sobre poder y dominación en nuestros espacios críticos

por wuwei (natàlia)

en català aquí.

Este texto lo escribí y se publicó en El Salto el 18 de marzo. Podéis ver el original aquí . 


Este texto es el tercero de un conjunto de textos en los que quiero reflexionar y abrir un proceso de auto-crítica sobre gestión de discursos y espacios. El primero está aquí y el segundo aquí.

Aviso de contenido: poder, dominación, instrumentalización, manipulación, mención de ansiedad, capacitismo, mención de estructuras de poder, privilegios, agressiones, salud mental, violencia, mención de miedo, sentimiento de culpa, castigo

Hace tiempo que tengo ganas de hablar de cosas de las que sé que nos cuesta hablar, pero que sé que es un tema que nos está rondando a muchas y algunas personas ya han empezado a hablar de ello. Los motivos por los cuales nos cuesta tratar el tema son variados: porque tenemos miedo a las consecuencias de hablarlo, por la exposición emocional y mental que supone, pero también porque tenemos miedo a cargarnos todo aquello que tanto nos ha costado construir en espacios críticos, feministas y de lucha social (herramientas, discursos, vínculos). También juega un papel muy importante el poder, tanto sea porque tenemos miedo a perderlo o a renunciar a la posibilidad de una posición superior, o bien porque queremos conseguir esta posición superior. Además, tenemos miedo a que nos pisen o a ser excluidas (este último viene a ser uno de los motivos por los cuales muchas seguimos la corriente sin cuestionar cosas que nos pican).

Pero la realidad nos explota en la cara, y no podemos permitirnos ignorar mucho del daño que nos estamos haciendo, los poderes que estamos generando, los guayismos y las consecuencias de todo esto, entre las que se encuentran problemas de salud mental, sociales/relacionales, económicos, de aislamiento. Problemas contra los cuales supuestamente estamos intentando luchar.

A mi alrededor desde hace tiempo personas hablan de situaciones diferentes pero que tienen muchas cosas en común: por un lado, la utilización de discursos como herramientas que acaban generando ciertas violencias, tanto sea exclusiones, acoso o borrados, y por otro lado, la instrumentalización de los discursos solo para obtener poder. Normalmente es una mezcla complicada de las dos y lo que finalmente tenemos es un ejercicio de poder que no es nunca contemplado cuando hablamos de estructuras sociales porque se ha generado especialmente alrededor de nuestros discursos y de nuestros espacios —movimientos sociales, activismos sociales, feminismos, queer/LGBTI+, no-monogamias… — tanto físicos como virtuales, donde se incluyen redes sociales.

Ya sabemos que las estructuras sociales de poder que nos encontramos “fuera” de nuestros espacios se repiten dentro de estos. Sabemos que el machismo, el racismo, el heterosexismo, entre muchas otras estructuras, están presentes. Los ejes principales de nuestras luchas son, precisamente, estas estructuras. No obstante, dentro de estas luchas han emergido nuevas estructuras, que son aquellas que nos otorgan ciertos reconocimientos y poderes en estos mismos espacios: el guayismo, aquella tendencia a destacar y generar cierto dominio a través del ser “guay” bajo los parámetros definidos por nuestros activismos sociales —como por ejemplo, estar construida, dominar el discurso, obtener atenciones debido al dominio de este discurso, producir discursos como si fueran productos de consumo, famoseos y divineos. Evidentemente se mezclan otras estructuras menos visibles y reconocidas como son el hecho de tener ciertos tipos de carismas o bien la capacidad de poder dominar todo esto (capacidades comunicativas, emocionales o intelectuales). Y todo el resto siguen la corriente, porque ir en contra es buscarte el aislamiento o hundirte.

Es complicado entender en qué momentos ha habido un deseo de poder sobre otras personas o bien hemos confundido el empoderamiento personal con un ejercicio de poder hacia estas otras, aprovechándose muchas veces de privilegios y de situaciones que en muchos discursos no se contemplan. El problema es que uno de los muchos dogmas que hemos aprendido a repetirnos es que da igual lo que hagas sobre una persona que tiene un privilegio concreto sobre ti porque esto (supuestamente) nunca es violencia, olvidando muchas más partes del contexto de aquella persona y de otros ejes que le puedan estar atravesando que no vemos (o no queremos ver). La salud mental es uno de ellos. Entiendo que delante de ciertas situaciones hemos tenido que aprender a dejar de empatizar con las personas que nos violentan y que tienen más privilegios, y entiendo que es vital que siga siendo así en muchos casos. Pero, no obstante, hemos hecho un salto y hemos pasado a desear que se deshumanice totalmente a quien consideramos que tiene un cierto privilegio sobre nosotras.

Hemos confundido acompañamiento a las violentadas o agredidas con un ejercicio de multiplicar cualquier deseo de quien haya padecido la violencia. Cualquiera, sin cuestionarlo, ni contextualizarlo. Mi pregunta es: ¿esto es acompañamiento? A la vez tenemos miedo a todo lo que se nos puede llegar a pedir cuando se señala a otra persona como agresora, llegando al punto de que, si vemos que podemos, intentamos mirar hacia otra parte dejando de lado totalmente a la propia agredida. Las dos caras de la misma moneda tienen consecuencias totalmente contrarias a lo que supuestamente queríamos obtener.

Todo esto lo digo con dolor después de haber estado años intentando esquivar los intentos de manipulación por parte de un hombre que quería cuestionarme estos discursos para su propio beneficio. Cada vez que alguien me hablaba de cuestionarlo la ansiedad se me disparaba. Me ha costado aceptar que estas herramientas puedan estar siendo utilizadas también para generar poder. Pero es que el poder se aprovecha muchas veces de cualquier fisura que encuentra y es por esto que es muy importante repensarnos constantemente y estar muy alerta. Creo que uno de los problemas principales ha sido convertir parte de estas herramientas y discursos en dogmas y no contextualizarlos nunca. Sí, hemos generado dogmas, creencias que van más allá de lo que tendría que tener un espacio que se diga a sí mismo crítico. Estos dogmas los hemos creado para revertir aquellos otros que nos imponen las estructuras de poder, pero al fin y al cabo son dogmas que no se pueden cuestionar, que no se pueden contextualizar según la situación.

