plurisexualidades y estereotipos VI: plurisexuales y traidores al sistema patriarcal

por wuwei (natàlia)

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Este texto es el sexto y último de un conjunto de textos que he escrito alrededor de los estereotipos asignados a las personas bisexuales y plurisexuales como herramientas de empoderamiento y reapropiación. El primero lo podéis encontrar aquí, el segundo aquí, el tercero aquí , el cuarto aquí y el quinto aquí.

Aviso de contenido: monosexismo, monogamia, sexismo y cisexismo

Este es el sexto y último texto que escribo para hablar sobre los estereotipos de que asignan a las personas bisexuales y de otras plurisexualidades. He dejado para el final el estereotipo de la traición porque creo que es un estereotipo del que es muy difícil reapropiarse y del que poder sentir cierto orgullo. Cuando menos, ¿a quién le gusta que le digan que es une traidore? No obstante, a la vez, es un estereotipo que puede ser muy potente y empoderante y es por esto que cierro esta serie con este estereotipo: la traición. Las personas bisexuales (juntamente con el resto de plurisexualidades) somos consideradas traidoras. La traición es una característica que constantemente se nos impone allí donde estemos: por parte de nuestras relaciones afectivas, familiares o en el trabajo. Incluso se extiende a través de los movimientos LGBTI+ donde también se nos considera traidoras del propio colectivo. Allí donde vayamos, da igual, la carga de la traición siempre viene con nosotres: siempre se cree que engañaremos, que no sabremos llevar a cabo compromisos, sean los que sean.

¿Pero por qué se tiene tanta obsesión en atribuirnos la traición? Este estereotipo no se nos asigna al azar. Las personas plurisexuales podemos representar una amenaza para el patriarcado y para muchas estructuras, de la misma manera que lo son otras alternativas a la heterosexualidad o al cis-tema. Es una amenaza al heterosexismo, al sexismo, al cisexismo, a la monogamia, y también, incluso, al capacitismo (por el hecho de ser consideradas personas confundidas, como ya he tratado en anteriores textos, como aquí). Podríamos decir que, en consecuencia, el miedo que se nos tiene es porque podemos suponer una traición al sistema: somos seres que contaminamos barreras que se han impuesto para separar los mundos más privilegiados (como son la heterosexualidad y la masculinidad) de los excluidos (la no heterosexualidad y la feminidad y otras alternativas a la masculinidad), para que se pueda seguir perpetuando el privilegio.

Uno de los motivos por los cuales representamos una amenaza es por la supuesta posibilidad de escoger que tenemos. Normalmente a las personas plurisexuales se nos dice que podemos escoger entre ser heterosexuales u homosexuales. Lo que me hace más gracia es por qué no se nos dice que también podemos escoger ser plurisexuales, que es lo que finalmente la mayoría escogemos ser. Pero el problema no es la elección en sí misma (si escogemos una cosa u otra, aunque obviamente las consecuencias de escoger una u otra son muy diferentes), el problema principal en nuestro caso es tener la posibilidad de escoger, esto se ve que molesta.

¿Por qué poder escoger supone un problema? El discurso mayoritario que pretende hacernos aceptar la no-heterosexualidad nos dice que la orientación no se puede escoger, que es una cosa innata que no se puede cambiar, y que por tanto se tiene que aceptar. Pero así solamente reproducimos la idea de que la homosexualidad es en sí un problema, y que el único motivo que tenemos para aceptarla es porque no se puede cambiar. Básicamente es resignación, no aceptación. La posibilidad de elección a quien más daño hace, por tanto, es a la heterosexualidad ya que se cuestiona directamente su privilegio: según el pensamiento heterosexual y patriarcal, si pudieras escoger, escogerías la heterosexualidad sin duda, y la posibilidad de elección se acabaría aquí. Que existan seres que aunque puedan escoger no escojan este lado es poner la heterosexualidad y su privilegio en una posición totalmente cuestionable.

Por otro lado, también, las plurisexualidades pueden cuestionar la construcción de los dos géneros impuestos: la estructura sexista y cisexista establece un modelo de dos géneros, forzando a las personas a ser de un género concreto según una asignación determinada al nacer, y a ser heterosexuales. Los dos géneros dictan una estructura opuesta de deseo y mutuamente excluyente. Dentro de este marco la posibilidad del deseo hacia más de un género se hace poco comprensible y supone una amenaza a esta construcción binaria en la que el género siempre tiene que ir ligado a la elección del objeto sexual y opuesto. Y, de paso, también amenaza y pone en peligro la cultura monógama impuesta. Siguiendo la línea anterior, la construcción de la idea de que necesitamos a una persona de un género concreto para completarnos, hace que la atracción hacia más de un género complique la monogamia impuesta ya que existiría la necesidad de tener relaciones con más de una persona.

Sí, las personas plurisexuales podemos ser unas traidoras. No digo que lo seamos solamente por el hecho de existir, todo depende de cómo nos situemos, claro está, pero tenemos entre nuestras manos el poder de elección; un poder de elección de traición a un sistema que jerarquiza, violenta y discrimina. Podemos contaminar la barrera, podemos saltarla, podemos cuestionarla, podemos poner en entredicho qué privilegios otorga y podemos destruirla. Sí, somos plurisexuales y podemos escoger ser traidores al sistema patriarcal.

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encuentro de activismo plurisexual del pasado 17 de febrero en Madrid

por wuwei (natàlia)

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Como ya anuncié aquí, el pasado 17 de febrero estuvimos en la sede de COGAM en Madrid hablando sobre activismo plurisexual y monosexismo. Os dejo el vídeo de la mesa redonda donde aparecemos (por orden): Carlos, Manuel, Esdras, Joss y yo.

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mesa redonda sobre bisexualidad, plurisexualidades, bifobia y monosexismo el 17 de febrero en Madrid

por wuwei (natàlia)

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El domingo día 17 de febrero estaré en Madrid participando de un evento organizado por el grupo de bisexuales de COGAM. A las 14h haremos un encuentro/comida informal para hablar sobre activismos bisexual y plurisexual (¡tráete comida!) y después a las 18h participaré en una mesa redonda con otres 3 activistes (Joss, Esdras y Manuel). ¡Nos vemos en Madrid!).

Dirección: Calle Puebla, 9 (Local), Madrid (Metro Callao)

Hora: 14h comida informal, 18h mesa redonda

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plurisexualidades y estereotipos V: bisexualidad y promiscuidad, brechas a la monogamia y al consumo relacional

por wuwei (natàlia)

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Este texto es el quinto de un conjunto de textos que he escrito alrededor de los estereotipos asignados a las personas bisexuales y plurisexuales como herramientas de empoderamiento y reapropiación. El primero lo podéis encontrar aquí, el segundo aquí, el tercero aquí, el cuarto aquí y el sexto y último aquí.

