traumas, adicciones e inclusividad en nuestras luchas

por wuwei (natàlia)

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Este texto lo escribí y se publicó en El Salto el 10 de Noviembre. Podéis ver el original aquí 

contenido: traumas, estrés postraumático, adicciones, abuso de alcohol y otras drogas, estructuras de poder, mención de maltrato 

Hace unos meses que no tengo ningún deseo de beber alcohol. No es la primera vez que paso épocas sin beber, la diferencia es que esta vez no me apetece. Las anteriores veces, me aguantaba las ganas. Ahora no me apetece nada y es una sensación extraña para mí. Y maravillosa. La última vez que bebí fue el pasado 7 de marzo y la resaca del 8 fue épica, como muchas de las que he tenido a lo largo de mi vida. Ha sido una larga vida vinculada al alcohol, ya que llevaba desde los 15 años con un deseo incontrolable de beber. De esto hace ya 25 años y ahora puedo, por primera vez, mirar atrás y reconocer no solo la adicción psicológica al alcohol —nunca he tenido adicción física—, sino a muchas otras drogas, que han sido un eje muy marcado en mi vida. En el fondo, siempre he sabido que tenía alguna debilidad a las adicciones —donde incluyo a la nicotina y a la cafeína—, no solamente porque me era muy fácil engancharme —excepto con el alcohol—, sino también por algún otro motivo que me llamaba a consumir. Era un grito que llevaba dentro. Era un grito que no sabía cómo callar. Era el estrés postraumático. He tardado muchos años en descubrirlo, entenderlo y poderlo tratar o lidiar con ello. 

Mi “problema”, no obstante, se extendía más allá del salir de fiesta. La necesidad era amplia porque ese grito, esa inquietud, era constante y era especialmente punzante en situaciones sociales, sobre todo en las relaciones que aún no conocía suficiente, o con las que aún no tenía suficiente confianza, pero también con todo lo consideraba “normalidad” fuera de cuando estaba sola en mi casa o en mi habitación. Era una problemática que me perseguía en muchas de las situaciones diarias y que nada tenían que ver con aquellas de las que se suele hablar y que se suelen tratar cuando hablamos del problema del consumo de alcohol y otras drogas en nuestros espacios. 

Cuando se habla sobre el consumo de alcohol y otras drogas se suele hacer para tratar el problema de los excesos en espacios de fiesta y cómo esto no solamente reproduce un cierto tipo de consumismo, sino también violencias. Pero parece que las adictas —o las que han tenido un vínculo de consumo diferente y más cercano a lo que se vería como una adicción— tengan que ser personas extrañas que no se encuentran en nuestros espacios. Ni ellas ni sus problemas. Y todavía menos queremos ver que sus problemas tienen un vínculo que nos une a las problemáticas que queremos tratar en nuestros espacios, como las agresiones, el machismo, el capacitismo o cualquiera de las violencias estructurales que nos atraviesan cada día. En mi caso, el problema lo tenía también en asambleas, en encuentros con mucha gente, en talleres, en clases, etc., o simplemente cuando quedaba con una amiga para tomar un simple “café” o incluso para intimar en cualquiera de sus variantes. Y su origen se encontraba en las agresiones que he padecido de adolescente —y que se han extendido después de adulta— por el hecho de no ser un hombre y ser autista. Mi máximo miedo y alarma: las relaciones, mi espacio menos seguro. 

He hecho bastantes terapias a lo largo de mi vida. Vaya, no toda mi vida. Empecé a los 17 años, no con mucho éxito. Aquella terapia se rompió un día cuando salí de la consulta de la psiquiatra gritando. Unos meses antes, ya había dejado la medicación de golpe en contra de la recomendación de la psiquiatra y ese día dejé, por tanto, también las sesiones de terapia con la psicóloga. Después he intentado hacer terapia otras veces. No de forma continua. Algunas con más éxito que otras, pero la mayoría sin ir mucho al fondo de la cuestión. 

