¿qué se esconde detrás de las relaciones no-serias?

por wuwei (natàlia)

en català aquí.

Aviso de contenido: objetificación y consumo relacional

Quiero empezar diciendo que no soporto desde hace mucho tiempo las expresiones “relación seria” o “relación no seria”. Al principio era más bien una reacción visceral, emocional, a la que no le había asignado ningún tipo de reflexión, ni había entendido el motivo por el cual me removía tantas cosas dentro de mí. Sabía, eso sí, que tenía alguna relación también con lo que sentía por la expresión “sólo una amistad” (este “sólo” siempre me ha molestado). Y, de hecho, la experiencia en el mundo de las relaciones me confirmaba constantemente este rechazo que sentía hacia todas estas expresiones.

La expresión “relación seria” a menudo hace referencia a una relación de pareja, donde hay un vínculo romántico, de referencia, principal y donde el compromiso se basa buena parte con la limitación de los vínculos fuera de la relación, con un tipo de exclusividad compleja que va más allá de la exclusividad sexual (de cuidados, de tiempo, de las cosas que se comparten, como la economía, la crianza, la vivienda o las respectivas familias de origen). “Yo no quiero nada serio” sería la típica frase que te dice alguien que está buscando un tipo de relación que no es la que pensamos como pareja. En realidad se suele decir cuando lo que buscamos es un simple rollo, algo “sólo” sexual y sin las “complicaciones” de una relación amorosa romántica con un cierto grado de “compromiso”. Que conste que las comillas no las pongo de decoración, sino para cuestionar el contexto y cómo se utilizan estos conceptos.

A menudo se relaciona la seriedad de una relación con la cantidad de compromiso que tenemos en ella. Pero en este contexto cuando se piensa en “compromiso” se piensa en un tipo de compromiso que nos viene impuesto cuando pensamos en relaciones. La mayoría de las veces cuando se piensa en ello se relaciona el compromiso con la fidelidad, entendida de la forma más monógama: no tener relaciones sexuales ni románticas con otras personas (o limitarlas de alguna forma), priorizar a aquella persona por delante de cualquier otra relación y además muchas veces acompañado de algún tipo de sacrificio. O sea, se piensa el compromiso especialmente como un sinónimo de exclusividades, que no sólo son sexuales, sino que van más allá, como comentaba en el inicio del texto.

¿Pero qué ocurre cuando no existe el compromiso? Normalmente, se presenta por defecto un binario bastante extremo: o nos relacionamos a través de un compromiso implícito, jerárquico y opresor, o bien nos encontramos en un vacío de consumo relacional y de objetificación (también opresor, pero de otro tipo). Por esto, cuando una persona repite que no busca nada serio, normalmente acaba perpetuando este tipo de relaciones objetificadas y de consumo (no solamente consumo sexual, también muchas veces de consumo emocional). La propia expresión cae por su propio peso, porque no querer tratar a una persona de forma seria significa no tenerla en cuenta ni creer que sus problemas y voluntades no son importantes (te impliques o no en ellos o quieras o no acompañarlos).

¿Qué quiere decir, pues, no querer tener relaciones serias? ¿Tiene que significar que una persona con la que no tienes un tipo de compromiso de pareja, se tiene que tratar sin responsabilidad? ¿Qué es el compromiso? Algunes me podrían decir que esto es hilar fino y que esta expresión simplemente significa que no quieres un tipo concreto de exclusividad y no quieres jerarquizar aquella persona. Pero la experiencia que hemos vivido muches no es esta cuando nos han tratado de forma “no seria” (que es muy cercana a la de cuando te dicen que “sólo quieren una amistad”). La experiencia mayoritaria ha sido un tipo de relación donde si surgía algún problema, alguna preocupación, no se podía hablar, que si le otre un buen día decidía no volver a ponerse en contacto podía pasar sin más (y las normas sociales se lo permitían sin que se viera como violento), y cuando quería acercarse también. La experiencia mayoritaria siempre ha sido una falta de responsabilidad y una relación que se ha mantenido gracias a la responsabilidad y sacrificio de una de las partes (precisamente la otra parte, la que no estaba pidiendo una relación “no seria”, normalmente la menos privilegiada).

Para tener relaciones responsables tenemos que tratar a las personas de forma seria. O sea, tenemos que reconocerlas por lo que son, con sus propias voluntades, deseos, problemas y necesidades. Lo que hace falta, de hecho, es cambiar qué quiere decir compromiso, y no dejar de responsabilizarnos de lo que hacemos con aquellas personas con las que nos relacionamos. No me extenderé a hablar de compromiso y de responsabilidad, porque ya he hablado de ello, por ejemplo, aquí y aquí.

Cada vez que escucho estas expresiones como “no quiero una relación seria” me saltan todas las alarmas. Y no porque quiera una relación de pareja del tipo que muchas personas podrían estar pensando, sino porque siento que en algún momento se me tratará de forma no-seria, como persona, una cosa que para mí implica una falta de consideración hacia mis deseos, necesidades, o como yo me pueda estar sintiendo y como me puedan afectar las cosas. En el fondo es una falta de reconocimiento a la importancia que pueda tener hacia parte de mi vida por el simple hecho de existir. Todes merecemos ser tratades de forma seria. Que no tiene porqué ser sinónimo de no poder pasárselo bien o disfrutar.

