mi bisexualidad es un desfase

por wuwei (natàlia)

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Este texto lo escribí y se publicó en El Salto el 21 de octubre. Podéis ver el original aquí . 

Aviso de contenido: monosexismo, estereotipos, machismo, heterosexismo

Mi cuerpo, mi mente, y todo mi sentir, llevan desde que nací cambiando, mudando. No quiero imponer qué es más natural y qué no. Todo lo que pueda ocurrir y ocurra, es natural. Las cosas “buenas” y las “malas”. Lo que está bien o no está bien no tiene nada que ver con lo que sea más o menos natural, tiene que ver con la ideología de cada cual. Mucha gente cree que los cambios tienen más tendencia a producirse, y a ser más “naturales”, cuando eres pequeña, y que cuando nos hacemos mayores tendemos a ser más rígidas, menos cambiantes.

Esta no ha sido mi experiencia. Yo siempre he sido consciente de mis cambios, y gracias a ellos he sobrevivido y he podido salir de momentos complicados de mi vida. La vida para mí es cambio. Siempre me he sentido yo misma como una especie de proceso. No hace falta que nadie me diga que me estoy poniendo filosófica, yo ya sé que me pongo así muy a menudo, puede que sea una de las pocas cosas que no han cambiado en mí desde que tengo consciencia, y desde que con cinco años mi gran preocupación era comprender si todo lo que veía y sentía era real o no y qué era el “yo” y esa voz que retumbaba en mi cabeza. Pero con todo esto tampoco quiero dar la impresión de que soy un ser que sabe mucho o que se conoce mucho y sabe bien lo que quiere o siente. Al contrario. Simplemente soy una rallada de la vida, sin más. Cada una tenemos lo nuestro.

Yo salí del armario como bisexual de forma muy confusa. De hecho, salí del armario con una amiga y conmigo misma a la vez. Le dije a mi amiga “oye, quiero decirte una cosa”, y ella me contestó “¿el qué?”. En ese momento no sabía ni lo que le iba a decir. “Que soy bisexual”, le dije. Y mientras lo dije la sorprendida fui yo. Seguramente más que ella. No hubo un razonamiento anterior, ni una crisis existencial, ni una duda mientras veía el mundo pasar. Nada, salió, así. Pero a partir de ese momento sí empecé a rayarme, como siempre, intentando entenderme un poco. También empezó una época muy complicada en mi vida, porque es lo que tiene la adolescencia, y más siendo una persona femenina, bisexual y autista. Pero hasta entonces mi vida había sido supuestamente heterosexual. O no. No lo fue. Me di cuenta en ese momento, rebuscando en mi pasado, que yo cuando era preadolescente era más lesbiana que otra cosa.

Sí, de eso me di cuenta en ese momento. O sea, cuando empecé a fijarme en personas de una forma más consciente, lo hacía básicamente con chicos. Y me atraían. Pero antes de empezar a experimentarme sexualmente, mi atracción era hacia chicas solamente. Y permitidme que sea así de binaria, no tenía más opciones en ese momento. Yo no tenía ni idea de que lo que sentía era atracción, o excitación. Obviamente aquí estaban el machismo y el heterosexismo bailándole a mi vida. Pero no solamente esto, también estaba el problema de ser autista, y muchos sentires míos me fueron vetados desde pequeña, algo que ha hecho que a lo largo de mi vida haya tenido que enmascarar demasiadas cosas de mí e imitar todo lo que me rodeaba, más que una persona neurotípica.

No quiero que eso se lea como que mi orientación “verdadera” y “natural” es la lésbica y que después con toda la presión social me volví más heterosexual y/o me quedé en medio. No es eso. Tampoco quiero que se lea que pasé una fase sin importancia. Las fases existen, son importantes, tanto como lo que interpretamos como “no-fases”. A mí me gustan y son partes importantes de mi vida. Pero vaya, tampoco nos pensemos, porque mi bisexualidad en ese momento terminó por ser una fase también. La violencia a la que estuve sometida los dos siguientes años hizo que me cerrara en una relación monógama con un hombre. Creía que así estaba más segura. Al menos eso es lo que sentía. Y allí se acabó. Temporalmente, claro.

Muchas activistas bisexuales se obsesionan en decir que si tienes una relación monógama con una persona de un género concreto esto no te convierte en monosexual, o sea en heterosexual o en lesbiana, que sigues siendo bisexual, sin matices, sin contextos. Yo era una de estas personas que no paraban de repetirlo. Pero creo que depende de cada una, qué queréis que os diga. O sea, lo que creo es que no tiene por qué, y tampoco tenemos que obligar a la gente a que sí siga siéndolo. Las personas cambiamos y nuestras experiencias también. También las estructuras que nos atraviesan. Las experiencias y los contextos son distintos para cada una. Habrá que sientan que sí, habrá que sientan que no, y habrá que no lo saben o que sientan que tal vez.

Para mí esta retórica tiene una fuerte base monógama, con todo el rollo de que la bisexualidad solo parece poderse demostrar fuera de la monogamia, parece que a todas nos asuste tanto esta idea que queremos aferrarnos a esa identidad fija de nuestro ser. En mi caso, durante esos once años de relación monógama con un hombre pasé por varias fases: en algunas de esas fases seguía sintiéndome atraída por mujeres, pero tampoco me importaba y no lo expresaba, y tampoco sentía ser bisexual, así que el monosexismo no me afectaba; en algunas otras fases sí que me afectaba y sí sentía necesidad de expresar cierto sentir; y en otras fases simplemente me sentía heterosexual. Es así. Y estoy segura de que no he sido la única.

Pero esas múltiples fases pasaron también. Dejé esa relación. Y mi atracción, o al menos como yo la percibo, se complicó. Los ejes de mi atracción no son el género. Pero para no hacerlo simple, que sería demasiado fácil, tampoco quiero decir que el género no cuenta para nada en mi atracción. Digamos que no filtro totalmente ningún género, y me puedo llegar a sentir atraída por una persona de cualquier género. Pero sí que es verdad que hay géneros que filtro más que otros. Eso no empezó siendo así hace casi diez años cuando dejé esa relación. En realidad, no filtraba nada en el género. Pero hay ciertas cosas que fui aprendiendo, y ciertas experiencias que también cambiaron mis atracciones. Me volví selectiva con algunas cosas, y mi propio cuerpo también. De hecho, una de mis fases fue la asexualidad. Durante dos años dejé de sentir atracción. Y creo que fue una bendición, realmente necesitaba eso. Necesitaba dejar de sentir ciertas cosas para curarme de muchas otras. Ahora soy alosexual. Y bisexual. Actualmente, mis ejes de atracción son más complejos que el género, y se dibujan y desdibujan a través también de posiciones políticas, activistas e ideológicas. No es solamente mi mente quien decide esto, es también todo mi cuerpo. Y me gusta ser así.

Me flipa mucho cuando hay gente que afirma con total rotundidad que la bisexualidad no es una fase. O que cualquier otra des/orientación tampoco lo es. Parece como que necesitamos ponerle énfasis a eso, ya que las fases y los cambios en nuestro contexto social no valen nada. Pero es irónico, este contexto social y estructural no nos permite cambiar según nuestras necesidades y contextos, es algo prohibido, quiere fijarnos en algunas de las cajas para jerarquizarnos, estigmatizarnos, colocarnos en algún lugar, sea el de productiva, sea el de “ser despreciable”.

Pero a la vez nos obliga a un constante fluir cambiante que nos inestabiliza, especialmente en lo económico y relacional. Una especie de fluir que es más bien un arrastre estructural que nunca sabes dónde te llevará.Y a las más vulnerables suele arrastrarlas a los lugares más precarios. Es verdad que hay un discurso en pro de las fases y de los fluires que es bastante liberal, que borra totalmente las estructuras que nos afectan y que simplemente se suman a una confusión apolítica intencionada. Pero lo contrario no tendría que pasar por negar nuestros cambios. Delante de todo esto prefiero pensar en otras vías. Vuestra bisexualidad podrá no ser una fase, pero la mía lleva siendo un gran desfase desde el primer día.

