2018: un fuerte agradecimiento y unas sinceras disculpas

por wuwei (natàlia)

en català aquí.

Aviso decontenido: mención de maltrato, heridas, miedo, frustración, rabia, dolor, instrumentalización

No soy de las que hacen balances cuando se acerca el fin de año. Soy de las que lo hacen por su cumpleaños. Tengo la ventaja de que mi cumpleaños cae en otoño, y yo soy mucho de disfrutar de cada uno de los significados de las estaciones del año (como buena amante del taoísmo), de eso de lo que cada una de las estaciones nos aporta en relación a los procesos que vivimos según un ciclo anual que corresponden al nacimiento (primavera), la vivencia y crecimiento (verano), la reclusión y reflexión (otoño) y la muerte (invierno). La transformación de todas las cosas. El otoño es una época donde empieza la reflexión y la reclusión para prepararnos a la muerte de partes de los procesos durante el invierno y el nacimiento de nuevos en la primavera. Este año, no obstante, está siendo muy especial, y todo el balance que estoy haciendo desde mi cumpleaños, que fue en el mes de Noviembre, se está aún alargando y se está juntando con un balance anual, de estos de enero a diciembre, que me está recorriendo pensamientos, cuerpo y emociones y que también cogerá buena entrada del invierno.

Ha sido un año especial, intenso, diferente, con muchos nacimientos y muchas muertes de procesos que llevaba arrastrando hacía tiempo y que no me dejaban casi respirar. Ha sido un año transformador, calmado y a la vez agitado. Ha sido un año que empecé emocionalmente tocada: justo despedía el 2017 con la muerte del gato con el que compartí 18 años de mi vida. Los últimos meses del año fueron duros y los viví en mi cama haciéndole compañía. La promesa que le hice fue que conseguiría hablar de todo aquello de lo que no se me había permitido hablar durante tanto tiempo, que dejaría de callar tanto dolor y tanto proceso de cierre de heridas. Hacía ya un tiempo que llevaba curándome de las consecuencias de una relación nefasta, de maltrato. Ya dediqué el 2017 a quitarme de encima esa relación y a empezar a lamerme algunas heridas. El 2018 empezaría lo que sería la última parte de aquel proceso, la cicatrización y la cura: acabar de quitarme todo el peso que llevaba encima por la invisibilización, menosprecio y vergüenza que esta persona había hecho de mí.

He superado la angustia constante y el estrés postraumático que no me permitían caminar por algunos barrios de Barcelona. He calmado parte del miedo a las relaciones, la frustración, que más me paraba, desde el amor hacia ese miedo, desde la aceptación. He hecho dela rabia un fardo que ya no cargo de forma pesada, sino que utilizo y focalizo en espacios que no son mi cuerpo, ni mi cabeza, ni mis emociones. He reconectado conmigo misma, me he reencontrado, me he abrazado, de verdad. He podido ver la vida sin aquel velo constante de dolor que siempre se metía entre yo y todo lo que observaba yque me tocaba. Y me he dado cuenta, después de esta limpieza, que la ciencia(espacio que había compartido con quien me había hundido) es un espacio donde quiero volver (siempre desde mi perspectiva crítica, obviamente).

Ha sido un año donde me he descubierto de formas que desconocía. O más bien, de formas que no aceptaba de mí o que yo misma me escondía. Desde hacía tiempo ya había comprendido que yo no era neurotípica. Desde adolescente sabía que tenía un funcionamiento que no era considerado muy “normal”, aunque no llegué a ningún diagnóstico psiquiátrico porque siempre acababa enfadándome (y peleándome fuertemente) con mis psiquiatras y nunca les daba tiempo a que pudieran diagnosticar con nada (sí que les daba tiempo a medicarme mucho,obviamente, estas no pierden nunca el tiempo en este sentido). Desde hace unos pocos años que conocí el activismo de personas neurodivergentes que me hizo sentir, sin saber muy bien porqué, cierta paz y tranquilidad conmigo misma. He aceptado discapacidades y he podido señalar causas estructurales que no me permitían abrazarlas. Finalmente, este año, ha sido el año en que me he empezado a identificar un poco más, me he despertado a mí misma, y se me ha abierto todo un mundo. De golpe muchas cosas tienen sentido, he aceptado limitaciones y funcionamientos que tengo que hacen que pueda gestionar mucho mejor mi vida.

