la violencia de la comunicación no violenta

por wuwei (natàlia)

en català aquí.

en français ici

Este texto se publicó en el número 474 de la Directa. Podéis ver el artículo original en catalán aquí.

Aviso de contenido: comunicación no violenta, lenguaje capacitista (empatía), capacitismo, neurocapacitismo, individualismo, jerarquías, desigualdades sociales

La comunicación no violenta (CNV) ha devenido una de las herramientas favoritas en muchos de nuestros espacios. Existen versiones críticas y tiene puntos útiles, especialmente relacionados con el empoderamiento, la autonomía y la autoresponsabilidad; pero tenemos que entender cuáles son las bases conceptuales sobre las cuales se ha construido para poder hacer de esta un uso más consciente. En este texto hablaré de la CNV definida por Rosenberg a inicios de los años 60, que es la que ha ocupado tanto espacio en charlas, talleres y debates, y que es la más extendida y la que ha creado más dogma.

He visto utilizar esta herramienta comunicativa tantas veces para manipular, maltratar y abusar que ha resultado para mí una alarma suficientemente importante para decidir querer comprender mejor cuáles son sus puntos problemáticos. Buena parte del discurso está basado en una visión individualista que ve las personas como seres aislados e independientes que solamente se afectan de forma puntual y voluntaria, obviando e ignorando la interdependencia. La CNV puede ser una buena herramienta cuando estás en una relación horizontal, pero obvia las estructuras de poder y las jerarquías que a menudo hay en las relaciones.

La responsabilidad

La CNV llama violencia a negar la propia responsabilidad de los actos y las emociones. La propuesta es interesante. El problema está en cómo se deciden distribuir las responsabilidades, ya que depende de muchos factores: depende del contexto (situaciones sociales) y también de lo que se hace y de lo que se recibe. La CNV se basa en un paradigma donde las responsabilidades están totalmente separadas y donde la relación y el contexto se borran: tú eres totalmente responsable de lo que haces y sientes y yo soy totalmente responsable de lo que hago y siento, y lo que tú sientas a causa de lo que yo haga es responsabilidad tuya. Según la CNV, señalar hacia fuera es siempre un acto de violencia.

Uno de los ejemplos que utiliza la CNV para ilustrar esto es la crítica que hace a la expresión “tengo que hacer (una cosa)”. Esta expresión utiliza el verbo tener para expresar obligatoriedad: hacemos una cosa porque nos sentimos obligades a ello, no porque lo escogemos. Según la CNV, utilizar esta expresión nos quita responsabilidad y consciencia de nuestra libertad de elección. Su propuesta es expresar que lo hago porque lo escojo. Esta visión ayuda a tomar consciencia de las cosas que hacemos y del poder que podemos tener en cómo nos sentimos con lo que nos rodea. No obstante, como todo pensamiento liberal, se basa solamente en la libertad de elección obviando totalmente las situaciones sociales desiguales. Tener menos opciones o escoger bajo coerción no es escoger libremente.

Finalmente, muchas veces personas utilizan la CNV para no responsabilizarse de agresiones o actos que afectan a sus relaciones, ya que si tú eres totalmente responsable de lo que sientes, cómo te sientas a causa de mis acciones no es responsabilidad mía.

La objetividad

Según la CNV, para comunicarnos de forma no violenta lo tenemos que hacer a través de las observaciones objetivas y no con valoraciones subjetivas: por ejemplo, decir que una persona nos está ignorando es una valoración subjetiva, pero decir que no nos ha respondido es una observación objetiva. Hacer esto nos permite no evaluar cosas que desconocemos, ni otorgar a le otre intenciones, deseos o emociones.

No obstante, por defecto, lo que a menudo es descrito como observaciones objetivas suele caer en una definición concreta del mundo que nos rodea vinculada a los privilegios (la objetividad a menudo corresponde a la mirada del hombre blanco, cis, heterosexual, de clase media-alta, neurotípico, delgado, sin diversidad funcional, etc., los que han tenido el privilegio de poder definir qué es objetivo y qué no), y, por tanto, este tipo de observaciones a quien más suele beneficiar es a quien más privilegios tiene. Siguiendo con el anterior ejemplo, suponer que la otra persona no nos ha respondido también puede ser una valoración subjetiva que corresponde a una definición sobre qué es una respuesta y qué es aceptado como comunicación válida: puede ser que la otra persona, dentro de sus capacidades comunicativas, nos haya respondido pero nosotres no lo hayamos entendido así cuando lo interpretamos a través de las normas culturales y neurotípicas sobre comunicación. El contexto siempre es importante.

Este razonamiento, además, no nos permite poder expresar que nos han manipulado o que nos han maltratado, ya que este tipo de valoraciones las coloca siempre en la clasificación de subjetivas.

La empatía

Finalmente, una de las estrellas de la CNV es lo que llama empatía. La CNV describe el proceso empático como una interpretación sobre qué necesita la otra persona sin que esta lo exprese ni pida esta opinión. Lo que propone la CNV es que cuando alguien te señala alguna queja tú no puedes ser le responsable de lo que ella siente y, por tanto, tiene que estar siendo un problema que necesita alguna cosa que no está pudiendo satisfacerse ella misma, y se lo tienes que hacer saber (incluyendo una suposición de cuál debe ser su necesidad no cubierta). Desde mi punto de vista, decirle a una persona qué es lo que siente y qué necesita, a través de una lectura y sin que ella haya expresado ni pedido esta opinión, es bastante violento. Es más, lo que se hace con esto es desviar la atención de lo que le otre decía: pasas de ser tú la señalada a señalarla a ella.

He visto manipular muchas veces a través de este tipo de empatía. Siguiendo con ejemplos: si intentas señalar alguna agresión, lo que automáticamente se te cuestionaría es cuáles deben estar siendo tus emociones y buscando tus carencias que te llevan a esas emociones, como si no fuera la agresión en sí la que te provoque la emoción, ya que la persona que te agrede no es responsable de tus emociones. Esta es una de las partes que a mí más ansiedad me producen cuando estoy delante de alguien que utiliza esta herramienta.

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sobre poder y dominación en nuestros espacios críticos

por wuwei (natàlia)

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Este texto lo escribí y se publicó en El Salto el 18 de marzo. Podéis ver el original aquí . 


Este texto es el tercero de un conjunto de textos en los que quiero reflexionar y abrir un proceso de auto-crítica sobre gestión de discursos y espacios. El primero está aquí y el segundo aquí.

Aviso de contenido: poder, dominación, instrumentalización, manipulación, mención de ansiedad, capacitismo, mención de estructuras de poder, privilegios, agressiones, salud mental, violencia, mención de miedo, sentimiento de culpa, castigo

Hace tiempo que tengo ganas de hablar de cosas de las que sé que nos cuesta hablar, pero que sé que es un tema que nos está rondando a muchas y algunas personas ya han empezado a hablar de ello. Los motivos por los cuales nos cuesta tratar el tema son variados: porque tenemos miedo a las consecuencias de hablarlo, por la exposición emocional y mental que supone, pero también porque tenemos miedo a cargarnos todo aquello que tanto nos ha costado construir en espacios críticos, feministas y de lucha social (herramientas, discursos, vínculos). También juega un papel muy importante el poder, tanto sea porque tenemos miedo a perderlo o a renunciar a la posibilidad de una posición superior, o bien porque queremos conseguir esta posición superior. Además, tenemos miedo a que nos pisen o a ser excluidas (este último viene a ser uno de los motivos por los cuales muchas seguimos la corriente sin cuestionar cosas que nos pican).

Pero la realidad nos explota en la cara, y no podemos permitirnos ignorar mucho del daño que nos estamos haciendo, los poderes que estamos generando, los guayismos y las consecuencias de todo esto, entre las que se encuentran problemas de salud mental, sociales/relacionales, económicos, de aislamiento. Problemas contra los cuales supuestamente estamos intentando luchar.

A mi alrededor desde hace tiempo personas hablan de situaciones diferentes pero que tienen muchas cosas en común: por un lado, la utilización de discursos como herramientas que acaban generando ciertas violencias, tanto sea exclusiones, acoso o borrados, y por otro lado, la instrumentalización de los discursos solo para obtener poder. Normalmente es una mezcla complicada de las dos y lo que finalmente tenemos es un ejercicio de poder que no es nunca contemplado cuando hablamos de estructuras sociales porque se ha generado especialmente alrededor de nuestros discursos y de nuestros espacios —movimientos sociales, activismos sociales, feminismos, queer/LGBTI+, no-monogamias… — tanto físicos como virtuales, donde se incluyen redes sociales.

