¿donde pongo mis atenciones? una cuestión también de género

por wuwei (natàlia)

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Una de las últimas modas, especialmente en entornos no monógamos, es la de “fluir en las relaciones”. Yo siempre he sido (y aún soy) muy fan del concepto de “fluir” en muchos ámbitos: adaptarme a las situaciones, permitirme cambiar (tanto yo personalmente como también mis relaciones, o también todo aquello relacionado con mi identidad). Yo, siendo o identificándome como bisexual y polisexual, una de mis luchas desde el activismo crítico es la defensa de la posibilidad de la no-estaticidad en términos de orientación, deseo, atracción o también de identificación con unos géneros determinados. Para mí las etiquetas o identidades no “atrapan” ni “estancan”, sino que pueden cambiar y las podemos definir nosotres mismes.

Ahora bien, ha habido también una apropiación muy grande del concepto de la “fluidez” por parte del sistema en muchos aspectos. Un ejemplo de esta apropiación es este “fluir en las relaciones”, que suele venir acompañado de “los compromisos nos oprimen”: una negación de la necesidad y voluntad de compromiso en todos los aspectos de la vida, sin hacer ningún análisis crítico al respecto. Éste tipo de “fluir”, como acto neoliberal de las relaciones (y sin tener en cuenta las estructuras de poder que nos atraviesan, como nos relacionamos, ni como afectamos a las demás personas) es el que nos lleva a muches a acabar yendo a parar a lugares como alguna desembocadura de algún río donde siempre se arrastra y “fluye” toda la mierda que producimos. Tenemos que tener claro que no fluimos en el vacío, sino que lo hacemos en un fluido: en un mar de estructuras de poder (donde está el sexismo, la homofobia, el racismo, entre muchas otras), corrientes que llevan a algunas personas a lugares paradisíacos (quien tiene más privilegios), mientras que a otras las suele llevar allí donde va a parar toda la mierda.

Yo fluía muy “acríticamente” y me dejé arrastrar por los corrientes de esta moda. Intenté dejar de hacerlo hace un tiempo, cuando después de muchos intentos de querer ser muy guay conmigo misma me di cuenta de que siempre acababa en situaciones de vulnerabilidad. Y cuando no era yo era otra persona. Me di cuenta, también, que los lugares donde yo acababa yendo a parar no eran “nada” en comparación con la situación de otres que aún están en situaciones más vulnerables. Porque resulta que fluir es mucho más fácil (beneficia más a) aquellas personas que tienen más privilegios (como por ejemplo los hombres blancos heterosexuales con todas las capacidades socialmente “consideradas” en el mundo de las relaciones románticas y sexuales) y que para otras personas el resultado puede ser catastrófico. Rechazar el compromiso sin entender que vivimos en una sociedad jerarquizada y donde no todes partimos de los mismos puntos es querer ignorar uno de los grandes problemas de las visiones más liberales sobre las relaciones.

Cada vez intento esquivar más este tipo de “fluidez”, aunque, obviamente, tengo que deconstruirme aún muchas cosas y muy a menudo me encuentro que algún tipo de flujo me ha acabado llevando a alguna zona no deseada o que es problemática para otras personas. Un ejemplo de una cosa que me ha pasado ha sido darme cuenta de que últimamente todas las personas cercanas a mí a quien estaba dedicando más tiempo eran hombres y a las otras personas de mi red afectiva que no lo eran les estaba dedicando mucho menos tiempo. El problema principal era que yo no había hecho esa repartición según ningún criterio consciente, ni lo había pensado ni nada, había surgido así, y me había encontrado de golpe sin tiempo para relaciones que para mí eran muy importantes y casi no veía.

