a la masculinidad no le falta empatía, le sobra imposición

por wuwei (natàlia)

en català aquí.

aviso de contenido: capacitismo, neurocapacitismo, lenguaje capacitista, machismo, dominación, objetificación, cultura del no consentimiento

 

La masculinidad está muy vinculada a la dominación. La dominación tiene muchas caras, y se expresa también a través de todos los privilegios sociales de los que nos beneficiamos (también es una propiedad de la blanquitud, o del rol que toman muy a menudo les adultes hacia les más jóvenes, por poner sólo algunos ejemplo). Aún ser una característica de muchos otros privilegios, está especialmente arraigada en la masculinidad, como también en la visión del mundo que nos rodea que proviene de una mirada burguesa y comercial (especialmente conectada con la conquista y la colonización de nuestra cultura). Una de las múltiples caras de que han señalado en la masculinidad es la supuesta falta de empatía con la que se ha socializado a los hombres y personas masculinas: una falta de empatía que se suele señalas como la problemática en muchos de los problemas relacionales y que hacen que no puedan estructuralmente cuidar.

Pero para poder señalar una falta como esta primero tenemos que comprender qué queremos decir con empatía y, a la vez, cómo ve la masculinidad y como lee su entorno y relaciones. ¿Qué es realmente la empatía? Hay muchas formas de definir la empatía. Hay quien la define como una capacidad para entender, comprender o conectar con las emociones de las otras personas; otres la definen no tanto como una ‘capacidad’, sino como una ‘voluntad’ de comprender estas emociones. He llegado a ver definida la empatía (especialmente en la comunicación no violenta) cómo una forma de leer o interpretar las necesidades de otra persona según una lectura (no a través de una escucha de lo que la otra persona te está diciendo que siente) de cuáles son las emociones que está expresando la otra persona a través de una supuesta ‘objetividad’. Otres la definen como ‘escucha activa’.

No obstante, la empatía, por defecto y por sistema (y por cómo habla de ella la mayoría de las personas), se entiende y se define como una capacidad de conectar y comprender las emociones de la otra persona y de alguna manera poderlas sentir también, especialmente a través de una lectura externa (sin necesidad de que te comuniquen estas emociones) de la persona o de la situación. En la manera como se entiende por defecto la empatía no se trata tanto de la escucha de lo que la otra te dice o de comprender y aceptar lo que siente a través de lo que te comenta ella misma, sino de conexión de estas emociones, la mayoría de las veces a través de una lectura externa (una suposición que interpretas cuando observas  la situación y/o la persona).

Ya hice una crítica del uso que hacemos de la empatía en las II Jornades d’Amors Plurals. La forma que por defecto se entiende la empatía es un problema, por muchos motivos. En primer lugar supone que tenemos que tener todes unas capacidades específicas, ignorando que hay personas que tenemos capacidades y formas diferentes de funcionar, de conectar y de leer nuestro entorno. En segundo lugar, este tipo de empatía funciona a través de una lectura y suposición de lo que la otra persona siente: las lecturas tienen el peligro de ser interpretaciones de nuestro entorno que pueden venir dadas, no tanto por la realidad de lo que está sintiendo la persona que estamos ‘observando’, sino más de lo que nosotres interpretamos y sentimos en una situación similar (que puede no ser lo mismo que siente le otre, por ejemplo, como suponer que si a le otre le muerden sentirá dolor aunque a lo mejor elle está sintiendo placer porque le gusta).

Por tanto, y como última problemática, al funcionar como una lectura, lo más probable es que se lea o se interpreta lo que está definido por las normas sociales (estructuras de poder) que se tiene que sentir; o sea, se interpretará lo más privilegiado y las personas con más privilegios serán las que recibirán más empatía por parte de les demás. Todo está construido para que entendamos y empaticemos mucho más con la ‘norma’, y por tanto con el privilegio (con los hombres, con la heterosexualidad, con las personas cis, con les blanques, con les neurotípiques, etc). ¿Cuántas veces hemos empatizado con agresores, por ejemplo? ¿Sería en esta caso la empatía una buena solución a la dominación de la masculinidad? Yo, por ejemplo, he estado  muchos años empatizando con quien me agredía y me maltrataba, y esto ha sido un problema muy grande para mí.

