el arte de ligar y consumir

por wuwei (natàlia)

en català aquí.

(aviso de contenido: individualismo, capitalismo de relaciones, objetificación, consumo, manipulación, mentiras)

En el mercado de las relaciones, comprar, vender, apropiarse y consumir son la base de la mayoría de las aproximaciones entre personas que quieren o pretenden tener una relación sexual, afectivosexual o romántica con otras personas. Da igual el formato: puede ser a través de aplicaciones, de redes sociales, en ambientes de fiesta, en ambientes informales más tranquilos, en ambientes formales, en el trabajo o en encuentros casuales en la plaza del barrio. El paradigma de “ligar”, juntamente con el de “cazar”, es solamente cuestionado cuando hablamos de machismo o de monogamia, pero el proceso va mucho más allá. Está, obviamente, atravesado por estructuras  como el machismo, pero no se para aquí porque lo impregna el paradigma individualista y capitalista a través del cual vemos a las personas que nos rodean como objetos.

No soporto el concepto de “ligar”. Hay que decir, no obstante, que cuando digo que no soporto el concepto de ligar no me refiero a que no soporto que la gente tenga cierto interés en otras personas, en querer compartir cosas concreta, y se acerque para ver si la otra persona también puede  corresponder este interés. Tampoco me refiero a que sentirse atraída hacia a alguna persona, sea sexualmente y/o románticamente, es un acto de por sí consumista, como tampoco que te guste una persona y se lo digas. No jodamos, no es esto. Tampoco tengo nada en contra de ciertos procesos un poco ritualísticos de acercamiento. Lo que no soporto es buena parte del proceso que  está totalmente aceptado en el que la otra persona deviene un producto de consumo más. El proceso de compra, venta, consumo y acumulación. Y lo que más me sorprende ya no sólo es el proceso de ver a la otra como un producto más, es también el deseo de ser escogida como tal, comprada o consumida donde aceptas parte del juego de forma bastante consciente, ignorando, de paso, a quien no nos trata de esta manera suponiendo que no estará interesada en nosotras. Parece como si “si no juegas es que no tienes ningún interés en las demás”. Caemos en la competición para ver quien consigue más atenciones, quien consigue más premios, quien consigue coleccionar más relaciones, o simplemente más rollos, quien consigue ser engañado una vez y otra o quien consigue engañar más. Nos transformamos temporalmente y a ratos en otras personas, en personajes que creamos para poder formar parte de este circo.

Tampoco me refiero aquí al hecho de que si me acerco a alguien para tener solamente sexo estoy tratando a la otra persona como un producto de consumo. No tiene por qué. O sea, muchas veces sí, pero no es el sexo en sí, es el cómo, y es por cómo se instrumentaliza el sexo en nuestras estructuras, especialmente por parte del machismo y el individualismo. Pero insisto con que no es a través de una relación exclusivamente sexual porque muchas creen que la objetificación está solamente en el sexo o en la corta duración de las relaciones y no con cómo ocurre el proceso de acercamiento y/o alejamiento. A veces lo que es objetificador es el proceso de engañar a la otra persona para tener sexo con ella (una cosa muy aceptada en procesos de ligar, y es aquí donde quería ir a parar), o bien acercarse a alguien solamente para conseguir que te haga los deberes de clase, o bien estar consumiendo emocionalmente a alguien durante años de tu vida.

El acto de ligar está fuertemente relacionado con los procesos de objetificación, de consumo, de competición y de obtención de premios, trofeos, propiedades, o productos que utilizaremos para el propio beneficio. Es un acto donde se pretende normalizar, y normaliza, aquello de que “la finalidad justifica los medios”, y la finalidad es, esto, el objetivo final, que puede ser tanto puramente sexual como podría ser romántico, y el conseguir un premio/trofeo final que te permite escalar socialmente u obtener algunos beneficios. Es un acto donde la persona desaparece y deviene un producto más. Donde nosotras también devenimos un producto más, todo también dependiendo de cuales sean nuestras posiciones relativas de privilegios en comparación con las otras. Además, poder conseguir estos premios no es un proceso donde todas tengan el mismo acceso: solamente las que consigan tener un serie de privilegios podrán entrar más fácilmente en el juego, tanto si cazas como si eres cazada.

Este “ligar” es un proceso donde se normaliza la mentira, la manipulación, el llamar la atención. Consiste en “conseguir convencer” a la otra persona para que tenga un tipo concreto de relación contigo (sea sexo, sea una relación más romántica, sea solamente atenciones, sea lo que sea). Y querer convencer pasa por no querer ver realmente a la persona que tenemos delante y no tener en cuenta qué quiere, qué siente o qué necesita. Y no estamos hablando de querer convencer a la otra persona en un debate político sobre el cambio climático. Estamos hablando de querer convencer a la otra persona para que, por ejemplo, tenga sexo contigo.

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rapidez, capitalismo relacional y acumulaciones de afectos

por wuwei (natàlia)

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Este texto lo escribí y se publicó en El Salto el 6 de Febrero. Podéis ver el original aquí . 