Me di cuenta que una característica (entre muchísimas otras) que diferencia el rol masculino es la demanda de atención. Para simplificar necesitaré ser binaria en este ejemplo, ya que los roles de género que ha impuesto socialmente nuestra cultura han sido dos; aun así todo lo que explico se podría extender a otros géneros, dependiendo de dónde se encuentren más cercanos en estos roles concretos que comento (si es que se encuentran). A los hombres les es más fácil pedir directamente quedar, poder hablar, llamar, etc; a las mujeres, en general, les da miedo y les cuesta invadir espacios, u ocuparlos (ocupar las atenciones de les demás). Esto lo que hace es crear una diferencia en la que, si no paras atención, acabarás siempre dando más atenciones a los hombres, y no dar a otras personas, que aunque lo necesiten, no lo obtendrán porque no lo pedirán. La idea, además, de que preguntando directamente, como hacen los hombres, de que puedes decir “libremente” que no, es muy simplista, y también está muy relacionada con el género; a las mujeres nos cuesta mucho más decir que no o negarnos a hacer una cosa, especialmente cuando se nos pide cierta comprensión debido a que la demanda de atención sea emocional.

Muy a menudo la crítica que se hace al respecto pide que seamos las mujeres las que “deconstruyamos” nuestras dificultades de demanda y de decir que “no”, una idea muy simplista y que borra totalmente que el problema no es solamente la demanda, es como se nos devuelve a “cambio”: los hombres no devuelve a cambio este acompañamiento y cuando se les pide suelen esquivar, escaquearse y decir más fácilmente que “no”. O sea, que aunque aumentáramos nuestra demanda de atención, esta sería constantemente ignorada; un mecanismo que, a parte, vendría respaldado de todas las normas sociales que favorecen a las personas con más privilegios en cuanto al género. Además, nuestra dificultad para decir que “no” recae también en el borrado constante de estas negativas, que se ignoran y se pasan por alto (muy relacionado con cómo se borra nuestro consentimiento).

Es irónico que se nos diga constantemente que tenemos que ser nosotras las que hagamos más esfuerzos para pedir lo que necesitamos, si la propia dificultad con la que nos encontramos es por la negación constante de nuestros deseos y necesidades, o incluso de nuestras negativas. Es más, una decisión como, por ejemplo, parar de “dejarse llevar y fluir” y empezar a ser más consciente de como estoy “repartiendo” mis atenciones será después atacado por las propias estructuras como un acto excesivamente “lógico” y poco “emocional”, una técnica de dominación que funciona demasiado a menudo cuando hablamos sobre relaciones para ridiculizar cualquier discurso  feminista y/o crítico. Pero para más ironías, después se utiliza la técnica a la inversa, acusándonos de demasiado emocionales cuando reaccionamos delante de una opresión.

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la objetificación como forma de relacionarnos con lo que nos rodea

por wuwei (natàlia)

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Cuando escuchamos la palabra “objetificación” automáticamente la mayoría pensamos en la “objetificación sexual de las mujeres”. Ha sido gracias al feminismo que hemos podido detectar una (de las muchas) violencias simbólicas del patriarcado: la percepción (conceptual) que se tiene de las mujeres borra totalmente nuestro consentimiento. Aun así, la objetificación es un concepto que engloba muchos más mecanismos (no solamente éste), que tienen en común precisamente el hecho de ver a ciertos grupos de personas o a algunas personas en concreto como “objetos” y no como “sujetos” (seres con voluntades, deseos y necesidades propias) a tener en cuenta. Pero cuando decimos “objetos” no nos referimos solamente a “objetos sexuales”, sino una forma más genérica de vernos como objetos: convertirnos en seres que no tienen sus propias voluntades y necesidades y que están para servir las nuestras (más allá del sexo).

La forma con la que vemos el mundo (que está muy relacionada con una visión occidental y colonialista) es a través de esta objetificación (y la dominación). Sentimos (a través de una construcción conceptual del mundo) que todo lo que nos rodea (donde también están las personas con las que nos relacionamos) está a nuestro servicio como un objeto y lo intentamos dominar. Pero, evidentemente, bajo esta premisa no todas las personas dominarán, ya que cuando uno domina a otro, éste segundo pasa a ser dominado. Esta visión es la que crea las estructuras de poder, que generan unos privilegios a un grupo determinado de personas que obtendrán todas sus necesidades de forma sistemática a través de normas sociales que dominarán a otros grupos (personas oprimidas), los cuales serán objetificados por éstas normas. Un ejemplo de esto es la objetificación sexual de las mujeres que hace que se nos observe como a seres exentos de toda posibilidad de consentir.

