exclusión y monogamia: mi proceso de empoderamiento

por wuwei (natàlia)

en català aquí.

 

[imagen: una chapa roja con el símbolo de la anarquía relacional en blanco enganchada en un tejido negro. El símbolo de la anarquía relacional es una A dibujada dentro de un corazón]

 

Este texto lo escribí y se publicó en El Salto el 5 de Octubre. Podéis ver el original aquí . 

 

Aviso de contenido: exclusión, estructuras de poder, neurocapacitismo (e insinuación de otras estructuras como gordofobia, cisexismo, racismo, etc), pensamiento monógamo, miedo, consumo relacional, maltrato, mención de ansiedad social y depresión

 

Yo no nací monógama ni anarquista relacional. Yo crecí, como todes, en un entorno social determinado y lleno de estructuras de poder: machismo, heterosexismo, monosexismo, monogamia, racismo, entre otras. A mí me enseñaron desde pequeña que hay una forma correcta de relacionarse con cada persona según unas cajas determinadas: las amigas, la pareja, la familia de origen, la familia política, las compañeras de trabajo, las compañeras de clase, etc. También que hay diferencias en el trato según el género de la otra persona u otros factores como la clase social, las capacidades o el color de su piel o el país de proveniencia.

Aprendí que lo que era normal era tener una pareja y, en mi caso, que esta tenía que ser un hombre. También me enseñaron que la pareja era el tipo de relación a través de la cual existe el compromiso, siempre acompañado de un tipo de sacrificio jerárquico. Me enseñaron que las amistades están bien y son “útiles” (sobre todo cuando no tienes pareja o necesitas un apoyo emocional debido a algún problema de pareja), pero que la pareja siempre tiene prioridad. También me enseñaron que los cuidados, el afecto (tanto físico como emocional) y el sexo siempre tenían que ir juntos a través de esta figura y que, sin pareja, solamente podría obtener relaciones de consumo, tanto sexual como emocional, totalmente aceptadas como castigo por no pasar a través de la pareja.

Me enseñaron que, para poder acceder a tener pareja (y por tanto acceder a tener todas estas necesidades cubiertas) tenía que competir con las guapas, las carismáticas o las atractivas al ojo normalizado del que mira y escoge. También aprendí que había personas más feas, gordas, con cuerpos menos normativos, raras y desviadas (no heterosexuales, trans, racializadas, etc), y que estas acostumbraban a recibir cierto tipo de violencias: muchas hemos pasado infiernos en la escuela o en el instituto que han seguido reproduciéndose fuera de estos entornos. También aprendí que todas estas eran las excluidas, no solamente a poder tener amigas, sino también, y sobre todo, a acceder al privilegio de tener una pareja.

Crecí con un miedo muy grande al rechazo y a ser excluida. Por mi experiencia, perder mi posición a ser reconocida como “existente” (y ya no digamos a sentirme apreciada, afectada, querida o deseada) era muy fácil. En mi caso era por mis supuestas “rarezas”. Ahora entiendo más de dónde venía eso: mi cabeza es diferente a lo que se ha estipulado como “normal” y esto implica cosas muy variadas, como movimientos leídos como “extraños”, reacciones emocionales diferentes, lentitud para ciertas cosas, rapidez y estrés para otras, dificultad para comunicarme de una forma tipificada, diferencias sensoriales, etc. Soy neurodivergente, cosa que me hacía ser un blanco fácil tanto de insultos o ataques, ser ignorada o rechazada. Sumada a la exclusión, mi funcionamiento también me dificultaba cierto tipo de interacciones, ya que la ansiedad social o las fases depresivas hacían que me costara más acercarme a la gente.

Con todo este miedo, empecé a caminar por el mundo de las relaciones. El miedo, la exclusión, y ciertas violencias que recibí me hicieron creer que el mejor camino era la monogamia heterosexual cuando “conseguí” tener una relación de pareja: me daba seguridad. Tener la “suerte” de encontrar a alguien que no me rechazara. Me cogí muy fuertemente a eso y viví once años en una relación monógama con un hombre. También empecé a esconder y a no hablar nunca de mi orientación sexual y afectiva (bisexual), ya que, cuando la había mostrado o había mostrado algún indicio de promiscuidad, debido a mi género había padecido violencias de las que necesitaba huir y protegerme (violencias relacionadas tanto con el género como con el consumo relacional fuera de la pareja). No sentía el empoderamiento como una opción.

Aún la seguridad que eso parecía darme, la relación no era segura: era de poder, desigual y de propiedad (giraba alrededor de él, y de sus deseos y necesidades). Tardé en aceptar que eso no era bueno para mí por todos aquellos miedos que arrastraba: a quedarme sola, al vacío que siempre había encontrado fuera de esa relación, especialmente por el proceso de exclusión; al rechazo, que siempre me ha dolido más que la soledad en sí misma (a la que me he acostumbrado en muchas épocas de mi vida). El apego se complica mucho cuando eres una persona a quien las relaciones se le hacen más complejas debido a la exclusión, a los desvíos respecto a la norma, tanto por ser neurodivergentes, como por ser gordas, feas, con diversidad funcional, o por muchos otros motivos y estructuras. Finalmente conseguí hacer el paso de dejar aquella relación, con mucha sensación de vértigo.

Decidí aprovechar la situación para pensar cómo quería construir mis relaciones. Entonces, cuando pensaba en relaciones, tenía la tendencia a pensar en relaciones de pareja, como me habían enseñado desde pequeña. Más adelante mi preocupación se extendería al resto de relaciones cuando, estando otra vez expuesta al consumo y la exclusión, ya no teniendo el privilegio de la seguridad de tener una pareja, padecí y viví de una manera muy contundente lo que hace el pensamiento monógamo a todas aquellas que no somos reconocidas ni tenemos pareja.

Los siguientes fueron años de volver a revivir rechazos y, cuando parecían no ser rechazos, el consumo y el maltrato emocional desde la posición de la amistad. La monogamia es muy competitiva, solamente una sola persona puede llevarse el reconocimiento por parte de otra. Reconocimiento y una serie de factores que ya he comentado, como cuidados o afecto. Ser excluida no implica solamente que no se te reconozca sino que, además, tampoco se reconozca lo que se consume, los maltratos, la violencia emocional, la falta de cuidados y muchas otras cosas.

Desde esa sensación de exclusión y de estar fuera de este “mercado” de las relaciones, siguiendo teniendo el miedo a caer en una relación posesiva y viviendo maltrato y consumo fuera de una relación monógama, me di cuenta de que necesitaba, no solamente “descubrir” cuál era la forma que quería para mis relaciones, sino ir más allá: necesitaba politizarlo. Fue en ese momento cuando todo mi interés fue debatir, informarme, reflexionar, formas relacionales que pudieran luchar contra toda eso violencia. Entonces fue cuando empecé a repetirme (sin saber muy bien qué quería decir) “quiero que mis relaciones sean políticamente conscientes”.