Ya sabemos que las estructuras sociales de poder que nos encontramos “fuera” de nuestros espacios se repiten dentro de estos. Sabemos que el machismo, el racismo, el heterosexismo, entre muchas otras estructuras, están presentes. Los ejes principales de nuestras luchas son, precisamente, estas estructuras. No obstante, dentro de estas luchas han emergido nuevas estructuras, que son aquellas que nos otorgan ciertos reconocimientos y poderes en estos mismos espacios: el guayismo, aquella tendencia a destacar y generar cierto dominio a través del ser “guay” bajo los parámetros definidos por nuestros activismos sociales —como por ejemplo, estar construida, dominar el discurso, obtener atenciones debido al dominio de este discurso, producir discursos como si fueran productos de consumo, famoseos y divineos. Evidentemente se mezclan otras estructuras menos visibles y reconocidas como son el hecho de tener ciertos tipos de carismas o bien la capacidad de poder dominar todo esto (capacidades comunicativas, emocionales o intelectuales). Y todo el resto siguen la corriente, porque ir en contra es buscarte el aislamiento o hundirte.

Es complicado entender en qué momentos ha habido un deseo de poder sobre otras personas o bien hemos confundido el empoderamiento personal con un ejercicio de poder hacia estas otras, aprovechándose muchas veces de privilegios y de situaciones que en muchos discursos no se contemplan. El problema es que uno de los muchos dogmas que hemos aprendido a repetirnos es que da igual lo que hagas sobre una persona que tiene un privilegio concreto sobre ti porque esto (supuestamente) nunca es violencia, olvidando muchas más partes del contexto de aquella persona y de otros ejes que le puedan estar atravesando que no vemos (o no queremos ver). La salud mental es uno de ellos. Entiendo que delante de ciertas situaciones hemos tenido que aprender a dejar de empatizar con las personas que nos violentan y que tienen más privilegios, y entiendo que es vital que siga siendo así en muchos casos. Pero, no obstante, hemos hecho un salto y hemos pasado a desear que se deshumanice totalmente a quien consideramos que tiene un cierto privilegio sobre nosotras.

Hemos confundido acompañamiento a las violentadas o agredidas con un ejercicio de multiplicar cualquier deseo de quien haya padecido la violencia. Cualquiera, sin cuestionarlo, ni contextualizarlo. Mi pregunta es: ¿esto es acompañamiento? A la vez tenemos miedo a todo lo que se nos puede llegar a pedir cuando se señala a otra persona como agresora, llegando al punto de que, si vemos que podemos, intentamos mirar hacia otra parte dejando de lado totalmente a la propia agredida. Las dos caras de la misma moneda tienen consecuencias totalmente contrarias a lo que supuestamente queríamos obtener.

Todo esto lo digo con dolor después de haber estado años intentando esquivar los intentos de manipulación por parte de un hombre que quería cuestionarme estos discursos para su propio beneficio. Cada vez que alguien me hablaba de cuestionarlo la ansiedad se me disparaba. Me ha costado aceptar que estas herramientas puedan estar siendo utilizadas también para generar poder. Pero es que el poder se aprovecha muchas veces de cualquier fisura que encuentra y es por esto que es muy importante repensarnos constantemente y estar muy alerta. Creo que uno de los problemas principales ha sido convertir parte de estas herramientas y discursos en dogmas y no contextualizarlos nunca. Sí, hemos generado dogmas, creencias que van más allá de lo que tendría que tener un espacio que se diga a sí mismo crítico. Estos dogmas los hemos creado para revertir aquellos otros que nos imponen las estructuras de poder, pero al fin y al cabo son dogmas que no se pueden cuestionar, que no se pueden contextualizar según la situación.

Otros dogmas que hemos creado son, por ejemplo, que si una persona dice que se ha sentido agredida significa que lo ha estado (sin habernos parado a reflexionar o definir qué queremos decir con “agresión”), o bien también que todo lo que pida una persona que se ha sentido agredida va a misa (y nunca mejor dicho). Con esto no quiero decir que tengamos que hacer todo lo contrario, como pasa fuera de nuestros espacios, donde no se cree a las agredidas y no se las acompaña. Nos ha costado mucho que se nos escuche, se nos crea y se nos acompañe.

Lo que tenemos que replantearnos es qué quiere decir acompañar y escuchar, porque revertir totalmente un poder que fuera no tenemos de esta manera implica otorgar un poder muy grande. Y todo poder que se otorgue tiene el peligro de ser deseable y utilizado más allá de las situaciones para las que se ha construido, sea a través de un proceso consciente o inconsciente. He visto y vivido de muy cerca cómo se instrumentalizaban estos dogmas para destruir a personas, o por venganza debido a situaciones que nada tenían que ver con la acusación que se estaba haciendo (celos, por ejemplo). He visto cómo se mentía, se inventaban agresiones, o bien se aprovechaban algunas existentes para generar aún más poder sobre una persona. Sigo creyendo que cosas como ciertos vetos o ciertas formas de tratar las agresiones son importantes y necesarias. Pero no siempre ni de todas las maneras, ni otorgando este total y absoluto poder.

Hemos basado buena parte de nuestros discursos en el sentimiento de culpa y en el castigo. ¿No nos suena esto de algo? Sin darnos cuenta hemos caído en la misma trampa con la que el sistema en el que vivimos nos violenta día tras día. No creo que las personas oprimidas tengamos que estar siempre haciendo pedagogía, creo que es algo que tenemos que poder escoger, el momento y el lugar, la exposición y como nos autocuidamos, y si realmente lo queremos hacer. No obstante, sabemos que vivimos en el mundo que vivimos y es por este motivo que algunas o muchas hacemos activismo, y pedagogía la tendremos que hacer. Caer siempre en atacarnos, castigarnos o jugar a hacernos sentir constantemente culpables de todo no tiene nada de revolucionario. El cambio más revolucionario tiene que pasar por otras vías.

Una cosa que da mucho poder en nuestros espacios es dominar el discurso, saber en todo momento como utilizarlo. Creo que quien tiene el privilegio de saber y poder dominar ciertos discursos tiene un poder más grande dentro de nuestros espacios. He visto cómo se manipulaban los discursos sobre cuidados para conseguir más atenciones y afectos. He visto manipular los discursos de “no puedes dejar una relación así como así porque esto es capitalismo y consumo de cuerpos” para que haya personas que no puedan dejar relaciones de maltrato o chungas, o que eran incompatibles. He visto maltratar mucho a personas y taparlo totalmente acusándolas de capacitistas si señalaban maltrato. He visto cómo se manipulaba también el discurso del tone-policing para excusar acoso y ataques sin ningún cuidado hacia personas que cometían algún error típico de cuando no estamos suficientemente formadas. He visto, de hecho, manipular y utilizar cualquier discurso. A veces me da pánico escribir, dar un taller o una charla, porque he visto manipularlo todo.

Finalmente, y no menos importante, también he visto y he vivido la hipocresía de la generación de discurso solamente para el puro consumo de las oyentes y lectoras y para el puro protagonismo y guayismo de las productoras, con un gran vacío en medio donde se generaban borrados, manipulaciones, ghostings, luz de gas o competición, por parte de las mismas que hablaban y se ganaban la fama hablando de cuidados, de horizontalidad, de cooperación o de compañerismo.

Escribo todo esto no solamente para hablar de las demás, sino que aprovecho para revisarme, hacer autocrítica y responsabilizarme. Escribo todo esto con un poco de miedo, pero a la vez con las ganas y con la esperanza de que algún día dejemos de hacernos daño. A veces lo veo, me entristezco y tengo ganas de huir corriendo. Otras veces cojo fuerzas e intento entender cómo podría moverme alrededor de todo lo que siento una farsa. Dos veces al año me cogen crisis y ganas de dejar este tipo de espacios. Pero después miro a mi alrededor y, cuando me fijo más allá de todo aquello que el poder intenta borrar, en el fondo veo cosas a las que cogerme: compañeras que construyen cosas cada día, con mucho cuidado y sin esperar nada más que un verdadero cambio social. Y es en estos momentos en los que cojo aire y fuerza y decido seguir.

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quiero recoger experiencias para crear referencias en espacios donde tengan/sirvan comida

por wuwei (natàlia)

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Aviso de contenido: comida

Hace poco escribí un texto sobre mi experiencia teniendo que seguir unas ciertas restricciones alimentarias y como esto me afectaba a mi día a día moviéndome en espacios de todo tipo, especialmente aquellos donde había comida. Después de algunos comentarios y mensajes que recibí de personas a las que les resonaba la experiencia me he decidido a intentar crear algún tipo de referencia para espacios que tengan comida y que quieran ser sensibles a las realidades de muches.

