debates contradictorios o confusos.

La atención es un acto relacional y contextual. Prestar atención a una persona significa Prestar atención a lo que expresa y a ella en cuanto a persona, pero además, también en prestar atención a sus problemas, a sus necesidades, al vínculo y relación que se establece entre les dos, como nos afectamos y tenerla en cuenta (reconocerla como existente y por tanto como posible afectada también de nuestras decisiones); y lo mismo se podría decir para un grupo de personas o colectivo. Como todo acto relacional se verá contextualizado por situaciones muy diferentes que dependerán de estructuras, de posiciones relativas de privilegio y opresión o también intenciones completamente diferentes; no es lo mismo pedir que se te tenga en cuenta cuando eres una persona carismática y que, además, suele tener sus necesidades cubiertas normalmente.

Parte de las críticas señalas la demanda de atenciones como un acto egoísta y egocéntrico. Pero, ¿qué queremos decir cuando decimos “egoísta”? ¿Es pensar en una misma un acto negativo? ¿Es necesitar cuidarnos un acto egoísta en sí mismo? ¿Queremos decir egoísta cuando en el proceso de querernos tener en cuenta dejamos de pensar en todo lo que nos rodea y como lo influimos? ¿O bien llamamos egoísta cuando pensamos en nosotres sin más? Es interesante reflexionar alrededor de estas preguntas ya que las estructuras de poder nos imponen un imaginario social que no nos permiten ver necesidades importantes de ciertas personas (aquellas discriminadas y oprimidas) y hace que cuando ésta en un momento dado intente hacerlas ver se la señale como egoísta, y precisamente cuando pasa al revés, y es una persona con privilegios quien muestra las suyas, se empatiza mucho más y se la acusa mucho menos de “egoísta”.

Dentro de un paradigma que cree que pensar en une misme es un acto negativo y que automáticamente ignora a les demás, es fácil creer que querer atenciones y pedirlas es también un acto malo en sí mismo. Esta crítica puede tener cierta razón, en el caso de que estuviéramos hablando de un tipo de egoísmo que se basa en ignorar las necesidades y las demás personas. Pero este razonamiento olvida que, no todos los actos de auto-cuidados, ni de pedir cuidados, ni de expresar necesidades tienen porque implicar ignorar lo que nos rodea.

Muchas veces no necesitar pedir atenciones puede venir debido a tener muchos privilegios (y no estoy hablando aquí sólo de privilegios de género, sino de muchos más que tienen que ver muchas veces con el carisma, por ejemplo). Los privilegios hacen que por defecto todas tus necesidades y atenciones te sean dadas de forma sistemática. Desde esta posición sería, por tanto, muy fácil ver que cualquier demanda ya sería un exceso, porque no vemos las necesidades que pueden haber detrás. ¿Pero qué pasa con todes aquelles que no las reciben por defecto? De hecho, muches de les que defineden que pedir atenciones no tiene nada de malo son les que acostumbran a ser excluides en un sistema que deja de lado las atenciones de muches, especialmente de aquelles que requieren  de lo que (erróneamente) el sistema llama “atenciones especiales” (haciendo hincapié en que son “especiales” las aparta del ámbito común y hace que se las trate como si no fuera responsabilidad de todes tener cuidado de ellas, sino más bien un esfuerzo extra que quien las hace es porque es muy buena persona).

Es cierto que las atenciones suelen ir por defecto a las personas más privilegiadas, y no solamente por el género, también todas aquellas con un capital social, sexual, de cuidados, etc, porque son guapas, porque son más “normales”, porque son delgadas, porque son carismáticas, porque son extrovertidas, así como aquellas que tienen privilegios en otras estructuras como el racismo, el cisexismo, el heterosexismo, y un largo etcétera. Reconozco que la demanda de atenciones desde estas posiciones (que es muy común) es un abuso de privilegios, y un acto de egocentrismo que ignora y se impone sobre su alrededor: una voluntad de acumulación de capital social que ignora la mayoría de las veces los cuidados, la atención que ellas tendrían que dar a “cambio” a otras personas, o el valor incluso de las propias atenciones que se reciben.

No obstante, yo no considero que pedir atenciones o querer conseguir atenciones sea una cosa mala en sí misma. Todes necesitamos de atenciones, solamente que algunes las tienen por defecto (como he comentado antes sobre todo por motivos de privilegios) y a otres les cuesta obtenerlas y por tanto las tienen que buscar. El problema es qué métodos utilizamos para pedir estas atenciones y desde qué posición estructural: por ejemplo, si utilizamos técnicas de dominación, si la relación se convierte en una vía solamente para conseguir estas atenciones de forma utilitarista, si no tienes en cuenta qué necesita o cómo se siente la otra persona, etc.

Yo padecí mucho las técnicas de dominación que ejerció sobre mí una persona durante años para tener toda mi atención constantemente. Fue horrible porque ya no me quedaban energías para nada, solamente para darle atención a esa persona. Eso formó parte de un maltrato. Era una persona con muchos más privilegios que yo que lo único que quería era obtener atenciones sin mi consentimiento (o sea, que no fuera una cosa de la que yo fuera consciente, ni que yo pudiera escoger o racionar con otras cosas de mi vida). Pero esto es muy diferente a que una persona necesite atención y lo pida a través de otros métodos y respetando también sus necesidades y emociones. O sea, cuidar implica tener en cuenta que le otre pueda necesitar prestar atención a toras cosas o también pueda tener otras necesidades o no encontrarse bien ni disponible en muchos momentos.

 

[imagen: una persona gritando por un megáfono de donde parecen salir signos de admiración]

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el mundo de las relaciones: un club exclusivo de alto standing

por wuwei (natàlia)

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aviso de contenido: capacitismo, neurocapacitismo, exclusión

 

Las relaciones se han convertido en una parte importante (y principal) de mis preocupaciones. Uno de los motivos de esta preocupación es que las relaciones son el vehículo de la violencia estructural y porque, además, somos dependientes de ellas: tenemos una interdependencia con el entorno (y por tanto también dependemos de las personas que nos rodean y con las que nos relacionamos). Sumado a todo esto, a mí las relaciones siempre me ha costado llevarlas con una cierta “normalidad”: me han pesado, se me han hecho incomprensibles y complicadas. Esto es debido a que me cuesta entender el funcionamiento “normal” (tipificado) de la gente, descifrarla, leerla o ver aquellas normas sociales escondidas, implícitas (no explicadas de forma más explícita, sino que se tienen que interpretar), supuestas y que todes parecen comprender: aquellas que socialmente se cree que yo tendría que entender también “por defecto”. Las situaciones conflictivas se me hacen cuesta arriba, ya que mis necesidades en la comunicación no suelen encajar con las que “tienen que ser” (incluso en algunos momentos se confunden y se interpretan como hostiles o esquivas) que, sumado al factor de que debido a mi género mis necesidades han sido negadas de forma sistemática, hace que muchas veces sienta la necesidad de evitar y rechazar el conflicto. Todo esto también ha sido un motivo por el cual las relaciones se han convertido en el centro de muchas de mis reflexiones.