El motivo por el cual no iba al fondo de la cuestión era una mezcla entre el tipo de terapia —que no me funcionaba—, mi cierre para hablar de ciertos temas y la falta de formación por parte de terapeutas en terapia feminista y en trauma. Las terapias, por defecto están construidas desde un paradigma individualista donde no se tienen en cuenta ni las estructuras sociales, ni la gestión colectiva, ni cómo afectamos también al resto durante nuestros procesos terapéuticos. A la vez, además, intentan hacerte encajar mejor dentro del sistema: tienes que encontrar siempre la forma de adaptarte para seguir siendo un ser productivo y consumidor. 

Todo esto hacía que me cerrara de forma inconsciente. Parte de mi cierre era producido por el miedo a la incomprensión, el miedo a la culpabilización. Y era un miedo que no iba muy desencaminado, como ya comprendí una vez cuando en una de las terapias me culpabilizaron por el maltrato que recibí por parte de un hombre: me dijeron que lo que yo había padecido era debido a haber decidido no ser monógama y por ser una supuesta “ingenua” y “crédula”, ya que según aquella terapeuta mi agresor era muy buena persona, pero no sabía relacionarse muy bien y yo se lo había puesto muy fácil. 

No fue solo eso, la terapia consistió en una lectura constante de la situación diferente a mi vivencia y en como construyo relaciones: mi terapeuta suponía que me enamoré de alguien que no me correspondía, sin más. La realidad era muy diferente, ya que el maltrato fuera de las relaciones románticas no es aceptado y la mirada no feminista no le permitían ver las dinámicas de dominación y machistas que se llevaban a cabo en la relación, aunque no fuera una relación romántica. 

Ahora he entendido muchas cosas sobre las terapias, sobre todo en el último proceso terapéutico en el que me he sumergido y en el que he conseguido, como he comentado al inicio, dejar de tener ganas de consumir alcohol. La terapia tiene que ser feminista, así como también anticapacitista, antiheterosexista, antiracista, y muchos anti-etcéteras. Y yo añadiría explícitamente anticapitalista, aunque supongo que debido a la falta de terapias sensibles esto parece pedir demasiado. Lo que quiero decir es que no es suficiente que la terapeuta sea, por ejemplo, feminista, sino que la terapia también lo tiene que ser y, además, tiene que ir atravesada por una mirada estructural y no-individualista, sensible a otras violencias estructurales, como es el heterosexismo, el racismo o el capacitismo. Se necesita, también, más formación en trauma. Por suerte en el estado español cada vez parece que haya más acceso a este tipo de formación. Pero el vacío hasta ahora era gigante. 

No quiero hacer de esto una crítica directa a todas las terapeutas, sé que hay algunas que quieren hacer las cosas de otra manera. Hablo de lo que he vivido de forma más general y de lo que creo que mejoraría en cuanto a colectivo o comunidad de una forma amplia: necesitamos incluir todo esto en grupos de ayuda mutua, en nuestras asambleas, y en nuestros cuidados comunitarios. 

Estoy harta de discursos de empoderamiento que se presuponen feministas y se olvidan de las personas que hemos padecido traumas que, a menudo, nos colocan a las traumadas en la caja de las que no sabemos empoderarnos por no ser suficientemente buenas activistas de una forma altamente capacitista. Ocurre, por ejemplo, con los discursos sobre empoderamiento sexual en no-hombres que se olvidan de las que han padecido traumas sexuales. ¿Cómo quieren que deje de sentir aquella fuerte necesidad de beber en un entorno que me culpabiliza o me hace sentir inferior por no poder moverme debido a todo aquello contra lo que estamos luchando? A algunas les parecerá extraño, yo lo llevo viviendo desde siempre. Además, necesitamos un cuidado no individualista, porque el peligro de todo esto también es que actualmente la mayor parte del discurso sobre trauma está viniendo del discurso anglosajón con una mirada muchas veces más liberal de la que a mí me gustaría. Necesitamos tener nuestros espacios para hablar de esto. Necesitamos hablar de ello en nuestros espacios. Y necesitamos también ir con cuidado en como de fácil se puede apropiar este discurso, y cuidarlo un poco más. 
 

