sobre poder y dominación en nuestros espacios críticos

por wuwei (natàlia)

en català aquí.

Este texto lo escribí y se publicó en El Salto el 18 de marzo. Podéis ver el original aquí . 


Este texto es el tercero de un conjunto de textos en los que quiero reflexionar y abrir un proceso de auto-crítica sobre gestión de discursos y espacios. El primero está aquí y el segundo aquí.

Aviso de contenido: poder, dominación, instrumentalización, manipulación, mención de ansiedad, capacitismo, mención de estructuras de poder, privilegios, agressiones, salud mental, violencia, mención de miedo, sentimiento de culpa, castigo

Hace tiempo que tengo ganas de hablar de cosas de las que sé que nos cuesta hablar, pero que sé que es un tema que nos está rondando a muchas y algunas personas ya han empezado a hablar de ello. Los motivos por los cuales nos cuesta tratar el tema son variados: porque tenemos miedo a las consecuencias de hablarlo, por la exposición emocional y mental que supone, pero también porque tenemos miedo a cargarnos todo aquello que tanto nos ha costado construir en espacios críticos, feministas y de lucha social (herramientas, discursos, vínculos). También juega un papel muy importante el poder, tanto sea porque tenemos miedo a perderlo o a renunciar a la posibilidad de una posición superior, o bien porque queremos conseguir esta posición superior. Además, tenemos miedo a que nos pisen o a ser excluidas (este último viene a ser uno de los motivos por los cuales muchas seguimos la corriente sin cuestionar cosas que nos pican).

Pero la realidad nos explota en la cara, y no podemos permitirnos ignorar mucho del daño que nos estamos haciendo, los poderes que estamos generando, los guayismos y las consecuencias de todo esto, entre las que se encuentran problemas de salud mental, sociales/relacionales, económicos, de aislamiento. Problemas contra los cuales supuestamente estamos intentando luchar.

A mi alrededor desde hace tiempo personas hablan de situaciones diferentes pero que tienen muchas cosas en común: por un lado, la utilización de discursos como herramientas que acaban generando ciertas violencias, tanto sea exclusiones, acoso o borrados, y por otro lado, la instrumentalización de los discursos solo para obtener poder. Normalmente es una mezcla complicada de las dos y lo que finalmente tenemos es un ejercicio de poder que no es nunca contemplado cuando hablamos de estructuras sociales porque se ha generado especialmente alrededor de nuestros discursos y de nuestros espacios —movimientos sociales, activismos sociales, feminismos, queer/LGBTI+, no-monogamias… — tanto físicos como virtuales, donde se incluyen redes sociales.

Ya sabemos que las estructuras sociales de poder que nos encontramos “fuera” de nuestros espacios se repiten dentro de estos. Sabemos que el machismo, el racismo, el heterosexismo, entre muchas otras estructuras, están presentes. Los ejes principales de nuestras luchas son, precisamente, estas estructuras. No obstante, dentro de estas luchas han emergido nuevas estructuras, que son aquellas que nos otorgan ciertos reconocimientos y poderes en estos mismos espacios: el guayismo, aquella tendencia a destacar y generar cierto dominio a través del ser “guay” bajo los parámetros definidos por nuestros activismos sociales —como por ejemplo, estar construida, dominar el discurso, obtener atenciones debido al dominio de este discurso, producir discursos como si fueran productos de consumo, famoseos y divineos. Evidentemente se mezclan otras estructuras menos visibles y reconocidas como son el hecho de tener ciertos tipos de carismas o bien la capacidad de poder dominar todo esto (capacidades comunicativas, emocionales o intelectuales). Y todo el resto siguen la corriente, porque ir en contra es buscarte el aislamiento o hundirte.