En todo ese proceso intenté pensarme a través del poliamor (porque era la alternativa que tenía más a mano, la más conocida). Creí que, a lo mejor, la solución podría ser solamente romper con la exclusividad de la pareja. Pero la sensación de exclusión seguía y lo único que sentía era la reproducción multiplicada de lo que ya había vivido en la monogamia. Si estás excluida dentro del “mercado” de las relaciones, es igual el número de parejas que estés “dispuesta” a tener, seguirás fuera; o, mejor dicho, aun más fuera, mientas observar como un conjunto de personas con un elevado capital social, sexual y de cuidados se lo van montando entre ellas. Seguía sintiendo que no encajaba y, sobre todo, seguía sin encontrar una alternativa que rompiera con los sistemas de opresión.

Fue entonces cuando mi atención se dirigió a entender las relaciones de forma general (más allá de la pareja). Me asusté al hacerme consciente de cómo vemos y vivimos las relaciones, y el poco valor que suelen tener las relaciones que no son de pareja.

Fue en ese momento cuando comprendí el concepto de red afectiva, no tanto como solamente un conjunto de personas con diferentes tipos de vínculos que te dan un apoyo afectivo, sino como una red sensible, de solidaridad, en la que se tienen en cuenta estructuras, violencias, que presta apoyo económico, emocional, intelectual y de muchos tipos. Tener en cuenta las estructuras tiene que implicar romper con los discursos poco inclusivos para incluir a todas aquellas que el capitalismo relacional excluye. Por tanto, tiene que implicar cuestionarse el deseo, por qué unas atraen (tanto emocionalmente, intelectualmente, estéticamente o sexualmente) y otras no, por qué damos más atenciones a unas y a otras menos, qué construcciones sociales hay detrás, y deconstruirlas.

Desde ese punto empecé a construir una filosofía relacional que me hizo, poco a poco, identificarme con la anarquía relacional (otro tipo de no-monogamia) y a valorar las relaciones de otra forma. No estoy diciendo que todas las que se identifiquen con la anarquía relacional la vivan exactamente de la misma manera, al igual que pueden haber personas que se identifiquen con el poliamor y tengan experiencias diferentes a la mía al respecto y filosofías relacionales parecidas, pero sentí que era lo que más encajaba. Empecé a verlo como una alternativa a la pareja y la familia nuclear más sensible a mi filosofía en muchos aspectos.

El problema de vivir filosofías relacionales de este tipo es encontrar con quien poderte vincular, ya que, para que no me arrastrara otra vez a dinámicas vividas pasadas, necesitaba relacionarme con personas que trabajasen las relaciones de forma parecida. Gracias al activismo plurisexual crítico (y al privilegio de vivir en un ambiente urbano) encontré a unas pocas personas con las que podía construir vínculos, personas con las que podía hablar sobre relaciones, debatir y tratar todos estos temas que he comentado. No obstante, no me fue nada fácil, ya que empecé a buscar este tipo de vínculos hundida y sin tener ninguna relación de referencia. Poco a poco, y siguiendo muy vinculada a ciertos tipos de activismos (con otras anarquistas relacionales y activistas de la no-monogamia también con una perspectiva crítica), seguí tejiendo la que es ahora mismo mi (muy quería y apreciada) red.

Con el tiempo me he dado cuenta de que lo que me estoy construyendo no es compatible ni con la monogamia ni con jerarquías que imponen las voluntades de parejas por encima de las necesidades y cuidados hacia otras relaciones consideradas socialmente menos importantes. También me he dado cuenta de que hay muchas formas diferentes de compartir cuidados y afecto, y que no tienes tampoco porque centrarlo todo en una sola figura relacional. No es fácil porque supone nadar contracorriente en muchos sentidos; porque no siempre tener una red de este tipo, debido al contexto relacional y social que vivimos, puede aportarte todo lo que necesitas emocionalmente o afectivamente; y porque la mayoría de personas son jerárquicas y además muchas instrumentalizan filosofías relacionales, escondiendo debajo una forma de relacionarse también consumista y excluyente.

Muchas veces este mundo de exclusión, capitalista y que consume relaciones, me ha hecho desear o sentir necesitar el apoyo de una pareja en monogamia. De hecho, sé que para muchas personas en situación de exclusión similar conseguir tener una pareja “estable” es todo un gran hito. Hace unos meses leí un tuit de una activista autista explicando que, para ella, como autista y gorda, haber conseguido casarse con un hombre había sido un acto revolucionario. Yo no estoy nada de acuerdo con que conseguir casarse sea un acto revolucionario, aunque entiendo mucho por qué lo dice. No obstante, ahora mismo, para mí tener una relación monógama no sería en ningún caso compatible con mi voluntad de no querer ejercer poder ni privilegios relacionales sobre otras personas. Tampoco sería compatible con mi red, una red que, aunque a veces la siento inestable, no querría perder por nada en el mundo.

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a la masculinidad no le falta empatía, le sobra imposición

por wuwei (natàlia)

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aviso de contenido: capacitismo, neurocapacitismo, lenguaje capacitista, machismo, dominación, objetificación, cultura del no consentimiento

 

La masculinidad está muy vinculada a la dominación. La dominación tiene muchas caras, y se expresa también a través de todos los privilegios sociales de los que nos beneficiamos (también es una propiedad de la blanquitud, o del rol que toman muy a menudo les adultes hacia les más jóvenes, por poner sólo algunos ejemplo). Aún ser una característica de muchos otros privilegios, está especialmente arraigada en la masculinidad, como también en la visión del mundo que nos rodea que proviene de una mirada burguesa y comercial (especialmente conectada con la conquista y la colonización de nuestra cultura). Una de las múltiples caras de que han señalado en la masculinidad es la supuesta falta de empatía con la que se ha socializado a los hombres y personas masculinas: una falta de empatía que se suele señalas como la problemática en muchos de los problemas relacionales y que hacen que no puedan estructuralmente cuidar.

Pero para poder señalar una falta como esta primero tenemos que comprender qué queremos decir con empatía y, a la vez, cómo ve la masculinidad y como lee su entorno y relaciones. ¿Qué es realmente la empatía? Hay muchas formas de definir la empatía. Hay quien la define como una capacidad para entender, comprender o conectar con las emociones de las otras personas; otres la definen no tanto como una ‘capacidad’, sino como una ‘voluntad’ de comprender estas emociones. He llegado a ver definida la empatía (especialmente en la comunicación no violenta) cómo una forma de leer o interpretar las necesidades de otra persona según una lectura (no a través de una escucha de lo que la otra persona te está diciendo que siente) de cuáles son las emociones que está expresando la otra persona a través de una supuesta ‘objetividad’. Otres la definen como ‘escucha activa’.

