es ‘sólo’ un maltrato

por wuwei (natàlia)

en català aquí.

Este artículo lo escribí y se publicó en eldiario.es el 23 de Noviembre.  Podéis ver el artículo original aquí.

 

Durante aproximadamente tres años padecí una relación de maltrato. En realidad, fueron más de tres años, pero como era una relación invisible y está tan poco reconocido el maltrato en las relaciones que no son de pareja, que el maltrato se volvió más sutil y cuesta mucho más contabilizarlo. Bien, es más que eso, nos cuesta mucho a nosotras mismas ponerle nombre, y toda la estructura se confabula para que te sientas culpable para tan siquiera plantearte que estás siendo maltratada.

Podríamos decir que en realidad el maltrato duró seis o siete años, lo que duró toda la relación. No fue un maltrato ‘físico’, sino psicológico; pero no de esos en los que se pasan el día diciéndote que no vales nada, sino que fue más bien un maltrato que alternaba acoso con rechazo y abandono, invisibilización, control, mentiras, manipulaciones y consumo y explotación emocional. Todo esto, además, en un entorno laboral angustiante.

Y es que no se trataba de alguien con quien tuviera una relación de pareja. Esto no quiere decir que no hubiera habido sexo, o algún tipo de relación (de consumo) emocional, pero el componente romántico o no de la relación no era importante. O sí; sí que se convirtió en algo importante ya que, al no existir, al no ser una relación de pareja, ni un contexto romántico (o al menos reconocido como tal), la relación pasó a ser invisible. Y de la misma manera que cuando se dice ‘relación’ normalmente se piensa en ‘pareja’, y que cuando se dice ‘sentimientos’ normalmente se piensa que son románticos, cuando se dice ‘maltrato’ solamente se considera y reconoce aquél que se da en las relaciones de pareja.

No parece concebible que una relación que se considera desde fuera que es de amistad (o laboral) pueda ser de maltrato. De esta manera se invisibiliza más, no solamente el maltrato, sino también todas las consecuencias que tienes que vivir en silencio. Y finalmente también se puede, sin darte cuenta, alargar más en el tiempo.

Una de las grandes trampas fue la demanda de secretismo y de empatía como forma de control. Consecuencias: si hablas del maltrato estarás hablando de la relación, una relación que no tendría que existir y que se tendría que esconder, y por tanto serás eternamente culpable de todo, de hablar de lo que no tienes que hablar, de poner a la otra persona en una situación incómoda, o de hacerla salir de un armario (que es también una mentira y un engaño). Vergüenza. Un ciclo que no tiene fin. Bienvenidas todas al infierno de la violencia machista que nos coloca a las mujeres siempre en esta posición: nunca víctima, siempre culpable de todo.

Yo no padecí un maltrato físico; tampoco fue un maltrato psicológico ‘directo’ de esos en los que la otra persona no para de decirte que no vales nada. Este fue distinto, indirecto y sutil, implícito, nada explícito, y era yo quien, a través de diversos mecanismos, me creé la imagen de mi poco valor sin necesidad de que se me dijera directamente.

Dominación. La mentira, la manipulación que se apropiaba constantemente de mi consentimiento, robado a través también del acoso, que no era visible porque se disfrazaba de preocupación y de compañía laboral diaria, menguaron día tras día mi energía, mi salud mental, llevándome a mi límite emocional.

Todo esto sumándose a la comparación constante con otras relaciones más reconocidas que me llevaron a creer y sentir que el problema era yo que no valía suficiente, y que a través de la amenaza constante de exclusión me hacían entrar en un remolino de competición que acababa quitándome todavía más toda mi atención, energía y emociones. Tanta energía que ya no me quedaba nada para nadie más, aunque lo quisiera. ¿No es esto un mecanismo de alienación?

Pero la energía no solamente me la quitó para mis otras relaciones. Tampoco la tenía para el trabajo, lugar donde padecía una absorción considerable por el hecho de compartir espacio con él: se me hacía muy difícil la escapatoria. Y aquí el problema añadido era que no podía trabajar.

Además, en ese entorno laboral tenía muchas otras cosas que también me producían angustia y malestar: constantes técnicas de dominación para conseguir que trabajara más horas, una ayuda pésima en mi trabajo, y un entorno que poco a poco también menguaba mi estima. Día tras día mi productividad no era suficiente como para que se me considerara una persona mínimamente resolutiva (sumémosle el capitalismo).

¿Cómo podía ser ‘productiva’ si cada día tenía ataques de angustia solamente sentarme delante de la pantalla del ordenador? Mis jefes, al verme como una persona poco productiva acabaron confiando mucho menos conmigo que con el resto, y esto hizo que acabara teniendo un contrato mucho más precario y bajo unas condiciones de estrés más grande que las de mis compañeras, ya que la situación emocional a la que estaba hacía que necesitara trabajar más horas para hacer la misma cantidad de trabajo (si es que conseguía hacerlo).

