de la exclusión en las relaciones a la exclusión en discursos y espacios

por wuwei (natàlia)

en català aquí.

aviso de contenido: monogamia, estructura monógama, gordofobia, presión estética, capacitismo, neurocapacitismo, y mención de más estructuras de forma general, exclusión, exclusión relacional, competitividad, consumo relacional, masculinidad, lenguaje capacitista*

*(aunque yo preferiría utilizar palabras como «discapacidad/es» o «discapacitades», en este texto uso «diversidad funcional», y además lo diferencio de las neurodivergencias. lo hago por una cuestión de comprensión, ya que muchas personas que van a leerlo no saben del debate y de las posiciones que hay al respecto de estas palabras y tampoco sabrían a qué me refiero cuando digo «personas discapacitadas», ya que se tiene una idea muy diferente de estos términos. el vocabulario que uso normalmente ya hace que algunas veces no sea tan comprensible (o al menos como a mí me gustaría) y a veces hago un poco de malabares comprensión-inclusión-no opresión dependiendo del contexto, la temática sobre la que escribo y la gente que creo que podría leerlo)

Hace un tiempo Kai escribió este texto en este blog hablando sobre como intersecciona la gordofobia con la deconstrucción del amor romántico y de la monogamia, y, aunque a mí no me atraviesa la gordofobia, algo me removió. Al cabo de un tiempo escribí este otro texto para hablar de cómo muchos de los discursos sobre comunicación cuando se habla de relaciones y no-monogamias excluyen a las personas que tenemos necesidades y sensibilidades diferentes a las estipuladas como normales, cómo nos pasa a les neurodivergentes. Además, también, hace bastante tiempo que hay personas quejándose de cómo las no-monogamias las excluye, o más bien, explicando cómo sienten que no pueden vivirse en ellas y señalando muchos de los aspectos liberales de muchas de las formas de llevarlas a la práctica (de hecho las más visibles, incluso en ambientes críticos y alternativos).

Muchas de estas quejas se suelen ignorar y no verse como verdaderos problemas. Pero no estoy hablando de machismo. Creo que el machismo en las no-monogamias es una de las pocas críticas que sí han ganado más aceptación y el feminismo cada vez está más presente (no siempre, pero un poco sí, y si creéis que no, imaginaros para el resto de cosas). También es posible que todo aquello de la crítica al “consumo de relaciones” también esté llegando, aunque muchas veces es más bien un postureo de repetición de palabras que mola mucho decir porque queda bien.

A parte de esto, el resto de críticas creo que se han intentado pasar por alto, especialmente porque cuesta ver el entramado de estructuras y de privilegios, más allá de cuando existe sólo la violencia estructural que estamos acostumbrades a analizar: cuando no tienes un cuerpo normativo, eres gorda, tienes alguna diversidad funcional, eres neurodivergente, eres considerada fea, tienes estrés postraumático, no eres carismática, etc; y esto sumándole todo el resto que también pueden hacer que se te excluya relacionalmente: no eres blanque, no eres cis, eres pobre, etc. Cuesta verlo cuando el problema deviene más bien por una exclusión de las problemáticas que muches vivimos a través de las relaciones. Se suelen ver como quejas puntuales, no estructurales. No quiere decir que si te atraviesa alguna de estas cosas estás automáticamente excluida, es más complejo y es contextual. Pero el problema sigue siendo estructural.

No creo que el problema sea de las no-monogamias de por sí, el problema ya lo tenemos en la monogamia, y hemos heredado su filosofía relacional, multiplicando sus nocivas consecuencias. No la hemos liberado, la hemos hecho, en muchos casos, más liberal, una forma de coleccionar relaciones sexuales y afectivas, mientras ni siquiera rompemos con conceptos como la competitividad o la propiedad, ni con las desigualdades sociales que nos encontramos a la hora de relacionarnos.

Nos gusta hablar de deconstrucciones, de comunicación, de salir de la zona de confort, de celos, de apego, del amor romántico, de la NRE (New Relationship Energy), entre otras cosas, y muchas veces sólo se contemplan realidades que no se desvían de lo que se considera “normal”: las más privilegiadas. Muchas quedan o quedamos fuera cuando se habla de todas estas temáticas, y se acaban teniendo muchas más dificultades para moverse en estos ambientes y en las propias relaciones, haciéndonos sentir como si el defecto fuéramos nosotres. Ya hablé de neurodivergencias, comunicación y exclusión, como he comentado al inicio del texto, así que este tema no lo tocaré ahora, pero es importante también incluirlo en esta lista de problemáticas.

Se habla, por ejemplo, de las “virtudes” de salir de la zona de confort, cuando para muchas, estar expuestas a tener una sola relación (sea del tipo que sea) ya es, muchas veces, salir de su zona de confort; o bien hacer cualquier cosa que pueda ser considerada “normal” y “habitual” porque todo está montado de forma que las excluye (las personas neurodivergentes tenemos bastante experiencia en esto, entre muchas otras). Dentro de muchos ambientes “salir de la zona de confort” significa hacer todas aquellas cosas que socialmente no están muy aceptadas, que se nos han vetado y que, por tanto, se supone que tendremos más dificultad para deconstruirlas, y hacerlo nos puede empoderar. En estos casos es muy fácil hablar de salir de tu zona de confort cuando eres una persona neurotípica, delgada, guapa, carismática, sin traumas (o con pocos traumas), sin diversidad funcional, cis, etc. Pero hay personas que podemos tener más dificultades, o, sobre todo, necesitaremos vías y procesos diferentes, dependiendo de lo que nos atraviese y dependiendo del contexto. Y cuando se crean estos espacios no se suele tener en cuenta. No es igual, por ejemplo, para una persona con un cuerpo no normativo o gorda, salir de esta zona, cuando es el propio cuerpo el que se expone. Tampoco es igual cuando tu sensibilidad con el contacto físico o con la exposición a ciertos estímulos sensoriales es diferente a la estipulada como normal, como nos puede pasar a personas autistas, y no se tienen en cuenta las diferentes sensibilidades. Y se podrían ir sumando ejemplos.

La mayoría de veces cuando se habla de temáticas relacionadas con, por ejemplo, las no-monogamias, se parte de la suposición de que tienes acceso a tener una relación sexoafectiva  o romántica/platónica/afectiva y las problemáticas vienen cuando quieres “añadir” más. Pero cuando eres una persona que ya el hecho de tener una relación de este tipo se hace complicado y te sientes a menudo excluida de tener cierto tipo de relaciones o bien rechazada, cuando entras en el mundo de las no-monogamias, todo se puede hacer más complicado, y no por la gestión de tus relaciones, sino por un montón de emociones que te tienes que tragar debido a la comparación y la competitividad (aquello que muy a menudo se niega que exista en las no-monogamias), la exclusión, la dificultad o también un conjunto de miedo, objetificaciones diferentes a las que estamos acostumbradas, problemas de autoconfianza, autoestima o afectaciones a la salud mental muy complejas.

Se nos dice, repetidamente, que nuestro problema es un problema de falta de introspección, cuando muches de nosotres, debido a lo que nos atraviesa y cómo nos afecta, especialmente cuando nos excluye, ya padecemos de un exceso de introspección y de ralladas que acaban afectando nuestra salud mental. A veces nos dicen que es una falta de actitud, o, también, se nos suele decir que no nos trabajamos suficiente. Y, seguidamente, esto lo arregla, como he leído y escuchado a veces, diciendo que quien tiene dificultades para tener una relación mejor que no sea no monógama: esto ejemplifica, como comentaba, la propia exclusión. Este no es un problema individual, es estructural y colectivo.

