lateralidad cruzada, esto no es para tanto?

por Kai Guerrero

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Aviso de contenido: neurocapacitismo

A mí me diagnosticaron con lateralidad cruzada a los 5 años. Antes de explicaros en qué me afecta o afectó y por qué lo considero una neurodiversidad vamos a dejar claro qué es:

No tengo ni idea de los términos médicos, no soy experte, ni he estudiado nada relacionado con esto, pero de manera simplificada sería lo siguiente.

Nuestro cerebro se divide en dos hemisferios, el derecho y el izquierdo. Cada uno con sus funciones y, normalmente, uno predomina sobre el otro. Esto hace que tengas preferencia en utilizar una parte de tu cuerpo o la otra. Este concepto se llama lateralidad y es lo que determina si eres diestre o zurde. Queda definido cuando cumplimos los 5 años aproximadamente. Si la parte de tu cerebro que es más dominante concuerda con la parte de tu cuerpo que es más dominante, tienes una lateralidad homogénea u homolateral, independientente de si eres diestre o zurde. Serás diestre de mano, de ojo y de motricidad en general y dominará el hemisferio izquierdo, por ejemplo.

Es decir, cómo dice wikipedia: “La lateralidad es la preferencia que muestran la mayoría de los seres humanos por un lado de su propio cuerpo. El ejemplo más popular es la preferencia por utilizar la mano derecha o ser diestro.”

La lateralidad cruzada o heterogénea es cuando no hay una homogeneidad de dominación. Por ejemplo: tienes el ojo dominante diestro y el brazo zurdo. O domina tu hemisferio derecho pero en tu cuerpo domina la parte derecha.  Esto afecta al aprendizaje del lenguaje y de las matemáticas, a la capacidad analítica, lógica, de comprensión y concentración, a la percepción espacio-temporal, al equilibrio, etc.

“La lateralidad (cruzada) se considera un trastorno neurofisiológico (del sistema nervioso):  los influjos nerviosos que proceden de cada lado del cuerpo y que deberían confluir en los lados opuestos del cerebro no circulan ordenadamente.”

Esto es difícil de detectar, en parte porque es algo bastante poco conocido y en parte es porque los síntomas se asocian a que la persona es torpe, dejade, pasota o que no estudia o se esfuerza lo suficiente.

Los síntomas  se suelen detectar en la infancia, aunque no exclusivamente (y se pueden atenuar a través de terapia). Marco en cursiva los síntomas o que tenía y ya no tengo y en negrita las características o síntomas que tengo en mayor o menor medida. Muchas de estas dificultades las he podido compensar a base de terapia y mucho esfuerzo, aunque otras siguen causándome problemas, simplemente he aprendido a vivir con ellas. He recopilado los síntomas de distintas webs citadas al final del artículo y he añadido y modificado según mi experiencia:

Lenguaje y aprendizaje:

-Dificultades para las matemáticas

– Dificultad del aprendizaje mecánico y razonamiento lógico.

-Dificultades en la ordenación de la información codificada como la sintaxis, pensamiento lógico, memorización o matemáticas.

-Dificultad en la automatización de la lectura, la escritura o el cálculo.

Confusiones derecha-izquierda Confusión entre la suma y la resta o la mutiplicación y la división.

-Dificultades para la comprensión.

-Problemas de comunicación y relación.

-Dificultades en el lenguaje oral: fluidez, leer en voz alta, comprensión lectora y retención de la información.

-Habla poco fluida, la persona se tropieza habitualmente al hablar.

Dificultad para tener un discurso ordenado.

-Cuesta expresar con palabras las ideas que se tienen en la cabeza.

Miedo al hablar en público.

Dificultades en el lenguaje escrito: Invertir letras, sílabas, números al escribir. Escribir en forma “espejo”.

-Leer siguiendo la línea del texto con el dedo o con el marcapáginas.

-Acercar mucho los ojos al libro o la pantalla.

Mover la cabeza al leer en lugar de mover los ojos.

-Perderse al leer, saltarse líneas o incluso párrafos.

-Leer sin enterarse de qué se ha leído.

-Tener dificultades en copiar un texto de una pizarra o un libro.

-Letra ilegible.

Concentración y memoria

– Dificultad para seguir con una tarea durante un tiempo prolongado.

-Incapacidad de realizar dos tareas que otra gente hace de forma mecánica. Por ejemplo: Escuchar la radio y cocinar a la vez.

-Incapacidad de mecanizar acciones como lavarse los dientes cada día. Dificultad en recordar acciones rutinarias e interiorizarlas.

-Tener que trabajar más horas que cualquier persona neurotípica para conseguir los mismos resultados.

– Problemas de memoria

-No seguir la lectura de un libro, de una película o de una conversación, aunque te interese mucho.

-Poca “efectividad”. No centrarse en una acción. Esto causa problemas escolares y laborales.

-Despistes, olvidar dónde se han dejado las cosas o si has realizado o no una acción rutinaria como cerrar con llave.

Motricidad:

-Deficiencias motoras y funcionales. Es decir, caerse mucho, tropezar constantemente etc.

Inestabilidad psicomotriz (problemas de equilibrio)

Dificultad o imposibilidad para conducir o bailar, nadar, ir en bici, patinar, caminar recto o sin tropezar, deportes en general.

-Torpeza psicomotriz. Se puede ver en manualidades, capacidad de dibujar, por ejemplo. También problemas para coger un lápiz, un tenedor, etc.

-Reacciones lentas, reflejos lentos.

-Apretar mucho el lápiz al escribir.

Percepción Espacio-Tiempo

-Dificultad de calcular cuánto tiempo se tarda en realizar una tarea o en llegar a un lugar.

-Desorientación.

-No tener interiorizado qué es la izquierda y qué la derecha.

-Problemas al ordenar espacio y organizar objetos.

-Dificultad en organizar el tiempo y las tareas.

– Distinguir líneas rectas de las que no lo son (simetría)

– Dificultad en calcular distancias

De peque, con apenas 5 años, mi profe se dio cuenta de que era incapaz de pasar por una puerta sin darme de contra los cantos. Que me costaba caminar y tropezaba con todo. Así que después de muchos tests me diagnosticaron lateralidad cruzada.  

Tengo el recuerdo muy claro de tener que esforzarme especialmente por levantar los pies, para caminar. La gente no entendía que no era automático para mí levantar los pies al andar o que caminar recto no entraba dentro de mis facultades.

Me costó mucho aprender a escribir. Mi letra era ilegible y como he marcado en la lista escribía las letras al revés, en forma de espejo o cambiaba sílabas. La ortografía y la gramática no se me metían en la cabeza, en ninguno de los idiomas que sé. Y eso que me hecho filólogue, pero vaya, no nos engañemos, lo hice por la poesía. Lo que es verdad es que me ha costado bastante más esfuerzo no cometer faltas de ortografía que a una persona neurotípica. Vaya, aquí también interviene el tema del clasismo, pero es otra historia.

También, a parte de esta “torpeza” que no era más que un síntoma de la lateralidad cruzada y que me causó y me causa bastantes heridas físicas, no era capaz de nadar o ir en bici, o patines. Hoy en día evito ciertas actividades porque sé que mi falta de coordinación me pondría en peligro.  Al final este tipo de actividades, como conducir, requieren de una coordinación ojo-cuerpo que yo no tengo. Fui a terapia durante años para “reeducar mi cuerpo” para ser capaz de hacer todas estas cosas, aunque otras sigo sin poder hacerlas según la norma o me presentan una mayor dificultad. No tenía problemas de habla, pero sí de organización del discurso. Al final, todo esto tiene que ver con el orden, con ubicar el orden de las cosas. Por eso quizás me hice poeta, ahí mi caos era una ventaja, me podía expresar más libremente. A causa de la LC desarrollé miopía, pero que se pudo corregir con terapia.

Todo esto ha causado problemas de autoestima bastante profundos, evidentemente.

Mis problemas motrices y de memoria son evidentes para quien me conoce, igual que mi incapacidad de organizar el espacio o ubicarme en el tiempo (siempre llego pronto, no sé calcular el tiempo). También me cuesta mucho ubicar los recuerdos en un espacio temporal.

No me suelo desorientar en ciudades y calles, pero eso es porque he desarrollado mucho mi observación y me aferro a detalles que me dan pistas para ubicarme.

Pero es que es más profundo todavía, la psicóloga le explicó a mi madre lo siguiente, yo lo adapto un poco: La gente neurotípica  tiene en la mente un montón de cajones con etiquetas que les dicen dónde se ubican las acciones que tienen que llevar a cabo y en qué orden. Lo saben de memoria y lo automatizan. Saben su ubicación y en qué momento abrirlos y cerrarlos. Las personas con lateralidad cruzada tienen estos cajones sin las etiquetas y no se acuerdan en qué orden abrirlos y qué hay en ellos, tienen que aprenderlo de memoria y buscar maneras de no olvidarlo. Mi manera de pensar y mi mundo interior también se ven regidos por esto. Por eso se me conoce como a una persona caótica, poco racional, con problemas de entender el pensamiento lógico (cómo las ciencias, pero también el discurso académico). Acostumbro a expresarme y pensar desde un lugar más emocional porque no hilo mis pensamientos de una forma ordenada. Esto no quiere decir que no haya aprendido con los años a adaptarme a los discursos y la forma neurotípica, pero no deja de ser un adaptación por mi propia supervivencia.  Por eso para mí a+b=c es difícil de entender. Porque cuando he entendido a y me pongo a entender b ya he olvidado lo que era la a y porqué está allí y por qué están en este orden y qué sentido tiene. Un ejemplo práctico: Yo cada día me tengo que recordar activamente de lavarme los dientes. Mi mente no lo tiene automatizado, porque el cajón de “1.Lavarse los dientes” no tengo ni idea de donde está. Así que tengo que hacer un esfuerzo diario para no olvidarlo y para no olvidar que luego tengo que ponerle comida al gato. Tener una rutina para mí es muy difícil, aunque en mi caso la necesito. Pero no automatizo las acciones, no tienen un orden espacio-temporal en mi mente. Da igual si cada día voy a la misma hora al mismo sitio. Cada vez tengo que intentar recordar y calcular a qué hora salir (siempre me equivoco) y cómo llegar.

Pero tengo mis trucos y estrategias. Y esto es lo que he hecho toda mi vida. Intentar buscar maneras de acordarme de cuando y en qué orden se hacen las cosas e intentar entender el mundo con la lógica de las personas neurotípicas que tienen la facilidad de mecanizar todos sus actos y no tener que pensar en ellos continuamente. Por eso digo que soy despistade, porque para mí es muy fácil olvidar qué cosas hacer, DÓNDE y CUÁNDO he dejado las cosas, cuando hice o dejé de hacer o decir X (por eso me repito tanto) etc.

Algunas cosas sí que he mecanizado. La lectura, la escritura, el caminar (más o menos, porque mi tendencia sigue siendo no levantar los pies) etc. Pero me ha costado más que a personas neurotípicas.