Es complicado entender en qué momentos ha habido un deseo de poder sobre otras personas o bien hemos confundido el empoderamiento personal con un ejercicio de poder hacia estas otras, aprovechándose muchas veces de privilegios y de situaciones que en muchos discursos no se contemplan. El problema es que uno de los muchos dogmas que hemos aprendido a repetirnos es que da igual lo que hagas sobre una persona que tiene un privilegio concreto sobre ti porque esto (supuestamente) nunca es violencia, olvidando muchas más partes del contexto de aquella persona y de otros ejes que le puedan estar atravesando que no vemos (o no queremos ver). La salud mental es uno de ellos. Entiendo que delante de ciertas situaciones hemos tenido que aprender a dejar de empatizar con las personas que nos violentan y que tienen más privilegios, y entiendo que es vital que siga siendo así en muchos casos. Pero, no obstante, hemos hecho un salto y hemos pasado a desear que se deshumanice totalmente a quien consideramos que tiene un cierto privilegio sobre nosotras.

Hemos confundido acompañamiento a las violentadas o agredidas con un ejercicio de multiplicar cualquier deseo de quien haya padecido la violencia. Cualquiera, sin cuestionarlo, ni contextualizarlo. Mi pregunta es: ¿esto es acompañamiento? A la vez tenemos miedo a todo lo que se nos puede llegar a pedir cuando se señala a otra persona como agresora, llegando al punto de que, si vemos que podemos, intentamos mirar hacia otra parte dejando de lado totalmente a la propia agredida. Las dos caras de la misma moneda tienen consecuencias totalmente contrarias a lo que supuestamente queríamos obtener.

Todo esto lo digo con dolor después de haber estado años intentando esquivar los intentos de manipulación por parte de un hombre que quería cuestionarme estos discursos para su propio beneficio. Cada vez que alguien me hablaba de cuestionarlo la ansiedad se me disparaba. Me ha costado aceptar que estas herramientas puedan estar siendo utilizadas también para generar poder. Pero es que el poder se aprovecha muchas veces de cualquier fisura que encuentra y es por esto que es muy importante repensarnos constantemente y estar muy alerta. Creo que uno de los problemas principales ha sido convertir parte de estas herramientas y discursos en dogmas y no contextualizarlos nunca. Sí, hemos generado dogmas, creencias que van más allá de lo que tendría que tener un espacio que se diga a sí mismo crítico. Estos dogmas los hemos creado para revertir aquellos otros que nos imponen las estructuras de poder, pero al fin y al cabo son dogmas que no se pueden cuestionar, que no se pueden contextualizar según la situación.

Otros dogmas que hemos creado son, por ejemplo, que si una persona dice que se ha sentido agredida significa que lo ha estado (sin habernos parado a reflexionar o definir qué queremos decir con “agresión”), o bien también que todo lo que pida una persona que se ha sentido agredida va a misa (y nunca mejor dicho). Con esto no quiero decir que tengamos que hacer todo lo contrario, como pasa fuera de nuestros espacios, donde no se cree a las agredidas y no se las acompaña. Nos ha costado mucho que se nos escuche, se nos crea y se nos acompañe.

Lo que tenemos que replantearnos es qué quiere decir acompañar y escuchar, porque revertir totalmente un poder que fuera no tenemos de esta manera implica otorgar un poder muy grande. Y todo poder que se otorgue tiene el peligro de ser deseable y utilizado más allá de las situaciones para las que se ha construido, sea a través de un proceso consciente o inconsciente. He visto y vivido de muy cerca cómo se instrumentalizaban estos dogmas para destruir a personas, o por venganza debido a situaciones que nada tenían que ver con la acusación que se estaba haciendo (celos, por ejemplo). He visto cómo se mentía, se inventaban agresiones, o bien se aprovechaban algunas existentes para generar aún más poder sobre una persona. Sigo creyendo que cosas como ciertos vetos o ciertas formas de tratar las agresiones son importantes y necesarias. Pero no siempre ni de todas las maneras, ni otorgando este total y absoluto poder.