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rapidez, capitalismo relacional y acumulaciones de afectos

por wuwei (natàlia)

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Este texto lo escribí y se publicó en El Salto el 6 de Febrero. Podéis ver el original aquí . 

Aviso de contenido: capitalismo relacional, capacitismo, misautismia, consumo, objetificación, competitividad, apropiación

Vivimos en un sistema de contradicciones constantes. El capitalismo nos obliga a ir rápido, a usar lo que nos rodea y dejarlo sin más, a consumir, y a la vez no nos permite cambiar como nos gustaría o como necesitamos, ni le gustan los procesos, porque tenemos que ser lo que nos manda ser, para ser productivas y reproductivas, para explotarnos y encajarnos en una jerarquía. Vivimos en un sistema basado en metas, el capitalismo borra los caminos, el goce de los momentos, del compartir. Metas, cambios a golpes, forzados, estaticidades también forzadas y jerárquicas, fluir que no es en realidad fluir, que no es adaptable a ningún contexto que no sea el de su consumo, de la explotación o la objetificación. Es un fluir que es más bien un arrastrarse en una corriente anti-persona. Y esto no nos afecta igual a todas, sino que afecta mucho más a aquellas que no encajamos en muchos cánones que no nos permiten seguir este ritmo cuando nos movemos, cuando trabajamos, cuando nos relacionamos.

Para algunas cosas, especialmente aquellas cosas que están vinculadas a la relación con lo que me rodea, soy una persona lenta. Soy autista, y me he dado cuenta de que mi lentitud está relacionada con ello. Y no lo digo como si fuera algo negativo en sí mismo, de hecho me estoy enamorando de ello a medida que más entiendo cómo funciono. Sería una cosa maravillosa si no fuera por todo el aspecto estructural y social en el que me tengo que mover. La carga negativa aparece, por un lado, por cómo percibe nuestra sociedad la lentitud: socialmente es considerado un defecto, una incapacidad. Por otro lado, la negatividad se incrementa mucho más cuando yo misma quiero y necesito moverte en este sistema: no es solamente una cuestión de “mala imagen”, es una cuestión de que todo a mi alrededor me acaba colocando en una posición inferior donde todo me cuesta mucho más. Vivimos en un sistema altamente competitivo donde hay poco espacio para el tiempo y para los procesos. El sistema se basa en la rapidez, en quien más rápido va es quien se lleva los premios. Hay privilegios que te permiten ir más rápido (tener dinero, ser blanca, encajar en los roles de género, ser delgada, tener carisma, etc.) pero a todo esto se tiene que añadir la propia rapidez o lentitud de cara persona: estamos hablando también de capacidades (y discapacidades).

Para mí conectar con otras personas requiere un tiempo. Y en este “conectar” caben muchas formas de conexión: mentalmente, emocionalmente (afectiva o románticamente), sexualmente, o para compartir cualquier cosa. Como sea, es igual, saber si una persona me gusta, me cae bien, me apetece compartir unas cosas o unas otras, me cuesta un tiempo que suele ser superior al que le cuesta al resto. Esta lentitud es debida a muchos factores que acaban influyendo a mi baja velocidad: por ejemplo, muchas veces me saturo por las cosas que estoy sintiendo y necesito separarme de ellas para poder gestionarme y para poder comprender como me siento (antes no lo hacía así, y la intensidad me llevaba a arrastrarme a lugares que quiero evitar); a la vez, también muchas veces me cuesta reconocer las cosas que siento en el momento (necesito tiempo para saber qué he sentido con una persona o qué es lo que puedo estar sintiendo); también me pasa que me es difícil procesar muchas de las cosas que las personas me dicen o comparten conmigo, y también tengo cierta tendencia a la ansiedad social que me dificulta pasar mucho tiempo con personas que no conozco o que conozco poco.

Debido a esta lentitud muchas veces en el mundo de las relaciones me siento como yendo en bicicleta en una carrera de Fórmula 1: yo voy tranquilamente pedaleando mientras me van pasando coches a toda pastilla por mi lado (esta metáfora está inspirada en una de parecida que me expresó hace un tiempo Laura, una persona con quien tengo un vínculo cercano). Imaginaros un evento de un fin de semana donde todas tenemos la oportunidad de conocer a personas nuevas con una cierta afinidad y “conectar”. Pues yo iría pedaleando y todas me pasarían corriendo como una bala por al lado. Esto no solamente hace que yo siempre quede atrás, sino también que sienta angustia y ansiedad, como siempre me ha pasado cuando voy en bicicleta por la calle de una ciudad: me siento vulnerable, desnuda, mucho más fácilmente “atropellable”. Lo que ocurre es que no solamente siento no llegar nunca a los sitios o llegar tarde, sino que cuando llego todas, que han llegado mucho antes con su cochazo, ya están demasiado ocupadas con otras personas. El tiempo es finito y las atenciones también. La exclusión es obvia.

Pero esta exclusión no solamente pasa cuando eres lenta, también suele pasar cuando no tienes un cuerpo normativo, cuando tienes otras discapacidades, cuando no eres tan guapa, cuando no eres carismática, etc. De hecho a mí me atraviesan más cosas que la lentitud. No es sólo exclusión por el hecho de ser así (gorda, fea, discapacitada), cuidado, de esto es más fácil hablar, de que te excluyan “directamente” por no encajar con la norma estética establecida. Es más complejo que esto. Es también, como estaba comentando en mi caso, porque todo el resto te pasan siempre delante, con sus cuerpos, su forma normativa de conectar, sus carismas, y cuando tú llegas, al ser el tiempo y el afecto que todas podemos realmente compartir una cosa finita (sí, todos los recursos lo son), es más fácil ser excluidas de forma “indirecta” y menos obvia. No es siempre una exclusión directa, sino más bien que no llegas porque otras te pasan siempre delante.