Las relaciones también son un vehículo de violencia totalmente normalizada, implícita y reglada. Otro motivo que hace de las relaciones un tema tan importante es que las estructuras de poder se reproducen a través de éstas: la opresión consiste en un conjunto de mecanismos que se articulan a través de las relaciones a escalas muy diferentes (relaciones afectivas, amorosas, sexuales, familiares, laborales o institucionales, entre otras). Las estructuras, a través de estos mecanismos relacionales, excluyen, marginan, explotan, alienan, desempoderan o violentan. Las técnicas de dominación se ejercen de forma muy “normalizada” a través del lenguaje, de las normas sociales o de la forma de expresarnos (no solamente verbalmente, sino también corporalmente).

Finalmente, con todo esto se añade que por defecto la forma de relacionarnos está basada en el capitalismo de las relaciones (muy ligado al pensamiento monógamo y relacional en general): la objetificación con la que nos relacionamos por defecto (que hace que veamos a las demás personas como “objetos” para satisfacer nuestros deseos y necesidades sin tener en cuenta los de la otra persona), la competitividad entre personas para poder ser reconocidas por una misma relación, el consumismo relacional, o las demandas que excluyen a personas con menos privilegios y que benefician a quien más privilegios tiene. De esta manera tan violenta, las personas que quedan más en los márgenes, ya no solamente por su género o por su orientación sexual, sinó también las feas, las gordas, las personas con diversidad funcional, las neurodivergentes, las pobres, las racializadas… tienen/tenemos muchas más probabilidades de quedarse/nos “fuera”. Quedarse “fuera” puede tener muchas implicaciones: tanto afectivas, físicas (como el capital sexual), de salud (tanto mental como física también), o incluso económicas, entre otras.

En este grupo de “excluídas” estamos también aquellas que tenemos formas de comunicarnos que suelen ser interpretadas como “poco naturales”, “frías”, “dramáticas”, “extrañas” o “poco sinceras”: las que no podemos mirar a los ojos cuando nos hablan, las que nos cuesta el contacto físico en situaciones emocionalmente complicadas (o simplemente que no les gustan ciertas proximidades o contactos físicos), las que necesitamos de un contacto (físico o no) especial para no sentirnos solas, las que no podemos decir las cosas con “naturalidad” y “tranquilidad”, las que necesitamos muchas veces pausar (incluso durante días) una conversación o discusión para calmarnos o reflexionar nuestras emociones y respuestas, las que padecemos de ansiedad, las depresivas, las compulsivas, las “demasiado” intensas, las que se interpretan como “demasiado poco empáticas”, las que necesitamos más atenciones, o las que no podemos siempre llevar las conversaciones “difíciles” cara a cara o necesitar expresar ciertas cosas a través de escritos, por chats u otras vías que nos permitan cierta “calma” y reflexión.

Estas personas somos a menudo expulsadas de algunas no-monogamias, aquellas más normativas o liberales. No obstante, no nos pensemos que se lo han inventado este tipo de no-monogamias, sino que es un pensamiento heredado de la monogamia y que lo que hace es multiplicarlo: es el capitalismo de las relaciones. Solamente las personas que se expresen tal como está estipulado que es “normal”, les que consiguen controlar el arte de la dominación a través de herramientas “neutras” como la comunicación no violenta, o les que reaccionan delante de los eventos con un drama “aceptable” a través de unos parámetros drama-normativos, serán les que ganen el premio de poder ser considerades válides para poder tener “relaciones” y para entrar en el club de estas no-monogamias de alto standing o “privilegiadas”.

No os penséis que me estoy inventando nada. Un ejemplo bastante descarado de lo que estoy comentando está en el libro de More than Two. Tengo que admitir que este libro me gustó bastante, recomiendo su lectura ya que hace una crítica importante hacia las relaciones jerárquicas y sus consecuencias (aunque no me identifico como poliamorosa y creo que le falta extender la crítica más allá de las relaciones románticas y sexuales). Ahora bien, solamente hace falta llegar al subcapítulo “Mental Health Issues and Poliamory” (dentro del capítulo 21 titulado “Poly Puzzles”) donde habla sobre salud mental para darnos cueta de que todavía nos queda mucho trabajo por hacer (en cuanto a discurso inclusivo, no a las personas que nos atraviesa el tema de la salud mental). Este subcapítulo básicamente lo que dice es que hay personas que debido a tener una salud mental más precaria o padecer de ciertos “trastornos” o neurodivergencias no podemos ser no monógamas: resumiendo de forma llana lo que dice es que las personas con depresiones, ansiedad, trastornos diagnosticados u otras neurodivergencias no podemos llevar las relaciones con “facilidad” y por tanto no podemos ser no monógamas porque se nos multiplica la complicación. ¿No hubiera sido más adecuado haber concluido que algunas no-monogamias se han construido con un discurso que excluye a las personas con trastornos o con neurodivergencias? ¿O, de forma ya más general, que hemos heredado socialmente un discurso sobre las relaciones que excluye a una parte de las personas? Evidentemente, un discurso donde los cuidados se contemplan de forma simplista, superficial, donde campa el individualismo, la competitividad y el consumismo relacional con discursos como “tenemos que adaptar nuestras relaciones a nuestras necesidades o gustos”, acaba excluyendo a todas aquellas que complicamos tal simplicidad y tal violencia relacional normalizada que solamente beneficia a quien más privilegios tiene.

Me gustaría remarcar que toda la dificultad que he expresado al principio del texto que me representan las relaciones no viene dada por la diferencia entre mi forma de funcionar y la que se ha estipulado como la que “tiene que ser”. El problema de base no es que haya diferentes formas de funcionar y diferentes necesidades, sino que el discurso sobre las relaciones no es sensible a las diferencias en comunicación, necesidades, o reacciones emocionales, y por tanto solamente beneficia a un funcionamiento: el “normal”. Si en vez de funcionar a través de normas implícitas que se tienen que suponer lo hiciera a través de la sensibilidad a la diferencia esta dificultad estaría repartida y suavizada. Es más, no solamente nos facilitarían la existencia a las que funcionamos de forma distinta, sino que sería una forma de romper con estructuras de poder, dominación y de generar relaciones más horizontales. Y de paso, romper también con el pensamiento monógamo, ya que es el que de por sí mismo nos excluye desde el principio.