Aviso de contenido: capitalismo relacional, capacitismo, misautismia, consumo, objetificación, competitividad, apropiación

Vivimos en un sistema de contradicciones constantes. El capitalismo nos obliga a ir rápido, a usar lo que nos rodea y dejarlo sin más, a consumir, y a la vez no nos permite cambiar como nos gustaría o como necesitamos, ni le gustan los procesos, porque tenemos que ser lo que nos manda ser, para ser productivas y reproductivas, para explotarnos y encajarnos en una jerarquía. Vivimos en un sistema basado en metas, el capitalismo borra los caminos, el goce de los momentos, del compartir. Metas, cambios a golpes, forzados, estaticidades también forzadas y jerárquicas, fluir que no es en realidad fluir, que no es adaptable a ningún contexto que no sea el de su consumo, de la explotación o la objetificación. Es un fluir que es más bien un arrastrarse en una corriente anti-persona. Y esto no nos afecta igual a todas, sino que afecta mucho más a aquellas que no encajamos en muchos cánones que no nos permiten seguir este ritmo cuando nos movemos, cuando trabajamos, cuando nos relacionamos.

Para algunas cosas, especialmente aquellas cosas que están vinculadas a la relación con lo que me rodea, soy una persona lenta. Soy autista, y me he dado cuenta de que mi lentitud está relacionada con ello. Y no lo digo como si fuera algo negativo en sí mismo, de hecho me estoy enamorando de ello a medida que más entiendo cómo funciono. Sería una cosa maravillosa si no fuera por todo el aspecto estructural y social en el que me tengo que mover. La carga negativa aparece, por un lado, por cómo percibe nuestra sociedad la lentitud: socialmente es considerado un defecto, una incapacidad. Por otro lado, la negatividad se incrementa mucho más cuando yo misma quiero y necesito moverte en este sistema: no es solamente una cuestión de “mala imagen”, es una cuestión de que todo a mi alrededor me acaba colocando en una posición inferior donde todo me cuesta mucho más. Vivimos en un sistema altamente competitivo donde hay poco espacio para el tiempo y para los procesos. El sistema se basa en la rapidez, en quien más rápido va es quien se lleva los premios. Hay privilegios que te permiten ir más rápido (tener dinero, ser blanca, encajar en los roles de género, ser delgada, tener carisma, etc.) pero a todo esto se tiene que añadir la propia rapidez o lentitud de cara persona: estamos hablando también de capacidades (y discapacidades).

Para mí conectar con otras personas requiere un tiempo. Y en este “conectar” caben muchas formas de conexión: mentalmente, emocionalmente (afectiva o románticamente), sexualmente, o para compartir cualquier cosa. Como sea, es igual, saber si una persona me gusta, me cae bien, me apetece compartir unas cosas o unas otras, me cuesta un tiempo que suele ser superior al que le cuesta al resto. Esta lentitud es debida a muchos factores que acaban influyendo a mi baja velocidad: por ejemplo, muchas veces me saturo por las cosas que estoy sintiendo y necesito separarme de ellas para poder gestionarme y para poder comprender como me siento (antes no lo hacía así, y la intensidad me llevaba a arrastrarme a lugares que quiero evitar); a la vez, también muchas veces me cuesta reconocer las cosas que siento en el momento (necesito tiempo para saber qué he sentido con una persona o qué es lo que puedo estar sintiendo); también me pasa que me es difícil procesar muchas de las cosas que las personas me dicen o comparten conmigo, y también tengo cierta tendencia a la ansiedad social que me dificulta pasar mucho tiempo con personas que no conozco o que conozco poco.

Debido a esta lentitud muchas veces en el mundo de las relaciones me siento como yendo en bicicleta en una carrera de Fórmula 1: yo voy tranquilamente pedaleando mientras me van pasando coches a toda pastilla por mi lado (esta metáfora está inspirada en una de parecida que me expresó hace un tiempo Laura, una persona con quien tengo un vínculo cercano). Imaginaros un evento de un fin de semana donde todas tenemos la oportunidad de conocer a personas nuevas con una cierta afinidad y “conectar”. Pues yo iría pedaleando y todas me pasarían corriendo como una bala por al lado. Esto no solamente hace que yo siempre quede atrás, sino también que sienta angustia y ansiedad, como siempre me ha pasado cuando voy en bicicleta por la calle de una ciudad: me siento vulnerable, desnuda, mucho más fácilmente “atropellable”. Lo que ocurre es que no solamente siento no llegar nunca a los sitios o llegar tarde, sino que cuando llego todas, que han llegado mucho antes con su cochazo, ya están demasiado ocupadas con otras personas. El tiempo es finito y las atenciones también. La exclusión es obvia.