No obstante, la empatía, por defecto y por sistema (y por cómo habla de ella la mayoría de las personas), se entiende y se define como una capacidad de conectar y comprender las emociones de la otra persona y de alguna manera poderlas sentir también, especialmente a través de una lectura externa (sin necesidad de que te comuniquen estas emociones) de la persona o de la situación. En la manera como se entiende por defecto la empatía no se trata tanto de la escucha de lo que la otra te dice o de comprender y aceptar lo que siente a través de lo que te comenta ella misma, sino de conexión de estas emociones, la mayoría de las veces a través de una lectura externa (una suposición que interpretas cuando observas  la situación y/o la persona).

Ya hice una crítica del uso que hacemos de la empatía en las II Jornades d’Amors Plurals. La forma que por defecto se entiende la empatía es un problema, por muchos motivos. En primer lugar supone que tenemos que tener todes unas capacidades específicas, ignorando que hay personas que tenemos capacidades y formas diferentes de funcionar, de conectar y de leer nuestro entorno. En segundo lugar, este tipo de empatía funciona a través de una lectura y suposición de lo que la otra persona siente: las lecturas tienen el peligro de ser interpretaciones de nuestro entorno que pueden venir dadas, no tanto por la realidad de lo que está sintiendo la persona que estamos ‘observando’, sino más de lo que nosotres interpretamos y sentimos en una situación similar (que puede no ser lo mismo que siente le otre, por ejemplo, como suponer que si a le otre le muerden sentirá dolor aunque a lo mejor elle está sintiendo placer porque le gusta).

Por tanto, y como última problemática, al funcionar como una lectura, lo más probable es que se lea o se interpreta lo que está definido por las normas sociales (estructuras de poder) que se tiene que sentir; o sea, se interpretará lo más privilegiado y las personas con más privilegios serán las que recibirán más empatía por parte de les demás. Todo está construido para que entendamos y empaticemos mucho más con la ‘norma’, y por tanto con el privilegio (con los hombres, con la heterosexualidad, con las personas cis, con les blanques, con les neurotípiques, etc). ¿Cuántas veces hemos empatizado con agresores, por ejemplo? ¿Sería en esta caso la empatía una buena solución a la dominación de la masculinidad? Yo, por ejemplo, he estado  muchos años empatizando con quien me agredía y me maltrataba, y esto ha sido un problema muy grande para mí.

¿Pero realmente necesitamos la empatía para comprender y respetar las emociones de las otras personas? ¿Es necesaria la empatía para no dominar? Cuando rascas un poco en el fondo del problema te das cuenta de que la dominación proviene de la forma que tenemos de ver nuestro entorno, que es cultural y filosófica, y que es una creencia con la que construimos muchas estructuras y formas de vivir y pensar: creemos que todo lo que nos rodea es externo a nosotres y solamente consideramos nuestros deseos y voluntades, pero no tenemos en cuenta las de les demás, que podrían ser diferentes a las nuestras.  De esta manera, para obtener lo que necesitamos tenemos que dominar nuestro exterior y las personas que forman parte de éste. Así es como borramos el consentimiento, por ejemplo. La masculinidad no borra el consentimiento porque no sea capaz de empatizar con quien está dominando, sino porque cree que los deseos y voluntades de aquella persona no son importantes y no se tienen que tener en cuenta. Desde esta mirada lo que acabamos haciendo es no tener en cuenta a les demás, ni lo que quieren, ni lo que sienten, ni lo que desean, y nos relacionamos con elles intentando imponer nuestras necesidades. Evidentemente las necesidades más comprendidas siempre serán las de la persona con más privilegios que siempre serán las que dominarán la situación.

Desde mi punto de vista es problemático seguir señalando la empatía como el problema por el cual la masculinidad domina, agrede o incluso no cuida de las personas de su entorno. Es problemático primero de todo porque la empatía cada persona la define de formas distintas, pero aun así casi siempre se acaba señalando como una capacidad que se supone que todes tenemos que tener, insensibilizando la diversidad de capacidades y formas de conectar con nuestro exterior; también es problemático porque las lecturas que se hacen de las emociones de otras personas no tienen por qué corresponder con la realidad, y además siempre acabará beneficiando más a quien más privilegios tiene. Y, finalmente, como he comentado, nos desvía totalmente de la problemática real sobre la dominación de la masculinidad: que el problema es la negación de las emociones, deseos y necesidades de les otres, e imposición de las propias por encima de todo.  Yo no necesito que la persona que me trata ‘conecte’ con mis emociones, ni que las pueda sentir igual que yo. Yo lo que necesito es que me tengan en cuenta, que sepan que podría tener deseos diferentes, que me pregunten, que me escuchen, y que finalmente respeten mi posición.

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mujeres y no binaries plurisexuales y no monógames: objetificación y falta de pertenencia

por wuwei (natàlia)

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Las mujeres plurisexuales (y otros géneros no binarios que puedan estar atravesados por el machismo) sufrimos los efectos del monosexismo juntamente con el machismo, que afecta nuestras vidas a través sobre todo de la violencia simbólica. El monosexismo, para contextualizar, es aquella opresión que padecemos las personas que nos sentimos atraídas por más de un género (les plurisexuales o aquelles que no se identifican con una monosexualidad, como les pansexuales, bisexuales, polisexuales, entre otres). Un ejemplo de esta intersección es la vulnerabilidad que padecemos por estar más expuestas a la violencia sexual debido a estar más objetificadas por la mirada del hombre que construye una plurisexualidad ‘femenina’ para su placer.

Algunos estudios del Reino Unido, Canadá y Estados Unidos, mostraron que también somos más vulnerables a padecer más problemas de salud mental (intentos de suicidio, ansiedad, depresión, estrés post-traumático, autolesión, etc) que las mujeres monosexuales (tanto lesbianas como heterosexuales). La diferencia entre lesbianas y plurisexuales especialmente se agravaba en áreas urbanas, debido a que las plurisexuales nos cuesta mucho más encontrar espacios que podemos sentir seguros y donde podamos trabajar nuestras vulnerabilidades, incluso en áreas donde hay activismo y espacios LGBT+/queer: o sea, que muchos espacios LGBT+/queer no son espacios seguros para nosotras. A la vez, las mujeres y personas no binarias plurisexuales hemos dedicado muchos años a adaptarnos a las necesidades de otros colectivos porque no solemos tener espacios propios donde hablar y tratar nuestras propias vivencias y debido a esto a menudo tenemos que definir nuestros problemas y opresiones utilizando otros tipos de experiencias (especialmente las monosexuales).