¿Y qué pasa, por ejemplo, cuando se quiere deconstruir el amor romántico, el apego y los celos cuando has sido excluida de la posibilidad de acceder a cierto tipo de relaciones? Imaginémonos, el caso, de una persona que por el hecho de ser gorda, como explica Kai en el texto mencionado al principio, ha recibido toda su vida el mensaje de que no merece el amor, y que, por tanto, tener una relación romántica y/o sexual (y ya no digamos más de una) le ha sido vetado o de difícil acceso. Otros colectivos, como les autistes u otras neurodivergentes, o las personas con diversidad funcional también reciben estos mensajes. No se vive igual esta deconstrucción, porque no se parte desde el mismo punto. Es más, cuando tu acceso a tener cierto tipo de afectos, como el de pareja, es mucho más restringido, el apego y la necesidad de poder acceder a ello puede ser más alto, y sólo aquellas que siempre lo han tenido muy fácil no entenderán cuál es el privilegio y todo lo que se obtiene de este tipo de relaciones, especialmente cuando fuera de este tipo de relaciones es todo más bien consumo y muy volátil. Muches, debido a esto, sienten una necesidad y un deseo más elevado de tener cierta seguridad en los afectos.

Tampoco se pueden deconstruir los celos a través del mismo proceso cuando tu miedo es siempre que cualquier relación te dejará, te apartará o te tratará con inferioridad, por alguien más delgado, porque socialmente el premio es más elevado (y porque tu experiencia anteriormente ha sido esta), o más neurotípico, o más guapo, o porque tiene, en general un cuerpo socialmente más aceptado porque es cis o no tiene diversidad funcional, etc. Obviamente la solución no es excusarse en esto para generar violencia a otres, sino darnos cuenta de que necesitamos también otros discursos complementarios, otros relatos, otros caminos y otras formas de acompañar y de deconstruir. Y, sobre todo, una sensibilidad y una responsabilidad compartida a la hora de cómo nos relacionamos desde el privilegio y cómo colocamos a nuestras relaciones en posiciones que puede propiciar la competitividad.

Otra temática bastante desgastada en las no-monogamias es la NRE, aquella “energía” (normalmente descrita como muy intensa y a menudo bonita) que se tiene cuando se inicia una relación (el enamoramiento); una energía que suele ser temporal y que te puede arrastrar a menospreciar otras relaciones y a tomar decisiones precipitadas en un contexto que puede cambiar al cabo de poco tiempo. ¿Todes vivimos los inicios de las relaciones de la misma manera? Cuando se habla de NRE pocas veces veo que se hable de, por ejemplo, aquelles que los inicios de las relaciones los vivimos con miedos: miedo al abandono, miedo al rechazo, miedo a que se nos aparte (y seguramente podría añadir más). Sumándole, además, cómo estos miedos se nos pueden mezclar también con la intensidad, y cómo, a veces, nos hacen abandonarlas o huir de ellas, aun cuando las deseamos mucho. Tampoco vivimos igual los procesos intensos emocionales las que no somos neurotípicas: habrá quien la intensidad de lo que sienten les provocará un exceso de dolor, o bien las que se podrían leer como desinteresadas provocando dramas neurotípicos (suposición de que le otre no les corresponde) por parte de la otra persona.

Todo esto que he comentado hasta ahora, además, también afecta a otros procesos de deconstrucción, como el de la masculinidad. Volvemos a lo mismo de antes, es muy fácil hablar de deconstruir la masculinidad cuando eres un hombre guapo, delgado, neurotípico, carismático, sin diversidad funcional, etc. Con esto no quiero decir que si no eres todo esto no tienes que aceptar, cuestionarte ni trabajarte los privilegios que tienes por el hecho de ser un hombre, sino que, como ya he repetido anteriormente, los procesos son diferentes. Una vez escuché en una charla cómo un hombre le decía a otro que lo mejor que podía hacer para no ser machista cuando “ligaba” era no hacer nada, “que sean ellas las que se acerquen”, dijo. Sé que es una chorrada de ejemplo, y que los privilegios masculinos son más complejos que todo esto, aparte de que muchos de ellos no van ligados a las relaciones sexuales o románticas/platónicas, pero para mí fue metafóricamente representativo. En ese momento pensé, “muy fácil de decir para ti, esto, cuando haciendo lo que acabas de proponer, a ti no te afecta ni a tu capital social, ni sexual, etc”, y digo también capital social, no solamente sexual, porque se puede aplicar esto a más allá del “ligar”. No quiero con esto hacerle una oda a la acumulación de capital sexual o social, sino precisamente cuestionarlo y cuestionar los privilegios de los que acumulan este tipo de capital mientras uno se cree que ha deconstruido su masculinidad, porque es una gran mentira. Me cuesta mucho encontrar textos, talleres, charlas o lo que sea, que hablen sobre deconstrucción de la masculinidad por parte de hombres que no acumulen la mayoría de estos privilegios, y que, por tanto, hayan tenido que pasar por procesos diferentes.

También he visto en muchos casos, comportamientos en algunos hombres que provienen, no solamente de su masculinidad, sino también de rasgos de alguna neurovidergencia. La ocupación del espacio es un ejemplo; lo que se lee a veces como falta de empatía, otro ejemplo. Y, como antes he comentado, tampoco quiero hacer de esto una excusa para, por ejemplo, que se ocupe mucho espacio, sino para mostrar que en estos casos también se requerirá de procesos y deconstrucciones por vías distintas.

Sé que me he dejado muchos ejemplos, pero creo que el texto ya es suficientemente largo y lo único que quería era dar algunas ideas generales. Se podría decir que la exclusión relacional va mucho más allá de la exclusión en sí misma e implica una exclusión en los discursos, los debates y en muchos eventos que tratan estas temáticas, que no reflejan realidades que atraviesan a mucha gente. Algunas veces, las pocas que he podido ver que se toquen estas temáticas, ha sido muy puntual y después no se ha reflejado en el evento en sí, ni en posteriores, solamente han ocupado el espacio de un taller. Creo que aparte de hacerlo visible, se tiene que ir más allá, sino es caer en un tipo de tokenización. Y es que es esto, también me da miedo, como ya ha pasado muchas veces antes, que se instrumentalice o se tokenicen a las personas atravesadas por todo lo que he comentado. Lo he visto hacer con las personas arrománticas y asexuales desde discursos de la anarquía relacional (que nos han servido de ejemplo para mostrarnos que las relaciones no románticas y no sexuales también pueden ser importantes, pero después sus problemáticas no se veían reflejadas realmente en nuestras comunidades). También lo he visto hacer con las neurodivergentes, solamente para hacer las no-monogamias más vivibles para las neurotípicas mientras se romantizan nuestras discapacidades. Pero esto no es tenernos en cuenta, esto es sólo una forma de apropiación.

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bisexualidad: entre la visibilidad, la asimilación, la negación o la desorientación

por wuwei (natàlia)

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aviso de contenido: monosexismo, bifobia, borrado, estereotipos, asimilación, normatividad, lenguaje capacitista

Aun siendo bisexual, aun siendo activista, aun considerándome “activista bisexual”, y aunque casi cada año acabo escribiendo en un día como hoy, me cuesta muchísimo identificarme con el día de la visibilidad bisexual. Y casi siempre acabo escribiendo algo porque creo que es seguramente el día en el que a lo mejor puedo captar más interés o porque utilizo también esta plataforma para lanzar algunos mensajes alternativos a los mensajes mainstream que suelen llenar todo el día. La mayoría de los mensajes intentan dar visibilidad a la bisexualidad y a la vez instaurar un tipo de identidad bisexual que acaba definiéndonos, encerrándonos y otorgándonos unas características que se alejan de lo que creo que es un verdadero empoderamiento.

Sabemos que el monosexismo se basa en el borrado de todo aquello que no sea heterosexual ni homosexual, y que, además, aunque nos borre, lo que hace es otorgarnos una imagen concreta. Porque en realidad no es que no existamos socialmente, no nos hemos “inventado” ningún tipo de cosa que no se haya mencionado a través del discurso médico y social. La historia lleva mencionándonos desde que se inventó la orientación sexual para poder separar géneros y apartar todo aquello que no encajaba en lo que supuestamente tenía que perpetuar el binario de género: les bisexuales somos primitives, somos socialmente inconsistentes, somos inestables, somos niñes que todavía no hemos crecido ni escogido. Más bien estamos prohibides y encajades en un imaginario asocial casi mágico. Se crea una imagen de nosotres fuera de todo aquello que es social, que ni si quiera es un error, desviación o enfermedad, como se acostumbra a señalar sobre la homosexualidad. Es por este motivo por el que normalmente el activismo bisexual se basa en la visibilización y en la negación de esta imagen creando una idea “contraria” a la impuesta, socialmente aceptable y cerrando así una identidad totalmente basada en contra-estereotipos y la visibilización.