El tema es que cuando hablo de esto o lo quiero nombrar como parte de mi diversidad funcional y mental la gente se ríe de mí o lo minimiza. No parece importante, no parece relevante. Me llaman exagerade, que no es para tanto. La incomprensión es muy invalidante. A la vez esto forma una gran parte de mí, aunque yo pueda esconderlo, maquillarlo o lo que sea. La gente no sabe el esfuerzo que hago a diario por no darme golpes contra farolas, motos, puertas y demás objetos, por subir y bajar escaleras sin que suponga un peligro mortal, por no olvidarme de lavarme los dientes, ducharme, hacerme la cama o desayunar, o sea de mantener unas rutinas u obligaciones. No me es tan fácil ubicarme en general en el mundo. Todo esto ha afectado muchísimo mi autoestima y mi confianza, porque en mi infancia todos estos síntomas eran más evidentes y más agudos, porque estaban sin gestionar y tampoco los sabía esconder o disimular. Esto me provocaba sentirme diferente, sentir fracaso, sentirme inferior y est*pide, porque claro si no se te da bien la lógica y el pensamiento racional, tu pensamiento no es válido y tú vales menos. Y todavía acarreo esa sensación de inferioridad por no entender o no poder expresarme de una manera lógica y académica o, que si lo hago, no se corresponda con mis pensamientos. Es frustrante que, además, este esfuerzo por encajar en el mundo no se vea traducido en resultados y cómo de fácil es rendirse y no querer salir de casa, ni moverse, ni bailar, ni nadar, ni ir en bici, ni caminar por no hacer el ridículo, ni hablar en público, ni estudiar, ni escribir, ni dibujar, ni querer vivir con nadie porque odian que te olvides de que tienes que tirar de la cadena. Sí, eso tampoco lo tengo mecanizado. Además, es que la gente se irrita fácilmente por tus “despistes” y falta de “organización”, y lo entiendo, porque puede acarrear problemas. Lo que pasa es que la gente se cree que todo esto lo hago por falta de interés o ganas. De ahí que haya conflictos, que se me pueda ver como una persona “poco eficiente” o “perezosa”  para el capitalismo, que se crea que paso de todo o que no hago las cosas por desconsideración, cuando la realidad es que no me acuerdo de hacerlas. “Pero si tienes que quitar la caca del gato cada día! Cómo puede ser que no te acuerdes?!”. Pues porque tengo problemas con automatizar las acciones, lo que decía. Por eso intento hacer las cosas al instante, porque si lo dejo para luego no me acordaré, quizás en días o quizás definitivamente. En el caso del gato, me acordaría porque Oskar (el nombre del gato con el que vivo) se quejaría y entonces me daría cuenta de lo que pasa. Pero no siempre ocurre asi.Tengo agenda y me sirve, pero recordar mirar la agenda es otra cosa a automatizar. Es todo un mundo.

Mi falta de concentración tampoco es por falta de interés. Me interesa mucho nuestra conversación, pero mi atención se desvía y sé que es una mierda, intento que no pase, pero tiene que ver con todo esto que estoy contando y no con que no me intereses tú.

Yo misme paso de explicar a todo el mundo esto. Me limito a decir que sí, que soy torpe, que soy despistade, que soy de mente más abstracta, que la lógica no es lo mío, que me cuesta la ortografía, que soy un desastre, que soy desorganizade, que soy desordenade, que soy disperse etc. Es más fàcil. Porque si digo que tengo lateralidad cruzada me dicen que eso es una excusa, que me apoyo en eso para no “mejorar como persona” (vaya concepto de mierda realmente).  Me dicen que me aferro a eso para justificar mis defectos. Pues si supiesen cuánto me esfuerzo para que esos “defectos” desaparezcan y cuantos traumas y falta de autoestima me han ocasionado, quizás no me lo dirían. Pero la gente no sabe nada de esto y cuando lo explico lo subestiman. Por eso he querido explicarlo aquí más extensamente.

Es la primera vez que escribo en serio sobre esto, así que me siento vulnerable. Pero quería visibilizarlo, porque conozco a más gente que tiene LC, diagnosticada o no y se sienten como una mierda y se culpabilizan por ser “un desastre”.

Creo que queda claro por qué es una neurodiversidad. Más allá de que sea un tema genético o no, nuestro cerebro es algo diferente y con ello nuestras capacidades y limitaciones son distintas a las normativas y vistas como deseables, sobre todo por el capitalismo. Al final quiero decir que también me atraviesa el capacitismo por todo esto y sé que para otras personas puede parecer que son nimiedades, pero influyen mi vida y me atraviesan todos los días. Que tú no lo veas es otra cosa.

Para terminar, como postdata, quería enfatizar que en todas las webs que he consultado, a parte del lenguaje y las ideas capacitistas, se hace mucho énfasis en cómo corregir las dificultades de lenguaje y motricidad, porque parecen más urgentes. Porque son más productivas para el sistema. En cambio el tema de la mecanización de las acciones y los problemas de ubicación espacio-temporales, parece que se tratan como aspectos menos importantes. Porque claro, son temas que atañen a la persona y no afectan tanto a tu productividad y efectividad. Al final interesa lo que interesa, aunque el  problema de mecanización y la falta de ubicación espacio-temporal me hayan marcado más y me afecten mucho más que el escribir en forma de espejo o darme golpes (aunque también sea algo importante y que me afecta, obviamente), pero es que se ven como anécdotas en comparación a no saber escribir bien o no saber hacer una división. Ah, sigo sin saber hacer divisiones, que conste.

Espero que todo esto os haya servido de algo o tengáis más información o curiosidad.

Y si no, da igual,  yo me he quedado a gusto.

(1) http://lateralidad.com/que-es-el-trastorno-de-lateralidad/

Fuentes consultadas: (OJO CAPACITISMO EN TODAS, LOGO DE PUZZLE, LENGUAJE CAPACITISTA)

https://www.psicodiagnosis.es/areaclinica/trastornosenelambitoescolar/queeslalateralidadcruzada/

http://ikusilateralidad.com/lateralidad/

http://www.juguetes.es/lateralidad-cruzada-implicaciones-problemas-actividades-para-mejorar/

http://www.elisaribau.com/lateralidad-cruzada/

http://www.ceril.cl/index.php/articulos?id=319

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la violencia de la comunicación no violenta

por wuwei (natàlia)

en català aquí.

en français ici

Este texto se publicó en el número 474 de la Directa. Podéis ver el artículo original en catalán aquí.

Aviso de contenido: comunicación no violenta, lenguaje capacitista (empatía), capacitismo, neurocapacitismo, individualismo, jerarquías, desigualdades sociales

La comunicación no violenta (CNV) ha devenido una de las herramientas favoritas en muchos de nuestros espacios. Existen versiones críticas y tiene puntos útiles, especialmente relacionados con el empoderamiento, la autonomía y la autoresponsabilidad; pero tenemos que entender cuáles son las bases conceptuales sobre las cuales se ha construido para poder hacer de esta un uso más consciente. En este texto hablaré de la CNV definida por Rosenberg a inicios de los años 60, que es la que ha ocupado tanto espacio en charlas, talleres y debates, y que es la más extendida y la que ha creado más dogma.

He visto utilizar esta herramienta comunicativa tantas veces para manipular, maltratar y abusar que ha resultado para mí una alarma suficientemente importante para decidir querer comprender mejor cuáles son sus puntos problemáticos. Buena parte del discurso está basado en una visión individualista que ve las personas como seres aislados e independientes que solamente se afectan de forma puntual y voluntaria, obviando e ignorando la interdependencia. La CNV puede ser una buena herramienta cuando estás en una relación horizontal, pero obvia las estructuras de poder y las jerarquías que a menudo hay en las relaciones.

La responsabilidad

La CNV llama violencia a negar la propia responsabilidad de los actos y las emociones. La propuesta es interesante. El problema está en cómo se deciden distribuir las responsabilidades, ya que depende de muchos factores: depende del contexto (situaciones sociales) y también de lo que se hace y de lo que se recibe. La CNV se basa en un paradigma donde las responsabilidades están totalmente separadas y donde la relación y el contexto se borran: tú eres totalmente responsable de lo que haces y sientes y yo soy totalmente responsable de lo que hago y siento, y lo que tú sientas a causa de lo que yo haga es responsabilidad tuya. Según la CNV, señalar hacia fuera es siempre un acto de violencia.

Uno de los ejemplos que utiliza la CNV para ilustrar esto es la crítica que hace a la expresión “tengo que hacer (una cosa)”. Esta expresión utiliza el verbo tener para expresar obligatoriedad: hacemos una cosa porque nos sentimos obligades a ello, no porque lo escogemos. Según la CNV, utilizar esta expresión nos quita responsabilidad y consciencia de nuestra libertad de elección. Su propuesta es expresar que lo hago porque lo escojo. Esta visión ayuda a tomar consciencia de las cosas que hacemos y del poder que podemos tener en cómo nos sentimos con lo que nos rodea. No obstante, como todo pensamiento liberal, se basa solamente en la libertad de elección obviando totalmente las situaciones sociales desiguales. Tener menos opciones o escoger bajo coerción no es escoger libremente.

Finalmente, muchas veces personas utilizan la CNV para no responsabilizarse de agresiones o actos que afectan a sus relaciones, ya que si tú eres totalmente responsable de lo que sientes, cómo te sientas a causa de mis acciones no es responsabilidad mía.

La objetividad

Según la CNV, para comunicarnos de forma no violenta lo tenemos que hacer a través de las observaciones objetivas y no con valoraciones subjetivas: por ejemplo, decir que una persona nos está ignorando es una valoración subjetiva, pero decir que no nos ha respondido es una observación objetiva. Hacer esto nos permite no evaluar cosas que desconocemos, ni otorgar a le otre intenciones, deseos o emociones.

No obstante, por defecto, lo que a menudo es descrito como observaciones objetivas suele caer en una definición concreta del mundo que nos rodea vinculada a los privilegios (la objetividad a menudo corresponde a la mirada del hombre blanco, cis, heterosexual, de clase media-alta, neurotípico, delgado, sin diversidad funcional, etc., los que han tenido el privilegio de poder definir qué es objetivo y qué no), y, por tanto, este tipo de observaciones a quien más suele beneficiar es a quien más privilegios tiene. Siguiendo con el anterior ejemplo, suponer que la otra persona no nos ha respondido también puede ser una valoración subjetiva que corresponde a una definición sobre qué es una respuesta y qué es aceptado como comunicación válida: puede ser que la otra persona, dentro de sus capacidades comunicativas, nos haya respondido pero nosotres no lo hayamos entendido así cuando lo interpretamos a través de las normas culturales y neurotípicas sobre comunicación. El contexto siempre es importante.

Este razonamiento, además, no nos permite poder expresar que nos han manipulado o que nos han maltratado, ya que este tipo de valoraciones las coloca siempre en la clasificación de subjetivas.

La empatía

Finalmente, una de las estrellas de la CNV es lo que llama empatía. La CNV describe el proceso empático como una interpretación sobre qué necesita la otra persona sin que esta lo exprese ni pida esta opinión. Lo que propone la CNV es que cuando alguien te señala alguna queja tú no puedes ser le responsable de lo que ella siente y, por tanto, tiene que estar siendo un problema que necesita alguna cosa que no está pudiendo satisfacerse ella misma, y se lo tienes que hacer saber (incluyendo una suposición de cuál debe ser su necesidad no cubierta). Desde mi punto de vista, decirle a una persona qué es lo que siente y qué necesita, a través de una lectura y sin que ella haya expresado ni pedido esta opinión, es bastante violento. Es más, lo que se hace con esto es desviar la atención de lo que le otre decía: pasas de ser tú la señalada a señalarla a ella.