Esto pasa en la monogamia, y se puede multiplicar mucho más en el poliamor y en otras no-monogamias siempre que estas se expresen bajo la misma forma capitalista de funcionar. La monogamia se basa en la competición por ver qué persona consigue estar en la posición privilegiada por el afecto de una persona (la pareja). Hay muchas que creen que la competición se acaba cuando rompes con la idea de exclusividad y “permites” que las personas puedan tener más de una relación sexoafectiva. Pero esta idea es ingenua. Lo es porque creer que una vez todas podamos relacionarnos con todas estaremos en la misma posición de igualdad es la misma trampa ideológica liberal de que se puede ser libre sin romper con las condiciones sociales de desigualdad. O sea, que tengamos la posibilidad de tener más relaciones sexoafectivas no incrementa la posibilidad de que las excluidas nos “toque” algo, sino que si no se rompen las relaciones desiguales lo que propicia es que algunas acumulen más afectos mientras otras nos dediquemos a acompañarlas (sintiéndonos a veces explotadas) y mirarlas desde fuera. Es coger la monogamia y multiplicar todavía más algunos de sus efectos. En esta caso incluso algunas nos quedaríamos en una situación de aún más competición y más vulnerabilidad que en la monogamia, ya que en la monogamia al menos cuando consigues el afecto de alguien la competitividad disminuye un poco y no permite una acumulación tan grande por parte de algunas.

También pasa con otro tipo de relaciones que no son contempladas cuando se habla de monogamias o poliamores. Por ejemplo, yo tengo un sobrino de tres años y me he dado cuenta de que no puedo vincularme con él cuando estamos una buena parte de la familia junta (o al menos cuando están algunos miembros concretos). Hay constantemente una lucha competitiva (inconsciente) para acaparar su atención y es una lucha que a mí me coloca siempre fuera (también por el hecho de ser autista, pero se añade el clasismo). Esto, si yo no le pusiera ningún tipo de remedio y esfuerzo por mi parte (como creo que estoy haciendo desde hace poco), haría que yo a la larga no acabara pudiendo generar un vínculo tan cercano con él y quedara, por tanto, excluida de sus atenciones. Pero es un esfuerzo que a veces me hace sentir ir contracorriente y luchando contra cosas muy difíciles de luchar en el sistema que vivimos: yo no puedo comprarle millones de juguetes, ni puedo llevarlo en coche a lugares diferentes porque no tengo coche (tampoco es que quiera hacer estas cosas, de hecho detesto esta forma de comprar atenciones, pero explícale esto a un niño de 3 años).

La cooperación y romper con la competitividad, teniendo en cuenta lo que comentaba anteriormente, no es solo una cuestión de no competir de forma consciente con otras personas por nuestros amores, afectos o relaciones del tipo que sean, sino que es tomar consciencia también de los factores que nos colocan en puntos desiguales. He comentado en este texto el caso específico de la velocidad, que para mí es una de las metáforas del capitalismo que me resuena en como vivo las relaciones, pero también hay muchos otros factores que se ven afectados por estas múltiples exclusiones y hacen que muchas queden descartadas en un sistema competitivo y de acumulación de afectos.

Yo no soy monógama, y decidí no ser monógama en un acto de querer ser consciente de mis privilegios y de poder de alguna forma aprender a desprenderme de ellos. Para mí la monogamia se basa en la propiedad, el consumo y la competitividad, y me declaro fuertemente anti-monogamia. Para mí ser no monógama implica romper con la propiedad para pasar a compartirnos, ayudarnos, cooperar, no sólo en el ámbito sexoafectivo, sino en todos los ámbitos: la idea de comunidad/es. Mi sorpresa fue ver un mundo supuestamente no monógamo y alternativo que no era muy diferente y que multiplicaba lo que ya teníamos. Para mí todas esas vivencias que muchas veces nos venden como poliamores no son alternativas sino otras versiones, un poco más liberales, de la monogamia.

Si rompemos con la propiedad, tenemos que aprender a compartirnos, no a acumularnos. Si rompemos con el consumo, tenemos que aprender a respetarnos, no a coleccionarnos. Y si rompemos con la competitividad, tenemos que aprender a cooperar y a entender de qué puntos partimos cada una, tenemos que frenar, dejar espacio para los verdaderos procesos, no seguir queriendo ignorar que partimos de posiciones desiguales, ignorando nuestros contextos y las estructuras sociales que nos rodean y atraviesan. Y tenemos que querernos ver, a todas. También a aquellas a las que no solemos querer ver porque estamos siempre demasiado ocupadas y preocupadas pensando en cuál será la próxima presa a la que ganaremos como trofeo para nuestra colección.