Cuando, además de ser plurisexuales, también somos ‘no monógamas’, tenemos que ir todavía con más cuidado con nuestras vulnerabilidades ya que la violencia sexual se incrementa (las mujeres y personas no binarias no monógamas también podemos ser vistas por la mirada masculina como más accesibles y objetificables), sumándose a la particularidad de la objetificación que supone la búsqueda de unicornios (aquellas mujeres bisexuales buscadas por parejas hombre-mujer para satisfacer sus fantasías y deseos sexuales y/o afectivos). Aún la importancia de tener espacios seguros para las que también somos no monógamas, lo que normalmente nos encontramos es que la mayoría de los espacios construidos y que son de más fácil acceso son espacios monosexuales (sobre todo heterosexuales) donde sufrimos violencia.

Por otro lado, los espacios plurisexuales (donde la mayoría de ellos son bisexuales ‘normativos’) borran a las personas plurisexuales no monógamas diciendo que las personas plurisexuales no somos promíscuas y somos monógamas. La razón por la cual pasa esto es porque uno de los estereotipos de las plurisexualidades es que somos promíscues e hipersexuales. Que te asignen un estereotipo como este es una reproducción de monosexismo, esto está claro; no obstante, en muchos espacios bisexuales normativos existe normalmente la idea de que luchar contra los estereotipos significa negarlos: haciendo esto niegan la existencia de una parte de la comunidad (aquellas plurisexuales que no somos monógamas) y señala nuestra no-monogamias como la causa de la violencia sexual y la objetificación que sufrimos después. Esto hace que muchos espacios bisexuales sean muy hostiles para les plurisexuales no monógames.

Es de vital importancia para las mujeres y personas no binarias plurisexuales y no monógamas crear nuestros espacios seguros, mientras a la vez podemos hacer que los nuevos espacios que se creen donde se tocan diversos ejes (queer, feministas o no monógamos) sean más seguros para nosotras, y donde podamos hablar y tener en cuenta nuestras vulnerabilidades. En estos espacios el monosexismo se tiene que aceptar como una estructura de poder, como también tienen que tener el feminismo y la sensibilidad transversal en sus bases.

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es ‘sólo’ un maltrato

por wuwei (natàlia)

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Este artículo lo escribí y se publicó en eldiario.es el 23 de Noviembre.  Podéis ver el artículo original aquí.

 

Durante aproximadamente tres años padecí una relación de maltrato. En realidad, fueron más de tres años, pero como era una relación invisible y está tan poco reconocido el maltrato en las relaciones que no son de pareja, que el maltrato se volvió más sutil y cuesta mucho más contabilizarlo. Bien, es más que eso, nos cuesta mucho a nosotras mismas ponerle nombre, y toda la estructura se confabula para que te sientas culpable para tan siquiera plantearte que estás siendo maltratada.

Podríamos decir que en realidad el maltrato duró seis o siete años, lo que duró toda la relación. No fue un maltrato ‘físico’, sino psicológico; pero no de esos en los que se pasan el día diciéndote que no vales nada, sino que fue más bien un maltrato que alternaba acoso con rechazo y abandono, invisibilización, control, mentiras, manipulaciones y consumo y explotación emocional. Todo esto, además, en un entorno laboral angustiante.

Y es que no se trataba de alguien con quien tuviera una relación de pareja. Esto no quiere decir que no hubiera habido sexo, o algún tipo de relación (de consumo) emocional, pero el componente romántico o no de la relación no era importante. O sí; sí que se convirtió en algo importante ya que, al no existir, al no ser una relación de pareja, ni un contexto romántico (o al menos reconocido como tal), la relación pasó a ser invisible. Y de la misma manera que cuando se dice ‘relación’ normalmente se piensa en ‘pareja’, y que cuando se dice ‘sentimientos’ normalmente se piensa que son románticos, cuando se dice ‘maltrato’ solamente se considera y reconoce aquél que se da en las relaciones de pareja.

No parece concebible que una relación que se considera desde fuera que es de amistad (o laboral) pueda ser de maltrato. De esta manera se invisibiliza más, no solamente el maltrato, sino también todas las consecuencias que tienes que vivir en silencio. Y finalmente también se puede, sin darte cuenta, alargar más en el tiempo.

Una de las grandes trampas fue la demanda de secretismo y de empatía como forma de control. Consecuencias: si hablas del maltrato estarás hablando de la relación, una relación que no tendría que existir y que se tendría que esconder, y por tanto serás eternamente culpable de todo, de hablar de lo que no tienes que hablar, de poner a la otra persona en una situación incómoda, o de hacerla salir de un armario (que es también una mentira y un engaño). Vergüenza. Un ciclo que no tiene fin. Bienvenidas todas al infierno de la violencia machista que nos coloca a las mujeres siempre en esta posición: nunca víctima, siempre culpable de todo.

Yo no padecí un maltrato físico; tampoco fue un maltrato psicológico ‘directo’ de esos en los que la otra persona no para de decirte que no vales nada. Este fue distinto, indirecto y sutil, implícito, nada explícito, y era yo quien, a través de diversos mecanismos, me creé la imagen de mi poco valor sin necesidad de que se me dijera directamente.

Dominación. La mentira, la manipulación que se apropiaba constantemente de mi consentimiento, robado a través también del acoso, que no era visible porque se disfrazaba de preocupación y de compañía laboral diaria, menguaron día tras día mi energía, mi salud mental, llevándome a mi límite emocional.

Todo esto sumándose a la comparación constante con otras relaciones más reconocidas que me llevaron a creer y sentir que el problema era yo que no valía suficiente, y que a través de la amenaza constante de exclusión me hacían entrar en un remolino de competición que acababa quitándome todavía más toda mi atención, energía y emociones. Tanta energía que ya no me quedaba nada para nadie más, aunque lo quisiera. ¿No es esto un mecanismo de alienación?

Pero la energía no solamente me la quitó para mis otras relaciones. Tampoco la tenía para el trabajo, lugar donde padecía una absorción considerable por el hecho de compartir espacio con él: se me hacía muy difícil la escapatoria. Y aquí el problema añadido era que no podía trabajar.

Además, en ese entorno laboral tenía muchas otras cosas que también me producían angustia y malestar: constantes técnicas de dominación para conseguir que trabajara más horas, una ayuda pésima en mi trabajo, y un entorno que poco a poco también menguaba mi estima. Día tras día mi productividad no era suficiente como para que se me considerara una persona mínimamente resolutiva (sumémosle el capitalismo).