Por lo tanto, a todos mis problemas de salud mental, relacionales (como he comentado por la falta total de energía hacia otras personas) y familiares, se sumaron también los económicos. A la larga, no solamente sufrí una explotación emocional considerable, sino también alienación, marginación y desempoderamiento. ¿Qué pasaba cuando intentaba explicarlo a alguien? Culpabilización: si no era porque me decían que ‘yo me dejaba’ era porque ‘me lo estaba buscando’, culpando a otros factores en mi vida, como el hecho de no ser monógama.

Precisamente el pensamiento monógamo fue una de las cosas que más invisibilizaron cualquier problema de la relación debido a no ser un ‘problema de pareja’. Es como funciona el pensamiento monógamo: solamente las emociones de pareja, los celos de pareja, las peleas de pareja, las relaciones de pareja son emociones, celos, peleas y relaciones ‘reconocidas’. Todo lo que pase fuera de una relación de pareja es automáticamente invisibilizado, menospreciado y ridiculizado; incluso el maltrato. Porque claro… ‘sólo’ es una amistad.

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¿donde pongo mis atenciones? una cuestión también de género

por wuwei (natàlia)

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Una de las últimas modas, especialmente en entornos no monógamos, es la de “fluir en las relaciones”. Yo siempre he sido (y aún soy) muy fan del concepto de “fluir” en muchos ámbitos: adaptarme a las situaciones, permitirme cambiar (tanto yo personalmente como también mis relaciones, o también todo aquello relacionado con mi identidad). Yo, siendo o identificándome como bisexual y polisexual, una de mis luchas desde el activismo crítico es la defensa de la posibilidad de la no-estaticidad en términos de orientación, deseo, atracción o también de identificación con unos géneros determinados. Para mí las etiquetas o identidades no “atrapan” ni “estancan”, sino que pueden cambiar y las podemos definir nosotres mismes.

Ahora bien, ha habido también una apropiación muy grande del concepto de la “fluidez” por parte del sistema en muchos aspectos. Un ejemplo de esta apropiación es este “fluir en las relaciones”, que suele venir acompañado de “los compromisos nos oprimen”: una negación de la necesidad y voluntad de compromiso en todos los aspectos de la vida, sin hacer ningún análisis crítico al respecto. Éste tipo de “fluir”, como acto neoliberal de las relaciones (y sin tener en cuenta las estructuras de poder que nos atraviesan, como nos relacionamos, ni como afectamos a las demás personas) es el que nos lleva a muches a acabar yendo a parar a lugares como alguna desembocadura de algún río donde siempre se arrastra y “fluye” toda la mierda que producimos. Tenemos que tener claro que no fluimos en el vacío, sino que lo hacemos en un fluido: en un mar de estructuras de poder (donde está el sexismo, la homofobia, el racismo, entre muchas otras), corrientes que llevan a algunas personas a lugares paradisíacos (quien tiene más privilegios), mientras que a otras las suele llevar allí donde va a parar toda la mierda.

Yo fluía muy “acríticamente” y me dejé arrastrar por los corrientes de esta moda. Intenté dejar de hacerlo hace un tiempo, cuando después de muchos intentos de querer ser muy guay conmigo misma me di cuenta de que siempre acababa en situaciones de vulnerabilidad. Y cuando no era yo era otra persona. Me di cuenta, también, que los lugares donde yo acababa yendo a parar no eran “nada” en comparación con la situación de otres que aún están en situaciones más vulnerables. Porque resulta que fluir es mucho más fácil (beneficia más a) aquellas personas que tienen más privilegios (como por ejemplo los hombres blancos heterosexuales con todas las capacidades socialmente “consideradas” en el mundo de las relaciones románticas y sexuales) y que para otras personas el resultado puede ser catastrófico. Rechazar el compromiso sin entender que vivimos en una sociedad jerarquizada y donde no todes partimos de los mismos puntos es querer ignorar uno de los grandes problemas de las visiones más liberales sobre las relaciones.

Cada vez intento esquivar más este tipo de “fluidez”, aunque, obviamente, tengo que deconstruirme aún muchas cosas y muy a menudo me encuentro que algún tipo de flujo me ha acabado llevando a alguna zona no deseada o que es problemática para otras personas. Un ejemplo de una cosa que me ha pasado ha sido darme cuenta de que últimamente todas las personas cercanas a mí a quien estaba dedicando más tiempo eran hombres y a las otras personas de mi red afectiva que no lo eran les estaba dedicando mucho menos tiempo. El problema principal era que yo no había hecho esa repartición según ningún criterio consciente, ni lo había pensado ni nada, había surgido así, y me había encontrado de golpe sin tiempo para relaciones que para mí eran muy importantes y casi no veía.