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es ‘sólo’ un maltrato

por wuwei (natàlia)

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Este artículo lo escribí y se publicó en eldiario.es el 23 de Noviembre.  Podéis ver el artículo original aquí.

 

Durante aproximadamente tres años padecí una relación de maltrato. En realidad, fueron más de tres años, pero como era una relación invisible y está tan poco reconocido el maltrato en las relaciones que no son de pareja, que el maltrato se volvió más sutil y cuesta mucho más contabilizarlo. Bien, es más que eso, nos cuesta mucho a nosotras mismas ponerle nombre, y toda la estructura se confabula para que te sientas culpable para tan siquiera plantearte que estás siendo maltratada.

Podríamos decir que en realidad el maltrato duró seis o siete años, lo que duró toda la relación. No fue un maltrato ‘físico’, sino psicológico; pero no de esos en los que se pasan el día diciéndote que no vales nada, sino que fue más bien un maltrato que alternaba acoso con rechazo y abandono, invisibilización, control, mentiras, manipulaciones y consumo y explotación emocional. Todo esto, además, en un entorno laboral angustiante.

Y es que no se trataba de alguien con quien tuviera una relación de pareja. Esto no quiere decir que no hubiera habido sexo, o algún tipo de relación (de consumo) emocional, pero el componente romántico o no de la relación no era importante. O sí; sí que se convirtió en algo importante ya que, al no existir, al no ser una relación de pareja, ni un contexto romántico (o al menos reconocido como tal), la relación pasó a ser invisible. Y de la misma manera que cuando se dice ‘relación’ normalmente se piensa en ‘pareja’, y que cuando se dice ‘sentimientos’ normalmente se piensa que son románticos, cuando se dice ‘maltrato’ solamente se considera y reconoce aquél que se da en las relaciones de pareja.

No parece concebible que una relación que se considera desde fuera que es de amistad (o laboral) pueda ser de maltrato. De esta manera se invisibiliza más, no solamente el maltrato, sino también todas las consecuencias que tienes que vivir en silencio. Y finalmente también se puede, sin darte cuenta, alargar más en el tiempo.

Una de las grandes trampas fue la demanda de secretismo y de empatía como forma de control. Consecuencias: si hablas del maltrato estarás hablando de la relación, una relación que no tendría que existir y que se tendría que esconder, y por tanto serás eternamente culpable de todo, de hablar de lo que no tienes que hablar, de poner a la otra persona en una situación incómoda, o de hacerla salir de un armario (que es también una mentira y un engaño). Vergüenza. Un ciclo que no tiene fin. Bienvenidas todas al infierno de la violencia machista que nos coloca a las mujeres siempre en esta posición: nunca víctima, siempre culpable de todo.

Yo no padecí un maltrato físico; tampoco fue un maltrato psicológico ‘directo’ de esos en los que la otra persona no para de decirte que no vales nada. Este fue distinto, indirecto y sutil, implícito, nada explícito, y era yo quien, a través de diversos mecanismos, me creé la imagen de mi poco valor sin necesidad de que se me dijera directamente.

Dominación. La mentira, la manipulación que se apropiaba constantemente de mi consentimiento, robado a través también del acoso, que no era visible porque se disfrazaba de preocupación y de compañía laboral diaria, menguaron día tras día mi energía, mi salud mental, llevándome a mi límite emocional.

Todo esto sumándose a la comparación constante con otras relaciones más reconocidas que me llevaron a creer y sentir que el problema era yo que no valía suficiente, y que a través de la amenaza constante de exclusión me hacían entrar en un remolino de competición que acababa quitándome todavía más toda mi atención, energía y emociones. Tanta energía que ya no me quedaba nada para nadie más, aunque lo quisiera. ¿No es esto un mecanismo de alienación?

Pero la energía no solamente me la quitó para mis otras relaciones. Tampoco la tenía para el trabajo, lugar donde padecía una absorción considerable por el hecho de compartir espacio con él: se me hacía muy difícil la escapatoria. Y aquí el problema añadido era que no podía trabajar.

Además, en ese entorno laboral tenía muchas otras cosas que también me producían angustia y malestar: constantes técnicas de dominación para conseguir que trabajara más horas, una ayuda pésima en mi trabajo, y un entorno que poco a poco también menguaba mi estima. Día tras día mi productividad no era suficiente como para que se me considerara una persona mínimamente resolutiva (sumémosle el capitalismo).

¿Cómo podía ser ‘productiva’ si cada día tenía ataques de angustia solamente sentarme delante de la pantalla del ordenador? Mis jefes, al verme como una persona poco productiva acabaron confiando mucho menos conmigo que con el resto, y esto hizo que acabara teniendo un contrato mucho más precario y bajo unas condiciones de estrés más grande que las de mis compañeras, ya que la situación emocional a la que estaba hacía que necesitara trabajar más horas para hacer la misma cantidad de trabajo (si es que conseguía hacerlo).

Por lo tanto, a todos mis problemas de salud mental, relacionales (como he comentado por la falta total de energía hacia otras personas) y familiares, se sumaron también los económicos. A la larga, no solamente sufrí una explotación emocional considerable, sino también alienación, marginación y desempoderamiento. ¿Qué pasaba cuando intentaba explicarlo a alguien? Culpabilización: si no era porque me decían que ‘yo me dejaba’ era porque ‘me lo estaba buscando’, culpando a otros factores en mi vida, como el hecho de no ser monógama.

Precisamente el pensamiento monógamo fue una de las cosas que más invisibilizaron cualquier problema de la relación debido a no ser un ‘problema de pareja’. Es como funciona el pensamiento monógamo: solamente las emociones de pareja, los celos de pareja, las peleas de pareja, las relaciones de pareja son emociones, celos, peleas y relaciones ‘reconocidas’. Todo lo que pase fuera de una relación de pareja es automáticamente invisibilizado, menospreciado y ridiculizado; incluso el maltrato. Porque claro… ‘sólo’ es una amistad.

