la objetificación de las “otras” relaciones: maravillosas, decorativas y útiles

por wuwei (natàlia)

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contenido: objetificación, consumo de relaciones, jerarquías, relaciones jerárquicas, utilitarismo

Una de las cosas que me atrajo de algunas formas de ver y vivir las no-monogamias fue la de deconstruir el concepto de pareja y todo lo que le rodea, pero también, y, sobre todo, valorar mucho más otras relaciones, como aquellas que solemos llamar “amistad” o relaciones donde se comparten proyectos que son de importancia. Las relaciones de importancia no pueden estar centradas solamente en las relaciones románticas y sexuales, existe un gran mundo fuera de estas relaciones de las que, sin nosotres darnos cuenta ni quererlo aceptar, dependemos y normalmente las tenemos poco en cuenta, o bien no valoramos la organización familiar alrededor de ellas. No obstante, es difícil que nos demos cuenta de ello porque casi todo el imaginario social se centra en valorar sólo aquello que nos aportan las parejas y, también a la inversa, sólo compartir con las parejas aquello que consideramos importante. 

Pero no es suficiente en afirmar que las “demás” relaciones (como si de una alteridad se tratara) son importantes. Me he dado cuenta (o he sentido) que muchas veces cuando se intenta hablar de la importancia de las relaciones que no son sexuales ni románticas se hace, seguramente sin intencionalidad, a través de un paradigma también capitalista: el de la utilidad y/o el del elemento decorativo que le da un toque bonito (y diverso) a tu vida. Repetir muchas veces lo maravillosas que son estas otras relaciones por su utilidad, o bien porque “enriquecen” la diversidad en tu vida no es, de por sí mismo, una cosa que rompa con las jerarquías ni con el hecho de no tenerlas en cuenta. Es un acto de consumo más si no va acompañado de un reconocimiento real. Esto lo acabas sintiendo sobre todo cuando intentas construir tus relaciones alrededor de estas alternativas, pero el terreno se vuelve excesivamente inestable alrededor de todos estos discursos y de muchas personas que repiten estos mantras. 

El problema que vivo y siento a menudo es que se habla de este tipo de relaciones desde un punto de vista consumista porque son “útiles” para nosotres y “enriquecen” nuestro entorno, mientras a la vez jerarquizamos y otorgamos todo el poder de decisión en nuestras vidas (y sobre aquellas relaciones “alternativas”) a unas otras pocas personas. O sea, se confunde muy a menudo el concepto de jerarquía o no jerarquía con el simple hecho de cuantos tipos de personas consumo o no, en vez de comprender la raíz del ejercicio de poder y del consumo en sí mismo que es producto de las relaciones jerárquicas. Entiendo, no obstante, que tampoco me gusta el discurso de que somos seres independientes que no necesitamos de nuestro entorno y que nos tenemos que llenar a nosotres mismes, pero tampoco me gusta el de ver el utilitarismo de las personas que nos rodean. En el fondo, creo, lo que no me gusta es, precisamente, el propio concepto de llenar y de utilidad. Las personas somo esto, personas: nos necesitamos, pero somos importantes por nosotras mismas no por nuestra utilidad ni por como decoramos el espacio con nuestra existencia. Pasamos de que sea una sola persona la que nos llene a buscarlo en varias, viendo, solamente, su utilidad, mientras a la vez cantamos aquello de que somos seres independientes que no necesitamos a nadie para llenarnos porque nos es fácil obtener las cosas de nuestro entorno sin mucho esfuerzo gracias al consumo que hacemos de otras personas. 

Las relaciones fuera de las románticas-sexo-afectivas en este marco se acaban convirtiendo en una especie de fetiche, decorativo, donde quedan totalmente objetificadas y, a la vez, en realidad, muy poco tenidas en cuenta. Es este uno de los miedos que siempre tengo con discursos con los que siempre he empatizado y que yo misma he utilizado. De hecho, yo hace muchos años que no tengo ninguna pareja, y cada vez más intento organizarme alrededor de otros tipos de relaciones. Para mí, todas estas cuestiones son importantes, no solamente por no querer caer, como me ha pasado mil veces, en relaciones donde se te dice que tienes cierta importancia, pero te das cuenta que no eres más que un elemento decorativo o útil, sino también por no querer caer en tratar a la gente como meros objetos que ayudan a hacerme la vida más fácil. 

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lo que quiero es vivir con mis “más-que-amigas», mi familia

por wuwei (natàlia)

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contenido: mención de consumo relacional, jerarquías, monogamia, estrés postraumático y miedo/pánico

Hace unos meses (o más bien hace un poco más de un año) tuve una crisis muy fuerte con muchas de las cosas en las que estaba implicada, no solamente como filosofía de vida, sino también haciendo activismo (en mi vuelta al blog lo expliqué aquí). Esta crisis se unió a un proceso personal y terapéutico donde una de las consecuencias fue poder tener espacio y reflexión para entender mejor qué quiero y necesito en general (una pregunta que me parecía obvia y contestada mucho antes, pero que no lo estaba en absoluto). Una de las cosas de las que más había renegado últimamente en este proceso intenso han sido las no-monogamias, que eran, además, una de las cosas sobre las que más había escrito y de las que llevaba con más orgullo. A lo mejor era también esto, una desilusión de todo aquello en lo que había puesto tantas ganas y energía. Tengo que admitir que aquí se mezclan muchas cosas: por un lado, un enfoque de las no-monogamias que no era lo que yo realmente necesitaba o quería; por otro lado, una sensación y la angustia de sentir un consumismo relacional considerable en estos entornos; sumado a esto también he sentido una divergencia entre como yo y algunas utilizábamos ciertos conceptos y palabras y su uso más generalizado; y, finalmente, he tenido una tendencia a mandar a la mierda muchas cosas debido a mi estrés postraumático generado por ciertas relaciones y agresiones (que poco a poco se va diluyendo). 

La verdad es que yo entré en las no-monogamias de una forma más bien política y por un interés en un estilo de vida que intentara romper con el modelo de familia tradicional jerárquico, que nos aísla del resto del mundo, individualista, capitalista y patriarcal. Por tanto, en realidad, mi interés era más bien comunitario y no tanto en intentar multiplicar parejas románticas y/o sexuales, esto para mí era más secundario, solamente una consecuencia a la crítica de la monogamia más organizativa. Nunca me he identificado como poliamorosa, seguramente por este motivo. Mi interés era construir otras formas más solidarias y comunitarias de vivir. No estoy diciendo que el poliamor no sea solidario ni comunitario, ni que no haya personas poliamorosas con prácticas parecidas a las que yo buscaba. También sé que hay gente que define el poliamor a través de estas prácticas. Pero a mí no me hacía sentir cómoda la etiqueta, sin entrar a criticar a quien la utiliza. Cada une se identifica con lo que siente y puede, sin que esto implique una guerra de etiquetas. 