He visto manipular muchas veces a través de este tipo de empatía. Siguiendo con ejemplos: si intentas señalar alguna agresión, lo que automáticamente se te cuestionaría es cuáles deben estar siendo tus emociones y buscando tus carencias que te llevan a esas emociones, como si no fuera la agresión en sí la que te provoque la emoción, ya que la persona que te agrede no es responsable de tus emociones. Esta es una de las partes que a mí más ansiedad me producen cuando estoy delante de alguien que utiliza esta herramienta.

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rapidez, capitalismo relacional y acumulaciones de afectos

por wuwei (natàlia)

en català aquí.

Este texto lo escribí y se publicó en El Salto el 6 de Febrero. Podéis ver el original aquí . 

Aviso de contenido: capitalismo relacional, capacitismo, misautismia, consumo, objetificación, competitividad, apropiación

Vivimos en un sistema de contradicciones constantes. El capitalismo nos obliga a ir rápido, a usar lo que nos rodea y dejarlo sin más, a consumir, y a la vez no nos permite cambiar como nos gustaría o como necesitamos, ni le gustan los procesos, porque tenemos que ser lo que nos manda ser, para ser productivas y reproductivas, para explotarnos y encajarnos en una jerarquía. Vivimos en un sistema basado en metas, el capitalismo borra los caminos, el goce de los momentos, del compartir. Metas, cambios a golpes, forzados, estaticidades también forzadas y jerárquicas, fluir que no es en realidad fluir, que no es adaptable a ningún contexto que no sea el de su consumo, de la explotación o la objetificación. Es un fluir que es más bien un arrastrarse en una corriente anti-persona. Y esto no nos afecta igual a todas, sino que afecta mucho más a aquellas que no encajamos en muchos cánones que no nos permiten seguir este ritmo cuando nos movemos, cuando trabajamos, cuando nos relacionamos.

Para algunas cosas, especialmente aquellas cosas que están vinculadas a la relación con lo que me rodea, soy una persona lenta. Soy autista, y me he dado cuenta de que mi lentitud está relacionada con ello. Y no lo digo como si fuera algo negativo en sí mismo, de hecho me estoy enamorando de ello a medida que más entiendo cómo funciono. Sería una cosa maravillosa si no fuera por todo el aspecto estructural y social en el que me tengo que mover. La carga negativa aparece, por un lado, por cómo percibe nuestra sociedad la lentitud: socialmente es considerado un defecto, una incapacidad. Por otro lado, la negatividad se incrementa mucho más cuando yo misma quiero y necesito moverte en este sistema: no es solamente una cuestión de “mala imagen”, es una cuestión de que todo a mi alrededor me acaba colocando en una posición inferior donde todo me cuesta mucho más. Vivimos en un sistema altamente competitivo donde hay poco espacio para el tiempo y para los procesos. El sistema se basa en la rapidez, en quien más rápido va es quien se lleva los premios. Hay privilegios que te permiten ir más rápido (tener dinero, ser blanca, encajar en los roles de género, ser delgada, tener carisma, etc.) pero a todo esto se tiene que añadir la propia rapidez o lentitud de cara persona: estamos hablando también de capacidades (y discapacidades).

Para mí conectar con otras personas requiere un tiempo. Y en este “conectar” caben muchas formas de conexión: mentalmente, emocionalmente (afectiva o románticamente), sexualmente, o para compartir cualquier cosa. Como sea, es igual, saber si una persona me gusta, me cae bien, me apetece compartir unas cosas o unas otras, me cuesta un tiempo que suele ser superior al que le cuesta al resto. Esta lentitud es debida a muchos factores que acaban influyendo a mi baja velocidad: por ejemplo, muchas veces me saturo por las cosas que estoy sintiendo y necesito separarme de ellas para poder gestionarme y para poder comprender como me siento (antes no lo hacía así, y la intensidad me llevaba a arrastrarme a lugares que quiero evitar); a la vez, también muchas veces me cuesta reconocer las cosas que siento en el momento (necesito tiempo para saber qué he sentido con una persona o qué es lo que puedo estar sintiendo); también me pasa que me es difícil procesar muchas de las cosas que las personas me dicen o comparten conmigo, y también tengo cierta tendencia a la ansiedad social que me dificulta pasar mucho tiempo con personas que no conozco o que conozco poco.

Debido a esta lentitud muchas veces en el mundo de las relaciones me siento como yendo en bicicleta en una carrera de Fórmula 1: yo voy tranquilamente pedaleando mientras me van pasando coches a toda pastilla por mi lado (esta metáfora está inspirada en una de parecida que me expresó hace un tiempo Laura, una persona con quien tengo un vínculo cercano). Imaginaros un evento de un fin de semana donde todas tenemos la oportunidad de conocer a personas nuevas con una cierta afinidad y “conectar”. Pues yo iría pedaleando y todas me pasarían corriendo como una bala por al lado. Esto no solamente hace que yo siempre quede atrás, sino también que sienta angustia y ansiedad, como siempre me ha pasado cuando voy en bicicleta por la calle de una ciudad: me siento vulnerable, desnuda, mucho más fácilmente “atropellable”. Lo que ocurre es que no solamente siento no llegar nunca a los sitios o llegar tarde, sino que cuando llego todas, que han llegado mucho antes con su cochazo, ya están demasiado ocupadas con otras personas. El tiempo es finito y las atenciones también. La exclusión es obvia.

Pero esta exclusión no solamente pasa cuando eres lenta, también suele pasar cuando no tienes un cuerpo normativo, cuando tienes otras discapacidades, cuando no eres tan guapa, cuando no eres carismática, etc. De hecho a mí me atraviesan más cosas que la lentitud. No es sólo exclusión por el hecho de ser así (gorda, fea, discapacitada), cuidado, de esto es más fácil hablar, de que te excluyan “directamente” por no encajar con la norma estética establecida. Es más complejo que esto. Es también, como estaba comentando en mi caso, porque todo el resto te pasan siempre delante, con sus cuerpos, su forma normativa de conectar, sus carismas, y cuando tú llegas, al ser el tiempo y el afecto que todas podemos realmente compartir una cosa finita (sí, todos los recursos lo son), es más fácil ser excluidas de forma “indirecta” y menos obvia. No es siempre una exclusión directa, sino más bien que no llegas porque otras te pasan siempre delante.

Esto pasa en la monogamia, y se puede multiplicar mucho más en el poliamor y en otras no-monogamias siempre que estas se expresen bajo la misma forma capitalista de funcionar. La monogamia se basa en la competición por ver qué persona consigue estar en la posición privilegiada por el afecto de una persona (la pareja). Hay muchas que creen que la competición se acaba cuando rompes con la idea de exclusividad y “permites” que las personas puedan tener más de una relación sexoafectiva. Pero esta idea es ingenua. Lo es porque creer que una vez todas podamos relacionarnos con todas estaremos en la misma posición de igualdad es la misma trampa ideológica liberal de que se puede ser libre sin romper con las condiciones sociales de desigualdad. O sea, que tengamos la posibilidad de tener más relaciones sexoafectivas no incrementa la posibilidad de que las excluidas nos “toque” algo, sino que si no se rompen las relaciones desiguales lo que propicia es que algunas acumulen más afectos mientras otras nos dediquemos a acompañarlas (sintiéndonos a veces explotadas) y mirarlas desde fuera. Es coger la monogamia y multiplicar todavía más algunos de sus efectos. En esta caso incluso algunas nos quedaríamos en una situación de aún más competición y más vulnerabilidad que en la monogamia, ya que en la monogamia al menos cuando consigues el afecto de alguien la competitividad disminuye un poco y no permite una acumulación tan grande por parte de algunas.

También pasa con otro tipo de relaciones que no son contempladas cuando se habla de monogamias o poliamores. Por ejemplo, yo tengo un sobrino de tres años y me he dado cuenta de que no puedo vincularme con él cuando estamos una buena parte de la familia junta (o al menos cuando están algunos miembros concretos). Hay constantemente una lucha competitiva (inconsciente) para acaparar su atención y es una lucha que a mí me coloca siempre fuera (también por el hecho de ser autista, pero se añade el clasismo). Esto, si yo no le pusiera ningún tipo de remedio y esfuerzo por mi parte (como creo que estoy haciendo desde hace poco), haría que yo a la larga no acabara pudiendo generar un vínculo tan cercano con él y quedara, por tanto, excluida de sus atenciones. Pero es un esfuerzo que a veces me hace sentir ir contracorriente y luchando contra cosas muy difíciles de luchar en el sistema que vivimos: yo no puedo comprarle millones de juguetes, ni puedo llevarlo en coche a lugares diferentes porque no tengo coche (tampoco es que quiera hacer estas cosas, de hecho detesto esta forma de comprar atenciones, pero explícale esto a un niño de 3 años).

La cooperación y romper con la competitividad, teniendo en cuenta lo que comentaba anteriormente, no es solo una cuestión de no competir de forma consciente con otras personas por nuestros amores, afectos o relaciones del tipo que sean, sino que es tomar consciencia también de los factores que nos colocan en puntos desiguales. He comentado en este texto el caso específico de la velocidad, que para mí es una de las metáforas del capitalismo que me resuena en como vivo las relaciones, pero también hay muchos otros factores que se ven afectados por estas múltiples exclusiones y hacen que muchas queden descartadas en un sistema competitivo y de acumulación de afectos.

Yo no soy monógama, y decidí no ser monógama en un acto de querer ser consciente de mis privilegios y de poder de alguna forma aprender a desprenderme de ellos. Para mí la monogamia se basa en la propiedad, el consumo y la competitividad, y me declaro fuertemente anti-monogamia. Para mí ser no monógama implica romper con la propiedad para pasar a compartirnos, ayudarnos, cooperar, no sólo en el ámbito sexoafectivo, sino en todos los ámbitos: la idea de comunidad/es. Mi sorpresa fue ver un mundo supuestamente no monógamo y alternativo que no era muy diferente y que multiplicaba lo que ya teníamos. Para mí todas esas vivencias que muchas veces nos venden como poliamores no son alternativas sino otras versiones, un poco más liberales, de la monogamia.

Si rompemos con la propiedad, tenemos que aprender a compartirnos, no a acumularnos. Si rompemos con el consumo, tenemos que aprender a respetarnos, no a coleccionarnos. Y si rompemos con la competitividad, tenemos que aprender a cooperar y a entender de qué puntos partimos cada una, tenemos que frenar, dejar espacio para los verdaderos procesos, no seguir queriendo ignorar que partimos de posiciones desiguales, ignorando nuestros contextos y las estructuras sociales que nos rodean y atraviesan. Y tenemos que querernos ver, a todas. También a aquellas a las que no solemos querer ver porque estamos siempre demasiado ocupadas y preocupadas pensando en cuál será la próxima presa a la que ganaremos como trofeo para nuestra colección.