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bisexualidad: entre la visibilidad, la asimilación, la negación o la desorientación

por wuwei (natàlia)

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aviso de contenido: monosexismo, bifobia, borrado, estereotipos, asimilación, normatividad, lenguaje capacitista

Aun siendo bisexual, aun siendo activista, aun considerándome “activista bisexual”, y aunque casi cada año acabo escribiendo en un día como hoy, me cuesta muchísimo identificarme con el día de la visibilidad bisexual. Y casi siempre acabo escribiendo algo porque creo que es seguramente el día en el que a lo mejor puedo captar más interés o porque utilizo también esta plataforma para lanzar algunos mensajes alternativos a los mensajes mainstream que suelen llenar todo el día. La mayoría de los mensajes intentan dar visibilidad a la bisexualidad y a la vez instaurar un tipo de identidad bisexual que acaba definiéndonos, encerrándonos y otorgándonos unas características que se alejan de lo que creo que es un verdadero empoderamiento.

Sabemos que el monosexismo se basa en el borrado de todo aquello que no sea heterosexual ni homosexual, y que, además, aunque nos borre, lo que hace es otorgarnos una imagen concreta. Porque en realidad no es que no existamos socialmente, no nos hemos “inventado” ningún tipo de cosa que no se haya mencionado a través del discurso médico y social. La historia lleva mencionándonos desde que se inventó la orientación sexual para poder separar géneros y apartar todo aquello que no encajaba en lo que supuestamente tenía que perpetuar el binario de género: les bisexuales somos primitives, somos socialmente inconsistentes, somos inestables, somos niñes que todavía no hemos crecido ni escogido. Más bien estamos prohibides y encajades en un imaginario asocial casi mágico. Se crea una imagen de nosotres fuera de todo aquello que es social, que ni si quiera es un error, desviación o enfermedad, como se acostumbra a señalar sobre la homosexualidad. Es por este motivo por el que normalmente el activismo bisexual se basa en la visibilización y en la negación de esta imagen creando una idea “contraria” a la impuesta, socialmente aceptable y cerrando así una identidad totalmente basada en contra-estereotipos y la visibilización.

Pero el peligro de reivindicar nuestra propia existencia de esta manera es que seguimos perpetuando monosexismo y heterosexismo haciéndole un altar a la creación de las propias orientaciones sexuales. No quiero caer tampoco en la idea de “todes somos personas, no veo orientaciones”, borrando a la vez privilegios, opresiones, violencias y estructuras. Obviamente todes somos personas, pero las estructuras no nos colocan a todes en el mismo sitio. En realidad para las estructuras no todes somos igualmente personas. No, esto es la misma mierda de siempre. Lo que quiero es que reflexionemos qué estamos re-creando, una y otra vez: bisexuales visibles, bisexuales tranquilas, bisexuales existentes y estables, esencialmente bisexuales, naturales; bisexuales que estabilizamos a una sociedad que violenta a muches más, no solamente a nosotres. ¿Queremos formar parte de esto? ¿Queremos estabilizar la estructura de orientaciones sexuales? ¿Qué queremos ser y hacer con todo esto?

Nos encontramos muchas veces que delante de la crítica a la propia existencia de la orientación sexual se nos intenta encajar en otras identidades no heterosexuales, pero monosexuales. Y si no contemplamos nada más allá del heterosexismo y del machismo podríamos creer que esto es suficientemente poco esencialista y un poco menos identitario (aunque esto lo pongo en duda muchas veces según el discurso de la persona que tengo delante). Y esto también nos trae problemas, porque borra experiencias estructurales de muches, borra el monosexismo. Seguimos siendo les mismes inestables de siempre, les mismes cuestionades de siempre. Seguimos siendo les traidores, aquelles con les que no se puede confiar, pero utilizando palabras que no nos permiten señalarlo para acabar siendo expulsadas al grito de “no sois suficientemente queer”, haciéndonos entender que no tenemos lo que hay que tener para poder pertenecer a la comunidad LGBTI+, o bien no ser suficiente para formar parte de algunos ambientes feministas.

Sigo sin entender muy bien cómo moverme entre discursos que me duelen e identificaciones que no sé cómo llevar. Para mí no es esencial llamarme de alguna forma, sino entender cómo funciona una estructura que me afecta a mí y a muches más, como es el monosexismo. Nombrarse, no obstante, a veces, forma parte de poder explicar aquello que me atraviesa. Tampoco es una carrera para ver quien está más oprimida, ya que las estructuras se expresan de forma contextual, y no me pondré a decir que me siento o que estoy más oprimida que una lesbiana o bollera, porque depende del contexto de cada una y del momento. Es más, considero a las lesbianas y bolleras compañeras. No obstante, lo que pretendo es no borrar todo lo que me ha llevado a la pérdida de trabajos, a la pérdida de relaciones de todo tipo, a la violencia en relaciones sexoafectivas, a la violencia sexual, y al empeoramiento de mi salud mental o el cuestionamiento constante de toda relación y del valor o peso de toda esta violencia. Y esto no sólo me ha pasado por el hecho de no ser heterosexual, sino también específicamente por el hecho de no ser monosexual.

Las orientaciones, al fin y al cabo, han sido creadas por estructuras como el heterosexismo, el monosexismo, el sexismo, el cisexismo o la monogamia. Caer en mensajes normativistas y asimilacionistas es reproducir todas estas estructuras. Aferrarnos al propio concepto de orientación como si fuera un concepto esencial y no estructural, también. No obstante, de momento sigo sintiendo la necesidad de nombrar todo aquello que me atraviesa, y por tanto, seguiré en este tipo de posición extraña, donde soy bisexual y a la vez reniego de todo lo que a veces algunas formas de ver y expresar la bisexualidad supuran.

A veces he reclamado estereotipos, o derivados como la desorientación, y algunas me han acusado de perpetuar el rollo este de “todas somos personas, las orientaciones no existen”: mi desorientación es también estructural, es el propio monosexismo que reclama que me decida, que me oriente, hacia opciones estructuradas, jerárquicas y poco sensibles. Lo que hacen muches como respuesta es orientar también la propia bisexualidad. Yo prefiero mirar hacia otros lados. Pero no para mirar hacia cualquier lado, ignorando todo aquello que hacemos a través de nuestras decisiones, relaciones y no/orientaciones. La orientación es estructural y me reapropio de mi desorientación como un acto político y sensible hacia todas mis relaciones y hacia todo aquello que pretende encajarme por un lado, y también por el otro. En vez de escoger la no-sensibilidad que todas estas estructuras quieren que siga, construyo otras opciones, conscientes, escogidas, no orientadas hacia donde sistemáticamente “tendría que ser”, y sensibles a como nos atraviesan estas estructuras. Mi desorientación es una forma de resistir, no sólo a la orientación sexual, sino también a todas aquellas formas con las que se nos pretende orientar sobre cómo nos tenemos que relacionar con todas las demás.

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soy bisexual, confusa e indecisa

por wuwei (natàlia)

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Este texto lo escribí y se publicó en El Salto el 28 de junio. Podéis ver el original aquí . 

En mi época universitaria, pronunciar la palabra “bifobia” en cualquiera de los colectivos LGTB en los que participaba o estaba era asegurarse malas miradas o comentarios incómodos. “Bifobia” era una palabra prohibida que tenías que pronunciar en voz baja y a menudo la respuesta que escuchabas era “¡la bifobia no existe!”. Este fue uno de los principales motivos por los cuales me alejé de estos colectivos, ya que no sentía que pudiese hablar de ninguno de los problemas que me atravesaban y la mayor parte de los esfuerzos, energías y tiempo solían destinarse a solucionar los problemas de los hombres gays.

Con el tiempo, la existencia de la bifobia ha ido ganando un poco de reconocimiento. No obstante, pocas veces se reconoce lo que realmente representa en nuestras vidas. A menudo se suele confundir la bifobia con aquella violencia que padecemos las personas bisexuales cuando tenemos relaciones con alguna persona de nuestro mismo género, pero que no padecemos cuando tenemos relaciones leídas como “heterosexuales”. O sea, según este punto de vista padeceríamos un tipo de homofobia partida por la mitad en intensidad y cantidad, algo que ha hecho que se nos coloque muchas veces en algunos colectivos más como aliadas que como verdaderas pertenecientes al colectivo LGTB. Esta reducción de la bifobia en un tipo de medio homofobia invisibiliza la violencia diferenciada que padecemos por la especificidad de sentirnos atraídas por más de un género (aparte de la homofobia o lesbofobia que podamos padecer también cuando tenemos relaciones con personas del mismo género).