¿Pero realmente necesitamos la empatía para comprender y respetar las emociones de las otras personas? ¿Es necesaria la empatía para no dominar? Cuando rascas un poco en el fondo del problema te das cuenta de que la dominación proviene de la forma que tenemos de ver nuestro entorno, que es cultural y filosófica, y que es una creencia con la que construimos muchas estructuras y formas de vivir y pensar: creemos que todo lo que nos rodea es externo a nosotres y solamente consideramos nuestros deseos y voluntades, pero no tenemos en cuenta las de les demás, que podrían ser diferentes a las nuestras.  De esta manera, para obtener lo que necesitamos tenemos que dominar nuestro exterior y las personas que forman parte de éste. Así es como borramos el consentimiento, por ejemplo. La masculinidad no borra el consentimiento porque no sea capaz de empatizar con quien está dominando, sino porque cree que los deseos y voluntades de aquella persona no son importantes y no se tienen que tener en cuenta. Desde esta mirada lo que acabamos haciendo es no tener en cuenta a les demás, ni lo que quieren, ni lo que sienten, ni lo que desean, y nos relacionamos con elles intentando imponer nuestras necesidades. Evidentemente las necesidades más comprendidas siempre serán las de la persona con más privilegios que siempre serán las que dominarán la situación.

Desde mi punto de vista es problemático seguir señalando la empatía como el problema por el cual la masculinidad domina, agrede o incluso no cuida de las personas de su entorno. Es problemático primero de todo porque la empatía cada persona la define de formas distintas, pero aun así casi siempre se acaba señalando como una capacidad que se supone que todes tenemos que tener, insensibilizando la diversidad de capacidades y formas de conectar con nuestro exterior; también es problemático porque las lecturas que se hacen de las emociones de otras personas no tienen por qué corresponder con la realidad, y además siempre acabará beneficiando más a quien más privilegios tiene. Y, finalmente, como he comentado, nos desvía totalmente de la problemática real sobre la dominación de la masculinidad: que el problema es la negación de las emociones, deseos y necesidades de les otres, e imposición de las propias por encima de todo.  Yo no necesito que la persona que me trata ‘conecte’ con mis emociones, ni que las pueda sentir igual que yo. Yo lo que necesito es que me tengan en cuenta, que sepan que podría tener deseos diferentes, que me pregunten, que me escuchen, y que finalmente respeten mi posición.

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yo sí tengo miedo

por wuwei (natàlia)

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El grito de ‘no tinc por’ (no tengo miedo) resonaba por Barcelona y las redes sociales después del atentado del pasado 17 de agosto en Las Ramblas. Un grito que no dejaba duda de que se quería dar una respuesta contundente hacia todas las partes: al atentado y a la esperada reacción racista que se podría dar después. Un grito que algunas, asustadas en nuestra casa, intentábamos sacar de dentro sin éxito; un grito que parecía que provenía de todas aquellas que podían permitirse el lujo de gritar que no tienen miedo: porque aunque vivan en una ciudad que acababa de ser vulnerabilizada por el terrorismo pertenece a la Europa blanca y no tienen que padecer situaciones similares día tras día, porque posiblemente han podido ver la noticia de lejos y no con el corazón latiendo mientras corría por los alrededores de Las Ramblas, porque su cuerpo y mente tienen la gran ‘suerte’ de no reaccionar más de lo que es estipulado como ‘normal’ a estímulos externos tan violentos, o simplemente porque acumula un montón de privilegios. Un grito que a algunas nos hacía sentir culpabilidad o vergüenza por no estar suficientemente a la altura, o por hacernos sentir cómplices de la violencia de cualquier bando. Simplemente porque teníamos miedo. Y no nos engañemos, es el sistema (patriarcal, racista, colonial, capitalista) el que provoca tanta violencia, desviando su atención y estigmatizando todo aquello que no forma parte de la masculinidad hegemónica, como es el ‘miedo’.