Hemos basado buena parte de nuestros discursos en el sentimiento de culpa y en el castigo. ¿No nos suena esto de algo? Sin darnos cuenta hemos caído en la misma trampa con la que el sistema en el que vivimos nos violenta día tras día. No creo que las personas oprimidas tengamos que estar siempre haciendo pedagogía, creo que es algo que tenemos que poder escoger, el momento y el lugar, la exposición y como nos autocuidamos, y si realmente lo queremos hacer. No obstante, sabemos que vivimos en el mundo que vivimos y es por este motivo que algunas o muchas hacemos activismo, y pedagogía la tendremos que hacer. Caer siempre en atacarnos, castigarnos o jugar a hacernos sentir constantemente culpables de todo no tiene nada de revolucionario. El cambio más revolucionario tiene que pasar por otras vías.

Una cosa que da mucho poder en nuestros espacios es dominar el discurso, saber en todo momento como utilizarlo. Creo que quien tiene el privilegio de saber y poder dominar ciertos discursos tiene un poder más grande dentro de nuestros espacios. He visto cómo se manipulaban los discursos sobre cuidados para conseguir más atenciones y afectos. He visto manipular los discursos de “no puedes dejar una relación así como así porque esto es capitalismo y consumo de cuerpos” para que haya personas que no puedan dejar relaciones de maltrato o chungas, o que eran incompatibles. He visto maltratar mucho a personas y taparlo totalmente acusándolas de capacitistas si señalaban maltrato. He visto cómo se manipulaba también el discurso del tone-policing para excusar acoso y ataques sin ningún cuidado hacia personas que cometían algún error típico de cuando no estamos suficientemente formadas. He visto, de hecho, manipular y utilizar cualquier discurso. A veces me da pánico escribir, dar un taller o una charla, porque he visto manipularlo todo.

Finalmente, y no menos importante, también he visto y he vivido la hipocresía de la generación de discurso solamente para el puro consumo de las oyentes y lectoras y para el puro protagonismo y guayismo de las productoras, con un gran vacío en medio donde se generaban borrados, manipulaciones, ghostings, luz de gas o competición, por parte de las mismas que hablaban y se ganaban la fama hablando de cuidados, de horizontalidad, de cooperación o de compañerismo.

Escribo todo esto no solamente para hablar de las demás, sino que aprovecho para revisarme, hacer autocrítica y responsabilizarme. Escribo todo esto con un poco de miedo, pero a la vez con las ganas y con la esperanza de que algún día dejemos de hacernos daño. A veces lo veo, me entristezco y tengo ganas de huir corriendo. Otras veces cojo fuerzas e intento entender cómo podría moverme alrededor de todo lo que siento una farsa. Dos veces al año me cogen crisis y ganas de dejar este tipo de espacios. Pero después miro a mi alrededor y, cuando me fijo más allá de todo aquello que el poder intenta borrar, en el fondo veo cosas a las que cogerme: compañeras que construyen cosas cada día, con mucho cuidado y sin esperar nada más que un verdadero cambio social. Y es en estos momentos en los que cojo aire y fuerza y decido seguir.

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instrumentalización de los márgenes: historias y emociones desde dentro del mundo del activismo

por wuwei (natàlia)

en català aquí.

aviso de contenido: abuso de poder instrumentalización de discursos críticos, ejercicio de poder, manipulación, técnicas de dominación, falta de cuidados.

 

El mundo del activismo es donde he conseguido encontrar cierto confort, mi red afectiva, personas que construyen relaciones de forma políticamente más consciente (o que al menos quieren hablarlo y tratarlo); es donde he encontrado mis espacios seguros, las burbujas de supervivencia. Ahora bien, el mundo del activismo también puede llegar a ser un espacio múltiple donde la hipocresía y la violencia se disfracen constantemente de discursos críticos: personas criticando la competitividad llevando a otres a situaciones altamente competitivas y utilizando técnicas de dominación para excluir y borrar, mientras nos llenamos la boca hablando de inclusividad y violencia simbólica. Y no estoy hablando de los hombres machistas en espacios de militancia (esto también lo he padecido): estoy hablando de otras identidades y de otro tipo de representaciones en nuestros feminismos y entornos críticos sobre relaciones  (espacios extendidos también a las redes).