Me di cuenta que una característica (entre muchísimas otras) que diferencia el rol masculino es la demanda de atención. Para simplificar necesitaré ser binaria en este ejemplo, ya que los roles de género que ha impuesto socialmente nuestra cultura han sido dos; aun así todo lo que explico se podría extender a otros géneros, dependiendo de dónde se encuentren más cercanos en estos roles concretos que comento (si es que se encuentran). A los hombres les es más fácil pedir directamente quedar, poder hablar, llamar, etc; a las mujeres, en general, les da miedo y les cuesta invadir espacios, u ocuparlos (ocupar las atenciones de les demás). Esto lo que hace es crear una diferencia en la que, si no paras atención, acabarás siempre dando más atenciones a los hombres, y no dar a otras personas, que aunque lo necesiten, no lo obtendrán porque no lo pedirán. La idea, además, de que preguntando directamente, como hacen los hombres, de que puedes decir “libremente” que no, es muy simplista, y también está muy relacionada con el género; a las mujeres nos cuesta mucho más decir que no o negarnos a hacer una cosa, especialmente cuando se nos pide cierta comprensión debido a que la demanda de atención sea emocional.

Muy a menudo la crítica que se hace al respecto pide que seamos las mujeres las que “deconstruyamos” nuestras dificultades de demanda y de decir que “no”, una idea muy simplista y que borra totalmente que el problema no es solamente la demanda, es como se nos devuelve a “cambio”: los hombres no devuelve a cambio este acompañamiento y cuando se les pide suelen esquivar, escaquearse y decir más fácilmente que “no”. O sea, que aunque aumentáramos nuestra demanda de atención, esta sería constantemente ignorada; un mecanismo que, a parte, vendría respaldado de todas las normas sociales que favorecen a las personas con más privilegios en cuanto al género. Además, nuestra dificultad para decir que “no” recae también en el borrado constante de estas negativas, que se ignoran y se pasan por alto (muy relacionado con cómo se borra nuestro consentimiento).

Es irónico que se nos diga constantemente que tenemos que ser nosotras las que hagamos más esfuerzos para pedir lo que necesitamos, si la propia dificultad con la que nos encontramos es por la negación constante de nuestros deseos y necesidades, o incluso de nuestras negativas. Es más, una decisión como, por ejemplo, parar de “dejarse llevar y fluir” y empezar a ser más consciente de como estoy “repartiendo” mis atenciones será después atacado por las propias estructuras como un acto excesivamente “lógico” y poco “emocional”, una técnica de dominación que funciona demasiado a menudo cuando hablamos sobre relaciones para ridiculizar cualquier discurso  feminista y/o crítico. Pero para más ironías, después se utiliza la técnica a la inversa, acusándonos de demasiado emocionales cuando reaccionamos delante de una opresión.

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el compromiso como acto revolucionario

por wuwei (natàlia)

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El compromiso, juntamente con otros conceptos en nuestra cultura, se puede intuir y definir de muchas maneras diferentes. Es uno de estos conceptos que por un lado nos viene impuesto de una manera concreta por las estructuras de poder, pero que a la vez desprenderse de éste también beneficia a estas estructuras (como el patriarcado o el capitalismo, entre otras). Pero se pueden intentar construir nuevas maneras de acercarnos de una manera que ayude a romper con los sistemas de privilegios y opresiones.

En la monogamia, por ejemplo, este compromiso está relacionado con todas aquellas ideas sobre como tiene que ser una pareja (formas de pensar que definen qué es una pareja y todas las normas implícitas que la rodean). Este tipo de compromiso se conecta con las exclusividades, no solamente exclusividad sexual o romàntica, sino también en proyectos o cualquier cosa que se decida hacer o compartir: todo lo que se quiere hacer fuera de la relación de pareja tendrá que pasar por la conformidad de la pareja. Si no se hace así, se suele dar la sensación de que no nos queremos comprometer y que por tanto la relación no es importante para nosotras o que no sabemos querer. Este tipo de compromiso acaba reforzando todo el resto de ideas que se imponen como nrmas de lo que ‘tiene que ser una pareja’: proyecto de convivencia, de crianza, de pertenecer a las mútuas familias de origen, o bien de compartir finanzas. Al final, cualquier cambio que una de las dos quiera hacer en su vida (como cambiar de trabajo) tiene que pasar por todo el ritual de presentación del tema con la pareja, discusión, aceptación y otorgamiento de derecho o no derecho a poderlo hacer por parte de la otra.