Ha sido el año de curarme, de quererme y donde he podido aprender a situarme. Este, por tanto, ha sido un año donde he aprendido a cuidarme, y a empezar a tener espacio de verdad para aprender (y poder) cuidar más bien a les otres. He tenido que aprender también como se instrumentalizan conceptos como son los cuidados, y he tenido que intentar entrever, apartando mucha mierda generada en forma de discursos utilitaristas,qué significa cuidar. Ha sido también desde este punto donde he sido consciente del dolor que he podido provocar a otres. Creo que la mejor forma de cerrar el año es, no solamente pidiendo perdón, sino además, y sobre todo, reparando y reparándome. Al menos empezando a tomar consciencia de ello; pero para hacer que la consciencia no quede en sólo esto,consciencia y pensamientos, sino que también sean hechos, cambios que se materialicen en lo posible sin caer en utilizar aquella constante excusa que nos ponemos sobre las múltiples contradicciones que siempre todes tenemos.

Quiero pedir disculpas a todes aquelles a les que inconscientemente culpé de todo lo que me pasaba; a aquelles que dolí cada vez que fuertemente me quejaba y que se podrían haber sentido atacades; a todes aquelles de les que me alejé, a les que no supe cómo cuidar, a les que descuidé; a les que salpiqué con mi rabia mal direccionada. A todes aquelles que en mi camino de aprendizaje pude hacer daño. No hablo desde el sentimiento insoportable de culpa, ni desde la victimización de quien utiliza esto para hacerse la guay.No. Es un acto sincero que traspasa esta pantalla o este papel y empieza a materializarse en forma de cambios, a partir de aquí y a partir de ahora.

Share

experiencia sobre el proceso y gestión de la visibilización de una relación de maltrato

por wuwei (natàlia)

en català aquí.

Aviso de contenido: denuncia, maltrato, invisibilización, machismo, sexismo, poder

Este texto es el segundo de un conjunto de textos en los que quiero reflexionar y abrir un proceso de auto-crítica sobre gestión de discursos y espacios. El primero está aquí y el tercero aquí.

Hace unos meses decidí compartir públicamente a través de Facebook una relación de maltrato que viví por parte de una persona vinculada en los movimientos sociales de Barcelona. En ese texto compartí mi vivencia y el nombre de la persona en cuestión ya que mi intención era, por un lado, mostrar lo que esta persona había escondido sistemáticamente (una técnica contrapoder), y a la vez también quería avisar a personas que pudieran estar en la misma situación y, por tanto, pudieran estar en cierto “peligro” (de hecho esta segunda parte era la que más me preocupaba).

Este texto no es para remover más aquella historia ni hacer ninguna denuncia más. La escritura de este texto viene motivada por la voluntad de hacer por mi parte un cierre (mental) y para compartir la experiencia del proceso y de la gestión. Esta reflexión pretende estar enmarcada en un conjunto de textos donde quiero crear un espacio de autocrítica sobre la gestión del espacio que hacemos. Estas gestiones acaban, queramos o no, afectando mucho la vida de las personas y, por tanto, creo que es importante hablar de ello aunque algunas veces parezca un tema tabú.

Antes de escribir esa “denuncia” pública en Facebook (no me gusta pensar en ello en clave de denuncia, sino más bien de visibilización), me pasé meses pensando en cómo hacerlo o qué hacer. Sé que soy una rallada de la vida (pero muy rallada de la vida) y muchas veces lo que hago es quedarme en bucle intentando encontrar la mejor manera de gestionar algo. Tenía miedo de caer en un proceso de demandas de vetos o exclusiones en las que yo tampoco creía (al menos en ese caso) o bien en caer en la venganza o en el castigo (en lo que tampoco creía).

