mi bisexualidad es un desfase

por wuwei (natàlia)

en català aquí.

 

Este texto lo escribí y se publicó en El Salto el 21 de octubre. Podéis ver el original aquí . 

Aviso de contenido: monosexismo, estereotipos, machismo, heterosexismo

Mi cuerpo, mi mente, y todo mi sentir, llevan desde que nací cambiando, mudando. No quiero imponer qué es más natural y qué no. Todo lo que pueda ocurrir y ocurra, es natural. Las cosas “buenas” y las “malas”. Lo que está bien o no está bien no tiene nada que ver con lo que sea más o menos natural, tiene que ver con la ideología de cada cual. Mucha gente cree que los cambios tienen más tendencia a producirse, y a ser más “naturales”, cuando eres pequeña, y que cuando nos hacemos mayores tendemos a ser más rígidas, menos cambiantes.

Esta no ha sido mi experiencia. Yo siempre he sido consciente de mis cambios, y gracias a ellos he sobrevivido y he podido salir de momentos complicados de mi vida. La vida para mí es cambio. Siempre me he sentido yo misma como una especie de proceso. No hace falta que nadie me diga que me estoy poniendo filosófica, yo ya sé que me pongo así muy a menudo, puede que sea una de las pocas cosas que no han cambiado en mí desde que tengo consciencia, y desde que con cinco años mi gran preocupación era comprender si todo lo que veía y sentía era real o no y qué era el “yo” y esa voz que retumbaba en mi cabeza. Pero con todo esto tampoco quiero dar la impresión de que soy un ser que sabe mucho o que se conoce mucho y sabe bien lo que quiere o siente. Al contrario. Simplemente soy una rallada de la vida, sin más. Cada una tenemos lo nuestro.

Yo salí del armario como bisexual de forma muy confusa. De hecho, salí del armario con una amiga y conmigo misma a la vez. Le dije a mi amiga “oye, quiero decirte una cosa”, y ella me contestó “¿el qué?”. En ese momento no sabía ni lo que le iba a decir. “Que soy bisexual”, le dije. Y mientras lo dije la sorprendida fui yo. Seguramente más que ella. No hubo un razonamiento anterior, ni una crisis existencial, ni una duda mientras veía el mundo pasar. Nada, salió, así. Pero a partir de ese momento sí empecé a rayarme, como siempre, intentando entenderme un poco. También empezó una época muy complicada en mi vida, porque es lo que tiene la adolescencia, y más siendo una persona femenina, bisexual y autista. Pero hasta entonces mi vida había sido supuestamente heterosexual. O no. No lo fue. Me di cuenta en ese momento, rebuscando en mi pasado, que yo cuando era preadolescente era más lesbiana que otra cosa.

Sí, de eso me di cuenta en ese momento. O sea, cuando empecé a fijarme en personas de una forma más consciente, lo hacía básicamente con chicos. Y me atraían. Pero antes de empezar a experimentarme sexualmente, mi atracción era hacia chicas solamente. Y permitidme que sea así de binaria, no tenía más opciones en ese momento. Yo no tenía ni idea de que lo que sentía era atracción, o excitación. Obviamente aquí estaban el machismo y el heterosexismo bailándole a mi vida. Pero no solamente esto, también estaba el problema de ser autista, y muchos sentires míos me fueron vetados desde pequeña, algo que ha hecho que a lo largo de mi vida haya tenido que enmascarar demasiadas cosas de mí e imitar todo lo que me rodeaba, más que una persona neurotípica.

No quiero que eso se lea como que mi orientación “verdadera” y “natural” es la lésbica y que después con toda la presión social me volví más heterosexual y/o me quedé en medio. No es eso. Tampoco quiero que se lea que pasé una fase sin importancia. Las fases existen, son importantes, tanto como lo que interpretamos como “no-fases”. A mí me gustan y son partes importantes de mi vida. Pero vaya, tampoco nos pensemos, porque mi bisexualidad en ese momento terminó por ser una fase también. La violencia a la que estuve sometida los dos siguientes años hizo que me cerrara en una relación monógama con un hombre. Creía que así estaba más segura. Al menos eso es lo que sentía. Y allí se acabó. Temporalmente, claro.

Muchas activistas bisexuales se obsesionan en decir que si tienes una relación monógama con una persona de un género concreto esto no te convierte en monosexual, o sea en heterosexual o en lesbiana, que sigues siendo bisexual, sin matices, sin contextos. Yo era una de estas personas que no paraban de repetirlo. Pero creo que depende de cada una, qué queréis que os diga. O sea, lo que creo es que no tiene por qué, y tampoco tenemos que obligar a la gente a que sí siga siéndolo. Las personas cambiamos y nuestras experiencias también. También las estructuras que nos atraviesan. Las experiencias y los contextos son distintos para cada una. Habrá que sientan que sí, habrá que sientan que no, y habrá que no lo saben o que sientan que tal vez.

Para mí esta retórica tiene una fuerte base monógama, con todo el rollo de que la bisexualidad solo parece poderse demostrar fuera de la monogamia, parece que a todas nos asuste tanto esta idea que queremos aferrarnos a esa identidad fija de nuestro ser. En mi caso, durante esos once años de relación monógama con un hombre pasé por varias fases: en algunas de esas fases seguía sintiéndome atraída por mujeres, pero tampoco me importaba y no lo expresaba, y tampoco sentía ser bisexual, así que el monosexismo no me afectaba; en algunas otras fases sí que me afectaba y sí sentía necesidad de expresar cierto sentir; y en otras fases simplemente me sentía heterosexual. Es así. Y estoy segura de que no he sido la única.

Pero esas múltiples fases pasaron también. Dejé esa relación. Y mi atracción, o al menos como yo la percibo, se complicó. Los ejes de mi atracción no son el género. Pero para no hacerlo simple, que sería demasiado fácil, tampoco quiero decir que el género no cuenta para nada en mi atracción. Digamos que no filtro totalmente ningún género, y me puedo llegar a sentir atraída por una persona de cualquier género. Pero sí que es verdad que hay géneros que filtro más que otros. Eso no empezó siendo así hace casi diez años cuando dejé esa relación. En realidad, no filtraba nada en el género. Pero hay ciertas cosas que fui aprendiendo, y ciertas experiencias que también cambiaron mis atracciones. Me volví selectiva con algunas cosas, y mi propio cuerpo también. De hecho, una de mis fases fue la asexualidad. Durante dos años dejé de sentir atracción. Y creo que fue una bendición, realmente necesitaba eso. Necesitaba dejar de sentir ciertas cosas para curarme de muchas otras. Ahora soy alosexual. Y bisexual. Actualmente, mis ejes de atracción son más complejos que el género, y se dibujan y desdibujan a través también de posiciones políticas, activistas e ideológicas. No es solamente mi mente quien decide esto, es también todo mi cuerpo. Y me gusta ser así.