El compromiso que nos viene definido sistemáticamente está construido para beneficiar las estructuras de poder. De hecho, es un compromiso que suele beneficiar a las personas con privilegios y viene de forma muy implícita: no es hablado, ni pactado, ni sensible a las situacioes de cada una o de las necesidades y voluntades, sino que proviene de un arrastre a través de las normas estructurales que benefician a las personas con más privilegios mientras explota a las personas oprimidas. El ejemplo que he puesto anteriormente cuando he hablado de compromiso en la monogamia beneficia a todas las normas que rodean a la monogamia y privilegian a las relaciones de pareja frente al resto de relaciones, como las de amistad. Además, en los casos de parejas hombre-mujer tampoco se suele repartir de la misma manera el compromiso, ya que se ha educado a las mujeres para que el compromiso sea siempre más fuerte por parte de ellas (con todo el sacrificio que comporta) y que sean los hombres quien más se benefician (los hombres suelen tener muchas más vía libre para decidir algunas cosas sobre su vida fuera de casa y les permitirá tomar cierto tipo de decisiones sobre su trabajo, o para salir con los amigos). Y, finalmente, para poner un ejemplo diferente a la monogamia, la idea con la que nos han educado a la clase trabajadora para comprometernos con las empresas por las que trabajamos es también un ejemplo de que el compromiso beneficia al privilegio y a las estructuras. En todos estos ejemplos podemos ver que este tipo de compromiso siempre va de abajo a arriba como un ideal que ayuda a la explotación (tanto sea laboral como emocional, como de otras formas).

Muchas veces, debido a ver que el compromiso que nos viene por defecto es opresor, se propone como alternativa el ‘no compromiso’, como si el problema fuera comprometerse en sí mismo y no el tipo de compromiso que se nos impone. Esto acaba poniendo a las personas con menos privilegios en situaciones de vulnerabilidad. Siguiendo el ejemplo de la clase trabajadora: aunque sepas que estás en unas condiciones precarias, romper tu compromiso de forma general con trabajar para una empresa puede colocarte en una situación todavía más vulnerable (sin un trabajo que pueda darte un sueldo a final de mes). El problema es que seguimos moviéndonos en un sistema que beneficia por defecto a las personas que tienen más privilegios.

Una alternativa que rompería con el compromiso sistemático presentado antes sería la de generar compromisos conscientes para cooperar de forma colectiva y más sensibles a los privilegios y opresiones de cada una, intentando romper con estas jerarquías. Comprometernos a cuidarnos, a tener en cuenta nuestras necesidades y vulnerabilidades, escucharnos para no quitarnos voz en procesos que nos afectan, hacer los compromisos también flexibles (que puedan cambiarse o dejarse), y a la vez explícitos, sensibles a todo el resto de relaciones que tengamos y que no sean incompatibles con compromisos que tengamos con otras personas y proyectos. Una idea de compromiso que nos sirva para que podamos saber y entender para qué estamos para las otras, podernos mover en las relaciones, pero no para atraparnos.

Es curioso que cuando se han dado situaciones donde se ha hablado de compromiso de forma más explícita y consciente quien más esquiva el comprometerse son las personas con más privilegios: estas personas estan tan acostumbradas a obtener sus necesidades por defecto sin depender (conscientemente) de nadie que no encuentran la necesidad de ningún compromiso y a la vez tienen miedo a la pérdida de privilegios que esto podría comportar, ya que el compromiso consciente podría revertir el propio sistema privilegios/opresiones.

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mujeres y bisexualidad: ¿aceptación social o violencia de género?

por wuwei (natàlia)

en català aquí.

Este artículo lo escribí y se publicó en la directa el 25 de noviembre de 2014 (día contra la violencia de género). Podéis ver el artículo original en catalán aquí.

La bisexualidad femenina parece ser socialmente aplaudida e inherente en las mujeres. Se suele decir que es más aceptada que la masculina, a pesar de que muchas mujeres bisexuales a menudo se quejan de sufrir agresiones debido a su orientación sexual. Esto parece una contradicción. Cómo es posible que, a pesar de parecer más aceptada, las mujeres bisexuales sientan sufrir esta violencia?

Breanne Fahs expone al ensayo Compulsory Bisexulity?: The Challenges of Moderno Sexual Fluidity ( 2009) que el concepto del heterosexualidad obligatoria se ha extendido al que denomina “bisexualidad obligatoria”. Lo que concluye en su estudio es que las mujeres son coaccionadas a fingir una bisexualidad para el placer sexual del hombre heterosexual: las mujeres tienen que ser (obligatoriamente) heterosexuales pero tienen que fingir (obligatoriamente) una bisexualidad para el goce masculino. Este hecho ya representa una violencia hacia las mujeres de cualquier identidad sexual.

Cómo es leída y representada la bisexualidad femenina

La bisexualidad femenina casi siempre aparece en un contexto en que las mujeres representadas son atractivas al ojo del heteropatriarcado. Si buscamos por Internet noticias sobre mujeres bisexuales famosas nos encontramos algunas como la de Cinemanía titulada Las bisexuales de Hollywood: actrices famosas que juegan a dos bandas (2012). En las fotografías que se exponen se muestra a una mujer atractiva y sexualizada. El texto, en vez de hablar de la bisexualidad como una opción sexual o emocional, plantea la bisexualidad como un “juego”, y llega a poner en entredicho la bisexulidad con frases como “nos hace sospechar que las chicas tampoco le ponen tanto”.