Este texto lo escribí y se publicó en El Salto el 7 de Enero. Podéis ver el original aquí . 

Aviso de contenido: monosexismo, bifobia, panfobia, estereotipos, promiscuidad, consumo relacional, consumo sexual, monogamia

Las personas bisexuales (y de otras plurisexualidades, como las pansexuales) estamos en constante lucha contra un montón de estereotipos que se nos asignan. De hecho la violencia que solemos recibir es bastante simbólica y rodeada de muchos misterios a resolver; muchas veces imposible de detectar, y por tanto muy difícil de luchar contra ella. Una violencia que, aun siendo simbólica, acaba afectando mucho nuestras vidas, como por ejemplo a nuestra salud mental, a la pérdida de relaciones afectivas, a la inestabilidad laboral (y por tanto económica) y/o, en el caso específico de las mujeres y personas femeninas, a una exposición más grande a la violencia sexual.

Uno de estos muchos estereotipos es el de la promiscuidad (juntamente con la inestabilidad, la indecisión, la infección o la traición). Muchas reaccionamos delante de un estereotipo como éste negando la posibilidad de que las personas bisexuales podamos ser promiscuas (también llamándolo “mito”, como si fuera irreal), e incluso lo hacemos aquellas que lo podríamos ser o que lo hemos sido. Negando la posibilidad de la promiscuidad en las plurisexualidades estamos negando una buena parte de personas de nuestra comunidad, o a nosotras mismas. Y no solamente las negamos, sino que muchas veces las responsabilizamos de la violencia que recibimos y de la propia asignación de un estereotipo como éste, especialmente si eres mujer: “por culpa de las mujeres bisexuales promiscuas, al resto se nos señala también como promiscuas y acabamos padeciendo un montón de violencia sexual”. Una gran estrategia del patriarcado para desviar la atención de quien realmente es responsable del machismo y las violaciones: la culpa, como siempre, de la víctima.

Todos los estereotipos de las plurisexualidades se han construido alrededor de la mirada monosexual: según esta mirada solamente existen dos estados posibles, el heterosexual y el homosexual, y todo lo que salga de estas dos posibilidades se expresará como combinación de ellas. Mirada dual, mirada monosexista. De esta manera, entre todas las combinaciones posibles, las personas bisexuales somos vistas como el doble de sexuales, ya que somos la suma de la sexualidad de cada uno de los estados considerados como existentes: somos la suma de la sexualidad de una persona heterosexual y la de una persona homosexual, somos el doble de sexuales. De aquí proviene el estereotipo de nuestra promiscuidad.

Vista de esta forma, ¿no parece la orientación sexual una herramienta de consumo sexual? Si siendo heterosexual consumes X y siendo homosexual Y, es obvio que siendo bisexual consumirás X+Y (además suponiendo una mirada totalmente binaria del género). El capitalismo relacional ha tenido también influencia en la construcción conceptual de una cosa como es la orientación sexual (como lo ha tenido con el género, la raza, las capacidades, etc).

A través de su mirada, las personas nos convertimos en objetos que tienen que ser deseados y utilizados para la satisfacción de quien nos mira (tanto sea para convertirla en una pareja, como simplemente en un consumo de otro tipo, en este caso sexual). Dentro de esta visión, la orientación sexual es la herramienta a través de la cual nos dirigimos a las demás para consumirlas. Y si no, ¿de dónde salen expresiones como “te gusta tanto el pescado como la carne”? (Expresión que no solamente denota consumo, sino además es extremadamente especista).

Quiero, no obstante, diferenciar el consumo sexual de la promiscuidad o del hecho de tener relaciones sexuales con personas con quien no se mantienen relaciones afectivas de ningún tipo; el consumo tiene que ver con el proceso de objetificación y de no consideración de la otra persona como un ser que también desea y que puede tener voluntades propias que se tienen que tener en cuenta más allá de las nuestras, tiene que ver con el respeto de los consentimientos y con el cuidado y responsabilidad de cómo nos relacionamos con alguien o como nos alejamos de alguien. Se pueden tener relaciones “sólo” sexuales y/o de corta duración sin que sean de consumo (igual que se pueden tener relaciones no sexuales y de larga duración que sean de consumo emocional o intelectual). Es muy fácil caer en la trampa sexófoba de culpar a las personas que tienen relaciones sexuales fuera de lo que se ha estipulado como una cantidad “normal” y señalarlas como responsables del consumo sexual, de la misma manera que querer culpar a las bisexuales promiscuas de la violencia sexual ejercida sobre todas las mujeres bisexuales.

El consumo relacional y sexual va muy ligado a la monogamia, otra estructura muy paralela al monosexismo y que también pone la mirada a unas formas muy concretas de relacionarnos. La monogamia nos dice que solamente nos podemos sentir atraídas por una persona; el monosexismo por un género. La monogamia nos dice que cuando nos sentimos atraídas por una persona esta atracción y este tipo de relación tiene que cumplir todas nuestras necesidades: románticas, afectivas, sexuales, etc. El monosexismo nos dice que tenemos que sentir atracción romántica, afectiva, sexual, estética, etc, hacia un solo género. La monogamia nos dice que si nos “gustan” dos personas tenemos que escoger, igual que hace el monosexismo donde tienes que escoger un solo género. La monogamia nos dice que tener relaciones sexuales y románticas con más de una persona es exceso, llamándola promiscuidad y cargándola de conceptos negativos. El monosexismo nos dice que si tienes relaciones sexuales y románticas con más de un género eres… promíscua.

La orientación sexual ha sido una herramienta (entre muchas) que se ha sumado a la monogamia para poder perpetuar el matrimonio patriarcal monógamo entre un hombre y una mujer (a través de una asignación de género al nacer) que se unen para tener descendencia (una descendencia propiedad del hombre). En este marco es donde se construyeron todo de teorías científicas e imaginarios sociales para crear los dos roles de género duales y totalmente diferenciados donde existía una complementariedad: dos géneros que se buscaban uno a otro y una vez se habían encontrado ya no necesitaban nada más para completarse.

Las teorías científicas “arreglaron” el problema de la homosexualidad encajándola en la enfermedad, donde la complementariedad se buscaba en el mismo género asignado ya que psicológicamente se era del género “equivocado” (contrario desde el punto de vista dual). De esta manera, la bisexualidad (y obviamente el resto de plurisexualidades) se borraría para poder mantener la monogamia (como también el privilegio heterosexual): imaginémonos tener que aceptar, según estas teorías de la complementariedad, a seres que necesitasen a más de un género para completarse… tiraría por tierra todas las teorías, así como también la monogamia. De aquí también sale el estereotipo de la promiscuidad, juntamente con nuestra no-existencia ya que las teorías intentaron borrarnos y erradicarnos. Según la monogamia monosexista somos unas promiscuas no existentes: muy contradictorio pero este punto de vista atraviesa constantemente nuestras vidas.