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los cuidados tienen que ser críticos

por wuwei (natàlia)

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‘Se tienen que cuidar las relaciones’, ‘los cuidados son muy importantes en las relaciones’, o bien ‘sin los cuidados no hay revolución’ podrían ser eslóganes de muchos entornos feministas o activistas. Los ‘cuidados’ (sustantivo que utilizamos para referirnos a esas acciones donde cuidamos de las otras o de nosotras mismas) son actualmente tratados en muchos más entornos donde se habla de relaciones y opresiones, como son los no monógamos. ‘Los cuidados son revolucionarios’ es una frase que yo misma he repetido muchas veces desde mucho antes de comprender muy bien qué queríamos decir con ‘cuidados’. Y no creo que fuera la única, me atrevería a decir que lo he sentido como una tendencia bastante generalizada. Empecé a hacer talleres sobre esta temática sin entenderlo con la idea de poderlo construir a través de un proceso más colectivo que personal. ¿Son revolucionarias todas esas acciones que llamamos cuidados? ¿Qué entendemos por cuidados? Hay un vacío bastante grande a la hora de definir qué son los cuidados (se habla mucho pero no se habla de qué son), y delante de este vacío se pueden reproducir opresiones y dinámicas de poder problemáticas e invisibilizarlas a través de un lavado de cara llamándolas ‘cuidados’.

Muchas veces he podido observar que se habla de cuidados como si estos fuesen unos elementos ‘extras’ que se hacen a algunas personas a las que nos ‘queremos’ para ‘demostrar’ nuestro afecto: como si se trataran de actos en forma de ‘regalo’ y ‘cariñosos’, sin mucho más que esto. Viendo los cuidados desde esta perspectiva pueden parecer actos sin los cuales podríamos vivir igual, casi de la misma manera (que no los necesitamos, vaya), pero que con ellos la vida nos parece más ‘bonita’ o más ‘dulce’. Este pensamiento se aleja de la idea de creer o pensar que los cuidados son una parte fundamental de las relaciones, y que sin ellos más que nada lo que hacemos es reproducir dominación, estructuras, y/o consumismo de relaciones.

La idea de que los cuidados son un elemento ‘extra’ en las relaciones se basa en la creencia de que somos seres aislados los unos de los otros que nos conectamos entre nosotros solamente de forma puntual cuando lo escogemos pero que sin estas conexiones escogidas en momentos puntuales las cosas que hacemos y cómo las hacemos no afectan a las otras personas (no nos afectamos las unas a las otras). Ésta es la base del pensamiento que proclama la posibilidad de una total libertad personal por sobre de cualquier visión más colectiva, sensible y social. Esta manera de ver las relaciones es muy irreal, es la base del pensamiento individualista y de dominación e invisibiliza que las personas nos afectamos las unas a las otras aunque no lo queramos ni nos conectemos entre nosotras conscientemente o voluntariamente.

Por otro lado, los cuidados, desde un punto de vista crítico, son la forma de relacionarnos siendo conscientes de que nos afectamos; por tanto, es entender que el ‘qué’ y el ‘cómo’ hago las cosas afecta a las personas que me rodean, como también entender y comprender que mis necesidades, y las cosas que me hacen sentir más o menos bien las obtengo de mi entorno, donde también están las relaciones y las personas. De esta manera decidimos tener en cuenta qué necesidades tenemos y cuáles tienen las demás, y que éstas no nos quedan cubiertas por defecto de forma misteriosa, sino a través de un sistema social que privilegia a algunas a quien sí cubre necesidades, o que podemos ser nosotras quienes nos ayudemos a cubrírnoslas de forma más colectiva o con sensibilidad social. Saber que tengo en cuenta cuáles son los deseos y necesidades de la otra, implica una no objetificación, y por tanto una consciencia de su existencia como persona y no como objeto externo que está allí solamente para cubrir mis necesidades ignorando que mes está afectando de alguna manera. Tener solamente en cuenta mis deseos trata la relación solamente para consumo propio.

Pero, por otro lado, se tiene que ir con cuidado hacia donde se dirigen estos cuidados de los que tanto hablamos, ya que por defecto si no nos paramos a reflexionar en cómo se cubren estos beneficios y necesidades en el sistema en el que vivimos éstos acabaren dirigiéndose por defecto hacia quien más privilegios tiene (o sea, los de siempre). Precisamente el sistema está montado para que las normas sociales creadas, no solamente a través de ‘leyes’, cubran las necesidades de las personas con más privilegios a través de actos ‘normalizados’ de cuidados hacia ellas. De hecho, es mucho más fácil empatizar con la norma (porque es lo que tenemos más interiorizado como válido, coherente y lógico, incluso las personas a quien no nos beneficien las normas) y por tanto con las personas con más privilegios y sus necesidades. Un ejemplo es como se han creado los roles de género para que sean las mujeres las que se ocupen de todas las tareas del hogar y de cuidar a los componentes de las familias (hombres, hijes y personas mayores); por defecto, hablar de cuidados, por ejemplo en entornos no monógamos sin tener en cuenta esta diferencia de género puede llevar a que aún cuiden más las mujeres de más hombres y estos sean más cuidados por más mujeres. También suele pasar con la pareja frente a otro tipos de relaciones; hay un privilegio social que se otorga a la pareja que no se otorga a otras relaciones cómo las consideradas de amistad, y debido a que se empatiza mucho más con las emociones de una persona considerada pareja (como por ejemplo con sus propios celos) normalmente el discurso de los cuidados acaba yendo hacia la pareja (incluso las personas fuera de la pareja que son menos cuidadas se las hará cuidar y empatizar más con la pareja de la persona con la que mantienen una relación que no es de pareja o es menos ‘principal’) y muchas veces emociones de personas que no son consideradas la pareja principal no son cuidadas, ni acompañadas, ni tan solo reconocidas.

Uno de los problemas que también nos encontramos es en entre cuáles tareas o ‘acciones’ son los cuidados. Debido a que donde más se ha hablado es en los feminismos (señalando que las mujeres siempre se han tenido que ocupar de las tareas del hogar, de cuidar de las vulnerables o enfermas) a menudo no se habla de otros tipos de cuidados que no sean los que se habían asignado por defecto en los roles de género a las mujeres. Hay muchas otras acciones o tareas que se podrían considerar cuidados, que tienen que ver con ‘tener en cuenta’ a la otra personas y alas cosas que puedan necesitar, o también en como expresamos las cosas. Una de las cosas que se repite más en mis talleres cuando hablamos de cuidados es la de ‘que se me tenga en cuenta’, o ‘que me tengan en cuenta cuando se trata de hablar o tratar cosas que me afectan’ o simplemente ‘que se me escuche’. De hecho, es muy posible, que para algunas que les hagas la comida no sea necesario pero lo que puedan necesitar es una atención emocional o acompañamiento puntual o bien que se les hable de una manera concreta por los motivos de salud mental (o al revés, que se tenga en cuenta que su forma de hablar o expresarse en momentos emocionalmente complicados es diferente al resto). Además, también es posible que muchas tareas de cuidados ni tan solo sean ‘productivas’ (o sea, hacer cosas) sino que sean más bien ‘dejar de hacer ciertas cosas’, como por ejemplo que una persona necesite soledad durante un cierto tiempo y que no se la moleste debido a padecer ansiedad.