Otros dogmas que hemos creado son, por ejemplo, que si una persona dice que se ha sentido agredida significa que lo ha estado (sin habernos parado a reflexionar o definir qué queremos decir con “agresión”), o bien también que todo lo que pida una persona que se ha sentido agredida va a misa (y nunca mejor dicho). Con esto no quiero decir que tengamos que hacer todo lo contrario, como pasa fuera de nuestros espacios, donde no se cree a las agredidas y no se las acompaña. Nos ha costado mucho que se nos escuche, se nos crea y se nos acompañe.

Lo que tenemos que replantearnos es qué quiere decir acompañar y escuchar, porque revertir totalmente un poder que fuera no tenemos de esta manera implica otorgar un poder muy grande. Y todo poder que se otorgue tiene el peligro de ser deseable y utilizado más allá de las situaciones para las que se ha construido, sea a través de un proceso consciente o inconsciente. He visto y vivido de muy cerca cómo se instrumentalizaban estos dogmas para destruir a personas, o por venganza debido a situaciones que nada tenían que ver con la acusación que se estaba haciendo (celos, por ejemplo). He visto cómo se mentía, se inventaban agresiones, o bien se aprovechaban algunas existentes para generar aún más poder sobre una persona. Sigo creyendo que cosas como ciertos vetos o ciertas formas de tratar las agresiones son importantes y necesarias. Pero no siempre ni de todas las maneras, ni otorgando este total y absoluto poder.

Hemos basado buena parte de nuestros discursos en el sentimiento de culpa y en el castigo. ¿No nos suena esto de algo? Sin darnos cuenta hemos caído en la misma trampa con la que el sistema en el que vivimos nos violenta día tras día. No creo que las personas oprimidas tengamos que estar siempre haciendo pedagogía, creo que es algo que tenemos que poder escoger, el momento y el lugar, la exposición y como nos autocuidamos, y si realmente lo queremos hacer. No obstante, sabemos que vivimos en el mundo que vivimos y es por este motivo que algunas o muchas hacemos activismo, y pedagogía la tendremos que hacer. Caer siempre en atacarnos, castigarnos o jugar a hacernos sentir constantemente culpables de todo no tiene nada de revolucionario. El cambio más revolucionario tiene que pasar por otras vías.

Una cosa que da mucho poder en nuestros espacios es dominar el discurso, saber en todo momento como utilizarlo. Creo que quien tiene el privilegio de saber y poder dominar ciertos discursos tiene un poder más grande dentro de nuestros espacios. He visto cómo se manipulaban los discursos sobre cuidados para conseguir más atenciones y afectos. He visto manipular los discursos de “no puedes dejar una relación así como así porque esto es capitalismo y consumo de cuerpos” para que haya personas que no puedan dejar relaciones de maltrato o chungas, o que eran incompatibles. He visto maltratar mucho a personas y taparlo totalmente acusándolas de capacitistas si señalaban maltrato. He visto cómo se manipulaba también el discurso del tone-policing para excusar acoso y ataques sin ningún cuidado hacia personas que cometían algún error típico de cuando no estamos suficientemente formadas. He visto, de hecho, manipular y utilizar cualquier discurso. A veces me da pánico escribir, dar un taller o una charla, porque he visto manipularlo todo.

Finalmente, y no menos importante, también he visto y he vivido la hipocresía de la generación de discurso solamente para el puro consumo de las oyentes y lectoras y para el puro protagonismo y guayismo de las productoras, con un gran vacío en medio donde se generaban borrados, manipulaciones, ghostings, luz de gas o competición, por parte de las mismas que hablaban y se ganaban la fama hablando de cuidados, de horizontalidad, de cooperación o de compañerismo.

Escribo todo esto no solamente para hablar de las demás, sino que aprovecho para revisarme, hacer autocrítica y responsabilizarme. Escribo todo esto con un poco de miedo, pero a la vez con las ganas y con la esperanza de que algún día dejemos de hacernos daño. A veces lo veo, me entristezco y tengo ganas de huir corriendo. Otras veces cojo fuerzas e intento entender cómo podría moverme alrededor de todo lo que siento una farsa. Dos veces al año me cogen crisis y ganas de dejar este tipo de espacios. Pero después miro a mi alrededor y, cuando me fijo más allá de todo aquello que el poder intenta borrar, en el fondo veo cosas a las que cogerme: compañeras que construyen cosas cada día, con mucho cuidado y sin esperar nada más que un verdadero cambio social. Y es en estos momentos en los que cojo aire y fuerza y decido seguir.

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técnicas de dominación: el ejercicio de poder, también en nuestros espacios

por wuwei (natàlia)

en català aquí.

Aviso de contenido: dominación, poder, mención de machismo, cisexismo, especismo, edaismo, racismo

Este texto se publicó en el número 466 de la Directa. Podéis ver el artículo original en catalán aquí.

Las técnicas de dominación son parte de mis obsesiones desde hace cinco años. El día que Miguel (compañero de activismo) melas presentó, de golpe muchas cosas que llevaban pasándome desde hacía tiempo empezaron a tener sentido. Desde entonces me he dedicado a intentar entenderlas, a entender los contextos en los cuales se expresan, a aprender ano ejercerlas y a intentar encontrar herramientas para defenderme.

Berit Ås, feminista crítica noruega, política y profesora de psicología social, introdujo las también llamadas técnicas de Hérsker en su manifiesto “Master Supression Tecniques”, donde describía cuáles son las pautas del comportamiento machista y las técnicas que se usan para menospreciar el papel de la mujer dentro de las tareas de grupo. Aunque estas técnicas se presentaron en el contexto del machismo, también se aplican en otras estructuras.

Ningune de nosotres se salva de estar aplicándolas. Todes somos receptores y emisores porque nos hemos educado en un contexto social que se relaciona a través de ellas. Nuestra cultura se basa en la dominación, las aplicamos en muchas situaciones diarias, como por ejemplo en situaciones donde no queremos sentirnos culpables por algo que hemos hecho o bien tenemos miedo a dar una imagen negativa de nosotres mismes. En algunos talleres sobre este tema les participantes comentan que tenemos una manera de relacionarnos que se basa en “a ver quién gana”, ya que si no intento ganar yo en una situación dada, será le otre quien me dominará: o dominas o eres dominade. Además, para poder dominar utilizamos las estructuras de poder que tenemos a mano: estructuras sociales ya existentes (como machismo,heterosexismo, cisexismo, racismo, capacitismo, etc.) o bien otras específicas de nuestros espacios o entornos. Por este motivo, aunque todes somos receptores y emisores de estas técnicas, no todes estamos en la misma posición.