El monosexismo —del cual la bifobia es un caso concreto— coloca a las personas que nos sentimos atraídas por más de un género en una posición de borrado continuo. Una de las consecuencias de este borrado es que nos dificulta muchísimo poder describir nuestras experiencias, emociones o relaciones, ya que la forma que tenemos de expresar nuestras relaciones y emociones pasan por el filtro del monosexismo. Este filtro, que nos borra, coloca lo que expresamos y lo que vemos en una de las dos cajas monosexuales más reconocidas (heterosexual u homosexual).

Nuestra forma de analizar y describir aquello que estamos viendo está construido sobre lo mismo, como cuando vemos una pareja, que solemos catalogar automáticamente la orientación de las dos personas que vemos según los géneros que estamos interpretando que tienen aquellas dos personas (añadiendo también una suposición de que son pareja, de que seguramente son monógamas y de lo que supone todo esto en su conjunto). Esto hace que las personas plurisexuales (pansexuales, polisexuales, bisexales, etc) acaben viviendo una disociación entre lo que sentimos-vivimos y lo que se puede expresar o lo que las demás interpretan y las lecturas que imponen cuando se refieren a nosotras.

Todo esto, que es muy simbólico, nos hace sentir en una continua necesidad de escoger entre opciones entre las cuales no tendríamos porqué escoger. Nos obliga a hacernos encajar constantemente en ambientes dualizados sin sentir pertenecer a ellos. Nos hace sentir presionadas para tenernos que demostrar continuamente que somos aptas para nombrarnos a través de alguna plurisexualidad, intentando analizarnos a nosotras mismas el grado de atracción hacia cada uno de los géneros, o bien la cantidad de personas con las que hemos mantenido ciertos tipos de relaciones de cada género, como si de un concurso con puntuación se tratara. Nos colapsa una necesidad muy grande de estar continuamente intentando entender si realmente nos estamos sintiendo atraídas, si tenemos que contar, sumar o restar cosas o tenemos que dar siempre mil explicaciones (también a nosotras mismas). De esta manera, el estereotipo que nos persigue y que dice que somos personas confusas, confundidas e indecisas se materializa en nuestras vidas, mientras a la vez parece que necesitamos huir de todo ello para que no se nos siga señalando como portadoras de algún problema bajo la mirada capacitista que nos obliga a saber siempre qué somos, qué queremos o qué necesitamos.

¿Cómo no tenemos que estar confundidas bajo este prisma de constante vigilancia? ¿Cómo no tenemos que estar indecisas si no tendríamos porqué, de entrada, tener que decidir nada, si se nos impone desde fuera la elección, la decisión, la constante definición? Este es uno de los motivos por los cuales hay una elevada cantidad de personas no monosexuales con ansiedad, depresión y otros problemas de salud mental (que es algo que compartimos todas las letras del colectivo LGTB, pero que en el caso de las plurisexualidades se dispara más que en otras orientaciones, así como también pasa con las personas trans). Unos índices que a veces nosotras mismas queremos negar para que no se nos catalogue como enfermas por el hecho de no funcionar bajo la norma (algo también compartido en todo el colectivo, obviamente). El mismo hecho de que se nos catalogue como personas indecisas o confusas e incluso confundidas, mezclándose con los propios problemas de salud mental, son también los que hacen que podamos tener más problemas con las relaciones o laborales (aumentando así los índices). ¿Quién confía en nosotras dentro de un sistema donde la estabilidad es más valorada, aun cuando es el propio sistema el que constantemente nos inestabiliza?

Cómo de complicado es nadar en este mar cuando, además, ya eres una persona a quien le cuesta decidir y saber lo que quiere, como me suele pasar a mí. Soy una persona indecisa. Soy una persona que a menudo se siente muy confundida. Saber lo que siento y necesito me cuesta un tiempo, un proceso, que a menudo no me permite el ritmo frenético al que estamos sometidas. Estamos constantemente forzadas a tomar decisiones, deprisa, sin tener en cuenta nuestros ritmos, nuestros contextos, sin más referencias que unas definiciones de lo que está bien o mal basadas en moralidades y en un sistema de castigo sutil, pero a veces letal. En este contexto, el sistema a algunas nos discapacita, especialmente en ciertos ambientes laborales o relacionales forzados y de poder.

Recuerdo incluso con dolor terapias donde mi expresión de la confusión era motivo para que se me dijera que uno de mis problemas era mi indecisión en cuanto a la sexualidad o también con la monogamia (escoger géneros, escoger relaciones, escoger amores). Y todo esto cuando no se me monosexualizaba directamente, aun expresando ser plurisexual.

Por esto, creo que la mejor lucha contra la bifobia y, en general, contra el monosexismo, no tiene que pasar por crear una imagen de nosotras como personas que tienen muy claro lo que quieren y que nunca se confunden. No necesitamos demostrar a nadie que podemos ser igual o más productivas que el resto. Es más, no podemos obligar a nuestra comunidad plurisexual a tener que pasar por los estándares que nos precarizan emocionalmente. Nuestra confusión y nuestra indecisión pueden ser reales porque son sistemáticas. Negarlas es una trampa. Y reapropiarnos de ellas es un acto de cuidado hacia nuestra salud mental.

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plurisexualidades y estereotipos V: bisexualidad y promiscuidad, brechas a la monogamia y al consumo relacional

por wuwei (natàlia)

en català aquí.

Este texto es el quinto de un conjunto de textos que he escrito alrededor de los estereotipos asignados a las personas bisexuales y plurisexuales como herramientas de empoderamiento y reapropiación. El primero lo podéis encontrar aquí, el segundo aquí, el tercero aquí, el cuarto aquí y el sexto y último aquí.

Este texto lo escribí y se publicó en El Salto el 7 de Enero. Podéis ver el original aquí . 

Aviso de contenido: monosexismo, bifobia, panfobia, estereotipos, promiscuidad, consumo relacional, consumo sexual, monogamia

Las personas bisexuales (y de otras plurisexualidades, como las pansexuales) estamos en constante lucha contra un montón de estereotipos que se nos asignan. De hecho la violencia que solemos recibir es bastante simbólica y rodeada de muchos misterios a resolver; muchas veces imposible de detectar, y por tanto muy difícil de luchar contra ella. Una violencia que, aun siendo simbólica, acaba afectando mucho nuestras vidas, como por ejemplo a nuestra salud mental, a la pérdida de relaciones afectivas, a la inestabilidad laboral (y por tanto económica) y/o, en el caso específico de las mujeres y personas femeninas, a una exposición más grande a la violencia sexual.

Uno de estos muchos estereotipos es el de la promiscuidad (juntamente con la inestabilidad, la indecisión, la infección o la traición). Muchas reaccionamos delante de un estereotipo como éste negando la posibilidad de que las personas bisexuales podamos ser promiscuas (también llamándolo “mito”, como si fuera irreal), e incluso lo hacemos aquellas que lo podríamos ser o que lo hemos sido. Negando la posibilidad de la promiscuidad en las plurisexualidades estamos negando una buena parte de personas de nuestra comunidad, o a nosotras mismas. Y no solamente las negamos, sino que muchas veces las responsabilizamos de la violencia que recibimos y de la propia asignación de un estereotipo como éste, especialmente si eres mujer: “por culpa de las mujeres bisexuales promiscuas, al resto se nos señala también como promiscuas y acabamos padeciendo un montón de violencia sexual”. Una gran estrategia del patriarcado para desviar la atención de quien realmente es responsable del machismo y las violaciones: la culpa, como siempre, de la víctima.

Todos los estereotipos de las plurisexualidades se han construido alrededor de la mirada monosexual: según esta mirada solamente existen dos estados posibles, el heterosexual y el homosexual, y todo lo que salga de estas dos posibilidades se expresará como combinación de ellas. Mirada dual, mirada monosexista. De esta manera, entre todas las combinaciones posibles, las personas bisexuales somos vistas como el doble de sexuales, ya que somos la suma de la sexualidad de cada uno de los estados considerados como existentes: somos la suma de la sexualidad de una persona heterosexual y la de una persona homosexual, somos el doble de sexuales. De aquí proviene el estereotipo de nuestra promiscuidad.

Vista de esta forma, ¿no parece la orientación sexual una herramienta de consumo sexual? Si siendo heterosexual consumes X y siendo homosexual Y, es obvio que siendo bisexual consumirás X+Y (además suponiendo una mirada totalmente binaria del género). El capitalismo relacional ha tenido también influencia en la construcción conceptual de una cosa como es la orientación sexual (como lo ha tenido con el género, la raza, las capacidades, etc).