Creer que “por defecto” solamente se objetifica a través del sexo se basa en la idea de que el sexo de por sí mismo es objetificador, una idea sexófoba. Tampoco quiero caer en la idea de que el sexo siempre es “bueno” y “positivo”, ya que el sexo puede ser utilizado (y es muy a menudo utilizado) para generar y ejercer poder. Pero, lo que es problemático o lo que es bueno del sexo no es el sexo en sí mismo, sino la forma y la intención con la que nos acercamos a las personas con las que tenemos sexo. Si tenemos “solamente” sexo con una persona, pero respetamos su consentimiento, tenemos en cuenta que tiene deseos y voluntades propias y la escuchamos si en algún momento tiene algún problema, no la estamos objetificando, aunque sea un encuentro puntual para tener sexo sin haber mantenido una relación antes y/o después.

A parte de la objetificación sexual hay otros tipos de objetificación, como es, por ejemplo, la emocional. La objetificación emocional también la padecemos mucho las mujeres por parte de hombres, ya que somos las que por defecto escuchamos, cuidamos, comprendemos y acompañamos emocionalmente sin que, la mayoría de las veces, se tenga en cuenta si es lo que podemos y queremos hacer en ese momento, sin que se tenga en cuenta si es cuál es nuestro estado, y sin preguntarnos a nosotras qué necesitamos o sin que se nos acompañe en nuestros procesos.

Una de las consecuencias de la objetificación es el consumo relacional y la apropiación de las relaciones y personas. Para mí el consumismo relacional no es una cuestión de la “corta duración” de la relación, ni tampoco por el hecho de compartir “solamente” sexo sin una implicación emocional intensa o importante. Nos acercamos a las demás personas para satisfacer nuestras voluntades y necesidades sin tener en cuenta las de las demás. Ésta sería de hecho la forma con la que a mí me gusta definir el consumismo relacional, ver las relaciones solamente para el consumo propio: acercarnos a las otras personas con la intención y necesidad de cubrir ciertas necesidades o deseos sin tener en cuenta las de la otra (que podrían ser diferentes a las nuestras o, incluso, incompatibles). Una forma de hacer esto también es la apropiación, apropiarnos de la otra persona. La apropiación sería también un tipo de consumo: no es que solamente me importen mis deseos, sino que además utilizo ciertos mecanismos para apropiarme de tus deseos y voluntades. Esto se puede hacer de forma implícita a través de mentiras, manipulaciones u otras técnicas de dominación.

Finalmente, la objetificación también es un proceso que lleva (entre muchos otros mecanismos) a la explotación, donde un grupo dominante o una persona que domina (quien objetifica) recibe más beneficio de algún tipo (que puede ser económico, o prestigio social, capital de tipo simbólico, etc) a costa del grupo o de la persona explotada/objetificada (de su trabajo, esfuerzo, etc), la cual no obtiene beneficio. No solamente se explota a la clase trabajadora: existen muchos más mecanismos que no se conocen y que explotan de otras formas. Por ejemplo, las personas no heterosexuales hemos estado explotadas durante toda la historia de la ciencia desde la mirada heterosexual para beneficiar a médicos su capital (no solamente económico, sino también de prestigio en su campo) y al privilegio heterosexual; en vez de beneficiar a las personas no heterosexuales lo que se hace es estereotiparnos, medicalizarnos y mantener los privilegios de la heterosexualidad. Otro ejemplo es como los roles de género hacen que se explote a las mujeres para tareas de cuidados y del hogar que beneficien especialmente a los hombres y que no reporten ningún tipo de capital a las mujeres. O, siguiendo con el ejemplo que había puesto anteriormente, se nos explota emocionalmente a las mujeres para que acompañemos emocionalmente a hombres, mientras estos no nos acompañan a nosotras.