En nuestros espacios críticos, feministas,activistas, de militancia y liberados, seguimos reproduciendo estas técnicas.Las aplicamos en relaciones personales, en asambleas y en encuentros de todo tipo. Es importante darnos cuenta de que utilizarlas, aparte de ser fácil, es muchas veces un mecanismo inconsciente para sentirnos menos desempoderades. El problema es si este desempoderamiento es porque alguien está ejerciendo poder sobre ti o si es porque no tienes el poder sobre otres.

Las técnicas de dominación

La invisibilización es una de las técnicas más utilizadas, donde se trata de borrar a la otra persona, su mensaje,emociones, necesidades o deseos. Hay muchas formas de invisibilizar: no dejar que llegue su mensaje cortándola, haciendo ruido sobre su voz o tapando lo que escribe, llamando la atención de les otres para que pongan atención en otro lado, ignorando o haciendo que se ignoren sus necesidades o deseos, etc. He observado esta técnica por parte de personas de los movimientos sociales que,para destacar, invisibilizan a otres que puedan estar haciendo algo parecido:hacerle el vacío en grupos de debate, tapar sus comentarios con los propios,intentar destacar con algún tipo de noticia en el momento en el que le otre hacía algo, etc. Y todo esto decorado a través de un discurso antiexclusión o anticompetitividad.

Una técnica que está relacionada con la anterior es la de esconder información, que consiste en esconder información a otras personas que sea importante para que ellas puedan tomar decisiones, tener cierta autonomía o poder en su propia vida. Está relacionada con la invisibilización, porque cuando invisibilizamos alguna cosa o persona estamos escondiéndola a otres. Se esconde información cuando no se pone sobre la mesa toda la información necesaria para tomar una decisión en una asamblea. Se esconde información cuando no muestras a una de tus relaciones algo que es importante para que ella pueda tomar decisiones sobre la propia relación(normalmente por miedo a perder la). Se esconde información cuando en un conflicto o problema que afecta a tres personas, primero se soluciona solamente entre dos de ellas y a la tercera se la hace participe al final, cuando ya se han tomado muchas de las decisiones.

Una técnica muy utilizada para hacer que el mensaje, las necesidades o los deseos de les otres se perciban menos importantes es la ridiculización. Esta técnica utiliza el imaginario cultural que hay alrededor de personas que forman parte de un colectivo determinado y que negativizan su imagen, como por ejemplo los estereotipos. Utilizando este imaginario, rebaja su imagen a una de inferior para que lo que expresen o sientan se menosprecie. La infantilización es un tipo de ridiculización, no porque les niñes o las criaturas sean seres inferiores, sino porque socialmente son considerades inferiores. Otras formas de ridiculizar son, por ejemplo,resaltar el tipo de ropa de le otre (como se suele hacer con las personas que llevan una ropa que no encaja con su género o con el género asignado), compararle otre con conceptos, cosas o seres que sean considerados inferiores (como cuando comparan un grupo de mujeres con un gallinero, utilizando el especismo que considera los animales no humanos seres con menos valor). Se ridiculiza también personas migradas por su acento.

Una característica que nos atraviesa a las personas de grupos minorizados es un constante sentimiento de culpa,especialmente a personas femeninas. A parte de ser un sentimiento que arrastramos, también es una técnica de dominación. Es muy fácil hacer sentir culpable a una persona que forma parte de uno de estos grupos porque nos han hecho creer que somos les responsables de lo que padecemos y de los males que reciben las persona con más privilegios. Se nos hace sentir culpables en nuestros espacios de militancia cuando ponemos sobre la mesa los problemas que nos atraviesan haciéndonos sentir que ocupamos un espacio que no tenemos derecho a ocupar.

Esta última técnica va muy unida a la del doble vínculo, que consiste en hacer sentir mal o culpable a le otre haga lo que haga, tanto si hace lo que se le pide como si hace lo contrario. Por ejemplo, cuando a una mujer se la acusa de descuidar los cuidador a sus hijes porque pasa demasiadas horas en el trabajo, pero también se la acusa de descuidar el trabajo cuando dedica más tiempo a sus hijes.  A las mujeres trans se las culpabiliza (a través de un discurso transmisógino) de reproducir los roles de género (y por tanto de reproducir misoginia) cuando se operan o cuando son femeninas, pero sino lo hacen se las acusa de tener privilegios de hombre. ¿No nos suena también a doble vínculo cuando se dice a personas migradas que son vagas si no trabajan o bien se las acusa de robarnos el trabajo cuando lo hacen?

El doble vínculo, hacer sentir culpable, la ridiculización, esconder información e invisibilizar, son las cinco técnicas que introdujo Berit Ås en su manifiesto. Más adelante, en una entrevista de radio, ella misma introdujo un par más: cosificación y comportamiento agresivo y violento. Además, les participantes en los talleres que otres activistas y yo hemos dinamizado, han aportado muchas más, entre las cuales tenemos: falsa empatía, apropiación indebida, estereotipar y esencializar, inclusión excluyente, exotificar, argumento de autoridad o crítica intangible. Y podríamos ir añadiendo más.

Contexto y empoderamiento

Se tiene que matizar que las técnicas de dominación son contextuales (como pasa siempre cuando hablamos de poder y estructuras). Muchas veces, cuando estamos en una situación de desempoderamiento la única forma de defendernos de técnicas como estas o de situaciones opresivas es utilizarlas de vuelta. Yo lo hice cuando estaba en una situación de dominación en el trabajo por parte de mi jefe. Por tanto, ante una situación donde se aplica una técnica no es suficiente analizar solamente la técnica, sino también el contexto: las personas (tanto la que la ejerce como quien la recibe), las estructuras que hay presentes y la situación concreta que se está dando.

¿Cómo nos podemos defender de estas técnicas? No tengo la respuesta. De la única técnica de la cual he aprendido a defenderme es la de la invisibilización, donde la mejor técnica de contrapoder es visibilizar. Aún no saber muy bien cómo defenderme, señalar las técnicas me ha empoderado bastante. Si la persona que la ha ejercido lo ha hecho sin ser consciente y sin que su intención fuera dominar, puede ser una buena idea hablarlo para aprender a no ejercerlas, porque creo que lo más importante es aprender a dejar de ejercerlas. Pero cuando estamos ante una persona que nos quiere dominar, intentar que aprenda a no ejercerlas es una tarea casi imposible (al menos puntualmente en aquella situación). No obstante, una se siente tan bien diciéndole a esta persona que te está intentando dominar y además ponerle nombre a la técnica, que como primer paso hacia el empoderamiento no está nada mal.