Uno de los problemas que me encontraba, además, era que la especificidad de mi caso implicaba no haber podido participar ni estar en muchos espacios debido a la propia relación, espacios donde esta persona sí que estaba o donde podrían haber personas que le conocieran o cercanas a él. Finalmente lo que acabé haciendo fue evitar  todo un barrio entero e incluso marchando de éste (ya que vivía en él). Tampoco sé hasta qué punto hubiéramos tenido espacios tan comunes, por algunas diferencias ideológicas; ahora, desde la calma de haber superado todo aquello, veo que es probable que no hubiéramos tenido tantos espacios en común. Aún así, el no conocimiento y el miedo a sentirme como ya me sentía en el único espacio que compartíamos (el trabajo), acabé esquivando todo el resto con mucha angustia. Debido a esto todos mis conflictos y debates internos que tenía se sumaban a algunos más: ¿qué derecho tenía yo en pedir nada a espacios donde yo no participo? ¿Es, no obstante, justo que haya espacios donde no participo precisamente debido a esta relación? ¿Hasta qué punto se entendería realmente que no hubiera participado si no tenemos en cuenta casi nunca en estos espacios el neurocapacitismo, las técnicas de dominación, entre muchas otras cosas? ¿Qué podía realmente hacer?

Sí que se me pasaron por la cabeza cosas que sentía que necesitaba pedir, cosas muy básicas que tenían que ver con su ocupación del espacio (sobre todo virtual) en temas sobre feminismo, violencia de género o cosas relacionadas con violencias machistas; pero en ningún momento (y era uno de los miedos que tenía) quería pedir que se le hiciera fuera de espacios, ni que perdiera ningún reconocimiento por su trabajo, ni que perdiera nada relacionado con su trabajo ni entorno. Con esto no estoy diciendo que pedir ciertos vetos no pueda ser necesario en otros casos, para mí es contextual y en mi caso no lo sentía oportuno.

Finalmente decidí solamente explicarlo, sin darle más vueltas ni pedir nada. Quería simplemente hacer un proceso de visibilización para compensar toda la invisibilización que padecí y para que las personas que se relacionaran con él supieran parte de su comportamiento relacional, especialmente con mujeres (al menos que pudieran estar prevenidas y pudieran escoger cómo se compartía espacio y discurso con él). Pensé que solamente explicándolo las personas que les preocupara mínimamente este tipo de temas lo tendrían en cuenta como elles creyeran que lo tenían que tener en cuenta, según sus propias referencias y de los espacios que frecuentaban. Además, decidí hacerlo a través de Facebook porque parecía más simple y para no tener que entrar en protocolos típicos de denuncia y demandas. El post era público y todes podían acceder a él, se podía compartir fácilmente y leer.

También decidí no enviar directamente la información a ninguno de los grupos donde él participaba, ni tampoco enviarlo directamente a personas que formaban parte de estos grupos (aunque a bastantes de elles les tengo como contactos directos). El motivo fue, siguiendo en la línea de lo que ya comentaba anteriormente, que no pretendía pedir nada concreto y tenía cierto miedo a que se me cuestionara, se me ridiculizara o se me menospreciara debido a esta falta de demanda.

Durante un par de días estuve recibiendo bastantes muestras de apoyo de personas que yo conocía, personas a quien agradezco mucho el apoyo emocional, especialmente les que vivieron conmigo todo el proceso. Por otro lado, sí que hablé de esta cuestión con un grupo donde él participaba, aunque el proceso fue más bien protocolario: tenía las puertas abiertas para pedir cosas siempre que fuera yo la que me acercara (yo me acerqué a través de una persona que conozco que me dijo que estaban dispuestes a escucharme). Me puse en contacto solamente para darles información que creía que era importante que tuvieran, por el mismo motivo que expliqué mi historia, sobre todo para avisar a otras mujeres que pudieran estar en una situación similar y para que su entorno supiera la historia, mi historia.

Mi interacción con este grupo fue corta y me dijeron que tomarían unas medidas que yo no pedí pero que elles consideraban necesarias. Meses después me he dado cuenta de forma indirecta que esas medidas en realidad no se llevaron a cabo y que el grupo no se enteró de ninguna parte de lo que yo había explicado. Tampoco quise acercarme más porque, como ya he comentado, yo no formaba parte de estos grupos y, sinceramente, yo tampoco sabía qué relación tenían las personas con las que yo estaba hablando con la persona que me había maltratado durante siete años. Ante eso preferí seguir con mi vida, lejos de ese barrio y de estos entornos. Curarme implicaba cuidarme, que implicaba a la vez alejarme de todo eso.