De cara a la galería todo son sonrisas y discursos que quedan y suenan muy bien, pero que se vacían constantemente con el hacer del día a día. Y, finalmente, la objetificación total de una nueva identidad: les fans (tranquiles, esto lo esconderemos diciendo que en espacios críticos no existen estas figuras, que esto va de ser todes horizontales y así no tenemos por qué responsabilizarnos de la idea de que nuestro poder lo consigamos a costa de la fuerza múltiple de estas identidades a las que muchas veces utilizamos, explotamos y objetificamos).

Necesito desahogarme. Pero a la vez también necesito olvidarme de todo esto y dejar atrás estas emociones que me despierta el mundo del activismo. He estado los últimos meses planteándome seriamente dejarlo, totalmente, borrarlo todo, desaparecer y (re)hacer mi vida al margen de todo este mundo que en algunos casos (no siempre) pretende hacernos creer que se preocupa por los márgenes cuando en realidad muy a menudo lo que hace es instrumentalizarlos. Y, aunque dejarlo hubiese sido también una decisión acertada (el auto-cuidado es importante), finalmente he decidido quedarme (otra decisión igual de acertada). Y además, por otro lado, también necesito responsabilizarme, obviamente, porque de nada sirve señalar y hacer creer que todes somos libres de esta farsa.

Sentir hostilidad, invisibilización y borrado, y otras técnicas de manipulación como ghostings, luz de gas, ninguneo… la manipulación, el poder y las técnicas de dominación están en el orden del día en nuestros entornos mientras a la vez no paramos de hablar y criticas las jerarquías, la competitividad, o el consumismo relacional. Es muy difícil convivir con estos mecanismos ya que son muy difíciles de señalar, solamente se sienten, atraviesan, se hacen invisibiles y hablar de ellos se hace muy difícil. Personas, que aunque formen parte de un discurso contra-poder, ejercen (¿y ejercemos?) poder y generan (¿y generamos?) clubs exclusivos donde solamente se aceptan persona que, o bien tienen ‘más’ poder y pueden ayudar a ‘flotar’ más, o bien son personas que se sitúan ‘por debajo’ y ayudan a sustentar a le otre a mantener una posición de poder. Clubs exclusivos donde, quien no juega al juego es expulsade (utilizando, evidentemente, todas las técnicas a las que he hecho referencia anteriormente).

No quiero decir tampoco que el mundo del activismo sea exactamente como el ‘exterior’, el ‘normal’ o exactamente igual que el ‘sistema’ y no se estén realmente construyendo (o intentando construir) alternativas contra-poder: de hecho en este mundo he encontrado muchas personas críticas, espacios de seguridad, he podido respirar de toda la violencia que he vivido fuera de estos entornos, he podido empoderarme de una relación de maltrato y es donde he conocido aquellas personas con las que tengo ahora mismo un vínculo más cercano y a la vez con una sensibilidad política. Pero todo esto no quita que en estos espacios se reproduzcan también mecanismos de ejercicio de poder sobre otres, una reproducción que muchas veces arrastra a muches más. El problema es que esta ‘reproducción’ va disfrazada con un discurso que se hace pasar por revolucionario para apropiarse de espacios críticos.