Me flipa mucho cuando hay gente que afirma con total rotundidad que la bisexualidad no es una fase. O que cualquier otra des/orientación tampoco lo es. Parece como que necesitamos ponerle énfasis a eso, ya que las fases y los cambios en nuestro contexto social no valen nada. Pero es irónico, este contexto social y estructural no nos permite cambiar según nuestras necesidades y contextos, es algo prohibido, quiere fijarnos en algunas de las cajas para jerarquizarnos, estigmatizarnos, colocarnos en algún lugar, sea el de productiva, sea el de “ser despreciable”.

Pero a la vez nos obliga a un constante fluir cambiante que nos inestabiliza, especialmente en lo económico y relacional. Una especie de fluir que es más bien un arrastre estructural que nunca sabes dónde te llevará.Y a las más vulnerables suele arrastrarlas a los lugares más precarios. Es verdad que hay un discurso en pro de las fases y de los fluires que es bastante liberal, que borra totalmente las estructuras que nos afectan y que simplemente se suman a una confusión apolítica intencionada. Pero lo contrario no tendría que pasar por negar nuestros cambios. Delante de todo esto prefiero pensar en otras vías. Vuestra bisexualidad podrá no ser una fase, pero la mía lleva siendo un gran desfase desde el primer día.

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la bisexualidad también es política

por wuwei (natàlia)

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Este artículo lo escribí y se publicó en eldiario.es el 7 de julio.  Podéis ver el artículo original aquí.

 

Hace poco salió el típico estudio que decía que las mujeres bisexuales existimos gracias a la objetificación sexual que hace el hombre heterosexual sobre las mujeres ‘bisexualizadas’. Esta es una forma de borrar nuestra propia orientación y sexualidad. Pero esto no es nuevo. Las personas bisexuales llevamos un siglo escuchando cosas como esta, o cosas como que los hombres bisexuales en realidad son gays que no se han atrevido a salir ‘del todo’ del armario.

Este ‘del todo’ es una metáfora que nos da una imagen de lo que significa socialmente la bisexualidad: mitad heterosexualidad y mitad homosexualidad. Esta lectura, de mitad y mitad, es la consecuencia del borrado de nuestra orientación sexual: la bisexualidad no existe, por eso es la suma de dos estados que sí que existen (uno bueno y otro malo). Y borrando la bisexualidad, detrás borramos muchas más orientaciones plurisexuales (como la pansexualidad, la polisexualidad, la skoliosexualidad, entre otras).

La pregunta es: ¿existe una opresión hacia las plurisexualidades, esas orientaciones donde existe una atracción hacia más de un género? ¿O solamente recibimos discriminación en forma de homofobia cuando mostramos nuestra ‘mitad’ homosexual? Tener que escribir esta pregunta, para mí, resulta doloroso, aunque yo misma sepa que la hago a modo de introducción. Pero sé que aún muchas creen que no existe esta opresión que afecta a plurisexuales y que solemos inventárnosla, igual que nos inventamos nuestra orientación sexual. Los días que solemos inventarnos esta opresión, solemos llamarla monosexismo, que es la opresión que sufrimos por el hecho de sentirnos atraídas por más de un género.

Una de las formas que tiene el patriarcado de marcar una línea clara entre el ‘hombre’ (el privilegiado) y la ‘mujer’ –y evidentemente erradicar la posibilidad de la existencia de otros géneros– es construir como única buena opción la heterosexualidad y haciendo que la única posible alternativa sea la homosexualidad (‘lo contrario’), colocándola en una posición jerárquicamente inferior a la heterosexualidad. El heterosexismo nos dice lo que claramente es ‘correcto’, ‘aceptable’ y ‘sano’: la heterosexualidad. El heterosexismo es una herramienta patriarcal con un gran poder, que nos marcará cuáles son los hombres ‘de verdad’ que tendrán acceso a las mujeres, y cuáles quedarán descartados y fuera de esta posibilidad. Aquellos que queden fuera se les pondrá en una posición discriminable y no aceptable. Y estos dos estados, el heterosexual y el homosexual, tienen que estar muy bien separados, que no se mezclen, que no se puedan tocar o ensuciar, para poder seguir manteniendo las jerarquías (hombre/mujer, hetero/homo) claramente.

¿Y cuál es el problema de las plurisexualidades? Que puedan contaminar, ensuciar, esa frontera, esa separación. Por esta razón el patriarcado necesita generar una estructura como el monosexismo, que se basa fuertemente en la negación de la existencia de la bisexualidad y de otras plurisexualidades, para que estas jerarquías y separaciones se mantengan.

Por lo tanto, las plurisexualidades son negadas constantemente, y a la vez se crean estereotipos alrededor de ellas que, no nos engañemos, son consecuencia del mismo borrado. Por ejemplo, las personas bisexuales somos siempre leídas como inestables, que no existimos, o que somos infecciosas, traidoras, excesivas, infieles… ¿por qué? Se nos ve como hipersexuales y promiscuas porque, como socialmente solo existen la heterosexualidad y la homosexualidad, se nos ve como la suma de ellas (por tanto, como el doble de sexuales); se nos ve como infieles y traidores porque, como solo se interpretan de nosotras dos estados, se nos ve saltando y cambiando todo el rato de un lado a otro; para el sistema somos infecciosas porque nos ‘movemos’ entre los dos únicos mundos que deberían poder existir y los ensuciamos y mezclamos; estamos confundidas, somos inestables y estamos en una fase porque no sabemos escoger entre los dos únicos estados reconocidos.

Nuestra existencia y opresión no se muestra ya que no se acepta nuestra existencia fuera de una combinación de los dos únicos estados que el patriarcado define como estables: el bueno (la heterosexualidad) y el malo (la homosexualidad).

Por un lado, aceptar socialmente la existencia de las plurisexualidades hace que la existencia de la heterosexualidad sea muy difícil (o imposible) de demostrar: ¿cómo puedes demostrar que existe la heterosexualidad si cualquier práctica que sea vista desde fuera como ‘heterosexual’ no tendría por qué implicar ser heterosexual sino bisexual o alguna otra plurisexualidad? De esta forma, poniendo en cuestión la existencia de la heterosexualidad, se pone en entredicho el privilegio que tiene la heterosexualidad y, por tanto, defender su privilegio pasa por tener que negar la existencia de las plurisexualidades.