Siempre he sentido una desconexión muy grande de la mayoría de experiencias que se comparten en grupos sobre no-monogamias, así como también sobre conceptos como responsabilidad, libertad o jerarquía. He sentido muchas veces estar usando palabras que se contradecían o que no coincidían con su uso mayoritario. Es como aquello de llamar democracia al sistema en el que vivimos, donde después tu (o yo, u otras personas) puedes pensar o sentir que esto no es realmente una democracia, o no lo definirías como tal, pero el uso generalizado es el que es y lo tienes que aceptar de alguna manera para moverte, entenderte con estas personas y poder comunicar lo que quieres. Con muchos conceptos usados en discursos no monógamos, como libertad, responsabilidad, compromiso o jerarquía (especialmente esta última) pasa algo parecido, su uso general no coincide con cómo lo podemos ver algunas personas. Esto se tiene que aceptar de alguna manera, porque tienes que moverte a través de esto. A mí siempre me ha costado esta parte, pero tampoco quiero dejar de lado cuál es mi percepción e idea sobre estos conceptos y poder seguir hablando de ellos desde un punto de vista crítico. 

Una vez empiezas a entrar en las comunidades no monógamas la mayoría de las preocupaciones y debates son los típicos de cuando centras tu no-monogamia en el número de parejas o relaciones sexuales: celos, como gestionar el hecho de tener más de una pareja, sexo, compersión, NRE (New Relationship Energy), crianza cuando hay más de una relación sexo-afectiva, etc. Es normal, y no digo que no sean temas que puedan ser importantes o interesantes, porque al final son temas que nos afectan a todes, seamos o no monógames. Lo que intento recalcar es que el enfoque mayoritario gira normalmente más alrededor de las relaciones de pareja y las relaciones sexuales, y menos sobre alternativas de organización familiar que no estén centradas en las relaciones románticas y sexuales, o bien estas últimas son más bien minoritarias, anecdóticas o “complementarias”, y algunas veces “tokenizadas”, como aquellas cosas que pones al final como decoración para que haya más “diversidad”. No estoy intentando criticar quien quiera centrar su no-monogamia en las parejas o el sexo, sino entender el porqué es tan fácil que las propias atenciones muchas veces se acaben poniendo en otras cosas, y ya no solamente por los debates sino también por las propias vivencias relacionales una vez estás dentro, incluso en la propia anarquía relacional se acaba cayendo en sus prácticas. 

Por otro lado, muchas de las dinámicas que veía y vivía en estos entornos me incomodaban y me hacían sentir también en un estado relacional extremadamente inseguro. Las dinámicas de poder juntamente con el consumismo relacional, tan fácil de reproducir en las no-monogamias, hicieron que sintiera mucha necesidad de apartarme, de dejar de identificarme y de auto revisarme mucho. A mí las relaciones en entornos muy consumistas, competitivos y con dinámicas de poder me cuestan, me resbalan, no me permiten construirlas y vivirlas de una forma que me permita de un lado generarlas de forma segura, con suficiente tiempo y suficiente horizontal, y a la vez poder equilibrarlas con mi propio espacio, tiempo y necesidades sin caer excluida, apartada o utilizada (como sería una C, básicamente). Aquí se mezcla, no sólo el hecho de no ser un hombre, ni ser heterosexual, sino también por el hecho de ser autista y tener estrés postraumático debido a agresiones y relaciones de maltrato. Tenía (y sigo teniendo) una bonita red, pero sentía constantemente como ésta podía perderse con facilidad debido a una inestabilidad muy grande viendo el entorno en el que nos encontrábamos. Esto muchas veces me producía pánico. 

Por estos motivos sentí que necesitaba alejarme de todo este follón. Y, visto el resultado, creo que fue una de las mejores decisiones que podía tomar. A veces hace falta alejarse de algunas cosas para verlas un poco mejor. Durante un proceso terapéutico bastante intenso, me desidentifiqué de las no-monogamias y esto me permitió ver e intentar construir sin todo el ruido que no me dejaba escucharme. Cuando me desidentifiqué tampoco supe muy bien con qué me estaba identificando o qué era lo que quería. Necesitaba entender qué quería yo, qué sentía. 

Cuanto más claras he empezado a tener las cosas más me he dado cuenta de que no quiero la monogamia para mí. No la quiero porque no quiero vivir en pareja y hacer todo aquello que se espera de mí en esta posición. No quiero organizar mi vida alrededor de esta figura. Pero tampoco quiero organizarme sola, aislada. Quiero vivir con mis vínculos, relaciones importantes, aquellas a las que vosotras llamáis “amigas”, aunque a mí esta etiqueta se me queda corta. Quiero compartir, organizarme con ellas, ayudarnos, acompañarnos, trascendiendo totalmente el concepto de “compañeras de piso/casa”, que en el fondo es un concepto intermedio en la monogamia, mientras esperas encontrar a alguien con quien compartir tu vida. 

Quiero construir alrededor de estos modelos relacionales y compartir de otras maneras. Algunas dirán que esto también es poliamor, pero volvemos a todo lo que decía antes, no me apetece, al menos por ahora, usar una etiqueta para una cosa que la mayoría utiliza para otra (especialmente una cosa tan diferente a lo que yo necesito). Tampoco tengo claro si me identifico con la anarquía relacional porque cómo utiliza mucha gente esta etiqueta me incomoda y tampoco me siento identificada. Pero monógama no soy. Lo que tengo claro, una vez más, es que quiero construir otras cosas, organizarme de otras formas. Ni monogamias, ni poliamores, ni binarios parejas-amigas: lo que quiero es compartir con mis “no-novias” o mis “más-que-amigas». O sea, con mi familia.

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cierre

por wuwei (natàlia)

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Dejo de escribir textos en este blog y en otros medios. Los motivos son varios, y no voy a exponerlos todos. Básicamente quiero seguir haciendo mis activismos de otras formas y estar de otras formas y en otros lugares. También llevo bastante tiempo en crisis constante sobre cómo nos movemos y cómo usamos ciertos medios. Hay muchos textos, de hecho, escritos en este espacio donde se puede percibir. No cierro el blog en sí, lo dejo en la red, pero sí cierro también la posibilidad de que otras personas escriban. También dejo las charlas y los talleres y las actividades que hacía relacionadas con este espacio. No descarto dinamizar actividades (junto con otras personas) que tengan que ver con los colectivos donde me pueda mover a partir de ahora.