Pero esta exclusión no solamente pasa cuando eres lenta, también suele pasar cuando no tienes un cuerpo normativo, cuando tienes otras discapacidades, cuando no eres tan guapa, cuando no eres carismática, etc. De hecho a mí me atraviesan más cosas que la lentitud. No es sólo exclusión por el hecho de ser así (gorda, fea, discapacitada), cuidado, de esto es más fácil hablar, de que te excluyan “directamente” por no encajar con la norma estética establecida. Es más complejo que esto. Es también, como estaba comentando en mi caso, porque todo el resto te pasan siempre delante, con sus cuerpos, su forma normativa de conectar, sus carismas, y cuando tú llegas, al ser el tiempo y el afecto que todas podemos realmente compartir una cosa finita (sí, todos los recursos lo son), es más fácil ser excluidas de forma “indirecta” y menos obvia. No es siempre una exclusión directa, sino más bien que no llegas porque otras te pasan siempre delante.

Esto pasa en la monogamia, y se puede multiplicar mucho más en el poliamor y en otras no-monogamias siempre que estas se expresen bajo la misma forma capitalista de funcionar. La monogamia se basa en la competición por ver qué persona consigue estar en la posición privilegiada por el afecto de una persona (la pareja). Hay muchas que creen que la competición se acaba cuando rompes con la idea de exclusividad y “permites” que las personas puedan tener más de una relación sexoafectiva. Pero esta idea es ingenua. Lo es porque creer que una vez todas podamos relacionarnos con todas estaremos en la misma posición de igualdad es la misma trampa ideológica liberal de que se puede ser libre sin romper con las condiciones sociales de desigualdad. O sea, que tengamos la posibilidad de tener más relaciones sexoafectivas no incrementa la posibilidad de que las excluidas nos “toque” algo, sino que si no se rompen las relaciones desiguales lo que propicia es que algunas acumulen más afectos mientras otras nos dediquemos a acompañarlas (sintiéndonos a veces explotadas) y mirarlas desde fuera. Es coger la monogamia y multiplicar todavía más algunos de sus efectos. En esta caso incluso algunas nos quedaríamos en una situación de aún más competición y más vulnerabilidad que en la monogamia, ya que en la monogamia al menos cuando consigues el afecto de alguien la competitividad disminuye un poco y no permite una acumulación tan grande por parte de algunas.

También pasa con otro tipo de relaciones que no son contempladas cuando se habla de monogamias o poliamores. Por ejemplo, yo tengo un sobrino de tres años y me he dado cuenta de que no puedo vincularme con él cuando estamos una buena parte de la familia junta (o al menos cuando están algunos miembros concretos). Hay constantemente una lucha competitiva (inconsciente) para acaparar su atención y es una lucha que a mí me coloca siempre fuera (también por el hecho de ser autista, pero se añade el clasismo). Esto, si yo no le pusiera ningún tipo de remedio y esfuerzo por mi parte (como creo que estoy haciendo desde hace poco), haría que yo a la larga no acabara pudiendo generar un vínculo tan cercano con él y quedara, por tanto, excluida de sus atenciones. Pero es un esfuerzo que a veces me hace sentir ir contracorriente y luchando contra cosas muy difíciles de luchar en el sistema que vivimos: yo no puedo comprarle millones de juguetes, ni puedo llevarlo en coche a lugares diferentes porque no tengo coche (tampoco es que quiera hacer estas cosas, de hecho detesto esta forma de comprar atenciones, pero explícale esto a un niño de 3 años).

La cooperación y romper con la competitividad, teniendo en cuenta lo que comentaba anteriormente, no es solo una cuestión de no competir de forma consciente con otras personas por nuestros amores, afectos o relaciones del tipo que sean, sino que es tomar consciencia también de los factores que nos colocan en puntos desiguales. He comentado en este texto el caso específico de la velocidad, que para mí es una de las metáforas del capitalismo que me resuena en como vivo las relaciones, pero también hay muchos otros factores que se ven afectados por estas múltiples exclusiones y hacen que muchas queden descartadas en un sistema competitivo y de acumulación de afectos.

Yo no soy monógama, y decidí no ser monógama en un acto de querer ser consciente de mis privilegios y de poder de alguna forma aprender a desprenderme de ellos. Para mí la monogamia se basa en la propiedad, el consumo y la competitividad, y me declaro fuertemente anti-monogamia. Para mí ser no monógama implica romper con la propiedad para pasar a compartirnos, ayudarnos, cooperar, no sólo en el ámbito sexoafectivo, sino en todos los ámbitos: la idea de comunidad/es. Mi sorpresa fue ver un mundo supuestamente no monógamo y alternativo que no era muy diferente y que multiplicaba lo que ya teníamos. Para mí todas esas vivencias que muchas veces nos venden como poliamores no son alternativas sino otras versiones, un poco más liberales, de la monogamia.