Las personas en nuestra cultura por defecto nos acercamos las unas a las otras a través de una mirada objetificadora. Muy a menudo, cuando planteamos problemas en los que nos encontramos, colocamos a personas en una posición de “problema”, “conflicto”, “objeto”, y pocas veces las construimos conceptualmente como sujetos: personas que tienen sus necesidades, deseos y voluntades propias que merecen ser reconocidas. Y, aunque sí que es cierto que poco a poco hemos aprendido a construir relaciones más “horizontales”, muy a menudo nos olvidamos de las relaciones que se podrían estar objetificando o “dominando” fuera de la relación supuestamente “horizontal”. La horizontalidad no ha de ser una cuestión de dos personas, ni de un grupo determinado y definido, se tendría que extender fuera de estos grupos, sino todo nuestro discurso queda totalmente y políticamente vacío.

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la vulnerabilidad de las mujeres bisexuales o no monógamas

por wuwei (natàlia)

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Cada estructura de poder tiene sus formas de afectar al grupo al que está oprimiendo. Una de las (muchas) características del machismo es la objetificación sexual (entre otros tipos de objetificación) de las mujeres. Esto no implica solamente una hipersexualización (consecuencia de la objetificación), sino también de una disposición de nuestro consentimiento: nuestro consentimiento no es reconocido como existente, y se nos anula la posibilidad de poder o no consentir. Este borrado se hace y se construye a través de normas sociales (muchas de ellas implícitas), como por ejemplo el hecho de creer que la opinión de las mujeres es menos que la de los hombres (y por tanto, que los deseos de cualquier hombre pasen por encima de lo que pueda pensar, sentir o desear una mujer), o de la creencia de que los hombres pueden disponer y apropiarse de nuestros cuerpos, deseos, emociones o voluntades (que no solamente se traduce en objetificación sexual, sino también en explotación en las tareas del hogar, o en el consumo emocional).

 

Las intersecciones entre opresiones suelen complicar las cosas. Cuando, por ejemplo, hablamos de cómo se combina ser mujer con la bisexualidad, esta objetificación de la que hablábamos aumenta. En el patriarcado se ha establecido actualmente un tipo de ‘norma’ implícita que dice que todas las mujeres tenemos que ser bisexuales para el placer de los hombres, mientras que a la vez se nos obliga a ser heterosexuales. ¿Qué quiere decir esto? Que nuestra orientación “real” y obligatoria tiene que ser heterosexual (solamente nos tienen que gustar y atraer los hombres, y son con los que tenemos que tener vínculos románticos exclusivos), pero que tenemos que performar (representar, jugar a) la bisexualidad para que los hombres heterosexuales puedan disfrutar de sus fantasías sexuales. Esto hace que por un lado se niegue la orientación de las que seamos bisexuales (nuestra orientación no es “real”, es solamente un juego) y que se apropie por parte de los hombres (no es solamente un juego, es un juego para los hombres). Una de las consecuencias de todo esto es la cantidad de agresiones sexuales que padecemos las mujeres bisexuales debido a, no solamente ser mujeres, sino también bisexuales. Unos estudios estadísticos que se hicieron en Estados Unidos, mostraban que casi la mitad de las mujeres bisexuales habían padecido una violación, frente el 15% de mujeres monosexuales (heterosexuales o lesbianas).

 

Un aumento de la objetificación también ocurre a las mujeres no monógamas. A ojos de los hombres, las mujeres no monógamas somos “mujeres más fáciles”, cosa que nos pone en una situación más vulnerable delante de hombres que especialmente buscan relaciones sexuales objetificadas, donde creen que nuestro consentimiento es más fácilmente ignorable porque ‘ya somos no monógamas’ (cómo si esto diera luz verde a cualquier hombre que quisiera disponer de nosotras). Además, dependiendo del tipo de no-monogamia la vulnerabilidad puede aumentar: las mujeres que practiquen un tipo de no-monogamia que se vean desde fuera como más “flexibles” y que más rompan con el amor romántico y el concepto de pareja suelen ser vistas e interpretadas a ojos de un hombre machista como “mujeres que solamente quieren tener sexo y a las que no tengo porque dar explicaciones de nada” o, por decirlo más resumido “mujeres más accesibles”.