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alcohol y otras drogas como forma de sobrevivir al neurocapacitismo

por wuwei (natàlia)

en català aquí.

 

 

Aviso de contenido: alcohol, drogas, adicción, neurocapacitismo, misautismia, dolor, aceptación social, rechazo, miedo a la pérdida de relaciones, mención de síndrome de abstinencia

 

Lo que relato en este texto es mi experiencia persona y no implica ni significa que todas las personas atravesadas por el neurocapacitismo hayan vivido lo mismo. De hecho hay experiencias muy distintas y todas las experiencias son merecedoras de ser tenidas en cuenta. También, obviamente, dependerán del neurotipo. Esto no quita que la vivencia sea en muy buena parte estructural, y es que cada une vivimos las estructuras de forma diferente según muchos otros factores de nuestras vidas.

 

La adolescencia para mí (igual que para muches) fue una época de total y absoluto desbarajuste emocional, sobre todo en cuanto a cómo vivía toda la información que me llegaba de lo que me rodeaba y de las relaciones. Ahora entiendo muchas más cosas de mí, especialmente gracias al feminismo y al activismo de muchas personas neurodivergentes que me ha ayudado a entenderme fuera de la neurotipicidad. Entiendo y sé que la adolescencia para todes suele ser un gran desastre, pero cuando te atraviesan ciertas estructuras puede llegar a hacerse uno aún más grande. Debido a las exigencias sociales, a que aprendí sobre mí misma y sobre mi funcionamiento a través de parámetros que realmente no me representaban ya que yo no funcionaba como lo que era estipulado como “normal” y, por tanto, debido al hecho de no haber tenido tiempo al autoconocimiento, al hecho de que mi cabeza sentía diferente, procesaba diferente y vivía todo lo que le llegaba de forma diferente, el neurocapacitismo afectó buena parte de mi vida. En mi caso las relaciones sociales y la vivencia con mi cuerpo, con mi cabeza y las emociones se hicieron bastante insoportables. Solamente sentía dolor y una necesidad muy grande de taparlo. Empecé a consumir drogas y alcohol rodeada de esa ansia, y rápidamente empecé a tener problemas de abuso de estas sustancias (especialmente alcohol) y una adicción bastante elevada.

Mis idas y venidas con todas mis adicciones han sido complicadas estando mezcladas muchas veces con episodios muy complejos de mi vida: he tenido periodos donde he dejado completamente todo tipo de sustancia adictiva (también azúcares, tés y cafés), y otros momentos donde he consumido hasta puntos extremadamente preocupantes y donde soy consciente que casi me ha ido la vida en ello. Toda mi problemática, obviamente, se mezclaba con la gran normalización que hay en el consumo de alcohol y de otras drogas (pero sobre todo alcohol) en muchos tipos de espacios, como los espacios de fiesta, también en celebraciones o en el día a día. No obstante, no quiero desviarme de mi problema ya que todo lo que a mí me ha pasado en relación con las drogas ha ido más allá de una problemática del consumo en espacios donde está socialmente aceptado: he ido bebida al instituto, he consumido drogas consideradas más “duras” entre semana para ir a clase a la universidad, he bebido para poder salir a la calle a caminar e interaccionar “normalmente” con gente, etc.

Poco a poco, y sobre todo, como he comentado al principio, gracias a leer y escuchar a activistas neurodivergentes, me he dado cuenta de cuáles han sido las causas de mi problema con el consumo de ciertos tipos de sustancias. Las causas están muy relacionadas con el neurocapacitismo que he padecido desde siempre y que ahora he conseguido ponerle nombre. Como comentaba al inicio del texto, desde adolescente todas las interacciones con mi entorno me suponían un dolor constante, no solamente psicológico, sino también emocional y físico. Ahora he entendido que este dolor era provocado por no entender (o no aceptar) que mi funcionamiento era diferente, obligarme a interaccionar y relacionarme como se ha estipulado socialmente que se tiene que hacer, y no aceptar mis diferencias y sensibilidades sensoriales. No era capaz de quitarme este dolor de ninguna manera y había drogas que al producirme cierto placer tenían la capacidad de quitarme este dolor, aunque fuera para calmarme temporalmente. No quiero, no obstante, que todo recaiga en una cuestión de auto-aceptación, como si yo fuera la única responsable de ese proceso, ya que esta no aceptación provenía de una no aceptación social y que yo aprendí de mi “exterior”.

A parte del dolor, me he dado cuenta de que tengo cierta ansiedad social que muchas veces no me permitía soportar el día a día, especialmente la relación constante (y sin medida según como me sentía) con compañeres y amigues y en eventos sociales. Ahora mismo en estas situaciones cuando me angustio o tengo ansiedad suelo irme del lugar donde estoy para poderlo gestionar (a veces con frustración porque me gustaría poder estar allí y con el miedo a perder relaciones en el camino de tener que irme de los sitios). También, para prevenir estas situaciones de ansiedad, suelo organizar mi agenda para poder tener momentos y días para mí y no socializar en exceso para ser capaz de poderlo hacer en otros momentos. No obstante, esto antes no lo conocía y además pensaba que no sería aceptada por les demás (no solamente lo pensaba, mi experiencia me lo demostraba), y muchas veces acababa utilizando el alcohol como ansiolítico para hacerme aguantar situaciones sociales que me producían ansiedad. También me he dado cuenta de que en encuentros sociales fumaba mucho más, no sólo por ansiedad social, sino también para esconder mis stims: o sea, cómo la mayoría de stims no son “aceptables” pero el acto de fumar sí, lo que hacía era sustituirlos y utilizaba el acto de fumar como stim escondido a ojos de las demás personas.

El alcohol también me ayudaba a parecer de cara a otras personas más neurotípica: o sea, más normal. He aprendido que esto es un tipo de camuflaje. Delante de mi desconocimiento sobre el tema lo que sentía es que el alcohol me ayudaba a “desinhibirme”, que es lo que se suele decir. Ahora, reflexionando bien muchas de las situaciones donde sentía la necesidad de beber, me he dado cuenta de que beber me ayudaba a enmascarar muchos de mis rasgos no neurotípicos para parecer más aceptable; en realidad en aquella época que no conocía mi no neurotipicidad, simplemente sentía que me convertía en una persona más “normal”. De esta manera sentía que podría conseguir actuar como se espera de toda persona, una cosa que a mí me costaba mucho ser capaz y pensaba que necesitaba trabajarme más. Hacerlo me costaba un sobreesfuerzo muy grande, esfuerzo que el alcohol suavizaba. Estos procesos se me juntaban con un miedo muy grande a ser excluida y a ser rechazada. Yo me esforzaba y me obligaba a encontrar maneras de no pasar más por aquellos procesos de rechazo y de exclusión, y el consumo de alcohol formaba parte de todo ese deseo de aceptación.

Todo esto, juntamente con tener una facilidad muy grande para engancharme a cualquier droga debido a mi funcionamiento (más bien de forma física, no me estoy refiriendo a adicción puramente psicológica o emocional), acababa por arrastrarme muchas veces a pozos de donde me costaba mucho salir. Tengo una dificultad muy elevada (comparada con otras personas) para dejar ciertas sustancias (también la cafeína, no todo es un problema con drogas menos aceptadas socialmente) y los síntomas de los síndromes de abstinencia que suelo tener son bastante fuertes. Con el tiempo he conseguido comprenderme, aceptarme y entender cómo gestionar situaciones de abstinencia, y cada vez conseguir salir de ella mejor. Pero esto lo he aprendido con el tiempo, como todo el resto.

Nunca he sabido donde situarme delante de los discursos pro-drogas o anti-drogas. A mí las drogas, aparte de todo lo que he explicado, me han aportado cosas muy buenas, así como otras de desastrosas. Creo en el consumo de estas sustancias para el uso que cada persona le pueda encontrar siempre que intente (como con todo) compartir los espacios de forma responsable (tema complejo a tratar, ya lo sé). Por otro lado, simpatizo  con una parte del discurso anti-drogas, especialmente por cómo gestionamos nuestros espacios, tanto de fiesta como de no fiesta, y el consumo acrítico, sin ningún tipo de reflexión sobre cómo influyen con nuestro entorno y la obligatoriedad que imponen estos espacios a consumirlas sin muchas alternativas. No obstante, los dos discursos caen muchas veces en el neurocapacitismo (igual que muchos discursos sobre el consumo de medicamentos, sean o no drogas), especialmente el discurso anti-drogas. Por esto necesitaba compartir mi experiencia. No nos sirve de nada hacer críticas hacia el consumo de drogas que estén obviando una parte de las personas que tenemos tantas dificultades para movernos por cualquier espacio haciéndonos sentir muchas veces culpables de nuestro propio consumo. Ciertamente la respuesta a los problema que tenemos muches que nos atraviesa el neurocapacitismo no tendrían por qué pasar por las drogas. Seguramente no. Pero no nos sirve de nada criticar el consumo de drogas para tapar nuestros problemas con todas estas vivencias si no generamos primero unos espacios y relaciones menos neurocapacitistas. Y con esto último todavía nos queda muchísimo trabajo por hacer.

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privilegios y ocupaciones de espacio: más allá del hombre y de la pareja

por wuwei (natàlia)

en català aquí.

 

 

Aviso de contenido: privilegios, estructuras de poder, ocupación del espacio, invisibilización, mención de machismo, parejocentrismo, amatonormatividad, monogamia, cisexismo, racismo, gordofobia, capacitismo, neurocapacitismo, sexo

 

Desde hace tiempo que en muchos textos suelo hablar de relaciones de forma general para incluir todo tipo de relaciones (no solamente las de pareja, románticas y/o sexuales, sino de todo tipo) para mostrar, no sólo la importancia que tienen otras relaciones que no son las de pareja, sino también para hablar de cómo se suelen tratar y menospreciar estas relaciones. Además, también en muchos textos hablo de forma general de “privilegios” o “personas con privilegios” para hablar de personas privilegiadas por todas las estructuras de poder, no solamente para referirme a los hombres privilegiados por el sexismo o machismo. Muchas veces, incluso, para ejemplificarlo hablo de algunas estructuras más allá del machismo par que sea más “evidente” de que hay muchas más personas que nos beneficiamos de estructuras de poder.

No obstante, me he dado cuenta de que a menudo muchas personas cuando leen estos textos siguen interpretando “relación” como “relación de pareja” o “relación sexoafectiva” (por mucho que insista en que no es así) o bien cuando hablo de “privilegiados” suelen tender a considerar solamente a “hombres” o a sólo aplicarlo a hombres. De esto me he dado cuenta a partir de comentarios sobre estos textos o comentarios en actividades, talleres o charlas, y me ha sorprendido mucho. No obstante, teniendo en cuenta que casi siempre todos los discursos están muy centrado en el machismo y en las problemáticas de pareja, nos es muy difícil salir del papel de que las mujeres son siempre víctimas (y nunca pueden ser opresoras, que es una de las implicaciones de aceptar que hay otras estructuras de poder) o bien nos hacen creer, desde el privilegio de pareja o desde la mirada amatonormativa, que el parejo-centrismo no pueda ser también generador de violencias especialmente cuando estás dentro de una relación de pareja (o más de una).