Cómo apunta también Shiri Eisner en su libro Bi: Notes for a Bisexual Revolution, otro ejemplo es el de la pornografía comercial, que es creada para la misma construcción masculina hegemónica. Este tipo de pornografía – diferenciada otros tipos como la feminista, la queer o la postpornografia – está mayoritariamente pensada para reproducir el que se supone que tiene que gustar al hombre heterosexual: el sexo entre mujeres es una representación atractiva para la mirada del hombre. Si entramos en una página de vídeos pornográficos en línea como PornoTube, los vídeos catalogados como “lésbicos” están dentro de la categoría principal “heterosexual”; la categoría principal representa la orientación sexual de la persona espectadora (hombre) y la subcategoría “lésbica” es sólo una práctica sexual, donde más allá de ser para lesbianas, se representa una bisexualidad actuada donde a menudo participan hombres.

La bisexualidad femenina es así estructuralmente objectivizada e hipersexualizada, erradicada como identidad sexual o emocional propia de la mujer y representada como una actuación para el placer sexual del hombre heterosexual. Esta imagen, en el contexto de la cultura de la violación, pone a las mujeres bisexuales en una posición muy vulnerable a sufrir agresiones sexuales: las expone a la suposición de pleno consentimiento a la hora de llevar a cabo fantasías sexuales por parte de hombres. Esta violencia también la sufren lesbianas y heterosexuales bajo el supuesto del heterosexualidad y la bisexualidad obligatorias.

Violencia sexual hacia mujeres bisexuales

En un estudio que hizo el Departamento de Salud de los Estados Unidos en enero de 2013, National Intimate Partner and Sexual Violence Survey, donde pulicava datos del 2010, se mostraba que el 46,1% de las mujeres bisexuales habían sufrido violaciones al menos una vez en su vida, ante un 13,1% de las lesbianas, y un 17,4% de las heterosexuales. El estudio también reflejaba que el 74,9% de las mujeres bisexuales habían sufrido otros tipos de violencia sexual, frente a un 46,4% de las lesbianas, y un 43,3% de las heterosexuales. El 98,3% de las agresiones a mujeres bisexuales eran perpetradas por hombres. El 61,1% de las mujeres bisexuales habían sufrido agresiones por parte de parejas sentimentales, ante el 43,8% de las lesbianas y el 35% de las heterosexuales. Otro estudio que se hizo al 2009 denominado Women’s Sexual Orientation and Health: Results from a Canadian Population-Based Survey mostró que las mujeres bisexuales sufrían una proporción más elevada de violencia doméstica.

Estos datos reflejan la bifobia y el machismo con qué muchas mujeres son coaccionadas por parte de hombres a realizar ciertas prácticas sexuales o para apuntarse sin consentimiento, llevando a cabo así la fantasía de la mujer bisexual. Hay varias vivencias en blogs de activistas, al ensayo de Breanne Fahs o en el libro de Shiri Eisner. Aún así, podemos exponer las que se compartieron en un proyecto que llevábamos a cabo para la visibilitzación de la bifobia, que son vivencias más cercanas en casa nuestra. Judith comentaba: “Yo muchas veces me sentía presionada por mi novio a mantener relaciones sexuales con él y otras tías. A menudo me decía que tenía que estar interesada por el simple hecho de ser bisexual. No me lo decía directamente, era una insinuación constante. Algunas veces sí que lo había hecho y lo quería hacer, pero no me sentía con el derecho de poder escogerlo siempre (…) después cuando creía que a mí me podría gustar una chica se alteraba totalmente por la posibilidad que yo lo pudiera dejar por una tía. Varias veces utilizó la bisexualidad para insultarme y decirme que era una puta”.

Otra chica, S., explicaba: “Un día cuando estaba de fiesta con mis colegas al decir que era bisexual vino un tio, me puso la mano al culo y me dijo que buscáramos alguna chica por el local para hacer un trío. Ni me preguntó si estaba interesada en él!”. Isabel añade: “Le comenté a una amiga en la barra de un bar que era bisexual y un tio que había escuchado la conversación me entró directamente porque hiciera un trío con su novia (…) esto sin conocerlos de nada”.

Lo que muchas mujeres bisexuales explican a menudo es que no pueden expresar libremente su sexualidad sin el miedo al acoso u otras formas de violencia. Visibilizarse como mujer bisexual es, a ojos de un hombre machista y educado en la cultura de la violación, consentimiento para acceder sexualmente, sin preguntar o esperar a ser invitado. El que concluye Shiri Eisner en su libro es que más allá de ser aceptada, la bisexualidad femenina ha sido apropiada para el disfrute masculino hegemónico heterosexual.