Sé que leyeron lo que escribí muchas personas que comparten con él espacios de muchos tipos. Lo sé más que nada porque otras personas me lo comentaron (no porque crea que por el simple hecho de poner algo en Facebook todes lo tienen que haber leído). No obstante, sé que estas personas decidieron mirar hacia otro lado y hacer como si no hubiera pasado nada. Puedo entender este tipo de reacción, y podría ser debida a varios motivos: a no creer necesario compartirlo debido a que no hay una exigencia ni demanda explícita de nada que parezca destacable, a tener miedo a que la cosa acabe complicando mucho al grupo al que perteneces debido a las demandas que podrían salir (igual que antes), o bien debido a como nos dejamos llevar por el corriente del momento (o sea por los flujos de poder que también se dan, mucho, en nuestros espacios). También puede ser que les importe bastante poco. Además casi siempre se espera que seas tú la que te acerques y pidas cosas, como si estar afectada o traumatizada te permitiera la mayoría de las veces tener la capacidad de hacerlo, especialmente cuando no conoces las relaciones que se dan entre elles.

Mirando con retrospectiva, aunque tengo ciertas críticas sobre cómo gestionamos este tipo de cosas, yo, por mi parte, me siento muy bien con todo lo que hice y como lo hice. No me arrepiento de nada. Después del tiempo que ha pasado y ver cómo me siento reo que hice lo que tenía que hacer. Me siento bien y en calma. ¿El resultado? Prefiero no pensar mucho en ello, ahora mismo me da igual, aunque admito sentir bastante decepción. He compartido mi experiencia para poder, por un lado, cerrar esta historia por mi parte, pero por otro lado, que pueda servir también de reflexión sobre la gestión, que creo que tenemos que hacer en muchos aspectos. Me gustaría estirar algunos hilos de esta reflexión, sobre todo el cómo nos acercamos a las víctimas (si es que lo hacemos), cuándo y por qué, sobre por qué las gestiones acaban suponiendo a veces efectos totalmente contrarios a los de esta experiencia, qué queremos, qué no queremos, y si los flujos de poder acaban o no influyendo en como gestionamos todo en conjunto (flujos de poder que a veces contradicen los privilegios/opresiones que se quieren tener en cuenta en la denuncia). Yo sé que si me hubiera puesto pesada, hubiera empezado a exigir demandas y hubiera buscado aliadas en algunos grupos feministas, hubiera conseguido ciertas cosas. Pero cosas que tampoco necesitaba y con las que no me sentía cómoda. Ahora bien, considero que pasar de este extremo a que ni tan siquiera se quiera compartir la información, mirar hacia otro lado e ignorar todo lo que esta persona ha hecho y cómo me haya podido afectar a mí, es algo que, desde mi punto de vista, hace que sienta que se tenga que reflexionar y poner en cuestión muy buena parte de nuestros discursos.

Share

espacios que a veces no sentimos nuestros

por wuwei (natàlia)

en català aquí.

Este texto es el primero de un conjunto de textos en los que quiero reflexionar y abrir un proceso de auto-crítica sobre gestión de discursos y espacios. El segundo está aquí y el tercero aquí.

Aviso de contenido: exclusión, monosexismo, bifobia, neurocapacitismo, mención de relación de maltrato, ridiculización, invisibilización

Últimamente estoy hablando mucho de exclusión. En realidad empecé a hablar de ello en “memorias de una C” y he ido continuando cuando hablaba de las relaciones como un “club de alto standing”. He hablado también de esto a través de mi propia vivencia explicando mi proceso de empoderamiento. Para poder cerrar un poco este ciclo donde hablo de exclusiones y vivencias me gustaría hablar de cuáles han sido algunas experiencias vividas estos últimos años relativas a la exclusión, pero en “nuestros” espacios críticos vinculados a los movimientos sociales. Pero quiero hablar de esto porque a partir de aquí también me gustaría empezar una serie de textos donde quiero hacer un poco de auto-crítica sobre cómo gestionamos y tratamos muchos aspectos desde estos espacios a través de la generación de nuestros discursos.

Antes de nada, quiero comentar que aunque quiero escribir algunos textos (donde se incluye este) para hacer autocrítica sobre nuestros espacios, no quiero menospreciar todo el trabajo que hacen les compañeres desde estos espacios, todo lo contrario. Creo que es muy importante el trabajo que hacen muches de elles, especialmente desde el anonimato y desde la colectividad y se tiene que reconocer. La crítica no es para invisibilizar todo esto, al contrario, sino que creo que es tan importante todo lo que se hace que por eso es importante también revisarnos (sobre todo desde el cuidado y el respeto) y escucharnos.