A través de su mirada, las personas nos convertimos en objetos que tienen que ser deseados y utilizados para la satisfacción de quien nos mira (tanto sea para convertirla en una pareja, como simplemente en un consumo de otro tipo, en este caso sexual). Dentro de esta visión, la orientación sexual es la herramienta a través de la cual nos dirigimos a las demás para consumirlas. Y si no, ¿de dónde salen expresiones como “te gusta tanto el pescado como la carne”? (Expresión que no solamente denota consumo, sino además es extremadamente especista).

Quiero, no obstante, diferenciar el consumo sexual de la promiscuidad o del hecho de tener relaciones sexuales con personas con quien no se mantienen relaciones afectivas de ningún tipo; el consumo tiene que ver con el proceso de objetificación y de no consideración de la otra persona como un ser que también desea y que puede tener voluntades propias que se tienen que tener en cuenta más allá de las nuestras, tiene que ver con el respeto de los consentimientos y con el cuidado y responsabilidad de cómo nos relacionamos con alguien o como nos alejamos de alguien. Se pueden tener relaciones “sólo” sexuales y/o de corta duración sin que sean de consumo (igual que se pueden tener relaciones no sexuales y de larga duración que sean de consumo emocional o intelectual). Es muy fácil caer en la trampa sexófoba de culpar a las personas que tienen relaciones sexuales fuera de lo que se ha estipulado como una cantidad “normal” y señalarlas como responsables del consumo sexual, de la misma manera que querer culpar a las bisexuales promiscuas de la violencia sexual ejercida sobre todas las mujeres bisexuales.

El consumo relacional y sexual va muy ligado a la monogamia, otra estructura muy paralela al monosexismo y que también pone la mirada a unas formas muy concretas de relacionarnos. La monogamia nos dice que solamente nos podemos sentir atraídas por una persona; el monosexismo por un género. La monogamia nos dice que cuando nos sentimos atraídas por una persona esta atracción y este tipo de relación tiene que cumplir todas nuestras necesidades: románticas, afectivas, sexuales, etc. El monosexismo nos dice que tenemos que sentir atracción romántica, afectiva, sexual, estética, etc, hacia un solo género. La monogamia nos dice que si nos “gustan” dos personas tenemos que escoger, igual que hace el monosexismo donde tienes que escoger un solo género. La monogamia nos dice que tener relaciones sexuales y románticas con más de una persona es exceso, llamándola promiscuidad y cargándola de conceptos negativos. El monosexismo nos dice que si tienes relaciones sexuales y románticas con más de un género eres… promíscua.

La orientación sexual ha sido una herramienta (entre muchas) que se ha sumado a la monogamia para poder perpetuar el matrimonio patriarcal monógamo entre un hombre y una mujer (a través de una asignación de género al nacer) que se unen para tener descendencia (una descendencia propiedad del hombre). En este marco es donde se construyeron todo de teorías científicas e imaginarios sociales para crear los dos roles de género duales y totalmente diferenciados donde existía una complementariedad: dos géneros que se buscaban uno a otro y una vez se habían encontrado ya no necesitaban nada más para completarse.

Las teorías científicas “arreglaron” el problema de la homosexualidad encajándola en la enfermedad, donde la complementariedad se buscaba en el mismo género asignado ya que psicológicamente se era del género “equivocado” (contrario desde el punto de vista dual). De esta manera, la bisexualidad (y obviamente el resto de plurisexualidades) se borraría para poder mantener la monogamia (como también el privilegio heterosexual): imaginémonos tener que aceptar, según estas teorías de la complementariedad, a seres que necesitasen a más de un género para completarse… tiraría por tierra todas las teorías, así como también la monogamia. De aquí también sale el estereotipo de la promiscuidad, juntamente con nuestra no-existencia ya que las teorías intentaron borrarnos y erradicarnos. Según la monogamia monosexista somos unas promiscuas no existentes: muy contradictorio pero este punto de vista atraviesa constantemente nuestras vidas.

La existencia de las personas bisexuales pone en cuestión la monogamia a través de un estereotipo como el de la promiscuidad. Esto es una brecha a las estructuras. Este cuestionamiento, no es solamente sobre la obligatoriedad en la cantidad de relaciones románticas y sexuales que podemos tener, sino también cuestiona a toda la estructura y el consumo sexual del que hablaba al principio. Se nos lee como promiscuas porque existiendo ponemos en peligro la imposición de una forma relacional insensible y jerárquica. La monogamia no nos permite tejer relaciones horizontales ni solidarias, sensibles a nuestras necesidades, deseos, ni a las estructuras que nos atraviesan. De esta manera ponemos en valor todo aquello que la monogamia y el capitalismo relacional nos quitan: un mundo relacional sensible y que nos tiene en cuenta a todas desde nuestra multiplicidad, nuestras diferencias y nuestras responsabilidades hacia las otras.

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plurisexualidades y estereotipos IV: no existir, existir o existir entremedio como seres híbridos

por wuwei (natàlia)

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Este texto es el cuarto de un conjunto de textos que he escrito alrededor de los estereotipos asignados a las personas bisexuales y plurisexuales como herramientas de empoderamiento y reapropiación. El primero lo podéis encontrar aquí, el segundo aquí, el tercero aquí, el quinto aquí y el sexto y último aquí.

Aviso de contenido: monosexismo, bifobia, panfobia, alosexismo, erradicación, borrado, estereotipos

Según el imaginario social las plurisexualidades no existen. En realidad se dice que la bisexualidad no existe, y a las demás plurisexualidades ni tan siquiera se las nombra, se las borra todavía más. A la vez, este imaginario también nos dice que todas las personas somos en realidad bisexuales (borrando de esta manera la especificidad de la violencia que recibimos) y, para hacerlo aún más redondo, el mismo imaginario añade que las personas bisexuales somos medio heterosexuales y medio homosexuales. En resumen: nadie lo es, todes lo son y somos mitad-mitad otras cosas.  Parte de la reacción del colectivo bisexual ha sido buscar maneras de defenderse de esto gritando fuertemente que existimos y que no somos mitad-mitad nada, que somos 100% bisexuales. ¿Pero qué tipo de identidad, orientación u opción estamos creando con esto? ¿Somos realmente 100% algo que nos representa a todes? El problema de generar este tipo de discurso es que no analiza ni va más allá para intentar entrever cuál es la problemática que ocasionamos que hace que se nos lea como seres híbridos que a la vez no existimos y que formamos parte de todas las personas.

La famosa escala de Kinsey ejemplifica muy bien este entramado tan complicado y a la vez tan simple. Kinsey, intentando visibilizar la pluralidad de la atracción sexual acabó, sin él darse cuenta, reproduciendo la misma idea que acabo de plantear (y por tanto la falta de pluralidad): creó una escala del 0 al 6, donde todes estamos en algún punto, donde 0 representa “exclusiva” heterosexualidad y 6 “exclusiva” homosexualidad. El resto de puntos acaban representando escalas de supuesta mezcla. Aunque Kinsey llama a muchos de los estados intermedios como “bisexualidad”, en realidad su forma de representarlo es como un estado combinatorio de hetero/homo, y de hecho es así como casi siempre se presenta en la actualidad. Todas las personas, después de responder un cuestionario, sacamos un número en la olimpiada monosexista (y alosexista, ya que no considera la posibilidad  de no sentirse atraíde por nadie ni ningún género) en la que se nos sitúa en algún punto de esta escala.

Esta escala acaba reproduciendo todo el imaginario social junto: en esta escala solamente están representadas las monosexualidades (les bisexuales no existimos), acaba demostrando que la mayoría caen entremedio de los dos extremos y que muy poques son exclusivamente monosexuales (todes somos bisexuales), y que estas personas que están “entremedio” pueden, en realidad, representar su sexualidad como combinación de los dos extremos (somos medio heterosexuales y medio homosexuales).

¿Os podríais imaginar una escala que, en vez de ir de “totalmente” heterosexual a “totalmente” homosexual, pasando por todas las escalas de supuesta “bisexualidad” (como es la escala de Kinsey), fuera de “totalmente” asexual (sin atracción hacia ningún género) a “totalmente” omnisexual (atracción hacia todos los géneros), pasando por la “supuesta” monosexualidad (solamente atracción hacia un género), y todo el abanico de plurisexualidades hasta llegar a la omnisexualidad? ¿O bien pasar de la atracción donde es muy importante el género (la monosexualidad) a donde es totalmente indiferente (pansexualidad o asexualidad)? ¿O de totalmente asexual a totalmente hipersexual? Estos ejercicios se han planteado anteriormente (no he encontrado las referencias, pero existen estudios que lo plantean) y nos ayuda a entender que vemos las orientaciones sexuales de forma totalmente construida. ¿Por qué vemos la bisexualidad como un paso entre medio de las dos monosexualidades y no vemos, por ejemplo, ser monosexual como una cosa que está de camino entre la asexualidad y la bisexualidad, pansexualidad u omnisexualidad? En realidad, si vemos las plurisexualidades como mitad y mitad las dos monosexualidades reconocidas (heterosexualidad y homosexualidad) es porque culturalmente lo único que reconocemos como estados posibles son estas dos monosexualidades.