Muchos de nuestros traumas son políticos porque vienen atravesados por las estructuras y todo lo que nos vulnerabilizan. Tenemos una responsabilidad conjunta y social con las personas afectadas, y no solamente cuando tenemos con ellas relaciones de amistad, románticas o sexuales. Nuestra inclusividad en este aspecto es, por lo tanto, crítica, feminista y se tiene que tener en cuenta en el proceso de cuidarnos a todas. Nosotras también queremos formar parte del proceso colectivo de lucha y de batalla desde nuestros cuerpos. Necesitamos poder tener acceso a ello. La inclusividad de nuestras emociones y de nuestros síntomas son también un acto de rebeldía que nos permite, una vez más, revolucionar nuestros espacios y empoderarnos. Y curarnos. 

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de vuelta

por wuwei (natàlia)

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contenido: mención de estrés postraumático, ansiedad, miedo, maltrato, cosnumo y agresiones

Hace unos meses decidí alejarme de ciertas formas de hacer activismo. Debido a esto decidí cerrar este blog con la intención de no volver (aquí lo expliqué). Mi motivación era compleja (había diferentes motivos mezclados) y creo que fue una decisión acertada por el momento que estaba viviendo. Alejarme y hacerlo sin la sensación de ser temporal me ha ayudado a tomar perspectiva y a curarme muchas cosas. Me ha permitido sumergirme mejor en el proceso terapéutico en el que estaba. Después de todos estos meses de terapia y resituarme en muchas de las cosas que habían sido importantes en mi vida, he estado pensando mucho en qué hacer con esta necesidad que tan a menudo tengo de escribir o de hacer ciertos tipos de actividades que hacía anteriormente. He podido, de hecho, (re)conectar con la motivación que me movía, o he podido comprenderla de forma más genuina. La (re)conexión emocional no ha sido fácil, pero me ha permitido comprender. Pero ahora desde otro prisma. He estado inmersa en un proceso terapéutico muy importante y que me ha dado muchas herramientas para poder comprenderme y entender qué quiero hacer y como lo quiero hacer. 

Los motivos para escribir este texto son dos. El primero es hacer un proceso de sinceridad, no solamente hacia quien quiera leerlo sino también hacia mí misma, para exponer cuales han sido las dificultades y qué me llevó a sentirme como me sentí, así como también como me siento ahora y el porqué de estas diferencias. El segundo motivo, por otro lado, es expresar mi vuelta y el contexto de esta, intentando ordenar un poco qué es lo que estoy buscando con todo esto. La sinceridad, en este caso, no viene motivada por el hecho de creer que anteriormente no había sido sincera, sino para poder exponer cosas de las cuales no era consciente anteriormente, así como explicar partes de mi proceso terapéutico que me ha llevado a resituarme y redefinirme para volver a un punto que no es exactamente el mismo de antes, sino a otro punto que yo siento bastante diferente. 

Uno de los motivos por los cuales cerré esto fue debido a sentirme perdida en cuanto a mis motivaciones, mientras a la vez no conseguía gestionar muy bien muchas de las cosas contradictorias que veía y vivía: me molestaba como se gestionaban o manipulaban ciertos discursos de forma superficial, pero lo que me molestaba no eran aquellas contradicciones que muchas veces desde posiciones que creemos de autoridad discursiva criticamos como, por ejemplo, no conseguir tener el tipo de relaciones perfectamente no-monógamas, no ser la persona perfectamente feminista, comprar un día en una de esas cadenas donde te prometiste que no comprarías por motivos éticos, o cosas por el estilo, sino, por ejemplo, cosas como usar constantemente la palabra y el concepto del anticapitalismo para generarte un discurso que beneficia de alguna manera a tu postura no-monógama y darle de paso una excusa política a comportamientos altamente consumistas pero después que te dé igual que a tu vecina la desahucien. Eran estas contradicciones las que más me dolían. Que, en el fondo, más que contradicciones son más bien manipulaciones. O bien dedicarte a hablar constantemente de conceptos relacionales rompedores mientras de escondidas pisas a otres para generar poder sobre elles de forma más bien sistemática. Me era muy difícil separar algunas de las experiencias vividas con el entorno en general, seguramente debido al propio estrés postraumático que arrastraba desde hacía muchos años. Y, también, me generaba mucha desconfianza hacia mí misma, por miedo a estar haciendo yo lo mismo. Necesitaba revisarme y separar emociones de alguna manera. 