¿Por qué no tenemos que tener miedo? ¿Por qué, delante de una demostración de los valores de la masculinidad, como es un atentado, una guerra, una conquista de nuestros cuerpos, mentes y emociones, tenemos que reaccionar sin miedo (otro valor más de la masculinidad)? Pero no es sólo el miedo lo que se nos veta, es también la rabia, tenemos que mostrarnos ‘normales’. ‘Normales’ para una situación así, claro, tampoco caigamos en mostrarnos ‘demasiado despreocupadas’ o ‘poco sensibles’. No sólo ‘normales’, lo que se espera de una persona ‘normal’, sino también ‘normales’ en cuanto la medida de nuestras emociones: sensibles, pero fuertes; emotivas, pero sin pasarse; dando muestras de apoyo y afecto, pero manteniendo la calma y manteniendo a ralla el miedo. Más allá de esto se estigmatiza a todas las que no podemos vivir en la medida de lo que se ha estipulado que es ‘normal’.

Nos han hecho creer, a través de expresiones, de que quien es violento es porque es un cobarde, o quien ejerce un maltrato también es cobarde. A la vez también han señalado el miedo como el causante de violencia estructural, como por ejemplo el racismo. En este caso en muchos escritos, o en redes sociales, se señala al miedo como el causante de la reacción islamófoba de culpar a las personas musulmanas por el atentado. Haciendo esto se desvía totalmente la atención de que son las ideas previas al miedo las que nos conducen a un lugar u otro; es el racismo y nuestros privilegios blancos los que hacen que delante de una acción como la del pasado 17 de agosto reaccionemos con islamofobia. Ya éramos islamófobas antes. ¿O nos pensamos que las personas nos convertimos en racistas simplemente porque tenemos miedo? El miedo se utiliza como excusa para hacer creer que nuestro racismo no es un racismo ‘real’ sino un odio fundado.

El hecho de que se utilice como responsable de toda violencia estructural también se puede observar en como el propio sufijo ‘fobia’, que originalmente significaba ‘miedo’, ha acabado transformándose en también un sinónimo de odio y utilizándose para señalar estas violencias: homofobia, transfobia, gordofobia, y un largo etcétera. Una vez más, se borran las ideologías que hay detrás de estas violencias y a la vez se estigmatizan a muchas personas que somos diagnosticadas con fobias, o con trastornos y a todas aquellas con un funcionamiento diferente del que se estipula que tiene que ser ‘normal’.

Estoy muy cansada de que instrumentalicen mis miedos para desviar la atención del verdadero problema: el sistema (patriarcal, racista, colonial, capitalista). Precisamente todas estas estructuras, que son las que provocan muchas de las violencias que tenemos que vivir cada día, son las que estigmatizan el miedo (a parte de provocarlo) y ponen a la ‘valentía’ en un pedestal. Y sí que es cierto que el sistema se aprovecha de nuestras emociones, pero no solamente lo hace con el miedo, también lo hace con la ‘valentía’, o manipulando hacia donde tenemos que dedicar nuestros afectos o amores. El problema es que el miedo a muchas nos hace menos útiles o ‘capacitadas’ por un sistema que nos quiere productivas, y por eso molestamos.

Yo tengo miedo. Tengo miedo de la violencia policial que vivimos en nuestras calles, manifestaciones, en los desalojos, y que violenta cada día a personas que son atravesadas por el racismo o por cualquier otra estructura que también vulnerabiliza. Tengo miedo de volver sola de noche por la calle, ya que he vivido más de una vez agresiones sexuales. Tengo miedo de salir del armario en muchos entornos. El miedo en muchos casos me ha enseñado a protegerme, a cuidarme, a decir delante de situaciones de violencia ‘basta’. No quiero gritar que no tengo miedo. No soy valiente, ni quiero serlo, ni quiero tenerlo que ser.

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