También me gustaría empezar comentando que, aunque en este texto estoy hablando de mi experiencia como “excluida”, no quiere decir que mi posición haya sido siempre de “víctima”, sino que entiendo que yo también he estado en otras posiciones donde se ha excluido a otras personas. Aquí creo que poques nos “salvamos”, aunque, como pasa siempre, hay personas que a veces suelen estar más en uno de los dos lados. Por tanto, aunque hablo desde la exclusión, no me considero una persona “totalmente” excluida y a la vez también me considero parte del problema “que excluye”. No obstante, para poder dar voz al proceso de exclusión y sus motivaciones e implicaciones, en este texto hablaré como excluida.

Durante tiempo me he visto excluida de espacios a los que quería pertenecer. No he sido excluida directamente mientras me señalaban con un dedo y me decían que no podría estar allí (sea “allí” en este caso espacios de los movimientos sociales mínimamente críticos/feministas/liberados/de militancia/activistas a los que había podido considerar la idea de pertenecer). Por tanto, el tipo de exclusión que yo he vivido es diferente a la del veto. He sido excluida a través de técnicas indirectas, algunas de ellas a través de unas estructuras, otras a través directamente del maltrato y de las técnicas de invisibilización, ridiculización y el miedo generado debido a todos estos procesos.

Puedo dividir los procesos de exclusión que he vivido en estos espacios en tres tipos (aunque es mucho más complejo que esto pero siempre es útil simplificar cuando se intenta explicar una cosa como ésta). El primer proceso ha sido debido a ser bisexual/plurisexual y hacer visiblemente activismo bisexual y contra el monosexismo (una cosa inconscientemente no muy bien vista en ciertos sectores del feminismo, así como del activismo LGBTI+). El segundo proceso ha sido por ser neurodivergente debido al neurocapacitismo de este tipo de espacios (en este caso incluyo casi todos los espacios). Y el tercer proceso ha sido una relación de maltrato y la invisibilización y ridiculización constantes que ha comportado este tipo de relación (que ha afectado especialmente espacios más vinculados al barrio donde yo vivía y espacios abiertos como manifestaciones, por ejemplo).

No quiero entrar a explicar en detalle el motivo por el cual hablar sobre monosexismo ha hecho que se me excluyera de espacios. Las personas que padecen también el monosexismo y se han intentado identificar con alguna plurisexualidad o con la bisexualidad en algunos ambientes feministas o LGBTI+ saben a qué me refiero y tampoco quiero que esto ocupe mucho espacio en este texto. Básicamente este hecho no me ha hecho sentir muy cómoda en muchos de estos espacios: las (malas) miradas, la hostilidad, la invisibilización de mis comentarios, etc, me han hecho sentir poco bienvenida, tanto en espacios físicos como virtuales.

En segundo lugar, la exclusión por el hecho de ser neurodivegente no es tan fuerte como la que he vivido fuera de estos espacios, en espacios “normales” donde las estructuras de poder no viven de ninguna crítica. De hecho, es en estos espacios donde me ha sido más fácil encontrarme personas también atravesadas por el neurocapacitismo y por tanto he podido encontrar más fácil algunas interacciones. No obstante, el neurocapacitismo está todavía vivo dentro de nuestros espacios y muchas veces se ignora su existencia cuando se hablan de violencias estructurales, aunque sean espacios feministas o sensibles a las opresiones. Muchas veces, me he sentido ignorada, desplazada, incomprendida por mi forma de ser, de moverme, de expresarme, de funcionar, por ser introvertida también o bien por mis dificultades a la hora de comunicarme por cómo funcionan muchas dinámicas asamblearias y también relacionales. Esto ha hecho que acabara poco a poco, sin darme cuenta, dejando muchos espacios.