Si rompemos con la propiedad, tenemos que aprender a compartirnos, no a acumularnos. Si rompemos con el consumo, tenemos que aprender a respetarnos, no a coleccionarnos. Y si rompemos con la competitividad, tenemos que aprender a cooperar y a entender de qué puntos partimos cada una, tenemos que frenar, dejar espacio para los verdaderos procesos, no seguir queriendo ignorar que partimos de posiciones desiguales, ignorando nuestros contextos y las estructuras sociales que nos rodean y atraviesan. Y tenemos que querernos ver, a todas. También a aquellas a las que no solemos querer ver porque estamos siempre demasiado ocupadas y preocupadas pensando en cuál será la próxima presa a la que ganaremos como trofeo para nuestra colección.

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plurisexualidades y estereotipos III: el cambio, las fases y las no estabilidades como forma de construir un mundo más sensible

por wuwei (natàlia)

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[imagen: manifestación de la comisión unitaria del 28J del 2016 de temática plurisexual. Se ve una pancarta donde dice «La nostra fase, la nostra indecisió. @FemEnrenou»]

Este texto es el tercero de un conjunto de textos que he escrito alrededor de los estereotipos asignados a las personas bisexuales y plurisexuales como herramientas de empoderamiento y reapropiación. El primero lo podéis encontrar aquí, el segundo aquí, el cuarto aquí, el quinto aquí y el sexto y último aquí.

Aviso de contenido: monosexismo, estereotipos, neurocapacitismo, obligatoriedad de la estaticidad, inestabilidad, insensibilidad

El paradigma monosxual con el que vemos y describimos el mundo nos dice que, según lo que el mismo paradigma define como “orientación sexual”, solamente hay dos posibles estados/opciones: la heterosexualidad (la opción “correcta” o “buena”) o la homosexualidad (la opción “incorrecta” o “mala”). Estas dos opciones no tienen que poder mezclarse ni tocarse ya que si lo hicieran no podríamos distinguir lo que es bueno, perfecto y puro, de lo que es impuro, malo o negativo. Por este motivo estamos obligades a decidirnos cuando maduramos para podernos colocar de forma clara en uno de los dos lados, para que se nos pueda encajar y juzgar contundentemente y saber a quién se tiene que premiar (privilegiar) y a quien castigar.

Según esta forma de ver las orientaciones sexuales, aquelles que no encajamos en este supuesto imaginario porque nos sentimos atraídes por más de un género (o bien, como yo prefiero definirlo, no filtramos a todos los géneros excepto uno cuando nos atrae/gusta alguien) se nos ve como personas que van saltando constantemente de un estado a otro: ahora somos heteros, ahora lesbianas o gays. De esta manera, porque se nos ve siempre saltando de un estado a otro, las personas bisexuales y en general las plurisexuales somos estereotipadas como inestables, que cambiamos constantemente y que estamos siempre en una fase.

El hecho de tenernos que definir y fijar en un estado concreto (en un estado que además seguramente no nos representa en la mayoría de momentos de nuestra vida) no es solamente una demanda que se hace a nuestra orientación sexual, es un hecho sistemático que va más allá del monosexismo: también es una característica de muchas estructuras de poder, del neurocapacitismo que estipula que tenemos que estar en un solo estado emocional/mental de una forma constante que puede variar un poco pero dentro de unas frecuencias determinadas, de la monogamia que nos obliga a escoger una sola relación reconocida (y de propiedad), y del capitalismo de forma general.

El sistema nos necesita estátiques (con sus contradicciones, como comentaré más adelante). Lo que es leído como no estable (entendido como no estático dentro de unos parámetros), escoger opciones no consideradas como existentes, los cambios, las transformaciones, las fases, son bastante incomprendidas en nuestra cultura, que todo lo quiere dominar, que todo lo quiere fijado en puntos muy definidos y concretos para tenerlo todo bajo el control, para que podamos también ser productivas y/o reproductivas.

Poder cambiar, fluctuar, ser no estables en cuanto a no ser estátiques, no tiene porqué ser nada negativo en sí mismo, y no es la causa real ni directa de la inestabilidad que nos aporta de rebote el sistema, que tiene unas consecuencias devastadoras en nuestras vidas. La inestabilidad sistemática (económica y relacional) es el resultado de cómo interacciona el sistema (a través de su ideología, el imaginario social y las estructuras de poder) con nuestros cambios y fluctuaciones, o estos estados no permitidos. Por tanto, es el resultado que nos otorga la insensibilidad con la que opera el sistema sobre nuestros cambios y nuestros funcionamientos desviados de la norma. El resultado es que no podamos obtener lo que necesitamos, y que estemos a la deriva, que estemos siempre sintiendo que necesitamos cosas distintas (que no son precisamente las que necesitamos), que no lleguemos nunca a encontrar lo que nos va bien o lo que queremos, y que estemos, por tanto, perdides en un mar de consumo acrítico absurdo, tanto relacional como económico (tanto como consumides como consumidores).