Aunque la idea ha empezado a partir de la problemática sentida debido a restricciones alimentarias, quiero también poder añadir y tener en cuenta otras problemáticas que no tienen por qué ser debidas a “problemas de salud” de este tipo, sino también a como nos relacionamos con la comida personas neurodivergentes, diversas funcionales o discapacitadas. Es probable que me esté dejando realidades y colectivos, espero poco a poco ir añadiendo a todas las que pueda. Si tienes problemas con cómo se gestiona el tema de la comida en espacios, si sientes que tienes algún tipo de vivencia con la comida que creas que se tiene que tener en cuenta y te sientes reflejada por el motivo que sea, también me gustaría que te pudieras sentir incluida en este “llamamiento” que hago.

Este texto es para hacer un llamamiento a que todes les que sientan tener ciertas necesidades que tengan que ser contempladas en lugares donde tienen comida me envíen por correo electrónico cuáles son las problemáticas y como creen que se podrían tener en cuenta o se arreglarían. En el caso de que no sepáis como se podrían tener en cuenta ni contemplar las problemáticas podéis escribirme también, a lo mejor entre más de una persona podemos encontrar alguna solución inclusiva. Podéis escribirme a wuwei.activismedesorientat@gmail.com.

La idea es que si se crean unas referencias a partir de aquí, estas estén en constante construcción y no sea definitivo para nada, sino que se pueda ir adaptando según la experiencia (de les afectades). Gracias a todes les que queráis ayudarme y queráis participar. Espero las aportaciones e iré a mi ritmo, no sé cuándo lo tendré hecho (seguramente tardaré bastante tiempo). La idea es que lo podamos debatir a partir de un primer borrador.

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rapidez, capitalismo relacional y acumulaciones de afectos

por wuwei (natàlia)

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Este texto lo escribí y se publicó en El Salto el 6 de Febrero. Podéis ver el original aquí . 

Aviso de contenido: capitalismo relacional, capacitismo, misautismia, consumo, objetificación, competitividad, apropiación

Vivimos en un sistema de contradicciones constantes. El capitalismo nos obliga a ir rápido, a usar lo que nos rodea y dejarlo sin más, a consumir, y a la vez no nos permite cambiar como nos gustaría o como necesitamos, ni le gustan los procesos, porque tenemos que ser lo que nos manda ser, para ser productivas y reproductivas, para explotarnos y encajarnos en una jerarquía. Vivimos en un sistema basado en metas, el capitalismo borra los caminos, el goce de los momentos, del compartir. Metas, cambios a golpes, forzados, estaticidades también forzadas y jerárquicas, fluir que no es en realidad fluir, que no es adaptable a ningún contexto que no sea el de su consumo, de la explotación o la objetificación. Es un fluir que es más bien un arrastrarse en una corriente anti-persona. Y esto no nos afecta igual a todas, sino que afecta mucho más a aquellas que no encajamos en muchos cánones que no nos permiten seguir este ritmo cuando nos movemos, cuando trabajamos, cuando nos relacionamos.

Para algunas cosas, especialmente aquellas cosas que están vinculadas a la relación con lo que me rodea, soy una persona lenta. Soy autista, y me he dado cuenta de que mi lentitud está relacionada con ello. Y no lo digo como si fuera algo negativo en sí mismo, de hecho me estoy enamorando de ello a medida que más entiendo cómo funciono. Sería una cosa maravillosa si no fuera por todo el aspecto estructural y social en el que me tengo que mover. La carga negativa aparece, por un lado, por cómo percibe nuestra sociedad la lentitud: socialmente es considerado un defecto, una incapacidad. Por otro lado, la negatividad se incrementa mucho más cuando yo misma quiero y necesito moverte en este sistema: no es solamente una cuestión de “mala imagen”, es una cuestión de que todo a mi alrededor me acaba colocando en una posición inferior donde todo me cuesta mucho más. Vivimos en un sistema altamente competitivo donde hay poco espacio para el tiempo y para los procesos. El sistema se basa en la rapidez, en quien más rápido va es quien se lleva los premios. Hay privilegios que te permiten ir más rápido (tener dinero, ser blanca, encajar en los roles de género, ser delgada, tener carisma, etc.) pero a todo esto se tiene que añadir la propia rapidez o lentitud de cara persona: estamos hablando también de capacidades (y discapacidades).

Para mí conectar con otras personas requiere un tiempo. Y en este “conectar” caben muchas formas de conexión: mentalmente, emocionalmente (afectiva o románticamente), sexualmente, o para compartir cualquier cosa. Como sea, es igual, saber si una persona me gusta, me cae bien, me apetece compartir unas cosas o unas otras, me cuesta un tiempo que suele ser superior al que le cuesta al resto. Esta lentitud es debida a muchos factores que acaban influyendo a mi baja velocidad: por ejemplo, muchas veces me saturo por las cosas que estoy sintiendo y necesito separarme de ellas para poder gestionarme y para poder comprender como me siento (antes no lo hacía así, y la intensidad me llevaba a arrastrarme a lugares que quiero evitar); a la vez, también muchas veces me cuesta reconocer las cosas que siento en el momento (necesito tiempo para saber qué he sentido con una persona o qué es lo que puedo estar sintiendo); también me pasa que me es difícil procesar muchas de las cosas que las personas me dicen o comparten conmigo, y también tengo cierta tendencia a la ansiedad social que me dificulta pasar mucho tiempo con personas que no conozco o que conozco poco.

Debido a esta lentitud muchas veces en el mundo de las relaciones me siento como yendo en bicicleta en una carrera de Fórmula 1: yo voy tranquilamente pedaleando mientras me van pasando coches a toda pastilla por mi lado (esta metáfora está inspirada en una de parecida que me expresó hace un tiempo Laura, una persona con quien tengo un vínculo cercano). Imaginaros un evento de un fin de semana donde todas tenemos la oportunidad de conocer a personas nuevas con una cierta afinidad y “conectar”. Pues yo iría pedaleando y todas me pasarían corriendo como una bala por al lado. Esto no solamente hace que yo siempre quede atrás, sino también que sienta angustia y ansiedad, como siempre me ha pasado cuando voy en bicicleta por la calle de una ciudad: me siento vulnerable, desnuda, mucho más fácilmente “atropellable”. Lo que ocurre es que no solamente siento no llegar nunca a los sitios o llegar tarde, sino que cuando llego todas, que han llegado mucho antes con su cochazo, ya están demasiado ocupadas con otras personas. El tiempo es finito y las atenciones también. La exclusión es obvia.

Pero esta exclusión no solamente pasa cuando eres lenta, también suele pasar cuando no tienes un cuerpo normativo, cuando tienes otras discapacidades, cuando no eres tan guapa, cuando no eres carismática, etc. De hecho a mí me atraviesan más cosas que la lentitud. No es sólo exclusión por el hecho de ser así (gorda, fea, discapacitada), cuidado, de esto es más fácil hablar, de que te excluyan “directamente” por no encajar con la norma estética establecida. Es más complejo que esto. Es también, como estaba comentando en mi caso, porque todo el resto te pasan siempre delante, con sus cuerpos, su forma normativa de conectar, sus carismas, y cuando tú llegas, al ser el tiempo y el afecto que todas podemos realmente compartir una cosa finita (sí, todos los recursos lo son), es más fácil ser excluidas de forma “indirecta” y menos obvia. No es siempre una exclusión directa, sino más bien que no llegas porque otras te pasan siempre delante.

Esto pasa en la monogamia, y se puede multiplicar mucho más en el poliamor y en otras no-monogamias siempre que estas se expresen bajo la misma forma capitalista de funcionar. La monogamia se basa en la competición por ver qué persona consigue estar en la posición privilegiada por el afecto de una persona (la pareja). Hay muchas que creen que la competición se acaba cuando rompes con la idea de exclusividad y “permites” que las personas puedan tener más de una relación sexoafectiva. Pero esta idea es ingenua. Lo es porque creer que una vez todas podamos relacionarnos con todas estaremos en la misma posición de igualdad es la misma trampa ideológica liberal de que se puede ser libre sin romper con las condiciones sociales de desigualdad. O sea, que tengamos la posibilidad de tener más relaciones sexoafectivas no incrementa la posibilidad de que las excluidas nos “toque” algo, sino que si no se rompen las relaciones desiguales lo que propicia es que algunas acumulen más afectos mientras otras nos dediquemos a acompañarlas (sintiéndonos a veces explotadas) y mirarlas desde fuera. Es coger la monogamia y multiplicar todavía más algunos de sus efectos. En esta caso incluso algunas nos quedaríamos en una situación de aún más competición y más vulnerabilidad que en la monogamia, ya que en la monogamia al menos cuando consigues el afecto de alguien la competitividad disminuye un poco y no permite una acumulación tan grande por parte de algunas.