Estoy bastante cansada de que en entornos no monógamos o poliamorosos, por ejemplo, se repita constantemente y se señale que los hombres ocupan mucho espacio y que no saben ni pueden cuidar (a mujeres, especialmente) mientras a la vez se ignora (o se quiere ignorar) la infinidad de personas con privilegios que dentro del poliamor ocupan mucho espacio respecto a les que no tienen esos privilegios y tampoco saben cuidar a aquelles que no los tienen: personas neurotípicas, personas blancas, personas cisgénero, personas heterosexuales, personas delgadas, personas guapas y/o carismáticas, personas sin discapacidades o sin diversidades funcionales, etc (yo también me incluyo en algunos de estos grupos). También incluiríamos, obviamente, a las parejas. Todos estos privilegios y la cantidad de espacio que ocupan y ocupamos las personas que los tenemos/tienen quedan totalmente escondidos. No quiero con esto negar la cantidad de privilegios que tienen los hombres ni el espacio que ocupan, sino que quiero señalar que aparte de los hombres hay muchas más personas que dentro de estas comunidades se benefician de muchos privilegios, así como que ocupan mucho espacio hasta el punto de que todos los discursos y temáticas siempre giran alrededor suyo.

Por ejemplo, ¿por qué todos los discursos sobre gestión emocional, sobre comunicación o sobre “energía de la nueva relación” (new relationship energy en inglés, o NRE) siempre giran alrededor de las necesidades de las personas neurotípicas y solamente alrededor de la pareja o del amor romántico y del sexo? ¿Por qué casi siempre se habla de relaciones entre hombres y mujeres cisgénero y de sus problemáticas? ¿Por qué cuando se habla de cuerpos y sexo siempre se habla en unos términos extremadamente cisexistas? ¿Por qué nunca se habla de la exclusión que viven las personas gordas, feas o poco carismáticas dentro del mundo relacional? ¿Por qué siempre somos casi todes muy blanques en todos los eventos sobre poliamor o no-monogamias? ¿Por qué?

En términos de ocupación del espacio y del discurso tenemos que mirar más allá y darnos cuenta de que hay mucho más privilegios que los masculinos, y que en algunos contextos incluso pueden pesar mucho más otros privilegios (no en todos, obviamente, depende del contexto). La ocupación del espacio no es solamente una cuestión física, de presencia y representación, es una cuestión de cómo se articulan los discursos, de cuáles son las problemáticas que siempre tocamos y cómo las enfocamos. Pero lo que no podemos hacer es pasarnos el día señalando unos privilegios (aquellos que ya están más aceptados que existen) mientras ignoramos todo el resto, especialmente porque entonces casi todes, por no decir todes, nos tendríamos que revisar. Y es que nos tenemos que revisar.

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espacios que a veces no sentimos nuestros

por wuwei (natàlia)

en català aquí.

Este texto es el primero de un conjunto de textos en los que quiero reflexionar y abrir un proceso de auto-crítica sobre gestión de discursos y espacios. El segundo está aquí y el tercero aquí.

Aviso de contenido: exclusión, monosexismo, bifobia, neurocapacitismo, mención de relación de maltrato, ridiculización, invisibilización

Últimamente estoy hablando mucho de exclusión. En realidad empecé a hablar de ello en “memorias de una C” y he ido continuando cuando hablaba de las relaciones como un “club de alto standing”. He hablado también de esto a través de mi propia vivencia explicando mi proceso de empoderamiento. Para poder cerrar un poco este ciclo donde hablo de exclusiones y vivencias me gustaría hablar de cuáles han sido algunas experiencias vividas estos últimos años relativas a la exclusión, pero en “nuestros” espacios críticos vinculados a los movimientos sociales. Pero quiero hablar de esto porque a partir de aquí también me gustaría empezar una serie de textos donde quiero hacer un poco de auto-crítica sobre cómo gestionamos y tratamos muchos aspectos desde estos espacios a través de la generación de nuestros discursos.

Antes de nada, quiero comentar que aunque quiero escribir algunos textos (donde se incluye este) para hacer autocrítica sobre nuestros espacios, no quiero menospreciar todo el trabajo que hacen les compañeres desde estos espacios, todo lo contrario. Creo que es muy importante el trabajo que hacen muches de elles, especialmente desde el anonimato y desde la colectividad y se tiene que reconocer. La crítica no es para invisibilizar todo esto, al contrario, sino que creo que es tan importante todo lo que se hace que por eso es importante también revisarnos (sobre todo desde el cuidado y el respeto) y escucharnos.

También me gustaría empezar comentando que, aunque en este texto estoy hablando de mi experiencia como “excluida”, no quiere decir que mi posición haya sido siempre de “víctima”, sino que entiendo que yo también he estado en otras posiciones donde se ha excluido a otras personas. Aquí creo que poques nos “salvamos”, aunque, como pasa siempre, hay personas que a veces suelen estar más en uno de los dos lados. Por tanto, aunque hablo desde la exclusión, no me considero una persona “totalmente” excluida y a la vez también me considero parte del problema “que excluye”. No obstante, para poder dar voz al proceso de exclusión y sus motivaciones e implicaciones, en este texto hablaré como excluida.

Durante tiempo me he visto excluida de espacios a los que quería pertenecer. No he sido excluida directamente mientras me señalaban con un dedo y me decían que no podría estar allí (sea “allí” en este caso espacios de los movimientos sociales mínimamente críticos/feministas/liberados/de militancia/activistas a los que había podido considerar la idea de pertenecer). Por tanto, el tipo de exclusión que yo he vivido es diferente a la del veto. He sido excluida a través de técnicas indirectas, algunas de ellas a través de unas estructuras, otras a través directamente del maltrato y de las técnicas de invisibilización, ridiculización y el miedo generado debido a todos estos procesos.

Puedo dividir los procesos de exclusión que he vivido en estos espacios en tres tipos (aunque es mucho más complejo que esto pero siempre es útil simplificar cuando se intenta explicar una cosa como ésta). El primer proceso ha sido debido a ser bisexual/plurisexual y hacer visiblemente activismo bisexual y contra el monosexismo (una cosa inconscientemente no muy bien vista en ciertos sectores del feminismo, así como del activismo LGBTI+). El segundo proceso ha sido por ser neurodivergente debido al neurocapacitismo de este tipo de espacios (en este caso incluyo casi todos los espacios). Y el tercer proceso ha sido una relación de maltrato y la invisibilización y ridiculización constantes que ha comportado este tipo de relación (que ha afectado especialmente espacios más vinculados al barrio donde yo vivía y espacios abiertos como manifestaciones, por ejemplo).

No quiero entrar a explicar en detalle el motivo por el cual hablar sobre monosexismo ha hecho que se me excluyera de espacios. Las personas que padecen también el monosexismo y se han intentado identificar con alguna plurisexualidad o con la bisexualidad en algunos ambientes feministas o LGBTI+ saben a qué me refiero y tampoco quiero que esto ocupe mucho espacio en este texto. Básicamente este hecho no me ha hecho sentir muy cómoda en muchos de estos espacios: las (malas) miradas, la hostilidad, la invisibilización de mis comentarios, etc, me han hecho sentir poco bienvenida, tanto en espacios físicos como virtuales.

En segundo lugar, la exclusión por el hecho de ser neurodivegente no es tan fuerte como la que he vivido fuera de estos espacios, en espacios “normales” donde las estructuras de poder no viven de ninguna crítica. De hecho, es en estos espacios donde me ha sido más fácil encontrarme personas también atravesadas por el neurocapacitismo y por tanto he podido encontrar más fácil algunas interacciones. No obstante, el neurocapacitismo está todavía vivo dentro de nuestros espacios y muchas veces se ignora su existencia cuando se hablan de violencias estructurales, aunque sean espacios feministas o sensibles a las opresiones. Muchas veces, me he sentido ignorada, desplazada, incomprendida por mi forma de ser, de moverme, de expresarme, de funcionar, por ser introvertida también o bien por mis dificultades a la hora de comunicarme por cómo funcionan muchas dinámicas asamblearias y también relacionales. Esto ha hecho que acabara poco a poco, sin darme cuenta, dejando muchos espacios.

Finalmente, está la exclusión que viví debido a una relación de maltrato. Esta relación se basaba en la fuerte invisibilización y la ridiculización que yo sentía hacia mí y la relación delante de otras personas. Este hecho hizo que con el tiempo sintiera mucho miedo a encontrarme a esta persona juntamente con otras por cómo me pudiera tratar delante de toda esa gente, o simplemente encontrarme a personas que fueran cercanas a él o que le conociesen (ampliando de esta manera la cantidad de espacios a evitar). Esto hizo que, finalmente, muchos espacios vinculados a los movimientos sociales del barrio donde vivíamos les dos (y al que yo era relativamente “nueva”), o espacios donde yo podía ser vulnerable a su “mirada”, como manifestaciones, acabasen siendo espacios que yo evitaba. Al final poco a poco y sin darme cuenta acabé evitando todo el barrio por los constantes síntomas de estrés postraumático que me provocaba pasearme por allí, dejando finalmente de vivir en éste.

Cuando empecé a quitarme esa relación de encima (visiiblizarla y curarme) seguí limitándome el pasar por muchos de estos espacios, por una cuestión de cuidados hacia mí (me generaba aún mucha ansiedad). Durante mucho tiempo me he vetado a mí misma de muchos espacios. A la vez he estado deconstruyéndome y aceptándome como persona neurodivergente y todo lo que esto comporta, y he podido participar en espacios más sensibles a esta estructura (aunque en alguna ocasión se ha ejercido este tipo de violencia hacia otros tipos de expresiones neurodivergentes y yo es sido partícipe de esa violencia), como también sensibles al monosexismo.

Después de todos estos procesos y sintiéndome mucho más empoderada, estoy empezando a (re)apropiarme de espacios que creo que también son míos (o tendrían que poderlo ser), pero estoy intentando no precipitarme e ir pisando espacios poco a poco, sin agobiarme. Ahora mi preocupación es entender cuáles son esos procesos en los que yo también he participado en la exclusión de otras personas, que existen, tanto por las estructuras que atraviesan a otres y de las cuales yo tengo privilegios, como dejándose arrastrar por corrientes que se dan muchas veces en nuestros espacios, donde se han creado argumentos de autoridad incuestionables y que ponen en entredicho muchas de las filosofías “principales” de estos espacios.

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plurisexualidades y estereotipos III: el cambio, las fases y las no estabilidades como forma de construir un mundo más sensible

por wuwei (natàlia)

en català aquí.

[imagen: manifestación de la comisión unitaria del 28J del 2016 de temática plurisexual. Se ve una pancarta donde dice «La nostra fase, la nostra indecisió. @FemEnrenou»]

Este texto es el tercero de un conjunto de textos que he escrito alrededor de los estereotipos asignados a las personas bisexuales y plurisexuales como herramientas de empoderamiento y reapropiación. El primero lo podéis encontrar aquí, el segundo aquí, el cuarto aquí, el quinto aquí y el sexto y último aquí.