Pero el peligro de reivindicar nuestra propia existencia de esta manera es que seguimos perpetuando monosexismo y heterosexismo haciéndole un altar a la creación de las propias orientaciones sexuales. No quiero caer tampoco en la idea de “todes somos personas, no veo orientaciones”, borrando a la vez privilegios, opresiones, violencias y estructuras. Obviamente todes somos personas, pero las estructuras no nos colocan a todes en el mismo sitio. En realidad para las estructuras no todes somos igualmente personas. No, esto es la misma mierda de siempre. Lo que quiero es que reflexionemos qué estamos re-creando, una y otra vez: bisexuales visibles, bisexuales tranquilas, bisexuales existentes y estables, esencialmente bisexuales, naturales; bisexuales que estabilizamos a una sociedad que violenta a muches más, no solamente a nosotres. ¿Queremos formar parte de esto? ¿Queremos estabilizar la estructura de orientaciones sexuales? ¿Qué queremos ser y hacer con todo esto?

Nos encontramos muchas veces que delante de la crítica a la propia existencia de la orientación sexual se nos intenta encajar en otras identidades no heterosexuales, pero monosexuales. Y si no contemplamos nada más allá del heterosexismo y del machismo podríamos creer que esto es suficientemente poco esencialista y un poco menos identitario (aunque esto lo pongo en duda muchas veces según el discurso de la persona que tengo delante). Y esto también nos trae problemas, porque borra experiencias estructurales de muches, borra el monosexismo. Seguimos siendo les mismes inestables de siempre, les mismes cuestionades de siempre. Seguimos siendo les traidores, aquelles con les que no se puede confiar, pero utilizando palabras que no nos permiten señalarlo para acabar siendo expulsadas al grito de “no sois suficientemente queer”, haciéndonos entender que no tenemos lo que hay que tener para poder pertenecer a la comunidad LGBTI+, o bien no ser suficiente para formar parte de algunos ambientes feministas.

Sigo sin entender muy bien cómo moverme entre discursos que me duelen e identificaciones que no sé cómo llevar. Para mí no es esencial llamarme de alguna forma, sino entender cómo funciona una estructura que me afecta a mí y a muches más, como es el monosexismo. Nombrarse, no obstante, a veces, forma parte de poder explicar aquello que me atraviesa. Tampoco es una carrera para ver quien está más oprimida, ya que las estructuras se expresan de forma contextual, y no me pondré a decir que me siento o que estoy más oprimida que una lesbiana o bollera, porque depende del contexto de cada una y del momento. Es más, considero a las lesbianas y bolleras compañeras. No obstante, lo que pretendo es no borrar todo lo que me ha llevado a la pérdida de trabajos, a la pérdida de relaciones de todo tipo, a la violencia en relaciones sexoafectivas, a la violencia sexual, y al empeoramiento de mi salud mental o el cuestionamiento constante de toda relación y del valor o peso de toda esta violencia. Y esto no sólo me ha pasado por el hecho de no ser heterosexual, sino también específicamente por el hecho de no ser monosexual.

Las orientaciones, al fin y al cabo, han sido creadas por estructuras como el heterosexismo, el monosexismo, el sexismo, el cisexismo o la monogamia. Caer en mensajes normativistas y asimilacionistas es reproducir todas estas estructuras. Aferrarnos al propio concepto de orientación como si fuera un concepto esencial y no estructural, también. No obstante, de momento sigo sintiendo la necesidad de nombrar todo aquello que me atraviesa, y por tanto, seguiré en este tipo de posición extraña, donde soy bisexual y a la vez reniego de todo lo que a veces algunas formas de ver y expresar la bisexualidad supuran.

A veces he reclamado estereotipos, o derivados como la desorientación, y algunas me han acusado de perpetuar el rollo este de “todas somos personas, las orientaciones no existen”: mi desorientación es también estructural, es el propio monosexismo que reclama que me decida, que me oriente, hacia opciones estructuradas, jerárquicas y poco sensibles. Lo que hacen muches como respuesta es orientar también la propia bisexualidad. Yo prefiero mirar hacia otros lados. Pero no para mirar hacia cualquier lado, ignorando todo aquello que hacemos a través de nuestras decisiones, relaciones y no/orientaciones. La orientación es estructural y me reapropio de mi desorientación como un acto político y sensible hacia todas mis relaciones y hacia todo aquello que pretende encajarme por un lado, y también por el otro. En vez de escoger la no-sensibilidad que todas estas estructuras quieren que siga, construyo otras opciones, conscientes, escogidas, no orientadas hacia donde sistemáticamente “tendría que ser”, y sensibles a como nos atraviesan estas estructuras. Mi desorientación es una forma de resistir, no sólo a la orientación sexual, sino también a todas aquellas formas con las que se nos pretende orientar sobre cómo nos tenemos que relacionar con todas las demás.

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a los cazadores de unicornios

por wuwei (natàlia)

en català aquí.

Antes de empezar, y para contextualizar un poco, para aquelles que no estén familiarizades con el término, los cazadores de unicornios  suelen ser parejas hombre-mujer que buscan a una mujer bisexual, a menudo con algunas características más (guapa, joven, sin compromisos, que reparta los afectos de forma igual a los dos miembros de la pareja, etc) para tener con ella una relación sexual más bien continuada y también, en muchos casos, afectiva. Normalmente, existirá una jerarquía y la relación de la pareja “original” estará por encima en la toma de decisiones sobre la relación de las tres personas, sea el tipo que sea. Depende de la pareja la pueden buscar con más o menos características, pero esta es más o menos la idea. A veces he visto definirlo también como parejas que no son hombre-mujer, pero yo prefiero ceñirme más a las parejas hombre-mujer, que es donde se suele reproducir más el machismo y la bifobia características de la caza de unicornios. Se puede hablar con más profundidad sobre el tema, pero no quiero tampoco alargarme mucho aquí. Os dejo un link en inglés.  El resto de cosas que he encontrado en catalán o castellano no me han gustado suficiente. Creo que donde hay la mejor información al respecto es sobre todo en los debates que se comparten en comunidades no monógamas con una perspectiva feminista, o bien en grupos donde solamente se debate sobre esto mismo. Y releyendo la carta que he escrito también creo que a través de ella se puede aprender un poco más el concepto.

No-queridos cazadores de unicornios,

empezaré presentándome, más que por cortesía, para contextualizarme. Me llamo natàlia, también wuwei. Soy bisexual y no soy monógama. Soy, por tanto, una de vuestras posibles “víctimas”. Escribo “víctimas” para visibilizar el consumo que hay detrás de lo que hacéis, ya que no son compañeras lo que buscáis, son productos/objetos; a la vez uso las comillas para empoderarme y no sentirme tampoco una víctima de nada, no tengo ninguna intención de seguiros el juego.

Podría seguir con una lista de muchas de mis cualidades, de las que soléis poner vosotros que  buscáis cuando estáis intentando encontrar vuestro unicornio: si soy “limpia”, si soy o no dulce, si sé repartir o no los afectos correctamente, cuanto mido, si soy guapa o no, delgada o no, si soy joven o más bien pasadita, si mis ojos son de color, si tengo o no compromisos, si tengo hijes, etc. Supongo que dependiendo también de  cuáles son vuestros estatus, soléis rebajar un poco el listón, ya lo sé. Es el mercado de la oferta, la demanda y de lo que se puede pagar. Pero no os daré más información sobre mí, porque no tengo ningún interés en conoceros.