También estoy dejando de identificarme de muchas cosas que creía muy revolucionarias pero con las que también he entrado en crisis: especialmente las no-monogamias, pero también entornos “queer”, etc. No por los mismos motivos que las personas cis heterosexuales y/o monógamas, obviamente, ni tampoco por los mismos motivos que muchas feministras que excluyen a mujeres trans, personas no binarias y/o plurisexuales. Tiene más que ver con el individualismo, el consumo relacional, la competitividad, el protagonismo y el uso de discursos críticos solo para la venta y consumo.

Dicho esto, ha sido un placer. Nos vemos de otras formas y en otros lugares, virtuales y no virtuales.

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el contexto también es político

por wuwei (natàlia)

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aviso en todos los textos: cuando hablo de relaciones me refiero a relaciones de forma general, no solamente a relaciones sexoafectivas o de pareja. cuando me refiera a estas últimas siempre lo voy a especificar.

 

Durante mucho tiempo me cogí muy fuertemente al discurso de los cuidados, al de no dejar las relaciones con lo que se suponía que era violencia, al de comunicarme siempre mucho, al de no imponerme ni pedir por miedo a ser autoritaria, o a lo contrario, pedir y pedir, poner límites, etc. Y sufrí mucho. Lo que más me hizo sufrir, no obstante, no fueron estos conceptos en sí mismos, sino la falta de contexto des de los cuales muchas veces los recitamos. Sin contexto, todo se rompe, todo se manipula, todo se entiende de forma banal, y se borran un montón de emociones, situaciones y jerarquías. Estamos muy acostumbradas a las soluciones y fórmulas generales. Nos encantan los lemas. Somos también adictas a los titulares, a lo que nos sacude. Pero todo se queda en esto, una sacudida que si no se intenta comprender en profundidad y saber cómo y cuándo realmente se aplica lo que tanto nos motiva conceptualmente nos deja también vulnerabilizadas o con  muchas armas también para vulnerabilizar a las demás.

Los contextos definen fronteras, límites, contornos diferentes en cada momento. Lo que para muchas puede ser la salvación en un momento dado, para otras o en otros momentos puede ser un desastre, violencia, u opresión. No quiero hacer de esto lo que muchas han conseguido hacer muchas veces: la relativización total de cualquier aspecto estructural hace que se acabe borrando todo, como lo que se vende cómo crítico y acaba fluyendo hacia un discurso liberal. Contextualizar no es relativizar hasta borrar los contornos y las fronteras. Tampoco es apolitizar lo personal. Al contrario. No va de esto. Va de politizar también el contexto. Va, precisamente, de leer estas fronteras, de añadirlas, de interpretarlas, de saber que están, y de que no siempre son iguales ni las mismas.

¿Por qué un discurso pro-cuidados, por poner solamente uno de los ejemplos, puede generar, en algunos casos, violencia cuando se supone que lo que pretende hacer es todo lo contrario? Por el contexto. La utilización descontextualizada de un concepto como este tiene el peligro de aplicarse en muchos casos donde se benefician intereses puramente personales, personas que nos están violentando, o que quieren manipular una situación. Sacar la carta de los “cuidados” es como sacar de golpe un tipo de carta comodín que todas miran, a veces con frustración. Y, creedme, no estoy hablando de casos “cantados” donde es obvio que nos encontramos delante de un caso de manipulación. Hablo de situaciones complejas, de múltiples estructuras, de afectaciones que van más allá de lo que a veces nos hemos enseñado con nuestros discursos a ver. A veces necesitamos, en un contexto dado, definir los cuidados de otras formas. Cuidar no siempre será prepararle la cena a la vecina. A lo mejor la vecina no necesita que le preparen la cena. Tampoco siempre será hacer lo que ella necesite y reclame, esto también puede llegar a ser peligroso algunas veces. Tenemos que situar el contexto, ver qué está pasando, qué más hay alrededor, tanto de ella como de nosotras. Decir que siempre tenemos que cuidar, incluso cuando no nos estamos descuidando a nosotras, puede implicar acabar generando límites por algunos lados peligrosos. No hacerlo a veces también. Los cuidados en el marco familiar, de hecho, aun ser una tarea necesaria, se lleva utilizando desde antes de nuestras abuelas para controlar, vigilar y castigar: por un lado a les peques mientras a la vez se les cuida, y por otro lado, a las mujeres mientras éstas cuidan a sus maridos. Y no quiero hacer de esto un discurso anti-cuidados porque no es mi intención. Los cuidados son importantes. Junto con su contexto.

¿Dónde está, por ejemplo, la frontera entre no ejercer poder sobre la otra, no jerarquizar, y poder pedir y poner límites que tengan en cuenta mis necesidades y cuidados? Ya os digo que la respuesta no es nada corta. Esto pasa también con cómo dejar las relaciones. Es muy bonito todo esto de aprender a dejar las relaciones con afecto y cuidado, pero esta idea, junto con la de la importancia de comunicar cómo te sientes y la de no abandonar una relación sin tener en cuenta todo esto antes, me atrapó en una relación de maltrato. Diré más, hay quien lo utiliza para atrapar a las demás. He aprendido que hay casos en que lo mejor es salir corriendo, cuando en muchos otros casos hacer esto es, para mí, un acto violento. Tengo muchas más historias, que se podrían ir desgranando una a una, pero que no caben aquí todas en este texto que pretendía que fuera más bien introductorio.

¿Dónde están estos contornos cuando hablamos de cuidados? ¿Dónde están cuando hablamos de poner límites y de libertades? ¿Dónde están cuando hablamos de violencia? ¿Dónde están cuando hablamos de comunicar o de la necesidad de dejar las relaciones con cuidado o poder huir de ellas para escapar de una relación de maltrato? ¿Dónde están cuando hablamos de referentes? Sé que es un tema que se ha tratado en muchos ámbitos, más bien filosóficos y también políticos, pero a mí me falta que se haga cuando hablamos de relaciones. ¿Y qué más importante que el contexto cuando hablamos de relaciones? De hecho, hablar de relaciones no es solamente hablar de dos o más personas, es hablar de una cosa más compleja. Las personas en sí somos relación, relación con las demás, y relación con todo lo que nos rodea. Y es esto, esta relación con lo que nos rodea, este contexto, de lo que estoy hablando. Hemos hablado ya mucho de querer hacer las cosas “bien”. Ahora a mí, me falta empezar a hablar de qué, cuándo y cómo una cosa está bien.

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ser mujer y autista: imitar, (sobre)vivir y verse a través de la mirada del otro

por wuwei (natàlia)

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Este texto lo escribí y se publicó en El Salto el 4 de noviembre. Podéis ver el original aquí . 

 

 

Aviso de contenido: capacitismo, misautismia, machismo, mención de maltrato

 

 

Las personas femeninas hemos crecido viéndonos y leyendo nuestros cuerpos y emociones a través de la mirada del otro. Una mirada que nos controla y vigila para que no nos salgamos de la posición que se nos ha otorgado socialmente. Mirarse al espejo o sentir rabia pueden ser procesos que se complican y que se mezclan entre el placer y el dolor, la sumisión y el empoderamiento. Además, siempre tenemos que estar atentas para ver qué querrá la gente de nosotras y ser y existir siempre “para los demás”, especialmente para aquellos que han crecido creyendo que tienen más derecho a pisar el suelo que hay bajo sus pies.