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la multiplicidad de la violencia monógama

por wuwei (natàlia)

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Aviso de contenido: violencia monógama,apropiación, exclusión, consumo, invisibilización, borrado, agresiones físicas y verbales, técnicas de dominación y manipulación, violencia institucional y estructural, estereotipos, discriminación

Querer hablar de violencia monógama es complicado ya que, por un lado, primero tenemos que conseguir poder hablar de la monogamia como estructura de poder (no tanto solamente como un recuento de número de relaciones de pareja y/o sexuales), y a la vez también tenemos que hablar de la violencia de una forma más amplia que no sólo de agresiones físicas o verbales. La violencia simbólica, por ejemplo,es también un tipo de violencia, que coloca a quien la recibe en una posición vulnerable respecto a otres; una posición que puede acabar también afectando en muchos ámbitos: el económico, el emocional, el mental y la salud de forma general.

La dificultad de hablar de la violencia que genera la monogamia parte del hecho de que no funciona de la misma manera que la mayoría de las estructuras y por esto muy a menudo, incluso dentro de la complejidad de hablar sobre estructuras, esta es difícil de mostrar. La mayoría de estructuras tienen un grupo privilegiado que cumple unas características(por ejemplo, los hombres, las cisgénero, les blanques, les delgades, etc) y un grupo oprimido con otras características (por ejemplo, les no heterosexuales,les neurodivergentes, les trans, etc). La violencia en estas estructuras se acostumbraría a producir desde el grupo privilegiado hacia el grupo oprimido deformas múltiples (muchas veces no resulta simple hacer esta separación totalmente binaria, y puede ser mucho más complejo que esto, pero para que nos entendamos ahora podemos simplificar el funcionamiento así). La diferencia (ylo que lo complica también más) es que en la monogamia los grupos de privilegiades y oprimides no son fáciles de dibujar o describir y, de hecho se generan diferentes tipos de grupos de opresores y oprimides, diferentes ejes.

La primera vez que intentamos entrever la monogamia como una estructura de poder solemos ver como grupo privilegiado a las personas monógamas (entendidas como las personas que tienen prácticas monógamas, que solamente están abiertas a tener una relación de pareja y sexual) y a les oprimides como aquelles que practican no-monogamias (aquí habría un abanico muy amplio de filosofías relacionales y no todas se verían afectadas por este eje de la misma manera). Aunque evidentemente existe una mala imagen de las prácticas no monógamas y una cierta discriminación e impedimentos estructural ese institucionales y, por tanto, existe el privilegio hacia aquelles que practican la monogamia, la estructura monógama es mucho más compleja y genera privilegios y opresiones de muchas más maneras.

Por ejemplo, yendo más allá de esto, Na Pai apuntó en su texto “Desmuntant la cultura de la monogàmia” que en esta estructura de poder las mismas personas que oprimían eran oprimidas: le opresore y le oprimide eran les componentes de la pareja que por el hecho de “poseerse” le une a le otre se oprimían mutuamente. Este es otro eje diferente al planteado anteriormente y también una forma de funcionar y de violentar de la monogamia, y un planteamiento que me ayudó un poco más y mejor a entender la monogamia como estructura de poder. No obstante, estos planteamientos también seguía faltándoles alguna cosa que no permitía entrever algunas violencias que salen de la monogamia y de nuestra forma de estructurar relaciones, como por ejemplo la amatonormatividad, que borra relaciones fuera de la pareja e invisibiliza violencias que van más allá de la pareja.

Le autore del texto “Lo contrario al amor es la amistad” fue absolutamente genial señalando la amistad como alteridad de la pareja y, por tanto, mostró un eje donde se podía ver a esta alteridad como agredida y oprimida por las jerarquías relacionales que colocaban a la pareja en una posición privilegiada. Esto fue para mí un punto de inflexión en la profundización para entender todo este entramado estructural. Aquel cambio a la hora de ver los estados de oprimide y opresore en la estructura monógama me hizo dar cuenta de que la violencia que la monogamia ejercía era mucho más compleja, y me ayudó a entender muchas violencias invisibles que llevaba padeciendo desde hacía años.

Por lo tanto, podríamos destacar tres ejes diferentes de opressores/oprimides por la estructura monógama: el eje prácticas monógamas/prácticas no monógamas, el eje componente de la pareja/componente de la pareja, y finalmente el eje pareja/amistad (o resto de relaciones). Cada uno de estos ejes expresaría la violencia ejercida de formas diferentes. Me gustaría en este texto poder empezar a poner nombre a algunas de estas violencias, aunque no pretender profundizar mucho, al menos por ahora. Lo que haré, por tanto, es dar algunas ideas superficiales sobre cómo creo yo que se expresa cada una de estas violencias en cada uno de estos ejes.

En cuanto a la violencia monógama que vivimos las personas con prácticas no monógamas,esta suele ser, por una parte, institucional:imposibilidad para acceder a muchos de los privilegios que tiene la estructura monógama que se obtiene con el matrimonio, o derivados como la pareja de hecho, como son aspectos económicos o aspectos legales sobre la crianza, o bien también permisos para vivir y trabajar. También se puede expresar a través de cómo se suelen distribuir los espacios pensados para parejas monógamas (las distribuciones, por ejemplo, de los pisos, suele centrar las relaciones en un tipo de familia nuclear). Por otro lado, también existe un tipo de discriminación a través de la asignación de un tipo de imaginario social negativo (como estereotipos) sobre las personas con prácticas no monógamas: portadoras de ITS, personas con las que no se puede confiar, que no se comprometen,inestables, inmaduras, etc (de hecho se parecen mucho a los estereotipos asignados también a las personas bisexuales). Este tipo de imaginario social es un tipo de violencia simbólica que no se tiene que minimizar, pues puede producir problemas de salud mental, así como también dificultades para encontrar trabajo o perder el trabajo o relaciones afectivas (en el caso de que se salga del armario). No obstante, no afecta igual a todes, ya que por ejemplo las mujeres podrían padecer una carga mucho más violenta cuando se ven asociadas a todo este imaginario, y los hombres no se verían tan afectados ya que las prácticas no monógamas les son más aceptadas socialmente; o bien las bisexuales que ya tenemos esta carga de estereotipos, o bien las personas racializadas que también han sido señaladas a través de la mirada europea blanca como personas de culturas promiscuas y no monógamas. O sea, al ser una estructura de poder, se tiene que tener en cuenta también la intersección con otras estructuras y que no afecta a todes de la misma manera.