 

Finalmente, también está el mito del unicornio, aquellas mujeres bisexuales no monógamas buscadas especialmente por parejas hombre-mujer para su placer sexual o como ‘compañera’, donde existe una jerarquía entre la “pareja” y esta mujer (la pareja es la que tiene el poder en la “relación” y por tanto son las componentes de la pareja las que ponen las normas y las que tienen voz). Las mujeres que son tratadas como unicornios, además, se les suele exigir una serie de elementos, como si de un producto de catálogo se tratara: atractiva, joven, que sepa “dar” igual a casa uno de los componentes de la parejas, que no monte “dramas”, y que sepa aguantar cualquiera de los problemas o celos de la pareja (e incluso hacerse responsable, sin exigir ninguna responsabilidad de “vuelta”). Y cuidado, que no se enamore más del unicornio uno de los componentes de la pareja que el otro porque entonces podrá devenir el nuevo objeto de celos mientras a la vez se le tratará como culpable de todo.

 

Cuando yo era adolescente padecí ciertas situaciones de vulnerabilidad y de agresiones sexuales donde tanto mi supuesto comportamiento poco monógamo (no me planteaba la idea de tener una pareja ni el tema de la exclusividad) como también el hecho de ser bisexual jugaron un papel muy importante. Tanto es así que finalmente (y de forma muy inconsciente) me acabé encerrando en una relación monógama con un hombre por protección (relación que acabé dejando hace más de siete años). Llegué a sentir que la razón por la cual había padecido aquellas agresiones había sido tanto mi orientación sexual como mi forma de relacionarme poco monógama. Una sensación de culpa constante me perseguía (una cosa muy ligada a como nos tenemos que sentir siempre las mujeres). Pero el problema no fue ni mi orientación ni ningún tipo de no-monogamia, sino los hombres machistas que utilizan estos factores como excusa para apropiarse de nuestros cuerpos y de nuestras emociones. Cualquier mujer tiene todo el derecho de explorar su sexualidad, de tener el tipo de relaciones que desea, como también de decidir no querer pertenecer a ningún hombre.

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relaciones jerárquicas vs importancia

por wuwei (natàlia)

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Las relaciones jerárquicas y las relaciones de poder se suelen dar debido a las estructuras de poder y a la dominación de todo lo que nos rodea (paradigma en el que nos movemos en nuestra visión occidental del mundo). Hace falta diferenciar la relación jerárquica de la relación de poder: la relación de poder se daría entre dos personas (o más, pero entre todas ellas) y la relación jerárquica se estaría dando de una relación hacia otras. Una relación de poder sería, por ejemplo, una relación de un empresario a cualquiera de sus trabajadores, o el de un hombre que se ha apropiado de una mujer a través de una relación de pareja monógama y machista. Por otro lado, una relación jerárquica sería, por ejemplo, la relación entre una relación de pareja y el resto de relaciones de amistad de las dos personas, o bien la de una relación primaria poliamorosa y el resto de relaciones consideradas secundarias.

Una relación jerárquica implica una serie de normas que se imponen de la relación ‘principal’ que limitan el resto de relaciones (secundariaas) que puedan tener las personas de la relación ‘principal’ con otres, tanto si estas relaciones ‘secundarias’ ya existen cuando se están imponiendo estas normas como si aún no existen. Estas normas se imponen evitando que las personas que no componen la relación ‘principal’ puedan presentar alternativas o formar parte de procesos de decisión en cosas que las afectan (ya que son normas y limitaciones que afectan directamente a su relación y persona). Normalmente las normas o limitaciones les vienen de fuera y solo pueden aceptarlas o rechazarlas, sin poder plantear alternativas. Todos estos son actos de objetificación hacia estas personas que no forman parte de la relación ‘principal’ (jerárquica). Las relaciones fuera de la relación ‘principal’ vienen definidas por estas relaciones ‘principales’ y externas a la relación ‘secundaria’ que se está jerarquizando. Las relaciones jerárquicas quitan voz las personas que no forman parte de la relación ‘principal’ y dan más voz para definir las relaciones ‘secundarias’ a personas de las relaciones ‘primarias’ que no forman parte de estas relaciones (por este motivo se llaman jerárquicas).