En mi proceso de comprender esto, no obstante, sentí más complicación que muchas de mis compañeras feministas. ¿Por qué, en muchas ocasiones, me costaba más deconstruir toda esta mirada? Las intersecciones son importantes. Hace poco he entendido algunas cosas más sobre mí que han complicado bastante estos procesos. El problema no era solamente el género, era también el capacitismo. Buena parte de lo que he podido comprender últimamente de forma más consciente ha sido gracias a mi terapeuta actual, Elisende Coladan, quien a través de su experiencia como mujer autista y cómo terapeuta, ha podido comprender también esta intersección. Ser una persona femenina autista complica más esta relación con nuestro entorno y la mirada hacia nosotras mismas.

Me identifico como autista. No lo digo tampoco con el orgullo de quien se suele poner un pin identitario, pero tampoco con la vergüenza social que esto suele representar. Es un hecho que siento que me atraviesa, y que me ha atravesado incluso cuando no sabía que podría serlo. Poco a poco estoy desgranando muchas cosas. La terapia, como he dicho, también me está ayudando. Uno de los golpes más fuertes fue darme cuenta que crecer como mujer autista implica un proceso, desde pequeña, mucho más grande de adaptación al medio, donde se incluye, por tanto, muchos rasgos impuestos relacionados con la feminidad (una feminidad que a la vez nos es bastante más complicada de conseguir).

Ser autista implica, en muchas ocasiones, tener que enmascararte, un proceso muy violento y a la vez que surge por la necesidad de sobrevivir en un entorno capacitista. Desde siempre recibes el mensaje (directo e indirecto) de que tu forma de expresión no es correcta, que tus emociones tampoco, que la forma que tienes de gestionar estas emociones tampoco. Creces teniendo que aprender constantemente un código neurotípico de relación con las demás: cómo tienes que sentir, cómo tienes que hablar, cómo tienes que gesticular, cómo te tienes que mover, qué significa cada cosa implícita que tú no reconoces, etc. Un código que te cuesta horrores entender porque no es como el tuyo pero que aprendes a imitarlo. Tu código no te está permitido o te hace parecer rara, excéntrica y despreciable para las demás.

El exceso de adaptación nuestra nunca es correspondido por el “otro lado” y por tanto el esfuerzo no está repartido, todo recae sobre nosotras. Muchas terapias para niñas autistas son terapias de reconversión neurotípica, donde se intentan borrar todos los rasgos autistas de las niñas y las obliga a tener que pasar por el listón alista (un concepto que se usa desde el activismo autista para referirse a las personas que no son autistas de forma no estigmatizante). Hay muchas activistas autistas hablando sobre estas terapias en twitter, a parte de otras temáticas relacionadas con el autismo (como por ejemplo, @AsperRevolution, @aprenderaquerer, @uma_noide, @gonyAutie, @NeuroRebel, entre muchas otras que podréis ir descubriendo si seguís a estas).

¿Os podéis imaginar, por un momento, cómo se mezcla esto con lo que ya comentaba anteriormente sobre la demanda social hacia las personas femeninas de ser “para los demás”? Lo diré con simplicidad: es una bomba. Una bomba que estalla en nuestras vidas y nos convierte en personas fácilmente maltratables. Verse a una misma en todo esto implica ver a una persona que muchas veces no sabes quién es porque se ha pasado la vida teniendo que ser otra persona. Implica leer tu cuerpo a través de otros códigos. Implica aprender a odiarlo, a odiar aquello que sientes y a la vez dedicar tu vida a entender cómo quieren las demás que te comportes. Implica estar siempre hiperalerta creyendo que todo lo que pasa es culpa tuya, porque lo que haces siempre está mal. Lo que sientes no vale, lo que quieres no vale, lo que eres no vale. Y muchas veces lo acabas odiando. Tienes que convertirte en otra cosa, tienes que imitar a las demás, y además, saber constantemente cómo quieren y necesitan que tú seas.

Darme cuenta de esto ha sido un choque muy fuerte que me ha afectado. Y a la vez me ha liberado. Son dos emociones que se mezclan dentro de mí cada día desde entonces y que poco a poco estoy calmando. Exponerme así explicando esto, aunque sienta de alguna manera necesario por muchos motivos, no es fácil. Me siento vulnerable, y a la vez emocionada por el proceso de empoderamiento que seguidamente viene con todo esto. A la vez también pienso mucho en todas las niñas autistas, como de otras discapacidades también, y siento dolor por todo lo que tienen que pasar y vivir. Especialmente cuando, además, el machismo las chafa mucho más. Solamente les deseo estar rodeadas de adultas que las acompañen y que no intenten reconvertirlas jamás.

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no, las bisexuales no estamos mucho más oprimidas que las lesbianas

por wuwei (natàlia)

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Aviso de contenido: monosexismo, heterosexismo, bifobia, lesbofobia, machismo, competitividad, jerarquías

 

 

Estamos viviendo una época dentro de muchos activismos que parece más bien una lucha para ver quien está más oprimida. Nos repartimos carnets con puntos, donde se suman y se restan puntos según cada estructura de forma totalmente simplista y poco contextual. Entiendo que muchas veces haya personas un poco hartas sobre estas temáticas e, incluso, escépticas sobre el propio concepto de las estructuras de poder. Las estructuras son complejas, los privilegios y las opresiones también, y no se pueden ver como una colección de suma de puntos como muchas veces se presentan. Es muy probable, por ejemplo, que aunque a mí me afectan el machismo, el heterosexismo, el monosexismo y el capacitismo, pueda tener una vida más fácil que una persona que solamente es atravesada por el racismo en el mismo contexto que el mío. No estoy diciendo que tenga que ser siempre así, es, como ya he dicho, complejo, y el clasismo también juega un papel importante aquí.

Hace unos años una persona argentina que estaba dando una charla sobre gordofobia, después de explicar cómo esta estructura le afectaba, añadió que aunque le afectaba mucho, dependiendo del contexto había otras estructuras que podrían afectar más, o hacer que la gordofobia no afectara tanto en comparación. Por ejemplo, cuando te para la policía en un aeropuerto y no eres europea hay estructuras que serán más importantes o tendrán más relevancia en aquel contexto. En cambio cuando, por otro lado, vas al médico es probable que la gordofobia, juntamente con el hecho de ser una mujer, sea lo más relevante.