La responsabilidad es del machismo, no de las mujeres

A menudo en entornos normativos (y en el propio ensayo de Breanne Fahs) se insinúa cierta responsabilidad de esta violencia a las mujeres bisexuales que tienen un comportamiento promiscuo o a aquellas que llevan a cabo prácticas bi-curiosas. Un apunte que hace Shiri Eisner en su libro es recalcar que la responsabilidad de esta violencia no es de ninguna mujer que decide ejercer su sexualidad como desea, sino que es estructural, es heteropatriarcal y de los hombres que no respetan el consentimiento. Cualquier mujer tiene que tener el derecho de explorar su sexualidad como quiera, y a que su consentimiento y su identidad se respeten siempre.

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la bisexualidad también es política

por wuwei (natàlia)

en català aquí.

Este artículo lo escribí y se publicó en eldiario.es el 7 de julio.  Podéis ver el artículo original aquí.

 

Hace poco salió el típico estudio que decía que las mujeres bisexuales existimos gracias a la objetificación sexual que hace el hombre heterosexual sobre las mujeres ‘bisexualizadas’. Esta es una forma de borrar nuestra propia orientación y sexualidad. Pero esto no es nuevo. Las personas bisexuales llevamos un siglo escuchando cosas como esta, o cosas como que los hombres bisexuales en realidad son gays que no se han atrevido a salir ‘del todo’ del armario.

Este ‘del todo’ es una metáfora que nos da una imagen de lo que significa socialmente la bisexualidad: mitad heterosexualidad y mitad homosexualidad. Esta lectura, de mitad y mitad, es la consecuencia del borrado de nuestra orientación sexual: la bisexualidad no existe, por eso es la suma de dos estados que sí que existen (uno bueno y otro malo). Y borrando la bisexualidad, detrás borramos muchas más orientaciones plurisexuales (como la pansexualidad, la polisexualidad, la skoliosexualidad, entre otras).

La pregunta es: ¿existe una opresión hacia las plurisexualidades, esas orientaciones donde existe una atracción hacia más de un género? ¿O solamente recibimos discriminación en forma de homofobia cuando mostramos nuestra ‘mitad’ homosexual? Tener que escribir esta pregunta, para mí, resulta doloroso, aunque yo misma sepa que la hago a modo de introducción. Pero sé que aún muchas creen que no existe esta opresión que afecta a plurisexuales y que solemos inventárnosla, igual que nos inventamos nuestra orientación sexual. Los días que solemos inventarnos esta opresión, solemos llamarla monosexismo, que es la opresión que sufrimos por el hecho de sentirnos atraídas por más de un género.

Una de las formas que tiene el patriarcado de marcar una línea clara entre el ‘hombre’ (el privilegiado) y la ‘mujer’ –y evidentemente erradicar la posibilidad de la existencia de otros géneros– es construir como única buena opción la heterosexualidad y haciendo que la única posible alternativa sea la homosexualidad (‘lo contrario’), colocándola en una posición jerárquicamente inferior a la heterosexualidad. El heterosexismo nos dice lo que claramente es ‘correcto’, ‘aceptable’ y ‘sano’: la heterosexualidad. El heterosexismo es una herramienta patriarcal con un gran poder, que nos marcará cuáles son los hombres ‘de verdad’ que tendrán acceso a las mujeres, y cuáles quedarán descartados y fuera de esta posibilidad. Aquellos que queden fuera se les pondrá en una posición discriminable y no aceptable. Y estos dos estados, el heterosexual y el homosexual, tienen que estar muy bien separados, que no se mezclen, que no se puedan tocar o ensuciar, para poder seguir manteniendo las jerarquías (hombre/mujer, hetero/homo) claramente.

¿Y cuál es el problema de las plurisexualidades? Que puedan contaminar, ensuciar, esa frontera, esa separación. Por esta razón el patriarcado necesita generar una estructura como el monosexismo, que se basa fuertemente en la negación de la existencia de la bisexualidad y de otras plurisexualidades, para que estas jerarquías y separaciones se mantengan.

Por lo tanto, las plurisexualidades son negadas constantemente, y a la vez se crean estereotipos alrededor de ellas que, no nos engañemos, son consecuencia del mismo borrado. Por ejemplo, las personas bisexuales somos siempre leídas como inestables, que no existimos, o que somos infecciosas, traidoras, excesivas, infieles… ¿por qué? Se nos ve como hipersexuales y promiscuas porque, como socialmente solo existen la heterosexualidad y la homosexualidad, se nos ve como la suma de ellas (por tanto, como el doble de sexuales); se nos ve como infieles y traidores porque, como solo se interpretan de nosotras dos estados, se nos ve saltando y cambiando todo el rato de un lado a otro; para el sistema somos infecciosas porque nos ‘movemos’ entre los dos únicos mundos que deberían poder existir y los ensuciamos y mezclamos; estamos confundidas, somos inestables y estamos en una fase porque no sabemos escoger entre los dos únicos estados reconocidos.