La existencia de las personas bisexuales pone en cuestión la monogamia a través de un estereotipo como el de la promiscuidad. Esto es una brecha a las estructuras. Este cuestionamiento, no es solamente sobre la obligatoriedad en la cantidad de relaciones románticas y sexuales que podemos tener, sino también cuestiona a toda la estructura y el consumo sexual del que hablaba al principio. Se nos lee como promiscuas porque existiendo ponemos en peligro la imposición de una forma relacional insensible y jerárquica. La monogamia no nos permite tejer relaciones horizontales ni solidarias, sensibles a nuestras necesidades, deseos, ni a las estructuras que nos atraviesan. De esta manera ponemos en valor todo aquello que la monogamia y el capitalismo relacional nos quitan: un mundo relacional sensible y que nos tiene en cuenta a todas desde nuestra multiplicidad, nuestras diferencias y nuestras responsabilidades hacia las otras.

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cuando el lenguaje, las estructuras y la gente borran constantemente mis relaciones

por wuwei (natàlia)

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Aviso de contenido: monosexismo, monogamia (estructura monógama), amatonormatividad, sexocentrismo, dualismo de género, borrado

El lenguaje es la herramienta que utilizamos para poder expresar lo que sentimos, lo que pensamos, lo que queremos o lo que necesitamos. También es lo que usamos cuando queremos hablar de nuestras relaciones, de cómo nos relacionamos y de lo que sentimos respecto a ellas. No obstante, como ya he comentado anteriormente varias veces, el lenguaje ha sido construido a través de las estructuras sociales que nos rodean, y por tanto, no sólo hace que a menudo pueda ser directamente opresivo (machista, heterosexista, racista, capacitista, etc), sino que además puede no permitir poder expresar experiencias diferentes a la norma o al privilegio: el lenguaje común muchas veces implica perdernos todas las alternativas y las niega sistemáticamente.

A menudo siento mis relaciones borradas. Y no sólo borradas, sino también sustituidas por otras “cosas” que no las representan. Lo que quiero decir con “sustituidas” es que se cambian las importancias que yo les doy, que se cambian sus características, que expresan emociones que no son las que yo realmente siento. O sea, que no solamente no son, sino que además devienen otras cosas. Y es un problema que a veces no disminuye excesivamente en espacios donde podríamos sentirnos más segures de que esto no pasaría; por ejemplo, muchos espacios feministas y LGBTIA+ suelen ser monosexistas, cosa que nos lleva a invisibilizar muy buena parte de mi forma de relacionarme. El lenguaje tiene parte de responsabilidad en esto, pero además, la tiene también la forma que tenemos de construir conceptualmente todo lo que expresamos, y una cosa alimenta a la otra. Las personas que hablan desde fuera de mi experiencia, quiero decir, suelen imponerme no solamente el lenguaje, sino también su forma de ver y de dividir el mundo, que también puede ser en buena parte estructural.

El lenguaje común del paradigma monosexual (heterosexual/homosexual) divide las relaciones entre “homosexuales” o bien “heterosexuales”. Las personas bisexuales (y de otras plurisexualidades) al no sentirse representadas por esta forma de dividir las relaciones (o más bien al sentirse borradas) acostumbran a criticarla diciendo que las relaciones no tienen orientación, solamente las personas, y que por esto no podemos decir que una relación entre dos mujeres es lésbica sino que, simplemente, es una relación entre dos mujeres, ya que esto borraría la orientación de la que fuera bisexual (en el caso de que una de ellas lo fuera). Pero para mí esta respuesta es bastante reduccionista y no representa lo que muchas veces siento cuando me borran de esta manera (ya que yo me identifico como bisexual o polisexual). La cuestión es que esta forma de dividir las relaciones lo que hace es simplificar las relaciones como si  solamente estuvieran atravesadas por cuestiones románticas y/o sexuales y por cuestiones de género (que sus características se basan en si el género es “diferente” o “igual”) y supone géneros binarios, ya que comúnmente no se ve relación heterosexual como relación entre dos personas que no sean hombre/mujer.

Yo sí que creo que hay personas no monosexuales (bisexuales o de otras plurisexualidades) que tienen relaciones heterosexuales y/o relaciones homosexuales, pero no todas, ni esto es así por defecto, y hay quienes no lo sentimos ni lo vivimos así. ¿Qué pasa cuando la importancia de lo que está ocurriendo no gira alrededor del género de las dos personas sino de otros ejes? ¿Qué pasa cuando hay otros factores que tienes en cuenta y que pueden ser en aquella relación más importantes o pesar más? ¿Qué pasa con los géneros no binarios? O, también, ¿qué pasa cuando no basas tus relaciones (en cuanto a importancia) en las románticas y sexuales? Esto último es importante, porque “relación heterosexual u homosexual” es un paradigma basado en las relaciones sexuales o de pareja.

Podemos ver, entonces, que el paradigma monosexual es altamente monógamo, no sólo por lo que ya estaba comentando, sino también porque recae en la idea de que nos tenemos que sentir atraídes tanto románticamente como sexualmente por el mismo género: el género de la otra persona nos completa de alguna manera (la orientación sexual se creó conceptualmente para perpetuar esta monogamia cisheterosexual, aceptando desviaciones consideradas “enfermas”, donde nos tenemos que sentir atraídes románticamente y sexualmente hacia la misma persona y por tanto hacia un solo género). Así la monogamia utiliza una estructura más para colocar las relaciones románticas y sexuales en la parte más alta de la pirámide relacional. ¿Qué pasa cuando no te sientes atraíde románticamente y sexualmente por los mismos géneros?  ¿O qué pasa cuando no centras tus relaciones en las parejas y además hay la posibilidad de que tengas más de una relación sexoafectiva, afectiva o sexual con géneros diferentes? ¿Vives relaciones lésbicas? ¿Heterosexuales? ¿Skoliosexuales? Podría ser que sí, pero podría ser que no, y que tu forma de relacionarte en comparación cada una de las relaciones no se base en todo esto. En mi caso muchas veces gira mucho más alrededor de las neurodivergencias que alrededor del género, o de otros factores que dependerán de cada relación y persona.