Sabemos que cuando no se tiene en cuenta la existencia del monosexismo, a las personas plurisexuales se nos borra parte de la opresión que vivimos. Normalmente, cuando esto pasa, se considera que solamente vivimos heterosexismo, homofobia, con “mitad intensidad” o “mitad frecuencia”, o sea, que solamente nos vemos afectadas cuando tenemos relaciones con personas del mismo género. Y es cierto que el heterosexismo nos afecta, y nos afecta especialmente cuando esto pasa. No obstante, existe otra estructura, el monosexismo, que nos atraviesa específicamente por el hecho de sentirnos atraídas por más de un género, que no se suele tener en cuenta. No tener en cuenta esto es no tener en cuenta la alta vulnerabilidad que padecemos las mujeres plurisexuales a la violencia sexual (que también padecen lesbianas, pero que en las plurisexuales se suele disparar más), o bien no tener en cuenta como se nos borra y nos estereotipa en todo contexto monosexual.

Pero en el proceso de aceptación de la existencia del monosexismo en las comunidades plurisexuales se ha generado una tendencia a repetir que las mujeres bisexuales estamos, en general, mucho más oprimidas que las lesbianas. Esto es la simple consecuencia de ver, como he comentado, las estructuras de poder como una suma y colección de puntos. Si eres una mujer plurisexual, te ves atravesada por el machismo, el monosexismo, y también el heterosexismo. Por tanto, según esta lógica, nos vemos afectadas por una estructura más (el monosexismo) que las lesbianas, y, en consecuencia, estamos mucho más oprimidas.

Ver las estructuras de esta manera y llegar a conclusiones como esta me parece, no solamente peligroso, sino también una forma de banalizar y simplificar la violencia estructural. Es obvio que el monosexismo nos afecta a personas plurisexuales, y que por esta estructura las personas monosexuales tienen un privilegio. Pero este privilegio y esta opresión no se viven ni se expresan igual siempre. Una mujer que, por ejemplo, sea bisexual y esté teniendo una relación monógama con un hombre, el heterosexismo que padecerá será mucho menor que el que padezca una lesbiana. Es más, es probable que, en algunos casos, no siempre, también el monosexismo que padezca no sea tan alto como el de una mujer bisexual no monógama y que mantenga diferentes relaciones con personas de diferentes géneros, o incluso con solamente mujeres. El contexto, como llevo comentando desde el principio, siempre es importante.

Creo que es importante que comencemos a contextualizar las estructuras, sin el miedo a perder por el camino la politización de nuestros activismos y nuestras luchas. El contexto también es político, tanto como las estructuras, porque las estructuras son contexto. Nuestro contexto. Ni las bisexuales estamos, en general, más oprimidas que las lesbianas, ni tiene porque ser al revés. Habrá casos, habrá contextos, y habrá más estructuras que, posiblemente, puedan llegar a afectar mucho más que todas estas, o que su intersección sea mucho más compleja. No hemos venido aquí a pelearnos, a sumar o a restar puntos, ni a jugar al bingo. O al menos, yo no he venido a esto. Nuestra lucha tiene mucho en común. Pero para poder compartirla, antes tenemos que empezar a dejar ciertos tipos de competitividades a banda, sin tampoco olvidarnos de que la bifobia y la lesbofobia, obviamente, existen.

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vender intenciones y motivaciones: el mercado de los discursos y las atenciones

por wuwei (natàlia)

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aviso de contenido: apropiación, consumo, instrumentalización

Se llenan charlas, debates, comentarios, artículos, y actividades de todo tipo. Tenemos, las que hemos tenido el privilegio de vivir en una ciudad llena de estas cosas y de unos movimientos sociales suficientemente importantes, un abanico muy grande de ofertas de todas las temáticas y de todos los colores. Algunas temáticas incluso se han convertido en un negocio, y moverse entra la supervivencia cuando vives la opresión y el peligro de caer en la voluntad y deseo de sacar provecho (económico o social) es un proceso complicado.

Tradicionalmente el provecho siempre se ha sacado por parte de las personas con privilegios a costa de las opresiones de les otres, explotándoles a muchos niveles. No obstante, ahora las cosas parecen complicarse bastante, aunque está claro que quien puede sacar más provecho serán las que tengan más privilegios, no tienen por qué ser directamente los privilegios desde los cuales normalmente se sacaba provecho anteriormente (las heterosexuales sobre las no heterosexuales, los hombres sobre las mujeres, las cis sobre las trans, las blancas sobre las no blancas, etc), sino más bien se suman otras, como las capacidades comunicativas, carismáticas y sociales. Es más fácil, por ejemplo, sacar provecho hablando sobre feminismos si eres una mujer con unas capacidades comunicativas más elevadas, tienes carisma y no tienes ansiedad social, y si acumulas muchos de los otros privilegios (eres blanca, cis, etc). Algunas, teniendo estos privilegios, pueden apropiarse fácilmente de discursos que se generan de forma colectiva y las redes son un buen lugar para observar y apropiar. Entiendo que algunas personas hayan querido sensibilizar sus profesiones (cómo algunas terapeutas), pero el otro lado de la balanza es que algunas de estas temáticas también se han profesionalizado. Así como, por tanto, nuestras opresiones.

El problema es que en un ambiente de este tipo es muy fácil caer en una especie de mercado de los discursos y de las atenciones. Donde hay mucha atención y mucha gente, hay público y hay mercado. La producción de discursos y de su consumo, muchas veces acrítico y con una tendencia importante al divineo según las necesidades de cada une, va mucho más allá de las altas esferas de los espacios alternativos: a veces es simplemente llenar con comentarios absurdos asambleas, o llevar a cabo acciones para auto-centrarnos en lo que podemos obtener y cómo nos coloca todo esto en una escala más elevada de un cierto guayismo, que se aparta de la motivación original que supuestamente estamos “vendiendo”. Es precisamente esto: se venden, literalmente, intenciones, discursos y motivaciones. Pero esto es como cuando compras cualquier producto: muchas veces lo que se compra acaba siendo humo, un vacío, solamente palabras que quedan muy bien, o básicamente mentiras. He visto, literalmente, seguir consumiendo cosas que sabemos conscientemente que son mentiras, y parece que nos de igual, solamente porque si no lo hacemos tampoco podremos formar parte de los grupos más privilegiados dentro de los espacios alternativos.

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mi bisexualidad es un desfase

por wuwei (natàlia)

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Este texto lo escribí y se publicó en El Salto el 21 de octubre. Podéis ver el original aquí . 

Aviso de contenido: monosexismo, estereotipos, machismo, heterosexismo

Mi cuerpo, mi mente, y todo mi sentir, llevan desde que nací cambiando, mudando. No quiero imponer qué es más natural y qué no. Todo lo que pueda ocurrir y ocurra, es natural. Las cosas “buenas” y las “malas”. Lo que está bien o no está bien no tiene nada que ver con lo que sea más o menos natural, tiene que ver con la ideología de cada cual. Mucha gente cree que los cambios tienen más tendencia a producirse, y a ser más “naturales”, cuando eres pequeña, y que cuando nos hacemos mayores tendemos a ser más rígidas, menos cambiantes.