Nuestra cultura y nuestras estructuras leen e interpretan a las personas plurisexuales como seres híbridos. Ser híbrides es parte de nuestra forma de estar y existir en un sistema monosexista que siempre nos lee a través de esta mirada monosexual. Formamos parte de dos mundos y a la vez de ninguno. Por esto existimos y no existimos. Somos todas pero no somos ninguna. Somos mitad y mitad. Somos frontera entre dos mundos que no tendrían que poder tocarse. Contaminamos la frontera. Una frontera construida para mantener el privilegio y el poder heterosexual. Y por este motivo molestamos.

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la multiplicidad de la violencia monógama

por wuwei (natàlia)

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Aviso de contenido: violencia monógama,apropiación, exclusión, consumo, invisibilización, borrado, agresiones físicas y verbales, técnicas de dominación y manipulación, violencia institucional y estructural, estereotipos, discriminación

Querer hablar de violencia monógama es complicado ya que, por un lado, primero tenemos que conseguir poder hablar de la monogamia como estructura de poder (no tanto solamente como un recuento de número de relaciones de pareja y/o sexuales), y a la vez también tenemos que hablar de la violencia de una forma más amplia que no sólo de agresiones físicas o verbales. La violencia simbólica, por ejemplo,es también un tipo de violencia, que coloca a quien la recibe en una posición vulnerable respecto a otres; una posición que puede acabar también afectando en muchos ámbitos: el económico, el emocional, el mental y la salud de forma general.

La dificultad de hablar de la violencia que genera la monogamia parte del hecho de que no funciona de la misma manera que la mayoría de las estructuras y por esto muy a menudo, incluso dentro de la complejidad de hablar sobre estructuras, esta es difícil de mostrar. La mayoría de estructuras tienen un grupo privilegiado que cumple unas características(por ejemplo, los hombres, las cisgénero, les blanques, les delgades, etc) y un grupo oprimido con otras características (por ejemplo, les no heterosexuales,les neurodivergentes, les trans, etc). La violencia en estas estructuras se acostumbraría a producir desde el grupo privilegiado hacia el grupo oprimido deformas múltiples (muchas veces no resulta simple hacer esta separación totalmente binaria, y puede ser mucho más complejo que esto, pero para que nos entendamos ahora podemos simplificar el funcionamiento así). La diferencia (ylo que lo complica también más) es que en la monogamia los grupos de privilegiades y oprimides no son fáciles de dibujar o describir y, de hecho se generan diferentes tipos de grupos de opresores y oprimides, diferentes ejes.

La primera vez que intentamos entrever la monogamia como una estructura de poder solemos ver como grupo privilegiado a las personas monógamas (entendidas como las personas que tienen prácticas monógamas, que solamente están abiertas a tener una relación de pareja y sexual) y a les oprimides como aquelles que practican no-monogamias (aquí habría un abanico muy amplio de filosofías relacionales y no todas se verían afectadas por este eje de la misma manera). Aunque evidentemente existe una mala imagen de las prácticas no monógamas y una cierta discriminación e impedimentos estructural ese institucionales y, por tanto, existe el privilegio hacia aquelles que practican la monogamia, la estructura monógama es mucho más compleja y genera privilegios y opresiones de muchas más maneras.

Por ejemplo, yendo más allá de esto, Na Pai apuntó en su texto “Desmuntant la cultura de la monogàmia” que en esta estructura de poder las mismas personas que oprimían eran oprimidas: le opresore y le oprimide eran les componentes de la pareja que por el hecho de “poseerse” le une a le otre se oprimían mutuamente. Este es otro eje diferente al planteado anteriormente y también una forma de funcionar y de violentar de la monogamia, y un planteamiento que me ayudó un poco más y mejor a entender la monogamia como estructura de poder. No obstante, estos planteamientos también seguía faltándoles alguna cosa que no permitía entrever algunas violencias que salen de la monogamia y de nuestra forma de estructurar relaciones, como por ejemplo la amatonormatividad, que borra relaciones fuera de la pareja e invisibiliza violencias que van más allá de la pareja.

Le autore del texto «Lo contrario al amor es la amistad» fue absolutamente genial señalando la amistad como alteridad de la pareja y, por tanto, mostró un eje donde se podía ver a esta alteridad como agredida y oprimida por las jerarquías relacionales que colocaban a la pareja en una posición privilegiada. Esto fue para mí un punto de inflexión en la profundización para entender todo este entramado estructural. Aquel cambio a la hora de ver los estados de oprimide y opresore en la estructura monógama me hizo dar cuenta de que la violencia que la monogamia ejercía era mucho más compleja, y me ayudó a entender muchas violencias invisibles que llevaba padeciendo desde hacía años.

Por lo tanto, podríamos destacar tres ejes diferentes de opressores/oprimides por la estructura monógama: el eje prácticas monógamas/prácticas no monógamas, el eje componente de la pareja/componente de la pareja, y finalmente el eje pareja/amistad (o resto de relaciones). Cada uno de estos ejes expresaría la violencia ejercida de formas diferentes. Me gustaría en este texto poder empezar a poner nombre a algunas de estas violencias, aunque no pretender profundizar mucho, al menos por ahora. Lo que haré, por tanto, es dar algunas ideas superficiales sobre cómo creo yo que se expresa cada una de estas violencias en cada uno de estos ejes.

En cuanto a la violencia monógama que vivimos las personas con prácticas no monógamas,esta suele ser, por una parte, institucional:imposibilidad para acceder a muchos de los privilegios que tiene la estructura monógama que se obtiene con el matrimonio, o derivados como la pareja de hecho, como son aspectos económicos o aspectos legales sobre la crianza, o bien también permisos para vivir y trabajar. También se puede expresar a través de cómo se suelen distribuir los espacios pensados para parejas monógamas (las distribuciones, por ejemplo, de los pisos, suele centrar las relaciones en un tipo de familia nuclear). Por otro lado, también existe un tipo de discriminación a través de la asignación de un tipo de imaginario social negativo (como estereotipos) sobre las personas con prácticas no monógamas: portadoras de ITS, personas con las que no se puede confiar, que no se comprometen,inestables, inmaduras, etc (de hecho se parecen mucho a los estereotipos asignados también a las personas bisexuales). Este tipo de imaginario social es un tipo de violencia simbólica que no se tiene que minimizar, pues puede producir problemas de salud mental, así como también dificultades para encontrar trabajo o perder el trabajo o relaciones afectivas (en el caso de que se salga del armario). No obstante, no afecta igual a todes, ya que por ejemplo las mujeres podrían padecer una carga mucho más violenta cuando se ven asociadas a todo este imaginario, y los hombres no se verían tan afectados ya que las prácticas no monógamas les son más aceptadas socialmente; o bien las bisexuales que ya tenemos esta carga de estereotipos, o bien las personas racializadas que también han sido señaladas a través de la mirada europea blanca como personas de culturas promiscuas y no monógamas. O sea, al ser una estructura de poder, se tiene que tener en cuenta también la intersección con otras estructuras y que no afecta a todes de la misma manera.

Como comentaba anteriormente, les componentes de la pareja pueden ejercerse mutuamente también un tipo de violencia monógama.La pareja, como construcción social que favorecía especialmente a los hombres para apropiarse de las mujeres, parte del concepto de propiedad. La apropiación genera dentro de la misma pareja desempoderamiento, explotación y falta de autonomía. Estos mecanismos acaban generando violencia de muchos tipos: desde agresiones físicas(llegando a asesinatos, especialmente feminicidios), control y vigilancia,exigencias y apoderamiento sobre el cuerpo, mente y emociones de le otre,violencia verbal, manipulación, técnicas de dominación para que no puedas compartir con otras personas, pasando por generación de relaciones de poder(llamadas comúnmente “relaciones de dependencia”), favoreciendo también problemas de salud (especialmente mental). Aunque normalmente la apropiación seda más en un sentido que en otro (sobre todo por parte del hombre hacia la mujer), se puede acabar generando también cierta violencia monógama por parte de las dos hacia las dos en diferentes grados según muchos otros ejes (la transversalidad e interseccionalidad otra vez).