Uno de los problemas que a menudo nos encontramos y donde se instrumentalizan otra vez los cuidados es en la realización de tareas concretas que se han definido de forma genérica que son ‘cuidados’ sin escuchar ni tener en cuenta qué quiere o necesita la otra persona ignorando lo que realmente necesita con la excusa de ‘ya está, ya la he cuidado’. Esto es lo que llevo llamando desde hace tiempo como la ‘cultura del tupper’: preparamos tuppers a las compañeras para sentirnos tranquilas y excusarnos en que las hemos cuidado y después no las escuchamos cuando lo necesitan o las objetificamos. Con esto no quiero decir que hacer la comida o preparar un tupper a una compañera no sea cuidar y sea objetificador, sino que lo que señalo como problemático es la instrumentalización y utilización de un acto como este para no tener que cuidar.

Otra cosa que se tiene que tener en cuenta con los cuidados es el de no forzar a la otra a que nos exprese qué necesita o quiere, porque no todas lo podemos saber en un momento dado, o incluso no necesitamos nada concreto hasta que no nos pasa alguna cosa que nos lo hace necesitar o notar de alguna manera. Una forma de cuidar es precisamente respectar este espacio para que lo pueda expresar cuando lo sepa o lo necesite.

Unos cuidados críticos, o como también podríamos llamar, revolucionarios, son (o tendrían que ser) unos cuidados conscientes, sensibles a las estructuras que nos atraviesan a todas, a nuestras necesidades y las de las otras, a no objetificarnos, ni saltarnos el consentimiento ni los deseos de las otras, escuchar las voces de todas las afectadas que deseen ser tenidas en cuenta, tenerlas en cuenta, y hacernos partícipes a las que quieran y puedan en cada momento, siempre y cuando sean las afectadas y no ‘las externas a la situación que imponen desde fuera como tienen que ser una relación’. Y también aceptar y ser conscientes de que habrá muchos momentos en los que las necesidades de unas y de otras serán incompatibles; se tendrán que pensar y repensar los espacios para compartirnos y para no tenernos sie

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del privilegio y la exclusión al reconocimiento

por wuwei (natàlia)

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El tipo de reconocimiento que nos viene dado por defecto, tal y como lo definen las estructuras de poder, beneficia a todo lo que es privilegiado por las mismas estructuras (como pasa con todos los conceptos, como por ejemplo el de violencia, el de compromiso, entre otros). Este tipo de reconocimiento es el que va ligado al que solemos llamar ‘reconocimiento social’: un reconocimiento que pasa a través de normas sociales y que otorgan poder por el hecho de cumplir con estas normas. Este reconocimiento funciona como un ‘premio’ social cuando se obtienen aquellas cosas que tienen un valor para el sistema y que benefician más a las peraonas con más privilegios.

Este tipo de reconocimiento, al estar tan unido a las estructuras de poder, al privilegio y al poder en general, se rechaza en muchos espacios críticos con las estructuras y el sistema. Pero haciendo esto no se ha generado un discurso realmente crítico alrededor del reconocimiento ya que no se ha repensado este reconocimiento. La pregunta es: ¿es malo el reconocimiento en general o solamente el reconocimiento ligado a las estructuras? Para responder a esta pregunta tenemos que preguntarnos qué quiere decir ‘reconocimiento’ y qué nos aporta.

Reconocer’ es una forma de aceptar y legitimar, de otorgarle a le otre unas características que le dan un cierto valor (tanto sea para reconocer cosas que podamos considerar ‘buenas’, como reconocer cosas que podamos considerar ‘malas’). Es una forma de decir ‘te veo’. No reconocer a una persona como ‘persona’ lleva sistemáticamente a tratarla como a un objeto, que es lo que hacen las estructuras con las peraonas que no tienen privilegios o lo que hacemos de forma muy general cuando nos acercamos a la gente sin tener en cuenta sus deseos o voluntades. Reconocer a una peraona que tenemos delante pasa por reconocer y validar sus deseos o voluntades; hacer lo contrario es objetificar.

Precisamente el ‘reconocimiento social’ del que hablaba al principio es un tipo de reconocimiento que invisibiliza y niega el reconocimiento a quien menos privilegios tiene y le quita el estatus de ‘persona’. ¿No será precisamente el problema la falta de reconocimiento hacia todo lo que no es privilegiado, que le lleva hacia la exclusión, y no el reconocimiento en sí mismo? ¿O también el hecho de dar un tipo de reconocimiento no merecido a quien se le da normalmente a través del ‘reconocimiento social’ por privilegiados por las estructuras de poder?

Una relación (del tipo que sea) que no es reconocida, será sistemáticamente invisibilizada o borrada y será fácilmente excluída. La exclusión es una consecuencia de la falta de reconocimiento, de todes aquelles a quien se les ha retirado merecer estar entre nosotres como une más. Que se reconozca lo que aportamos, lo que hacemos, quienes somos en una relación, en un grupo o en una comunidad es la forma que tenemos de ‘vernos’, de admitirnos como personas que nos afectamos y a las que afectamos. Borrando todo tipo de reconocimiento borramos el valor de lo que aporta cada persona, tanto al ámbito personal de una relación, como al ámbito comunitario, grupal o colectivo. Borrando el reconocimiento fomentamos la exclusión, que sumada a otras estructuras de poder fomentan la explotación relacional, la marginación y la alienación (todas consecuencias de la objetificación).

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nuevo taller: ‘reflexionando sobre estructuras de poder y como construir espacios más seguros’

por wuwei (natàlia)

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podéis encontrarlo también en la sección del blog ‘talleres‘ y descargarlo en pdf aquí.

 

Dinamizado por wuwei (natàlia): feminista y activista crítica sobre bisexualidad/plurisexualidades, no-monogamias, relaciones, antipositivismo, técnicas de dominación y estructuras de poder. Más información: http://estructuradifractada.com/es/sobre-wuwei-un-poco-de-mi/ . También me podeis encontrar en twitter (@wuwei_). Contacto: wuwei.activismedesorientat@gmail.com

Si te quieres inscrivir envía un correo electrónico a wuwei.activismedesorientat@gmail.com

Dinamizado por wuwei (natàlia): feminista y activista crítica sobre bisexualidad/plurisexualidades, no-monogamias, relaciones, antipositivismo, técnicas de dominación y estructuras de poder. Más información: http://estructuradifractada.com/es/sobre-wuwei-un-poco-de-mi/ . También me podeis encontrar en twitter (@wuwei_). Contacto: wuwei.activismedesorientat@gmail.com

Si te quieres inscrivir envía un correo electrónico a wuwei.activismedesorientat@gmail.com

Objectivos:

El objetivo de este taller es entender qué son las estructuras de poder, como funcionan, qué tipo de violencias pueden generar, qué son y significan los privilegios y las opresiones, y reflexionar en como se podrían construir espacios más seguros.