Esta no ha sido mi experiencia. Yo siempre he sido consciente de mis cambios, y gracias a ellos he sobrevivido y he podido salir de momentos complicados de mi vida. La vida para mí es cambio. Siempre me he sentido yo misma como una especie de proceso. No hace falta que nadie me diga que me estoy poniendo filosófica, yo ya sé que me pongo así muy a menudo, puede que sea una de las pocas cosas que no han cambiado en mí desde que tengo consciencia, y desde que con cinco años mi gran preocupación era comprender si todo lo que veía y sentía era real o no y qué era el “yo” y esa voz que retumbaba en mi cabeza. Pero con todo esto tampoco quiero dar la impresión de que soy un ser que sabe mucho o que se conoce mucho y sabe bien lo que quiere o siente. Al contrario. Simplemente soy una rallada de la vida, sin más. Cada una tenemos lo nuestro.

Yo salí del armario como bisexual de forma muy confusa. De hecho, salí del armario con una amiga y conmigo misma a la vez. Le dije a mi amiga “oye, quiero decirte una cosa”, y ella me contestó “¿el qué?”. En ese momento no sabía ni lo que le iba a decir. “Que soy bisexual”, le dije. Y mientras lo dije la sorprendida fui yo. Seguramente más que ella. No hubo un razonamiento anterior, ni una crisis existencial, ni una duda mientras veía el mundo pasar. Nada, salió, así. Pero a partir de ese momento sí empecé a rayarme, como siempre, intentando entenderme un poco. También empezó una época muy complicada en mi vida, porque es lo que tiene la adolescencia, y más siendo una persona femenina, bisexual y autista. Pero hasta entonces mi vida había sido supuestamente heterosexual. O no. No lo fue. Me di cuenta en ese momento, rebuscando en mi pasado, que yo cuando era preadolescente era más lesbiana que otra cosa.

Sí, de eso me di cuenta en ese momento. O sea, cuando empecé a fijarme en personas de una forma más consciente, lo hacía básicamente con chicos. Y me atraían. Pero antes de empezar a experimentarme sexualmente, mi atracción era hacia chicas solamente. Y permitidme que sea así de binaria, no tenía más opciones en ese momento. Yo no tenía ni idea de que lo que sentía era atracción, o excitación. Obviamente aquí estaban el machismo y el heterosexismo bailándole a mi vida. Pero no solamente esto, también estaba el problema de ser autista, y muchos sentires míos me fueron vetados desde pequeña, algo que ha hecho que a lo largo de mi vida haya tenido que enmascarar demasiadas cosas de mí e imitar todo lo que me rodeaba, más que una persona neurotípica.

No quiero que eso se lea como que mi orientación “verdadera” y “natural” es la lésbica y que después con toda la presión social me volví más heterosexual y/o me quedé en medio. No es eso. Tampoco quiero que se lea que pasé una fase sin importancia. Las fases existen, son importantes, tanto como lo que interpretamos como “no-fases”. A mí me gustan y son partes importantes de mi vida. Pero vaya, tampoco nos pensemos, porque mi bisexualidad en ese momento terminó por ser una fase también. La violencia a la que estuve sometida los dos siguientes años hizo que me cerrara en una relación monógama con un hombre. Creía que así estaba más segura. Al menos eso es lo que sentía. Y allí se acabó. Temporalmente, claro.

Muchas activistas bisexuales se obsesionan en decir que si tienes una relación monógama con una persona de un género concreto esto no te convierte en monosexual, o sea en heterosexual o en lesbiana, que sigues siendo bisexual, sin matices, sin contextos. Yo era una de estas personas que no paraban de repetirlo. Pero creo que depende de cada una, qué queréis que os diga. O sea, lo que creo es que no tiene por qué, y tampoco tenemos que obligar a la gente a que sí siga siéndolo. Las personas cambiamos y nuestras experiencias también. También las estructuras que nos atraviesan. Las experiencias y los contextos son distintos para cada una. Habrá que sientan que sí, habrá que sientan que no, y habrá que no lo saben o que sientan que tal vez.

Para mí esta retórica tiene una fuerte base monógama, con todo el rollo de que la bisexualidad solo parece poderse demostrar fuera de la monogamia, parece que a todas nos asuste tanto esta idea que queremos aferrarnos a esa identidad fija de nuestro ser. En mi caso, durante esos once años de relación monógama con un hombre pasé por varias fases: en algunas de esas fases seguía sintiéndome atraída por mujeres, pero tampoco me importaba y no lo expresaba, y tampoco sentía ser bisexual, así que el monosexismo no me afectaba; en algunas otras fases sí que me afectaba y sí sentía necesidad de expresar cierto sentir; y en otras fases simplemente me sentía heterosexual. Es así. Y estoy segura de que no he sido la única.

Pero esas múltiples fases pasaron también. Dejé esa relación. Y mi atracción, o al menos como yo la percibo, se complicó. Los ejes de mi atracción no son el género. Pero para no hacerlo simple, que sería demasiado fácil, tampoco quiero decir que el género no cuenta para nada en mi atracción. Digamos que no filtro totalmente ningún género, y me puedo llegar a sentir atraída por una persona de cualquier género. Pero sí que es verdad que hay géneros que filtro más que otros. Eso no empezó siendo así hace casi diez años cuando dejé esa relación. En realidad, no filtraba nada en el género. Pero hay ciertas cosas que fui aprendiendo, y ciertas experiencias que también cambiaron mis atracciones. Me volví selectiva con algunas cosas, y mi propio cuerpo también. De hecho, una de mis fases fue la asexualidad. Durante dos años dejé de sentir atracción. Y creo que fue una bendición, realmente necesitaba eso. Necesitaba dejar de sentir ciertas cosas para curarme de muchas otras. Ahora soy alosexual. Y bisexual. Actualmente, mis ejes de atracción son más complejos que el género, y se dibujan y desdibujan a través también de posiciones políticas, activistas e ideológicas. No es solamente mi mente quien decide esto, es también todo mi cuerpo. Y me gusta ser así.

Me flipa mucho cuando hay gente que afirma con total rotundidad que la bisexualidad no es una fase. O que cualquier otra des/orientación tampoco lo es. Parece como que necesitamos ponerle énfasis a eso, ya que las fases y los cambios en nuestro contexto social no valen nada. Pero es irónico, este contexto social y estructural no nos permite cambiar según nuestras necesidades y contextos, es algo prohibido, quiere fijarnos en algunas de las cajas para jerarquizarnos, estigmatizarnos, colocarnos en algún lugar, sea el de productiva, sea el de “ser despreciable”.