Por otro lado, a las personas plurisexuales se nos ve como personas que podemos escoger el género de la persona con la que tenemos una relación sexual y/o romántica, y que por tanto también podemos ‘escoger’ nuestra orientación sexual. Esto pondría en entredicho la excusa de que las personas homosexuales solo se las puede aceptar porque han nacido así y no lo pueden cambiar (o sea, que no lo pueden escoger). Esta forma de ‘tolerar’ las prácticas ‘homosexuales’ es altamente homófoba, ya que quiere decir que solo es aceptable por no poder cambiarse, y que si se pudiera cambiar o escoger no sería aceptable, ya que tendría que escogerse la heterosexualidad. Aceptar la posibilidad de elección tendría que obligarnos a aceptar y respetar cualquier orientación, opción o práctica por el simple hecho de existir y no porque no se puede cambiar.

El hecho de que se nos diga que somos inestables o que estamos en una fase, como si de un estigma o de algo negativo se tratara, encierra en sí mismo un rechazo social hacia los cambios, la fluidez, a la elección, que nos convierte en personas insensibles cuando establecemos relaciones con las demás personas (no queremos hacernos más atentas a la posibilidad de que las demás quieran y puedan cambiar, por ejemplo, y con nuestra forma de tratarlas les ‘obligamos’ a permanecer encerradas en cajas estáticas).

El sistema nos ‘estabiliza’, nos ‘encierra’ en cajas, nos ‘estanca’ para que seamos personas productivas para el capitalismo, y no nos permite tener en cuenta los constantes cambios, voluntades y deseos de los demás. Por tanto, el monosexismo es también el enemigo del cambio y fortalece la insensibilidad relacional.

No pretendo parecer una ‘buena bisexual’, aquella que no está confundida, que sabe siempre lo que quiere, que no puede ser promiscua si quiere, o que, si no, tiene que parecer una buena lesbiana o heterosexual. Mi bisexualidad es una herramienta política contra el patriarcado, contra la jerarquía y la demanda constante de una estabilidad impuesta para mantener estas jerarquías. Mi bisexualidad es una herramienta de infección, contra el miedo a que lo que tiene que estar separado para poder ejercer opresión se mezcle. Es una herramienta en favor de las fases, y de la sensibilidad constante hacia las personas que nos rodean y con las que nos vinculamos. Es también una herramienta en favor de la elección, de poder escoger.

Mi bisexualidad es una herramienta en favor del cambio, contra el orden establecido, en favor de la multiplicidad, de lo híbrido y contra la idea de ‘pureza’. Es una herramienta de la ‘no suposición’, que nos permite acceder de una forma más sensible a nuestros deseos y a los de los demás.

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deconstruyendo los discursos hegemónicos y científicos de la orientación sexual: desorientación, fluidez, inestabilidad y confusión como actos revolucionarios (IV – aparición del concepto de bisexualidad y evolución)

por wuwei (natàlia)

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Cuarta parte. El mes de Abril de 2016 se celebraron las I Jornadas Desorientadas en Madrid. En esas jornadas di una charla sobre monosexismo, su discurso y de como se ha construído este discurso. El audio de la charla lo tenéis aquí (aviso de contenido del audio: lenguaje cisexista e intersexfóbico debido a estar explicando el discurso médico entorno a las orientaciones). Esta es la cuarta parte. La primera la podéis leer aquí, la segunda aquí, la tercera aquí, la quinta aquí y la sexta aquí.

Aviso de contenido: lenguaje heterosexista, monosexista, cisexista e intersexantagónico por estar explicando el discurso médico alrededor de las orientaciones.

Todos los conceptos que se estaban moviendo en la ciencia venían de una necesidad de imponer un tipo de modelos relacionales. Normalmente la ciencia te dirá que provenían de intentar darle explicación a estos comportamientos. Y no digo que la intención no fuera esa para algunas personas, o al menos también el interés de despenalizar la homosexualidad al principio era para algunas de importancia. Aun así, tal como se articulan, se mueven, se aceptan las teorías, visto de forma global, existe detrás también un propósito.

Antes de que se conceptualizaran las orientaciones sexuales la idea que se quería sustentar era el ideal burgués de la pareja que se reproducía y que era monógama. Lo que se tenía que hacer era crear conceptualmente la idea de dos personas, con genitalidad diferenciada y dual que tenían que unirse para reproducirse. Además, para asegurar la herencia paternal (de padre a hijo) la monogamia también jugaba un factor importante en esta ecuación.

Primero de todo necesitaremos conceptualizar esta diferenciación dual basada en los genitales. Para que estos dos personajes se unan para la procreación, y para que exista una condición de monogamia entre ellos, habrá que crearse un marco conceptual de atracción mutua para la complementariedad: o sea, uno necesita al otro, y una vez lo tiene no necesita nada más para completarse.

Para eso, primero de todo, es necesario que se forme la idea de que estos dos sexos son totalmente distintos entre sí. Es así cuando se crea esa diferenciación, donde científicamente solo se hará hincapié en definir los dos ‘sexos’ con características distintas, además creando más conceptos alrededor que ayuden a diferenciarlos más (o sea, relacionando fuertemente la genitalidad con los caracteres que tendrían que tener para esa complementariedad, que además tenían que ser opuestos y no solaparse).

Para que esa diferenciación pueda existir, deben crearse discursos para que nada diferente a estos dos sexos pueda existir. Además, como también he dicho antes, no todas las personas tenían estas prácticas que llamaríamos ‘heterosexuales’. Y había, obviamente, personas que tenían prácticas sexuales y/o afectivas con personas del mismo ‘sexo’.

Es entonces donde se crea el concepto de la homosexualidad, diferenciada de la heterosexualidad, donde se intenta ‘naturalizar’ pero no obstante, siguiendo poniéndola en una posición jerárquica inferior, tratándola de enferma. Con las teorías de la homosexualidad girando en torno al ‘sexo’ también, se podría seguir sustentando la teoría de la complementariedad girando en torno al ‘sexo’. Solamente bastaría con decir que hay personas que por causas ‘degenerativas’ su búsqueda de la complementariedad está supuestamente en el ‘sexo’ ‘incorrecto’. La teoría se cierra en sí misma.