Normalmente estas normas y jerarquías de una relación respecto las demás surgen para evitar que les que componen la relación ‘secundaria’ no puedan generar vínculos que puedan ‘competir’ con la relación ‘principal’ o ‘jerárquica’. La razón por la cual se hace es para que otres no puedan llegar a ser importantes para tu pareja, limitando de estrada estas relaciones. Se confunde ‘no querer perder la relación’ y ‘compromiso’ con ‘evitar que otres también puedan ser importantes’. Esto es una reproducción de competitividad monógama.

Es cierto que los recursos, el tiempo y todo nuestro afecto y estado emocional es limitado, y que existen configuraciones que son importantes para nosotres y que tenemos que ir con cuidado en como las relaciones se pueden afectar entre sí. Aún así, una cosa es ser sensible a como conservamos nuestras relaciones y otra es objetificar a otras personas. Evidentemente hay relaciones más importantes que otres, no se tiene que confundir importancia con jerarquía. Pero que una persona pueda ser menos importantes en tu vida no implica que se le tenga que objetificar y quitarle voz en cosas que le afectan. Estas otras personas también tienen otras relaciones y necesitan poder hablar de las cosas que le afectan; y no al final de haber tomado una decisión, sino durante el proceso. Y, es más, quien tiene que poder limitar y poner normas en una relación son las personas que la componen, siendo sensibles a otras relaciones, pero no terceras personas que no forman parte de ella.

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responsabilidad compartida, cuidados y sensibilidad: discursos no individualistas sobre relaciones, de/construcción de contextos y re-creación de espacios (II – individualismo, dominación y objetificación)

por wuwei (natàlia)

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Ésta es la segunda parte de la versión ‘extendida’ de la charla que di en las II Jornades d’Amors Plurals que resumí en el artículo ‘Después de romper con la monogamia’. La primera parte la podéis leer aquí, la tercera aquí, la cuarta aquí, la quinta aquí, la sexta aquí y la séptima aquí.

Invidividualismo y dominación

Nuestro sistma relacional (occidental) se basa en la idea y sentimiento de que somos individuos externos al mundo que nos rodea (no formamos parte de nuestro entorno) y accedemos a nuestro entorno para obtener nuestras necesidades a través de la dominación (el entorno se vuelve un objeto donde voy a cubrir mis necesidades).

Ésta es una visión que proviene de las clases dominantes; ha sido una viión creada desde la mirada del hombre cisgénero heterosexual blanco de clase media/alta sin diversidad funcional neurotípico, etc. Aún siendo una visión que proviene de las clases dominantes también se acaba reproduciendo en las clases oprimidas debido a que forma parte de la forma que tenemos de leer todo lo que nos rodea.

Esta visión fomenta la creación de estructuras de poder a través de normas y normatividades; estas normas o normatividades se crean para colocar a ciertos colectivos en cajas estáticas cerradas que permita a quien domina obtener lo que necesita sin tan siquiera tener que ver, creer o sentir que están obteniendo necesidades de su entorno: sus necesidades quedan cubiertas de forma sistemática a través de las estructuras. Se crean, por tanto, privilegios hacia estas personas de grupos dominantes (los privilegios los ayudarían a obtener sus necesidades sin esfuerzo ni consciencia de que las obtienen a través de estas ‘normas’), se crean jerarquías y les da a las personas con privilegio un falso sentimiento de independencia. Pero esta independencia es una independencia fals ya que las dependencias que estas personas tienen de su entorno quedan invisibilizadas (sus necesidades quedan cubiertas por el sistema de forma invisible y no tienen que sentir que son dependientes).