Pero a la vez nos obliga a un constante fluir cambiante que nos inestabiliza, especialmente en lo económico y relacional. Una especie de fluir que es más bien un arrastre estructural que nunca sabes dónde te llevará.Y a las más vulnerables suele arrastrarlas a los lugares más precarios. Es verdad que hay un discurso en pro de las fases y de los fluires que es bastante liberal, que borra totalmente las estructuras que nos afectan y que simplemente se suman a una confusión apolítica intencionada. Pero lo contrario no tendría que pasar por negar nuestros cambios. Delante de todo esto prefiero pensar en otras vías. Vuestra bisexualidad podrá no ser una fase, pero la mía lleva siendo un gran desfase desde el primer día.

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la violencia de la comunicación no violenta (II)

por wuwei (natàlia)

en català aquí.

Este texto es el segundo y último texto alrededor de los puntos problemáticos de la comunicación no violenta. El primero lo podéis leer aquí.

Aviso de contenido: CNV, capacitismo, neurocapacitismo, positivismo, racismo, individualismo

Hace un tiempo escribí un texto donde hablaba sobre los puntos problemáticos de la comunicación no violenta (CNV), que lo podéis leer aquí. Me ahorraré la introducción sobre este tipo de comunicación, ya que ya lo hice en ese texto. Este nuevo lo escribo como continuación para poder añadir algunos puntos más de la CNV que me parecen problemáticos y que no pude tocar en el otro texto por la limitación de caracteres que tenía debido a que se publicó en un medio.

Uno de los problemas que a menudo se pasan por alto de la CNV es la voluntad de universalizarla, privilegiándola y colocando las demás opciones en una posición estructuralmente inferior. La CNV se autoproclama (o el señor que la creó la llama y la proclama) la forma “natural” de comunicarse y conectar entre las personas; según el creador de este tipo de comunicación, las demás formas de comunicarse no son “naturales” y son violentas. Como alternativa, los seguidores de la CNV que no la llaman la forma “natural” de comunicarse, la llaman la “herramienta neutra”, que acaba teniendo el mismo efecto. De esta manera borra totalmente la vertiente cultural, no solamente de la comunicación y de los diferentes estilos de comunicación, sino también de lo que se considera y se vive como violento, que puede ser diferente según el contexto y la cultura. Esta táctica de decir qué es más natural lo que pretende es darle una situación de privilegio, universalizándola: un proceso que coloca la mirada occidental y blanca en el centro y obvia que otras culturas y paradigmas pueden construir formas diferentes de comunicación y de “no-violencia”.

Por otro lado, esta misma visión pretende también universalizar unas capacidades comunicativas concretas, haciendo que se acaben considerando más “naturales”, imponiéndolas y discapacitando a todas aquellas que no tenemos la misma facilidad para comunicarnos de la manera que la CNV estipula como “natural”. Es más, aquellas que tengamos capacidades y necesidades comunicativas diferentes, se nos coloca en la posición de “no-naturales” y “violentas”, como es a las personas neurodivergentes o con otras discapacidades. Esto no sólo lo hace la CNV, ya existe la idea, a través del capacitismo, de que las personas con necesidades comunicativas diferentes no somos aptas para tener relaciones “sanas” y se nos cataloga normalmente como personas “no aptas” y muchas veces “violentas”. La CNV sólo reproduce la misma idea e, incluso, acabar de asentarla.

Siguiendo con el paradigma de la “naturalidad”, la CNV cree que el “dar de forma natural” haría que todas las necesidades quedaran cubiertas. Según ésta, todas las necesidades quedan cubiertas cuando no obligas nada a nadie y solamente se hacen las cosas que cada una desea hacer de forma “natural”. Es como aquello del “fluir”. Se supone, por tanto, que todas las tareas siempre quedarán cubiertas porque siempre habrá personas que las quieran hacer, algo que es fácil de sentir y naturalizar cuando ha habido tareas que siempre te las han hecho las demás y ni siquiera hace falta tenerlo que apreciar (como por ejemplo cuando eres un hombre y ciertas tareas del hogar o de cuidados hacia uno siempre te han estado cubiertas con más facilidad).  Obvia la construcción social de la “naturalidad” en la voluntad de realizar ciertas tareas, las desigualdades sociales, y obvia que si cada une solamente hace las tareas que “naturalmente” quiere hacer es posible que haya tareas que nadie querrá hacer y que se tendrá que encontrar una solución compartida/colectiva a cómo hacerlas. Normalmente de este tipo de tareas se encargan de forma sistemática personas de colectivos minorizados y/o explotados, a las que se las ha colocado en una posición para que parezca que “naturalmente” escogen hacer estas tareas. Por este motivo la CNV deja fuera la responsabilidad compartida y colectiva. La CNV se basa en un paradigma totalmente individualista.

Finalmente, apartándonos un poco de la “naturalidad” y adentrándonos en las técnicas de dominación, la CNV puede usarse muy fácilmente para manipular las emociones de la otra persona. La problemática añadida de considerarla, además, una “herramienta neutra” lo que hace es borrar toda influencia y utilización que se le pueda hacer a través de las estructuras de poder o del ejercicio de poder. Nada escapa de las ideologías, y todo lo que se considera “neutro” tiene la tendencia a borrar y esconder esta influencia, para, otra vez, universalizarla. La CNV dice que no tienes que responsabilizar a la otra persona de lo que sientes y te pasa cuando lo expresas. Esto ya lo comenté en el anterior texto. Según la CNV para comunicar tu sentir, lo tienes que hacer de manera que no responsabilices a la otra, solamente tú eres la responsable. No obstante, no responsabilizar a la otra persona de forma explícita no significa que no le hagas sentir esta responsabilidad o no la hagas sentir culpable, especialmente cuando se tienen ciertos privilegios respecto la persona a quien se lo dices. Es una táctica muy fácilmente utilizada para acabar haciendo sentir culpable a la otra persona sin haberlo hecho explícito y, por tanto, sin ser tú la persona responsable de su sentimiento de culpa. Puedes expresarle cómo te sientes y, sin responsabilizarla a ella, que ella misma se sienta responsable. De esta manera muchas veces se puede conseguir que la otra persona haga o sienta lo que tú quieres sin habérselo pedido. Esto es, por tanto, una técnica de dominación, y la he visto usar muchas veces. Yo misma la he usado para defenderme de técnicas de dominación que otra persona estaba ejerciendo sobre mí.

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que la rabia y la frustración me sirvan de algo: de mudanza emocional

por wuwei (natàlia)

en català aquí.