También pasa con otro tipo de relaciones que no son contempladas cuando se habla de monogamias o poliamores. Por ejemplo, yo tengo un sobrino de tres años y me he dado cuenta de que no puedo vincularme con él cuando estamos una buena parte de la familia junta (o al menos cuando están algunos miembros concretos). Hay constantemente una lucha competitiva (inconsciente) para acaparar su atención y es una lucha que a mí me coloca siempre fuera (también por el hecho de ser autista, pero se añade el clasismo). Esto, si yo no le pusiera ningún tipo de remedio y esfuerzo por mi parte (como creo que estoy haciendo desde hace poco), haría que yo a la larga no acabara pudiendo generar un vínculo tan cercano con él y quedara, por tanto, excluida de sus atenciones. Pero es un esfuerzo que a veces me hace sentir ir contracorriente y luchando contra cosas muy difíciles de luchar en el sistema que vivimos: yo no puedo comprarle millones de juguetes, ni puedo llevarlo en coche a lugares diferentes porque no tengo coche (tampoco es que quiera hacer estas cosas, de hecho detesto esta forma de comprar atenciones, pero explícale esto a un niño de 3 años).

La cooperación y romper con la competitividad, teniendo en cuenta lo que comentaba anteriormente, no es solo una cuestión de no competir de forma consciente con otras personas por nuestros amores, afectos o relaciones del tipo que sean, sino que es tomar consciencia también de los factores que nos colocan en puntos desiguales. He comentado en este texto el caso específico de la velocidad, que para mí es una de las metáforas del capitalismo que me resuena en como vivo las relaciones, pero también hay muchos otros factores que se ven afectados por estas múltiples exclusiones y hacen que muchas queden descartadas en un sistema competitivo y de acumulación de afectos.

Yo no soy monógama, y decidí no ser monógama en un acto de querer ser consciente de mis privilegios y de poder de alguna forma aprender a desprenderme de ellos. Para mí la monogamia se basa en la propiedad, el consumo y la competitividad, y me declaro fuertemente anti-monogamia. Para mí ser no monógama implica romper con la propiedad para pasar a compartirnos, ayudarnos, cooperar, no sólo en el ámbito sexoafectivo, sino en todos los ámbitos: la idea de comunidad/es. Mi sorpresa fue ver un mundo supuestamente no monógamo y alternativo que no era muy diferente y que multiplicaba lo que ya teníamos. Para mí todas esas vivencias que muchas veces nos venden como poliamores no son alternativas sino otras versiones, un poco más liberales, de la monogamia.

Si rompemos con la propiedad, tenemos que aprender a compartirnos, no a acumularnos. Si rompemos con el consumo, tenemos que aprender a respetarnos, no a coleccionarnos. Y si rompemos con la competitividad, tenemos que aprender a cooperar y a entender de qué puntos partimos cada una, tenemos que frenar, dejar espacio para los verdaderos procesos, no seguir queriendo ignorar que partimos de posiciones desiguales, ignorando nuestros contextos y las estructuras sociales que nos rodean y atraviesan. Y tenemos que querernos ver, a todas. También a aquellas a las que no solemos querer ver porque estamos siempre demasiado ocupadas y preocupadas pensando en cuál será la próxima presa a la que ganaremos como trofeo para nuestra colección.

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alcohol y otras drogas como forma de sobrevivir al neurocapacitismo

por wuwei (natàlia)

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Aviso de contenido: alcohol, drogas, adicción, neurocapacitismo, misautismia, dolor, aceptación social, rechazo, miedo a la pérdida de relaciones, mención de síndrome de abstinencia

 

Lo que relato en este texto es mi experiencia persona y no implica ni significa que todas las personas atravesadas por el neurocapacitismo hayan vivido lo mismo. De hecho hay experiencias muy distintas y todas las experiencias son merecedoras de ser tenidas en cuenta. También, obviamente, dependerán del neurotipo. Esto no quita que la vivencia sea en muy buena parte estructural, y es que cada une vivimos las estructuras de forma diferente según muchos otros factores de nuestras vidas.

 

La adolescencia para mí (igual que para muches) fue una época de total y absoluto desbarajuste emocional, sobre todo en cuanto a cómo vivía toda la información que me llegaba de lo que me rodeaba y de las relaciones. Ahora entiendo muchas más cosas de mí, especialmente gracias al feminismo y al activismo de muchas personas neurodivergentes que me ha ayudado a entenderme fuera de la neurotipicidad. Entiendo y sé que la adolescencia para todes suele ser un gran desastre, pero cuando te atraviesan ciertas estructuras puede llegar a hacerse uno aún más grande. Debido a las exigencias sociales, a que aprendí sobre mí misma y sobre mi funcionamiento a través de parámetros que realmente no me representaban ya que yo no funcionaba como lo que era estipulado como “normal” y, por tanto, debido al hecho de no haber tenido tiempo al autoconocimiento, al hecho de que mi cabeza sentía diferente, procesaba diferente y vivía todo lo que le llegaba de forma diferente, el neurocapacitismo afectó buena parte de mi vida. En mi caso las relaciones sociales y la vivencia con mi cuerpo, con mi cabeza y las emociones se hicieron bastante insoportables. Solamente sentía dolor y una necesidad muy grande de taparlo. Empecé a consumir drogas y alcohol rodeada de esa ansia, y rápidamente empecé a tener problemas de abuso de estas sustancias (especialmente alcohol) y una adicción bastante elevada.

Mis idas y venidas con todas mis adicciones han sido complicadas estando mezcladas muchas veces con episodios muy complejos de mi vida: he tenido periodos donde he dejado completamente todo tipo de sustancia adictiva (también azúcares, tés y cafés), y otros momentos donde he consumido hasta puntos extremadamente preocupantes y donde soy consciente que casi me ha ido la vida en ello. Toda mi problemática, obviamente, se mezclaba con la gran normalización que hay en el consumo de alcohol y de otras drogas (pero sobre todo alcohol) en muchos tipos de espacios, como los espacios de fiesta, también en celebraciones o en el día a día. No obstante, no quiero desviarme de mi problema ya que todo lo que a mí me ha pasado en relación con las drogas ha ido más allá de una problemática del consumo en espacios donde está socialmente aceptado: he ido bebida al instituto, he consumido drogas consideradas más “duras” entre semana para ir a clase a la universidad, he bebido para poder salir a la calle a caminar e interaccionar “normalmente” con gente, etc.

Poco a poco, y sobre todo, como he comentado al principio, gracias a leer y escuchar a activistas neurodivergentes, me he dado cuenta de cuáles han sido las causas de mi problema con el consumo de ciertos tipos de sustancias. Las causas están muy relacionadas con el neurocapacitismo que he padecido desde siempre y que ahora he conseguido ponerle nombre. Como comentaba al inicio del texto, desde adolescente todas las interacciones con mi entorno me suponían un dolor constante, no solamente psicológico, sino también emocional y físico. Ahora he entendido que este dolor era provocado por no entender (o no aceptar) que mi funcionamiento era diferente, obligarme a interaccionar y relacionarme como se ha estipulado socialmente que se tiene que hacer, y no aceptar mis diferencias y sensibilidades sensoriales. No era capaz de quitarme este dolor de ninguna manera y había drogas que al producirme cierto placer tenían la capacidad de quitarme este dolor, aunque fuera para calmarme temporalmente. No quiero, no obstante, que todo recaiga en una cuestión de auto-aceptación, como si yo fuera la única responsable de ese proceso, ya que esta no aceptación provenía de una no aceptación social y que yo aprendí de mi “exterior”.

A parte del dolor, me he dado cuenta de que tengo cierta ansiedad social que muchas veces no me permitía soportar el día a día, especialmente la relación constante (y sin medida según como me sentía) con compañeres y amigues y en eventos sociales. Ahora mismo en estas situaciones cuando me angustio o tengo ansiedad suelo irme del lugar donde estoy para poderlo gestionar (a veces con frustración porque me gustaría poder estar allí y con el miedo a perder relaciones en el camino de tener que irme de los sitios). También, para prevenir estas situaciones de ansiedad, suelo organizar mi agenda para poder tener momentos y días para mí y no socializar en exceso para ser capaz de poderlo hacer en otros momentos. No obstante, esto antes no lo conocía y además pensaba que no sería aceptada por les demás (no solamente lo pensaba, mi experiencia me lo demostraba), y muchas veces acababa utilizando el alcohol como ansiolítico para hacerme aguantar situaciones sociales que me producían ansiedad. También me he dado cuenta de que en encuentros sociales fumaba mucho más, no sólo por ansiedad social, sino también para esconder mis stims: o sea, cómo la mayoría de stims no son “aceptables” pero el acto de fumar sí, lo que hacía era sustituirlos y utilizaba el acto de fumar como stim escondido a ojos de las demás personas.