Como comentaba anteriormente, les componentes de la pareja pueden ejercerse mutuamente también un tipo de violencia monógama.La pareja, como construcción social que favorecía especialmente a los hombres para apropiarse de las mujeres, parte del concepto de propiedad. La apropiación genera dentro de la misma pareja desempoderamiento, explotación y falta de autonomía. Estos mecanismos acaban generando violencia de muchos tipos: desde agresiones físicas(llegando a asesinatos, especialmente feminicidios), control y vigilancia,exigencias y apoderamiento sobre el cuerpo, mente y emociones de le otre,violencia verbal, manipulación, técnicas de dominación para que no puedas compartir con otras personas, pasando por generación de relaciones de poder(llamadas comúnmente “relaciones de dependencia”), favoreciendo también problemas de salud (especialmente mental). Aunque normalmente la apropiación seda más en un sentido que en otro (sobre todo por parte del hombre hacia la mujer), se puede acabar generando también cierta violencia monógama por parte de las dos hacia las dos en diferentes grados según muchos otros ejes (la transversalidad e interseccionalidad otra vez).

Finalmente, el tipo de violencia que se acaba ejerciendo desde la pareja hacia el resto de relaciones externas a la pareja, las “alteridades”, también es otro tipo de violencia monógama. Esta, se expresa más como invisibilización y borrado debido a que el reconocimiento relacional está centralizado en la pareja (o parejas principales) y, por tanto, se borra el de las demás relaciones (que no sean familiares). Las relaciones fuera de la pareja acaban siendo invisibles, no reconocidas, aquellas que quedan en los márgenes de los cuidados, el tiempo, oel ser tenidas en cuenta; son las relaciones que reciben normalmente las consecuencias de las jerarquías de las relaciones. Estas relaciones también acaban cayendo en el consumo, especialmente por parte de las dos componentes dela pareja, la explotación debido a la invisibilización de lo que se obtiene de elles sin no devolverlo a cambio. Ejemplos de este tipo de violencia son que no se reconozca la relación, que se estereotipe la propia relación con expresiones como le “otre”, o le “amante” (conceptos que marcan una “alteridad”), o que seles recuerda que “sólo” son amistades (colocándolas en una posición donde no puedan pedir nada si lo necesitan), o bien que intenten demostrar que no eres nadie para que no se enfade la pareja de la persona con quien tienes una relación o que no se te escuche cuando estás intentando expresar algún tipo de incomodidad sobre la relación y que se prioricen siempre los problemas de otra persona, sean cuales sean, sin tener sensibilidad contextual y del momento. También se expresa como exclusión de todes aquelles que no encajamos con los cánones corporales, emocionales o mentales (gordes, feas, con menos carisma,neurodivergentes, con diversidades funcionales o discapacitades, etc).

Se podría decir, por tanto, que la violencia monógama, y la monogamia como estructura de poder, funciona de formas muy múltiples, no solamente por las diversas formas que tiene de expresarse, sino también por la diversidad de ejes que presenta. Por tanto, se pueden entrever violencias en un abanico muy amplio, que pasa desde la discriminación por el hecho de tener prácticas no monógamas, pasando por la violencia de la posesión de la pareja, acabando por el consumo, borrado e invisibilización de las personas fuera de las parejas principales.

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taller ‘deconstruir contextos para construir relaciones’ el domingo 16 de diciembre en Barcelona

por wuwei (natàlia)

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El domingo día 16 de Diciembre repetiré el taller ‘deconstruir contextos para construir relaciones‘. Se hará a las 17h (hasta las 21h) en Barcelona (lugar aún por confirmar). Por tal de construir un espacio más seguro el número de plazas es limitado. Todavía hay plazas. Si estás interesade envíame un correo a wuwei.activismedesorientat@gmail.com.

Más información en el evento de facebook: https://www.facebook.com/events/284898965552522/

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las excluidas y consumidas por el capitalismo de las relaciones

por wuwei (natàlia)

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vuelvo otra vez a colgar entradas en el blog y empiezo con un artículo que, de hecho, ya tenía escrito y no lo colgué porque supuestamente me lo habían pedido para otro espacio y no se utilizó al final. empezó siendo una versión del artículo ‘el mundo de las relaciones: un club exclusivo de alto standing‘ y se fue cambiando combinando cosas de ‘memorias de una C‘. y finalmente, esto que cuelgo aquí.

aviso de contenido: capitalismo relacional, consumo relacional, competitividad, apropiación, objetificación, exclusión, violencia monógama, mención de varias estructuras de poder (capacitismo, neurocapacitismo, gordofobia, cisexismo, racismo…)

 

El capitalismo no solamente un sistema “económico”, éste está por todas las partes de nuestra vida, también en las relaciones. El capitalismo relacional se basa en la competitividad entre personas para poder conseguir reconocimiento, afecto o cuidados, en el consumismo que hace que nos acerquemos a las demás de forma utilitarista (no solamente para satisfacer deseos sexuales, sino todo tipo de deseos y voluntades que les imponemos), o en la apropiación (propiedad) de deseos, cuidados y atenciones de otras personas (como pasa a menudo con la pareja, y en otro tipo de relaciones de forma más escondida).