De estructuras de poder hay muchas (machismo, heterosexismo, monosexismo, capacitismo, monogmia, cisexismo, racismo, entre otras). La idea no es abarcarlas todas ni tampoco centrarnos en una sola, sino dar ejemplos que nos ayuden a entender los conceptos. Las estructuras de las que se hable dependeran de los intereses de las personas que participen en el taller.

Este taller está y estará en construcción permanente. Es un proceso. A través de la experiencia en cada taller irá cambiando y construyéndose también.

Dinámicas:

Durante el taller se harán pregutnas y dinámcas alrededor de:

– estructuras de poder y poder

– normas y privilegios

– opresión y violencias

– mecanismos per generar espacios más seguros

a través de estos conceptos y dinámicas participativas se debatián estas cuestiones.

No se obligará a participar a todes de la misma manera. Cada une podrá participar como se sienta más a gusto, pueda o quiera. También habrá la posibilidad de expresarse de forma anónima.

Número de participantes: maxim 15 personas por cada taller.

Duración: 4 horas con un descanso

Accesibilidad: en principio no es accesible (por defecto) para personas sordas, aunque si el taller no es accesible para ti debido a este factor, ponte en contacto conmigo (wuwei.activismedesorientat@gmail.com) para que pueda encontrar una solución puntual para el taller y puedas participar. A la larga la idea es que pueda llegar a ser accesible para todes.

Precio: Flexible (tipo ‘taquilla inversa’), cada une pagará lo que quiera y pueda por el taller (sin que haya un mínimo estipulado, también se puede no pagar nada u ofrecer otras cosas que no sea dinero). Aunque el taller no es de una gran complexidad (de material y de dinámicas), haber llegado discursivamente a poder ofrecer un taller este tipo ha tenido un coste importante de tiempo, emocional y económico; por este motivo siento que necesito cobrar algún tipo de compensación económica. Aún así, soy sensible a la situación económica de cada persona, y no quiero que no sea accesible para personas que no puedan permitirse pagar nada. Dejarlo con un precio flexible (como una taquilla inversa, donde cada une pague lo que quiera y pueda al finalizar el taller) es la fórmula que creo que encaja más con lo que deseo para este taller. Dejo que sea cada persona que lo decida según sus necesidades, condiciones y voluntades.

Lugar: a determinar (en la ciudad de Barcelona).

Dia y hora: se fijarán los días y las horas según la disponibilidad de las perasonas que se inscriban.

Si te quieres inscribir envía un correo electrónico a wuwei.activismedesorientat@gmail.com

A tener en cuenta:

No se trabajarán dinámicas corporales, sólo se trabajarán entorno a conceptos y ‘teoría’ o ‘experiencias’ de forma verbal. Se intentará no hablar de experiencias que hayamos tenido con personas que también asistan al taller.

También habrá la posibilidad de comunicar a la dinamizadora que no nos estamos sintiendo bien, o decidir cambiar la forma de participar, marcharse o quedarse de la forma que se sienta más a gusto.

Finalmente, también se pretenderá que es espacio sea lo más seguro posible. Si crees que con alguna/s persona/s no podrías tener este espacio, comunícalo cuando te inscribas.

Si tienes alguna petición o demanda por algún otro motivo que pueda hacer que el espacio sea más seguro para ti, o hay dinámicas que te suelen producir algún tipo de molestia, inseguridad, o que no permitan que puedas participar, comunícalo al inscribirte e intetaré adpatar las dinámicas.

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responsabilidad compartida, cuidados y sensibilidad: discursos no individualistas sobre relaciones, de/construcción de contextos y re-creación de espacios (II – individualismo, dominación y objetificación)

por wuwei (natàlia)

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Ésta es la segunda parte de la versión ‘extendida’ de la charla que di en las II Jornades d’Amors Plurals que resumí en el artículo ‘Después de romper con la monogamia’. La primera parte la podéis leer aquí, la tercera aquí, la cuarta aquí, la quinta aquí, la sexta aquí y la séptima aquí.

Invidividualismo y dominación

Nuestro sistma relacional (occidental) se basa en la idea y sentimiento de que somos individuos externos al mundo que nos rodea (no formamos parte de nuestro entorno) y accedemos a nuestro entorno para obtener nuestras necesidades a través de la dominación (el entorno se vuelve un objeto donde voy a cubrir mis necesidades).

Ésta es una visión que proviene de las clases dominantes; ha sido una viión creada desde la mirada del hombre cisgénero heterosexual blanco de clase media/alta sin diversidad funcional neurotípico, etc. Aún siendo una visión que proviene de las clases dominantes también se acaba reproduciendo en las clases oprimidas debido a que forma parte de la forma que tenemos de leer todo lo que nos rodea.

Esta visión fomenta la creación de estructuras de poder a través de normas y normatividades; estas normas o normatividades se crean para colocar a ciertos colectivos en cajas estáticas cerradas que permita a quien domina obtener lo que necesita sin tan siquiera tener que ver, creer o sentir que están obteniendo necesidades de su entorno: sus necesidades quedan cubiertas de forma sistemática a través de las estructuras. Se crean, por tanto, privilegios hacia estas personas de grupos dominantes (los privilegios los ayudarían a obtener sus necesidades sin esfuerzo ni consciencia de que las obtienen a través de estas ‘normas’), se crean jerarquías y les da a las personas con privilegio un falso sentimiento de independencia. Pero esta independencia es una independencia fals ya que las dependencias que estas personas tienen de su entorno quedan invisibilizadas (sus necesidades quedan cubiertas por el sistema de forma invisible y no tienen que sentir que son dependientes).

En la monogamia, a través además del ideal del amor romántico, se nos hace creer que necesitamos y dependemos de una persona. Y, más allá del ideal de amor romántico, el hecho de que todo lo que necesitamos tenga que pasar por resolverse a través de una sola relación también favorece la aparición de relaciones de poder (tanto por el hecho de que todas las necesidades tengan que pasar por una sola persona, le da a ésta más poder, como también todo el peso de que tengas que prever todas las necesidades es una carga muy grande y que favorece la presión de tener que convertirnos en quien no somos o tener que olvidar nuestras propias necesidades y deseos).