En todo este marco conceptual que se está creando alrededor de estas atracciones, la idea de que pudiera haber personas que se sintieran atraídas por los ‘dos’ sexos comportaba varios problemas:

  • el argumento de que las personas homosexuales tienen estas relaciones, no porque lo escojan, sino porque es innato y no pueden cambiarlo, quedaría en jaque, ya que la atracción hacia los dos se vería como que, aún si fuera innato, podrías escoger, y habiendo la heterosexualidad, que es lo correcto, no se puede entender esta falta de elección hacia lo correcto.

  • Al ser el supuesto sexo de la persona por la que te sientes atraída lo importante y complementario en la atracción, la monogamia no se perpetuaría, pues si yo me siento atraída por los ‘dos’ supuestos sexos reconocidos, necesitaría a los dos para completarme.

Ante este lío, las dos únicas opciones que deben poder existir son la heterosexualidad y la homosexualidad, que deben ser exclusivas y excluyentes, y que son las que refuerzan las dos únicas opciones hombre/mujer (basados además en la genitalidad). De esta forma, al igual que ha pasado con las personas que no caían claramente en la clasificación exacta de los dos únicos ‘sexos’, se creará un imaginario para que las personas plurisexuales no puedan existir.

Aparición de la bisexualidad y el concepto de ‘evolución’

Antes de que aparecieran los conceptos de heterosexualidad y homosexualidad, a mitad de s. XIX apareció la palabra bisexual (no en medicina, sino en biología, y por tanto era un concepto genérico a organismos y no solamente referido a humanes). La bisexualidad se refería a organismos hermafroditas u organismos que en un desarrollo temprano su sexo era indiferenciado y que más adelante al desarrollarse se diferenciaría entre lo que llamaban ‘macho’ o ‘hembra’. Por tanto, la primera vez que apareció la palabra bisexual no era para referirse a una orientación sexual, sino que era un concepto que giraba en torno al ‘sexo’ y al hermafroditismo de los organismos.

En la misma época Darwin empezó a desarrollar su teoría de la evolución y de la selección natural. De toda la teoría de Darwin, lo que más se cogió y perduró y que atañe a esta conceptualización que estoy dando, es la idea de que la diferenciación en dos ‘sexos’ y la reproducción sexual favorece la adaptación y por tanto es más ‘evolucionado’. No es lo que dijo así exactamente, pero como digo es lo que más se utilizó después y perduró.

Además, se afirmó que algún progenitor remoto de todo el reino de los vertebrados parecía que había sido hermafrodita o andrógeno y cuando evolucionaron, los órganos ‘sexuales’ se diferenciaron y especializaron en sus funciones y aparecieron los dos únicos reconocidos ‘sexos’. Y algunos experimentos a mitad de s. XIX demostraron que en las primeras semanas de gestación ‘el sistema urogenital del embrión humano es indiferenciado en cuanto al sexo’. Y aquí todo se mezcló.

Por tanto, conceptualmente la bisexualidad en este contexto, entendida como indiferenciación sexual (más vinculada al hermafroditismo), es considerada una fase inmadura del desarrollo humano y se relacionará con: niños, razas ‘primitivas’, la conducta animal, y lo que no es del todo humano (teniendo como lo que es totalmente humano la cultura occidental, evidentemente). Estamos viendo, además, que aquí se está mezclando también con ese proceso de clasificación y de racialización que estaba tan ligada al colonialismo.

Ya hemos comentado antes en ese esquema que las personas que no caían claramente en alguno de los dos ‘sexos’ definidos eran molestas en todo ese aparato que se intentaba construir. Y ahora además, también vemos que se había estado formando un ideario acerca del hermafroditismo (y llamado bisexualidad) en el que lo ponía en un pasado primitivo no evolucionado.

Además, recordemos que también se había estado creando la idea de que la atracción hacia dos ‘sexos’ (llamado hermafroditismo psicosexual) molestaba y se tomaba como algo irreal. Y más adelante se unirían los dos conceptos llamando bisexual también a la atracción hacia dos ‘sexos’.

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natural vs cultural, machismo y orientación sexual

por wuwei (natàlia)

en català aquí.

Este artículo lo escribí y se publicó en eldiario.es el pasado día 16 de mayo. Podéis ver el artículo original aquí.

A menudo en discusiones sobre feminismos (u otros tipos de activismo donde estoy implicada) por redes sociales utilizamos sin darnos cuenta expresiones que caen en el ‘primitivismo de los comportamientos machistas’ o en ‘la naturalización de la no heterosexualidad’. Por ejemplo, ¿cuantas veces habŕe leído cosas como ‘estos machistas son unos cavernícolas’ o bien ‘ser homosexual no se puede escoger, por favor aceptadme’? Aunque entiendo de donde sale la necesidad de utilizar expresiones como estas, tenemos que ir con cuidado y entender qué estamos reproduciendo utilizándolas. Por ejemplo, el hecho de llamar ‘primitivos’ a los hombre machistas hace que se naturalicen sus comportamientos, olvidándonos de que la estructura patriarcal y su propia violencia tienen un gran componente cultural y construido; haciendo esto, incluso, damos excusa para que se siga reproduciendo, ya que ‘al ser natural’ socialmente se verá como algo difícil de evitar. Por otro lado, la necesidad de emfatizar el componente natural y de ‘no posible elección’ de la homosexualidad para que se la contemple como aceptable, implica y está suponiendo que si fuese escogida no sería aceptable, y por tanto, sigue reproduciendo la idea de que hay algo malo en la homosexualidad. Más allá de saber si realmente la orientación sexual es o no escogida, tenemos que dejar de reproducir la idea de que es malo no ser heterosexual, y esta es una idea estrucural y cultural.

Existe la costumbre en nuestra cultura occidental de separar todo lo que es natural de todo lo que es cultural, creando un binario ‘natural/cultural’ que se utiliza para reforzar estructuras de poder, como el machismo o heterosexismo (como los ejeemplos comentados anteriormente) y otras.

Desde nuestro punto de vista occidental, lo natural es visto y usado como una cosa que no puede cambiar, como lo inmutable, y que solo se puede cambiar a través de nuestra fuerza de conquista, de dominación. Por lo tanto, la naturaleza se verá como algo que no se escoge, pero sí vista a forzarse a través de la técnica y a poderse ‘corregir’. Es cierto que sabemos que la naturaleza cambia, pero según nuestra forma de verlo, sus cambios son consecuencia de leyes inamobibles. Además, parte de esta forma de intuir la naturaleza tampoco proviene de una idea puramente ‘científica’, sino más bien de la idea social general que hay detrás desde un punto de vista estructural.