¿Cómo podía ser ‘productiva’ si cada día tenía ataques de angustia solamente sentarme delante de la pantalla del ordenador? Mis jefes, al verme como una persona poco productiva acabaron confiando mucho menos conmigo que con el resto, y esto hizo que acabara teniendo un contrato mucho más precario y bajo unas condiciones de estrés más grande que las de mis compañeras, ya que la situación emocional a la que estaba hacía que necesitara trabajar más horas para hacer la misma cantidad de trabajo (si es que conseguía hacerlo).

Por lo tanto, a todos mis problemas de salud mental, relacionales (como he comentado por la falta total de energía hacia otras personas) y familiares, se sumaron también los económicos. A la larga, no solamente sufrí una explotación emocional considerable, sino también alienación, marginación y desempoderamiento. ¿Qué pasaba cuando intentaba explicarlo a alguien? Culpabilización: si no era porque me decían que ‘yo me dejaba’ era porque ‘me lo estaba buscando’, culpando a otros factores en mi vida, como el hecho de no ser monógama.

Precisamente el pensamiento monógamo fue una de las cosas que más invisibilizaron cualquier problema de la relación debido a no ser un ‘problema de pareja’. Es como funciona el pensamiento monógamo: solamente las emociones de pareja, los celos de pareja, las peleas de pareja, las relaciones de pareja son emociones, celos, peleas y relaciones ‘reconocidas’. Todo lo que pase fuera de una relación de pareja es automáticamente invisibilizado, menospreciado y ridiculizado; incluso el maltrato. Porque claro… ‘sólo’ es una amistad.

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¿donde pongo mis atenciones? una cuestión también de género

por wuwei (natàlia)

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Una de las últimas modas, especialmente en entornos no monógamos, es la de “fluir en las relaciones”. Yo siempre he sido (y aún soy) muy fan del concepto de “fluir” en muchos ámbitos: adaptarme a las situaciones, permitirme cambiar (tanto yo personalmente como también mis relaciones, o también todo aquello relacionado con mi identidad). Yo, siendo o identificándome como bisexual y polisexual, una de mis luchas desde el activismo crítico es la defensa de la posibilidad de la no-estaticidad en términos de orientación, deseo, atracción o también de identificación con unos géneros determinados. Para mí las etiquetas o identidades no “atrapan” ni “estancan”, sino que pueden cambiar y las podemos definir nosotres mismes.

Ahora bien, ha habido también una apropiación muy grande del concepto de la “fluidez” por parte del sistema en muchos aspectos. Un ejemplo de esta apropiación es este “fluir en las relaciones”, que suele venir acompañado de “los compromisos nos oprimen”: una negación de la necesidad y voluntad de compromiso en todos los aspectos de la vida, sin hacer ningún análisis crítico al respecto. Éste tipo de “fluir”, como acto neoliberal de las relaciones (y sin tener en cuenta las estructuras de poder que nos atraviesan, como nos relacionamos, ni como afectamos a las demás personas) es el que nos lleva a muches a acabar yendo a parar a lugares como alguna desembocadura de algún río donde siempre se arrastra y “fluye” toda la mierda que producimos. Tenemos que tener claro que no fluimos en el vacío, sino que lo hacemos en un fluido: en un mar de estructuras de poder (donde está el sexismo, la homofobia, el racismo, entre muchas otras), corrientes que llevan a algunas personas a lugares paradisíacos (quien tiene más privilegios), mientras que a otras las suele llevar allí donde va a parar toda la mierda.

Yo fluía muy “acríticamente” y me dejé arrastrar por los corrientes de esta moda. Intenté dejar de hacerlo hace un tiempo, cuando después de muchos intentos de querer ser muy guay conmigo misma me di cuenta de que siempre acababa en situaciones de vulnerabilidad. Y cuando no era yo era otra persona. Me di cuenta, también, que los lugares donde yo acababa yendo a parar no eran “nada” en comparación con la situación de otres que aún están en situaciones más vulnerables. Porque resulta que fluir es mucho más fácil (beneficia más a) aquellas personas que tienen más privilegios (como por ejemplo los hombres blancos heterosexuales con todas las capacidades socialmente “consideradas” en el mundo de las relaciones románticas y sexuales) y que para otras personas el resultado puede ser catastrófico. Rechazar el compromiso sin entender que vivimos en una sociedad jerarquizada y donde no todes partimos de los mismos puntos es querer ignorar uno de los grandes problemas de las visiones más liberales sobre las relaciones.

Cada vez intento esquivar más este tipo de “fluidez”, aunque, obviamente, tengo que deconstruirme aún muchas cosas y muy a menudo me encuentro que algún tipo de flujo me ha acabado llevando a alguna zona no deseada o que es problemática para otras personas. Un ejemplo de una cosa que me ha pasado ha sido darme cuenta de que últimamente todas las personas cercanas a mí a quien estaba dedicando más tiempo eran hombres y a las otras personas de mi red afectiva que no lo eran les estaba dedicando mucho menos tiempo. El problema principal era que yo no había hecho esa repartición según ningún criterio consciente, ni lo había pensado ni nada, había surgido así, y me había encontrado de golpe sin tiempo para relaciones que para mí eran muy importantes y casi no veía.

Me di cuenta que una característica (entre muchísimas otras) que diferencia el rol masculino es la demanda de atención. Para simplificar necesitaré ser binaria en este ejemplo, ya que los roles de género que ha impuesto socialmente nuestra cultura han sido dos; aun así todo lo que explico se podría extender a otros géneros, dependiendo de dónde se encuentren más cercanos en estos roles concretos que comento (si es que se encuentran). A los hombres les es más fácil pedir directamente quedar, poder hablar, llamar, etc; a las mujeres, en general, les da miedo y les cuesta invadir espacios, u ocuparlos (ocupar las atenciones de les demás). Esto lo que hace es crear una diferencia en la que, si no paras atención, acabarás siempre dando más atenciones a los hombres, y no dar a otras personas, que aunque lo necesiten, no lo obtendrán porque no lo pedirán. La idea, además, de que preguntando directamente, como hacen los hombres, de que puedes decir “libremente” que no, es muy simplista, y también está muy relacionada con el género; a las mujeres nos cuesta mucho más decir que no o negarnos a hacer una cosa, especialmente cuando se nos pide cierta comprensión debido a que la demanda de atención sea emocional.