Es por esto que el sistema se asegura muy bien de, por un lado, prohibirnos ciertos estados y a la vez aprovecharse de ellos cuando existen para su beneficio, pareciendo de esta manera que somos castigades por no seguir las normas que tendríamos que seguir. El resultado es, pues, una inestabilidad económica, afectiva y emocional (más allá de la que se acostumbra a señalar como inestabilidad emocional debida a un funcionamiento diferente a nuestra cabeza) que se señala a menudo como el resultado directo de ser una persona que no está fijada en el estado al que le han obligado a fijarse: o sea, siempre se responsabiliza a las características de los colectivos oprimidos y no a la insensibilidad del propio sistema o a la apropiación que hace este de nuestras vivencias romantizándolas y utilizándolas fuera de nuestros contextos.

Quien acaba recibiendo más esta inestabilidad sistemática son aquelles que están más excluides, explotades y oprimides, y que además serán les que acaben siendo más leídes como “no estables” y acaben recibiendo por partida doble esta negativización de sus vivencias. Las más privilegiadas tendrían medios para obtener sus necesidades y por tanto no estarían afectadas. No obstante, se nos hace creer que son nuestros cambios, nuestras fases, nuestros estados mentales y emocionales “no estables”/no estáticos, los que producen que no podamos acceder a poder cubrir nuestras necesidades.

El monosexismo se sirve de esta ideología para negarnos la posibilidad del cambio y las fases, y a la vez se acusa a nuestra propia no estabilidad y la supuesta no aclaración sobre nuestra opción sexual como culpable de nuestros problemas de salud mental, económicos y relacionales (las personas no monosexuales tenemos más tendencia a perder relaciones sexo/afectivas debido a nuestra desorientación sexual ya que se nos percibe como personas con las que no se puede confiar, traidoras e infieles).

Por tanto, el monosexismo no solamente nos otorga estereotipos, sino que además niega las fases, los cambios y todo aquello leído como “no estable” debido a no tener la estaticidad que tiene que tener. El monosexismo nos insensibiliza, igual que lo hace el capitalismo, de las voluntades y deseos de les demás, y de sus diferentes necesidades. El monosexismo nos niega los cambios, las fases y las transformaciones. El monosexismo nos niega la posibilidad de no ser tan estables como el sistema nos exige y nos culpa de la inestabilidad relacional actual (cuando es a nosotres, les no monosexuales, entre muchas otres, a quien se objetifica y se abandona).

Tenemos que construir otras formas de sentirnos, que nos permitan poder cambiar, transformarnos, abrazar nuestras “no estabilidades” emocionales, mentales, físicas, nuestras discapacidades. Tenemos que construir formas de vivirnos más sensibles a la multiplicidad y al cambio haciendo que a la vez podamos, a través de formas relacionales horizontales, encontrar entre todes como obtener nuestras necesidades, a través de los compromisos y a través de la responsabilidad compartida. No aceptar el cambio ni la transformación es no aceptar la posibilidad ni la necesidad de cambiar un sistema insensible, jerárquico y de control.

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las excluidas y consumidas por el capitalismo de las relaciones

por wuwei (natàlia)

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vuelvo otra vez a colgar entradas en el blog y empiezo con un artículo que, de hecho, ya tenía escrito y no lo colgué porque supuestamente me lo habían pedido para otro espacio y no se utilizó al final. empezó siendo una versión del artículo ‘el mundo de las relaciones: un club exclusivo de alto standing‘ y se fue cambiando combinando cosas de ‘memorias de una C‘. y finalmente, esto que cuelgo aquí.

aviso de contenido: capitalismo relacional, consumo relacional, competitividad, apropiación, objetificación, exclusión, violencia monógama, mención de varias estructuras de poder (capacitismo, neurocapacitismo, gordofobia, cisexismo, racismo…)

 

El capitalismo no solamente un sistema “económico”, éste está por todas las partes de nuestra vida, también en las relaciones. El capitalismo relacional se basa en la competitividad entre personas para poder conseguir reconocimiento, afecto o cuidados, en el consumismo que hace que nos acerquemos a las demás de forma utilitarista (no solamente para satisfacer deseos sexuales, sino todo tipo de deseos y voluntades que les imponemos), o en la apropiación (propiedad) de deseos, cuidados y atenciones de otras personas (como pasa a menudo con la pareja, y en otro tipo de relaciones de forma más escondida).

Todos estos mecanismos acaban apartando y excluyendo con más probabilidad a las personas que quedan más en los márgenes. La mayoría de las veces que se habla de este sistema relacional se suele señalar de cómo nos afecta a las mujeres, ya que somos sistemáticamente objetificadas y utilizadas en las relaciones, tanto de pareja, como de consumo sexual o emocional. Pero hace falta señalar que somos muchas más las afectadas y que esta estructura se vale de muchas más, dejando de lado y utilizando a personas de colectivos minorizados, como son las neurodivergentes, las que no tienen un cuerpo normativo, las discapacitadas, las trans, las racializadas, y un largo etcétera. ¿Cómo puedes competir delante de cuerpos normativos cuando el tuyo es atravesado por la gordofobia? ¿O cuando tienes ansiedad o fobia social? ¿O cuando te rechazan por ser trans y no entrar dentro de las expectativas cisexistas de lo que tiene que ser una persona con una genitalidad concreta? Y un largo etcétera.