Finalmente, está la exclusión que viví debido a una relación de maltrato. Esta relación se basaba en la fuerte invisibilización y la ridiculización que yo sentía hacia mí y la relación delante de otras personas. Este hecho hizo que con el tiempo sintiera mucho miedo a encontrarme a esta persona juntamente con otras por cómo me pudiera tratar delante de toda esa gente, o simplemente encontrarme a personas que fueran cercanas a él o que le conociesen (ampliando de esta manera la cantidad de espacios a evitar). Esto hizo que, finalmente, muchos espacios vinculados a los movimientos sociales del barrio donde vivíamos les dos (y al que yo era relativamente “nueva”), o espacios donde yo podía ser vulnerable a su “mirada”, como manifestaciones, acabasen siendo espacios que yo evitaba. Al final poco a poco y sin darme cuenta acabé evitando todo el barrio por los constantes síntomas de estrés postraumático que me provocaba pasearme por allí, dejando finalmente de vivir en éste.

Cuando empecé a quitarme esa relación de encima (visiiblizarla y curarme) seguí limitándome el pasar por muchos de estos espacios, por una cuestión de cuidados hacia mí (me generaba aún mucha ansiedad). Durante mucho tiempo me he vetado a mí misma de muchos espacios. A la vez he estado deconstruyéndome y aceptándome como persona neurodivergente y todo lo que esto comporta, y he podido participar en espacios más sensibles a esta estructura (aunque en alguna ocasión se ha ejercido este tipo de violencia hacia otros tipos de expresiones neurodivergentes y yo es sido partícipe de esa violencia), como también sensibles al monosexismo.

Después de todos estos procesos y sintiéndome mucho más empoderada, estoy empezando a (re)apropiarme de espacios que creo que también son míos (o tendrían que poderlo ser), pero estoy intentando no precipitarme e ir pisando espacios poco a poco, sin agobiarme. Ahora mi preocupación es entender cuáles son esos procesos en los que yo también he participado en la exclusión de otras personas, que existen, tanto por las estructuras que atraviesan a otres y de las cuales yo tengo privilegios, como dejándose arrastrar por corrientes que se dan muchas veces en nuestros espacios, donde se han creado argumentos de autoridad incuestionables y que ponen en entredicho muchas de las filosofías “principales” de estos espacios.

Share

¿el amor también puede doler?

por wuwei (natàlia)

en català aquí.

 

[imagen: una pared blanca donde hay escrito en negro más resaltado y en mayúsculas «L’AMORE É UNA COSA RARA». También hay escrito en negro pero más flojo: después de «RARA» pone «es la vida», una flecha desde «É» señala «FOLLAR», señalando «UNA» añade «mierda», y después de «AMORE» pone «e bello».]

 

aviso de contenido: mención de dolor y sufrimiento, maltrato, abuso, jerarquías, estructuras de poder, objetificación y explotación emocionales

 

“El amor de verdad implica sufrimiento” es un ideal que gira alrededor del amor romántico y del amor en general. Es un concepto con el que nos han rellenado a través de los cuentos, de la televisión, de las canciones, de las historias que nos explicamos entre nosotres, de internet con los memes que acostumbran a resaltar un tipo de amor y de afecto que se expresa a través de la jerarquía, del dolor, del sufrimiento y de la objetificación y explotación emocionales y de cuidados. El amor, según este tipo de amor o de afecto, siempre comporta un sacrificio jerárquico y muy unido a la violencia estructural, machista, y también de otras diferencias estructurales (no solamente utiliza el machismo, sino también se alimenta de la monogamia, del heterosexismo, del capacitismo, del racismo, etc).

Según este ideal por el amor se tiene que sufrir, tanto para poder acceder a éste como por lo que implica en sí mismo una vez obtenido: se tiene que aceptar incondicionalmente todo lo que le otre hace, especialmente cuando eres la parte que está jerárquicamente por debajo. Especialmente la incondicionalidad es una de las armas más destructivas de este tipo de amor que no cuestiona las jerarquías que nos impone, ni el maltrato, ni la explotación emocional. He enfatizado también la existencia de esta romantización/idealización a través del afecto (o el amor entre personas que no tiene porque comportar un componente romántico) porque entre amigues también puede pasar, especialmente cuando una de las partes es una persona que por miedo a perder la relación (debido también a factores estructurales) acepta una situación de abuso.

Desde los feminismos se ha hablado bastante de esta problemática, no estoy señalando nada que no se haya tratado ya anteriormente en muchas plataformas, espacios y activismos. Estas críticas han intentado romper con la imagen positiva y bonita de este tipo de abuso y aceptación del maltrato. La visibilización ha sido, por tanto, una forma de desenmascarar el maltrato llamándolo por su nombre y mostrando que no es bonito en sí mismo, sino jerárquico, de dominación y estructural y una forma de tenernos enganchadas a relaciones que nos absorben, explotan y oprimen.