Por otro lado, la cultura es vista como algo que puede cambiar, pero donde la elección es importante. Eres tú quien escoge comportarse de una forma o comportarse de otra, y someterte a las normas culturales tiene un peso en cuanto a la elección: tienes que escoger, y tienes que escoger bien. El verte como alguien que puede (libremente) escoger es visto como una cosa negativa, porque lo cultural no te dice que puedes escoger lo que quieras, sino que tienes que escoger lo correcto.

Otro binario que se utiliza, equivalente a natural/cultural, es el de primitivo/evolucionado. Lo primitivo es visto como ligado a la naturaleza que no está dominada por la cultura y por tanto no sometido al proceso obligatorio de la ‘buena’ elección. Lo evolucionado será visto como una naturaleza culturizada, superior y avanzada, dominada, donde se ha ejercido un poder de elección moral. Hace falta decir que no es esta exactamente la idea con la que la ciencia en algunas especialidades utiliza las ideas de ‘primitivo’ y ‘evolucionado’; aún así, en muchas teorías científicas esta idea se puede ver de forma indirecta en sus textos, especialmente a finales de s. XIX y principios de s. XX, donde estos términod empezaban a utilizarse más, y que han creado imaginarios que ahora aún perduran (imaginarios racistas, homófoos, bífobos, machistas, capacitistas, etc). Durante el proceso de colonización y racialización se utilizaron los discursos científicos para colocar a las razas no blancas en una posición ‘más primitiva’ y ‘menos evolucionada’ y por tanto también menos ‘culturizadas’ y más cercanas a la ‘naturaleza’. Juntamente con la racialización, otros colectivos como eran el de las mujeres, las personas con enfermedades mentales o las criaturas, eran leídas y vistas también bajo ese prisma. Con la orientación sexual pasó una cosa curiosa: se situó a la homosexualidad en el paradigma de la enfermedad como un caso de ‘degeneración’ en la evolución humana y a la bisexualidad como un caso de ‘primitivismo’ y por tanto o inexistente, o bien relacionado con personas de color, criaturas o personas con enfermedades mentales.

El binario natural/cultural es un binario que se utiliza mucho para reforzar estructuras, y es un juego muy peligroso. Si tu utilizas la naturaleza para excusar un comportamiento, o sea considerar una cosa como ‘natural’ para hablar de un comportamiento, pueden pasar dos cosas: si lo que quieres excusar es considerado socialmente negativo automáticamente lo pasarás por el molde de la corrección (esto es lo que ha pasado, por ejemplo con la homosexualidad, que se vió hasta no hace mucho tiempo como una enfermedad a curar), pero si es una cosa socialmente aceptada automáticamente la naturalizarás y la reforzarás (esto es lo que pasa con los comportamientos machistas). Solo lo que esté aceptado culturalmente como correcto saldrá bien parado de una posible ‘naturalización’.

La pregunta es: ¿ por que lo cultural no es natural si existimos culturalmente en la naturaleza? La diferenciación natural/cultural proviene de la visión occidental (e históricamente burguesa) del individuo separado de su entorno y que ve lo que le rodea externa a él, poniéndose siempre en una posición jerárquicamente superior. Esta forma de ver el mundo, divide entre lo ‘propio’ (cultural) y todo lo que es ‘externo’ (natural y a dominar). Por este motivo también se ha colocado la cultura occidental como más evolucionada que el resto: una visión racista y colonialista que ve al resto de ‘culturas’ como más ‘primitivas’ y más cercanas a la ‘naturaleza’ y la otredad.

Toda producción cultural es natural y la naturaleza no es inmutable, es plástica. Naturaleza y cultura interaccionan entre ellas, se transforman, cambian. Naturaleza y cultura se relacionan dentro de ellas mismas.

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gordura y monogamia

por Kai Guerrero

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Siempre he sido gorde.

Desde parvulario tuve consciencia de ello. Les niñes se burlaban y cantaban canciones insultantes para cada vez que me veían. 

También en ese entonces tenía un compañero de clase y vecino con el que me llevaba muy bien. Rápidamente etiquetamos nuestro vínculo: eramos novies. Con apenas 4 años ya estábamos hablando de matrimonio. Quizás porque nos queríamos mucho y ya habíamos interiorizado esa idea de que hay grados en el quererse y el quererse mucho tiene que resultar en relación romántica, matrimonio y vivir juntes. Se suma aquí toda la carga heterosexista de que nuestro vínculo se leyó de forma romántica desde el instante en el que mostramos afecto y nosotres lo reproducimos. 

Es curioso como ya de pequeñe yo sentía un fuerte deseo por tener relaciones románticas. Al mismo tiempo que deseaba con toda las fuerzas del mundo parecerme de alguna forma a los referentes que me habían generado esos mismos deseos: Parejas heterosexuales y normativas (sobre todo físicamente normativas). Es decir, quería ser delgade, hetero y monógame. Suerte que se he me ha pasado esa fase, de lo contrario, vaya tragedia. 

Había aprendido que eso (ser delgade, hetero y monógame) era lo que debía desear y lo que hacer iba a feliz. Así que yo misme potencié y reproducí ese vínculo romántico antes de que pudiera entender en que consistía eso que yo quería vivir tan desesperadamente. 

Llego el momento en el que el niño empezó a sentirse avergonzado de «salir» con une niñe gorde. Terminó el vínculo conmigo presionado por las burlas de les demás. Yo tenía muy claro que mi condición de gorde tenía algo que ver, sea verdad o no, eso es irrelevante. El hecho es que sentí aquello como natural y dramático a la vez.  Él era un niño de los «populares» y yo era le niñe gorde: no podía haber unión más imposible. Más tarde hizo comentarios gordofóbicos sobre mi familia por lo cual mi hipótesis se vio reforzada: había sido gordofobia.

Así que fracasé en alcanzar esa meta que, cómo nos enseñan desde el día 0, es la llave de la felicidad. La consciencia de que mi gordura me impedía ese tipo de relación y con ello, ser una persona integrada y «normal», empezó a hacerme sentir gordofobia interiorizada de forma más evidente. Ahora me encanta no ser normal y vivir en los márgenes, pero me ha costado lo mío, vamos.

A lo largo de los años esta percepción de fracaso se acrecentó. De forma que el plantearme ningún tipo de relación romántica real me resultaba ridícula. Me repetía: «Nadie quiere estar con gordes. Ni siguiera otres gordes quieren estar con gordes.» Sentía que se me excluía de la receta mágica para la vida completa y dichosa.  Así pues, los finales felices me estaban vetados. Era un ser humano sin futuro posible, incompleto, roto.