En la monogamia, a través además del ideal del amor romántico, se nos hace creer que necesitamos y dependemos de una persona. Y, más allá del ideal de amor romántico, el hecho de que todo lo que necesitamos tenga que pasar por resolverse a través de una sola relación también favorece la aparición de relaciones de poder (tanto por el hecho de que todas las necesidades tengan que pasar por una sola persona, le da a ésta más poder, como también todo el peso de que tengas que prever todas las necesidades es una carga muy grande y que favorece la presión de tener que convertirnos en quien no somos o tener que olvidar nuestras propias necesidades y deseos).

Lo que hacemos a menudo para ‘resolver’ este problema es reproducir la idea de la falsa independencia diciendo ‘yo no dependo de ti, yo soy una persona independiente’ (un concepto que repetimos muy a menudo dentro de entornos no monógamos). De esta manera, con esta idea, se estigmatiza la dependencia, se invisibiliza la dependencia de las personas con privilegios, y se crea un discurso de la no-monogamia a la que solo pueden acceder personas con más privilegios (gente con más dinero, o personas menos oprimidas que otras, especialmente por tener unas capacidades concretas) y se les da más herramientas para seguir reproduciendo relaciones de poder con personas más oprimidas que ellas.

Las personas dependemos de nuestro entorno. Nuestro entorno es donde obtenemos nuestras necesidades y es dondes obtenemos afectos, atenciones y todo aquello que de alguna manera nos afecta. El entorno nos afecta, de la misma manera que nosotres afectamos el entorno. Romper con las relaciones de poder no tendría que pasar por negar nuestra conexión con el entorno, sino aceptándola colectivizando nuestras dependencias y haciéndolas más conscientes.

Objetificación

Esta forma de ver nuestro entorno (vernos como seres externos a lo que nos rodea y que accedemos a él a través de la dominación sin ser conscientes de que el entorno nos afecta y nos vemos afectades por nuestro entorno) hace que accedamos a nuestro entorno (donde están también las personas) viéndolo como un objeto para cubrir nuestras necesidades y deseos pero no las de les demás). Este proceso es un proceso de objetificación y es una causa y consecuencia de las jerarquías y la dominación.

A menudo se habla de objetificación en los feminismos para hablar sobre la objetificación sexual hacia las mujeres debido al patriarcado. De objetificación hay muchas más. Todas las estructuras objetifican a los grupos oprimidos: el capitalismo objetifica a les trabajadores, el especimo objetifica a los animales no humanos, el capacitismo objetifica a las personas discapacitadas por el propio sistema que las objetifica, etc. Y cada estructura de poder objetifica al grupo oprimido a través de mecanismos diferentes.

La objetificación sexual que vivimos las mujeres es un hecho, y tiene unas consecuencias muy duras en nuestras vidas. No obstante, de objetificación hay muchas más. Además, debio a que solamente hablamos de objetificación como objetificación sexual hace que muchas veces acabemos viendo toda relación sexual sin un vínculo emocional como un acto de objetificación, cuando no tiene porque ser así (si tienes una relación seuxal sin un vínculo emocional con una persona, pero das espacio a la otra persona a expresar molestias, oponerse, a expresar necesidades o malestares, no la estás objetificando), y a la vez se están invisibilizando muchas objetificaciones que no son sexuales (las mujeres, por ejemplo, también estamos objetificadas emocionalmente y los hombres acostumbran a acercarse a nosotras para explicarnos todos sus problemas emocionales sin tenernos en cuenta o que se nos escuche la mayoría de las veces cuando lo necesitamos). Debido a esto intentaré poner ejemplos que no caigan en la objetificación seuxal para visibilizar también otros tipos de objetificaciones.

Nuestro sistema relacional funciona a través de la objetificación: es ésta la forma con la que nos acercamos a las personas, teniendo en cuenta nuestros deseos, voluntades y necesidades, pero sin tener en cuenta las de esta otra persona, que podrían ser totalmente diferentes a las nuestras, o incluso incompatibles.