Todos estos mecanismos acaban apartando y excluyendo con más probabilidad a las personas que quedan más en los márgenes. La mayoría de las veces que se habla de este sistema relacional se suele señalar de cómo nos afecta a las mujeres, ya que somos sistemáticamente objetificadas y utilizadas en las relaciones, tanto de pareja, como de consumo sexual o emocional. Pero hace falta señalar que somos muchas más las afectadas y que esta estructura se vale de muchas más, dejando de lado y utilizando a personas de colectivos minorizados, como son las neurodivergentes, las que no tienen un cuerpo normativo, las discapacitadas, las trans, las racializadas, y un largo etcétera. ¿Cómo puedes competir delante de cuerpos normativos cuando el tuyo es atravesado por la gordofobia? ¿O cuando tienes ansiedad o fobia social? ¿O cuando te rechazan por ser trans y no entrar dentro de las expectativas cisexistas de lo que tiene que ser una persona con una genitalidad concreta? Y un largo etcétera.

En artículos de opinión, redes sociales y blogs, hay una tendencia a señalar como causa y consecuencia de este capitalismo relacional a ciertas prácticas “poliamorosas”, haciéndolas cómplices de la “fluidez” de las relaciones actuales, la falta de compromiso o de responsabilidad. Pongo entre comillas “poliamorosas” porque muchas personas utilizan la palabra poliamor para referirse a todo tipo de prácticas diferentes a la monogamia, aunque existen prácticas y filosofías más allás del poliamor (y no solamente como “evolución” de esta, sino que han surgido por otros caminos o incluso antes). Aunque puedo estar de acuerdo en que muchas formas de practicar el poliamor, así como de otras no-monogamias, parten de una forma liberal y capitalista de ver las relaciones, tampoco me gustaría dejarle al poliamor tanto protagonismo: y es que la monogamia no tiene mucho que envidiarle, de hecho podríamos decir que la monogamia tiene gran responsabilidad en la creación de este marco en el que nos movemos a la hora de relacionarnos.

En la monogamia solamente existe una relación reconocida como “válida”: la pareja. Solamente hace falta pensar que cuando decimos “tengo una relación con alguien” automáticamente la mayoría de personas pensarán que se trata de una relación de pareja (o sexoafectiva, como queramos llamarla). Será, por tanto, a través de esta relación donde podremos obtener un “mínimo” de cuidados, atención o valor. Con esto no quiero para nada obviar toda la violencia que ha habido siempre en la pareja monógama (paradigma de la apropiación), sino señalar que fuera de la pareja las relaciones reciben otro tipo de violencia: quedan más al desamparo, al descuido, al no compromiso y a la falta de responsabilidad. Como la mayoría de las veces que criticamos a la monogamia solamente lo hacemos para criticar la violencia que se ejerce en la pareja y de la apropiación o propiedad, creemos que rompiendo con el concepto de pareja rompemos con toda la violencia de la monogamia. ¿Pero qué nos queda si rompemos con la pareja sin pararnos a criticar o reflexionar cómo tratamos el resto de relaciones? Nada, lo que nos queda es la nada: un mundo de relaciones sin compromisos, sin responsabilidades y utilitaristas. Saltamos entonces de la relación basada en la propiedad a relaciones basadas en el consumo: las dos caras de la misma moneda en la monogamia.

Todas estas personas excluidas de las relaciones por la monogamia se nos hace mucho más complicado nadar en ciertas prácticas no monógamas o poliamorosas. Unas prácticas que son cómo la monogamia pero con algunas más “libertades”: más libertades solamente para algunas personas, para quien más privilegios tiene, y por tanto más perjudiciales para quien no tenemos estos privilegios. A mí personalmente me molesta que se niegue que existen prácticas poliamorosas o no monógamas liberales, porque muchas las padecemos, sobre todo aquellas que estamos dentro de la comunidad no monógama o “poliamorosa” y que además ya padecemos de la exclusión en el capitalismo relacional. A la vez, también me molesta que personas monógamas tachen directamente las no-monogamias de liberales, cuando es la propia monogamia la fuente de esta forma de ver las relaciones y hay muchas personas que estamos intentando construir otras alternativas no monógamas más críticas (poliamorosas y no poliamorosas) dejando nuestros cuerpos y emociones en todo el proceso.

Para romper con el capitalismo relacional las alternativas a la monogamia que tenemos que construir tienen que pasar por romper, no solamente con la propiedad de las relaciones (y por tanto de la pareja), sino también con el consumo relacional, así como la competitividad. Tiene que empezar a reconocer todas aquellas relaciones olvidadas, cuidarlas y tenerlas en cuenta. Tenemos que ser más sensibles a los ejes de opresión, hablar de discriminaciones y de exclusiones, pero hablar de exclusiones de una forma muy amplia, no solamente de mujeres o de orientaciones no heterosexuales. Y, finalmente, tenemos que escuchar las quejas sobre el “poliamor” y cualquier tipo de filosofía relacional de todas aquellas que se sienten excluidas o consumidas porque es muy probable de que nuestra monogamia y nuestro “poliamor” las esté dejando de lado. Pero cuidado, nada de instrumentalizar sus quejas, que no nos sirvan solamente para llenar párrafos y artículos, que sea una escucha de verdad, para construir entre todas formas de relacionarnos que incluyan de verdad.