En la adolescencia este sentimiento todavía me obsesionaba más. En casa todo era un desastre, me hacían bulling en clase, sufría gordofobia constantemente, desarrollé un trastorno alimenticio (sin diagnosticar durante muchos años, porque les médiques creen que les gordes no tenemos TCA, al parecer) y depresión. Me habían hecho creer que el amor todo lo vence que si encontraba a alguien especial todo el resto de cosas horribles de mi vida importarían menos. Se suponía que no necesitaba nada más para ser feliz que un novio (de nuevo el heterosexismo dando la lata). Estos mensajes que sistemáticamente nos impone la cultura de la monogamia, son los que luego propician relaciones de dependencia y abuso.

El caso es que muches gordes no llegamos a sufrir los efectos nocivos de la monogamia porque se nos excluye de ella. Así que es mucho más difícil darse cuenta de todo lo que implica la monogamia como estructura: objetivar a le otre, posesividad, competitividad, individualismo, falta de empatía y posesión, entre muchas otras cosas. 

Se nos impone un supuesto modelo único de felicidad al que no podemos acceder a causa de nuestro cuerpo, que es percibido como feo, enfermo y asqueroso. Por eso fácilmente nos sentimos condenades a la soledad, porque de entrada no se conoce una alternativa a la monogamia que no sea la soledad. Si no tienes pareja estarás sole y amargade, se tendrá lástima de ti.

Como gorde eso es lo que sabes que te espera el resto de tu vida. Es lo que cuenta la narrativa gordofóbica:  nadie nos va a querer, especialmente de forma romántica, y  nadie va a querer tener sexo con nosotres. Porque damos asco y es mejor alejarse de nosotres. Tener esto interiorizado hasta la médula me llevo a tener relaciones sexuales con un tío que no me gustaba, porque era «mi única oportunidad de saber lo que es tener sexo». El tío era un machista asqueroso, pero yo sentía que debía sentirme agradecide porque alguien se fijara en mí. Esto acabó desembocando en abuso sexual.

Paralelamente a la idea de que nadie va a querernos,  desde la monogamia, se nos dice que si no tenemos una relación de pareja y sexo no podemos tener una vida completa.

En conclusión, la percepción inicial de une gorde es que siempre va a ser infeliz a no ser que adelgace, porque de otra forma no encontrará pareja. 

En mi caso resultó en idealizar las relaciones románticas y la monogamia, lo cual, evidentemente, resultó ser un desastre. 

Hasta que me encontré con las no-monogamias. 

Pero claro, si ya resultaba complicado pensar en una sola persona que se interesara por mí y habiendo interiorizado que si eso ocurría era un «golpe de suerte» o «a pesar de mi gordura», el plantearme gestionar aquello me parecía imposible.

Siempre me sentía inferior a mis novies cuando era monógame. Pensamientos como «está conmigo por desesperación», «porque no ha encontrado a nadie mejor», «le doy pena», pensamientos muy dañinos para mí, pero también para la persona. Esto, en realidad se aplicaba a todas mis relaciones, pero se acentuaban cuando había intimidad física. 

El miedo al abandono, el miedo a ser reemplazade… la monogamia crea la falsa ilusión de que es más estable, de crear vínculos más comprometidos a partir de la incondicionalidad. En realidad acaba por ser muy tóxico porque me llevaba a dejarme machacar y olvidarme de mí misme. Porque si no quería «incondicionalmente» no quería de verdad y merecía el abandono. Y con lo difícil que era para mí encontrar a alguien que me «aceptara», no me podía permitir el abandono. 

Esta supuesta estabilidad, por lo tanto, es una falacia, porque al final la cultura de la monogamia lo que promueve es un consumo de relaciones. Tener una relación, objectivizar a le otre y pedir que cumpla todas tus necesidades y proyectar toda tu energía en una sola persona hasta que la cosa explote y NEXT. Promueve una falta de comunicación, porque se construye a partir de un modelo rígido con códigos inamovibles. 

Así que no me servía, no me servía un modelo en el que tenía que me forzaba una forma de vivir y de relacionarme que me hacía daño. Poco a poco he ido desmontando los mitos del amor romántico que me mantenían ligade a relaciones que me consumían.

Aún siendo consciente de eso, el ser une gorde no-monógame implica para mí tener que deconstruirme desde mi posición dentro de la sociedad, una posición que me ha sido marcada a fuego desde parvulario, como he explicado antes.

Mi identidad ha estado siempre ligada a la soledad, el entender que no es así, que mis vínculos no tienen por qué girar en torno al sexo, que puedo no tener relaciones románticas, que no tenerlas no significa  estar sole, que aquello sobre lo que siempre he fantaseado es un gran fiasco… pues no me ha resultado fácil. No me está resultando fácil. 

El siguiente paso para mí, ha sido desmitificar las no-monogamias.

También hay gordofobia en las no-monogamias. También se reproducen estructuras de poder, jerarquías y demás mierdas de esta maravillosa sociedad en la que vivimos. 

Me han dicho alguna vez que he adoptado esta forma de relacionarme para follar más porque como soy gorde, así tendré más oportunidades, porque además soy bisexual. Como si la gente por ser no-monógama fuera menos gordofóbica y nos rechazara menos, como si todo el mundo quisiera follar, como si el hecho de ser no-monógame y bisexual automáticamente significara follar más. 

Lo que sí que me ocurre es que me cuesta mucho no darle una importancia especial a mis vínculos más románticos, porque toda la vida se me han negado la posibilidad de vivirlos y ver que puedo tenerlos, que realmente puedo follar con gente, que realmente puedo gustarle a alguien, pues sigue siendo algo que me cuesta digerir y me crea mucha inseguridad. Y si esa persona se relaciona romántica y sexualmente con otra gente y son personas delgadas, es fácil que me sienta inferior, que me compare, que sienta competitividad. Eso está ahí, porque me cuesta entender que alguien elija tener un vínculo sexual, afectivo y/o romántico con une gorde como yo y el miedo al abandono está latente constantemente. 

Es decir,  me genera el miedo de que se creen dependencias y jerarquías que reproduzcan justo lo que no me gusta de la monogamia. 