Muy a menudo la crítica que se hace al respecto pide que seamos las mujeres las que “deconstruyamos” nuestras dificultades de demanda y de decir que “no”, una idea muy simplista y que borra totalmente que el problema no es solamente la demanda, es como se nos devuelve a “cambio”: los hombres no devuelve a cambio este acompañamiento y cuando se les pide suelen esquivar, escaquearse y decir más fácilmente que “no”. O sea, que aunque aumentáramos nuestra demanda de atención, esta sería constantemente ignorada; un mecanismo que, a parte, vendría respaldado de todas las normas sociales que favorecen a las personas con más privilegios en cuanto al género. Además, nuestra dificultad para decir que “no” recae también en el borrado constante de estas negativas, que se ignoran y se pasan por alto (muy relacionado con cómo se borra nuestro consentimiento).

Es irónico que se nos diga constantemente que tenemos que ser nosotras las que hagamos más esfuerzos para pedir lo que necesitamos, si la propia dificultad con la que nos encontramos es por la negación constante de nuestros deseos y necesidades, o incluso de nuestras negativas. Es más, una decisión como, por ejemplo, parar de “dejarse llevar y fluir” y empezar a ser más consciente de como estoy “repartiendo” mis atenciones será después atacado por las propias estructuras como un acto excesivamente “lógico” y poco “emocional”, una técnica de dominación que funciona demasiado a menudo cuando hablamos sobre relaciones para ridiculizar cualquier discurso  feminista y/o crítico. Pero para más ironías, después se utiliza la técnica a la inversa, acusándonos de demasiado emocionales cuando reaccionamos delante de una opresión.

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mi proceso de independencia

por wuwei (natàlia)

en català aquí.

Este artículo lo escribí y se publicó en eldiario.es el 23 de Octubre.  Podéis ver el artículo original aquí

 

El proceso de independencia de Cataluña ha acaparado totalmente la palabra ‘proceso’; ahora dices ‘proceso’ y parece que no se pueda estar hablando de alguna otra cosa. Yo siempre he sido (y soy) una gran amante de los procesos: en una sociedad que está obsesionada con los resultados, las metas, o las finalidades, nos olvidamos totalmente y constantemente de los caminos y de los procesos que pasamos para llegar a todas estas metas. El proceso es importante, y la finalidad solamente es un punto situado de forma un poco borrosa al final del camino. En nuestra sociedad la finalidad no es creada con la idea de que pueda cambiar mucho (cambia algunas veces, pero no está pensada ni planteada con la idea de que cambie). Pero cuando te sensibilizas más en los procesos que en las finalidades, éstas últimas acaban siendo maleables, cambiantes, adaptadas a los propios cambios que lleva el proceso o camino en sí mismo. La forma, el camino, es importante, y marca la diferencia ideológica. Creer que el camino no es importante es también una ideología, y va muy ligada al capitalismo y a todas las estructuras que vivimos, porque resulta que cuando no te preocupas por el camino, éste acaba surgiendo como está estipulado por las normas.

Como ya he comentado, yo soy una gran amante de los procesos: yo muy a menudo me defino como un proceso constante. Paralelamente a todo lo que ha estado pasando en Cataluña, yo también he estado pasando por procesos relacionados con una ruptura. Hace tres años más o menos empecé un proceso de ruptura de una relación de maltrato, aunque yo en ese momento no sabía muy bien que estaba iniciando una ruptura, ni de qué tipo, ni tenía muy claro lo que estaba pasando ni donde quería llegar. Cómo he comentado, para mí lo importante son los procesos y sólo sabía que necesitaba atravesar un montón de situaciones de las que quería salir y entender cómo quería empezar a construir relaciones. Me repetí muchas veces ese año que yo quería construir relaciones ‘políticamente conscientes’, un concepto que no tenía muy claro lo que significaba, y que ahora sí entiendo más. Da la casualidad que la finalización de este proceso de entender cómo construir relaciones políticamente conscientes ha acabado en un proceso de independencia/ruptura/autodeterminación/autonomía.

Una de las características de esa relación que viví fue la constante apropiación de mis emociones y voluntades. La apropiación va totalmente en contra del propio derecho a poder decidir, ya que lo que hace es apoderarse de tu voluntad: no eres tú quien decides, es la otra la que lo hac por ti (directa o indirectamente). Y, hubiera dado igual que se me hubiera preguntado si estaba o no de acuerdo con lo que estaba pasando, a modo de referéndum, o que se me preguntara qué quería planteándome varias opciones/resultados: tener derecho a voto no te da automáticamente voz en las cosas que te afectan. Además, la relación estaba basada en la mentira y la manipulación constantes con la intención de que yo acabara siempre escogiendo aquello que el otro quería de mí. Éste acto de objetificación no solamente me robaba la voz y la opinión, sino también me robaba la propia voluntad.

Las normas sociales que privilegian ciertas formas de relacionarse hacen que no veamos estos actos como actos de violencia. Estas normas, que repetimos todas y que son las ‘leyes’ y la ‘legalidad’ de las relaciones, conforman todo tipo de relaciones y en nuestra cultura (que también se ha impuesto sobre otras) se basan en la objetificación hacia las otras personas que comentaba en el apartado anterior. No seguir las normas, además, siempre tiene unas consecuencias: aislamiento, más maltrato, culpabilización, victimización del agresor, entre muchas otras. Una cosa que nos ha quedado clara de estas leyes sociales  es que siempre beneficiaran al privilegio (y de aquí sale la propia definición de privilegio).

Poder dejar una relación así no es nada fácil, no solamente por todos los mecanismos sociales con los que te han educado y que te han llevado a esa relación que tienes que conseguir deconstruir (faena), y de las faltas con las que te han construido a ti misma, sino también porque se despiertan muchos mecanismos sociales para que tu decisión no pueda ser respetada, y que, en una constante empatización hacia el privilegio (es mucho más fácil empatizar con la ‘norma’), siempre se te exija una demanda constante de diálogo y de hacer las cosas ‘bien’, ‘’bonitas’, o ‘de buenas’, que tengas paciencia, y que seas comprensiva. ¿Cuántas veces habré escuchado eso de ‘tienes que dejar las relaciones con amor’? Una afirmación que me encanta pero que tendría que ir siempre acompañada de una aclaración para diferenciar entre tipos de relaciones. Muchas veces la única forma de poder dejar una relación de poder es utilizando muchas técnicas consideradas ‘feas’ o poco ‘bonitas’: como, por ejemplo, huir sin dialogar. Querer dejar ‘relaciones de poder con amor’ acostumbra a ser un sinónimo de no conseguir dejarlas nunca. Es más, ¿por qué dialogar con quien por defecto te quita la voz en todo lo que te afecta?

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mujeres y bisexualidad: ¿aceptación social o violencia de género?

por wuwei (natàlia)

en català aquí.

Este artículo lo escribí y se publicó en la directa el 25 de noviembre de 2014 (día contra la violencia de género). Podéis ver el artículo original en catalán aquí.