El alcohol también me ayudaba a parecer de cara a otras personas más neurotípica: o sea, más normal. He aprendido que esto es un tipo de camuflaje. Delante de mi desconocimiento sobre el tema lo que sentía es que el alcohol me ayudaba a “desinhibirme”, que es lo que se suele decir. Ahora, reflexionando bien muchas de las situaciones donde sentía la necesidad de beber, me he dado cuenta de que beber me ayudaba a enmascarar muchos de mis rasgos no neurotípicos para parecer más aceptable; en realidad en aquella época que no conocía mi no neurotipicidad, simplemente sentía que me convertía en una persona más “normal”. De esta manera sentía que podría conseguir actuar como se espera de toda persona, una cosa que a mí me costaba mucho ser capaz y pensaba que necesitaba trabajarme más. Hacerlo me costaba un sobreesfuerzo muy grande, esfuerzo que el alcohol suavizaba. Estos procesos se me juntaban con un miedo muy grande a ser excluida y a ser rechazada. Yo me esforzaba y me obligaba a encontrar maneras de no pasar más por aquellos procesos de rechazo y de exclusión, y el consumo de alcohol formaba parte de todo ese deseo de aceptación.

Todo esto, juntamente con tener una facilidad muy grande para engancharme a cualquier droga debido a mi funcionamiento (más bien de forma física, no me estoy refiriendo a adicción puramente psicológica o emocional), acababa por arrastrarme muchas veces a pozos de donde me costaba mucho salir. Tengo una dificultad muy elevada (comparada con otras personas) para dejar ciertas sustancias (también la cafeína, no todo es un problema con drogas menos aceptadas socialmente) y los síntomas de los síndromes de abstinencia que suelo tener son bastante fuertes. Con el tiempo he conseguido comprenderme, aceptarme y entender cómo gestionar situaciones de abstinencia, y cada vez conseguir salir de ella mejor. Pero esto lo he aprendido con el tiempo, como todo el resto.

Nunca he sabido donde situarme delante de los discursos pro-drogas o anti-drogas. A mí las drogas, aparte de todo lo que he explicado, me han aportado cosas muy buenas, así como otras de desastrosas. Creo en el consumo de estas sustancias para el uso que cada persona le pueda encontrar siempre que intente (como con todo) compartir los espacios de forma responsable (tema complejo a tratar, ya lo sé). Por otro lado, simpatizo  con una parte del discurso anti-drogas, especialmente por cómo gestionamos nuestros espacios, tanto de fiesta como de no fiesta, y el consumo acrítico, sin ningún tipo de reflexión sobre cómo influyen con nuestro entorno y la obligatoriedad que imponen estos espacios a consumirlas sin muchas alternativas. No obstante, los dos discursos caen muchas veces en el neurocapacitismo (igual que muchos discursos sobre el consumo de medicamentos, sean o no drogas), especialmente el discurso anti-drogas. Por esto necesitaba compartir mi experiencia. No nos sirve de nada hacer críticas hacia el consumo de drogas que estén obviando una parte de las personas que tenemos tantas dificultades para movernos por cualquier espacio haciéndonos sentir muchas veces culpables de nuestro propio consumo. Ciertamente la respuesta a los problema que tenemos muches que nos atraviesa el neurocapacitismo no tendrían por qué pasar por las drogas. Seguramente no. Pero no nos sirve de nada criticar el consumo de drogas para tapar nuestros problemas con todas estas vivencias si no generamos primero unos espacios y relaciones menos neurocapacitistas. Y con esto último todavía nos queda muchísimo trabajo por hacer.

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relaciones horizontales también desde la duda y desde la dificultad para expresarnos

por wuwei (natàlia)

en català aquí.

 

[imagen: dos brazos donde hay escrito en uno «indecise» y en el otro «confosa»]

 

Aviso de contenido: neurocapacitismo, obligatoriedad de saber lo que quieres, obligatoriedad de saber expresar, exclusión, jerarquías

 

Como ya he comentado en otros textos (como por ejemplo, en “el compromiso como acto revolucionario), la mayoría de las cosas que se comparten en una relación son cosas que no son (normalmente) escogidas entre las personas que la componen. Las cosas que se comparten y los pactos o compromisos no se suelen hablar, ni decidir ni tomar, sino que vienen dados por defecto a través de unas normas implícitas según el tipo de relación que se establece: por ejemplo, si tienes una relación de pareja con una persona se presupone que será con ella con quien irás de vacaciones o acabarás en algún momento compartiendo vivienda y finanzas.

Esta forma de “construir” relaciones en realidad no construye la relación, sino que hace que se cree o se genere a través de normas (sociales) que la arrastran y le suelen imponer también jerarquías (tanto entre las personas que componen la relación como hacia otras personas/relaciones). Los compromisos que se no-toman (o sea que vienen implícitos) no son sensibles al contexto ni a las necesidades de las personas que componen la relación. Como ya había apuntado también anteriormente, una forma alternativa más sensible de construir relaciones y compromisos en estas relaciones es haciendo explícito lo que se quiere compartir, hablar y dejar más claro entre las personas que la componen de qué trata la relación, y qué compromisos se quieren tomar juntes. Estos compromisos, no obstante, no solamente tendrían que ser explícitos, sino que tendrían que poder ser tomados en un espacio seguro y en que todes realmente puedan expresarse sin coacción.

Pero ha habido una confusión bastante grande entre la necesidad de tomar las decisiones de forma explícita con que las personas tengamos que saber siempre lo que queremos o lo que necesitamos y que además lo tengamos que saber expresar siempre de la mejor manera. Hay muchas personas que consideran incluso violento que la otra persona no sepa o no tenga claro qué quiere o no sea capaz de expresarlo de la forma que se considera “sana” (expresión que, sinceramente, no me gusta nada). Esto genera, no solamente una presión muy grande hacia todes, sino a la vez una jerarquía donde solamente las más capacitadas para decidirse, a entender lo que necesitan en un tiempo considerado socialmente “normal”, o a poderlo expresar con la claridad que se reclama, tendrán el privilegio de entrar en este discurso.

La creencia de que para poder tener relaciones horizontales tienes que tener claro lo que quieres y lo que necesitas es capacitista (especialmente neurocapacitista), aunque obviamente afecta a muchas personas no atravesadas por el capacitismo porque esta incapacidad a la hora de saber lo que queremos la podemos sentir todes en algunos momentos de nuestra vida. La necesidad de establecer pactos explícitos no implica la necesidad de saber lo que se quiere y lo que se necesita. Es absurdo creer que si no podemos establecer un pacto concreto implicará automáticamente que nos dejaremos arrastrar. Que no sepas lo que quieres o lo que necesitas se puede respetar sin que se caiga en establecer compromisos implícitos y jerárquicos. Precisamente la idea de romper con los compromisos sistemáticos implícitos para crear de sensibles es también para tenernos en cuenta con nuestras especificidades, por tanto también con nuestras no capacidades.

Decir que no sabes lo que quieres ni lo que necesitas también es ser explícite (una cosa que a menudo olvidamos porque parece que solamente se pueden hablar las cosas cuando está todo claro y trabajado, y precisamente se trata de lo contrario, compartirnos y aceptarnos en nuestros procesos). Creer que no se pueden pactar cosas ni comprometerse ni hablar sobre cómo sentimos la relación si le otre no lo tiene todo claro es bastante reduccionista ya que hay muchas formas de hablar, pactar y comprometerse. Por ejemplo, se pueden hablar de las dudas que sentimos o de las cosas que tengamos un poco más claras que a lo mejor no queremos para intentar movernos alrededor de esto; se pueden establecer pactos temporales dependiendo de cómo le otre pueda irse dando cuenta de lo que necesita, etc.

También se reduce la problemática a “saberlo expresar” (o sea, saber expresar las necesidades o voluntades en la relación) sin tener en cuenta que muches tenemos dificultades a la hora de expresar lo que queremos por muchos motivos. Por ejemplo, a muches que nos han negado nuestras necesidades desde pequeñes (tanto sea por nuestro género como por tener unas necesidades consideradas “especiales”, como pasa a muches neurodivergentes) expresarlas muchas veces se nos hace dificilísimo; también nos puede ser difícil expresar necesidades cuando es un tema que nos afecta emocionalmente o tenemos miedo a la reacción de le otre y nos atraviesan ciertas dificultades a la hora de expresarnos de una manera que se considera “normal” o “aceptable” (no soporto, por ejemplo, esta costumbre que hemos adquirido en espacios no monógamos en resumirlo todo diciendo que las cosas se pueden decir “tranquilamente y naturalmente”). Para poder trabajar las relaciones de forma horizontal no solamente tenemos que dejar espacio para que podamos ser explícites, sino también tenemos que dejar espacio para que nos podamos expresar de muchas formas que intenten ser sensibles a las necesidades de expresión de todes, y también tenemos que poder hablar de estas dificultades que tenemos para expresarnos, hablar sobre los motivos e intentar encontrar entre todes cómo podríamos crear este espacio que pueda sentirse más seguro.