Finalmente, el tipo de violencia que se acaba ejerciendo desde la pareja hacia el resto de relaciones externas a la pareja, las “alteridades”, también es otro tipo de violencia monógama. Esta, se expresa más como invisibilización y borrado debido a que el reconocimiento relacional está centralizado en la pareja (o parejas principales) y, por tanto, se borra el de las demás relaciones (que no sean familiares). Las relaciones fuera de la pareja acaban siendo invisibles, no reconocidas, aquellas que quedan en los márgenes de los cuidados, el tiempo, oel ser tenidas en cuenta; son las relaciones que reciben normalmente las consecuencias de las jerarquías de las relaciones. Estas relaciones también acaban cayendo en el consumo, especialmente por parte de las dos componentes dela pareja, la explotación debido a la invisibilización de lo que se obtiene de elles sin no devolverlo a cambio. Ejemplos de este tipo de violencia son que no se reconozca la relación, que se estereotipe la propia relación con expresiones como le “otre”, o le “amante” (conceptos que marcan una “alteridad”), o que seles recuerda que “sólo” son amistades (colocándolas en una posición donde no puedan pedir nada si lo necesitan), o bien que intenten demostrar que no eres nadie para que no se enfade la pareja de la persona con quien tienes una relación o que no se te escuche cuando estás intentando expresar algún tipo de incomodidad sobre la relación y que se prioricen siempre los problemas de otra persona, sean cuales sean, sin tener sensibilidad contextual y del momento. También se expresa como exclusión de todes aquelles que no encajamos con los cánones corporales, emocionales o mentales (gordes, feas, con menos carisma,neurodivergentes, con diversidades funcionales o discapacitades, etc).

Se podría decir, por tanto, que la violencia monógama, y la monogamia como estructura de poder, funciona de formas muy múltiples, no solamente por las diversas formas que tiene de expresarse, sino también por la diversidad de ejes que presenta. Por tanto, se pueden entrever violencias en un abanico muy amplio, que pasa desde la discriminación por el hecho de tener prácticas no monógamas, pasando por la violencia de la posesión de la pareja, acabando por el consumo, borrado e invisibilización de las personas fuera de las parejas principales.

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plurisexualidades y estereotipos III: el cambio, las fases y las no estabilidades como forma de construir un mundo más sensible

por wuwei (natàlia)

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[imagen: manifestación de la comisión unitaria del 28J del 2016 de temática plurisexual. Se ve una pancarta donde dice «La nostra fase, la nostra indecisió. @FemEnrenou»]

Este texto es el tercero de un conjunto de textos que he escrito alrededor de los estereotipos asignados a las personas bisexuales y plurisexuales como herramientas de empoderamiento y reapropiación. El primero lo podéis encontrar aquí, el segundo aquí, el cuarto aquí, el quinto aquí y el sexto y último aquí.

Aviso de contenido: monosexismo, estereotipos, neurocapacitismo, obligatoriedad de la estaticidad, inestabilidad, insensibilidad

El paradigma monosxual con el que vemos y describimos el mundo nos dice que, según lo que el mismo paradigma define como “orientación sexual”, solamente hay dos posibles estados/opciones: la heterosexualidad (la opción “correcta” o “buena”) o la homosexualidad (la opción “incorrecta” o “mala”). Estas dos opciones no tienen que poder mezclarse ni tocarse ya que si lo hicieran no podríamos distinguir lo que es bueno, perfecto y puro, de lo que es impuro, malo o negativo. Por este motivo estamos obligades a decidirnos cuando maduramos para podernos colocar de forma clara en uno de los dos lados, para que se nos pueda encajar y juzgar contundentemente y saber a quién se tiene que premiar (privilegiar) y a quien castigar.

Según esta forma de ver las orientaciones sexuales, aquelles que no encajamos en este supuesto imaginario porque nos sentimos atraídes por más de un género (o bien, como yo prefiero definirlo, no filtramos a todos los géneros excepto uno cuando nos atrae/gusta alguien) se nos ve como personas que van saltando constantemente de un estado a otro: ahora somos heteros, ahora lesbianas o gays. De esta manera, porque se nos ve siempre saltando de un estado a otro, las personas bisexuales y en general las plurisexuales somos estereotipadas como inestables, que cambiamos constantemente y que estamos siempre en una fase.

El hecho de tenernos que definir y fijar en un estado concreto (en un estado que además seguramente no nos representa en la mayoría de momentos de nuestra vida) no es solamente una demanda que se hace a nuestra orientación sexual, es un hecho sistemático que va más allá del monosexismo: también es una característica de muchas estructuras de poder, del neurocapacitismo que estipula que tenemos que estar en un solo estado emocional/mental de una forma constante que puede variar un poco pero dentro de unas frecuencias determinadas, de la monogamia que nos obliga a escoger una sola relación reconocida (y de propiedad), y del capitalismo de forma general.

El sistema nos necesita estátiques (con sus contradicciones, como comentaré más adelante). Lo que es leído como no estable (entendido como no estático dentro de unos parámetros), escoger opciones no consideradas como existentes, los cambios, las transformaciones, las fases, son bastante incomprendidas en nuestra cultura, que todo lo quiere dominar, que todo lo quiere fijado en puntos muy definidos y concretos para tenerlo todo bajo el control, para que podamos también ser productivas y/o reproductivas.

Poder cambiar, fluctuar, ser no estables en cuanto a no ser estátiques, no tiene porqué ser nada negativo en sí mismo, y no es la causa real ni directa de la inestabilidad que nos aporta de rebote el sistema, que tiene unas consecuencias devastadoras en nuestras vidas. La inestabilidad sistemática (económica y relacional) es el resultado de cómo interacciona el sistema (a través de su ideología, el imaginario social y las estructuras de poder) con nuestros cambios y fluctuaciones, o estos estados no permitidos. Por tanto, es el resultado que nos otorga la insensibilidad con la que opera el sistema sobre nuestros cambios y nuestros funcionamientos desviados de la norma. El resultado es que no podamos obtener lo que necesitamos, y que estemos a la deriva, que estemos siempre sintiendo que necesitamos cosas distintas (que no son precisamente las que necesitamos), que no lleguemos nunca a encontrar lo que nos va bien o lo que queremos, y que estemos, por tanto, perdides en un mar de consumo acrítico absurdo, tanto relacional como económico (tanto como consumides como consumidores).

Es por esto que el sistema se asegura muy bien de, por un lado, prohibirnos ciertos estados y a la vez aprovecharse de ellos cuando existen para su beneficio, pareciendo de esta manera que somos castigades por no seguir las normas que tendríamos que seguir. El resultado es, pues, una inestabilidad económica, afectiva y emocional (más allá de la que se acostumbra a señalar como inestabilidad emocional debida a un funcionamiento diferente a nuestra cabeza) que se señala a menudo como el resultado directo de ser una persona que no está fijada en el estado al que le han obligado a fijarse: o sea, siempre se responsabiliza a las características de los colectivos oprimidos y no a la insensibilidad del propio sistema o a la apropiación que hace este de nuestras vivencias romantizándolas y utilizándolas fuera de nuestros contextos.

Quien acaba recibiendo más esta inestabilidad sistemática son aquelles que están más excluides, explotades y oprimides, y que además serán les que acaben siendo más leídes como “no estables” y acaben recibiendo por partida doble esta negativización de sus vivencias. Las más privilegiadas tendrían medios para obtener sus necesidades y por tanto no estarían afectadas. No obstante, se nos hace creer que son nuestros cambios, nuestras fases, nuestros estados mentales y emocionales “no estables”/no estáticos, los que producen que no podamos acceder a poder cubrir nuestras necesidades.

El monosexismo se sirve de esta ideología para negarnos la posibilidad del cambio y las fases, y a la vez se acusa a nuestra propia no estabilidad y la supuesta no aclaración sobre nuestra opción sexual como culpable de nuestros problemas de salud mental, económicos y relacionales (las personas no monosexuales tenemos más tendencia a perder relaciones sexo/afectivas debido a nuestra desorientación sexual ya que se nos percibe como personas con las que no se puede confiar, traidoras e infieles).