Nuestra existencia y opresión no se muestra ya que no se acepta nuestra existencia fuera de una combinación de los dos únicos estados que el patriarcado define como estables: el bueno (la heterosexualidad) y el malo (la homosexualidad).

Por un lado, aceptar socialmente la existencia de las plurisexualidades hace que la existencia de la heterosexualidad sea muy difícil (o imposible) de demostrar: ¿cómo puedes demostrar que existe la heterosexualidad si cualquier práctica que sea vista desde fuera como ‘heterosexual’ no tendría por qué implicar ser heterosexual sino bisexual o alguna otra plurisexualidad? De esta forma, poniendo en cuestión la existencia de la heterosexualidad, se pone en entredicho el privilegio que tiene la heterosexualidad y, por tanto, defender su privilegio pasa por tener que negar la existencia de las plurisexualidades.

Por otro lado, a las personas plurisexuales se nos ve como personas que podemos escoger el género de la persona con la que tenemos una relación sexual y/o romántica, y que por tanto también podemos ‘escoger’ nuestra orientación sexual. Esto pondría en entredicho la excusa de que las personas homosexuales solo se las puede aceptar porque han nacido así y no lo pueden cambiar (o sea, que no lo pueden escoger). Esta forma de ‘tolerar’ las prácticas ‘homosexuales’ es altamente homófoba, ya que quiere decir que solo es aceptable por no poder cambiarse, y que si se pudiera cambiar o escoger no sería aceptable, ya que tendría que escogerse la heterosexualidad. Aceptar la posibilidad de elección tendría que obligarnos a aceptar y respetar cualquier orientación, opción o práctica por el simple hecho de existir y no porque no se puede cambiar.

El hecho de que se nos diga que somos inestables o que estamos en una fase, como si de un estigma o de algo negativo se tratara, encierra en sí mismo un rechazo social hacia los cambios, la fluidez, a la elección, que nos convierte en personas insensibles cuando establecemos relaciones con las demás personas (no queremos hacernos más atentas a la posibilidad de que las demás quieran y puedan cambiar, por ejemplo, y con nuestra forma de tratarlas les ‘obligamos’ a permanecer encerradas en cajas estáticas).

El sistema nos ‘estabiliza’, nos ‘encierra’ en cajas, nos ‘estanca’ para que seamos personas productivas para el capitalismo, y no nos permite tener en cuenta los constantes cambios, voluntades y deseos de los demás. Por tanto, el monosexismo es también el enemigo del cambio y fortalece la insensibilidad relacional.

No pretendo parecer una ‘buena bisexual’, aquella que no está confundida, que sabe siempre lo que quiere, que no puede ser promiscua si quiere, o que, si no, tiene que parecer una buena lesbiana o heterosexual. Mi bisexualidad es una herramienta política contra el patriarcado, contra la jerarquía y la demanda constante de una estabilidad impuesta para mantener estas jerarquías. Mi bisexualidad es una herramienta de infección, contra el miedo a que lo que tiene que estar separado para poder ejercer opresión se mezcle. Es una herramienta en favor de las fases, y de la sensibilidad constante hacia las personas que nos rodean y con las que nos vinculamos. Es también una herramienta en favor de la elección, de poder escoger.

Mi bisexualidad es una herramienta en favor del cambio, contra el orden establecido, en favor de la multiplicidad, de lo híbrido y contra la idea de ‘pureza’. Es una herramienta de la ‘no suposición’, que nos permite acceder de una forma más sensible a nuestros deseos y a los de los demás.

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natural vs cultural, machismo y orientación sexual

por wuwei (natàlia)

en català aquí.

Este artículo lo escribí y se publicó en eldiario.es el pasado día 16 de mayo. Podéis ver el artículo original aquí.

A menudo en discusiones sobre feminismos (u otros tipos de activismo donde estoy implicada) por redes sociales utilizamos sin darnos cuenta expresiones que caen en el ‘primitivismo de los comportamientos machistas’ o en ‘la naturalización de la no heterosexualidad’. Por ejemplo, ¿cuantas veces habŕe leído cosas como ‘estos machistas son unos cavernícolas’ o bien ‘ser homosexual no se puede escoger, por favor aceptadme’? Aunque entiendo de donde sale la necesidad de utilizar expresiones como estas, tenemos que ir con cuidado y entender qué estamos reproduciendo utilizándolas. Por ejemplo, el hecho de llamar ‘primitivos’ a los hombre machistas hace que se naturalicen sus comportamientos, olvidándonos de que la estructura patriarcal y su propia violencia tienen un gran componente cultural y construido; haciendo esto, incluso, damos excusa para que se siga reproduciendo, ya que ‘al ser natural’ socialmente se verá como algo difícil de evitar. Por otro lado, la necesidad de emfatizar el componente natural y de ‘no posible elección’ de la homosexualidad para que se la contemple como aceptable, implica y está suponiendo que si fuese escogida no sería aceptable, y por tanto, sigue reproduciendo la idea de que hay algo malo en la homosexualidad. Más allá de saber si realmente la orientación sexual es o no escogida, tenemos que dejar de reproducir la idea de que es malo no ser heterosexual, y esta es una idea estrucural y cultural.