No sé si realmente me desvié de la motivación que me llevó a escribir, o simplemente no me había parado a pensar mucho cuáles eran estas motivaciones. O sea, sí, pero no totalmente. Necesitaba espacio para la reflexión, alejándome emocionalmente de muchas cosas. Necesitaba respirar y comprender qué quería hacer y porqué. Sin las interferencias de cuando estás dentro y no sabes qué parte de tú se está dejando llevar y qué parte no. Porque también creo, además, que muchas veces nos dejamos llevar por algunos discursos sin reflexionarlos, no solamente para poder formar parte de los espacios, sino también por las propias dinámicas en las relaciones. Algunos de estos espacios se acaban convirtiendo en guettos o con discursos muy sectarios con poco espacio para cierto tipo de diferencias. Entiendo que hay diferencias imposibles, que creo que no hace falta listar, pero a veces parece que no haya espacio para las “pequeñas” diferencias, o para ciertas contradicciones o, incluso, para podernos relajar un poco en nuestra constante deconstrucción, así como a las equivocaciones. A veces juzgamos demasiado rápido algunas cosas, poniéndolas en sacos en los que no pertenecen. Espero que esto no sea apropiado por personas con privilegios como excusa para ejercer violencias, como suele pasar. Especialmente señores (machis) y maltratadores. Estoy demasiado acostumbrada a que señores en general y en particular maltratadores aprovechen estas críticas para su beneficio. Esto no es para ellos, ni va por aquí la cosa. Hablo de otras cosas, como las contradicciones de las que hablaba en el párrafo anterior o bien no preocuparse por la vecina de 80 años desahuciada porque es demasiado monógama, no es feminista, no entiende sobre ciertas ideologías políticas o bien no sabe lo que es una persona bisexual. 

Las dinámicas de poder en muchos de los espacios también me provocaban mucha aversión. De hecho, era un tema recurrente que tenía en muchos de mis escritos, especialmente durante el último año o los últimos dos años. No sabía cómo gestionar lo que sentía. Además, el problema fue al final que cuando las compartía me he visto expuesta a volverlas a sentir por las mismas personas que, de hecho, me utilizaban para gestionar sus mierdas apropiándose de mis propias quejas. Sé que parece muy complicado lo que acabo de exponer, lo es. Pero lo he vivido repetidas veces. El año pasado fue especialmente un año donde acabé sintiendo mucha desconfianza, que se mezcló con la desconfianza que ya cargaba en las relaciones en general, debido a pasadas relaciones de maltrato, de consumo y de agresiones. No obstante, una cosa que he ganado durante la terapia ha sido poder reconocer las alarmas y los mecanismos a tiempo y ahora sé cómo focalizar mi desconfianza sin que la acabe aplicando a todo o a nada. 

Las dinámicas de poder que comentaba, además, hicieron que necesitara dar un paso atrás por miedo a estar cayendo yo misma en ellas. Voy a ser sincera, es muy difícil sobrevivir a ciertos ambientes y hacer cierto tipo de activismo más visible si no participas de estas dinámicas. Lo he comprobado yo misma. Si no participas o bien lo que haces no llega o bien te pueden literalmente hundir. Yo misma en algún momento caí en ciertas dinámicas que detesto. Y esto me hizo sentir aún peor. Porque yo no he venido aquí para eso. He necesitado revisión, aprender a situarme sin morir en el intento, así como también comprender, como ya decía anteriormente, cuáles son los motivos para escribir y hacer ciertas actividades. Hasta que no lo he tenido claro he preferido no dar ningún paso. No quiero entrar en estas dinámicas, quiero centrarme en mis motivaciones y seguir con ellas de forma consciente, apartarme de todo aquello que, no solamente no me gusta, sino que contradice altamente mi propio discurso (así como el de muchas). 