Más allá del género, como ya estaba comentando anteriormente, el hecho de que casi siempre que se hable de relaciones se haga alrededor de las relaciones románticas y sexuales me dificulta mucho hablar de mis relaciones importantes, o en general de mis preocupaciones, ya que yo no centro mis relaciones en este tipo de jerarquías; o sea, que por defeco no suelo colocar las relaciones románticas y sexuales en una escala más importante por el hecho de ser de este tipo, y mis criterios de importancia suelen ser diferentes y variados según el momento y el contexto. Y es igual como yo lo exprese, cuando resulta que tienes que moverte en grupos y debates, todo el vocabulario tiende a centrarse en importancias diferentes a las mías y a borrar otra vez mis relaciones: cada vea que digo “relación”, “cuidados” o “comunicación”, estas resuenan en solamente un tipo de relación en las cuales yo no estoy (únicamente) pensando e intentando expresar y todas las que no son de pareja quedan automáticamente borradas. Incluso cuando he hablado de vivencias de maltrato ha sido a menudo borrado todo lo que he vivido fuera de las relaciones de pareja o similares.

Con todo esto siento que muchas de las sensibilidades que me orientan o me desorientan en mis relaciones no están reflejadas en todo este vocabulario, lenguaje o forma de conceptualizar, y hacen que, a la vez y sin darme cuenta, me oriente, me fije o fluya hacia una forma de relacionarme que no es la que quiero. Tengo tendencia a relacionarme y a sentirme atraída por personas según muchas sensibilidades que no siempre las atraviesa el género, a veces son otros factores contextuales. No por una cuestión fetichista (cuidado, porque esto pasa mucho), sino más bien por una cuestión de supervivencia y sensibilidad. Algunes dirán que el deseo no puede expresarse así, que une no lo puede “controlar”. Pero yo no hablo de control, yo hablo de cuestionarse y de sensibilizarse hasta el punto de que haya coas que en el fondo ya es imposible que te atraigan.

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plurisexualidades y estereotipos IV: no existir, existir o existir entremedio como seres híbridos

por wuwei (natàlia)

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Este texto es el cuarto de un conjunto de textos que he escrito alrededor de los estereotipos asignados a las personas bisexuales y plurisexuales como herramientas de empoderamiento y reapropiación. El primero lo podéis encontrar aquí, el segundo aquí, el tercero aquí, el quinto aquí y el sexto y último aquí.

Aviso de contenido: monosexismo, bifobia, panfobia, alosexismo, erradicación, borrado, estereotipos

Según el imaginario social las plurisexualidades no existen. En realidad se dice que la bisexualidad no existe, y a las demás plurisexualidades ni tan siquiera se las nombra, se las borra todavía más. A la vez, este imaginario también nos dice que todas las personas somos en realidad bisexuales (borrando de esta manera la especificidad de la violencia que recibimos) y, para hacerlo aún más redondo, el mismo imaginario añade que las personas bisexuales somos medio heterosexuales y medio homosexuales. En resumen: nadie lo es, todes lo son y somos mitad-mitad otras cosas.  Parte de la reacción del colectivo bisexual ha sido buscar maneras de defenderse de esto gritando fuertemente que existimos y que no somos mitad-mitad nada, que somos 100% bisexuales. ¿Pero qué tipo de identidad, orientación u opción estamos creando con esto? ¿Somos realmente 100% algo que nos representa a todes? El problema de generar este tipo de discurso es que no analiza ni va más allá para intentar entrever cuál es la problemática que ocasionamos que hace que se nos lea como seres híbridos que a la vez no existimos y que formamos parte de todas las personas.

La famosa escala de Kinsey ejemplifica muy bien este entramado tan complicado y a la vez tan simple. Kinsey, intentando visibilizar la pluralidad de la atracción sexual acabó, sin él darse cuenta, reproduciendo la misma idea que acabo de plantear (y por tanto la falta de pluralidad): creó una escala del 0 al 6, donde todes estamos en algún punto, donde 0 representa “exclusiva” heterosexualidad y 6 “exclusiva” homosexualidad. El resto de puntos acaban representando escalas de supuesta mezcla. Aunque Kinsey llama a muchos de los estados intermedios como “bisexualidad”, en realidad su forma de representarlo es como un estado combinatorio de hetero/homo, y de hecho es así como casi siempre se presenta en la actualidad. Todas las personas, después de responder un cuestionario, sacamos un número en la olimpiada monosexista (y alosexista, ya que no considera la posibilidad  de no sentirse atraíde por nadie ni ningún género) en la que se nos sitúa en algún punto de esta escala.

Esta escala acaba reproduciendo todo el imaginario social junto: en esta escala solamente están representadas las monosexualidades (les bisexuales no existimos), acaba demostrando que la mayoría caen entremedio de los dos extremos y que muy poques son exclusivamente monosexuales (todes somos bisexuales), y que estas personas que están “entremedio” pueden, en realidad, representar su sexualidad como combinación de los dos extremos (somos medio heterosexuales y medio homosexuales).

¿Os podríais imaginar una escala que, en vez de ir de “totalmente” heterosexual a “totalmente” homosexual, pasando por todas las escalas de supuesta “bisexualidad” (como es la escala de Kinsey), fuera de “totalmente” asexual (sin atracción hacia ningún género) a “totalmente” omnisexual (atracción hacia todos los géneros), pasando por la “supuesta” monosexualidad (solamente atracción hacia un género), y todo el abanico de plurisexualidades hasta llegar a la omnisexualidad? ¿O bien pasar de la atracción donde es muy importante el género (la monosexualidad) a donde es totalmente indiferente (pansexualidad o asexualidad)? ¿O de totalmente asexual a totalmente hipersexual? Estos ejercicios se han planteado anteriormente (no he encontrado las referencias, pero existen estudios que lo plantean) y nos ayuda a entender que vemos las orientaciones sexuales de forma totalmente construida. ¿Por qué vemos la bisexualidad como un paso entre medio de las dos monosexualidades y no vemos, por ejemplo, ser monosexual como una cosa que está de camino entre la asexualidad y la bisexualidad, pansexualidad u omnisexualidad? En realidad, si vemos las plurisexualidades como mitad y mitad las dos monosexualidades reconocidas (heterosexualidad y homosexualidad) es porque culturalmente lo único que reconocemos como estados posibles son estas dos monosexualidades.

Nuestra cultura y nuestras estructuras leen e interpretan a las personas plurisexuales como seres híbridos. Ser híbrides es parte de nuestra forma de estar y existir en un sistema monosexista que siempre nos lee a través de esta mirada monosexual. Formamos parte de dos mundos y a la vez de ninguno. Por esto existimos y no existimos. Somos todas pero no somos ninguna. Somos mitad y mitad. Somos frontera entre dos mundos que no tendrían que poder tocarse. Contaminamos la frontera. Una frontera construida para mantener el privilegio y el poder heterosexual. Y por este motivo molestamos.