Uno de los lemas derivados de todo esto que se repite es “si es amor, no duele” (o “si duele, no es amor”), intentando enfatizar la necesidad de buscar un tipo de amor no basado en el maltrato, en el control, o que justifica el dolor de per se, especialmente hacia aquelles que son mujeres o que tienen menos privilegios. Pero esta frase (como todas las que giran alrededor del mismo concepto), aun siendo cierta cuando hablamos de maltrato, es, por otro lado, una trampa e invisibiliza que se puede sufrir por amor sin necesidad de que sea un sufrimiento derivado del maltrato. De hecho, sin que esta sea la intención del lema en sí mismo, lo que hace es volver a romantizar el amor, idealizándolo alrededor de un tipo de emoción perfecta porque no “disfruta” de ningún tipo de dolor ni sufrimiento. Ignora, por tanto, que el mundo de las emociones es mucho más complejo que un simple “duele” / “no duele”.

Esconder que el amor también puede venir acompañado algunas/muchas veces de algún tipo de sufrimiento puede producir una gran excusa (con discurso) para abandonar una relación a la mínima que haya la posibilidad de sufrimiento o dolor para desdecirnos de los cuidados hacia les demás. Se puede sufrir por la pérdida, se puede sufrir por los procesos de aceptación de incompatibilidades, se puede sentir dolor por los miedos que arrastramos debido al rechazo, o también podemos padecer cuando las personas a las que queremos están pasando por un momento malo, o una crisis. Amar también nos puede llevar a la rabia por las situaciones injustas, una rabia muy necesaria y que constantemente intentamos borrarnos a través de discursos sobre la búsqueda de la pura felicidad acrítica. Y podríamos alargar la lista. También, además, se ignora que hay muchas personas a las que las intensidades emocionales les puede llevar a dolor y sufrimiento en muchos sentidos, ignoramos que no todes tenemos las mismas capacidades a la hora de sentir o sentirnos y que amar/querer, para algunas personas, puede suponer un sufrimiento que se intensifica cuando, además, nos atraviesan los miedos a la pérdida y los miedos a que nos maltraten o que nos rechacen.

Todo esto que expongo no pretende ser una alabanza ni una aceptación del maltrato dentro de las relaciones amorosas o afectuosas, al contrario, como persona que ha padecido el maltrato es lo último que quiero. Pero lo que pretendo expresar es que reducir todo el sufrimiento y el dolor al maltrato e idealizar el amor es caer en una trampa que nos hace creer que tenemos que perseguir la más pura felicidad ignorando todos los problemas que nos atraviesan, sin querer tampoco abrazar o dejarse afectar por todo aquello que no es definido como “perfecto” por el sistema en les demás y en las relaciones.

El amor en un gran sentimiento, esto no lo niego. Es aquél que nos permite solidarizarnos, conector con lo que nos rodea. Pero por este mismo motivo, por el hecho de ser lo que nos permite afectarnos con nuestro entorno, es también lo que nos conecta con ciertos dolores y sufrimientos, tanto nuestros como de les demás. Lo que no tenemos que permitir es que utilicen nuestro amor para abusar de nosotres, para colocarse por encima, ni para maltratar. Para el resto, sí, el amor puede doler, y no es necesario negarlo para convertirlo en un concepto ideal.

Share

mi proceso de independencia

por wuwei (natàlia)

en català aquí.

Este artículo lo escribí y se publicó en eldiario.es el 23 de Octubre.  Podéis ver el artículo original aquí

 

El proceso de independencia de Cataluña ha acaparado totalmente la palabra ‘proceso’; ahora dices ‘proceso’ y parece que no se pueda estar hablando de alguna otra cosa. Yo siempre he sido (y soy) una gran amante de los procesos: en una sociedad que está obsesionada con los resultados, las metas, o las finalidades, nos olvidamos totalmente y constantemente de los caminos y de los procesos que pasamos para llegar a todas estas metas. El proceso es importante, y la finalidad solamente es un punto situado de forma un poco borrosa al final del camino. En nuestra sociedad la finalidad no es creada con la idea de que pueda cambiar mucho (cambia algunas veces, pero no está pensada ni planteada con la idea de que cambie). Pero cuando te sensibilizas más en los procesos que en las finalidades, éstas últimas acaban siendo maleables, cambiantes, adaptadas a los propios cambios que lleva el proceso o camino en sí mismo. La forma, el camino, es importante, y marca la diferencia ideológica. Creer que el camino no es importante es también una ideología, y va muy ligada al capitalismo y a todas las estructuras que vivimos, porque resulta que cuando no te preocupas por el camino, éste acaba surgiendo como está estipulado por las normas.