Permitidme también que utilice el masculino genérico para referirme a vosotros. Teniendo en cuenta las jerarquías relacionales que devienen en este tipo de relaciones, prefiero no utilizar ni el femenino ni el neutro para referirme a vosotros. Los señores mandan, a veces muy sutilmente, pero es lo que hay cuando sois cazadores de unicornios, la crítica a las jerarquías es bastante nula. Creedme, sé de lo que hablo.

También me gustaría enfatizar que no tengo nada en contra de las relaciones grupales, de tres, de cuatro, cinco, cincuenta personas, sean románticas, sexuales, afectivas, de co-crianza, o que comparten algún proyecto en común. No solamente no tengo nada en contra, sino que me encantan. Me encanta la idea de las relaciones de más de dos personas, en muchos sentidos. Tampoco tengo nada en contra de los tríos sexuales o de las orgías, al contrario. Tampoco es necesario que te guste todo esto para poder hacer una crítica de lo que hacéis. Te puede gustar y seguir teniendo un discurso inclusivo con estas prácticas. El problema no son todas estas prácticas de por sí, el problema es lo que hacéis vosotros, así como muchas otras prácticas objetificadoras que también se mueven en algunos ambientes sex-positive sin discurso crítico (que no son todos, pero son bastantes), pero ahora no entraré en esto, no nos desviásemos del tema.

También quiero añadir que no tengo nada en contra de aquellas que, teniendo una relación sexoafectiva previa, conocen a una persona/chica y empiezan una relación sexoafectiva con ella porque así ha surgido. No es esto lo que muchas criticamos. Lo que criticamos es otra cosa, son aquellas parejas que nos buscan, nos catalogan, nos exigen, y nos imponen unas jerarquías; aquellas que, básicamente, nos utilizan y nos consumen. Y no quiero ahora que como inicialmente no sentís que estéis utilizando ni consumiendo a nadie no os paréis a hacer autocrítica, es posible que ni siquiera os estéis dando cuenta de que lo hacéis. Pero creedme, seguramente lo estáis haciendo. Paraos un rato, o unos cuentos ratos, y pensad qué estáis haciendo y por qué. También podéis consultar a personas con más experiencia en debates sobre el tema; incluso, si puede ser, a otras mujeres bisexuales no monógamas que hayan pasado por esto. Escuchadlas. Escuchadnos.

Las mujeres bisexuales no monógamas no somos vuestros productos de consumo; no estamos aquí para satisfacer vuestras fantasías de pareja sin tener en cuenta qué queremos nosotras, ni para repartiros los afectos a partes iguales y cuidaros, ni para arreglar vuestros problemas de pareja. Merecemos tener voz, ser cuidadas también (y no de la forma que más os convenga a vosotros), ser tenidas en cuenta y no ser tratadas como un producto más. Merecemos tener voz en la relación y no tener que someternos a unas normas impuestas desde la pareja. Merecemos tener otros compromisos, así como vosotros lo tenéis entre vosotros, siendo este muy superior al que tenéis con nosotras, porque, creedme, hay otras personas en el mundo también merecedoras de nuestro afecto: no somos no monógamas para vuestro placer, nuestra no-monogamia, así como nuestra bisexualidad, es nuestra, y la compartimos, no es para apropiarse de ella.

Merecemos no ser expulsadas sin ningún tipo de explicación a la mínima que uno de vosotros os cansáis de nosotras, padecéis demasiado de celos o no somos exactamente lo que buscabais. Merecemos que no se nos haga responsables de vuestra relación, de vuestras emociones, de vuestros celos, ni de vuestres hijes, a través de una imposición jerárquica que muchas veces es sutil porque recae en normas socialmente aceptadas. Merecemos poner nosotras también límites y normas sobre lo que nos afecte a nosotras, y merecemos formar parte de los procesos de tomas de decisiones en la relación: sino, no lo llaméis tríadas, porque no lo es, es solamente una relación exótica a la que llamáis así. Merecemos también ser tratadas con respeto y consideración, incluso cuando no queréis salir del armario y en el exterior nos tratáis como si no existiéramos. Merecemos todo esto, y mucho más. ¿Sabéis por qué? Porque todes merecemos esto.

Espero que todo esto os sirva de reflexión. Y si no al menos os puedo asegurar que yo me he quedado muy a gusto.

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soy bisexual, confusa e indecisa

por wuwei (natàlia)

en català aquí.

Este texto lo escribí y se publicó en El Salto el 28 de junio. Podéis ver el original aquí . 

En mi época universitaria, pronunciar la palabra “bifobia” en cualquiera de los colectivos LGTB en los que participaba o estaba era asegurarse malas miradas o comentarios incómodos. “Bifobia” era una palabra prohibida que tenías que pronunciar en voz baja y a menudo la respuesta que escuchabas era “¡la bifobia no existe!”. Este fue uno de los principales motivos por los cuales me alejé de estos colectivos, ya que no sentía que pudiese hablar de ninguno de los problemas que me atravesaban y la mayor parte de los esfuerzos, energías y tiempo solían destinarse a solucionar los problemas de los hombres gays.

Con el tiempo, la existencia de la bifobia ha ido ganando un poco de reconocimiento. No obstante, pocas veces se reconoce lo que realmente representa en nuestras vidas. A menudo se suele confundir la bifobia con aquella violencia que padecemos las personas bisexuales cuando tenemos relaciones con alguna persona de nuestro mismo género, pero que no padecemos cuando tenemos relaciones leídas como “heterosexuales”. O sea, según este punto de vista padeceríamos un tipo de homofobia partida por la mitad en intensidad y cantidad, algo que ha hecho que se nos coloque muchas veces en algunos colectivos más como aliadas que como verdaderas pertenecientes al colectivo LGTB. Esta reducción de la bifobia en un tipo de medio homofobia invisibiliza la violencia diferenciada que padecemos por la especificidad de sentirnos atraídas por más de un género (aparte de la homofobia o lesbofobia que podamos padecer también cuando tenemos relaciones con personas del mismo género).

El monosexismo —del cual la bifobia es un caso concreto— coloca a las personas que nos sentimos atraídas por más de un género en una posición de borrado continuo. Una de las consecuencias de este borrado es que nos dificulta muchísimo poder describir nuestras experiencias, emociones o relaciones, ya que la forma que tenemos de expresar nuestras relaciones y emociones pasan por el filtro del monosexismo. Este filtro, que nos borra, coloca lo que expresamos y lo que vemos en una de las dos cajas monosexuales más reconocidas (heterosexual u homosexual).

Nuestra forma de analizar y describir aquello que estamos viendo está construido sobre lo mismo, como cuando vemos una pareja, que solemos catalogar automáticamente la orientación de las dos personas que vemos según los géneros que estamos interpretando que tienen aquellas dos personas (añadiendo también una suposición de que son pareja, de que seguramente son monógamas y de lo que supone todo esto en su conjunto). Esto hace que las personas plurisexuales (pansexuales, polisexuales, bisexales, etc) acaben viviendo una disociación entre lo que sentimos-vivimos y lo que se puede expresar o lo que las demás interpretan y las lecturas que imponen cuando se refieren a nosotras.

Todo esto, que es muy simbólico, nos hace sentir en una continua necesidad de escoger entre opciones entre las cuales no tendríamos porqué escoger. Nos obliga a hacernos encajar constantemente en ambientes dualizados sin sentir pertenecer a ellos. Nos hace sentir presionadas para tenernos que demostrar continuamente que somos aptas para nombrarnos a través de alguna plurisexualidad, intentando analizarnos a nosotras mismas el grado de atracción hacia cada uno de los géneros, o bien la cantidad de personas con las que hemos mantenido ciertos tipos de relaciones de cada género, como si de un concurso con puntuación se tratara. Nos colapsa una necesidad muy grande de estar continuamente intentando entender si realmente nos estamos sintiendo atraídas, si tenemos que contar, sumar o restar cosas o tenemos que dar siempre mil explicaciones (también a nosotras mismas). De esta manera, el estereotipo que nos persigue y que dice que somos personas confusas, confundidas e indecisas se materializa en nuestras vidas, mientras a la vez parece que necesitamos huir de todo ello para que no se nos siga señalando como portadoras de algún problema bajo la mirada capacitista que nos obliga a saber siempre qué somos, qué queremos o qué necesitamos.