 

 

Escribo esto saltándome varias de las costumbres que suelo tener al escribir aquí. La primera es que no voy a revisar el texto. La segunda es que va a ser mucho más emocional que racional, no quiero pasar esto que voy a vomitar a través de ningún análisis, aunque al final algo de análisis siempre hay. La tercera es que voy a colgarlo sin pensar mucho cuando ni el contexto en el que lo hago. Tengo bastantes cosas escritas que me da pereza colgar. Voy a colgarlas, porque tampoco es que no me gusten, sino que me siento muy banal, sin tan siquiera saber qué quiero decir esto. Seguramente habrá por aquí algún cambio de rumbo cuando termine de colgar todo lo que tengo. Ya se verá.

El otro día leía como alguien se quejaba de la falta de cuidados a través de la suposición de que quien no se vulnerabiliza en las relaciones, o quien huye de ciertas situaciones, es por una falta de compromiso o bien porque le va mucho lo de fluir por la vida dejando atrás cualquier consideración hacia les demás. Podría ser cierto, pero igualmente me dolió. El miedo a vulnerabilizarse y a abrazar las vulnerabilidades de otres no siempre corresponde a formar parte de lo más alto de las jerarquías dentro de un sistema de consumo de relaciones. A veces es al revés, las que están debajo también les atraviesa el miedo a la vulnerabilidad, por razones precisamente contrarias: el trauma lleva al miedo al rechazo, el miedo a que te traten mal, el miedo a que pisen (como otras veces te ha pasado) tus vulnerabilidades. Desnudarse no es fácil. Haber sido consumida te convierte a veces en alguien que huye de cualquier posibilidad de que te vuelva a ocurrir. También están aquelles que han sido infinitamente rechazades y que eso les ha vulnerabilizado aún más. No quiero aquí hablar más de masculinidad. Estoy hablando de otras cosas, siempre olvidadas. Hace meses que me pregunto qué han supuesto para mí las drogas en muchos momentos de mi vida, y por algún motivo la alienación cuando algo te duele puede ser más que necesaria. No siempre estamos preparadas para soportarlo todo, algunas veces simplemente no podemos.

Siento rabia hacia cómo funcionan muchos aspectos relacionales, también en ambientes súper alternativos. Cómo se ridiculizan fácilmente situaciones suponiendo que se está siempre ridiculizando el privilegio, y no siempre es así. Medimos a las personas, las medimos según su capacidad carismática, su capacidad deconstructiva, su capacidad de supuestamente complacer, haciendo un supuesto llamamiento a los cuidados. No tiene nada de cuidado medir a la gente. Con esto no quiero decir que no tengamos que trabajarnos cosas, no es eso. A mí me atraen ciertas ideologías y la voluntad. Pero hemos hecho de esto un ejercicio de capacidad, de medida absoluta, y de consecuente ridiculización de lo que no atraviese estas expectativas. Medimos a la gente. Como cuando nos median en el colegio a través del bullying, a través también de una ridiculización, de una invisibilización, de una violencia sistemática capacitista (y no capacitista también).

Se nos llenan los espacios de bullying y egos, peña.

Siento rabia por la lucha de egos que realmente a veces no sé cómo puede pararse si nos autoproclamamos críticas y anti-jerarquías. Los egos están allí. A veces no hace falta tan siquiera hacer un zoom o apartarse para verlo. Están allí. Y esto genera una gran bola de deseos de subirse a más carros. O simplemente una necesidad de supervivencia que acaba generando más egos ya solamente para que no te pisen. ¿Hay alguna forma de destruir estos carros? De verdad lo pregunto. Es una pregunta jodidamente sincera. Podemos hacer mucha autocrítica, y dejar de hacer ciertas cosas, ignorar también lo que vemos y sentimos acerca de lo que hacemos. ¿Pero hay alguna forma de destruir todo esto?

No sé si es cierta distancia por el hecho de vivir más lejos, o no sé si es cierta pesadez cada vez que me acerco y observo. No quiero dejarlo todo y abandonar una parte de lo que siento importante. Pero hay ambientes que me saturan. Porque muy guay tanta deconstrucción, pero después no hay quien se ponga a hablar ni a tratar lo que realmente está por debajo. Cómo si por el hecho de estar oprimidas haga que no haya nada ni nadie por debajo. Sólo nos miramos el ombligo y nuestros discursos, a veces vacíos porque solamente se materializan en ambientes muy concretos y de formas clasistas y de jodida exclusión. Instrumentalizamos la pobreza, la precariedad. Creemos siempre que somos las más precarias porque casi nunca nos paramos a mirar hacia abajo. No queremos mirar hacia abajo porque eso nos pondría en una situación de privilegio que no queremos aceptar. Que al final en todos los activismos se repite siempre la metáfora de repetirnos eso de que la clase media no existe (podemos usar este concepto en cualquier estructura, no solamente la económica) porque no queremos vernos como más privilegiadas que otras. Y ya sé que no existe. Pero algo hay que nos sustenta más que a otras, y hay quienes están más jodides que nosotres. O, podríamos decir, que todo es mucho más complejo de lo que vomitamos.

Pero más allá de esto, también está el no querer ver lo mucho que hacen algunas personas. Nos creemos muy guays porque sumamos cuantas mierdas nos atraviesan, pensando que esto nos hace más importantes. Pero invisibilizamos muchos curros dentro de nuestros ambientes que son jodidamente invisibles porque no los reconocemos como importantes. No. Es más importante quien coge un micro o quien escribe que quien mueve su maldito culo y pone su cuerpo, o su responsabilidad a través de lo más emocional. No estoy diciendo que todes les que cojan un micro o escriban no pongan su cuerpo en nada. Lo que quiero decir es que hemos creado una jerarquía de tareas que solo ensalza y solo reconoce unas tareas, y no le otorga tanta importancia a quien materializa el discurso, quienes hacen tareas que nadie quiere hacer o a quienes hacen jodidamente algo. Esto a veces roza la explotación y de cómo ese curro que hacen muchas es usado por quienes ensalzan su ego. Hablamos mucho de la invisibilización de los cuidados, pero  creo que se invisibilizan muchísimas cosas más.

Cuando hablo de curros, no obstante, tampoco quiero caer en el capacitismo. Ya sé que no todas podemos hacer las mismas cosas. Ni en el clasismo, no todes tenemos acceso a lo  mismo. No critico quien no lo pone de la forma que se supone o se puede esperar que ponga. Critico a quienes se aprovechan del curro de otras. Eso mismo es lo que me duele. O a quienes no quieren verlo. O a quienes se creen que una cara agradable y un discurso potente son más importantes que todo lo demás. Critico a quienes no quieren verlo o lo esconden. Critico la jerarquía de los egos. El reconocimiento siempre acaba siendo vertical. Por muy anti-jerarquías que nos mostremos.

Estoy de mudanza, gente. Y qué jodido gusto da esto. Aunque duela. Es lo que hay.

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