La idea de generar compromisos horizontales es también la de que estos compromisos no tengan que ser estáticos y puedan cambiar para adaptarse a nuestros cambios de necesidades o bien a cómo nos vamos dando cuenta de lo que necesitamos cuando se va construyendo la relación; también es que se puedan adquirir desde muchos puntos diferentes, también desde la incertidumbre o la duda. Los compromisos se tienen que poder tomar desde espacios y situaciones seguras para todes, especialmente para les más vulnerables, donde se incluyen aquelles a les que les cuesta expresar lo que quieren como también aquelles que muchas veces les cuesta tiempo entender qué necesitan. Es importante aprender a hablar también desde estas posiciones y llegar a pactos desde allí para hacer las relaciones horizontales más inclusivas y sensibles.

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salud y dieta: cómo moverme por espacios donde no se contempla mi realidad

por wuwei (natàlia)

en català aquí.

 

[imagen: zanahorias peladas y cortadas puestas en vertical sobre un soporte de plástico para cortar. De fondo se ven unas manos pelando y cortando naranjas y naranjas peladas sobre otro soporte de plástico para cortar. En medio se ve un pelador con pieles de las zahanorias.]

 

Aviso de contenido: mención de comida y de TCA, dieta, restricciones, capacitismo, problemas de salud, mención de problemas de salud mental y automaltrato, mención de gordofobia

 

Cuando tenía dieciocho años empecé a tener un problema de salud que, justo la primera vez que me rompió con algunos de sus fuertes síntomas, en seguida supe que sería crónico. No sé por qué, supongo que noté de alguna manera que eso que estaba sintiendo no acababa allí mismo y que seguiría persiguiéndome durante años. Y así fue. Ya arrastraba bastante problemas de salud mental (especialmente debido al neurocapacitismo, el machismo y el monosexismo que padecía) que me habían llevado a maltratar mi cuerpo de forma bastante extrema y sin ningún tipo de consideración. Mi cuerpo decidió, de esta manera, pedirme una tregua, un descanso. Mi cuerpo con estos fuertes síntomas que me incapacitaban en muchos contextos, me obligó a mirarme con más afecto, aun el sufrimiento que justo empezaba y que haría que los siguientes años me obsesionara en encontrar una solución que tardó diez años en llegar.

Durante diez años estuve yendo a médicos que nunca me encontraban nada y siempre atribuían todo lo que me pasaba a la ansiedad y a los “nervios” (como lo llamaban ellos). La solución que me daban: relájate. Y ya está. Mil pruebas (algunas duras), y nada. Pero después de unos diez años dando vueltas y encontrándome cada vez peor (hasta el punto de tener mucha dificultad para salir de casa), llegué a la solución. Descubrí lo que me pasaba buscando millones de veces por internet una combinación de síntomas que los médicos me habían dicho que no estaban relacionados y no tenían nada que ver entre ellos. Sé que se burla bastante de quien busca síntomas por internet para autodiagnosticarse, pero se ignora que muchas personas padecemos de problemas que no son tan fácilmente detectables o reconocidos; para muches el autodiagnóstico a través de herramientas como internet, las redes, etc, son la única vía para encontrar lo que nos pasa, entendernos o identificarnos con otras personas que padecen lo mismo. A mí esto me salvó. Encontré una lista de síntomas muy larga que cuadraban mucho con todo lo que me pasaba, y decidí ir directa a la nutricionista que colgaba esa información en su página.

Después de tres años de tratamiento a base de dieta, suplementos nutricionales y paciencia, conseguí llegar a un equilibrio sintomático al que pensaba que nunca llegaría. Lo que me “arregló” no fue ningún medicamento, sino una dieta: una larga lista de alimentos a evitar, y algunas recomendaciones extra alimentarias y pautas, juntamente con algunas adaptaciones a mi condición específica personal que fui aprendiendo con la experiencia y el tiempo. Esa dieta me salvó la vida, lo llevo sintiendo desde hace tiempo. Pasar de no poder casi moverme, estar siempre cansada, padecer síntomas digestivos diarios que me incapacitaban para hacer vida fuera de casa, a poder tener lo que la gente llama una vida “normal”, poder salir de casa, pensar, leer, hacer ejercicio físico, relacionarme (dentro de los límites de mi ansiedad social, obviamente), y hacerlo sin dolor ni cansancio.

No obstante, no he llegado nunca a obtener una total “curación”, sino un equilibrio que se deshace cuando dejo de seguir esta dieta. Y, aunque mi problema cuando sigo la dieta lo tengo controlado, saltármela puede comportar que vuelva toda la sintomatología que durante muchos años me incapacitó diariamente: todo tipo de síntomas digestivos, dolor corporal, fatiga, dolor de garganta, más facilidad para ponerme enferma, problemas de piel, empeoramiento de la depresión, más ansiedad de lo habitual, somnolencia, sensación de resaca por las mañanas, entre otros.

Debido a todo esto, moverme por muchos espacios me es muy complicado, porque la mayoría de las veces cuando hay comida o estoy allí para comer, casi nada es apto para que yo pueda comer. Y esto lo puedo confirmar solamente cuando sé cuáles son los ingredientes de la comida preparada que hay, ya que la mayoría de las veces ni tan siquiera tengo acceso a saberlo, un requisito que para mí es indispensable. La cantidad de restricciones alimentarias juntamente con la insensibilidad que tenemos a la hora de preparar espacios con comida para las personas con estas limitaciones, hacen que finalmente la probabilidad de que pueda comer sea baja o bien me acabe saltando la dieta la gran mayoría de las veces.

Por otro lado, cada vez que voy a un espacio y como diferente al resto o a la mayoría de la gente, o bien intento explicar que necesito seguir na dieta para que se tenga en cuenta, recibo un montón de preguntas muy invasivas y que me hacen sentir incómoda (por qué como distinto, qué problema tengo, cómo es que lo tengo, etc), donde tengo que acabar explicando partes de mi vida que no me apetece compartir, sobre todo porque me siento obligada a hacerlo por la circunstancia; también podría decir que no quiero responder pero la gente no suele tomárselo muy bien y esto me hace sentir atrapada entre dos respuestas que no tengo ganas de vivir. Imaginaos, por ejemplo, cuando el encuentro es de más de veinte personas, la cantidad de veces que me tengo que encontrar en esta situación en un intervalo corto de tiempo me dispara totalmente la angustia. Esto hace que muchas veces no explique que sigo una dieta, y no decir que sigo una dieta implica que no se tenga en cuenta y que, por tanto, acabe también saltándomela en estos casos, bajo el riesgo de encontrarme peor.

Finalmente, una situación habitual con la que me encuentro es la sensación de autocastigo cuando, por el motivo que sea, necesito o quiero saltarme esta dieta (porque tengo un trastorno de la conducta alimentaria y ansiedad, porque me siento baja de carbohidratos y decido comer cereales que no puedo comer, o simplemente porque ese día me apetece  mucho comer alguna cosa que no me va bien y tomo la decisión personal de comerlo sabiendo las consecuencias para mi cuerpo). Siento una presión muy grande para no saltármela cuando estoy con personas que saben que sigo la dieta y que me ha costado mucho que la tengan en cuenta (o simplemente me ha costado mucho explicárselo). Siento que si me la salto hará que se me tenga menos en cuenta a partir de ese momento, o que se me criticará.

Existe en muchos de nuestros espacios una crítica muy contundente contra las dietas (una crítica que comparto por la presión que tenemos muches para tener que adelgazar, especialmente aquelles a quien les atraviesa la gordofobia). No obstante, la crítica, tal como se lleva muchas veces, borra que no todas las dietas son iguales, no todas se basan en una restricción en el número de calorías o son para adelgazar, y algunes las podemos estar necesitando. Algunas veces me han dicho que en este caso utilice otras palabras distintas a “dieta” para diferenciarla. Pero después de haber probado otras formas de llamarla sigo sintiendo que “dieta” es lo que más encaja: ésta, igual que cualquier dieta, afecta toda mi vida, muchas de mis decisiones, donde voy, con quien me relaciono, incluso cómo me relaciono con mi trabajo, etc. Creo que el problema no es la palabra que utilizo, sino más bien la insensibilidad sobre un tipo de no-privilegio bastante poco reconocido y que va ligado a los problemas de salud y a las discapacidades.

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exclusión y monogamia: mi proceso de empoderamiento

por wuwei (natàlia)

en català aquí.