Aviso de contenido: monosexismo, estereotipos, neurocapacitismo, obligatoriedad de la estaticidad, inestabilidad, insensibilidad

El paradigma monosxual con el que vemos y describimos el mundo nos dice que, según lo que el mismo paradigma define como “orientación sexual”, solamente hay dos posibles estados/opciones: la heterosexualidad (la opción “correcta” o “buena”) o la homosexualidad (la opción “incorrecta” o “mala”). Estas dos opciones no tienen que poder mezclarse ni tocarse ya que si lo hicieran no podríamos distinguir lo que es bueno, perfecto y puro, de lo que es impuro, malo o negativo. Por este motivo estamos obligades a decidirnos cuando maduramos para podernos colocar de forma clara en uno de los dos lados, para que se nos pueda encajar y juzgar contundentemente y saber a quién se tiene que premiar (privilegiar) y a quien castigar.

Según esta forma de ver las orientaciones sexuales, aquelles que no encajamos en este supuesto imaginario porque nos sentimos atraídes por más de un género (o bien, como yo prefiero definirlo, no filtramos a todos los géneros excepto uno cuando nos atrae/gusta alguien) se nos ve como personas que van saltando constantemente de un estado a otro: ahora somos heteros, ahora lesbianas o gays. De esta manera, porque se nos ve siempre saltando de un estado a otro, las personas bisexuales y en general las plurisexuales somos estereotipadas como inestables, que cambiamos constantemente y que estamos siempre en una fase.

El hecho de tenernos que definir y fijar en un estado concreto (en un estado que además seguramente no nos representa en la mayoría de momentos de nuestra vida) no es solamente una demanda que se hace a nuestra orientación sexual, es un hecho sistemático que va más allá del monosexismo: también es una característica de muchas estructuras de poder, del neurocapacitismo que estipula que tenemos que estar en un solo estado emocional/mental de una forma constante que puede variar un poco pero dentro de unas frecuencias determinadas, de la monogamia que nos obliga a escoger una sola relación reconocida (y de propiedad), y del capitalismo de forma general.

El sistema nos necesita estátiques (con sus contradicciones, como comentaré más adelante). Lo que es leído como no estable (entendido como no estático dentro de unos parámetros), escoger opciones no consideradas como existentes, los cambios, las transformaciones, las fases, son bastante incomprendidas en nuestra cultura, que todo lo quiere dominar, que todo lo quiere fijado en puntos muy definidos y concretos para tenerlo todo bajo el control, para que podamos también ser productivas y/o reproductivas.

Poder cambiar, fluctuar, ser no estables en cuanto a no ser estátiques, no tiene porqué ser nada negativo en sí mismo, y no es la causa real ni directa de la inestabilidad que nos aporta de rebote el sistema, que tiene unas consecuencias devastadoras en nuestras vidas. La inestabilidad sistemática (económica y relacional) es el resultado de cómo interacciona el sistema (a través de su ideología, el imaginario social y las estructuras de poder) con nuestros cambios y fluctuaciones, o estos estados no permitidos. Por tanto, es el resultado que nos otorga la insensibilidad con la que opera el sistema sobre nuestros cambios y nuestros funcionamientos desviados de la norma. El resultado es que no podamos obtener lo que necesitamos, y que estemos a la deriva, que estemos siempre sintiendo que necesitamos cosas distintas (que no son precisamente las que necesitamos), que no lleguemos nunca a encontrar lo que nos va bien o lo que queremos, y que estemos, por tanto, perdides en un mar de consumo acrítico absurdo, tanto relacional como económico (tanto como consumides como consumidores).

Es por esto que el sistema se asegura muy bien de, por un lado, prohibirnos ciertos estados y a la vez aprovecharse de ellos cuando existen para su beneficio, pareciendo de esta manera que somos castigades por no seguir las normas que tendríamos que seguir. El resultado es, pues, una inestabilidad económica, afectiva y emocional (más allá de la que se acostumbra a señalar como inestabilidad emocional debida a un funcionamiento diferente a nuestra cabeza) que se señala a menudo como el resultado directo de ser una persona que no está fijada en el estado al que le han obligado a fijarse: o sea, siempre se responsabiliza a las características de los colectivos oprimidos y no a la insensibilidad del propio sistema o a la apropiación que hace este de nuestras vivencias romantizándolas y utilizándolas fuera de nuestros contextos.

Quien acaba recibiendo más esta inestabilidad sistemática son aquelles que están más excluides, explotades y oprimides, y que además serán les que acaben siendo más leídes como “no estables” y acaben recibiendo por partida doble esta negativización de sus vivencias. Las más privilegiadas tendrían medios para obtener sus necesidades y por tanto no estarían afectadas. No obstante, se nos hace creer que son nuestros cambios, nuestras fases, nuestros estados mentales y emocionales “no estables”/no estáticos, los que producen que no podamos acceder a poder cubrir nuestras necesidades.

El monosexismo se sirve de esta ideología para negarnos la posibilidad del cambio y las fases, y a la vez se acusa a nuestra propia no estabilidad y la supuesta no aclaración sobre nuestra opción sexual como culpable de nuestros problemas de salud mental, económicos y relacionales (las personas no monosexuales tenemos más tendencia a perder relaciones sexo/afectivas debido a nuestra desorientación sexual ya que se nos percibe como personas con las que no se puede confiar, traidoras e infieles).

Por tanto, el monosexismo no solamente nos otorga estereotipos, sino que además niega las fases, los cambios y todo aquello leído como “no estable” debido a no tener la estaticidad que tiene que tener. El monosexismo nos insensibiliza, igual que lo hace el capitalismo, de las voluntades y deseos de les demás, y de sus diferentes necesidades. El monosexismo nos niega los cambios, las fases y las transformaciones. El monosexismo nos niega la posibilidad de no ser tan estables como el sistema nos exige y nos culpa de la inestabilidad relacional actual (cuando es a nosotres, les no monosexuales, entre muchas otres, a quien se objetifica y se abandona).

Tenemos que construir otras formas de sentirnos, que nos permitan poder cambiar, transformarnos, abrazar nuestras “no estabilidades” emocionales, mentales, físicas, nuestras discapacidades. Tenemos que construir formas de vivirnos más sensibles a la multiplicidad y al cambio haciendo que a la vez podamos, a través de formas relacionales horizontales, encontrar entre todes como obtener nuestras necesidades, a través de los compromisos y a través de la responsabilidad compartida. No aceptar el cambio ni la transformación es no aceptar la posibilidad ni la necesidad de cambiar un sistema insensible, jerárquico y de control.

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exclusión y monogamia: mi proceso de empoderamiento

por wuwei (natàlia)

en català aquí.

 

[imagen: una chapa roja con el símbolo de la anarquía relacional en blanco enganchada en un tejido negro. El símbolo de la anarquía relacional es una A dibujada dentro de un corazón]

 

Este texto lo escribí y se publicó en El Salto el 5 de Octubre. Podéis ver el original aquí . 

 

Aviso de contenido: exclusión, estructuras de poder, neurocapacitismo (e insinuación de otras estructuras como gordofobia, cisexismo, racismo, etc), pensamiento monógamo, miedo, consumo relacional, maltrato, mención de ansiedad social y depresión

 

Yo no nací monógama ni anarquista relacional. Yo crecí, como todes, en un entorno social determinado y lleno de estructuras de poder: machismo, heterosexismo, monosexismo, monogamia, racismo, entre otras. A mí me enseñaron desde pequeña que hay una forma correcta de relacionarse con cada persona según unas cajas determinadas: las amigas, la pareja, la familia de origen, la familia política, las compañeras de trabajo, las compañeras de clase, etc. También que hay diferencias en el trato según el género de la otra persona u otros factores como la clase social, las capacidades o el color de su piel o el país de proveniencia.

Aprendí que lo que era normal era tener una pareja y, en mi caso, que esta tenía que ser un hombre. También me enseñaron que la pareja era el tipo de relación a través de la cual existe el compromiso, siempre acompañado de un tipo de sacrificio jerárquico. Me enseñaron que las amistades están bien y son “útiles” (sobre todo cuando no tienes pareja o necesitas un apoyo emocional debido a algún problema de pareja), pero que la pareja siempre tiene prioridad. También me enseñaron que los cuidados, el afecto (tanto físico como emocional) y el sexo siempre tenían que ir juntos a través de esta figura y que, sin pareja, solamente podría obtener relaciones de consumo, tanto sexual como emocional, totalmente aceptadas como castigo por no pasar a través de la pareja.

Me enseñaron que, para poder acceder a tener pareja (y por tanto acceder a tener todas estas necesidades cubiertas) tenía que competir con las guapas, las carismáticas o las atractivas al ojo normalizado del que mira y escoge. También aprendí que había personas más feas, gordas, con cuerpos menos normativos, raras y desviadas (no heterosexuales, trans, racializadas, etc), y que estas acostumbraban a recibir cierto tipo de violencias: muchas hemos pasado infiernos en la escuela o en el instituto que han seguido reproduciéndose fuera de estos entornos. También aprendí que todas estas eran las excluidas, no solamente a poder tener amigas, sino también, y sobre todo, a acceder al privilegio de tener una pareja.

Crecí con un miedo muy grande al rechazo y a ser excluida. Por mi experiencia, perder mi posición a ser reconocida como “existente” (y ya no digamos a sentirme apreciada, afectada, querida o deseada) era muy fácil. En mi caso era por mis supuestas “rarezas”. Ahora entiendo más de dónde venía eso: mi cabeza es diferente a lo que se ha estipulado como “normal” y esto implica cosas muy variadas, como movimientos leídos como “extraños”, reacciones emocionales diferentes, lentitud para ciertas cosas, rapidez y estrés para otras, dificultad para comunicarme de una forma tipificada, diferencias sensoriales, etc. Soy neurodivergente, cosa que me hacía ser un blanco fácil tanto de insultos o ataques, ser ignorada o rechazada. Sumada a la exclusión, mi funcionamiento también me dificultaba cierto tipo de interacciones, ya que la ansiedad social o las fases depresivas hacían que me costara más acercarme a la gente.

Con todo este miedo, empecé a caminar por el mundo de las relaciones. El miedo, la exclusión, y ciertas violencias que recibí me hicieron creer que el mejor camino era la monogamia heterosexual cuando “conseguí” tener una relación de pareja: me daba seguridad. Tener la “suerte” de encontrar a alguien que no me rechazara. Me cogí muy fuertemente a eso y viví once años en una relación monógama con un hombre. También empecé a esconder y a no hablar nunca de mi orientación sexual y afectiva (bisexual), ya que, cuando la había mostrado o había mostrado algún indicio de promiscuidad, debido a mi género había padecido violencias de las que necesitaba huir y protegerme (violencias relacionadas tanto con el género como con el consumo relacional fuera de la pareja). No sentía el empoderamiento como una opción.