En artículos de opinión, redes sociales y blogs, hay una tendencia a señalar como causa y consecuencia de este capitalismo relacional a ciertas prácticas “poliamorosas”, haciéndolas cómplices de la “fluidez” de las relaciones actuales, la falta de compromiso o de responsabilidad. Pongo entre comillas “poliamorosas” porque muchas personas utilizan la palabra poliamor para referirse a todo tipo de prácticas diferentes a la monogamia, aunque existen prácticas y filosofías más allás del poliamor (y no solamente como “evolución” de esta, sino que han surgido por otros caminos o incluso antes). Aunque puedo estar de acuerdo en que muchas formas de practicar el poliamor, así como de otras no-monogamias, parten de una forma liberal y capitalista de ver las relaciones, tampoco me gustaría dejarle al poliamor tanto protagonismo: y es que la monogamia no tiene mucho que envidiarle, de hecho podríamos decir que la monogamia tiene gran responsabilidad en la creación de este marco en el que nos movemos a la hora de relacionarnos.

En la monogamia solamente existe una relación reconocida como “válida”: la pareja. Solamente hace falta pensar que cuando decimos “tengo una relación con alguien” automáticamente la mayoría de personas pensarán que se trata de una relación de pareja (o sexoafectiva, como queramos llamarla). Será, por tanto, a través de esta relación donde podremos obtener un “mínimo” de cuidados, atención o valor. Con esto no quiero para nada obviar toda la violencia que ha habido siempre en la pareja monógama (paradigma de la apropiación), sino señalar que fuera de la pareja las relaciones reciben otro tipo de violencia: quedan más al desamparo, al descuido, al no compromiso y a la falta de responsabilidad. Como la mayoría de las veces que criticamos a la monogamia solamente lo hacemos para criticar la violencia que se ejerce en la pareja y de la apropiación o propiedad, creemos que rompiendo con el concepto de pareja rompemos con toda la violencia de la monogamia. ¿Pero qué nos queda si rompemos con la pareja sin pararnos a criticar o reflexionar cómo tratamos el resto de relaciones? Nada, lo que nos queda es la nada: un mundo de relaciones sin compromisos, sin responsabilidades y utilitaristas. Saltamos entonces de la relación basada en la propiedad a relaciones basadas en el consumo: las dos caras de la misma moneda en la monogamia.

Todas estas personas excluidas de las relaciones por la monogamia se nos hace mucho más complicado nadar en ciertas prácticas no monógamas o poliamorosas. Unas prácticas que son cómo la monogamia pero con algunas más “libertades”: más libertades solamente para algunas personas, para quien más privilegios tiene, y por tanto más perjudiciales para quien no tenemos estos privilegios. A mí personalmente me molesta que se niegue que existen prácticas poliamorosas o no monógamas liberales, porque muchas las padecemos, sobre todo aquellas que estamos dentro de la comunidad no monógama o “poliamorosa” y que además ya padecemos de la exclusión en el capitalismo relacional. A la vez, también me molesta que personas monógamas tachen directamente las no-monogamias de liberales, cuando es la propia monogamia la fuente de esta forma de ver las relaciones y hay muchas personas que estamos intentando construir otras alternativas no monógamas más críticas (poliamorosas y no poliamorosas) dejando nuestros cuerpos y emociones en todo el proceso.

Para romper con el capitalismo relacional las alternativas a la monogamia que tenemos que construir tienen que pasar por romper, no solamente con la propiedad de las relaciones (y por tanto de la pareja), sino también con el consumo relacional, así como la competitividad. Tiene que empezar a reconocer todas aquellas relaciones olvidadas, cuidarlas y tenerlas en cuenta. Tenemos que ser más sensibles a los ejes de opresión, hablar de discriminaciones y de exclusiones, pero hablar de exclusiones de una forma muy amplia, no solamente de mujeres o de orientaciones no heterosexuales. Y, finalmente, tenemos que escuchar las quejas sobre el “poliamor” y cualquier tipo de filosofía relacional de todas aquellas que se sienten excluidas o consumidas porque es muy probable de que nuestra monogamia y nuestro “poliamor” las esté dejando de lado. Pero cuidado, nada de instrumentalizar sus quejas, que no nos sirvan solamente para llenar párrafos y artículos, que sea una escucha de verdad, para construir entre todas formas de relacionarnos que incluyan de verdad.

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el compromiso como acto revolucionario

por wuwei (natàlia)

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El compromiso, juntamente con otros conceptos en nuestra cultura, se puede intuir y definir de muchas maneras diferentes. Es uno de estos conceptos que por un lado nos viene impuesto de una manera concreta por las estructuras de poder, pero que a la vez desprenderse de éste también beneficia a estas estructuras (como el patriarcado o el capitalismo, entre otras). Pero se pueden intentar construir nuevas maneras de acercarnos de una manera que ayude a romper con los sistemas de privilegios y opresiones.