Como ya he comentado, yo soy una gran amante de los procesos: yo muy a menudo me defino como un proceso constante. Paralelamente a todo lo que ha estado pasando en Cataluña, yo también he estado pasando por procesos relacionados con una ruptura. Hace tres años más o menos empecé un proceso de ruptura de una relación de maltrato, aunque yo en ese momento no sabía muy bien que estaba iniciando una ruptura, ni de qué tipo, ni tenía muy claro lo que estaba pasando ni donde quería llegar. Cómo he comentado, para mí lo importante son los procesos y sólo sabía que necesitaba atravesar un montón de situaciones de las que quería salir y entender cómo quería empezar a construir relaciones. Me repetí muchas veces ese año que yo quería construir relaciones ‘políticamente conscientes’, un concepto que no tenía muy claro lo que significaba, y que ahora sí entiendo más. Da la casualidad que la finalización de este proceso de entender cómo construir relaciones políticamente conscientes ha acabado en un proceso de independencia/ruptura/autodeterminación/autonomía.

Una de las características de esa relación que viví fue la constante apropiación de mis emociones y voluntades. La apropiación va totalmente en contra del propio derecho a poder decidir, ya que lo que hace es apoderarse de tu voluntad: no eres tú quien decides, es la otra la que lo hac por ti (directa o indirectamente). Y, hubiera dado igual que se me hubiera preguntado si estaba o no de acuerdo con lo que estaba pasando, a modo de referéndum, o que se me preguntara qué quería planteándome varias opciones/resultados: tener derecho a voto no te da automáticamente voz en las cosas que te afectan. Además, la relación estaba basada en la mentira y la manipulación constantes con la intención de que yo acabara siempre escogiendo aquello que el otro quería de mí. Éste acto de objetificación no solamente me robaba la voz y la opinión, sino también me robaba la propia voluntad.

Las normas sociales que privilegian ciertas formas de relacionarse hacen que no veamos estos actos como actos de violencia. Estas normas, que repetimos todas y que son las ‘leyes’ y la ‘legalidad’ de las relaciones, conforman todo tipo de relaciones y en nuestra cultura (que también se ha impuesto sobre otras) se basan en la objetificación hacia las otras personas que comentaba en el apartado anterior. No seguir las normas, además, siempre tiene unas consecuencias: aislamiento, más maltrato, culpabilización, victimización del agresor, entre muchas otras. Una cosa que nos ha quedado clara de estas leyes sociales  es que siempre beneficiaran al privilegio (y de aquí sale la propia definición de privilegio).

Poder dejar una relación así no es nada fácil, no solamente por todos los mecanismos sociales con los que te han educado y que te han llevado a esa relación que tienes que conseguir deconstruir (faena), y de las faltas con las que te han construido a ti misma, sino también porque se despiertan muchos mecanismos sociales para que tu decisión no pueda ser respetada, y que, en una constante empatización hacia el privilegio (es mucho más fácil empatizar con la ‘norma’), siempre se te exija una demanda constante de diálogo y de hacer las cosas ‘bien’, ‘’bonitas’, o ‘de buenas’, que tengas paciencia, y que seas comprensiva. ¿Cuántas veces habré escuchado eso de ‘tienes que dejar las relaciones con amor’? Una afirmación que me encanta pero que tendría que ir siempre acompañada de una aclaración para diferenciar entre tipos de relaciones. Muchas veces la única forma de poder dejar una relación de poder es utilizando muchas técnicas consideradas ‘feas’ o poco ‘bonitas’: como, por ejemplo, huir sin dialogar. Querer dejar ‘relaciones de poder con amor’ acostumbra a ser un sinónimo de no conseguir dejarlas nunca. Es más, ¿por qué dialogar con quien por defecto te quita la voz en todo lo que te afecta?

Share