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plurisexualidades y estereotipos III: el cambio, las fases y las no estabilidades como forma de construir un mundo más sensible

por wuwei (natàlia)

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[imagen: manifestación de la comisión unitaria del 28J del 2016 de temática plurisexual. Se ve una pancarta donde dice «La nostra fase, la nostra indecisió. @FemEnrenou»]

Este texto es el tercero de un conjunto de textos que he escrito alrededor de los estereotipos asignados a las personas bisexuales y plurisexuales como herramientas de empoderamiento y reapropiación. El primero lo podéis encontrar aquí, el segundo aquí, el cuarto aquí, el quinto aquí y el sexto y último aquí.

Aviso de contenido: monosexismo, estereotipos, neurocapacitismo, obligatoriedad de la estaticidad, inestabilidad, insensibilidad

El paradigma monosxual con el que vemos y describimos el mundo nos dice que, según lo que el mismo paradigma define como “orientación sexual”, solamente hay dos posibles estados/opciones: la heterosexualidad (la opción “correcta” o “buena”) o la homosexualidad (la opción “incorrecta” o “mala”). Estas dos opciones no tienen que poder mezclarse ni tocarse ya que si lo hicieran no podríamos distinguir lo que es bueno, perfecto y puro, de lo que es impuro, malo o negativo. Por este motivo estamos obligades a decidirnos cuando maduramos para podernos colocar de forma clara en uno de los dos lados, para que se nos pueda encajar y juzgar contundentemente y saber a quién se tiene que premiar (privilegiar) y a quien castigar.

Según esta forma de ver las orientaciones sexuales, aquelles que no encajamos en este supuesto imaginario porque nos sentimos atraídes por más de un género (o bien, como yo prefiero definirlo, no filtramos a todos los géneros excepto uno cuando nos atrae/gusta alguien) se nos ve como personas que van saltando constantemente de un estado a otro: ahora somos heteros, ahora lesbianas o gays. De esta manera, porque se nos ve siempre saltando de un estado a otro, las personas bisexuales y en general las plurisexuales somos estereotipadas como inestables, que cambiamos constantemente y que estamos siempre en una fase.

El hecho de tenernos que definir y fijar en un estado concreto (en un estado que además seguramente no nos representa en la mayoría de momentos de nuestra vida) no es solamente una demanda que se hace a nuestra orientación sexual, es un hecho sistemático que va más allá del monosexismo: también es una característica de muchas estructuras de poder, del neurocapacitismo que estipula que tenemos que estar en un solo estado emocional/mental de una forma constante que puede variar un poco pero dentro de unas frecuencias determinadas, de la monogamia que nos obliga a escoger una sola relación reconocida (y de propiedad), y del capitalismo de forma general.

El sistema nos necesita estátiques (con sus contradicciones, como comentaré más adelante). Lo que es leído como no estable (entendido como no estático dentro de unos parámetros), escoger opciones no consideradas como existentes, los cambios, las transformaciones, las fases, son bastante incomprendidas en nuestra cultura, que todo lo quiere dominar, que todo lo quiere fijado en puntos muy definidos y concretos para tenerlo todo bajo el control, para que podamos también ser productivas y/o reproductivas.

Poder cambiar, fluctuar, ser no estables en cuanto a no ser estátiques, no tiene porqué ser nada negativo en sí mismo, y no es la causa real ni directa de la inestabilidad que nos aporta de rebote el sistema, que tiene unas consecuencias devastadoras en nuestras vidas. La inestabilidad sistemática (económica y relacional) es el resultado de cómo interacciona el sistema (a través de su ideología, el imaginario social y las estructuras de poder) con nuestros cambios y fluctuaciones, o estos estados no permitidos. Por tanto, es el resultado que nos otorga la insensibilidad con la que opera el sistema sobre nuestros cambios y nuestros funcionamientos desviados de la norma. El resultado es que no podamos obtener lo que necesitamos, y que estemos a la deriva, que estemos siempre sintiendo que necesitamos cosas distintas (que no son precisamente las que necesitamos), que no lleguemos nunca a encontrar lo que nos va bien o lo que queremos, y que estemos, por tanto, perdides en un mar de consumo acrítico absurdo, tanto relacional como económico (tanto como consumides como consumidores).

Es por esto que el sistema se asegura muy bien de, por un lado, prohibirnos ciertos estados y a la vez aprovecharse de ellos cuando existen para su beneficio, pareciendo de esta manera que somos castigades por no seguir las normas que tendríamos que seguir. El resultado es, pues, una inestabilidad económica, afectiva y emocional (más allá de la que se acostumbra a señalar como inestabilidad emocional debida a un funcionamiento diferente a nuestra cabeza) que se señala a menudo como el resultado directo de ser una persona que no está fijada en el estado al que le han obligado a fijarse: o sea, siempre se responsabiliza a las características de los colectivos oprimidos y no a la insensibilidad del propio sistema o a la apropiación que hace este de nuestras vivencias romantizándolas y utilizándolas fuera de nuestros contextos.

Quien acaba recibiendo más esta inestabilidad sistemática son aquelles que están más excluides, explotades y oprimides, y que además serán les que acaben siendo más leídes como “no estables” y acaben recibiendo por partida doble esta negativización de sus vivencias. Las más privilegiadas tendrían medios para obtener sus necesidades y por tanto no estarían afectadas. No obstante, se nos hace creer que son nuestros cambios, nuestras fases, nuestros estados mentales y emocionales “no estables”/no estáticos, los que producen que no podamos acceder a poder cubrir nuestras necesidades.

El monosexismo se sirve de esta ideología para negarnos la posibilidad del cambio y las fases, y a la vez se acusa a nuestra propia no estabilidad y la supuesta no aclaración sobre nuestra opción sexual como culpable de nuestros problemas de salud mental, económicos y relacionales (las personas no monosexuales tenemos más tendencia a perder relaciones sexo/afectivas debido a nuestra desorientación sexual ya que se nos percibe como personas con las que no se puede confiar, traidoras e infieles).

Por tanto, el monosexismo no solamente nos otorga estereotipos, sino que además niega las fases, los cambios y todo aquello leído como “no estable” debido a no tener la estaticidad que tiene que tener. El monosexismo nos insensibiliza, igual que lo hace el capitalismo, de las voluntades y deseos de les demás, y de sus diferentes necesidades. El monosexismo nos niega los cambios, las fases y las transformaciones. El monosexismo nos niega la posibilidad de no ser tan estables como el sistema nos exige y nos culpa de la inestabilidad relacional actual (cuando es a nosotres, les no monosexuales, entre muchas otres, a quien se objetifica y se abandona).