La bisexualidad femenina parece ser socialmente aplaudida e inherente en las mujeres. Se suele decir que es más aceptada que la masculina, a pesar de que muchas mujeres bisexuales a menudo se quejan de sufrir agresiones debido a su orientación sexual. Esto parece una contradicción. Cómo es posible que, a pesar de parecer más aceptada, las mujeres bisexuales sientan sufrir esta violencia?

Breanne Fahs expone al ensayo Compulsory Bisexulity?: The Challenges of Moderno Sexual Fluidity ( 2009) que el concepto del heterosexualidad obligatoria se ha extendido al que denomina “bisexualidad obligatoria”. Lo que concluye en su estudio es que las mujeres son coaccionadas a fingir una bisexualidad para el placer sexual del hombre heterosexual: las mujeres tienen que ser (obligatoriamente) heterosexuales pero tienen que fingir (obligatoriamente) una bisexualidad para el goce masculino. Este hecho ya representa una violencia hacia las mujeres de cualquier identidad sexual.

Cómo es leída y representada la bisexualidad femenina

La bisexualidad femenina casi siempre aparece en un contexto en que las mujeres representadas son atractivas al ojo del heteropatriarcado. Si buscamos por Internet noticias sobre mujeres bisexuales famosas nos encontramos algunas como la de Cinemanía titulada Las bisexuales de Hollywood: actrices famosas que juegan a dos bandas (2012). En las fotografías que se exponen se muestra a una mujer atractiva y sexualizada. El texto, en vez de hablar de la bisexualidad como una opción sexual o emocional, plantea la bisexualidad como un “juego”, y llega a poner en entredicho la bisexulidad con frases como “nos hace sospechar que las chicas tampoco le ponen tanto”.

Cómo apunta también Shiri Eisner en su libro Bi: Notes for a Bisexual Revolution, otro ejemplo es el de la pornografía comercial, que es creada para la misma construcción masculina hegemónica. Este tipo de pornografía – diferenciada otros tipos como la feminista, la queer o la postpornografia – está mayoritariamente pensada para reproducir el que se supone que tiene que gustar al hombre heterosexual: el sexo entre mujeres es una representación atractiva para la mirada del hombre. Si entramos en una página de vídeos pornográficos en línea como PornoTube, los vídeos catalogados como “lésbicos” están dentro de la categoría principal “heterosexual”; la categoría principal representa la orientación sexual de la persona espectadora (hombre) y la subcategoría “lésbica” es sólo una práctica sexual, donde más allá de ser para lesbianas, se representa una bisexualidad actuada donde a menudo participan hombres.

La bisexualidad femenina es así estructuralmente objectivizada e hipersexualizada, erradicada como identidad sexual o emocional propia de la mujer y representada como una actuación para el placer sexual del hombre heterosexual. Esta imagen, en el contexto de la cultura de la violación, pone a las mujeres bisexuales en una posición muy vulnerable a sufrir agresiones sexuales: las expone a la suposición de pleno consentimiento a la hora de llevar a cabo fantasías sexuales por parte de hombres. Esta violencia también la sufren lesbianas y heterosexuales bajo el supuesto del heterosexualidad y la bisexualidad obligatorias.

Violencia sexual hacia mujeres bisexuales

En un estudio que hizo el Departamento de Salud de los Estados Unidos en enero de 2013, National Intimate Partner and Sexual Violence Survey, donde pulicava datos del 2010, se mostraba que el 46,1% de las mujeres bisexuales habían sufrido violaciones al menos una vez en su vida, ante un 13,1% de las lesbianas, y un 17,4% de las heterosexuales. El estudio también reflejaba que el 74,9% de las mujeres bisexuales habían sufrido otros tipos de violencia sexual, frente a un 46,4% de las lesbianas, y un 43,3% de las heterosexuales. El 98,3% de las agresiones a mujeres bisexuales eran perpetradas por hombres. El 61,1% de las mujeres bisexuales habían sufrido agresiones por parte de parejas sentimentales, ante el 43,8% de las lesbianas y el 35% de las heterosexuales. Otro estudio que se hizo al 2009 denominado Women’s Sexual Orientation and Health: Results from a Canadian Population-Based Survey mostró que las mujeres bisexuales sufrían una proporción más elevada de violencia doméstica.

Estos datos reflejan la bifobia y el machismo con qué muchas mujeres son coaccionadas por parte de hombres a realizar ciertas prácticas sexuales o para apuntarse sin consentimiento, llevando a cabo así la fantasía de la mujer bisexual. Hay varias vivencias en blogs de activistas, al ensayo de Breanne Fahs o en el libro de Shiri Eisner. Aún así, podemos exponer las que se compartieron en un proyecto que llevábamos a cabo para la visibilitzación de la bifobia, que son vivencias más cercanas en casa nuestra. Judith comentaba: “Yo muchas veces me sentía presionada por mi novio a mantener relaciones sexuales con él y otras tías. A menudo me decía que tenía que estar interesada por el simple hecho de ser bisexual. No me lo decía directamente, era una insinuación constante. Algunas veces sí que lo había hecho y lo quería hacer, pero no me sentía con el derecho de poder escogerlo siempre (…) después cuando creía que a mí me podría gustar una chica se alteraba totalmente por la posibilidad que yo lo pudiera dejar por una tía. Varias veces utilizó la bisexualidad para insultarme y decirme que era una puta”.

Otra chica, S., explicaba: “Un día cuando estaba de fiesta con mis colegas al decir que era bisexual vino un tio, me puso la mano al culo y me dijo que buscáramos alguna chica por el local para hacer un trío. Ni me preguntó si estaba interesada en él!”. Isabel añade: “Le comenté a una amiga en la barra de un bar que era bisexual y un tio que había escuchado la conversación me entró directamente porque hiciera un trío con su novia (…) esto sin conocerlos de nada”.

Lo que muchas mujeres bisexuales explican a menudo es que no pueden expresar libremente su sexualidad sin el miedo al acoso u otras formas de violencia. Visibilizarse como mujer bisexual es, a ojos de un hombre machista y educado en la cultura de la violación, consentimiento para acceder sexualmente, sin preguntar o esperar a ser invitado. El que concluye Shiri Eisner en su libro es que más allá de ser aceptada, la bisexualidad femenina ha sido apropiada para el disfrute masculino hegemónico heterosexual.

La responsabilidad es del machismo, no de las mujeres

A menudo en entornos normativos (y en el propio ensayo de Breanne Fahs) se insinúa cierta responsabilidad de esta violencia a las mujeres bisexuales que tienen un comportamiento promiscuo o a aquellas que llevan a cabo prácticas bi-curiosas. Un apunte que hace Shiri Eisner en su libro es recalcar que la responsabilidad de esta violencia no es de ninguna mujer que decide ejercer su sexualidad como desea, sino que es estructural, es heteropatriarcal y de los hombres que no respetan el consentimiento. Cualquier mujer tiene que tener el derecho de explorar su sexualidad como quiera, y a que su consentimiento y su identidad se respeten siempre.