Finalmente, a todas las desconfianzas relacionales que ya he comentado, se sumó desconfianza debido a ciertas vivencias personales y relacionales bastante malas por cómo se acercaban algunas personas dentro de ambientes activistas y de los movimientos sociales. No entendía muchas veces la motivación con la que la gente se acercaba a mí y todavía menos con la que se alejaban después, y esto me generaba ansiedad y miedo. O bien, algunas veces, sentí que no se tenía en cuenta como me sentía y se me ponían sobre la mesa problemas para resolver que no tenían que ser míos. Esto he podido mejorarlo también mucho a través de la terapia, y me siento mucho más tranquila para poder detectar estas cosas a tiempo. 

Hay que decir que parte del estrés postraumático que ya tenía debido a lo que ya comentaba hacía que me costara mucho confiar en la gente y en las relaciones debido a que sentía toda relación como una potencial relación de maltrato o fuente de posibles agresiones. O bien, pasaba de la total desconfianza a la total confianza para intentar mejorar mi estado, algo que tampoco ayudaba porque me hacía caer nuevamente en situaciones desagradables. No sabía cómo confiar porque no sabía cómo identificar cada situación. Esto me generaba un estado de angustia constante. He aprendido a identificar las situaciones malas y las alarmas a tiempo, también a identificar la ansiedad y los bloqueos y a situarlos donde toca. Esto me ha permitido poderme relacionar de una forma mejor para mí, y para poder compartir, confiar y a la vez defenderme y protegerme. Y esto es aplicable también a todos los estados de desconfianza que he descrito anteriormente. 

He decidido que quiero volver a escribir y a hacer ciertas actividades. Esto sí, será de forma menos intensa, menos frecuente (quiero dedicar más tiempo a hacer y menos a escribir), mucho más consciente y motivada. Seguiré utilizando este mismo espacio, ya que comenzar uno nuevo me representa demasiado trabajo de muchos tipos y, como ya he dicho, quiero tener más tiempo para “hacer” cosas en vez de dedicar tanto a escribir sobre ellas. Haré un poco de limpieza, seguramente quitaré alguna cosa que ya no me guste o con la que no me identifique. Algunos escritos los reescribiré y los volveré a colgar. No vuelvo con más fuerza que nunca, solamente con más consciencia de mis motivaciones y de cómo quiero hacerlo, y con otra energía, más confiada, más tranquila. Gracias a todes les que habéis seguido a mi alrededor de alguna forma o de otra. Gracias por permitirme volver a confiar y ayudarme a entender que nos podemos relacionar realmente de otras formas. No me hace falta que seamos muchas, esto va de otra cosa. Esto va de empezar a construir, y no solamente de deconstruir, o de destruir. Gracias, de corazón. 

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cierre

por wuwei (natàlia)

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Dejo de escribir textos en este blog y en otros medios. Los motivos son varios, y no voy a exponerlos todos. Básicamente quiero seguir haciendo mis activismos de otras formas y estar de otras formas y en otros lugares. También llevo bastante tiempo en crisis constante sobre cómo nos movemos y cómo usamos ciertos medios. Hay muchos textos, de hecho, escritos en este espacio donde se puede percibir. No cierro el blog en sí, lo dejo en la red, pero sí cierro también la posibilidad de que otras personas escriban. También dejo las charlas y los talleres y las actividades que hacía relacionadas con este espacio. No descarto dinamizar actividades (junto con otras personas) que tengan que ver con los colectivos donde me pueda mover a partir de ahora.

También estoy dejando de identificarme de muchas cosas que creía muy revolucionarias pero con las que también he entrado en crisis: especialmente las no-monogamias, pero también entornos “queer”, etc. No por los mismos motivos que las personas cis heterosexuales y/o monógamas, obviamente, ni tampoco por los mismos motivos que muchas feministras que excluyen a mujeres trans, personas no binarias y/o plurisexuales. Tiene más que ver con el individualismo, el consumo relacional, la competitividad, el protagonismo y el uso de discursos críticos solo para la venta y consumo.