Aún la seguridad que eso parecía darme, la relación no era segura: era de poder, desigual y de propiedad (giraba alrededor de él, y de sus deseos y necesidades). Tardé en aceptar que eso no era bueno para mí por todos aquellos miedos que arrastraba: a quedarme sola, al vacío que siempre había encontrado fuera de esa relación, especialmente por el proceso de exclusión; al rechazo, que siempre me ha dolido más que la soledad en sí misma (a la que me he acostumbrado en muchas épocas de mi vida). El apego se complica mucho cuando eres una persona a quien las relaciones se le hacen más complejas debido a la exclusión, a los desvíos respecto a la norma, tanto por ser neurodivergentes, como por ser gordas, feas, con diversidad funcional, o por muchos otros motivos y estructuras. Finalmente conseguí hacer el paso de dejar aquella relación, con mucha sensación de vértigo.

Decidí aprovechar la situación para pensar cómo quería construir mis relaciones. Entonces, cuando pensaba en relaciones, tenía la tendencia a pensar en relaciones de pareja, como me habían enseñado desde pequeña. Más adelante mi preocupación se extendería al resto de relaciones cuando, estando otra vez expuesta al consumo y la exclusión, ya no teniendo el privilegio de la seguridad de tener una pareja, padecí y viví de una manera muy contundente lo que hace el pensamiento monógamo a todas aquellas que no somos reconocidas ni tenemos pareja.

Los siguientes fueron años de volver a revivir rechazos y, cuando parecían no ser rechazos, el consumo y el maltrato emocional desde la posición de la amistad. La monogamia es muy competitiva, solamente una sola persona puede llevarse el reconocimiento por parte de otra. Reconocimiento y una serie de factores que ya he comentado, como cuidados o afecto. Ser excluida no implica solamente que no se te reconozca sino que, además, tampoco se reconozca lo que se consume, los maltratos, la violencia emocional, la falta de cuidados y muchas otras cosas.

Desde esa sensación de exclusión y de estar fuera de este “mercado” de las relaciones, siguiendo teniendo el miedo a caer en una relación posesiva y viviendo maltrato y consumo fuera de una relación monógama, me di cuenta de que necesitaba, no solamente “descubrir” cuál era la forma que quería para mis relaciones, sino ir más allá: necesitaba politizarlo. Fue en ese momento cuando todo mi interés fue debatir, informarme, reflexionar, formas relacionales que pudieran luchar contra toda eso violencia. Entonces fue cuando empecé a repetirme (sin saber muy bien qué quería decir) “quiero que mis relaciones sean políticamente conscientes”.

En todo ese proceso intenté pensarme a través del poliamor (porque era la alternativa que tenía más a mano, la más conocida). Creí que, a lo mejor, la solución podría ser solamente romper con la exclusividad de la pareja. Pero la sensación de exclusión seguía y lo único que sentía era la reproducción multiplicada de lo que ya había vivido en la monogamia. Si estás excluida dentro del “mercado” de las relaciones, es igual el número de parejas que estés “dispuesta” a tener, seguirás fuera; o, mejor dicho, aun más fuera, mientas observar como un conjunto de personas con un elevado capital social, sexual y de cuidados se lo van montando entre ellas. Seguía sintiendo que no encajaba y, sobre todo, seguía sin encontrar una alternativa que rompiera con los sistemas de opresión.

Fue entonces cuando mi atención se dirigió a entender las relaciones de forma general (más allá de la pareja). Me asusté al hacerme consciente de cómo vemos y vivimos las relaciones, y el poco valor que suelen tener las relaciones que no son de pareja.

Fue en ese momento cuando comprendí el concepto de red afectiva, no tanto como solamente un conjunto de personas con diferentes tipos de vínculos que te dan un apoyo afectivo, sino como una red sensible, de solidaridad, en la que se tienen en cuenta estructuras, violencias, que presta apoyo económico, emocional, intelectual y de muchos tipos. Tener en cuenta las estructuras tiene que implicar romper con los discursos poco inclusivos para incluir a todas aquellas que el capitalismo relacional excluye. Por tanto, tiene que implicar cuestionarse el deseo, por qué unas atraen (tanto emocionalmente, intelectualmente, estéticamente o sexualmente) y otras no, por qué damos más atenciones a unas y a otras menos, qué construcciones sociales hay detrás, y deconstruirlas.

Desde ese punto empecé a construir una filosofía relacional que me hizo, poco a poco, identificarme con la anarquía relacional (otro tipo de no-monogamia) y a valorar las relaciones de otra forma. No estoy diciendo que todas las que se identifiquen con la anarquía relacional la vivan exactamente de la misma manera, al igual que pueden haber personas que se identifiquen con el poliamor y tengan experiencias diferentes a la mía al respecto y filosofías relacionales parecidas, pero sentí que era lo que más encajaba. Empecé a verlo como una alternativa a la pareja y la familia nuclear más sensible a mi filosofía en muchos aspectos.

El problema de vivir filosofías relacionales de este tipo es encontrar con quien poderte vincular, ya que, para que no me arrastrara otra vez a dinámicas vividas pasadas, necesitaba relacionarme con personas que trabajasen las relaciones de forma parecida. Gracias al activismo plurisexual crítico (y al privilegio de vivir en un ambiente urbano) encontré a unas pocas personas con las que podía construir vínculos, personas con las que podía hablar sobre relaciones, debatir y tratar todos estos temas que he comentado. No obstante, no me fue nada fácil, ya que empecé a buscar este tipo de vínculos hundida y sin tener ninguna relación de referencia. Poco a poco, y siguiendo muy vinculada a ciertos tipos de activismos (con otras anarquistas relacionales y activistas de la no-monogamia también con una perspectiva crítica), seguí tejiendo la que es ahora mismo mi (muy quería y apreciada) red.

Con el tiempo me he dado cuenta de que lo que me estoy construyendo no es compatible ni con la monogamia ni con jerarquías que imponen las voluntades de parejas por encima de las necesidades y cuidados hacia otras relaciones consideradas socialmente menos importantes. También me he dado cuenta de que hay muchas formas diferentes de compartir cuidados y afecto, y que no tienes tampoco porque centrarlo todo en una sola figura relacional. No es fácil porque supone nadar contracorriente en muchos sentidos; porque no siempre tener una red de este tipo, debido al contexto relacional y social que vivimos, puede aportarte todo lo que necesitas emocionalmente o afectivamente; y porque la mayoría de personas son jerárquicas y además muchas instrumentalizan filosofías relacionales, escondiendo debajo una forma de relacionarse también consumista y excluyente.

Muchas veces este mundo de exclusión, capitalista y que consume relaciones, me ha hecho desear o sentir necesitar el apoyo de una pareja en monogamia. De hecho, sé que para muchas personas en situación de exclusión similar conseguir tener una pareja “estable” es todo un gran hito. Hace unos meses leí un tuit de una activista autista explicando que, para ella, como autista y gorda, haber conseguido casarse con un hombre había sido un acto revolucionario. Yo no estoy nada de acuerdo con que conseguir casarse sea un acto revolucionario, aunque entiendo mucho por qué lo dice. No obstante, ahora mismo, para mí tener una relación monógama no sería en ningún caso compatible con mi voluntad de no querer ejercer poder ni privilegios relacionales sobre otras personas. Tampoco sería compatible con mi red, una red que, aunque a veces la siento inestable, no querría perder por nada en el mundo.

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ser una mala bisexual en tiempos de bisivilización

por wuwei (natàlia)

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Aviso de contenido: monosexismo, normativización, asimilación, instrumentalización, estructuras de poder, capacitismo, neurocapacitismo, sexofobia (slut-shaming), mención de cisexismo, lenguaje capacitista (uso del sufijo –fobia para hablar de violencia estructural)

 

Se acerca el 23 de Setiembre, día internacional para la visibilización de la bisexualidad, y tiemblo al pensar en las campañas que muchas activistas habrán estado preparando: una demostración constante de nuestra “normalidad” a través de mensajes como “las bisexuales no somos promiscuas”, “las bisexuales no somos inestables”, “las bisexuales sabemos lo que queremos”, o perlas como “somos 100% bisexuales”. Sé que todos estos mensajes y estas campañas las hacen activistas que dedican mucho tiempo y amor a lo que hacen y reconozco el trabajo que supone hace un activismo que es muy negado y marginado dentro de los colectivos LGBTI+. Tengo mucha estima a muchas de estas personas, así como también necesito decir que esto que estoy haciendo no pretende ser un ataque hacia ellas, sino más bien hacia el sistema que nos lleva a tener que defendernos de esta manera. Es, por tanto, un proceso de autocrítica interna hecha desde el afecto que tengo hacia todas aquellas con las que comparto opresión monosexista y activismos.

Tengo que reconocer que todo este discurso que pretende hacernos más aceptables socialmente es el que ha hecho que durante los últimos años me haya identificado mucho menos con la bisexualidad, porque siento que me excluye y no siento encajar en este ser 100% capaz de sobrevivir en este sistema patriarcal y capitalista. Hemos intentado muchas radicalizar una identidad como esta, reapropiándonosla, intentando hacerla nuestra, diferente, desmedicalizarla, etc; pero es una lucha invisible al lado de campañas que lo que hacen finalmente (sin que sea esta la intención) es marginar a muchas bisexuales que son/somos promiscuas, inestables, que pasamos fases, que no sabemos lo que queremos o que no encajamos en un sentimiento 100% puro de alguna cosa, en vez de luchar contra lo que no nos permite vivir, opinar, sentir, compartir.

No entraré en batallas absurdas diciendo que la bisexualidad es binaria y tránsfoba, mi crítica no va hacia aquí, y si cada vez me identifico menos con ella no es precisamente por este motivo. La transfobia se reproduce según como quieras definir tu misma tu orientación o identidad, no en la identidad en sí misma. Y en tu actitud cuando te relacionas, obviamente. Tampoco quiero decir que las demás plurisexualdiades, como son la pansexualidad, polisexualidad, omnisexualidad, escoliosexualidad, etc, sean bífobas, ya que es una lucha que proviene del mismo sistema que nos oprime: el que nos quiere divididas, el que nos quiere distraídas en peleas internas para no tener tiempo para luchas contra él. Es más, todas estas “peleas” son debidas al mismo monosexismo que nos obliga a definir nuestras orientaciones alrededor del género y que nos obliga a expresarnos con términos que nos excluye y que forman parte de un paradigma que es puramente monosexual. Yo, de hecho, me identifico como polisexual y como bisexual (no entraré en más detalles de los motivos porque el artículo no va sobre definir identidades ni explicar el porqué yo me identifico con unas y no con otras), y mis “identidades” son más bien cambiantes, políticas, desorientadas, confundidas y más sensibles que estáticas. Prefiero enfocarme en luchar contra las estructuras que en enfatizar y realzar identidades concretas.

El monosexismo se basa en la erradicación de cualquier opción no monosexual (en la que te puedes sentir atraída hacia más de un género): no puede existir nada fuera del binario hetero/homosexual. De esta manera se consigue que no pueda existir nada que pueda confundir la barrera que tiene que haber entre la heterosexualidad y la homosexualidad para que así la heterosexualidad siga manteniendo su privilegio: si aceptamos la existencia de plurisexualidades no se puede demostrar la existencia de la heterosexualidad como algo estático, puro y único. De esta manera, conceptualmente, las plurisexualidades se han construido como combinación de las dos monosexualidades, leyéndonos, por tanto, como suma de dos sexualidades (por eso se nos hipersexualiza y se nos atribuye el estereotipo de la promiscuidad), como saltando entre dos estados (por esto se nos ve como confundidas y que no sabemos lo que queremos o que estamos en una fase), o como combinación de dos orientaciones (por esto se nos dice que somos 50% heteros y 50% homosexuales).