No obstante, he decidido quedarme: el activismo se ha vuelto un eje principal en mi vida, me ha ayudado a relacionarme de una forma más sensible, más crítica, y autocrítica. No quiero dejarlo, pero tampoco quiero seguir que todo este juego me ahogue. Seguramente algunes pensarán que lo que se tiene que hacer es luchar contra todo esto que está pasando dentro de nuestros círculos, y razón no les falta. Pero también tenemos que medir capacidades, fuerzas, tiempo y energía: tenemos que seguir moviéndonos en el día a día, sobreviviendo en un mundo lleno de violencia, y a muches no nos quedan fuerzas para abrir tantos frentes, con todo el riesgo de vulnerabilizarnos más justo en un entorno donde nuestras vulnerabilidades son menos y son más sostenidas. Es por este motivo que he decidido tomar un cierto tipo de posición que por un lado me permita seguir teniendo energía para poder seguir haciendo activismo que a mi me gusta y me motiva y por otro lado mantener un equilibrio del auto-cuidado y la responsabilidad compartida y colectiva. Esto sí, manteniendo especialmente la auto-crítica y evitando las trampas. Es por este motivo que también siento la necesidad de alejarme emocionalmente de ciertas actitudes y a la vez acercarme un poco más a quien dejamos casi siempre en los márgenes.

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es ‘sólo’ un maltrato

por wuwei (natàlia)

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Este artículo lo escribí y se publicó en eldiario.es el 23 de Noviembre.  Podéis ver el artículo original aquí.

 

Durante aproximadamente tres años padecí una relación de maltrato. En realidad, fueron más de tres años, pero como era una relación invisible y está tan poco reconocido el maltrato en las relaciones que no son de pareja, que el maltrato se volvió más sutil y cuesta mucho más contabilizarlo. Bien, es más que eso, nos cuesta mucho a nosotras mismas ponerle nombre, y toda la estructura se confabula para que te sientas culpable para tan siquiera plantearte que estás siendo maltratada.

Podríamos decir que en realidad el maltrato duró seis o siete años, lo que duró toda la relación. No fue un maltrato ‘físico’, sino psicológico; pero no de esos en los que se pasan el día diciéndote que no vales nada, sino que fue más bien un maltrato que alternaba acoso con rechazo y abandono, invisibilización, control, mentiras, manipulaciones y consumo y explotación emocional. Todo esto, además, en un entorno laboral angustiante.

Y es que no se trataba de alguien con quien tuviera una relación de pareja. Esto no quiere decir que no hubiera habido sexo, o algún tipo de relación (de consumo) emocional, pero el componente romántico o no de la relación no era importante. O sí; sí que se convirtió en algo importante ya que, al no existir, al no ser una relación de pareja, ni un contexto romántico (o al menos reconocido como tal), la relación pasó a ser invisible. Y de la misma manera que cuando se dice ‘relación’ normalmente se piensa en ‘pareja’, y que cuando se dice ‘sentimientos’ normalmente se piensa que son románticos, cuando se dice ‘maltrato’ solamente se considera y reconoce aquél que se da en las relaciones de pareja.

No parece concebible que una relación que se considera desde fuera que es de amistad (o laboral) pueda ser de maltrato. De esta manera se invisibiliza más, no solamente el maltrato, sino también todas las consecuencias que tienes que vivir en silencio. Y finalmente también se puede, sin darte cuenta, alargar más en el tiempo.

Una de las grandes trampas fue la demanda de secretismo y de empatía como forma de control. Consecuencias: si hablas del maltrato estarás hablando de la relación, una relación que no tendría que existir y que se tendría que esconder, y por tanto serás eternamente culpable de todo, de hablar de lo que no tienes que hablar, de poner a la otra persona en una situación incómoda, o de hacerla salir de un armario (que es también una mentira y un engaño). Vergüenza. Un ciclo que no tiene fin. Bienvenidas todas al infierno de la violencia machista que nos coloca a las mujeres siempre en esta posición: nunca víctima, siempre culpable de todo.

Yo no padecí un maltrato físico; tampoco fue un maltrato psicológico ‘directo’ de esos en los que la otra persona no para de decirte que no vales nada. Este fue distinto, indirecto y sutil, implícito, nada explícito, y era yo quien, a través de diversos mecanismos, me creé la imagen de mi poco valor sin necesidad de que se me dijera directamente.

Dominación. La mentira, la manipulación que se apropiaba constantemente de mi consentimiento, robado a través también del acoso, que no era visible porque se disfrazaba de preocupación y de compañía laboral diaria, menguaron día tras día mi energía, mi salud mental, llevándome a mi límite emocional.