Dicho esto, ha sido un placer. Nos vemos de otras formas y en otros lugares, virtuales y no virtuales.

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vender intenciones y motivaciones: el mercado de los discursos y las atenciones

por wuwei (natàlia)

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aviso de contenido: apropiación, consumo, instrumentalización

Se llenan charlas, debates, comentarios, artículos, y actividades de todo tipo. Tenemos, las que hemos tenido el privilegio de vivir en una ciudad llena de estas cosas y de unos movimientos sociales suficientemente importantes, un abanico muy grande de ofertas de todas las temáticas y de todos los colores. Algunas temáticas incluso se han convertido en un negocio, y moverse entra la supervivencia cuando vives la opresión y el peligro de caer en la voluntad y deseo de sacar provecho (económico o social) es un proceso complicado.

Tradicionalmente el provecho siempre se ha sacado por parte de las personas con privilegios a costa de las opresiones de les otres, explotándoles a muchos niveles. No obstante, ahora las cosas parecen complicarse bastante, aunque está claro que quien puede sacar más provecho serán las que tengan más privilegios, no tienen por qué ser directamente los privilegios desde los cuales normalmente se sacaba provecho anteriormente (las heterosexuales sobre las no heterosexuales, los hombres sobre las mujeres, las cis sobre las trans, las blancas sobre las no blancas, etc), sino más bien se suman otras, como las capacidades comunicativas, carismáticas y sociales. Es más fácil, por ejemplo, sacar provecho hablando sobre feminismos si eres una mujer con unas capacidades comunicativas más elevadas, tienes carisma y no tienes ansiedad social, y si acumulas muchos de los otros privilegios (eres blanca, cis, etc). Algunas, teniendo estos privilegios, pueden apropiarse fácilmente de discursos que se generan de forma colectiva y las redes son un buen lugar para observar y apropiar. Entiendo que algunas personas hayan querido sensibilizar sus profesiones (cómo algunas terapeutas), pero el otro lado de la balanza es que algunas de estas temáticas también se han profesionalizado. Así como, por tanto, nuestras opresiones.

El problema es que en un ambiente de este tipo es muy fácil caer en una especie de mercado de los discursos y de las atenciones. Donde hay mucha atención y mucha gente, hay público y hay mercado. La producción de discursos y de su consumo, muchas veces acrítico y con una tendencia importante al divineo según las necesidades de cada une, va mucho más allá de las altas esferas de los espacios alternativos: a veces es simplemente llenar con comentarios absurdos asambleas, o llevar a cabo acciones para auto-centrarnos en lo que podemos obtener y cómo nos coloca todo esto en una escala más elevada de un cierto guayismo, que se aparta de la motivación original que supuestamente estamos “vendiendo”. Es precisamente esto: se venden, literalmente, intenciones, discursos y motivaciones. Pero esto es como cuando compras cualquier producto: muchas veces lo que se compra acaba siendo humo, un vacío, solamente palabras que quedan muy bien, o básicamente mentiras. He visto, literalmente, seguir consumiendo cosas que sabemos conscientemente que son mentiras, y parece que nos de igual, solamente porque si no lo hacemos tampoco podremos formar parte de los grupos más privilegiados dentro de los espacios alternativos.

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que la rabia y la frustración me sirvan de algo: de mudanza emocional

por wuwei (natàlia)

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Escribo esto saltándome varias de las costumbres que suelo tener al escribir aquí. La primera es que no voy a revisar el texto. La segunda es que va a ser mucho más emocional que racional, no quiero pasar esto que voy a vomitar a través de ningún análisis, aunque al final algo de análisis siempre hay. La tercera es que voy a colgarlo sin pensar mucho cuando ni el contexto en el que lo hago. Tengo bastantes cosas escritas que me da pereza colgar. Voy a colgarlas, porque tampoco es que no me gusten, sino que me siento muy banal, sin tan siquiera saber qué quiero decir esto. Seguramente habrá por aquí algún cambio de rumbo cuando termine de colgar todo lo que tengo. Ya se verá.