¿Cómo no tenemos que estar confundidas bajo este prisma de constante vigilancia? ¿Cómo no tenemos que estar indecisas si no tendríamos porqué, de entrada, tener que decidir nada, si se nos impone desde fuera la elección, la decisión, la constante definición? Este es uno de los motivos por los cuales hay una elevada cantidad de personas no monosexuales con ansiedad, depresión y otros problemas de salud mental (que es algo que compartimos todas las letras del colectivo LGTB, pero que en el caso de las plurisexualidades se dispara más que en otras orientaciones, así como también pasa con las personas trans). Unos índices que a veces nosotras mismas queremos negar para que no se nos catalogue como enfermas por el hecho de no funcionar bajo la norma (algo también compartido en todo el colectivo, obviamente). El mismo hecho de que se nos catalogue como personas indecisas o confusas e incluso confundidas, mezclándose con los propios problemas de salud mental, son también los que hacen que podamos tener más problemas con las relaciones o laborales (aumentando así los índices). ¿Quién confía en nosotras dentro de un sistema donde la estabilidad es más valorada, aun cuando es el propio sistema el que constantemente nos inestabiliza?

Cómo de complicado es nadar en este mar cuando, además, ya eres una persona a quien le cuesta decidir y saber lo que quiere, como me suele pasar a mí. Soy una persona indecisa. Soy una persona que a menudo se siente muy confundida. Saber lo que siento y necesito me cuesta un tiempo, un proceso, que a menudo no me permite el ritmo frenético al que estamos sometidas. Estamos constantemente forzadas a tomar decisiones, deprisa, sin tener en cuenta nuestros ritmos, nuestros contextos, sin más referencias que unas definiciones de lo que está bien o mal basadas en moralidades y en un sistema de castigo sutil, pero a veces letal. En este contexto, el sistema a algunas nos discapacita, especialmente en ciertos ambientes laborales o relacionales forzados y de poder.

Recuerdo incluso con dolor terapias donde mi expresión de la confusión era motivo para que se me dijera que uno de mis problemas era mi indecisión en cuanto a la sexualidad o también con la monogamia (escoger géneros, escoger relaciones, escoger amores). Y todo esto cuando no se me monosexualizaba directamente, aun expresando ser plurisexual.

Por esto, creo que la mejor lucha contra la bifobia y, en general, contra el monosexismo, no tiene que pasar por crear una imagen de nosotras como personas que tienen muy claro lo que quieren y que nunca se confunden. No necesitamos demostrar a nadie que podemos ser igual o más productivas que el resto. Es más, no podemos obligar a nuestra comunidad plurisexual a tener que pasar por los estándares que nos precarizan emocionalmente. Nuestra confusión y nuestra indecisión pueden ser reales porque son sistemáticas. Negarlas es una trampa. Y reapropiarnos de ellas es un acto de cuidado hacia nuestra salud mental.

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cambios en «sobre este espacio»

por wuwei (natàlia)

he cambiado el contenido de la sección «sobre este espacio«:

este es un espacio para hablar sobre estructuras de poder, poder en general, sistemas de opresión y todo lo relacionado con ello. por tanto es un espacio para hablar sobre machismo, heterosexismo, monosexismo, monogamia, racismo, capacitismo, capitalismo, entre muchas otras cosas. no obstante, intentando ser sensible a la no apropiación, estos temas se tratarán desde una posición que corresponga (se evitará, por ejemplo, hablar de temáticas desde el privilegio, excepto cuando se haga siendo sensible a esa posición). es un espacio, pues también, para hablar de relaciones, de contextos, de sensibilidades, de construcciones, de deconstrucciones, de espacios, de cuidados, y de muchas cosas más. lo que surja, lo que salga, y como vaya cambiando según el proceso.

Este espacio está pensado también para que puedan participar escribiendo otras personas, no solamente yo (wuwei), aunque prefiero por ahora que solamente participen personas con las que tenga cierta confianza y sepa o sienta que no lo harán solamente para llenar páginas de postureo. la autoría de la entrada aparecerá siempre al inicio de la entrada (que puede ser, obviamente, anónima también).

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la violencia de la comunicación no violenta

por wuwei (natàlia)

en català aquí.

en français ici

Este texto se publicó en el número 474 de la Directa. Podéis ver el artículo original en catalán aquí.

Aviso de contenido: comunicación no violenta, lenguaje capacitista (empatía), capacitismo, neurocapacitismo, individualismo, jerarquías, desigualdades sociales

La comunicación no violenta (CNV) ha devenido una de las herramientas favoritas en muchos de nuestros espacios. Existen versiones críticas y tiene puntos útiles, especialmente relacionados con el empoderamiento, la autonomía y la autoresponsabilidad; pero tenemos que entender cuáles son las bases conceptuales sobre las cuales se ha construido para poder hacer de esta un uso más consciente. En este texto hablaré de la CNV definida por Rosenberg a inicios de los años 60, que es la que ha ocupado tanto espacio en charlas, talleres y debates, y que es la más extendida y la que ha creado más dogma.

He visto utilizar esta herramienta comunicativa tantas veces para manipular, maltratar y abusar que ha resultado para mí una alarma suficientemente importante para decidir querer comprender mejor cuáles son sus puntos problemáticos. Buena parte del discurso está basado en una visión individualista que ve las personas como seres aislados e independientes que solamente se afectan de forma puntual y voluntaria, obviando e ignorando la interdependencia. La CNV puede ser una buena herramienta cuando estás en una relación horizontal, pero obvia las estructuras de poder y las jerarquías que a menudo hay en las relaciones.

La responsabilidad

La CNV llama violencia a negar la propia responsabilidad de los actos y las emociones. La propuesta es interesante. El problema está en cómo se deciden distribuir las responsabilidades, ya que depende de muchos factores: depende del contexto (situaciones sociales) y también de lo que se hace y de lo que se recibe. La CNV se basa en un paradigma donde las responsabilidades están totalmente separadas y donde la relación y el contexto se borran: tú eres totalmente responsable de lo que haces y sientes y yo soy totalmente responsable de lo que hago y siento, y lo que tú sientas a causa de lo que yo haga es responsabilidad tuya. Según la CNV, señalar hacia fuera es siempre un acto de violencia.

Uno de los ejemplos que utiliza la CNV para ilustrar esto es la crítica que hace a la expresión “tengo que hacer (una cosa)”. Esta expresión utiliza el verbo tener para expresar obligatoriedad: hacemos una cosa porque nos sentimos obligades a ello, no porque lo escogemos. Según la CNV, utilizar esta expresión nos quita responsabilidad y consciencia de nuestra libertad de elección. Su propuesta es expresar que lo hago porque lo escojo. Esta visión ayuda a tomar consciencia de las cosas que hacemos y del poder que podemos tener en cómo nos sentimos con lo que nos rodea. No obstante, como todo pensamiento liberal, se basa solamente en la libertad de elección obviando totalmente las situaciones sociales desiguales. Tener menos opciones o escoger bajo coerción no es escoger libremente.

Finalmente, muchas veces personas utilizan la CNV para no responsabilizarse de agresiones o actos que afectan a sus relaciones, ya que si tú eres totalmente responsable de lo que sientes, cómo te sientas a causa de mis acciones no es responsabilidad mía.

La objetividad

Según la CNV, para comunicarnos de forma no violenta lo tenemos que hacer a través de las observaciones objetivas y no con valoraciones subjetivas: por ejemplo, decir que una persona nos está ignorando es una valoración subjetiva, pero decir que no nos ha respondido es una observación objetiva. Hacer esto nos permite no evaluar cosas que desconocemos, ni otorgar a le otre intenciones, deseos o emociones.