Todo esto sumándose a la comparación constante con otras relaciones más reconocidas que me llevaron a creer y sentir que el problema era yo que no valía suficiente, y que a través de la amenaza constante de exclusión me hacían entrar en un remolino de competición que acababa quitándome todavía más toda mi atención, energía y emociones. Tanta energía que ya no me quedaba nada para nadie más, aunque lo quisiera. ¿No es esto un mecanismo de alienación?

Pero la energía no solamente me la quitó para mis otras relaciones. Tampoco la tenía para el trabajo, lugar donde padecía una absorción considerable por el hecho de compartir espacio con él: se me hacía muy difícil la escapatoria. Y aquí el problema añadido era que no podía trabajar.

Además, en ese entorno laboral tenía muchas otras cosas que también me producían angustia y malestar: constantes técnicas de dominación para conseguir que trabajara más horas, una ayuda pésima en mi trabajo, y un entorno que poco a poco también menguaba mi estima. Día tras día mi productividad no era suficiente como para que se me considerara una persona mínimamente resolutiva (sumémosle el capitalismo).

¿Cómo podía ser ‘productiva’ si cada día tenía ataques de angustia solamente sentarme delante de la pantalla del ordenador? Mis jefes, al verme como una persona poco productiva acabaron confiando mucho menos conmigo que con el resto, y esto hizo que acabara teniendo un contrato mucho más precario y bajo unas condiciones de estrés más grande que las de mis compañeras, ya que la situación emocional a la que estaba hacía que necesitara trabajar más horas para hacer la misma cantidad de trabajo (si es que conseguía hacerlo).

Por lo tanto, a todos mis problemas de salud mental, relacionales (como he comentado por la falta total de energía hacia otras personas) y familiares, se sumaron también los económicos. A la larga, no solamente sufrí una explotación emocional considerable, sino también alienación, marginación y desempoderamiento. ¿Qué pasaba cuando intentaba explicarlo a alguien? Culpabilización: si no era porque me decían que ‘yo me dejaba’ era porque ‘me lo estaba buscando’, culpando a otros factores en mi vida, como el hecho de no ser monógama.

Precisamente el pensamiento monógamo fue una de las cosas que más invisibilizaron cualquier problema de la relación debido a no ser un ‘problema de pareja’. Es como funciona el pensamiento monógamo: solamente las emociones de pareja, los celos de pareja, las peleas de pareja, las relaciones de pareja son emociones, celos, peleas y relaciones ‘reconocidas’. Todo lo que pase fuera de una relación de pareja es automáticamente invisibilizado, menospreciado y ridiculizado; incluso el maltrato. Porque claro… ‘sólo’ es una amistad.

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mi proceso de independencia

por wuwei (natàlia)

en català aquí.

Este artículo lo escribí y se publicó en eldiario.es el 23 de Octubre.  Podéis ver el artículo original aquí

 

El proceso de independencia de Cataluña ha acaparado totalmente la palabra ‘proceso’; ahora dices ‘proceso’ y parece que no se pueda estar hablando de alguna otra cosa. Yo siempre he sido (y soy) una gran amante de los procesos: en una sociedad que está obsesionada con los resultados, las metas, o las finalidades, nos olvidamos totalmente y constantemente de los caminos y de los procesos que pasamos para llegar a todas estas metas. El proceso es importante, y la finalidad solamente es un punto situado de forma un poco borrosa al final del camino. En nuestra sociedad la finalidad no es creada con la idea de que pueda cambiar mucho (cambia algunas veces, pero no está pensada ni planteada con la idea de que cambie). Pero cuando te sensibilizas más en los procesos que en las finalidades, éstas últimas acaban siendo maleables, cambiantes, adaptadas a los propios cambios que lleva el proceso o camino en sí mismo. La forma, el camino, es importante, y marca la diferencia ideológica. Creer que el camino no es importante es también una ideología, y va muy ligada al capitalismo y a todas las estructuras que vivimos, porque resulta que cuando no te preocupas por el camino, éste acaba surgiendo como está estipulado por las normas.