Delante de esto el activismo bisexual más visible lo que hace es básicamente negar los estereotipos que nos otorgan, juntamente con “visibilizarnos” para combatir la erradicación. ¿Pero qué resultado obtenemos de todo esto? ¿Quién se beneficia más de este tipo de campañas y activismo? ¿Cómo es que (misteriosamente) este sea el activismo bisexual más aceptado dentro de un activismo hegemónico LGBTI+ que hasta hace muy poco negaba nuestra propia existencia, incluyendo nuestra discriminación y opresión?

Hasta no hace muchos años la negación de nuestra existencia y nuestra discriminación era el pan de cada día dentro de los grupos LGBTI+. Hace 15 años tenía casi prohibida la palabra “bifobia” dentro del colectivo donde me movía. En la mayoría de grupos la B se incorporó hace poco más de 10 años, y no fue una lucha fácil. Todavía, de hecho, se niega en muchos entornos, aunque ya no es un pensamiento tan aceptado de cara al exterior. Ahora todas se suman a hacer campañas para el 23 de Septiembre, y a abanderarse (muchas veces desde el privilegio monosexual) de la lucha contra la bifobia. Pero no nos engañemos mucho porque parte de este proceso ha concluido en una normativización, en una asimilación y en una instrumentalización por parte de estos colectivos hacia nosotras, ya que las personas bisexuales o plurisexuales seguimos siendo utilizadas solamente como ítem exótico: seguimos sin tener voz, seguimos necesitando nuestros espacios de seguridad fuera de estos grupos, seguimos siendo invisibles en jornadas, y a la vez se nos utiliza para llenar programas pero solamente como lavado de cara o como forma de hacer creer que se nos tiene en cuenta.

En este proceso ha sido donde toda nuestra energía ha ido a parar en hacernos más aceptables socialmente, para que también se nos aceptara en estos grupos. ¿Quién quiere a unas promiscuas inestables? ¿Quién nos querrá si seguimos aceptando que se puede estar confundida? ¿Quién nos quiere incapaces o discapacitadas en nuestras decisiones? Es así como poco a poco hemos ido convirtiendo nuestro activismo en una lucha para la aceptación, en la construcción de una identidad estática y súper estable, 100% ella, 0% todo aquello que la pueda hacer menos asimilable.

Pero en este proceso hemos dejado atrás a compañeras, a personas que también padecen el monosexismo, y que además padecen también otras estructuras. Hemos dejado la transversalidad de lado, hemos dejado de luchar contra un sistema para pasar a aplaudir la discriminación a la promiscuidad, a la confusión, a la discapacidad en la decisión o la inestabilidad. Hemos creado una barrera dentro de nuestro colectivo (como suele pasar siempre): una barrera que separa entre las “buenas” bisexuales y las “malas” bisexuales. Lo peor de todo es que las que son acusadas de malas bisexuales son también aquellas que les atraviesan otras estructuras y que, por tanto, padecen todavía más discriminación. Las mismas jerarquías siempre se acaban colando en todos los sitios.

Yo durante años intenté ser una muy buena bisexual, negué muchas partes de mí. Durante tiempo procuré hacerme ver cómo querían que fuera, para no sentir que yo era la culpable o responsable de la violencia que padecíamos. Me costó años, y una buena entrada de discurso crítico, darme cuenta de que yo no era la responsable de la violencia que recibía, que yo no era la culpable de que las personas plurisexuales se las estereotipara por el simple hecho de reproducir ese estereotipo, y que la responsabilidad era estructural y de todas aquellas personas que desde el privilegio procuraban que día tras día yo no olvidara que mi valor, mi sentir, mi poder para decidir sobre mi vida, dependía más de ellas que de mí.

Obviamente que se nos asignen estereotipos por defecto solamente por el hecho de ser bisexuales o plurisexuales es violencia estructural y es monosexismo. Pero afirmar que no somos de una manera concreta no es muy diferente a asignarnos estereotipos: también es una imposición de una forma de ser, además atravesada por una expectativa social que nos normativiza. Por tanto, esta negación no deja de ser una reproducción monosexista también. Las personas plurisexuales podemos ser (y somos) de muchas maneras, y no por este motivo menos merecedoras de ser o estar. Las promiscuas, las confundidas, las que no sabemos lo que queremos o las que pasamos por fases también somos plurisexuales.

 

imagen: puntos de libro (y plantillas) de la Colectiva Desorientada (I Jornadas Desorientadas en Madrid)

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a la masculinidad no le falta empatía, le sobra imposición

por wuwei (natàlia)

en català aquí.

aviso de contenido: capacitismo, neurocapacitismo, lenguaje capacitista, machismo, dominación, objetificación, cultura del no consentimiento

 

La masculinidad está muy vinculada a la dominación. La dominación tiene muchas caras, y se expresa también a través de todos los privilegios sociales de los que nos beneficiamos (también es una propiedad de la blanquitud, o del rol que toman muy a menudo les adultes hacia les más jóvenes, por poner sólo algunos ejemplo). Aún ser una característica de muchos otros privilegios, está especialmente arraigada en la masculinidad, como también en la visión del mundo que nos rodea que proviene de una mirada burguesa y comercial (especialmente conectada con la conquista y la colonización de nuestra cultura). Una de las múltiples caras de que han señalado en la masculinidad es la supuesta falta de empatía con la que se ha socializado a los hombres y personas masculinas: una falta de empatía que se suele señalas como la problemática en muchos de los problemas relacionales y que hacen que no puedan estructuralmente cuidar.

Pero para poder señalar una falta como esta primero tenemos que comprender qué queremos decir con empatía y, a la vez, cómo ve la masculinidad y como lee su entorno y relaciones. ¿Qué es realmente la empatía? Hay muchas formas de definir la empatía. Hay quien la define como una capacidad para entender, comprender o conectar con las emociones de las otras personas; otres la definen no tanto como una ‘capacidad’, sino como una ‘voluntad’ de comprender estas emociones. He llegado a ver definida la empatía (especialmente en la comunicación no violenta) cómo una forma de leer o interpretar las necesidades de otra persona según una lectura (no a través de una escucha de lo que la otra persona te está diciendo que siente) de cuáles son las emociones que está expresando la otra persona a través de una supuesta ‘objetividad’. Otres la definen como ‘escucha activa’.

No obstante, la empatía, por defecto y por sistema (y por cómo habla de ella la mayoría de las personas), se entiende y se define como una capacidad de conectar y comprender las emociones de la otra persona y de alguna manera poderlas sentir también, especialmente a través de una lectura externa (sin necesidad de que te comuniquen estas emociones) de la persona o de la situación. En la manera como se entiende por defecto la empatía no se trata tanto de la escucha de lo que la otra te dice o de comprender y aceptar lo que siente a través de lo que te comenta ella misma, sino de conexión de estas emociones, la mayoría de las veces a través de una lectura externa (una suposición que interpretas cuando observas  la situación y/o la persona).

Ya hice una crítica del uso que hacemos de la empatía en las II Jornades d’Amors Plurals. La forma que por defecto se entiende la empatía es un problema, por muchos motivos. En primer lugar supone que tenemos que tener todes unas capacidades específicas, ignorando que hay personas que tenemos capacidades y formas diferentes de funcionar, de conectar y de leer nuestro entorno. En segundo lugar, este tipo de empatía funciona a través de una lectura y suposición de lo que la otra persona siente: las lecturas tienen el peligro de ser interpretaciones de nuestro entorno que pueden venir dadas, no tanto por la realidad de lo que está sintiendo la persona que estamos ‘observando’, sino más de lo que nosotres interpretamos y sentimos en una situación similar (que puede no ser lo mismo que siente le otre, por ejemplo, como suponer que si a le otre le muerden sentirá dolor aunque a lo mejor elle está sintiendo placer porque le gusta).

Por tanto, y como última problemática, al funcionar como una lectura, lo más probable es que se lea o se interpreta lo que está definido por las normas sociales (estructuras de poder) que se tiene que sentir; o sea, se interpretará lo más privilegiado y las personas con más privilegios serán las que recibirán más empatía por parte de les demás. Todo está construido para que entendamos y empaticemos mucho más con la ‘norma’, y por tanto con el privilegio (con los hombres, con la heterosexualidad, con las personas cis, con les blanques, con les neurotípiques, etc). ¿Cuántas veces hemos empatizado con agresores, por ejemplo? ¿Sería en esta caso la empatía una buena solución a la dominación de la masculinidad? Yo, por ejemplo, he estado  muchos años empatizando con quien me agredía y me maltrataba, y esto ha sido un problema muy grande para mí.

¿Pero realmente necesitamos la empatía para comprender y respetar las emociones de las otras personas? ¿Es necesaria la empatía para no dominar? Cuando rascas un poco en el fondo del problema te das cuenta de que la dominación proviene de la forma que tenemos de ver nuestro entorno, que es cultural y filosófica, y que es una creencia con la que construimos muchas estructuras y formas de vivir y pensar: creemos que todo lo que nos rodea es externo a nosotres y solamente consideramos nuestros deseos y voluntades, pero no tenemos en cuenta las de les demás, que podrían ser diferentes a las nuestras.  De esta manera, para obtener lo que necesitamos tenemos que dominar nuestro exterior y las personas que forman parte de éste. Así es como borramos el consentimiento, por ejemplo. La masculinidad no borra el consentimiento porque no sea capaz de empatizar con quien está dominando, sino porque cree que los deseos y voluntades de aquella persona no son importantes y no se tienen que tener en cuenta. Desde esta mirada lo que acabamos haciendo es no tener en cuenta a les demás, ni lo que quieren, ni lo que sienten, ni lo que desean, y nos relacionamos con elles intentando imponer nuestras necesidades. Evidentemente las necesidades más comprendidas siempre serán las de la persona con más privilegios que siempre serán las que dominarán la situación.

Desde mi punto de vista es problemático seguir señalando la empatía como el problema por el cual la masculinidad domina, agrede o incluso no cuida de las personas de su entorno. Es problemático primero de todo porque la empatía cada persona la define de formas distintas, pero aun así casi siempre se acaba señalando como una capacidad que se supone que todes tenemos que tener, insensibilizando la diversidad de capacidades y formas de conectar con nuestro exterior; también es problemático porque las lecturas que se hacen de las emociones de otras personas no tienen por qué corresponder con la realidad, y además siempre acabará beneficiando más a quien más privilegios tiene. Y, finalmente, como he comentado, nos desvía totalmente de la problemática real sobre la dominación de la masculinidad: que el problema es la negación de las emociones, deseos y necesidades de les otres, e imposición de las propias por encima de todo.  Yo no necesito que la persona que me trata ‘conecte’ con mis emociones, ni que las pueda sentir igual que yo. Yo lo que necesito es que me tengan en cuenta, que sepan que podría tener deseos diferentes, que me pregunten, que me escuchen, y que finalmente respeten mi posición.

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