En la monogamia, por ejemplo, este compromiso está relacionado con todas aquellas ideas sobre como tiene que ser una pareja (formas de pensar que definen qué es una pareja y todas las normas implícitas que la rodean). Este tipo de compromiso se conecta con las exclusividades, no solamente exclusividad sexual o romàntica, sino también en proyectos o cualquier cosa que se decida hacer o compartir: todo lo que se quiere hacer fuera de la relación de pareja tendrá que pasar por la conformidad de la pareja. Si no se hace así, se suele dar la sensación de que no nos queremos comprometer y que por tanto la relación no es importante para nosotras o que no sabemos querer. Este tipo de compromiso acaba reforzando todo el resto de ideas que se imponen como nrmas de lo que ‘tiene que ser una pareja’: proyecto de convivencia, de crianza, de pertenecer a las mútuas familias de origen, o bien de compartir finanzas. Al final, cualquier cambio que una de las dos quiera hacer en su vida (como cambiar de trabajo) tiene que pasar por todo el ritual de presentación del tema con la pareja, discusión, aceptación y otorgamiento de derecho o no derecho a poderlo hacer por parte de la otra.

El compromiso que nos viene definido sistemáticamente está construido para beneficiar las estructuras de poder. De hecho, es un compromiso que suele beneficiar a las personas con privilegios y viene de forma muy implícita: no es hablado, ni pactado, ni sensible a las situacioes de cada una o de las necesidades y voluntades, sino que proviene de un arrastre a través de las normas estructurales que benefician a las personas con más privilegios mientras explota a las personas oprimidas. El ejemplo que he puesto anteriormente cuando he hablado de compromiso en la monogamia beneficia a todas las normas que rodean a la monogamia y privilegian a las relaciones de pareja frente al resto de relaciones, como las de amistad. Además, en los casos de parejas hombre-mujer tampoco se suele repartir de la misma manera el compromiso, ya que se ha educado a las mujeres para que el compromiso sea siempre más fuerte por parte de ellas (con todo el sacrificio que comporta) y que sean los hombres quien más se benefician (los hombres suelen tener muchas más vía libre para decidir algunas cosas sobre su vida fuera de casa y les permitirá tomar cierto tipo de decisiones sobre su trabajo, o para salir con los amigos). Y, finalmente, para poner un ejemplo diferente a la monogamia, la idea con la que nos han educado a la clase trabajadora para comprometernos con las empresas por las que trabajamos es también un ejemplo de que el compromiso beneficia al privilegio y a las estructuras. En todos estos ejemplos podemos ver que este tipo de compromiso siempre va de abajo a arriba como un ideal que ayuda a la explotación (tanto sea laboral como emocional, como de otras formas).

Muchas veces, debido a ver que el compromiso que nos viene por defecto es opresor, se propone como alternativa el ‘no compromiso’, como si el problema fuera comprometerse en sí mismo y no el tipo de compromiso que se nos impone. Esto acaba poniendo a las personas con menos privilegios en situaciones de vulnerabilidad. Siguiendo el ejemplo de la clase trabajadora: aunque sepas que estás en unas condiciones precarias, romper tu compromiso de forma general con trabajar para una empresa puede colocarte en una situación todavía más vulnerable (sin un trabajo que pueda darte un sueldo a final de mes). El problema es que seguimos moviéndonos en un sistema que beneficia por defecto a las personas que tienen más privilegios.

Una alternativa que rompería con el compromiso sistemático presentado antes sería la de generar compromisos conscientes para cooperar de forma colectiva y más sensibles a los privilegios y opresiones de cada una, intentando romper con estas jerarquías. Comprometernos a cuidarnos, a tener en cuenta nuestras necesidades y vulnerabilidades, escucharnos para no quitarnos voz en procesos que nos afectan, hacer los compromisos también flexibles (que puedan cambiarse o dejarse), y a la vez explícitos, sensibles a todo el resto de relaciones que tengamos y que no sean incompatibles con compromisos que tengamos con otras personas y proyectos. Una idea de compromiso que nos sirva para que podamos saber y entender para qué estamos para las otras, podernos mover en las relaciones, pero no para atraparnos.

Es curioso que cuando se han dado situaciones donde se ha hablado de compromiso de forma más explícita y consciente quien más esquiva el comprometerse son las personas con más privilegios: estas personas estan tan acostumbradas a obtener sus necesidades por defecto sin depender (conscientemente) de nadie que no encuentran la necesidad de ningún compromiso y a la vez tienen miedo a la pérdida de privilegios que esto podría comportar, ya que el compromiso consciente podría revertir el propio sistema privilegios/opresiones.