Por tanto, el monosexismo no solamente nos otorga estereotipos, sino que además niega las fases, los cambios y todo aquello leído como “no estable” debido a no tener la estaticidad que tiene que tener. El monosexismo nos insensibiliza, igual que lo hace el capitalismo, de las voluntades y deseos de les demás, y de sus diferentes necesidades. El monosexismo nos niega los cambios, las fases y las transformaciones. El monosexismo nos niega la posibilidad de no ser tan estables como el sistema nos exige y nos culpa de la inestabilidad relacional actual (cuando es a nosotres, les no monosexuales, entre muchas otres, a quien se objetifica y se abandona).

Tenemos que construir otras formas de sentirnos, que nos permitan poder cambiar, transformarnos, abrazar nuestras “no estabilidades” emocionales, mentales, físicas, nuestras discapacidades. Tenemos que construir formas de vivirnos más sensibles a la multiplicidad y al cambio haciendo que a la vez podamos, a través de formas relacionales horizontales, encontrar entre todes como obtener nuestras necesidades, a través de los compromisos y a través de la responsabilidad compartida. No aceptar el cambio ni la transformación es no aceptar la posibilidad ni la necesidad de cambiar un sistema insensible, jerárquico y de control.

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bifobia y activismo: una lucha contra la LGBTIfobia parcial

por wuwei (natàlia)

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aviso de contenido: mención de heterosexismo, alosexismo, intersexantagonismo y cisexismo; relato sobre monosexismo en los activismos LGBTI+ y queer, utilización del sufijo -fobia para hablar de violencia estructural.

el motivo por el cual se ha utilizado el sufijo -fobia para hablar de violencias estructurales en este caso ha sido práctico, ya que originalmente este artículo lo había escrito para un medio más generalista donde contextualmente necesitaba utilizar este sufijo.

 

‘LGBTIfobia’ es una expresión que se está utilizando desde muchos colectivos de personas LGBTI+ (lesbianas, gays, bisexuales, trans, intersexuales, entre otras) para referirnos a las violencias que recibimos por el hecho de pertenecer a alguno o algunos de estos grupos (lesbofobia, homofobia, bifobia, transfobia, intersexfobia, por ejemplo). Aunque la LGBTIfobia es más violenta fuera de los entornos LGBTI+, estas violencias no sólo se viven fuera de estos colectivos, también los vivimos constantemente en nuestros entornos.

Utilizar una abreviación como esta (LGBTIfobia) desde mi punto de vista es problemático: primero porque siempre nos estaremos dejando letras (y por tanto violencias), como por ejemplo la A de asexualidad (y por tanto la asexfobia) u otras plurisexualidades que no son la bisexualidad (como la pansexualidad, la polisexualidad, entre otras); y, por otro lado, aunque su intención inicialmente es la de mostrar más violencias más allá de la homofobia, pone a todas las violencias que padecemos las personas el colectivo en un marco de parecido e igualdad que esconde que cada una de las discriminaciones por cada letra es diferente, funciona de formas totalmente diferentes y es atravesada de forma diferentes a cada una. Lo que se obvia con todo esto es que algunas estamos discriminadas debido a pertenecer a alguna de estas letras mientras a la vez tenemos privilegios en relación con las violencias que viven otras letras y por tanto podemos ejercer violencia hacia ellas. Estas violencias pueden ser ejercidas por personas de dentro del propio colectivo: personas cisgénero (plurisexuales, gays o lesbianas) pueden reproducir transfobia, hombres gays y plurisexuales ejerciendo machismo (y por tanto lesbofobia) sobre mujeres lesbianas y plurisexuales, personas no intersexuales apropiándose del discurso contra la intersexfobia, etc.

Uno de estos múltiples ejemplos es la bifobia que es ejercida y reproducida por las personas monosexuales del colectivo (aquellas que se sientan atraídas hacia un solo género). Hablar, además, de ‘solamente’ bifobia, esconde que existen más orientaciones plurisexuales a parte de la bisexualidad donde existe una atracción hacia más de un género (como las pansexuales o las polisexuales). Más que de bifobia, a mi me gusta hablar de monosexismo, la estructura que oprime y discrimina a aquellas que nos sentimos atraídas hacia más de un género, que engloba otras orientaciones plurisexuales, o aquellas que no se definen con ninguna etiqueta, y también incluye violencias más simbólicas que la ‘bifobia’ no recoge.

La mayoría de las veces el monosexismo es invisibilizado y menospreciado en las luchas LGBTI+. Este menosprecio no sólo se da en activismos LGBTI+ más normativos, institucionales o asimilacionistas, sino también ocurre en los grupos o colectivos más radicales, queer o (supuestamente) más críticos. No es coincidencia, ya que la negación de su propia existencia es la base del monosexismo: la negación de la existencia de la posibilidad de sentirnos atraídas hacia más de un género es una característica del monosexismo y se acaba reproduciendo también en una negación de nuestras violencias que padecemos. En el marco del monosexismo las plurisexualidades no son reconocidas como existentes: socialmente no se nos ve (cuando se nos quiere ver) como mitad heterosexuales y mitad homosexuales, y por tanto como personas que padecemos un 50% de homofobia y un 50% de privilegio heterosexual. De esta forma se niega la existencia de una discriminación diferenciada y que tiene un funcionamiento y mecanismo diferente (por ejemplo, la no existencia o la asignación de estereotipos como que somos inestables, no sabemos lo que queremos, somos promíscuas o que somos infecciosas).

Lo que sí que estamos viendo en los últimos años es un pequeño (supuesto) reconocimiento de la existencia de la bifobia en el activismo LGBTI+ más institucional, normativos y asimilacionista. Este reconocimiento es, no obstante, una trampa, ya que se basa sobre todo en un intento de asimilarnos que utiliza o bien un tipo de bifobia como ‘mitad homofobia’ o bien se acepta como un conjunto de estereotipos que simplemente se tienen que negar: una lucha que parte más de un lavado de cara de la bisexualidad que no de una crítica real al monosexismo y de sus mecanismos. En este tipo de activismo se incluye también en activismo normativo específicamente bisexual. Basar el activismo únicamente en la negación rotunda de los estereotipos que se nos asigna lo que hace es generar dentro del colectivo un rechazo y discriminación hacia aquellas que cumplen con los estereotipos (plurisexuales promíscuas, confundidas, indecisas o que están en fases o fluyen).

Este tipo de activismo, además, suele imponer una sola posible identidad, la bisexual, negando la posibilidad de otras identidades plurisexuales, la opción de no etiquetarse, o la posibilidad de ver la propia sexualidad como cambiante o fluida. Esta obligatoriedad a la estaticidad, a no poder reproducir estereotipos o bien a solamente poderse representar con una identidad, es monosexismo: el monosexismo no solamente nos asigna estereotipos, sino que otorga a éstos una carga negativa, y además impone  que la sexualidad no puede cambiar o ser más diversa.

Existe, no obstante, un activismo contra el monosexismo con una perspectiva crítica, no asimilacionista y transversal, que procura no excluir a personas que están discriminadas por otro tipo de violencias. Este activismo, por tanto, también incluye muchas otras identidades que no son la bisexual y que también les afecta el monosexismo. Este activismo no ataca los ‘mitos’ (ya que las personas promíscuas, o las inestables, o las confusas, no somos mitos), sino que se reapropia de los estereotipos no estigmatizándolos, señalando de donde provienen. Este es un activismo que encajaría dentro del resto de activismos críticos, aunque muchas veces aquellos activismos crícitos LGBTI+ (quees) se obsesionen en negarnos una  y otras vez.

 

 

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más allá de la brecha salarial: la precariedad económica y las estructuras de poder

por wuwei (natàlia)

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Este artículo lo escribí y se publicó en eldiario.es el 6 de Abril.  Podéis ver el artículo original aquí.

 

Muchas de las consecuencias sufridas por las personas oprimidas debido a las estructuras de poder no son agresiones físicas o verbales directas y son muy difíciles de cuantificar: por ejemplo, cómo afectan las estructuras der poder a la salud mental, a la salud física, a ser más sensible a padecer agresiones sexuales debido a la objetificación, o bien las consecuencias económicas de estas estructuras. Esto es debido a que mucha parte de la violencia de las estructuras de poder es simbólica y no es directa: se genera un marco donde el lenguaje, los estereotipos, los borrados de ciertas identidades, entre otros mecanismos, propician la explotación, la marginalidad, o la alienación. Uno de los muchos ejemplos es la contabilización de la pobreza y de los ingresos económicos: haciendo estadísticas comparando lo que cobran las personas con privilegios y las oprimidas de cada una de las estructuras de poder casi siempre lo que se observa es que las personas oprimidas tienen más tendencia y probabilidad de padecer pobreza, más precariedad económica o tener unos ingresos económicos inferiores, y esto no siempre es debido a que exista una norma explícita que diga que las personas oprimidas no pueden cobrar tanto como las personas con privilegios ya que muchas veces las causas son más indirectas.