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experiencia sobre el proceso y gestión de la visibilización de una relación de maltrato

por wuwei (natàlia)

en català aquí.

Aviso de contenido: denuncia, maltrato, invisibilización, machismo, sexismo, poder

Este texto es el segundo de un conjunto de textos en los que quiero reflexionar y abrir un proceso de auto-crítica sobre gestión de discursos y espacios. El primero está aquí y el tercero aquí.

Hace unos meses decidí compartir públicamente a través de Facebook una relación de maltrato que viví por parte de una persona vinculada en los movimientos sociales de Barcelona. En ese texto compartí mi vivencia y el nombre de la persona en cuestión ya que mi intención era, por un lado, mostrar lo que esta persona había escondido sistemáticamente (una técnica contrapoder), y a la vez también quería avisar a personas que pudieran estar en la misma situación y, por tanto, pudieran estar en cierto “peligro” (de hecho esta segunda parte era la que más me preocupaba).

Este texto no es para remover más aquella historia ni hacer ninguna denuncia más. La escritura de este texto viene motivada por la voluntad de hacer por mi parte un cierre (mental) y para compartir la experiencia del proceso y de la gestión. Esta reflexión pretende estar enmarcada en un conjunto de textos donde quiero crear un espacio de autocrítica sobre la gestión del espacio que hacemos. Estas gestiones acaban, queramos o no, afectando mucho la vida de las personas y, por tanto, creo que es importante hablar de ello aunque algunas veces parezca un tema tabú.

Antes de escribir esa “denuncia” pública en Facebook (no me gusta pensar en ello en clave de denuncia, sino más bien de visibilización), me pasé meses pensando en cómo hacerlo o qué hacer. Sé que soy una rallada de la vida (pero muy rallada de la vida) y muchas veces lo que hago es quedarme en bucle intentando encontrar la mejor manera de gestionar algo. Tenía miedo de caer en un proceso de demandas de vetos o exclusiones en las que yo tampoco creía (al menos en ese caso) o bien en caer en la venganza o en el castigo (en lo que tampoco creía).

Uno de los problemas que me encontraba, además, era que la especificidad de mi caso implicaba no haber podido participar ni estar en muchos espacios debido a la propia relación, espacios donde esta persona sí que estaba o donde podrían haber personas que le conocieran o cercanas a él. Finalmente lo que acabé haciendo fue evitar  todo un barrio entero e incluso marchando de éste (ya que vivía en él). Tampoco sé hasta qué punto hubiéramos tenido espacios tan comunes, por algunas diferencias ideológicas; ahora, desde la calma de haber superado todo aquello, veo que es probable que no hubiéramos tenido tantos espacios en común. Aún así, el no conocimiento y el miedo a sentirme como ya me sentía en el único espacio que compartíamos (el trabajo), acabé esquivando todo el resto con mucha angustia. Debido a esto todos mis conflictos y debates internos que tenía se sumaban a algunos más: ¿qué derecho tenía yo en pedir nada a espacios donde yo no participo? ¿Es, no obstante, justo que haya espacios donde no participo precisamente debido a esta relación? ¿Hasta qué punto se entendería realmente que no hubiera participado si no tenemos en cuenta casi nunca en estos espacios el neurocapacitismo, las técnicas de dominación, entre muchas otras cosas? ¿Qué podía realmente hacer?

Sí que se me pasaron por la cabeza cosas que sentía que necesitaba pedir, cosas muy básicas que tenían que ver con su ocupación del espacio (sobre todo virtual) en temas sobre feminismo, violencia de género o cosas relacionadas con violencias machistas; pero en ningún momento (y era uno de los miedos que tenía) quería pedir que se le hiciera fuera de espacios, ni que perdiera ningún reconocimiento por su trabajo, ni que perdiera nada relacionado con su trabajo ni entorno. Con esto no estoy diciendo que pedir ciertos vetos no pueda ser necesario en otros casos, para mí es contextual y en mi caso no lo sentía oportuno.

Finalmente decidí solamente explicarlo, sin darle más vueltas ni pedir nada. Quería simplemente hacer un proceso de visibilización para compensar toda la invisibilización que padecí y para que las personas que se relacionaran con él supieran parte de su comportamiento relacional, especialmente con mujeres (al menos que pudieran estar prevenidas y pudieran escoger cómo se compartía espacio y discurso con él). Pensé que solamente explicándolo las personas que les preocupara mínimamente este tipo de temas lo tendrían en cuenta como elles creyeran que lo tenían que tener en cuenta, según sus propias referencias y de los espacios que frecuentaban. Además, decidí hacerlo a través de Facebook porque parecía más simple y para no tener que entrar en protocolos típicos de denuncia y demandas. El post era público y todes podían acceder a él, se podía compartir fácilmente y leer.

También decidí no enviar directamente la información a ninguno de los grupos donde él participaba, ni tampoco enviarlo directamente a personas que formaban parte de estos grupos (aunque a bastantes de elles les tengo como contactos directos). El motivo fue, siguiendo en la línea de lo que ya comentaba anteriormente, que no pretendía pedir nada concreto y tenía cierto miedo a que se me cuestionara, se me ridiculizara o se me menospreciara debido a esta falta de demanda.

Durante un par de días estuve recibiendo bastantes muestras de apoyo de personas que yo conocía, personas a quien agradezco mucho el apoyo emocional, especialmente les que vivieron conmigo todo el proceso. Por otro lado, sí que hablé de esta cuestión con un grupo donde él participaba, aunque el proceso fue más bien protocolario: tenía las puertas abiertas para pedir cosas siempre que fuera yo la que me acercara (yo me acerqué a través de una persona que conozco que me dijo que estaban dispuestes a escucharme). Me puse en contacto solamente para darles información que creía que era importante que tuvieran, por el mismo motivo que expliqué mi historia, sobre todo para avisar a otras mujeres que pudieran estar en una situación similar y para que su entorno supiera la historia, mi historia.

Mi interacción con este grupo fue corta y me dijeron que tomarían unas medidas que yo no pedí pero que elles consideraban necesarias. Meses después me he dado cuenta de forma indirecta que esas medidas en realidad no se llevaron a cabo y que el grupo no se enteró de ninguna parte de lo que yo había explicado. Tampoco quise acercarme más porque, como ya he comentado, yo no formaba parte de estos grupos y, sinceramente, yo tampoco sabía qué relación tenían las personas con las que yo estaba hablando con la persona que me había maltratado durante siete años. Ante eso preferí seguir con mi vida, lejos de ese barrio y de estos entornos. Curarme implicaba cuidarme, que implicaba a la vez alejarme de todo eso.