Lo que hacemos a menudo para ‘resolver’ este problema es reproducir la idea de la falsa independencia diciendo ‘yo no dependo de ti, yo soy una persona independiente’ (un concepto que repetimos muy a menudo dentro de entornos no monógamos). De esta manera, con esta idea, se estigmatiza la dependencia, se invisibiliza la dependencia de las personas con privilegios, y se crea un discurso de la no-monogamia a la que solo pueden acceder personas con más privilegios (gente con más dinero, o personas menos oprimidas que otras, especialmente por tener unas capacidades concretas) y se les da más herramientas para seguir reproduciendo relaciones de poder con personas más oprimidas que ellas.

Las personas dependemos de nuestro entorno. Nuestro entorno es donde obtenemos nuestras necesidades y es dondes obtenemos afectos, atenciones y todo aquello que de alguna manera nos afecta. El entorno nos afecta, de la misma manera que nosotres afectamos el entorno. Romper con las relaciones de poder no tendría que pasar por negar nuestra conexión con el entorno, sino aceptándola colectivizando nuestras dependencias y haciéndolas más conscientes.

Objetificación

Esta forma de ver nuestro entorno (vernos como seres externos a lo que nos rodea y que accedemos a él a través de la dominación sin ser conscientes de que el entorno nos afecta y nos vemos afectades por nuestro entorno) hace que accedamos a nuestro entorno (donde están también las personas) viéndolo como un objeto para cubrir nuestras necesidades y deseos pero no las de les demás). Este proceso es un proceso de objetificación y es una causa y consecuencia de las jerarquías y la dominación.

A menudo se habla de objetificación en los feminismos para hablar sobre la objetificación sexual hacia las mujeres debido al patriarcado. De objetificación hay muchas más. Todas las estructuras objetifican a los grupos oprimidos: el capitalismo objetifica a les trabajadores, el especimo objetifica a los animales no humanos, el capacitismo objetifica a las personas discapacitadas por el propio sistema que las objetifica, etc. Y cada estructura de poder objetifica al grupo oprimido a través de mecanismos diferentes.

La objetificación sexual que vivimos las mujeres es un hecho, y tiene unas consecuencias muy duras en nuestras vidas. No obstante, de objetificación hay muchas más. Además, debio a que solamente hablamos de objetificación como objetificación sexual hace que muchas veces acabemos viendo toda relación sexual sin un vínculo emocional como un acto de objetificación, cuando no tiene porque ser así (si tienes una relación seuxal sin un vínculo emocional con una persona, pero das espacio a la otra persona a expresar molestias, oponerse, a expresar necesidades o malestares, no la estás objetificando), y a la vez se están invisibilizando muchas objetificaciones que no son sexuales (las mujeres, por ejemplo, también estamos objetificadas emocionalmente y los hombres acostumbran a acercarse a nosotras para explicarnos todos sus problemas emocionales sin tenernos en cuenta o que se nos escuche la mayoría de las veces cuando lo necesitamos). Debido a esto intentaré poner ejemplos que no caigan en la objetificación seuxal para visibilizar también otros tipos de objetificaciones.

Nuestro sistema relacional funciona a través de la objetificación: es ésta la forma con la que nos acercamos a las personas, teniendo en cuenta nuestros deseos, voluntades y necesidades, pero sin tener en cuenta las de esta otra persona, que podrían ser totalmente diferentes a las nuestras, o incluso incompatibles.

Una forma de objetificar sería tratar a las personas como si no tubieran voluntades o deseos propios (que podrían ser diferentes a los nuestros). Un ejemplo de ésto sería lo que pasa a menudo cuando estamos en la universidad, donde alguien se acerca a otra persona solamente porque quiere que le ayude a aprobar un examen y para que le pase los apuntes. Y, aunque su intención es ‘solamente’ ésta, lo que hace es hacer creer a la otra personaque lo que desea es una amistad. Una vez esta persona ya ha obtenido lo que ha querido (aprobar el examen) se aleja otra vez. Si esta persona hubiera tenido en cuenta los deseos de le otre, le hubiera dicho directamente que su voluntad era la de aprobar el examen, no la de una amistad, y haber dejado que fuera la otra persona la que expresara cuál era su deseo, si lo aceptaba o no. Aún así, no es precisamente lo que acostumbramos a hacer en estos casos.

Otra forma de objetificar es que las demás personas no puedan consentir u oponerse. Y para que una persona pueda consentir u oponerse no solamente se le tiene que preguntar si una cosa la quiere o no, sino que además se tiene que crear un espacio para que este consentimiento se pueda dar de verdad. Un ejemplo de esto sería preguntarle a una persona al saludarla si quiere o no un abrazo. Si yo delante de un ‘no’ reacciono con cierta molestia, aunque sea de forma indirecta, lo más probabl es que la próxima vez que se lo pregunte no me conteste que ‘no’ por miedo a que yo me pueda molestar. Es por este motivo que para que una persona realmente pueda consentir u oponerse a algo se le tiene que dejar espacio para que realmente lo pueda hacer sin ninguna sensación de chantaje emocional.

Otra forma de objetificar es que las demás personas no puedan expresar opiniones ni emociones al respecto de cosas que les afectan. Un ejemplo de esto es lo que pasa a menudo en las relaciones no monógamas jerárquicas. En este tipo de relaciones se acostumbra a tomar decisiones entre las personas que tienen una relación ‘primaria’, especialmente cuando se quieren gestionar emociones (como celos, u otras), que afectan a una ‘tercera’ persona, pero a esta tercera persona no se le informa ni se le deja expresar su opinió o emoción al respecto, ni se le permite pedir nada. Muy amenudo lo que se hace, cuando se quiere informar, es dar dos posibilidades a esta ‘tecera’ persona en modo de ‘referéndum’: se le da una opción donde solamente puede decir que ‘sí’ o que ‘no’. Este tipo de ‘referéndums’ pueden llegar a ser actos muy violentos, ya que esta persona no puede plantear molestias, alternativas o demandas. Haciendo esto se le quita voz a una persona sobre temas que le afectan. No nos olbidemos que este tipo de situaciones se dan también en la monogamia, donde de hecho son la ‘norma’, y se extienden en la no-monogamia a través de las relaciones jerárquicas. La monogamia ya es de por sí misma jerárquica.

En definitiva, objetificar es no tener en cuenta a la otra persona, quitarle voz. Hay un debate que tenemos mucho en nuestros entornos (de forma bastante genérica en los movimientos sociales): es el debate de si las personas somos imprescindibles o prescindibles. Este debate proviene del hecho de que en nuestra sociedad jerárquica se suele etiquetar a algunas personas como imprescindibles, dando de esta manera un poder a estas personas. Para romper con esto solemos decir que las personas somos todas prescindibles, un acto que suele vivirse con bastante violencia cuando hay personas en nuestra vida a las que consideramos importantes. Pero este debate es un debate erróneo, ya que considerar a las personas como prescindibles o imprescindibles proviene de la misma idea de ver a las personas como objetos. Las personas no somos prescindibles o imprescindibles. No somos objetos ni herramientas a utilizar. Las personas somos importantes y a tener en cuenta. Y es posible que haya personas que por muchos motivos consideremos menos importantes que otras (porque tenemos menos vinculo), pero que una personas no sea tan importante en tu vida no significa que le tengas que quitar voz en cosas que le afectan.