No obstante, por defecto, lo que a menudo es descrito como observaciones objetivas suele caer en una definición concreta del mundo que nos rodea vinculada a los privilegios (la objetividad a menudo corresponde a la mirada del hombre blanco, cis, heterosexual, de clase media-alta, neurotípico, delgado, sin diversidad funcional, etc., los que han tenido el privilegio de poder definir qué es objetivo y qué no), y, por tanto, este tipo de observaciones a quien más suele beneficiar es a quien más privilegios tiene. Siguiendo con el anterior ejemplo, suponer que la otra persona no nos ha respondido también puede ser una valoración subjetiva que corresponde a una definición sobre qué es una respuesta y qué es aceptado como comunicación válida: puede ser que la otra persona, dentro de sus capacidades comunicativas, nos haya respondido pero nosotres no lo hayamos entendido así cuando lo interpretamos a través de las normas culturales y neurotípicas sobre comunicación. El contexto siempre es importante.

Este razonamiento, además, no nos permite poder expresar que nos han manipulado o que nos han maltratado, ya que este tipo de valoraciones las coloca siempre en la clasificación de subjetivas.

La empatía

Finalmente, una de las estrellas de la CNV es lo que llama empatía. La CNV describe el proceso empático como una interpretación sobre qué necesita la otra persona sin que esta lo exprese ni pida esta opinión. Lo que propone la CNV es que cuando alguien te señala alguna queja tú no puedes ser le responsable de lo que ella siente y, por tanto, tiene que estar siendo un problema que necesita alguna cosa que no está pudiendo satisfacerse ella misma, y se lo tienes que hacer saber (incluyendo una suposición de cuál debe ser su necesidad no cubierta). Desde mi punto de vista, decirle a una persona qué es lo que siente y qué necesita, a través de una lectura y sin que ella haya expresado ni pedido esta opinión, es bastante violento. Es más, lo que se hace con esto es desviar la atención de lo que le otre decía: pasas de ser tú la señalada a señalarla a ella.

He visto manipular muchas veces a través de este tipo de empatía. Siguiendo con ejemplos: si intentas señalar alguna agresión, lo que automáticamente se te cuestionaría es cuáles deben estar siendo tus emociones y buscando tus carencias que te llevan a esas emociones, como si no fuera la agresión en sí la que te provoque la emoción, ya que la persona que te agrede no es responsable de tus emociones. Esta es una de las partes que a mí más ansiedad me producen cuando estoy delante de alguien que utiliza esta herramienta.

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¿qué se esconde detrás de las relaciones no-serias?

por wuwei (natàlia)

en català aquí.

Aviso de contenido: objetificación y consumo relacional

Quiero empezar diciendo que no soporto desde hace mucho tiempo las expresiones “relación seria” o “relación no seria”. Al principio era más bien una reacción visceral, emocional, a la que no le había asignado ningún tipo de reflexión, ni había entendido el motivo por el cual me removía tantas cosas dentro de mí. Sabía, eso sí, que tenía alguna relación también con lo que sentía por la expresión “sólo una amistad” (este “sólo” siempre me ha molestado). Y, de hecho, la experiencia en el mundo de las relaciones me confirmaba constantemente este rechazo que sentía hacia todas estas expresiones.

La expresión “relación seria” a menudo hace referencia a una relación de pareja, donde hay un vínculo romántico, de referencia, principal y donde el compromiso se basa buena parte con la limitación de los vínculos fuera de la relación, con un tipo de exclusividad compleja que va más allá de la exclusividad sexual (de cuidados, de tiempo, de las cosas que se comparten, como la economía, la crianza, la vivienda o las respectivas familias de origen). “Yo no quiero nada serio” sería la típica frase que te dice alguien que está buscando un tipo de relación que no es la que pensamos como pareja. En realidad se suele decir cuando lo que buscamos es un simple rollo, algo “sólo” sexual y sin las “complicaciones” de una relación amorosa romántica con un cierto grado de “compromiso”. Que conste que las comillas no las pongo de decoración, sino para cuestionar el contexto y cómo se utilizan estos conceptos.

A menudo se relaciona la seriedad de una relación con la cantidad de compromiso que tenemos en ella. Pero en este contexto cuando se piensa en “compromiso” se piensa en un tipo de compromiso que nos viene impuesto cuando pensamos en relaciones. La mayoría de las veces cuando se piensa en ello se relaciona el compromiso con la fidelidad, entendida de la forma más monógama: no tener relaciones sexuales ni románticas con otras personas (o limitarlas de alguna forma), priorizar a aquella persona por delante de cualquier otra relación y además muchas veces acompañado de algún tipo de sacrificio. O sea, se piensa el compromiso especialmente como un sinónimo de exclusividades, que no sólo son sexuales, sino que van más allá, como comentaba en el inicio del texto.

¿Pero qué ocurre cuando no existe el compromiso? Normalmente, se presenta por defecto un binario bastante extremo: o nos relacionamos a través de un compromiso implícito, jerárquico y opresor, o bien nos encontramos en un vacío de consumo relacional y de objetificación (también opresor, pero de otro tipo). Por esto, cuando una persona repite que no busca nada serio, normalmente acaba perpetuando este tipo de relaciones objetificadas y de consumo (no solamente consumo sexual, también muchas veces de consumo emocional). La propia expresión cae por su propio peso, porque no querer tratar a una persona de forma seria significa no tenerla en cuenta ni creer que sus problemas y voluntades no son importantes (te impliques o no en ellos o quieras o no acompañarlos).

¿Qué quiere decir, pues, no querer tener relaciones serias? ¿Tiene que significar que una persona con la que no tienes un tipo de compromiso de pareja, se tiene que tratar sin responsabilidad? ¿Qué es el compromiso? Algunes me podrían decir que esto es hilar fino y que esta expresión simplemente significa que no quieres un tipo concreto de exclusividad y no quieres jerarquizar aquella persona. Pero la experiencia que hemos vivido muches no es esta cuando nos han tratado de forma “no seria” (que es muy cercana a la de cuando te dicen que “sólo quieren una amistad”). La experiencia mayoritaria ha sido un tipo de relación donde si surgía algún problema, alguna preocupación, no se podía hablar, que si le otre un buen día decidía no volver a ponerse en contacto podía pasar sin más (y las normas sociales se lo permitían sin que se viera como violento), y cuando quería acercarse también. La experiencia mayoritaria siempre ha sido una falta de responsabilidad y una relación que se ha mantenido gracias a la responsabilidad y sacrificio de una de las partes (precisamente la otra parte, la que no estaba pidiendo una relación “no seria”, normalmente la menos privilegiada).

Para tener relaciones responsables tenemos que tratar a las personas de forma seria. O sea, tenemos que reconocerlas por lo que son, con sus propias voluntades, deseos, problemas y necesidades. Lo que hace falta, de hecho, es cambiar qué quiere decir compromiso, y no dejar de responsabilizarnos de lo que hacemos con aquellas personas con las que nos relacionamos. No me extenderé a hablar de compromiso y de responsabilidad, porque ya he hablado de ello, por ejemplo, aquí y aquí.

Cada vez que escucho estas expresiones como “no quiero una relación seria” me saltan todas las alarmas. Y no porque quiera una relación de pareja del tipo que muchas personas podrían estar pensando, sino porque siento que en algún momento se me tratará de forma no-seria, como persona, una cosa que para mí implica una falta de consideración hacia mis deseos, necesidades, o como yo me pueda estar sintiendo y como me puedan afectar las cosas. En el fondo es una falta de reconocimiento a la importancia que pueda tener hacia parte de mi vida por el simple hecho de existir. Todes merecemos ser tratades de forma seria. Que no tiene porqué ser sinónimo de no poder pasárselo bien o disfrutar.

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plurisexualidades y estereotipos VI: plurisexuales y traidores al sistema patriarcal

por wuwei (natàlia)

en català aquí.

Este texto es el sexto y último de un conjunto de textos que he escrito alrededor de los estereotipos asignados a las personas bisexuales y plurisexuales como herramientas de empoderamiento y reapropiación. El primero lo podéis encontrar aquí, el segundo aquí, el tercero aquí , el cuarto aquí y el quinto aquí.

