soy bisexual, confusa e indecisa

por wuwei (natàlia)

en català aquí.

Este texto lo escribí y se publicó en El Salto el 28 de junio. Podéis ver el original aquí . 

En mi época universitaria, pronunciar la palabra “bifobia” en cualquiera de los colectivos LGTB en los que participaba o estaba era asegurarse malas miradas o comentarios incómodos. “Bifobia” era una palabra prohibida que tenías que pronunciar en voz baja y a menudo la respuesta que escuchabas era “¡la bifobia no existe!”. Este fue uno de los principales motivos por los cuales me alejé de estos colectivos, ya que no sentía que pudiese hablar de ninguno de los problemas que me atravesaban y la mayor parte de los esfuerzos, energías y tiempo solían destinarse a solucionar los problemas de los hombres gays.

Con el tiempo, la existencia de la bifobia ha ido ganando un poco de reconocimiento. No obstante, pocas veces se reconoce lo que realmente representa en nuestras vidas. A menudo se suele confundir la bifobia con aquella violencia que padecemos las personas bisexuales cuando tenemos relaciones con alguna persona de nuestro mismo género, pero que no padecemos cuando tenemos relaciones leídas como “heterosexuales”. O sea, según este punto de vista padeceríamos un tipo de homofobia partida por la mitad en intensidad y cantidad, algo que ha hecho que se nos coloque muchas veces en algunos colectivos más como aliadas que como verdaderas pertenecientes al colectivo LGTB. Esta reducción de la bifobia en un tipo de medio homofobia invisibiliza la violencia diferenciada que padecemos por la especificidad de sentirnos atraídas por más de un género (aparte de la homofobia o lesbofobia que podamos padecer también cuando tenemos relaciones con personas del mismo género).

El monosexismo —del cual la bifobia es un caso concreto— coloca a las personas que nos sentimos atraídas por más de un género en una posición de borrado continuo. Una de las consecuencias de este borrado es que nos dificulta muchísimo poder describir nuestras experiencias, emociones o relaciones, ya que la forma que tenemos de expresar nuestras relaciones y emociones pasan por el filtro del monosexismo. Este filtro, que nos borra, coloca lo que expresamos y lo que vemos en una de las dos cajas monosexuales más reconocidas (heterosexual u homosexual).

Nuestra forma de analizar y describir aquello que estamos viendo está construido sobre lo mismo, como cuando vemos una pareja, que solemos catalogar automáticamente la orientación de las dos personas que vemos según los géneros que estamos interpretando que tienen aquellas dos personas (añadiendo también una suposición de que son pareja, de que seguramente son monógamas y de lo que supone todo esto en su conjunto). Esto hace que las personas plurisexuales (pansexuales, polisexuales, bisexales, etc) acaben viviendo una disociación entre lo que sentimos-vivimos y lo que se puede expresar o lo que las demás interpretan y las lecturas que imponen cuando se refieren a nosotras.

Todo esto, que es muy simbólico, nos hace sentir en una continua necesidad de escoger entre opciones entre las cuales no tendríamos porqué escoger. Nos obliga a hacernos encajar constantemente en ambientes dualizados sin sentir pertenecer a ellos. Nos hace sentir presionadas para tenernos que demostrar continuamente que somos aptas para nombrarnos a través de alguna plurisexualidad, intentando analizarnos a nosotras mismas el grado de atracción hacia cada uno de los géneros, o bien la cantidad de personas con las que hemos mantenido ciertos tipos de relaciones de cada género, como si de un concurso con puntuación se tratara. Nos colapsa una necesidad muy grande de estar continuamente intentando entender si realmente nos estamos sintiendo atraídas, si tenemos que contar, sumar o restar cosas o tenemos que dar siempre mil explicaciones (también a nosotras mismas). De esta manera, el estereotipo que nos persigue y que dice que somos personas confusas, confundidas e indecisas se materializa en nuestras vidas, mientras a la vez parece que necesitamos huir de todo ello para que no se nos siga señalando como portadoras de algún problema bajo la mirada capacitista que nos obliga a saber siempre qué somos, qué queremos o qué necesitamos.

¿Cómo no tenemos que estar confundidas bajo este prisma de constante vigilancia? ¿Cómo no tenemos que estar indecisas si no tendríamos porqué, de entrada, tener que decidir nada, si se nos impone desde fuera la elección, la decisión, la constante definición? Este es uno de los motivos por los cuales hay una elevada cantidad de personas no monosexuales con ansiedad, depresión y otros problemas de salud mental (que es algo que compartimos todas las letras del colectivo LGTB, pero que en el caso de las plurisexualidades se dispara más que en otras orientaciones, así como también pasa con las personas trans). Unos índices que a veces nosotras mismas queremos negar para que no se nos catalogue como enfermas por el hecho de no funcionar bajo la norma (algo también compartido en todo el colectivo, obviamente). El mismo hecho de que se nos catalogue como personas indecisas o confusas e incluso confundidas, mezclándose con los propios problemas de salud mental, son también los que hacen que podamos tener más problemas con las relaciones o laborales (aumentando así los índices). ¿Quién confía en nosotras dentro de un sistema donde la estabilidad es más valorada, aun cuando es el propio sistema el que constantemente nos inestabiliza?

Cómo de complicado es nadar en este mar cuando, además, ya eres una persona a quien le cuesta decidir y saber lo que quiere, como me suele pasar a mí. Soy una persona indecisa. Soy una persona que a menudo se siente muy confundida. Saber lo que siento y necesito me cuesta un tiempo, un proceso, que a menudo no me permite el ritmo frenético al que estamos sometidas. Estamos constantemente forzadas a tomar decisiones, deprisa, sin tener en cuenta nuestros ritmos, nuestros contextos, sin más referencias que unas definiciones de lo que está bien o mal basadas en moralidades y en un sistema de castigo sutil, pero a veces letal. En este contexto, el sistema a algunas nos discapacita, especialmente en ciertos ambientes laborales o relacionales forzados y de poder.

Recuerdo incluso con dolor terapias donde mi expresión de la confusión era motivo para que se me dijera que uno de mis problemas era mi indecisión en cuanto a la sexualidad o también con la monogamia (escoger géneros, escoger relaciones, escoger amores). Y todo esto cuando no se me monosexualizaba directamente, aun expresando ser plurisexual.

Por esto, creo que la mejor lucha contra la bifobia y, en general, contra el monosexismo, no tiene que pasar por crear una imagen de nosotras como personas que tienen muy claro lo que quieren y que nunca se confunden. No necesitamos demostrar a nadie que podemos ser igual o más productivas que el resto. Es más, no podemos obligar a nuestra comunidad plurisexual a tener que pasar por los estándares que nos precarizan emocionalmente. Nuestra confusión y nuestra indecisión pueden ser reales porque son sistemáticas. Negarlas es una trampa. Y reapropiarnos de ellas es un acto de cuidado hacia nuestra salud mental.

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