Tenemos que construir otras formas de sentirnos, que nos permitan poder cambiar, transformarnos, abrazar nuestras “no estabilidades” emocionales, mentales, físicas, nuestras discapacidades. Tenemos que construir formas de vivirnos más sensibles a la multiplicidad y al cambio haciendo que a la vez podamos, a través de formas relacionales horizontales, encontrar entre todes como obtener nuestras necesidades, a través de los compromisos y a través de la responsabilidad compartida. No aceptar el cambio ni la transformación es no aceptar la posibilidad ni la necesidad de cambiar un sistema insensible, jerárquico y de control.

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ser una mala bisexual en tiempos de bisivilización

por wuwei (natàlia)

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Aviso de contenido: monosexismo, normativización, asimilación, instrumentalización, estructuras de poder, capacitismo, neurocapacitismo, sexofobia (slut-shaming), mención de cisexismo, lenguaje capacitista (uso del sufijo –fobia para hablar de violencia estructural)

 

Se acerca el 23 de Setiembre, día internacional para la visibilización de la bisexualidad, y tiemblo al pensar en las campañas que muchas activistas habrán estado preparando: una demostración constante de nuestra “normalidad” a través de mensajes como “las bisexuales no somos promiscuas”, “las bisexuales no somos inestables”, “las bisexuales sabemos lo que queremos”, o perlas como “somos 100% bisexuales”. Sé que todos estos mensajes y estas campañas las hacen activistas que dedican mucho tiempo y amor a lo que hacen y reconozco el trabajo que supone hace un activismo que es muy negado y marginado dentro de los colectivos LGBTI+. Tengo mucha estima a muchas de estas personas, así como también necesito decir que esto que estoy haciendo no pretende ser un ataque hacia ellas, sino más bien hacia el sistema que nos lleva a tener que defendernos de esta manera. Es, por tanto, un proceso de autocrítica interna hecha desde el afecto que tengo hacia todas aquellas con las que comparto opresión monosexista y activismos.

Tengo que reconocer que todo este discurso que pretende hacernos más aceptables socialmente es el que ha hecho que durante los últimos años me haya identificado mucho menos con la bisexualidad, porque siento que me excluye y no siento encajar en este ser 100% capaz de sobrevivir en este sistema patriarcal y capitalista. Hemos intentado muchas radicalizar una identidad como esta, reapropiándonosla, intentando hacerla nuestra, diferente, desmedicalizarla, etc; pero es una lucha invisible al lado de campañas que lo que hacen finalmente (sin que sea esta la intención) es marginar a muchas bisexuales que son/somos promiscuas, inestables, que pasamos fases, que no sabemos lo que queremos o que no encajamos en un sentimiento 100% puro de alguna cosa, en vez de luchar contra lo que no nos permite vivir, opinar, sentir, compartir.

No entraré en batallas absurdas diciendo que la bisexualidad es binaria y tránsfoba, mi crítica no va hacia aquí, y si cada vez me identifico menos con ella no es precisamente por este motivo. La transfobia se reproduce según como quieras definir tu misma tu orientación o identidad, no en la identidad en sí misma. Y en tu actitud cuando te relacionas, obviamente. Tampoco quiero decir que las demás plurisexualdiades, como son la pansexualidad, polisexualidad, omnisexualidad, escoliosexualidad, etc, sean bífobas, ya que es una lucha que proviene del mismo sistema que nos oprime: el que nos quiere divididas, el que nos quiere distraídas en peleas internas para no tener tiempo para luchas contra él. Es más, todas estas “peleas” son debidas al mismo monosexismo que nos obliga a definir nuestras orientaciones alrededor del género y que nos obliga a expresarnos con términos que nos excluye y que forman parte de un paradigma que es puramente monosexual. Yo, de hecho, me identifico como polisexual y como bisexual (no entraré en más detalles de los motivos porque el artículo no va sobre definir identidades ni explicar el porqué yo me identifico con unas y no con otras), y mis “identidades” son más bien cambiantes, políticas, desorientadas, confundidas y más sensibles que estáticas. Prefiero enfocarme en luchar contra las estructuras que en enfatizar y realzar identidades concretas.

El monosexismo se basa en la erradicación de cualquier opción no monosexual (en la que te puedes sentir atraída hacia más de un género): no puede existir nada fuera del binario hetero/homosexual. De esta manera se consigue que no pueda existir nada que pueda confundir la barrera que tiene que haber entre la heterosexualidad y la homosexualidad para que así la heterosexualidad siga manteniendo su privilegio: si aceptamos la existencia de plurisexualidades no se puede demostrar la existencia de la heterosexualidad como algo estático, puro y único. De esta manera, conceptualmente, las plurisexualidades se han construido como combinación de las dos monosexualidades, leyéndonos, por tanto, como suma de dos sexualidades (por eso se nos hipersexualiza y se nos atribuye el estereotipo de la promiscuidad), como saltando entre dos estados (por esto se nos ve como confundidas y que no sabemos lo que queremos o que estamos en una fase), o como combinación de dos orientaciones (por esto se nos dice que somos 50% heteros y 50% homosexuales).

Delante de esto el activismo bisexual más visible lo que hace es básicamente negar los estereotipos que nos otorgan, juntamente con “visibilizarnos” para combatir la erradicación. ¿Pero qué resultado obtenemos de todo esto? ¿Quién se beneficia más de este tipo de campañas y activismo? ¿Cómo es que (misteriosamente) este sea el activismo bisexual más aceptado dentro de un activismo hegemónico LGBTI+ que hasta hace muy poco negaba nuestra propia existencia, incluyendo nuestra discriminación y opresión?

Hasta no hace muchos años la negación de nuestra existencia y nuestra discriminación era el pan de cada día dentro de los grupos LGBTI+. Hace 15 años tenía casi prohibida la palabra “bifobia” dentro del colectivo donde me movía. En la mayoría de grupos la B se incorporó hace poco más de 10 años, y no fue una lucha fácil. Todavía, de hecho, se niega en muchos entornos, aunque ya no es un pensamiento tan aceptado de cara al exterior. Ahora todas se suman a hacer campañas para el 23 de Septiembre, y a abanderarse (muchas veces desde el privilegio monosexual) de la lucha contra la bifobia. Pero no nos engañemos mucho porque parte de este proceso ha concluido en una normativización, en una asimilación y en una instrumentalización por parte de estos colectivos hacia nosotras, ya que las personas bisexuales o plurisexuales seguimos siendo utilizadas solamente como ítem exótico: seguimos sin tener voz, seguimos necesitando nuestros espacios de seguridad fuera de estos grupos, seguimos siendo invisibles en jornadas, y a la vez se nos utiliza para llenar programas pero solamente como lavado de cara o como forma de hacer creer que se nos tiene en cuenta.