Aviso de contenido: monosexismo, monogamia, sexismo y cisexismo

Este es el sexto y último texto que escribo para hablar sobre los estereotipos de que asignan a las personas bisexuales y de otras plurisexualidades. He dejado para el final el estereotipo de la traición porque creo que es un estereotipo del que es muy difícil reapropiarse y del que poder sentir cierto orgullo. Cuando menos, ¿a quién le gusta que le digan que es une traidore? No obstante, a la vez, es un estereotipo que puede ser muy potente y empoderante y es por esto que cierro esta serie con este estereotipo: la traición. Las personas bisexuales (juntamente con el resto de plurisexualidades) somos consideradas traidoras. La traición es una característica que constantemente se nos impone allí donde estemos: por parte de nuestras relaciones afectivas, familiares o en el trabajo. Incluso se extiende a través de los movimientos LGBTI+ donde también se nos considera traidoras del propio colectivo. Allí donde vayamos, da igual, la carga de la traición siempre viene con nosotres: siempre se cree que engañaremos, que no sabremos llevar a cabo compromisos, sean los que sean.

¿Pero por qué se tiene tanta obsesión en atribuirnos la traición? Este estereotipo no se nos asigna al azar. Las personas plurisexuales podemos representar una amenaza para el patriarcado y para muchas estructuras, de la misma manera que lo son otras alternativas a la heterosexualidad o al cis-tema. Es una amenaza al heterosexismo, al sexismo, al cisexismo, a la monogamia, y también, incluso, al capacitismo (por el hecho de ser consideradas personas confundidas, como ya he tratado en anteriores textos, como aquí). Podríamos decir que, en consecuencia, el miedo que se nos tiene es porque podemos suponer una traición al sistema: somos seres que contaminamos barreras que se han impuesto para separar los mundos más privilegiados (como son la heterosexualidad y la masculinidad) de los excluidos (la no heterosexualidad y la feminidad y otras alternativas a la masculinidad), para que se pueda seguir perpetuando el privilegio.

Uno de los motivos por los cuales representamos una amenaza es por la supuesta posibilidad de escoger que tenemos. Normalmente a las personas plurisexuales se nos dice que podemos escoger entre ser heterosexuales u homosexuales. Lo que me hace más gracia es por qué no se nos dice que también podemos escoger ser plurisexuales, que es lo que finalmente la mayoría escogemos ser. Pero el problema no es la elección en sí misma (si escogemos una cosa u otra, aunque obviamente las consecuencias de escoger una u otra son muy diferentes), el problema principal en nuestro caso es tener la posibilidad de escoger, esto se ve que molesta.

¿Por qué poder escoger supone un problema? El discurso mayoritario que pretende hacernos aceptar la no-heterosexualidad nos dice que la orientación no se puede escoger, que es una cosa innata que no se puede cambiar, y que por tanto se tiene que aceptar. Pero así solamente reproducimos la idea de que la homosexualidad es en sí un problema, y que el único motivo que tenemos para aceptarla es porque no se puede cambiar. Básicamente es resignación, no aceptación. La posibilidad de elección a quien más daño hace, por tanto, es a la heterosexualidad ya que se cuestiona directamente su privilegio: según el pensamiento heterosexual y patriarcal, si pudieras escoger, escogerías la heterosexualidad sin duda, y la posibilidad de elección se acabaría aquí. Que existan seres que aunque puedan escoger no escojan este lado es poner la heterosexualidad y su privilegio en una posición totalmente cuestionable.

Por otro lado, también, las plurisexualidades pueden cuestionar la construcción de los dos géneros impuestos: la estructura sexista y cisexista establece un modelo de dos géneros, forzando a las personas a ser de un género concreto según una asignación determinada al nacer, y a ser heterosexuales. Los dos géneros dictan una estructura opuesta de deseo y mutuamente excluyente. Dentro de este marco la posibilidad del deseo hacia más de un género se hace poco comprensible y supone una amenaza a esta construcción binaria en la que el género siempre tiene que ir ligado a la elección del objeto sexual y opuesto. Y, de paso, también amenaza y pone en peligro la cultura monógama impuesta. Siguiendo la línea anterior, la construcción de la idea de que necesitamos a una persona de un género concreto para completarnos, hace que la atracción hacia más de un género complique la monogamia impuesta ya que existiría la necesidad de tener relaciones con más de una persona.

Sí, las personas plurisexuales podemos ser unas traidoras. No digo que lo seamos solamente por el hecho de existir, todo depende de cómo nos situemos, claro está, pero tenemos entre nuestras manos el poder de elección; un poder de elección de traición a un sistema que jerarquiza, violenta y discrimina. Podemos contaminar la barrera, podemos saltarla, podemos cuestionarla, podemos poner en entredicho qué privilegios otorga y podemos destruirla. Sí, somos plurisexuales y podemos escoger ser traidores al sistema patriarcal.

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sobre poder y dominación en nuestros espacios críticos

por wuwei (natàlia)

en català aquí.

Este texto lo escribí y se publicó en El Salto el 18 de marzo. Podéis ver el original aquí . 


Este texto es el tercero de un conjunto de textos en los que quiero reflexionar y abrir un proceso de auto-crítica sobre gestión de discursos y espacios. El primero está aquí y el segundo aquí.

Aviso de contenido: poder, dominación, instrumentalización, manipulación, mención de ansiedad, capacitismo, mención de estructuras de poder, privilegios, agressiones, salud mental, violencia, mención de miedo, sentimiento de culpa, castigo

Hace tiempo que tengo ganas de hablar de cosas de las que sé que nos cuesta hablar, pero que sé que es un tema que nos está rondando a muchas y algunas personas ya han empezado a hablar de ello. Los motivos por los cuales nos cuesta tratar el tema son variados: porque tenemos miedo a las consecuencias de hablarlo, por la exposición emocional y mental que supone, pero también porque tenemos miedo a cargarnos todo aquello que tanto nos ha costado construir en espacios críticos, feministas y de lucha social (herramientas, discursos, vínculos). También juega un papel muy importante el poder, tanto sea porque tenemos miedo a perderlo o a renunciar a la posibilidad de una posición superior, o bien porque queremos conseguir esta posición superior. Además, tenemos miedo a que nos pisen o a ser excluidas (este último viene a ser uno de los motivos por los cuales muchas seguimos la corriente sin cuestionar cosas que nos pican).

Pero la realidad nos explota en la cara, y no podemos permitirnos ignorar mucho del daño que nos estamos haciendo, los poderes que estamos generando, los guayismos y las consecuencias de todo esto, entre las que se encuentran problemas de salud mental, sociales/relacionales, económicos, de aislamiento. Problemas contra los cuales supuestamente estamos intentando luchar.

A mi alrededor desde hace tiempo personas hablan de situaciones diferentes pero que tienen muchas cosas en común: por un lado, la utilización de discursos como herramientas que acaban generando ciertas violencias, tanto sea exclusiones, acoso o borrados, y por otro lado, la instrumentalización de los discursos solo para obtener poder. Normalmente es una mezcla complicada de las dos y lo que finalmente tenemos es un ejercicio de poder que no es nunca contemplado cuando hablamos de estructuras sociales porque se ha generado especialmente alrededor de nuestros discursos y de nuestros espacios —movimientos sociales, activismos sociales, feminismos, queer/LGBTI+, no-monogamias… — tanto físicos como virtuales, donde se incluyen redes sociales.