Una forma de objetificar sería tratar a las personas como si no tubieran voluntades o deseos propios (que podrían ser diferentes a los nuestros). Un ejemplo de ésto sería lo que pasa a menudo cuando estamos en la universidad, donde alguien se acerca a otra persona solamente porque quiere que le ayude a aprobar un examen y para que le pase los apuntes. Y, aunque su intención es ‘solamente’ ésta, lo que hace es hacer creer a la otra personaque lo que desea es una amistad. Una vez esta persona ya ha obtenido lo que ha querido (aprobar el examen) se aleja otra vez. Si esta persona hubiera tenido en cuenta los deseos de le otre, le hubiera dicho directamente que su voluntad era la de aprobar el examen, no la de una amistad, y haber dejado que fuera la otra persona la que expresara cuál era su deseo, si lo aceptaba o no. Aún así, no es precisamente lo que acostumbramos a hacer en estos casos.

Otra forma de objetificar es que las demás personas no puedan consentir u oponerse. Y para que una persona pueda consentir u oponerse no solamente se le tiene que preguntar si una cosa la quiere o no, sino que además se tiene que crear un espacio para que este consentimiento se pueda dar de verdad. Un ejemplo de esto sería preguntarle a una persona al saludarla si quiere o no un abrazo. Si yo delante de un ‘no’ reacciono con cierta molestia, aunque sea de forma indirecta, lo más probabl es que la próxima vez que se lo pregunte no me conteste que ‘no’ por miedo a que yo me pueda molestar. Es por este motivo que para que una persona realmente pueda consentir u oponerse a algo se le tiene que dejar espacio para que realmente lo pueda hacer sin ninguna sensación de chantaje emocional.

Otra forma de objetificar es que las demás personas no puedan expresar opiniones ni emociones al respecto de cosas que les afectan. Un ejemplo de esto es lo que pasa a menudo en las relaciones no monógamas jerárquicas. En este tipo de relaciones se acostumbra a tomar decisiones entre las personas que tienen una relación ‘primaria’, especialmente cuando se quieren gestionar emociones (como celos, u otras), que afectan a una ‘tercera’ persona, pero a esta tercera persona no se le informa ni se le deja expresar su opinió o emoción al respecto, ni se le permite pedir nada. Muy amenudo lo que se hace, cuando se quiere informar, es dar dos posibilidades a esta ‘tecera’ persona en modo de ‘referéndum’: se le da una opción donde solamente puede decir que ‘sí’ o que ‘no’. Este tipo de ‘referéndums’ pueden llegar a ser actos muy violentos, ya que esta persona no puede plantear molestias, alternativas o demandas. Haciendo esto se le quita voz a una persona sobre temas que le afectan. No nos olbidemos que este tipo de situaciones se dan también en la monogamia, donde de hecho son la ‘norma’, y se extienden en la no-monogamia a través de las relaciones jerárquicas. La monogamia ya es de por sí misma jerárquica.

En definitiva, objetificar es no tener en cuenta a la otra persona, quitarle voz. Hay un debate que tenemos mucho en nuestros entornos (de forma bastante genérica en los movimientos sociales): es el debate de si las personas somos imprescindibles o prescindibles. Este debate proviene del hecho de que en nuestra sociedad jerárquica se suele etiquetar a algunas personas como imprescindibles, dando de esta manera un poder a estas personas. Para romper con esto solemos decir que las personas somos todas prescindibles, un acto que suele vivirse con bastante violencia cuando hay personas en nuestra vida a las que consideramos importantes. Pero este debate es un debate erróneo, ya que considerar a las personas como prescindibles o imprescindibles proviene de la misma idea de ver a las personas como objetos. Las personas no somos prescindibles o imprescindibles. No somos objetos ni herramientas a utilizar. Las personas somos importantes y a tener en cuenta. Y es posible que haya personas que por muchos motivos consideremos menos importantes que otras (porque tenemos menos vinculo), pero que una personas no sea tan importante en tu vida no significa que le tengas que quitar voz en cosas que le afectan.

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