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consumo relacional

por wuwei (natàlia)

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Últimamente en entornos feministas, críticos y/o en espacios vinculados a los movimientos sociales se habla un poco sobre el consumismo relacional y los problemas que genera en maneras poco críticas de ver las relaciones (que son las que utilizamos por defecto). Muchas veces hacemos crítica de éste sin pararnos a pensar, explicar o definir en qué consiste exactamente el consumo relacional, cayendo siempre en la suposición por defecto de que las relaciones de consumo son aquellas de corta duración o bien las que se comparte “solamente” sexo. Ésta visión poco trabajada reproduce una visión estructural muy limitada y borra muchos de los consumos relacionales de los que no se habla. Creo que para poder seguir hablando sobre las consecuencias y de cómo hace falta evitar el consumismo relacional, sería necesario pararnos todes a escribir qué consideramos consumos cuando hablamos de relaciones.

Por defecto, cuando se habla y se presenta el tema del consumismo de relaciones se suele definir “relación de consumo” como una relación que no tiene mucha duración en el tiempo. ¿Son todas las relaciones de corta duración relaciones de consumo? No lo creo, todo depende de cómo nos acerquemos y nos alejemos de la persona con la que tenemos esta “corta” interacción o relación. A menudo se confunde “corta” con una relación “utilitarista” que dejas al cabo de poco porque ya has satisfecho el objetivo por el cual te acercaste. Pero nos olvidamos de muchas relaciones que pueden ser cortas por muchos motivos y que no son utilitaristas: alguien que conoces durante un evento y con la que no te vuelves a relacionar, por ejemplo. Además, haciendo esta relación estamos escondiendo las relaciones de larga duración que son utilitaristas, objetificadas y a través del consumo propio para alguna satisfacción personal, como muchas relaciones de maltrato.

También se suele relacionar el consumo de relaciones con relaciones con “solamente” sexo, cayendo en la idea de que el sexo de por sí es objetificador. Esto borra muchos otros tipos de consumo que no son sexuales (que pueden ser emocionales o intelectuales) y a la vez nos hace creer que tener una relació con “solamente” sexo es consumista, una idea sexófoba. Esto no quiere decir que no se consuma ni se objetifique mucho a través del sexo en nuestra sociedad, especialmente a aquellas personas a las que el patriarcado nos objetifica sexualmente. No obstante, no es el sexo en sí, es por como lo utilizamos socialmente para generar poder sobre otras personas. Si se tiene una relación “solamente” sexual pero se respetan los consentimientos, las voluntades de le otre o se le escucha en cada momento si tiene o no alguna molestia, no es consumista porque se están teniendo en cuenta las voluntades, deseos y necesidades de la otra persona.

Yo prefiero definir el consumo de relaciones a través de la motivación y la forma de acercarnos a la otra persona, no con la duración de la relación en sí misma, ni con lo qué se comparta. Una relación de consumo (desde mi punto de vista) sería una relación objetificada (donde le otre es un objeto, no un sujeto) donde te acercas para satisfacer alguna cosa que tú quieres pero sin tener en cuenta lo que quiere la otra persona (si quiere o no lo mismo que tú, o si incluso estás saltándote su consentimiento), y quitándole la voz en todas las cosas que le afectan, y no pensando en las consecuencias  de cómo afecta esto en su vida ni sus relaciones.

A veces la definición por defecto que se hace del consumismo de relaciones (relaciones de consumo sexual cortas en el tiempo) borra muchas de las experiencias de consumo que he vivido: relaciones largas (de años) que me han consumido emocionalmente. Aún la importancia de tener en cuenta el consumo relacional que se hace a través del sexo, especialmente por parte de hombres hacia mujeres y personas femeninas y en entornos de fiesta o en ambientes sexuales, o también de cómo muchas personas se acercan a otres y al cabo de nada dejan la relación sin ningún cuidado porque ya han satisfecho sus necesidades, no tenemos que obviar tampoco el resto de consumos en los que nos vemos sometides.

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la objetificación como forma de relacionarnos con lo que nos rodea

por wuwei (natàlia)

en català aquí.

 

Cuando escuchamos la palabra “objetificación” automáticamente la mayoría pensamos en la “objetificación sexual de las mujeres”. Ha sido gracias al feminismo que hemos podido detectar una (de las muchas) violencias simbólicas del patriarcado: la percepción (conceptual) que se tiene de las mujeres borra totalmente nuestro consentimiento. Aun así, la objetificación es un concepto que engloba muchos más mecanismos (no solamente éste), que tienen en común precisamente el hecho de ver a ciertos grupos de personas o a algunas personas en concreto como “objetos” y no como “sujetos” (seres con voluntades, deseos y necesidades propias) a tener en cuenta. Pero cuando decimos “objetos” no nos referimos solamente a “objetos sexuales”, sino una forma más genérica de vernos como objetos: convertirnos en seres que no tienen sus propias voluntades y necesidades y que están para servir las nuestras (más allá del sexo).