Como ya he comentado, yo soy una gran amante de los procesos: yo muy a menudo me defino como un proceso constante. Paralelamente a todo lo que ha estado pasando en Cataluña, yo también he estado pasando por procesos relacionados con una ruptura. Hace tres años más o menos empecé un proceso de ruptura de una relación de maltrato, aunque yo en ese momento no sabía muy bien que estaba iniciando una ruptura, ni de qué tipo, ni tenía muy claro lo que estaba pasando ni donde quería llegar. Cómo he comentado, para mí lo importante son los procesos y sólo sabía que necesitaba atravesar un montón de situaciones de las que quería salir y entender cómo quería empezar a construir relaciones. Me repetí muchas veces ese año que yo quería construir relaciones ‘políticamente conscientes’, un concepto que no tenía muy claro lo que significaba, y que ahora sí entiendo más. Da la casualidad que la finalización de este proceso de entender cómo construir relaciones políticamente conscientes ha acabado en un proceso de independencia/ruptura/autodeterminación/autonomía.

Una de las características de esa relación que viví fue la constante apropiación de mis emociones y voluntades. La apropiación va totalmente en contra del propio derecho a poder decidir, ya que lo que hace es apoderarse de tu voluntad: no eres tú quien decides, es la otra la que lo hac por ti (directa o indirectamente). Y, hubiera dado igual que se me hubiera preguntado si estaba o no de acuerdo con lo que estaba pasando, a modo de referéndum, o que se me preguntara qué quería planteándome varias opciones/resultados: tener derecho a voto no te da automáticamente voz en las cosas que te afectan. Además, la relación estaba basada en la mentira y la manipulación constantes con la intención de que yo acabara siempre escogiendo aquello que el otro quería de mí. Éste acto de objetificación no solamente me robaba la voz y la opinión, sino también me robaba la propia voluntad.

Las normas sociales que privilegian ciertas formas de relacionarse hacen que no veamos estos actos como actos de violencia. Estas normas, que repetimos todas y que son las ‘leyes’ y la ‘legalidad’ de las relaciones, conforman todo tipo de relaciones y en nuestra cultura (que también se ha impuesto sobre otras) se basan en la objetificación hacia las otras personas que comentaba en el apartado anterior. No seguir las normas, además, siempre tiene unas consecuencias: aislamiento, más maltrato, culpabilización, victimización del agresor, entre muchas otras. Una cosa que nos ha quedado clara de estas leyes sociales  es que siempre beneficiaran al privilegio (y de aquí sale la propia definición de privilegio).

Poder dejar una relación así no es nada fácil, no solamente por todos los mecanismos sociales con los que te han educado y que te han llevado a esa relación que tienes que conseguir deconstruir (faena), y de las faltas con las que te han construido a ti misma, sino también porque se despiertan muchos mecanismos sociales para que tu decisión no pueda ser respetada, y que, en una constante empatización hacia el privilegio (es mucho más fácil empatizar con la ‘norma’), siempre se te exija una demanda constante de diálogo y de hacer las cosas ‘bien’, ‘’bonitas’, o ‘de buenas’, que tengas paciencia, y que seas comprensiva. ¿Cuántas veces habré escuchado eso de ‘tienes que dejar las relaciones con amor’? Una afirmación que me encanta pero que tendría que ir siempre acompañada de una aclaración para diferenciar entre tipos de relaciones. Muchas veces la única forma de poder dejar una relación de poder es utilizando muchas técnicas consideradas ‘feas’ o poco ‘bonitas’: como, por ejemplo, huir sin dialogar. Querer dejar ‘relaciones de poder con amor’ acostumbra a ser un sinónimo de no conseguir dejarlas nunca. Es más, ¿por qué dialogar con quien por defecto te quita la voz en todo lo que te afecta?

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