Sé que leyeron lo que escribí muchas personas que comparten con él espacios de muchos tipos. Lo sé más que nada porque otras personas me lo comentaron (no porque crea que por el simple hecho de poner algo en Facebook todes lo tienen que haber leído). No obstante, sé que estas personas decidieron mirar hacia otro lado y hacer como si no hubiera pasado nada. Puedo entender este tipo de reacción, y podría ser debida a varios motivos: a no creer necesario compartirlo debido a que no hay una exigencia ni demanda explícita de nada que parezca destacable, a tener miedo a que la cosa acabe complicando mucho al grupo al que perteneces debido a las demandas que podrían salir (igual que antes), o bien debido a como nos dejamos llevar por el corriente del momento (o sea por los flujos de poder que también se dan, mucho, en nuestros espacios). También puede ser que les importe bastante poco. Además casi siempre se espera que seas tú la que te acerques y pidas cosas, como si estar afectada o traumatizada te permitiera la mayoría de las veces tener la capacidad de hacerlo, especialmente cuando no conoces las relaciones que se dan entre elles.

Mirando con retrospectiva, aunque tengo ciertas críticas sobre cómo gestionamos este tipo de cosas, yo, por mi parte, me siento muy bien con todo lo que hice y como lo hice. No me arrepiento de nada. Después del tiempo que ha pasado y ver cómo me siento reo que hice lo que tenía que hacer. Me siento bien y en calma. ¿El resultado? Prefiero no pensar mucho en ello, ahora mismo me da igual, aunque admito sentir bastante decepción. He compartido mi experiencia para poder, por un lado, cerrar esta historia por mi parte, pero por otro lado, que pueda servir también de reflexión sobre la gestión, que creo que tenemos que hacer en muchos aspectos. Me gustaría estirar algunos hilos de esta reflexión, sobre todo el cómo nos acercamos a las víctimas (si es que lo hacemos), cuándo y por qué, sobre por qué las gestiones acaban suponiendo a veces efectos totalmente contrarios a los de esta experiencia, qué queremos, qué no queremos, y si los flujos de poder acaban o no influyendo en como gestionamos todo en conjunto (flujos de poder que a veces contradicen los privilegios/opresiones que se quieren tener en cuenta en la denuncia). Yo sé que si me hubiera puesto pesada, hubiera empezado a exigir demandas y hubiera buscado aliadas en algunos grupos feministas, hubiera conseguido ciertas cosas. Pero cosas que tampoco necesitaba y con las que no me sentía cómoda. Ahora bien, considero que pasar de este extremo a que ni tan siquiera se quiera compartir la información, mirar hacia otro lado e ignorar todo lo que esta persona ha hecho y cómo me haya podido afectar a mí, es algo que, desde mi punto de vista, hace que sienta que se tenga que reflexionar y poner en cuestión muy buena parte de nuestros discursos.

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espacios que a veces no sentimos nuestros

por wuwei (natàlia)

en català aquí.

Este texto es el primero de un conjunto de textos en los que quiero reflexionar y abrir un proceso de auto-crítica sobre gestión de discursos y espacios. El segundo está aquí y el tercero aquí.

Aviso de contenido: exclusión, monosexismo, bifobia, neurocapacitismo, mención de relación de maltrato, ridiculización, invisibilización

Últimamente estoy hablando mucho de exclusión. En realidad empecé a hablar de ello en “memorias de una C” y he ido continuando cuando hablaba de las relaciones como un “club de alto standing”. He hablado también de esto a través de mi propia vivencia explicando mi proceso de empoderamiento. Para poder cerrar un poco este ciclo donde hablo de exclusiones y vivencias me gustaría hablar de cuáles han sido algunas experiencias vividas estos últimos años relativas a la exclusión, pero en “nuestros” espacios críticos vinculados a los movimientos sociales. Pero quiero hablar de esto porque a partir de aquí también me gustaría empezar una serie de textos donde quiero hacer un poco de auto-crítica sobre cómo gestionamos y tratamos muchos aspectos desde estos espacios a través de la generación de nuestros discursos.

Antes de nada, quiero comentar que aunque quiero escribir algunos textos (donde se incluye este) para hacer autocrítica sobre nuestros espacios, no quiero menospreciar todo el trabajo que hacen les compañeres desde estos espacios, todo lo contrario. Creo que es muy importante el trabajo que hacen muches de elles, especialmente desde el anonimato y desde la colectividad y se tiene que reconocer. La crítica no es para invisibilizar todo esto, al contrario, sino que creo que es tan importante todo lo que se hace que por eso es importante también revisarnos (sobre todo desde el cuidado y el respeto) y escucharnos.

También me gustaría empezar comentando que, aunque en este texto estoy hablando de mi experiencia como “excluida”, no quiere decir que mi posición haya sido siempre de “víctima”, sino que entiendo que yo también he estado en otras posiciones donde se ha excluido a otras personas. Aquí creo que poques nos “salvamos”, aunque, como pasa siempre, hay personas que a veces suelen estar más en uno de los dos lados. Por tanto, aunque hablo desde la exclusión, no me considero una persona “totalmente” excluida y a la vez también me considero parte del problema “que excluye”. No obstante, para poder dar voz al proceso de exclusión y sus motivaciones e implicaciones, en este texto hablaré como excluida.

Durante tiempo me he visto excluida de espacios a los que quería pertenecer. No he sido excluida directamente mientras me señalaban con un dedo y me decían que no podría estar allí (sea “allí” en este caso espacios de los movimientos sociales mínimamente críticos/feministas/liberados/de militancia/activistas a los que había podido considerar la idea de pertenecer). Por tanto, el tipo de exclusión que yo he vivido es diferente a la del veto. He sido excluida a través de técnicas indirectas, algunas de ellas a través de unas estructuras, otras a través directamente del maltrato y de las técnicas de invisibilización, ridiculización y el miedo generado debido a todos estos procesos.

Puedo dividir los procesos de exclusión que he vivido en estos espacios en tres tipos (aunque es mucho más complejo que esto pero siempre es útil simplificar cuando se intenta explicar una cosa como ésta). El primer proceso ha sido debido a ser bisexual/plurisexual y hacer visiblemente activismo bisexual y contra el monosexismo (una cosa inconscientemente no muy bien vista en ciertos sectores del feminismo, así como del activismo LGBTI+). El segundo proceso ha sido por ser neurodivergente debido al neurocapacitismo de este tipo de espacios (en este caso incluyo casi todos los espacios). Y el tercer proceso ha sido una relación de maltrato y la invisibilización y ridiculización constantes que ha comportado este tipo de relación (que ha afectado especialmente espacios más vinculados al barrio donde yo vivía y espacios abiertos como manifestaciones, por ejemplo).