La forma con la que vemos el mundo (que está muy relacionada con una visión occidental y colonialista) es a través de esta objetificación (y la dominación). Sentimos (a través de una construcción conceptual del mundo) que todo lo que nos rodea (donde también están las personas con las que nos relacionamos) está a nuestro servicio como un objeto y lo intentamos dominar. Pero, evidentemente, bajo esta premisa no todas las personas dominarán, ya que cuando uno domina a otro, éste segundo pasa a ser dominado. Esta visión es la que crea las estructuras de poder, que generan unos privilegios a un grupo determinado de personas que obtendrán todas sus necesidades de forma sistemática a través de normas sociales que dominarán a otros grupos (personas oprimidas), los cuales serán objetificados por éstas normas. Un ejemplo de esto es la objetificación sexual de las mujeres que hace que se nos observe como a seres exentos de toda posibilidad de consentir.

Creer que “por defecto” solamente se objetifica a través del sexo se basa en la idea de que el sexo de por sí mismo es objetificador, una idea sexófoba. Tampoco quiero caer en la idea de que el sexo siempre es “bueno” y “positivo”, ya que el sexo puede ser utilizado (y es muy a menudo utilizado) para generar y ejercer poder. Pero, lo que es problemático o lo que es bueno del sexo no es el sexo en sí mismo, sino la forma y la intención con la que nos acercamos a las personas con las que tenemos sexo. Si tenemos “solamente” sexo con una persona, pero respetamos su consentimiento, tenemos en cuenta que tiene deseos y voluntades propias y la escuchamos si en algún momento tiene algún problema, no la estamos objetificando, aunque sea un encuentro puntual para tener sexo sin haber mantenido una relación antes y/o después.

A parte de la objetificación sexual hay otros tipos de objetificación, como es, por ejemplo, la emocional. La objetificación emocional también la padecemos mucho las mujeres por parte de hombres, ya que somos las que por defecto escuchamos, cuidamos, comprendemos y acompañamos emocionalmente sin que, la mayoría de las veces, se tenga en cuenta si es lo que podemos y queremos hacer en ese momento, sin que se tenga en cuenta si es cuál es nuestro estado, y sin preguntarnos a nosotras qué necesitamos o sin que se nos acompañe en nuestros procesos.

Una de las consecuencias de la objetificación es el consumo relacional y la apropiación de las relaciones y personas. Para mí el consumismo relacional no es una cuestión de la “corta duración” de la relación, ni tampoco por el hecho de compartir “solamente” sexo sin una implicación emocional intensa o importante. Nos acercamos a las demás personas para satisfacer nuestras voluntades y necesidades sin tener en cuenta las de las demás. Ésta sería de hecho la forma con la que a mí me gusta definir el consumismo relacional, ver las relaciones solamente para el consumo propio: acercarnos a las otras personas con la intención y necesidad de cubrir ciertas necesidades o deseos sin tener en cuenta las de la otra (que podrían ser diferentes a las nuestras o, incluso, incompatibles). Una forma de hacer esto también es la apropiación, apropiarnos de la otra persona. La apropiación sería también un tipo de consumo: no es que solamente me importen mis deseos, sino que además utilizo ciertos mecanismos para apropiarme de tus deseos y voluntades. Esto se puede hacer de forma implícita a través de mentiras, manipulaciones u otras técnicas de dominación.

Finalmente, la objetificación también es un proceso que lleva (entre muchos otros mecanismos) a la explotación, donde un grupo dominante o una persona que domina (quien objetifica) recibe más beneficio de algún tipo (que puede ser económico, o prestigio social, capital de tipo simbólico, etc) a costa del grupo o de la persona explotada/objetificada (de su trabajo, esfuerzo, etc), la cual no obtiene beneficio. No solamente se explota a la clase trabajadora: existen muchos más mecanismos que no se conocen y que explotan de otras formas. Por ejemplo, las personas no heterosexuales hemos estado explotadas durante toda la historia de la ciencia desde la mirada heterosexual para beneficiar a médicos su capital (no solamente económico, sino también de prestigio en su campo) y al privilegio heterosexual; en vez de beneficiar a las personas no heterosexuales lo que se hace es estereotiparnos, medicalizarnos y mantener los privilegios de la heterosexualidad. Otro ejemplo es como los roles de género hacen que se explote a las mujeres para tareas de cuidados y del hogar que beneficien especialmente a los hombres y que no reporten ningún tipo de capital a las mujeres. O, siguiendo con el ejemplo que había puesto anteriormente, se nos explota emocionalmente a las mujeres para que acompañemos emocionalmente a hombres, mientras estos no nos acompañan a nosotras.

Las personas en nuestra cultura por defecto nos acercamos las unas a las otras a través de una mirada objetificadora. Muy a menudo, cuando planteamos problemas en los que nos encontramos, colocamos a personas en una posición de “problema”, “conflicto”, “objeto”, y pocas veces las construimos conceptualmente como sujetos: personas que tienen sus necesidades, deseos y voluntades propias que merecen ser reconocidas. Y, aunque sí que es cierto que poco a poco hemos aprendido a construir relaciones más “horizontales”, muy a menudo nos olvidamos de las relaciones que se podrían estar objetificando o “dominando” fuera de la relación supuestamente “horizontal”. La horizontalidad no ha de ser una cuestión de dos personas, ni de un grupo determinado y definido, se tendría que extender fuera de estos grupos, sino todo nuestro discurso queda totalmente y políticamente vacío.

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