Por un lado, si como gorde me cuesta más relacionarme a un nivel sexual porque se me rechaza y, pongamos, solo tengo un vínculo sexual/romántico siento que hay gran peligro de que se cree (en forma de réplica de una relación monógama de competividad) la percepción de que «la única persona que me quiere es elle» y «elle tiene más relaciones porque es delgade». Así, no solo entraría a compararme con elle, sino con el resto de relaciones de su red afectiva. Compararse genera competitividad y eso acaba por crear vínculos tóxicos.

 Por otro lado, como he comentado, no creo que las no-monogamias están libres de gordofobia. No es garantía de no ser invisibilizade, rechazade, compadecide y fetichizade. Al final el eje de opresión en torno a la gordura es el mismo, seas monógame o no. Tener la ilusión de que no se te va a rechazar porque es gente que se ha replanteado las relaciones, creo que puede ser problemático, porque no ser monóhame no significa que se hayan desconstruido la gordofobia (ni el machismo, ni el cissexismo, ni el monosexismo etc.).

También está el tema de que algunes nos vean, a les gordes no monogames, como objetivos fáciles. O sea, personas desesperadas que accederemos a mantener cualquier tipo de relación con cualquiera, sin filtros, porque estamos desesperades por tener sexo. 

En resumen, podemos ser víctimas del fetichismo o la exclusión de la misma forma que lo somos en el imaginario monógamo.

 

 Y a veces une se puede preguntar, ¿si me voy a sentir igualmente  rechazade e insegure para qué me meto en esto?

Para mí la clave es construir un entrono no monógamo sensible a las estructuras de poder y sistema de opresiones. No basta con no ser monógame si tus relaciones no son sensibles al feminismo, a la lucha trans, a las neurodivergencias o a lo que sufrimos las personas gordas entre otras muchas cosas. 

Con ayuda de este entorno que tengo la suerte de estar construyendo día a día, he empezado a desidealizar las relaciones románticas poco a poco.

No soy menos por no tener sexo con nadie (ese pensamiento además es bastante alosexista). 

No soy menos porque nadie quiera tener sexo conmigo. 

No estoy obligade a tener sexo con nadie porque sienta que tengo demostrar que alguien me desea. No soy importante en la medida que les demás me deseen sexualmente. No soy menos por no tener una relación romántica con nadie. Si alguien me rechaza por gorde se retrata elle, yo no tengo nada que ver en su gordofobia.

He dejado de asumir que tengo que esperar pasive a que alguien se me acerque, que no todo el mundo siente asco cuando me ve, que puedo construir relaciones sanas.

Estoy combatiendo mis propios monstruos con todo ello, cuestionándome constantemente. Aunque mi gordofobia interiorizada asome de vez en cuando y me diga que todo es inútil, que me estoy intentando engañar y que las no-monogamias son otra forma de maquillar que voy a estar sole siempre. 

Ahora sé que no es verdad. Mis vínculos, tengan componentes románticos y/o sexuales o no, son importantes y estoy consiguiendo construir una red afectiva maravillosa a pesar de todo el peso de la monogamia y la gordofobia.

Parece que la sociedad nos dice que las personas tenemos que subir una escalerita de relaciones que nos otorga un estatus y unos privilegios. Y que les gordes, por gordes y torpes nos quedamos abajo. Pero mandemos a la mierda la escalera y a estructura que la sustenta!

Cada vez me siento mejor aquí, donde estoy teniendo la oportunidad de mirarme al espejo y saber que valgo por mí misme y no en relación a les demás. Que mi vida no tiene por qué girar en torno al sexo y el amor romántico, que mi vida no está vacía por ello.

Por mucho que me quieran infeliz, me resisto.


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deconstruyendo los discursos hegemónicos y científicos de la orientación sexual: desorientación, fluidez, inestabilidad y confusión como actos revolucionarios (III – teoría de la inversión sexual y hermafroditismo psicosexual)

por wuwei (natàlia)

en català aquí.

Tercera parte. El mes de Abril de 2016 se celebraron las I Jornadas Desorientadas en Madrid. En esas jornadas di una charla sobre monosexismo, su discurso y de como se ha construído este discurso. El audio de la charla lo tenéis aquí (aviso de contenido del audio: lenguaje cisexista e intersexfóbico debido a estar explicando el discurso médico entorno a las orientaciones). Esta es la tercera parte. La primera la podéis leer aquí, la segunda aquí, la cuarta aquí, la quinta aquí y la sexta aquí.

Aviso de contenido: lenguaje heterosexista, monosexista, cisexista e intersexantagónico por estar explicando el discurso médico alrededor de las orientaciones.

Antes de sumergirnos en la historia de cómo se ha conceptualizado la plurisexualidad, a través de la ciencia y a través de los intereses sociales que había detrás, conviene comentar algunas cosas.

En primer lugar, tal como se conceptualizaron y crearon las orientaciones sexuales en la ciencia, desde el siglo XIX, no se hablaba de atracción entre ‘géneros’, ni de relaciones entre personas de un ‘género’ o de otro. El género no estaba conceptualizado ni tenido en cuenta en ciencia. Todas las teorías giraban en torno a lo que llamaban ‘sexo’, o sea, entorno a lo que se leía por la genitalidad de las personas a las que se estudiaba. La razón principal por la que se hizo de esta manera era porque, no solamente se estaba construyendo el concepto de orientación sexual, sino también se estaba intentando hacer una separación entre dos sexos opuestos. Una separación definida por la genitalidad de las personas, e imponiendo a la vez que esa diferenciación fuera la base para una diferenciación de comportamientos y roles.

Las personas que no se sentían identificadas con esta imposición asignada, personas trans, fueron a través de esta historia, también invisibilizadas. Evidentemente, esta no solamente es una historia sobre el monosexismo, también lo es de la transfobia, de la homofobia, del sexismo, y todo aquello tan ligado a nuestra cultura patriarcal.

Muchas prácticas sexuales o afectivas que se leían como ‘homosexuales’ o entre personas del mismo ‘sexo’, podrían tratarse de relaciones que no fueran ‘homosexuales’, por tratarse de personas que se leían desde estos paradigmas de una forma que no era correspondida en cómo se identificaban. No obstante, no puedo hablar de estas teorías a través de cómo hablamos hoy en día sobre las orientaciones y los géneros, por lo que tendré que hablar de ‘sexos’, y solamente de dos.

También habrá algunos momentos en los que hable sobre hermafroditismo. Veremos más adelante que el término bisexual nació en la biología y era un término que se relacionaba con lo que llamaban en biología hermafroditismo (no solamente para referirse a personas humanas, sino a organismos en general). Mi intención no es igualarlo a la intersexualidad, aunque son discursos que evidentemente también han afectado a todas aquellas personas que no caían exactamente en los dos sexos que se querían imponer de alguna forma.