No quiero entrar a explicar en detalle el motivo por el cual hablar sobre monosexismo ha hecho que se me excluyera de espacios. Las personas que padecen también el monosexismo y se han intentado identificar con alguna plurisexualidad o con la bisexualidad en algunos ambientes feministas o LGBTI+ saben a qué me refiero y tampoco quiero que esto ocupe mucho espacio en este texto. Básicamente este hecho no me ha hecho sentir muy cómoda en muchos de estos espacios: las (malas) miradas, la hostilidad, la invisibilización de mis comentarios, etc, me han hecho sentir poco bienvenida, tanto en espacios físicos como virtuales.

En segundo lugar, la exclusión por el hecho de ser neurodivegente no es tan fuerte como la que he vivido fuera de estos espacios, en espacios “normales” donde las estructuras de poder no viven de ninguna crítica. De hecho, es en estos espacios donde me ha sido más fácil encontrarme personas también atravesadas por el neurocapacitismo y por tanto he podido encontrar más fácil algunas interacciones. No obstante, el neurocapacitismo está todavía vivo dentro de nuestros espacios y muchas veces se ignora su existencia cuando se hablan de violencias estructurales, aunque sean espacios feministas o sensibles a las opresiones. Muchas veces, me he sentido ignorada, desplazada, incomprendida por mi forma de ser, de moverme, de expresarme, de funcionar, por ser introvertida también o bien por mis dificultades a la hora de comunicarme por cómo funcionan muchas dinámicas asamblearias y también relacionales. Esto ha hecho que acabara poco a poco, sin darme cuenta, dejando muchos espacios.

Finalmente, está la exclusión que viví debido a una relación de maltrato. Esta relación se basaba en la fuerte invisibilización y la ridiculización que yo sentía hacia mí y la relación delante de otras personas. Este hecho hizo que con el tiempo sintiera mucho miedo a encontrarme a esta persona juntamente con otras por cómo me pudiera tratar delante de toda esa gente, o simplemente encontrarme a personas que fueran cercanas a él o que le conociesen (ampliando de esta manera la cantidad de espacios a evitar). Esto hizo que, finalmente, muchos espacios vinculados a los movimientos sociales del barrio donde vivíamos les dos (y al que yo era relativamente “nueva”), o espacios donde yo podía ser vulnerable a su “mirada”, como manifestaciones, acabasen siendo espacios que yo evitaba. Al final poco a poco y sin darme cuenta acabé evitando todo el barrio por los constantes síntomas de estrés postraumático que me provocaba pasearme por allí, dejando finalmente de vivir en éste.

Cuando empecé a quitarme esa relación de encima (visiiblizarla y curarme) seguí limitándome el pasar por muchos de estos espacios, por una cuestión de cuidados hacia mí (me generaba aún mucha ansiedad). Durante mucho tiempo me he vetado a mí misma de muchos espacios. A la vez he estado deconstruyéndome y aceptándome como persona neurodivergente y todo lo que esto comporta, y he podido participar en espacios más sensibles a esta estructura (aunque en alguna ocasión se ha ejercido este tipo de violencia hacia otros tipos de expresiones neurodivergentes y yo es sido partícipe de esa violencia), como también sensibles al monosexismo.

Después de todos estos procesos y sintiéndome mucho más empoderada, estoy empezando a (re)apropiarme de espacios que creo que también son míos (o tendrían que poderlo ser), pero estoy intentando no precipitarme e ir pisando espacios poco a poco, sin agobiarme. Ahora mi preocupación es entender cuáles son esos procesos en los que yo también he participado en la exclusión de otras personas, que existen, tanto por las estructuras que atraviesan a otres y de las cuales yo tengo privilegios, como dejándose arrastrar por corrientes que se dan muchas veces en nuestros espacios, donde se han creado argumentos de autoridad incuestionables y que ponen en entredicho muchas de las filosofías “principales” de estos espacios.

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bifobia y activismo: una lucha contra la LGBTIfobia parcial

por wuwei (natàlia)

en català aquí.

aviso de contenido: mención de heterosexismo, alosexismo, intersexantagonismo y cisexismo; relato sobre monosexismo en los activismos LGBTI+ y queer, utilización del sufijo -fobia para hablar de violencia estructural.

el motivo por el cual se ha utilizado el sufijo -fobia para hablar de violencias estructurales en este caso ha sido práctico, ya que originalmente este artículo lo había escrito para un medio más generalista donde contextualmente necesitaba utilizar este sufijo.

 

‘LGBTIfobia’ es una expresión que se está utilizando desde muchos colectivos de personas LGBTI+ (lesbianas, gays, bisexuales, trans, intersexuales, entre otras) para referirnos a las violencias que recibimos por el hecho de pertenecer a alguno o algunos de estos grupos (lesbofobia, homofobia, bifobia, transfobia, intersexfobia, por ejemplo). Aunque la LGBTIfobia es más violenta fuera de los entornos LGBTI+, estas violencias no sólo se viven fuera de estos colectivos, también los vivimos constantemente en nuestros entornos.

Utilizar una abreviación como esta (LGBTIfobia) desde mi punto de vista es problemático: primero porque siempre nos estaremos dejando letras (y por tanto violencias), como por ejemplo la A de asexualidad (y por tanto la asexfobia) u otras plurisexualidades que no son la bisexualidad (como la pansexualidad, la polisexualidad, entre otras); y, por otro lado, aunque su intención inicialmente es la de mostrar más violencias más allá de la homofobia, pone a todas las violencias que padecemos las personas el colectivo en un marco de parecido e igualdad que esconde que cada una de las discriminaciones por cada letra es diferente, funciona de formas totalmente diferentes y es atravesada de forma diferentes a cada una. Lo que se obvia con todo esto es que algunas estamos discriminadas debido a pertenecer a alguna de estas letras mientras a la vez tenemos privilegios en relación con las violencias que viven otras letras y por tanto podemos ejercer violencia hacia ellas. Estas violencias pueden ser ejercidas por personas de dentro del propio colectivo: personas cisgénero (plurisexuales, gays o lesbianas) pueden reproducir transfobia, hombres gays y plurisexuales ejerciendo machismo (y por tanto lesbofobia) sobre mujeres lesbianas y plurisexuales, personas no intersexuales apropiándose del discurso contra la intersexfobia, etc.