Ya sabemos que las estructuras sociales de poder que nos encontramos “fuera” de nuestros espacios se repiten dentro de estos. Sabemos que el machismo, el racismo, el heterosexismo, entre muchas otras estructuras, están presentes. Los ejes principales de nuestras luchas son, precisamente, estas estructuras. No obstante, dentro de estas luchas han emergido nuevas estructuras, que son aquellas que nos otorgan ciertos reconocimientos y poderes en estos mismos espacios: el guayismo, aquella tendencia a destacar y generar cierto dominio a través del ser “guay” bajo los parámetros definidos por nuestros activismos sociales —como por ejemplo, estar construida, dominar el discurso, obtener atenciones debido al dominio de este discurso, producir discursos como si fueran productos de consumo, famoseos y divineos. Evidentemente se mezclan otras estructuras menos visibles y reconocidas como son el hecho de tener ciertos tipos de carismas o bien la capacidad de poder dominar todo esto (capacidades comunicativas, emocionales o intelectuales). Y todo el resto siguen la corriente, porque ir en contra es buscarte el aislamiento o hundirte.

Es complicado entender en qué momentos ha habido un deseo de poder sobre otras personas o bien hemos confundido el empoderamiento personal con un ejercicio de poder hacia estas otras, aprovechándose muchas veces de privilegios y de situaciones que en muchos discursos no se contemplan. El problema es que uno de los muchos dogmas que hemos aprendido a repetirnos es que da igual lo que hagas sobre una persona que tiene un privilegio concreto sobre ti porque esto (supuestamente) nunca es violencia, olvidando muchas más partes del contexto de aquella persona y de otros ejes que le puedan estar atravesando que no vemos (o no queremos ver). La salud mental es uno de ellos. Entiendo que delante de ciertas situaciones hemos tenido que aprender a dejar de empatizar con las personas que nos violentan y que tienen más privilegios, y entiendo que es vital que siga siendo así en muchos casos. Pero, no obstante, hemos hecho un salto y hemos pasado a desear que se deshumanice totalmente a quien consideramos que tiene un cierto privilegio sobre nosotras.

Hemos confundido acompañamiento a las violentadas o agredidas con un ejercicio de multiplicar cualquier deseo de quien haya padecido la violencia. Cualquiera, sin cuestionarlo, ni contextualizarlo. Mi pregunta es: ¿esto es acompañamiento? A la vez tenemos miedo a todo lo que se nos puede llegar a pedir cuando se señala a otra persona como agresora, llegando al punto de que, si vemos que podemos, intentamos mirar hacia otra parte dejando de lado totalmente a la propia agredida. Las dos caras de la misma moneda tienen consecuencias totalmente contrarias a lo que supuestamente queríamos obtener.

Todo esto lo digo con dolor después de haber estado años intentando esquivar los intentos de manipulación por parte de un hombre que quería cuestionarme estos discursos para su propio beneficio. Cada vez que alguien me hablaba de cuestionarlo la ansiedad se me disparaba. Me ha costado aceptar que estas herramientas puedan estar siendo utilizadas también para generar poder. Pero es que el poder se aprovecha muchas veces de cualquier fisura que encuentra y es por esto que es muy importante repensarnos constantemente y estar muy alerta. Creo que uno de los problemas principales ha sido convertir parte de estas herramientas y discursos en dogmas y no contextualizarlos nunca. Sí, hemos generado dogmas, creencias que van más allá de lo que tendría que tener un espacio que se diga a sí mismo crítico. Estos dogmas los hemos creado para revertir aquellos otros que nos imponen las estructuras de poder, pero al fin y al cabo son dogmas que no se pueden cuestionar, que no se pueden contextualizar según la situación.

Otros dogmas que hemos creado son, por ejemplo, que si una persona dice que se ha sentido agredida significa que lo ha estado (sin habernos parado a reflexionar o definir qué queremos decir con “agresión”), o bien también que todo lo que pida una persona que se ha sentido agredida va a misa (y nunca mejor dicho). Con esto no quiero decir que tengamos que hacer todo lo contrario, como pasa fuera de nuestros espacios, donde no se cree a las agredidas y no se las acompaña. Nos ha costado mucho que se nos escuche, se nos crea y se nos acompañe.

Lo que tenemos que replantearnos es qué quiere decir acompañar y escuchar, porque revertir totalmente un poder que fuera no tenemos de esta manera implica otorgar un poder muy grande. Y todo poder que se otorgue tiene el peligro de ser deseable y utilizado más allá de las situaciones para las que se ha construido, sea a través de un proceso consciente o inconsciente. He visto y vivido de muy cerca cómo se instrumentalizaban estos dogmas para destruir a personas, o por venganza debido a situaciones que nada tenían que ver con la acusación que se estaba haciendo (celos, por ejemplo). He visto cómo se mentía, se inventaban agresiones, o bien se aprovechaban algunas existentes para generar aún más poder sobre una persona. Sigo creyendo que cosas como ciertos vetos o ciertas formas de tratar las agresiones son importantes y necesarias. Pero no siempre ni de todas las maneras, ni otorgando este total y absoluto poder.

Hemos basado buena parte de nuestros discursos en el sentimiento de culpa y en el castigo. ¿No nos suena esto de algo? Sin darnos cuenta hemos caído en la misma trampa con la que el sistema en el que vivimos nos violenta día tras día. No creo que las personas oprimidas tengamos que estar siempre haciendo pedagogía, creo que es algo que tenemos que poder escoger, el momento y el lugar, la exposición y como nos autocuidamos, y si realmente lo queremos hacer. No obstante, sabemos que vivimos en el mundo que vivimos y es por este motivo que algunas o muchas hacemos activismo, y pedagogía la tendremos que hacer. Caer siempre en atacarnos, castigarnos o jugar a hacernos sentir constantemente culpables de todo no tiene nada de revolucionario. El cambio más revolucionario tiene que pasar por otras vías.

Una cosa que da mucho poder en nuestros espacios es dominar el discurso, saber en todo momento como utilizarlo. Creo que quien tiene el privilegio de saber y poder dominar ciertos discursos tiene un poder más grande dentro de nuestros espacios. He visto cómo se manipulaban los discursos sobre cuidados para conseguir más atenciones y afectos. He visto manipular los discursos de “no puedes dejar una relación así como así porque esto es capitalismo y consumo de cuerpos” para que haya personas que no puedan dejar relaciones de maltrato o chungas, o que eran incompatibles. He visto maltratar mucho a personas y taparlo totalmente acusándolas de capacitistas si señalaban maltrato. He visto cómo se manipulaba también el discurso del tone-policing para excusar acoso y ataques sin ningún cuidado hacia personas que cometían algún error típico de cuando no estamos suficientemente formadas. He visto, de hecho, manipular y utilizar cualquier discurso. A veces me da pánico escribir, dar un taller o una charla, porque he visto manipularlo todo.

Finalmente, y no menos importante, también he visto y he vivido la hipocresía de la generación de discurso solamente para el puro consumo de las oyentes y lectoras y para el puro protagonismo y guayismo de las productoras, con un gran vacío en medio donde se generaban borrados, manipulaciones, ghostings, luz de gas o competición, por parte de las mismas que hablaban y se ganaban la fama hablando de cuidados, de horizontalidad, de cooperación o de compañerismo.

Escribo todo esto no solamente para hablar de las demás, sino que aprovecho para revisarme, hacer autocrítica y responsabilizarme. Escribo todo esto con un poco de miedo, pero a la vez con las ganas y con la esperanza de que algún día dejemos de hacernos daño. A veces lo veo, me entristezco y tengo ganas de huir corriendo. Otras veces cojo fuerzas e intento entender cómo podría moverme alrededor de todo lo que siento una farsa. Dos veces al año me cogen crisis y ganas de dejar este tipo de espacios. Pero después miro a mi alrededor y, cuando me fijo más allá de todo aquello que el poder intenta borrar, en el fondo veo cosas a las que cogerme: compañeras que construyen cosas cada día, con mucho cuidado y sin esperar nada más que un verdadero cambio social. Y es en estos momentos en los que cojo aire y fuerza y decido seguir.

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encuentro de activismo plurisexual del pasado 17 de febrero en Madrid

por wuwei (natàlia)

en català aquí.

Como ya anuncié aquí, el pasado 17 de febrero estuvimos en la sede de COGAM en Madrid hablando sobre activismo plurisexual y monosexismo. Os dejo el vídeo de la mesa redonda donde aparecemos (por orden): Carlos, Manuel, Esdras, Joss y yo.

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