También existe una invisibilización total de la posibilidad de la existencia de géneros no binarios, que no son ni hombre ni mujer. No puedo, por tanto, en esta historia de hablar de géneros no binarios, porque para ese discurso ni tan solo existían los géneros, como ya he comentado.

Y, aunque hoy en día las personas plurisexuales hablamos de atracción hacia géneros, hacia algunos, muchos, todos, lo que sea, y no hablamos solamente de dos géneros, ni nos centramos en los sexos, la historia con la que se nos ha ‘construído’ habla solamente de ‘sexos’ y específicamente de dos ‘sexos’, y es por eso que estaré hablando a partir de aquí.

Tenemos que recordar que tanto socialmente como científicamente se ha hablado de nosotres desde fuera, desde arriba, desde el ‘poder’. En esta historia nosotres solamente éramos meros objetos de estudio donde constantemente se nos definía sin que nosotres tuviéramos ningún poder en toda esta definición y explicación. Y actualmente se nos ve socialmente de unas formas concretas y con unos estereotipos justamente por cómo se nos ha definido desde fuera en esta historia, no desde nosotres mismes.

Teoría de la inversión sexual

Antes de que aparecieran los conceptos de orientación sexual, en el s.XIX, las prácticas entre personas del mismo ‘sexo’ eran penalizadas en muchos países ‘occidentales’, y también moralmente y socialmente castigadas. Se las llamaban prácticas ‘contra natura’. No se veían igual si eran personas leídas como de un ‘sexo’ u otro, como tampoco según como eran esas prácticas, pero no tengo tiempo para entrar mucho aquí.

En ese contexto empezaron las primeras teorías sobre la homosexualidad que intentaron, sobre todo, ‘naturalizar’ estas prácticas, verlas como algo que no se escogía, sino que eran innatas, para que dejaran de ser castigadas. Recordemos que lo natural es exento de ‘carga’ moral, ya que no se escoge. El problema es que aunque se ‘naturalicen’, al ser algo que realmente no es aceptado socialmente, no están exentas de querer ser corregidas, y por tanto, se tratará de hacerlas entrar en la enfermedad para que se las someta a ‘tratamiento’. No todos los que hicieron teorías al respecto querían que fueran tratadas como una enfermedad, pero al final lo que perduró y se cogió fue eso.

La teoría que más resonó fue la de la inversión. Esta teoría partía de la idea de que la atracción tenía que ser siempre por narices entre personas de los dos sexos opuestos, y que por tanto, cuando te sentías atraída por una persona del mismo sexo quería decir que tu psique, tu mente, era del sexo opuesto al que se te leía físicamente. O sea, que eras invertida.

Hermafroditismo psicosexual

En esta teoría de la inversión sexual las personas que se sentían atraídas por los dos ‘sexos’ eran personas que tenían psicológicamente los dos ‘sexos’, y se las llamaba ‘hermafroditas psicosexuales’. En este caso, mi psique ‘femenina’ se sentiría atraída por los hombres y mi psique ‘masculina’ por las mujeres.

Pero no es tan simple. De hecho, aunque apareció y se usaba el término, a las personas que se dedicaban a estudiar nuestras sexualidades, la trataban de una forma particular. En realidad, la atracción hacia los dos ‘sexos’ será tratada como algo que molesta incluso en los datos y como algo más bien irreal.

Podemos ver, por ejemplo, una cita de Havellock Ellis, donde habla del hermafroditismo psicosexual en la última edición del ‘Sexual Inversion’. Al ser la última versión del texto, en vez de utilizar hermafroditismo psicosexual ya usa la palabra bisexual. Pero para que nos entendamos el concepto era el mismo, atracción hacia los dos sexos con una idea de inversión sexual. En esta cita, que es un poco larga, aparecen las metáforas que he comentado anteriormente (en negrita):

La más simple de todas las clasificaciones posibles, y aquella que yo he adoptado en ediciones anteriores del presente estudio, simplemente busca distinguir entre esos que, no sintiéndose a traídos exclusivamente hacia el sexo opuesto, se sienten atraídos exclusivamente hacia el mismo sexo, y aquellos que se sienten atraídos por los dos sexos. El primero es el homosexual, se origine o no su atracción por una inversión genuina. Los segundos son los bisexuales, o, como fueron a menudo antes denominados, siguiendo a Krafft-Ebing, hermafroditas psicosexuales. Parecería que habría una amplia y simple agrupación de todas las personas sexualmente funcionales en 3 divisiones completas: el heterosexual, el bisexual y el homosexual.

No obstante, esta clasificación primaria parece que no tiene utilidad práctica. El grupo bisexual introduce incertidumbre y duda. No solo que una gran proporción de personas que podría considerarse normalmente heterosexuales han experimentado en sus vidas un sentimiento que podría llamarse sexual hacia individuos del mismo sexo, sino que además una gran proporción de personas que son definitivamente y remarcadamente homosexuales se ha visto que han experimentado atracción sexual hacia, y han tenido relaciones con, personas del sexo opuesto. La presión social, instando a todas las personas a pasar por el canal sexual normal, es suficiente para desarrollar este tipo de gérmenes de heterosexualidad que las personas homosexuales pueden poseer, que las haría bisexuales. En la mayoría de las personas adultas bisexuales parecería que la tendencia homosexual es más grande y más orgánica que la tendencia heterosexual. (…) Por tanto, aunque la división en heterosexual, bisexual y homosexual es una útil división superficial, apenas es una división científica.”

La mayoría de los bisexuales prefieren a su mismo sexo. Es curiosamente raro encontrar una persona, sea hombre o mujer, que, por elección tuviera relaciones con los dos sexos y prefiera al sexo opuesto. Esto parecería indicar que los bisexuales realmente serían invertidos.”

Queriendo crear un aparato de discursos en el que se quiera, sobre todo, salvaguardar a la heterosexualidad de una posición de privilegio (o sea, imponer que sea la mayor de las verdades y realidades) todo aquello que pueda llegar a molestar son cosas que crean duda e incertidumbre. Y como sabréis, lo que molesta hay que quitarlo de en medio.

Aunque se nos diga a menudo de nosotres que estamos confundides y no sabemos lo que queremos, ya sabemos que no somos las personas bisexuales las que realmente creamos la duda o la incertidumbre, sino aceptar nuestra posible existencia cuando se intenta pasar por un aparato de control como es el de la heterosexualidad obligatoria.

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