Uno de estos múltiples ejemplos es la bifobia que es ejercida y reproducida por las personas monosexuales del colectivo (aquellas que se sientan atraídas hacia un solo género). Hablar, además, de ‘solamente’ bifobia, esconde que existen más orientaciones plurisexuales a parte de la bisexualidad donde existe una atracción hacia más de un género (como las pansexuales o las polisexuales). Más que de bifobia, a mi me gusta hablar de monosexismo, la estructura que oprime y discrimina a aquellas que nos sentimos atraídas hacia más de un género, que engloba otras orientaciones plurisexuales, o aquellas que no se definen con ninguna etiqueta, y también incluye violencias más simbólicas que la ‘bifobia’ no recoge.

La mayoría de las veces el monosexismo es invisibilizado y menospreciado en las luchas LGBTI+. Este menosprecio no sólo se da en activismos LGBTI+ más normativos, institucionales o asimilacionistas, sino también ocurre en los grupos o colectivos más radicales, queer o (supuestamente) más críticos. No es coincidencia, ya que la negación de su propia existencia es la base del monosexismo: la negación de la existencia de la posibilidad de sentirnos atraídas hacia más de un género es una característica del monosexismo y se acaba reproduciendo también en una negación de nuestras violencias que padecemos. En el marco del monosexismo las plurisexualidades no son reconocidas como existentes: socialmente no se nos ve (cuando se nos quiere ver) como mitad heterosexuales y mitad homosexuales, y por tanto como personas que padecemos un 50% de homofobia y un 50% de privilegio heterosexual. De esta forma se niega la existencia de una discriminación diferenciada y que tiene un funcionamiento y mecanismo diferente (por ejemplo, la no existencia o la asignación de estereotipos como que somos inestables, no sabemos lo que queremos, somos promíscuas o que somos infecciosas).

Lo que sí que estamos viendo en los últimos años es un pequeño (supuesto) reconocimiento de la existencia de la bifobia en el activismo LGBTI+ más institucional, normativos y asimilacionista. Este reconocimiento es, no obstante, una trampa, ya que se basa sobre todo en un intento de asimilarnos que utiliza o bien un tipo de bifobia como ‘mitad homofobia’ o bien se acepta como un conjunto de estereotipos que simplemente se tienen que negar: una lucha que parte más de un lavado de cara de la bisexualidad que no de una crítica real al monosexismo y de sus mecanismos. En este tipo de activismo se incluye también en activismo normativo específicamente bisexual. Basar el activismo únicamente en la negación rotunda de los estereotipos que se nos asigna lo que hace es generar dentro del colectivo un rechazo y discriminación hacia aquellas que cumplen con los estereotipos (plurisexuales promíscuas, confundidas, indecisas o que están en fases o fluyen).

Este tipo de activismo, además, suele imponer una sola posible identidad, la bisexual, negando la posibilidad de otras identidades plurisexuales, la opción de no etiquetarse, o la posibilidad de ver la propia sexualidad como cambiante o fluida. Esta obligatoriedad a la estaticidad, a no poder reproducir estereotipos o bien a solamente poderse representar con una identidad, es monosexismo: el monosexismo no solamente nos asigna estereotipos, sino que otorga a éstos una carga negativa, y además impone  que la sexualidad no puede cambiar o ser más diversa.

Existe, no obstante, un activismo contra el monosexismo con una perspectiva crítica, no asimilacionista y transversal, que procura no excluir a personas que están discriminadas por otro tipo de violencias. Este activismo, por tanto, también incluye muchas otras identidades que no son la bisexual y que también les afecta el monosexismo. Este activismo no ataca los ‘mitos’ (ya que las personas promíscuas, o las inestables, o las confusas, no somos mitos), sino que se reapropia de los estereotipos no estigmatizándolos, señalando de donde provienen. Este es un activismo que encajaría dentro del resto de activismos críticos, aunque muchas veces aquellos activismos crícitos LGBTI+ (quees) se obsesionen en negarnos una  y otras vez.

 

 

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sistema de donativos económicos a través de este blog

por wuwei (natàlia)

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Mi dedicación al activismo durante los últimos años ha sido múltiple: he participado en colectivos, he escrito artículos de opinión en diarios y a la vez escribo en mi blog, hago talleres por mi cuenta, charlas, etc. El activismo se ha convertido en una de mis principales motivaciones y en uno de los ejes más importantes de mi vida porque atraviesa totalmente como gestiono mis relaciones, decisiones, proyectos más allá del activismo, emociones y vivencias. Podríamos decir que al activismo le dedico casi mi vida, tanto emocionalmente como en cantidad de tiempo.

Aunque es un tipo de trabajo que hago con mucha motivación y encantada, me supone un esfuerzo y un tiempo notable. De hecho mochas de estas tareas son incompatibles con muchos trabajos que me permitirían obtener una remuneración mínimamente buena para vivir, pero que me suponen un esfuerzo muy grande de tiempo y emocional. Me gustaría poner un ejemplo de lo que me supone a mí de coste de preparación de algunas de las cosas que normalmente hago: para que os hagáis una idea, preparar la charla de memorias de una C supuso por mi parte una dedicación de más de 100 horas, o la charla de monosexismo que hice para las I Jornadas Desorientadas donde la dedicación fue plena (de una jornada laboral) durante un mes y medio.

Además, muy buena parte de mi activismo es para mostrar y hablar de estructuras, violencias y situaciones que a mí me han afectado (y me afectan) y que me han puesto en situaciones muy vulnerables, hasta afectar mi situación económica (lo expliqué en  éste artículo hace unos meses). A la vez también he observado que hay personas que se sirven de lo que escribo para montar charlas, talleres o incluso clases, donde sacan muchas veces un beneficio económico (que yo no me saco).

Estos fueros los motivos por los cuales decidí hacer taquilla inversa cuando comencé a hacer talleres a través de este espacio. La taquilla inversa en los talleres me permite poder recibir una ayuda económica para seguir manteniendo el espacio y el activismo que hago y a la vez permite que personas que no pueden pagar el taller también puedan venir, ya que la taquilla inversa no pone un precio para el taller y cada persona pone lo que cree, quiere y puede.