El otro día leía como alguien se quejaba de la falta de cuidados a través de la suposición de que quien no se vulnerabiliza en las relaciones, o quien huye de ciertas situaciones, es por una falta de compromiso o bien porque le va mucho lo de fluir por la vida dejando atrás cualquier consideración hacia les demás. Podría ser cierto, pero igualmente me dolió. El miedo a vulnerabilizarse y a abrazar las vulnerabilidades de otres no siempre corresponde a formar parte de lo más alto de las jerarquías dentro de un sistema de consumo de relaciones. A veces es al revés, las que están debajo también les atraviesa el miedo a la vulnerabilidad, por razones precisamente contrarias: el trauma lleva al miedo al rechazo, el miedo a que te traten mal, el miedo a que pisen (como otras veces te ha pasado) tus vulnerabilidades. Desnudarse no es fácil. Haber sido consumida te convierte a veces en alguien que huye de cualquier posibilidad de que te vuelva a ocurrir. También están aquelles que han sido infinitamente rechazades y que eso les ha vulnerabilizado aún más. No quiero aquí hablar más de masculinidad. Estoy hablando de otras cosas, siempre olvidadas. Hace meses que me pregunto qué han supuesto para mí las drogas en muchos momentos de mi vida, y por algún motivo la alienación cuando algo te duele puede ser más que necesaria. No siempre estamos preparadas para soportarlo todo, algunas veces simplemente no podemos.

Siento rabia hacia cómo funcionan muchos aspectos relacionales, también en ambientes súper alternativos. Cómo se ridiculizan fácilmente situaciones suponiendo que se está siempre ridiculizando el privilegio, y no siempre es así. Medimos a las personas, las medimos según su capacidad carismática, su capacidad deconstructiva, su capacidad de supuestamente complacer, haciendo un supuesto llamamiento a los cuidados. No tiene nada de cuidado medir a la gente. Con esto no quiero decir que no tengamos que trabajarnos cosas, no es eso. A mí me atraen ciertas ideologías y la voluntad. Pero hemos hecho de esto un ejercicio de capacidad, de medida absoluta, y de consecuente ridiculización de lo que no atraviese estas expectativas. Medimos a la gente. Como cuando nos median en el colegio a través del bullying, a través también de una ridiculización, de una invisibilización, de una violencia sistemática capacitista (y no capacitista también).

Se nos llenan los espacios de bullying y egos, peña.

Siento rabia por la lucha de egos que realmente a veces no sé cómo puede pararse si nos autoproclamamos críticas y anti-jerarquías. Los egos están allí. A veces no hace falta tan siquiera hacer un zoom o apartarse para verlo. Están allí. Y esto genera una gran bola de deseos de subirse a más carros. O simplemente una necesidad de supervivencia que acaba generando más egos ya solamente para que no te pisen. ¿Hay alguna forma de destruir estos carros? De verdad lo pregunto. Es una pregunta jodidamente sincera. Podemos hacer mucha autocrítica, y dejar de hacer ciertas cosas, ignorar también lo que vemos y sentimos acerca de lo que hacemos. ¿Pero hay alguna forma de destruir todo esto?

No sé si es cierta distancia por el hecho de vivir más lejos, o no sé si es cierta pesadez cada vez que me acerco y observo. No quiero dejarlo todo y abandonar una parte de lo que siento importante. Pero hay ambientes que me saturan. Porque muy guay tanta deconstrucción, pero después no hay quien se ponga a hablar ni a tratar lo que realmente está por debajo. Cómo si por el hecho de estar oprimidas haga que no haya nada ni nadie por debajo. Sólo nos miramos el ombligo y nuestros discursos, a veces vacíos porque solamente se materializan en ambientes muy concretos y de formas clasistas y de jodida exclusión. Instrumentalizamos la pobreza, la precariedad. Creemos siempre que somos las más precarias porque casi nunca nos paramos a mirar hacia abajo. No queremos mirar hacia abajo porque eso nos pondría en una situación de privilegio que no queremos aceptar. Que al final en todos los activismos se repite siempre la metáfora de repetirnos eso de que la clase media no existe (podemos usar este concepto en cualquier estructura, no solamente la económica) porque no queremos vernos como más privilegiadas que otras. Y ya sé que no existe. Pero algo hay que nos sustenta más que a otras, y hay quienes están más jodides que nosotres. O, podríamos decir, que todo es mucho más complejo de lo que vomitamos.