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yo sí tengo miedo

por wuwei (natàlia)

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El grito de ‘no tinc por’ (no tengo miedo) resonaba por Barcelona y las redes sociales después del atentado del pasado 17 de agosto en Las Ramblas. Un grito que no dejaba duda de que se quería dar una respuesta contundente hacia todas las partes: al atentado y a la esperada reacción racista que se podría dar después. Un grito que algunas, asustadas en nuestra casa, intentábamos sacar de dentro sin éxito; un grito que parecía que provenía de todas aquellas que podían permitirse el lujo de gritar que no tienen miedo: porque aunque vivan en una ciudad que acababa de ser vulnerabilizada por el terrorismo pertenece a la Europa blanca y no tienen que padecer situaciones similares día tras día, porque posiblemente han podido ver la noticia de lejos y no con el corazón latiendo mientras corría por los alrededores de Las Ramblas, porque su cuerpo y mente tienen la gran ‘suerte’ de no reaccionar más de lo que es estipulado como ‘normal’ a estímulos externos tan violentos, o simplemente porque acumula un montón de privilegios. Un grito que a algunas nos hacía sentir culpabilidad o vergüenza por no estar suficientemente a la altura, o por hacernos sentir cómplices de la violencia de cualquier bando. Simplemente porque teníamos miedo. Y no nos engañemos, es el sistema (patriarcal, racista, colonial, capitalista) el que provoca tanta violencia, desviando su atención y estigmatizando todo aquello que no forma parte de la masculinidad hegemónica, como es el ‘miedo’.

¿Por qué no tenemos que tener miedo? ¿Por qué, delante de una demostración de los valores de la masculinidad, como es un atentado, una guerra, una conquista de nuestros cuerpos, mentes y emociones, tenemos que reaccionar sin miedo (otro valor más de la masculinidad)? Pero no es sólo el miedo lo que se nos veta, es también la rabia, tenemos que mostrarnos ‘normales’. ‘Normales’ para una situación así, claro, tampoco caigamos en mostrarnos ‘demasiado despreocupadas’ o ‘poco sensibles’. No sólo ‘normales’, lo que se espera de una persona ‘normal’, sino también ‘normales’ en cuanto la medida de nuestras emociones: sensibles, pero fuertes; emotivas, pero sin pasarse; dando muestras de apoyo y afecto, pero manteniendo la calma y manteniendo a ralla el miedo. Más allá de esto se estigmatiza a todas las que no podemos vivir en la medida de lo que se ha estipulado que es ‘normal’.

Nos han hecho creer, a través de expresiones, de que quien es violento es porque es un cobarde, o quien ejerce un maltrato también es cobarde. A la vez también han señalado el miedo como el causante de violencia estructural, como por ejemplo el racismo. En este caso en muchos escritos, o en redes sociales, se señala al miedo como el causante de la reacción islamófoba de culpar a las personas musulmanas por el atentado. Haciendo esto se desvía totalmente la atención de que son las ideas previas al miedo las que nos conducen a un lugar u otro; es el racismo y nuestros privilegios blancos los que hacen que delante de una acción como la del pasado 17 de agosto reaccionemos con islamofobia. Ya éramos islamófobas antes. ¿O nos pensamos que las personas nos convertimos en racistas simplemente porque tenemos miedo? El miedo se utiliza como excusa para hacer creer que nuestro racismo no es un racismo ‘real’ sino un odio fundado.

El hecho de que se utilice como responsable de toda violencia estructural también se puede observar en como el propio sufijo ‘fobia’, que originalmente significaba ‘miedo’, ha acabado transformándose en también un sinónimo de odio y utilizándose para señalar estas violencias: homofobia, transfobia, gordofobia, y un largo etcétera. Una vez más, se borran las ideologías que hay detrás de estas violencias y a la vez se estigmatizan a muchas personas que somos diagnosticadas con fobias, o con trastornos y a todas aquellas con un funcionamiento diferente del que se estipula que tiene que ser ‘normal’.

Estoy muy cansada de que instrumentalicen mis miedos para desviar la atención del verdadero problema: el sistema (patriarcal, racista, colonial, capitalista). Precisamente todas estas estructuras, que son las que provocan muchas de las violencias que tenemos que vivir cada día, son las que estigmatizan el miedo (a parte de provocarlo) y ponen a la ‘valentía’ en un pedestal. Y sí que es cierto que el sistema se aprovecha de nuestras emociones, pero no solamente lo hace con el miedo, también lo hace con la ‘valentía’, o manipulando hacia donde tenemos que dedicar nuestros afectos o amores. El problema es que el miedo a muchas nos hace menos útiles o ‘capacitadas’ por un sistema que nos quiere productivas, y por eso molestamos.

Yo tengo miedo. Tengo miedo de la violencia policial que vivimos en nuestras calles, manifestaciones, en los desalojos, y que violenta cada día a personas que son atravesadas por el racismo o por cualquier otra estructura que también vulnerabiliza. Tengo miedo de volver sola de noche por la calle, ya que he vivido más de una vez agresiones sexuales. Tengo miedo de salir del armario en muchos entornos. El miedo en muchos casos me ha enseñado a protegerme, a cuidarme, a decir delante de situaciones de violencia ‘basta’. No quiero gritar que no tengo miedo. No soy valiente, ni quiero serlo, ni quiero tenerlo que ser.

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