En este proceso ha sido donde toda nuestra energía ha ido a parar en hacernos más aceptables socialmente, para que también se nos aceptara en estos grupos. ¿Quién quiere a unas promiscuas inestables? ¿Quién nos querrá si seguimos aceptando que se puede estar confundida? ¿Quién nos quiere incapaces o discapacitadas en nuestras decisiones? Es así como poco a poco hemos ido convirtiendo nuestro activismo en una lucha para la aceptación, en la construcción de una identidad estática y súper estable, 100% ella, 0% todo aquello que la pueda hacer menos asimilable.

Pero en este proceso hemos dejado atrás a compañeras, a personas que también padecen el monosexismo, y que además padecen también otras estructuras. Hemos dejado la transversalidad de lado, hemos dejado de luchar contra un sistema para pasar a aplaudir la discriminación a la promiscuidad, a la confusión, a la discapacidad en la decisión o la inestabilidad. Hemos creado una barrera dentro de nuestro colectivo (como suele pasar siempre): una barrera que separa entre las “buenas” bisexuales y las “malas” bisexuales. Lo peor de todo es que las que son acusadas de malas bisexuales son también aquellas que les atraviesan otras estructuras y que, por tanto, padecen todavía más discriminación. Las mismas jerarquías siempre se acaban colando en todos los sitios.

Yo durante años intenté ser una muy buena bisexual, negué muchas partes de mí. Durante tiempo procuré hacerme ver cómo querían que fuera, para no sentir que yo era la culpable o responsable de la violencia que padecíamos. Me costó años, y una buena entrada de discurso crítico, darme cuenta de que yo no era la responsable de la violencia que recibía, que yo no era la culpable de que las personas plurisexuales se las estereotipara por el simple hecho de reproducir ese estereotipo, y que la responsabilidad era estructural y de todas aquellas personas que desde el privilegio procuraban que día tras día yo no olvidara que mi valor, mi sentir, mi poder para decidir sobre mi vida, dependía más de ellas que de mí.

Obviamente que se nos asignen estereotipos por defecto solamente por el hecho de ser bisexuales o plurisexuales es violencia estructural y es monosexismo. Pero afirmar que no somos de una manera concreta no es muy diferente a asignarnos estereotipos: también es una imposición de una forma de ser, además atravesada por una expectativa social que nos normativiza. Por tanto, esta negación no deja de ser una reproducción monosexista también. Las personas plurisexuales podemos ser (y somos) de muchas maneras, y no por este motivo menos merecedoras de ser o estar. Las promiscuas, las confundidas, las que no sabemos lo que queremos o las que pasamos por fases también somos plurisexuales.

 

imagen: puntos de libro (y plantillas) de la Colectiva Desorientada (I Jornadas Desorientadas en Madrid)

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bifobia y activismo: una lucha contra la LGBTIfobia parcial

por wuwei (natàlia)

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aviso de contenido: mención de heterosexismo, alosexismo, intersexantagonismo y cisexismo; relato sobre monosexismo en los activismos LGBTI+ y queer, utilización del sufijo -fobia para hablar de violencia estructural.

el motivo por el cual se ha utilizado el sufijo -fobia para hablar de violencias estructurales en este caso ha sido práctico, ya que originalmente este artículo lo había escrito para un medio más generalista donde contextualmente necesitaba utilizar este sufijo.

 

‘LGBTIfobia’ es una expresión que se está utilizando desde muchos colectivos de personas LGBTI+ (lesbianas, gays, bisexuales, trans, intersexuales, entre otras) para referirnos a las violencias que recibimos por el hecho de pertenecer a alguno o algunos de estos grupos (lesbofobia, homofobia, bifobia, transfobia, intersexfobia, por ejemplo). Aunque la LGBTIfobia es más violenta fuera de los entornos LGBTI+, estas violencias no sólo se viven fuera de estos colectivos, también los vivimos constantemente en nuestros entornos.

Utilizar una abreviación como esta (LGBTIfobia) desde mi punto de vista es problemático: primero porque siempre nos estaremos dejando letras (y por tanto violencias), como por ejemplo la A de asexualidad (y por tanto la asexfobia) u otras plurisexualidades que no son la bisexualidad (como la pansexualidad, la polisexualidad, entre otras); y, por otro lado, aunque su intención inicialmente es la de mostrar más violencias más allá de la homofobia, pone a todas las violencias que padecemos las personas el colectivo en un marco de parecido e igualdad que esconde que cada una de las discriminaciones por cada letra es diferente, funciona de formas totalmente diferentes y es atravesada de forma diferentes a cada una. Lo que se obvia con todo esto es que algunas estamos discriminadas debido a pertenecer a alguna de estas letras mientras a la vez tenemos privilegios en relación con las violencias que viven otras letras y por tanto podemos ejercer violencia hacia ellas. Estas violencias pueden ser ejercidas por personas de dentro del propio colectivo: personas cisgénero (plurisexuales, gays o lesbianas) pueden reproducir transfobia, hombres gays y plurisexuales ejerciendo machismo (y por tanto lesbofobia) sobre mujeres lesbianas y plurisexuales, personas no intersexuales apropiándose del discurso contra la intersexfobia, etc.

Uno de estos múltiples ejemplos es la bifobia que es ejercida y reproducida por las personas monosexuales del colectivo (aquellas que se sientan atraídas hacia un solo género). Hablar, además, de ‘solamente’ bifobia, esconde que existen más orientaciones plurisexuales a parte de la bisexualidad donde existe una atracción hacia más de un género (como las pansexuales o las polisexuales). Más que de bifobia, a mi me gusta hablar de monosexismo, la estructura que oprime y discrimina a aquellas que nos sentimos atraídas hacia más de un género, que engloba otras orientaciones plurisexuales, o aquellas que no se definen con ninguna etiqueta, y también incluye violencias más simbólicas que la ‘bifobia’ no recoge.

La mayoría de las veces el monosexismo es invisibilizado y menospreciado en las luchas LGBTI+. Este menosprecio no sólo se da en activismos LGBTI+ más normativos, institucionales o asimilacionistas, sino también ocurre en los grupos o colectivos más radicales, queer o (supuestamente) más críticos. No es coincidencia, ya que la negación de su propia existencia es la base del monosexismo: la negación de la existencia de la posibilidad de sentirnos atraídas hacia más de un género es una característica del monosexismo y se acaba reproduciendo también en una negación de nuestras violencias que padecemos. En el marco del monosexismo las plurisexualidades no son reconocidas como existentes: socialmente no se nos ve (cuando se nos quiere ver) como mitad heterosexuales y mitad homosexuales, y por tanto como personas que padecemos un 50% de homofobia y un 50% de privilegio heterosexual. De esta forma se niega la existencia de una discriminación diferenciada y que tiene un funcionamiento y mecanismo diferente (por ejemplo, la no existencia o la asignación de estereotipos como que somos inestables, no sabemos lo que queremos, somos promíscuas o que somos infecciosas).