La mayoría de las veces que se habla de esta diferencia económica entre personas con privilegios y personas oprimidas se suele hacer para explicar y mostrar la brecha salarial entre hombres y muejres. En el caso específico de la jerarquía hombre/mujer esta diferencia es por cómo históricamente las mujeres hemos sido (y somos) consideradas inferiores a los hombres (seres menos válidos para los trabajos productivos) y no se nos ha tenido ‘permitido’ cobrar lo mismo para hacer el mismo trabajo, aparte de no tener acceso a ciertos tipos de trabajos (o en muchos momentos a ningún trabajo) o a lugares de más poder (por el mismo motivo).

Pero a veces la diferencia de ingresos puede ser debido a otras causas (también estructurales). Las estructuras de poder afectan, por ejemplo, nuestra salud mental, ya que tenemos que estar cada día moviéndonos en un marco donde el lenguaje no nos representa, donde se nos aliena, margina, explota, o bien también se nos borra o estereotipa. Estamos hablando de afrontar cada día con las limitaciones de muchas estructuras (aparte del machismo ya mencionado) como el capacitismo, el heterosexismo, el racismo, el cisexismo, la gordofobia, entre muchas otras. La baja salud mental nos incapacita muchas veces para trabajar, y facilita el hecho de que se nos vea socialmente como personas con quien se puede confiar menos para contratarnos o para ofrecernos los mismos tipos de trabajos y contratos que a las personas con más privilegios. O, por otro lado, los estereotipos también nos pueden colocar en una posición que dificulta muchas veces el acceso a ciertos lugares de trabajo: por ejemplo, cuando por ser bisexual se te considera una persona inestable y traidora (dos estereotipos ligados a la bisexualidad), y por tanto puede ser un motivo para perder un lugar de trabajo o para que se confíe menos en ti que en tus compañeras de trabajo.

Yo lo vi en mi caso durante los dos últimos años de doctorado. Durante casi todo el doctorado (que duró unos 7 años) padecí una relación de maltrato por parte de una persona con la que compartía trabajo/doctorado; un maltrato que fue beneficiado por el hecho de yo no ser hombre y ser, además, neurodivergente. La relación de maltrato, un entorno laboral angustiante y la violencia que me encontraba también en aquel entorno por el hecho de no ser heterosexual, ni monógama, ni neurotípica menguó día tras día mi energía, mi salud mental, llevándome a mi límite emocional. No podía trabajar y día tras día mi productividad no era suficiente como para que se me considerara una persona mínimamente resolutiva. Finalmente mis jefes acabaron confiando mucho menos en mí que con el resto: esto hizo que acabara teniendo un contrato mucho más precario (por debajo del mínimo, cobrando la mitad que el resto de compañeras) y bajo unas condiciones de estrés más grande que las de mi compañeras.

Una vez una persona, después de compartir con ella un lista sobre los privilegios monosexuales, me empezó a decir (de forma bastante violenta, por cierto) que había un privilegio que era mentira, que qué tenía que ver el monosexismo con los ingresos de una persona. Precisamente el privilegio al que hacía referencia era ‘es menos probable que sufra de pobreza’; la ironía fue que quien me lo dijo era quien llevaba 5 años maltratándome, y me lo dijo justamente cuando llevaba más de medio año cobrando una miseria al mes, menos de la mitad de lo que él cobraba en el mismo departamento y haciendo el mismo doctorado.

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plurisexualidades y estereotipos II: la infección y el peligro como formas de ensuciar y contaminar las estructuras impuestas

por wuwei (natàlia)

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aviso de contenido: monosexismo, monogamia/pensamiento monógamo, infecciones, heterosexismo

Ésta es la segunda parte de ‘plurisexualidades y estereotipos’. La primera la podéis leer aquí, la tercera aquí, la cuarta aquí, la quinta aquí y la sexta y última aquí.

A las personas plurisexuales (aquellas orientaciones donde nos sentimos atraídes por más de un género, como les polisexuales, pansexuales o bisexuales, entre otres) socialmente se nos ve como portadores y fuentes de ITS (infecciones de transmisición sexual). Pero este estereotipo de infección va mucho más allá: es la metáfora del peligro que podemos llegar a representar a las estructuras de poder, especialmente al heterosexismo y a la monogamia. Las personas plurisexuales somos aquellas que podemos ensuciar y contaminar la barrera que se ha construido entre dos mundos que han estado creados para que estén separados infectándolos entre ellos (el bueno del heterosexual y el malo del homosexual) y aquellas que ponemos en cuestión algunas de las ideas con las que se sustenta la insensibilidad relacional de la cultura monógama. Las personas plurisexuales en este marco simbólico somos consideradas (y somos) infeccionas y peligrosas.

Una parte del peligro que representamos es la posibilidad de contaminar y desdibujar el privilegio heterosexual. Imaginémonos una persona que en un momento dado tiene o está teniendo una práctica sexual, afectiva y/o romántica que se lee socialmente como heterosexual (debido a que es una práctica con una persona de un género diferente al suyo): si aceptas la existencia de opciones, orientaciones o identidades donde existe una atracción hacia más de un género, no puedes demostrar de ninguna manera que aquella persona por el simple hecho de tener aquellas prácticas es heterosexual, ya que podría ser bisexual, pansexual o polisexual, o bien incluso también asexual/arromántica (ya que también cabe la posibilidad de que no exista atracción aún con las prácticas que podamos tener). De hecho, es imposible delante de esta posibilidad demostrar que la heterosexualidad existe en sí misma: esto pone en peligro la situación de privilegio y ‘norma’ de la heterosexualidad. Por este motivo uno de los funcionamientos del monosexismo (estructura que oprime a las personas plurisexuales o no monosexuales) es negar la posibilidad de que existan personas que se puedan sentir atraídas hacia más de un género, mientras por otro lado nos define como peligrosas, infecciosas y ‘contaminantes’: precisamente lo que contaminamos es la barrera hetero/homosexual, lo que infectamos son dos mundos que no pueden tocarse, y lo que ponemos en peligro es el privilegio que todo esto le da a la heterosexualidad.

Por otro lado, la monogamia (como estructura de poder) se sustenta a través de la idea de que el género de la persona con la que mantienes una relación romántica y sexual es lo que te completa y por tanto una de las cosas que necesitas buscar (de hecho, los dos géneros binarios ‘aceptados’ e impuestos se han construido a través de roles que se consideran totalmente diferentes y ‘complementarios’). Esta idea se construyó juntamente con la heterosexualidad para hacer de las mujeres una propiedad de los hombres, pero se ha reproducido después también en la homosexualidad con teorías muy diversas con la idea de que la búsqueda de la completitud puede estar también en el mismo género. Si seguimos esta suposición construida y que no se te muestra de forma directa (tienes que zambullirte en el pensamiento monógamo, monosexista y patriarcal para darte cuenta), las personas plurisexuales, al sentirnos atraídas hacia más de un género, necesitaríamos más de una persona para completarnos y romperíamos con la misma necesidad de mantener la monogamia como estructura social. Por tanto, las personas plurisexuales representamos también un peligro para el pensamiento monógamo y este es uno de los muchos motivos por los cuales siempre se nos estereotipa como a no monógames y promíscues, representando un peligro social que ha de borrarse y eliminarse.

Sí, las personas plurisexuales somos infeccionas, contaminamos, ensuciamos y somos peligrosas. Infectamos dos mundos que han sido construidos para que no se toquen: el heterosexual (el bueno) y el homosexual (el malo). Dos mundos que no se pueden tocar porque si se tocaran el  privilegio de la heterosexualidad quedaría cuestionado. Contaminamos y ensuciamos porque representamos una amenaza hacia las jerarquías de orientación y por tanto a las de género, incluyendo las múltiples identidades. Somos peligrosas porque nuestra existencia pone en duda las bases con las que se sustenta el pensamiento monógamo que acaba imponiendo las relaciones basadas en la propiedad y en el consumo.

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