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natural vs cultural, machismo y orientación sexual

por wuwei (natàlia)

en català aquí.

Este artículo lo escribí y se publicó en eldiario.es el pasado día 16 de mayo. Podéis ver el artículo original aquí.

A menudo en discusiones sobre feminismos (u otros tipos de activismo donde estoy implicada) por redes sociales utilizamos sin darnos cuenta expresiones que caen en el ‘primitivismo de los comportamientos machistas’ o en ‘la naturalización de la no heterosexualidad’. Por ejemplo, ¿cuantas veces habŕe leído cosas como ‘estos machistas son unos cavernícolas’ o bien ‘ser homosexual no se puede escoger, por favor aceptadme’? Aunque entiendo de donde sale la necesidad de utilizar expresiones como estas, tenemos que ir con cuidado y entender qué estamos reproduciendo utilizándolas. Por ejemplo, el hecho de llamar ‘primitivos’ a los hombre machistas hace que se naturalicen sus comportamientos, olvidándonos de que la estructura patriarcal y su propia violencia tienen un gran componente cultural y construido; haciendo esto, incluso, damos excusa para que se siga reproduciendo, ya que ‘al ser natural’ socialmente se verá como algo difícil de evitar. Por otro lado, la necesidad de emfatizar el componente natural y de ‘no posible elección’ de la homosexualidad para que se la contemple como aceptable, implica y está suponiendo que si fuese escogida no sería aceptable, y por tanto, sigue reproduciendo la idea de que hay algo malo en la homosexualidad. Más allá de saber si realmente la orientación sexual es o no escogida, tenemos que dejar de reproducir la idea de que es malo no ser heterosexual, y esta es una idea estrucural y cultural.

Existe la costumbre en nuestra cultura occidental de separar todo lo que es natural de todo lo que es cultural, creando un binario ‘natural/cultural’ que se utiliza para reforzar estructuras de poder, como el machismo o heterosexismo (como los ejeemplos comentados anteriormente) y otras.

Desde nuestro punto de vista occidental, lo natural es visto y usado como una cosa que no puede cambiar, como lo inmutable, y que solo se puede cambiar a través de nuestra fuerza de conquista, de dominación. Por lo tanto, la naturaleza se verá como algo que no se escoge, pero sí vista a forzarse a través de la técnica y a poderse ‘corregir’. Es cierto que sabemos que la naturaleza cambia, pero según nuestra forma de verlo, sus cambios son consecuencia de leyes inamobibles. Además, parte de esta forma de intuir la naturaleza tampoco proviene de una idea puramente ‘científica’, sino más bien de la idea social general que hay detrás desde un punto de vista estructural.

Por otro lado, la cultura es vista como algo que puede cambiar, pero donde la elección es importante. Eres tú quien escoge comportarse de una forma o comportarse de otra, y someterte a las normas culturales tiene un peso en cuanto a la elección: tienes que escoger, y tienes que escoger bien. El verte como alguien que puede (libremente) escoger es visto como una cosa negativa, porque lo cultural no te dice que puedes escoger lo que quieras, sino que tienes que escoger lo correcto.

Otro binario que se utiliza, equivalente a natural/cultural, es el de primitivo/evolucionado. Lo primitivo es visto como ligado a la naturaleza que no está dominada por la cultura y por tanto no sometido al proceso obligatorio de la ‘buena’ elección. Lo evolucionado será visto como una naturaleza culturizada, superior y avanzada, dominada, donde se ha ejercido un poder de elección moral. Hace falta decir que no es esta exactamente la idea con la que la ciencia en algunas especialidades utiliza las ideas de ‘primitivo’ y ‘evolucionado’; aún así, en muchas teorías científicas esta idea se puede ver de forma indirecta en sus textos, especialmente a finales de s. XIX y principios de s. XX, donde estos términod empezaban a utilizarse más, y que han creado imaginarios que ahora aún perduran (imaginarios racistas, homófoos, bífobos, machistas, capacitistas, etc). Durante el proceso de colonización y racialización se utilizaron los discursos científicos para colocar a las razas no blancas en una posición ‘más primitiva’ y ‘menos evolucionada’ y por tanto también menos ‘culturizadas’ y más cercanas a la ‘naturaleza’. Juntamente con la racialización, otros colectivos como eran el de las mujeres, las personas con enfermedades mentales o las criaturas, eran leídas y vistas también bajo ese prisma. Con la orientación sexual pasó una cosa curiosa: se situó a la homosexualidad en el paradigma de la enfermedad como un caso de ‘degeneración’ en la evolución humana y a la bisexualidad como un caso de ‘primitivismo’ y por tanto o inexistente, o bien relacionado con personas de color, criaturas o personas con enfermedades mentales.

El binario natural/cultural es un binario que se utiliza mucho para reforzar estructuras, y es un juego muy peligroso. Si tu utilizas la naturaleza para excusar un comportamiento, o sea considerar una cosa como ‘natural’ para hablar de un comportamiento, pueden pasar dos cosas: si lo que quieres excusar es considerado socialmente negativo automáticamente lo pasarás por el molde de la corrección (esto es lo que ha pasado, por ejemplo con la homosexualidad, que se vió hasta no hace mucho tiempo como una enfermedad a curar), pero si es una cosa socialmente aceptada automáticamente la naturalizarás y la reforzarás (esto es lo que pasa con los comportamientos machistas). Solo lo que esté aceptado culturalmente como correcto saldrá bien parado de una posible ‘naturalización’.

La pregunta es: ¿ por que lo cultural no es natural si existimos culturalmente en la naturaleza? La diferenciación natural/cultural proviene de la visión occidental (e históricamente burguesa) del individuo separado de su entorno y que ve lo que le rodea externa a él, poniéndose siempre en una posición jerárquicamente superior. Esta forma de ver el mundo, divide entre lo ‘propio’ (cultural) y todo lo que es ‘externo’ (natural y a dominar). Por este motivo también se ha colocado la cultura occidental como más evolucionada que el resto: una visión racista y colonialista que ve al resto de ‘culturas’ como más ‘primitivas’ y más cercanas a la ‘naturaleza’ y la otredad.

Toda producción cultural es natural y la naturaleza no es inmutable, es plástica. Naturaleza y cultura interaccionan entre ellas, se transforman, cambian. Naturaleza y cultura se relacionan dentro de ellas mismas.

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