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deconstruyendo los discursos hegemónicos y científicos de la orientación sexual: desorientación, fluidez, inestabilidad y confusión como actos revolucionarios (I – estructuras de poder y monosexismo)

por wuwei (natàlia)

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El mes de Abril de 2016 se celebraron las I Jornadas Desorientadas en Madrid. En esas jornadas di una charla sobre monosexismo, su discurso y de como se ha construído este discurso. El audio de la charla lo tenéis aquí (aviso de contenido del audio: lenguaje cisexista e intersexfóbico debido a estar explicando el discurso médico entorno a las orientaciones). Esta es la primera parte. La segunda la podéis leer aquí, la tercera aquí, la cuarta aquí, la quinta aquí y la sexta aquí.

El contenido escrito de la charla, un poco más arreglado y extendido, lo iré colgando en el blog, por partes. Ésta es la primera parte donde hablo de estructuras de poder y de monosexismo.

Estructuras de poder

Hay muchas formas de explicar o definir qué es una estructura de poder. Una estructura de poder es algo muy difícil de explicar. Yo voy a intentar dar una definición/explicación, pero se podrían dar otras o ampliarla.

Una estructura de poder es un sistema que estructura a la sociedad de una forma directa e indirecta. Es algo que está en nuestro lenguaje, en nuestra lógica construida socialmente, en nuestra forma de expresar, ver, o pensar, que lo que hace es por defecto hacer de algunas cosas ‘normas’ (lo que llamamos ‘normal’), que suelen facilitarle más la vida a las personas que se adecuan a esas normas (a las que llamamos personas con ‘privilegios’), y a complicarlas a quien no se adecuan a ellas (a las que llamamos personas ‘oprimidas’). Además, lo que hacen es que muchas más personas pasen y se adecuen a esas normas por falta de alternativas.

Una estructura de poder se puede comparar con la imagen de un iceberg, en la que la punta es la violencia visible (violencia física o verbal, por ejemplo), pero que debajo se esconde la parte más grande y menos visible de la estructura, donde se hallan el lenguaje, la lógica, la forma de ver, expresar, o pensar, que reproduce violencia simbólica y estructural.

Y aunque se llame simbólica a este tipo de violencia, no la hace menos violenta, sino más invisible y menos reconocible, y que tiene consecuencias en la vida de las personas oprimidas, como por ejemplo, puede afectar a la salud mental, a nuestras relaciones, etc.

Las estructuras de poder se viven, se sienten, te atraviesan, y son difíciles de expresar, ya que la expresión por defecto es la que sigue la lógica que privilegia en la estructura.

Estructuras de poder existen muchas. Algunos ejemplos son: el sexismo/machismo, está el heterosexismo (donde la parte más visible del iceberg sería lo que llamamos homofobia), está el cisexismo (donde la parte más visible es la transfobia), está el racismo, entre otras.

Cada una de ellas tiene sus particularidades, sus diferencias, no creo que sean comparables, que una sea más importante que la otra, sino que cada una funciona de formas distintas, y en cada contexto se expresan de formas distintas y se sienten de formas distintas. O sea, que son contextualizables. Además, muchas están relacionadas entre sí y se refuerzan. Haciendo, de esta forma, que todo el sistema se refuerce a sí mismo.

Monosexismo

El monosexismo es una estructura de poder. Primero voy a dar algunas definiciones. Llamo ‘monosexual’ a la persona que se siente atraída por solamente un género. Las monosexualidades más conocidas son la heterosexualidad y la homosexualidad. Por otra parte, plurisexual es un término paraguas que estamos usando últimamente en el activismo para referirnos a aquellas orientaciones o identidades donde hay una atracción hacia más de un género, como pueden ser la bisexualidad, la pansexualidad, la polisexualidad, la skoliosexualidad, entre otras. También hay personas que no sienten identificarse en ninguno de estos términos pero que no se identifican tampoco con las monosexualidades y que pueden verse también afectadas por el monosexismo.

El monosexismo es esa estructura de poder que supone que las personas por defecto somos monosexuales y por tanto privilegia a éstas y oprime y discrimina a las personas que nos sentimos atraídas hacia más de un género, como somos las plurisexuales. La bifobia y la panfobia serían lo que quedaría situado en la parte visible del iceberg, pero el monosexismo es mucho más complejo que esto.

El monosexismo es una estructura muy simbólica, y que por eso cuesta tanto de mostrar, o de hablar de ella. Se sustenta sobre todo en la idea de que las personas plurisexuales no existimos, y que los dos únicos estados reales son las dos monosexualidades (evidentemente una más importante que la otra, ya que no se ve igual a la heterosexualidad que a la homosexualidad). Y, a parte de la invisibilidad o no existencia, se han creado también estereotipos a nuestro alrededor. Pero no nos engañemos, ya que estos estereotipos son precisamente la consecuencia de nuestra no existencia. Ya que, como no existimos, nuestras experiencias y vivencias se expresan siempre como combinación de las dos monosexualidades. Por eso, por ejemplo, se dice que somos promiscues e hipersexuales, ya que al ser la suma de dos estados, somos el doble de sexuales. Se dice que estamos confundides y somos inestables, porque se nos lee como personas que vamos cambiando entre dos estados. Se dice también de nosotres que no sabemos lo que queremos, que somos traidores e infeccioses. Y todo recae en la idea de vernos como combinación de dos estados que tendrían que estar separados (precisamente por el hecho de ser jerárquicamente opuestos). O sea, el ‘bueno’ y el ‘malo’.

Y la violencia simbólica es muy difícil de percibir, pero aún así tiene sus consecuencias. En el caso, por ejemplo, del monosexismo, existen unos índices más elevados de intentos de suicidio, autolesión, depresión, ansiedad, por el sentimiento de no poder entenderse o definirse a través de los parámetros sociales definidos. También podemos perder nuestros trabajos, ya que al vernos como personas inestables no se confía en nosotres. También perdemos relaciones sexoafectivas o de pareja por vernos como traidores y que no cumpliremos con los pactos a los que llegamos. También tenemos un riesgo más elevado de padecer violencia sexual, especialmente las mujeres, al ser más hipersexualizadas; como también ocurre que puede que no se confíe en nosotres cuando denunciamos una violación. Y, un largo etcétera.

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