Existe la costumbre en nuestra cultura occidental de separar todo lo que es natural de todo lo que es cultural, creando un binario ‘natural/cultural’ que se utiliza para reforzar estructuras de poder, como el machismo o heterosexismo (como los ejeemplos comentados anteriormente) y otras.

Desde nuestro punto de vista occidental, lo natural es visto y usado como una cosa que no puede cambiar, como lo inmutable, y que solo se puede cambiar a través de nuestra fuerza de conquista, de dominación. Por lo tanto, la naturaleza se verá como algo que no se escoge, pero sí vista a forzarse a través de la técnica y a poderse ‘corregir’. Es cierto que sabemos que la naturaleza cambia, pero según nuestra forma de verlo, sus cambios son consecuencia de leyes inamobibles. Además, parte de esta forma de intuir la naturaleza tampoco proviene de una idea puramente ‘científica’, sino más bien de la idea social general que hay detrás desde un punto de vista estructural.

Por otro lado, la cultura es vista como algo que puede cambiar, pero donde la elección es importante. Eres tú quien escoge comportarse de una forma o comportarse de otra, y someterte a las normas culturales tiene un peso en cuanto a la elección: tienes que escoger, y tienes que escoger bien. El verte como alguien que puede (libremente) escoger es visto como una cosa negativa, porque lo cultural no te dice que puedes escoger lo que quieras, sino que tienes que escoger lo correcto.

Otro binario que se utiliza, equivalente a natural/cultural, es el de primitivo/evolucionado. Lo primitivo es visto como ligado a la naturaleza que no está dominada por la cultura y por tanto no sometido al proceso obligatorio de la ‘buena’ elección. Lo evolucionado será visto como una naturaleza culturizada, superior y avanzada, dominada, donde se ha ejercido un poder de elección moral. Hace falta decir que no es esta exactamente la idea con la que la ciencia en algunas especialidades utiliza las ideas de ‘primitivo’ y ‘evolucionado’; aún así, en muchas teorías científicas esta idea se puede ver de forma indirecta en sus textos, especialmente a finales de s. XIX y principios de s. XX, donde estos términod empezaban a utilizarse más, y que han creado imaginarios que ahora aún perduran (imaginarios racistas, homófoos, bífobos, machistas, capacitistas, etc). Durante el proceso de colonización y racialización se utilizaron los discursos científicos para colocar a las razas no blancas en una posición ‘más primitiva’ y ‘menos evolucionada’ y por tanto también menos ‘culturizadas’ y más cercanas a la ‘naturaleza’. Juntamente con la racialización, otros colectivos como eran el de las mujeres, las personas con enfermedades mentales o las criaturas, eran leídas y vistas también bajo ese prisma. Con la orientación sexual pasó una cosa curiosa: se situó a la homosexualidad en el paradigma de la enfermedad como un caso de ‘degeneración’ en la evolución humana y a la bisexualidad como un caso de ‘primitivismo’ y por tanto o inexistente, o bien relacionado con personas de color, criaturas o personas con enfermedades mentales.

El binario natural/cultural es un binario que se utiliza mucho para reforzar estructuras, y es un juego muy peligroso. Si tu utilizas la naturaleza para excusar un comportamiento, o sea considerar una cosa como ‘natural’ para hablar de un comportamiento, pueden pasar dos cosas: si lo que quieres excusar es considerado socialmente negativo automáticamente lo pasarás por el molde de la corrección (esto es lo que ha pasado, por ejemplo con la homosexualidad, que se vió hasta no hace mucho tiempo como una enfermedad a curar), pero si es una cosa socialmente aceptada automáticamente la naturalizarás y la reforzarás (esto es lo que pasa con los comportamientos machistas). Solo lo que esté aceptado culturalmente como correcto saldrá bien parado de una posible ‘naturalización’.

La pregunta es: ¿ por que lo cultural no es natural si existimos culturalmente en la naturaleza? La diferenciación natural/cultural proviene de la visión occidental (e históricamente burguesa) del individuo separado de su entorno y que ve lo que le rodea externa a él, poniéndose siempre en una posición jerárquicamente superior. Esta forma de ver el mundo, divide entre lo ‘propio’ (cultural) y todo lo que es ‘externo’ (natural y a dominar). Por este motivo también se ha colocado la cultura occidental como más evolucionada que el resto: una visión racista y colonialista que ve al resto de ‘culturas’ como más ‘primitivas’ y más cercanas a la ‘naturaleza’ y la otredad.

Toda producción cultural es natural y la naturaleza no es inmutable, es plástica. Naturaleza y cultura interaccionan entre ellas, se transforman, cambian. Naturaleza y cultura se relacionan dentro de ellas mismas.

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