No obstante, siento que hacer sólo la taquilla inversa en los talleres invisibiliza mucho otro trabajo que hago que no se materializa en un taller o una charla, y es todo el tiempo dedicado a escribir, por ejemplo, y a generar cierto discurso a través del blog. Debido a todo  esto, e intentando ampliar la posibilidad de que quien quiera y pueda haga aportaciones y donativos que me permitan seguir manteniendo este espacio y el activismo que hago por mi cuenta, he decidido poner en la página algún método para hacer donativos.

Tengo pendiente mirar con calma muchas posibilidades sobre qué sistema poner para que las personas puedan hacer donativos. Mientras lo decido, no obstante, he decidido poner el sistema de Ko-fi, que aunque no es mi favorito (por muchos motivos) es el que de momento usaré mientras estudio tranquilamente otras posibilidades. Tendré fijo un link como éste:

a la derecha de la página para que las personas que entren puedan hacer el donativo. También lo pondré al final de cada una de las entradas para que se recuerde la existencia de esta posibilidad.

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instrumentalización de los márgenes: historias y emociones desde dentro del mundo del activismo

por wuwei (natàlia)

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aviso de contenido: abuso de poder instrumentalización de discursos críticos, ejercicio de poder, manipulación, técnicas de dominación, falta de cuidados.

 

El mundo del activismo es donde he conseguido encontrar cierto confort, mi red afectiva, personas que construyen relaciones de forma políticamente más consciente (o que al menos quieren hablarlo y tratarlo); es donde he encontrado mis espacios seguros, las burbujas de supervivencia. Ahora bien, el mundo del activismo también puede llegar a ser un espacio múltiple donde la hipocresía y la violencia se disfracen constantemente de discursos críticos: personas criticando la competitividad llevando a otres a situaciones altamente competitivas y utilizando técnicas de dominación para excluir y borrar, mientras nos llenamos la boca hablando de inclusividad y violencia simbólica. Y no estoy hablando de los hombres machistas en espacios de militancia (esto también lo he padecido): estoy hablando de otras identidades y de otro tipo de representaciones en nuestros feminismos y entornos críticos sobre relaciones  (espacios extendidos también a las redes).

De cara a la galería todo son sonrisas y discursos que quedan y suenan muy bien, pero que se vacían constantemente con el hacer del día a día. Y, finalmente, la objetificación total de una nueva identidad: les fans (tranquiles, esto lo esconderemos diciendo que en espacios críticos no existen estas figuras, que esto va de ser todes horizontales y así no tenemos por qué responsabilizarnos de la idea de que nuestro poder lo consigamos a costa de la fuerza múltiple de estas identidades a las que muchas veces utilizamos, explotamos y objetificamos).

Necesito desahogarme. Pero a la vez también necesito olvidarme de todo esto y dejar atrás estas emociones que me despierta el mundo del activismo. He estado los últimos meses planteándome seriamente dejarlo, totalmente, borrarlo todo, desaparecer y (re)hacer mi vida al margen de todo este mundo que en algunos casos (no siempre) pretende hacernos creer que se preocupa por los márgenes cuando en realidad muy a menudo lo que hace es instrumentalizarlos. Y, aunque dejarlo hubiese sido también una decisión acertada (el auto-cuidado es importante), finalmente he decidido quedarme (otra decisión igual de acertada). Y además, por otro lado, también necesito responsabilizarme, obviamente, porque de nada sirve señalar y hacer creer que todes somos libres de esta farsa.

Sentir hostilidad, invisibilización y borrado, y otras técnicas de manipulación como ghostings, luz de gas, ninguneo… la manipulación, el poder y las técnicas de dominación están en el orden del día en nuestros entornos mientras a la vez no paramos de hablar y criticas las jerarquías, la competitividad, o el consumismo relacional. Es muy difícil convivir con estos mecanismos ya que son muy difíciles de señalar, solamente se sienten, atraviesan, se hacen invisibiles y hablar de ellos se hace muy difícil. Personas, que aunque formen parte de un discurso contra-poder, ejercen (¿y ejercemos?) poder y generan (¿y generamos?) clubs exclusivos donde solamente se aceptan persona que, o bien tienen ‘más’ poder y pueden ayudar a ‘flotar’ más, o bien son personas que se sitúan ‘por debajo’ y ayudan a sustentar a le otre a mantener una posición de poder. Clubs exclusivos donde, quien no juega al juego es expulsade (utilizando, evidentemente, todas las técnicas a las que he hecho referencia anteriormente).

No quiero decir tampoco que el mundo del activismo sea exactamente como el ‘exterior’, el ‘normal’ o exactamente igual que el ‘sistema’ y no se estén realmente construyendo (o intentando construir) alternativas contra-poder: de hecho en este mundo he encontrado muchas personas críticas, espacios de seguridad, he podido respirar de toda la violencia que he vivido fuera de estos entornos, he podido empoderarme de una relación de maltrato y es donde he conocido aquellas personas con las que tengo ahora mismo un vínculo más cercano y a la vez con una sensibilidad política. Pero todo esto no quita que en estos espacios se reproduzcan también mecanismos de ejercicio de poder sobre otres, una reproducción que muchas veces arrastra a muches más. El problema es que esta ‘reproducción’ va disfrazada con un discurso que se hace pasar por revolucionario para apropiarse de espacios críticos.

No obstante, he decidido quedarme: el activismo se ha vuelto un eje principal en mi vida, me ha ayudado a relacionarme de una forma más sensible, más crítica, y autocrítica. No quiero dejarlo, pero tampoco quiero seguir que todo este juego me ahogue. Seguramente algunes pensarán que lo que se tiene que hacer es luchar contra todo esto que está pasando dentro de nuestros círculos, y razón no les falta. Pero también tenemos que medir capacidades, fuerzas, tiempo y energía: tenemos que seguir moviéndonos en el día a día, sobreviviendo en un mundo lleno de violencia, y a muches no nos quedan fuerzas para abrir tantos frentes, con todo el riesgo de vulnerabilizarnos más justo en un entorno donde nuestras vulnerabilidades son menos y son más sostenidas. Es por este motivo que he decidido tomar un cierto tipo de posición que por un lado me permita seguir teniendo energía para poder seguir haciendo activismo que a mi me gusta y me motiva y por otro lado mantener un equilibrio del auto-cuidado y la responsabilidad compartida y colectiva. Esto sí, manteniendo especialmente la auto-crítica y evitando las trampas. Es por este motivo que también siento la necesidad de alejarme emocionalmente de ciertas actitudes y a la vez acercarme un poco más a quien dejamos casi siempre en los márgenes.

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