Lo que sí que estamos viendo en los últimos años es un pequeño (supuesto) reconocimiento de la existencia de la bifobia en el activismo LGBTI+ más institucional, normativos y asimilacionista. Este reconocimiento es, no obstante, una trampa, ya que se basa sobre todo en un intento de asimilarnos que utiliza o bien un tipo de bifobia como ‘mitad homofobia’ o bien se acepta como un conjunto de estereotipos que simplemente se tienen que negar: una lucha que parte más de un lavado de cara de la bisexualidad que no de una crítica real al monosexismo y de sus mecanismos. En este tipo de activismo se incluye también en activismo normativo específicamente bisexual. Basar el activismo únicamente en la negación rotunda de los estereotipos que se nos asigna lo que hace es generar dentro del colectivo un rechazo y discriminación hacia aquellas que cumplen con los estereotipos (plurisexuales promíscuas, confundidas, indecisas o que están en fases o fluyen).

Este tipo de activismo, además, suele imponer una sola posible identidad, la bisexual, negando la posibilidad de otras identidades plurisexuales, la opción de no etiquetarse, o la posibilidad de ver la propia sexualidad como cambiante o fluida. Esta obligatoriedad a la estaticidad, a no poder reproducir estereotipos o bien a solamente poderse representar con una identidad, es monosexismo: el monosexismo no solamente nos asigna estereotipos, sino que otorga a éstos una carga negativa, y además impone  que la sexualidad no puede cambiar o ser más diversa.

Existe, no obstante, un activismo contra el monosexismo con una perspectiva crítica, no asimilacionista y transversal, que procura no excluir a personas que están discriminadas por otro tipo de violencias. Este activismo, por tanto, también incluye muchas otras identidades que no son la bisexual y que también les afecta el monosexismo. Este activismo no ataca los ‘mitos’ (ya que las personas promíscuas, o las inestables, o las confusas, no somos mitos), sino que se reapropia de los estereotipos no estigmatizándolos, señalando de donde provienen. Este es un activismo que encajaría dentro del resto de activismos críticos, aunque muchas veces aquellos activismos crícitos LGBTI+ (quees) se obsesionen en negarnos una  y otras vez.

 

 

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plurisexualidades y estereotipos II: la infección y el peligro como formas de ensuciar y contaminar las estructuras impuestas

por wuwei (natàlia)

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aviso de contenido: monosexismo, monogamia/pensamiento monógamo, infecciones, heterosexismo

Ésta es la segunda parte de ‘plurisexualidades y estereotipos’. La primera la podéis leer aquí, la tercera aquí, la cuarta aquí, la quinta aquí y la sexta y última aquí.

A las personas plurisexuales (aquellas orientaciones donde nos sentimos atraídes por más de un género, como les polisexuales, pansexuales o bisexuales, entre otres) socialmente se nos ve como portadores y fuentes de ITS (infecciones de transmisición sexual). Pero este estereotipo de infección va mucho más allá: es la metáfora del peligro que podemos llegar a representar a las estructuras de poder, especialmente al heterosexismo y a la monogamia. Las personas plurisexuales somos aquellas que podemos ensuciar y contaminar la barrera que se ha construido entre dos mundos que han estado creados para que estén separados infectándolos entre ellos (el bueno del heterosexual y el malo del homosexual) y aquellas que ponemos en cuestión algunas de las ideas con las que se sustenta la insensibilidad relacional de la cultura monógama. Las personas plurisexuales en este marco simbólico somos consideradas (y somos) infeccionas y peligrosas.

Una parte del peligro que representamos es la posibilidad de contaminar y desdibujar el privilegio heterosexual. Imaginémonos una persona que en un momento dado tiene o está teniendo una práctica sexual, afectiva y/o romántica que se lee socialmente como heterosexual (debido a que es una práctica con una persona de un género diferente al suyo): si aceptas la existencia de opciones, orientaciones o identidades donde existe una atracción hacia más de un género, no puedes demostrar de ninguna manera que aquella persona por el simple hecho de tener aquellas prácticas es heterosexual, ya que podría ser bisexual, pansexual o polisexual, o bien incluso también asexual/arromántica (ya que también cabe la posibilidad de que no exista atracción aún con las prácticas que podamos tener). De hecho, es imposible delante de esta posibilidad demostrar que la heterosexualidad existe en sí misma: esto pone en peligro la situación de privilegio y ‘norma’ de la heterosexualidad. Por este motivo uno de los funcionamientos del monosexismo (estructura que oprime a las personas plurisexuales o no monosexuales) es negar la posibilidad de que existan personas que se puedan sentir atraídas hacia más de un género, mientras por otro lado nos define como peligrosas, infecciosas y ‘contaminantes’: precisamente lo que contaminamos es la barrera hetero/homosexual, lo que infectamos son dos mundos que no pueden tocarse, y lo que ponemos en peligro es el privilegio que todo esto le da a la heterosexualidad.

Por otro lado, la monogamia (como estructura de poder) se sustenta a través de la idea de que el género de la persona con la que mantienes una relación romántica y sexual es lo que te completa y por tanto una de las cosas que necesitas buscar (de hecho, los dos géneros binarios ‘aceptados’ e impuestos se han construido a través de roles que se consideran totalmente diferentes y ‘complementarios’). Esta idea se construyó juntamente con la heterosexualidad para hacer de las mujeres una propiedad de los hombres, pero se ha reproducido después también en la homosexualidad con teorías muy diversas con la idea de que la búsqueda de la completitud puede estar también en el mismo género. Si seguimos esta suposición construida y que no se te muestra de forma directa (tienes que zambullirte en el pensamiento monógamo, monosexista y patriarcal para darte cuenta), las personas plurisexuales, al sentirnos atraídas hacia más de un género, necesitaríamos más de una persona para completarnos y romperíamos con la misma necesidad de mantener la monogamia como estructura social. Por tanto, las personas plurisexuales representamos también un peligro para el pensamiento monógamo y este es uno de los muchos motivos por los cuales siempre se nos estereotipa como a no monógames y promíscues, representando un peligro social que ha de borrarse y eliminarse.

Sí, las personas plurisexuales somos infeccionas, contaminamos, ensuciamos y somos peligrosas. Infectamos dos mundos que han sido construidos para que no se toquen: el heterosexual (el bueno) y el homosexual (el malo). Dos mundos que no se pueden tocar porque si se tocaran el  privilegio de la heterosexualidad quedaría cuestionado. Contaminamos y ensuciamos porque representamos una amenaza hacia las jerarquías de orientación y por tanto a las de género, incluyendo las múltiples identidades. Somos peligrosas porque nuestra existencia pone en duda las bases con las que se sustenta el pensamiento monógamo que acaba imponiendo las relaciones basadas en la propiedad y en el consumo.

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