 

[imagen: una chapa roja con el símbolo de la anarquía relacional en blanco enganchada en un tejido negro. El símbolo de la anarquía relacional es una A dibujada dentro de un corazón]

 

Este texto lo escribí y se publicó en El Salto el 5 de Octubre. Podéis ver el original aquí . 

 

Aviso de contenido: exclusión, estructuras de poder, neurocapacitismo (e insinuación de otras estructuras como gordofobia, cisexismo, racismo, etc), pensamiento monógamo, miedo, consumo relacional, maltrato, mención de ansiedad social y depresión

 

Yo no nací monógama ni anarquista relacional. Yo crecí, como todes, en un entorno social determinado y lleno de estructuras de poder: machismo, heterosexismo, monosexismo, monogamia, racismo, entre otras. A mí me enseñaron desde pequeña que hay una forma correcta de relacionarse con cada persona según unas cajas determinadas: las amigas, la pareja, la familia de origen, la familia política, las compañeras de trabajo, las compañeras de clase, etc. También que hay diferencias en el trato según el género de la otra persona u otros factores como la clase social, las capacidades o el color de su piel o el país de proveniencia.

Aprendí que lo que era normal era tener una pareja y, en mi caso, que esta tenía que ser un hombre. También me enseñaron que la pareja era el tipo de relación a través de la cual existe el compromiso, siempre acompañado de un tipo de sacrificio jerárquico. Me enseñaron que las amistades están bien y son “útiles” (sobre todo cuando no tienes pareja o necesitas un apoyo emocional debido a algún problema de pareja), pero que la pareja siempre tiene prioridad. También me enseñaron que los cuidados, el afecto (tanto físico como emocional) y el sexo siempre tenían que ir juntos a través de esta figura y que, sin pareja, solamente podría obtener relaciones de consumo, tanto sexual como emocional, totalmente aceptadas como castigo por no pasar a través de la pareja.

Me enseñaron que, para poder acceder a tener pareja (y por tanto acceder a tener todas estas necesidades cubiertas) tenía que competir con las guapas, las carismáticas o las atractivas al ojo normalizado del que mira y escoge. También aprendí que había personas más feas, gordas, con cuerpos menos normativos, raras y desviadas (no heterosexuales, trans, racializadas, etc), y que estas acostumbraban a recibir cierto tipo de violencias: muchas hemos pasado infiernos en la escuela o en el instituto que han seguido reproduciéndose fuera de estos entornos. También aprendí que todas estas eran las excluidas, no solamente a poder tener amigas, sino también, y sobre todo, a acceder al privilegio de tener una pareja.

Crecí con un miedo muy grande al rechazo y a ser excluida. Por mi experiencia, perder mi posición a ser reconocida como “existente” (y ya no digamos a sentirme apreciada, afectada, querida o deseada) era muy fácil. En mi caso era por mis supuestas “rarezas”. Ahora entiendo más de dónde venía eso: mi cabeza es diferente a lo que se ha estipulado como “normal” y esto implica cosas muy variadas, como movimientos leídos como “extraños”, reacciones emocionales diferentes, lentitud para ciertas cosas, rapidez y estrés para otras, dificultad para comunicarme de una forma tipificada, diferencias sensoriales, etc. Soy neurodivergente, cosa que me hacía ser un blanco fácil tanto de insultos o ataques, ser ignorada o rechazada. Sumada a la exclusión, mi funcionamiento también me dificultaba cierto tipo de interacciones, ya que la ansiedad social o las fases depresivas hacían que me costara más acercarme a la gente.

Con todo este miedo, empecé a caminar por el mundo de las relaciones. El miedo, la exclusión, y ciertas violencias que recibí me hicieron creer que el mejor camino era la monogamia heterosexual cuando “conseguí” tener una relación de pareja: me daba seguridad. Tener la “suerte” de encontrar a alguien que no me rechazara. Me cogí muy fuertemente a eso y viví once años en una relación monógama con un hombre. También empecé a esconder y a no hablar nunca de mi orientación sexual y afectiva (bisexual), ya que, cuando la había mostrado o había mostrado algún indicio de promiscuidad, debido a mi género había padecido violencias de las que necesitaba huir y protegerme (violencias relacionadas tanto con el género como con el consumo relacional fuera de la pareja). No sentía el empoderamiento como una opción.

Aún la seguridad que eso parecía darme, la relación no era segura: era de poder, desigual y de propiedad (giraba alrededor de él, y de sus deseos y necesidades). Tardé en aceptar que eso no era bueno para mí por todos aquellos miedos que arrastraba: a quedarme sola, al vacío que siempre había encontrado fuera de esa relación, especialmente por el proceso de exclusión; al rechazo, que siempre me ha dolido más que la soledad en sí misma (a la que me he acostumbrado en muchas épocas de mi vida). El apego se complica mucho cuando eres una persona a quien las relaciones se le hacen más complejas debido a la exclusión, a los desvíos respecto a la norma, tanto por ser neurodivergentes, como por ser gordas, feas, con diversidad funcional, o por muchos otros motivos y estructuras. Finalmente conseguí hacer el paso de dejar aquella relación, con mucha sensación de vértigo.

Decidí aprovechar la situación para pensar cómo quería construir mis relaciones. Entonces, cuando pensaba en relaciones, tenía la tendencia a pensar en relaciones de pareja, como me habían enseñado desde pequeña. Más adelante mi preocupación se extendería al resto de relaciones cuando, estando otra vez expuesta al consumo y la exclusión, ya no teniendo el privilegio de la seguridad de tener una pareja, padecí y viví de una manera muy contundente lo que hace el pensamiento monógamo a todas aquellas que no somos reconocidas ni tenemos pareja.

Los siguientes fueron años de volver a revivir rechazos y, cuando parecían no ser rechazos, el consumo y el maltrato emocional desde la posición de la amistad. La monogamia es muy competitiva, solamente una sola persona puede llevarse el reconocimiento por parte de otra. Reconocimiento y una serie de factores que ya he comentado, como cuidados o afecto. Ser excluida no implica solamente que no se te reconozca sino que, además, tampoco se reconozca lo que se consume, los maltratos, la violencia emocional, la falta de cuidados y muchas otras cosas.

Desde esa sensación de exclusión y de estar fuera de este “mercado” de las relaciones, siguiendo teniendo el miedo a caer en una relación posesiva y viviendo maltrato y consumo fuera de una relación monógama, me di cuenta de que necesitaba, no solamente “descubrir” cuál era la forma que quería para mis relaciones, sino ir más allá: necesitaba politizarlo. Fue en ese momento cuando todo mi interés fue debatir, informarme, reflexionar, formas relacionales que pudieran luchar contra toda eso violencia. Entonces fue cuando empecé a repetirme (sin saber muy bien qué quería decir) “quiero que mis relaciones sean políticamente conscientes”.

En todo ese proceso intenté pensarme a través del poliamor (porque era la alternativa que tenía más a mano, la más conocida). Creí que, a lo mejor, la solución podría ser solamente romper con la exclusividad de la pareja. Pero la sensación de exclusión seguía y lo único que sentía era la reproducción multiplicada de lo que ya había vivido en la monogamia. Si estás excluida dentro del “mercado” de las relaciones, es igual el número de parejas que estés “dispuesta” a tener, seguirás fuera; o, mejor dicho, aun más fuera, mientas observar como un conjunto de personas con un elevado capital social, sexual y de cuidados se lo van montando entre ellas. Seguía sintiendo que no encajaba y, sobre todo, seguía sin encontrar una alternativa que rompiera con los sistemas de opresión.

Fue entonces cuando mi atención se dirigió a entender las relaciones de forma general (más allá de la pareja). Me asusté al hacerme consciente de cómo vemos y vivimos las relaciones, y el poco valor que suelen tener las relaciones que no son de pareja.

Fue en ese momento cuando comprendí el concepto de red afectiva, no tanto como solamente un conjunto de personas con diferentes tipos de vínculos que te dan un apoyo afectivo, sino como una red sensible, de solidaridad, en la que se tienen en cuenta estructuras, violencias, que presta apoyo económico, emocional, intelectual y de muchos tipos. Tener en cuenta las estructuras tiene que implicar romper con los discursos poco inclusivos para incluir a todas aquellas que el capitalismo relacional excluye. Por tanto, tiene que implicar cuestionarse el deseo, por qué unas atraen (tanto emocionalmente, intelectualmente, estéticamente o sexualmente) y otras no, por qué damos más atenciones a unas y a otras menos, qué construcciones sociales hay detrás, y deconstruirlas.

Desde ese punto empecé a construir una filosofía relacional que me hizo, poco a poco, identificarme con la anarquía relacional (otro tipo de no-monogamia) y a valorar las relaciones de otra forma. No estoy diciendo que todas las que se identifiquen con la anarquía relacional la vivan exactamente de la misma manera, al igual que pueden haber personas que se identifiquen con el poliamor y tengan experiencias diferentes a la mía al respecto y filosofías relacionales parecidas, pero sentí que era lo que más encajaba. Empecé a verlo como una alternativa a la pareja y la familia nuclear más sensible a mi filosofía en muchos aspectos.

El problema de vivir filosofías relacionales de este tipo es encontrar con quien poderte vincular, ya que, para que no me arrastrara otra vez a dinámicas vividas pasadas, necesitaba relacionarme con personas que trabajasen las relaciones de forma parecida. Gracias al activismo plurisexual crítico (y al privilegio de vivir en un ambiente urbano) encontré a unas pocas personas con las que podía construir vínculos, personas con las que podía hablar sobre relaciones, debatir y tratar todos estos temas que he comentado. No obstante, no me fue nada fácil, ya que empecé a buscar este tipo de vínculos hundida y sin tener ninguna relación de referencia. Poco a poco, y siguiendo muy vinculada a ciertos tipos de activismos (con otras anarquistas relacionales y activistas de la no-monogamia también con una perspectiva crítica), seguí tejiendo la que es ahora mismo mi (muy quería y apreciada) red.

Con el tiempo me he dado cuenta de que lo que me estoy construyendo no es compatible ni con la monogamia ni con jerarquías que imponen las voluntades de parejas por encima de las necesidades y cuidados hacia otras relaciones consideradas socialmente menos importantes. También me he dado cuenta de que hay muchas formas diferentes de compartir cuidados y afecto, y que no tienes tampoco porque centrarlo todo en una sola figura relacional. No es fácil porque supone nadar contracorriente en muchos sentidos; porque no siempre tener una red de este tipo, debido al contexto relacional y social que vivimos, puede aportarte todo lo que necesitas emocionalmente o afectivamente; y porque la mayoría de personas son jerárquicas y además muchas instrumentalizan filosofías relacionales, escondiendo debajo una forma de relacionarse también consumista y excluyente.

Muchas veces este mundo de exclusión, capitalista y que consume relaciones, me ha hecho desear o sentir necesitar el apoyo de una pareja en monogamia. De hecho, sé que para muchas personas en situación de exclusión similar conseguir tener una pareja “estable” es todo un gran hito. Hace unos meses leí un tuit de una activista autista explicando que, para ella, como autista y gorda, haber conseguido casarse con un hombre había sido un acto revolucionario. Yo no estoy nada de acuerdo con que conseguir casarse sea un acto revolucionario, aunque entiendo mucho por qué lo dice. No obstante, ahora mismo, para mí tener una relación monógama no sería en ningún caso compatible con mi voluntad de no querer ejercer poder ni privilegios relacionales sobre otras personas. Tampoco sería compatible con mi red, una red que, aunque a veces la siento inestable, no querría perder por nada en el mundo.

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mesa redonda guarreem fusió – viernes 6 de abril

por wuwei (natàlia)

en català aquí.

 

Éste viernes día 6 de Abril participaré en la mesa redonda de Guarreem Barcelona, donde se hablará de cómo nos afectan los discursos y los ambientes no  monógamos y sexpositive y kiny a personas que nos atraviesan diferentes ejes de opresión. Esta vez yo participaré hablando más sobre asexualidades, arromanticismos y neurodivergencias, pero también se hablará de plurisexualidades, de géneros no binarios, de miedo/fobia social y de diversidad de cuerpos. Os dejo el evento de facebook.

 

Lugar: La Raposa de Pole Sec, c/ Tapioles, 47, Barcelona

Día y hora: viernes 6 de Abril a las 19h

 

Un placer para mí compartir mesa con estas personas y de colaborar con este grupo que acaba de aparecer por Barcelona (Guarreem Barcelona) y que pinta tan y tan interesante. Os dejo el cartel de todas las actividades del mes de Abril (¡lo que queda de mes hacen dos evento más!).

 

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plurisexualidades y estereotipos I: no saber ni querer escoger es un acto revolucionario

por wuwei (natàlia)

en català aquí.

Este texto es el primero de un conjunto de textos que he escrito alrededor de los estereotipos asignados a las personas bisexuales y plurisexuales como herramientas de empoderamiento y reapropiación. El segundo lo podéis encontrar aquí, el tercero aquí, el cuarto aquí, el quinto aquí y el sexto y último aquí.

aviso de contenido: monosexismo, capacitismo, neurocapacitismo, estigma de la duda y la indecisión

Las personas plurisexuales (las que nos sentimos atraídas por más de un género, como las bisexuales, pansexuales, o las polisexuales) somos atravesadas constantemente por los estereotipos que se asocian con nosotras: como por ejemplo, se dice que somos promíscuas, que somos infecciosas y transmisoras de ITS, que no existimos o que somos traidoras e infieles. Uno de estos estereotipos es que somos personas que no sabemos lo que queremos y que siempre dudamos: que somos indecises. Este estereotipo (igual que todos los demás) a menudo lo negamos diciendo que las personas plurisexuales sabemos lo que queremos y no dudamos, cayendo en la trampa de la negación de la posibilidad de poder dudar y de no tener que saber siempre lo que se quiere para hacernos socialmente más “aceptables”, “capacitades” y normativizarnos. El problema es que negando esta posibilidad lo que hacemos es seguir reproduciendo la idea de que hay algo negativo en dudar o en no saber lo que se quiere, como también querer cerrar la puerta a que haya personas plurisexuales que sean indecisas. Y es que socialmente la duda y la indecisión están estigmatizadas.

No tener claros tus deseos o necesidades se ve normalmente como una falta de consideración hacia quien se está relacionando contigo. No saberte decidir también, incluso no tener la capacidad de hacerlo al momento. En esta sociedad no solamente tenemos que ofrecer siempre respuestas, sino que además éstas tienen que ser inmediatas, como si todes tuviéramos que llevar todo siempre perfectamente reflexionado de casa o tener una capacidad de decisión y reacción momentánea. De hecho, ésta es una de esas capacidades socialmente reconocidas como necesarias y que se dan por supuestas para todes: saber decidir y, a poder ser, de forma más o menos inmediata. Tener espacio para pensar en lo que te están preguntando, dejar aparcada una decisión o bien tener en cuenta necesidades como “no poder pensar ni decidir” algo en un momento dado, o simplemente no acabar nunca sabiendo qué quieres en algún asunto en concreto, son vistos como signos de debilidad mental o emocional, de no “auto-conocimiento” o incluso de mala intención. Tanto es así, que se creen elementos imprescindibles para poder tener lo que normalmente se llama “relaciones sanas”.

Socialmente se camufla esta obsesión por la rápida y fácil elección como un tipo de libertad: la libertad de elección. No obstante, esta presión no es sino un atentado contra la propia libertad. Lo que se quiere bajo toda esta presión muy a menudo es que te sitúes rápidamente sobre un punto para poderte sentenciar lo más rápido posible: socialmente se necesita siempre colocarte en alguna “caja” para poderte, no solamente identificar, sino además aplicarte todos los castigos o premios necesarios según cuál sea esta “caja” (tu elección). Finalmente, una vez se te ha sentenciado y colocado esta posición será inamovible. ¿Es realmente ésta una verdadera libertad de elección?

En cuanto a las orientaciones sexuales hay una imposición social muy grande para que tengamos que elegir una orientación monosexual (heterosexual u homosexual). La elección de nuestra orientación sexual monosexual tiene que ser una elección forzada, que hacemos en un momento dado al comenzar nuestra vida adulta para después cerrar la posibilidad de poder volver a escoger; una vez has escogido pasas a ser “respetable” (si eres heterosexual) o “despreciable” (si eres homosexual). No se escoge realmente en un contexto pro-elección, sino todo lo contrario. Después de la “elección” (además con unas condiciones que tiene unas consecuencias según la elección) no se puede cambiar ni devenir: es una elección estática. A través de esta imposición falsamente “libre” se nos insensibiliza sobre cuáles son las preferencias de las personas con las que nos relacionamos.

Como las personas plurisexuales supuestamente no hacemos esta “elección” forzada somos “acusadas” de no saber escoger y de no saber lo que queremos. No obstante lo que se esconde detrás de esta “acusación” es precisamente la verdadera falta de libertad que tenemos hacia la elección o la posible no-elección. Que nos digan que no sabemos escoger y que no sabemos lo que queremos en realidad es decirnos que no hemos pasado por el proceso cultural de tenernos que posicionas de forma forzada en uno de los dos únicos lados permitidos para podernos sentenciar después. Delante de opciones que no encajan con lo que nosotres podamos estar sintiendo (o que simplemente no las sentimos), no saber ni querer escoger es un acto revolucionario.

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