Pero más allá de esto, también está el no querer ver lo mucho que hacen algunas personas. Nos creemos muy guays porque sumamos cuantas mierdas nos atraviesan, pensando que esto nos hace más importantes. Pero invisibilizamos muchos curros dentro de nuestros ambientes que son jodidamente invisibles porque no los reconocemos como importantes. No. Es más importante quien coge un micro o quien escribe que quien mueve su maldito culo y pone su cuerpo, o su responsabilidad a través de lo más emocional. No estoy diciendo que todes les que cojan un micro o escriban no pongan su cuerpo en nada. Lo que quiero decir es que hemos creado una jerarquía de tareas que solo ensalza y solo reconoce unas tareas, y no le otorga tanta importancia a quien materializa el discurso, quienes hacen tareas que nadie quiere hacer o a quienes hacen jodidamente algo. Esto a veces roza la explotación y de cómo ese curro que hacen muchas es usado por quienes ensalzan su ego. Hablamos mucho de la invisibilización de los cuidados, pero  creo que se invisibilizan muchísimas cosas más.

Cuando hablo de curros, no obstante, tampoco quiero caer en el capacitismo. Ya sé que no todas podemos hacer las mismas cosas. Ni en el clasismo, no todes tenemos acceso a lo  mismo. No critico quien no lo pone de la forma que se supone o se puede esperar que ponga. Critico a quienes se aprovechan del curro de otras. Eso mismo es lo que me duele. O a quienes no quieren verlo. O a quienes se creen que una cara agradable y un discurso potente son más importantes que todo lo demás. Critico a quienes no quieren verlo o lo esconden. Critico la jerarquía de los egos. El reconocimiento siempre acaba siendo vertical. Por muy anti-jerarquías que nos mostremos.

Estoy de mudanza, gente. Y qué jodido gusto da esto. Aunque duela. Es lo que hay.

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bisexualidad: entre la visibilidad, la asimilación, la negación o la desorientación

por wuwei (natàlia)

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aviso de contenido: monosexismo, bifobia, borrado, estereotipos, asimilación, normatividad, lenguaje capacitista

Aun siendo bisexual, aun siendo activista, aun considerándome “activista bisexual”, y aunque casi cada año acabo escribiendo en un día como hoy, me cuesta muchísimo identificarme con el día de la visibilidad bisexual. Y casi siempre acabo escribiendo algo porque creo que es seguramente el día en el que a lo mejor puedo captar más interés o porque utilizo también esta plataforma para lanzar algunos mensajes alternativos a los mensajes mainstream que suelen llenar todo el día. La mayoría de los mensajes intentan dar visibilidad a la bisexualidad y a la vez instaurar un tipo de identidad bisexual que acaba definiéndonos, encerrándonos y otorgándonos unas características que se alejan de lo que creo que es un verdadero empoderamiento.

Sabemos que el monosexismo se basa en el borrado de todo aquello que no sea heterosexual ni homosexual, y que, además, aunque nos borre, lo que hace es otorgarnos una imagen concreta. Porque en realidad no es que no existamos socialmente, no nos hemos “inventado” ningún tipo de cosa que no se haya mencionado a través del discurso médico y social. La historia lleva mencionándonos desde que se inventó la orientación sexual para poder separar géneros y apartar todo aquello que no encajaba en lo que supuestamente tenía que perpetuar el binario de género: les bisexuales somos primitives, somos socialmente inconsistentes, somos inestables, somos niñes que todavía no hemos crecido ni escogido. Más bien estamos prohibides y encajades en un imaginario asocial casi mágico. Se crea una imagen de nosotres fuera de todo aquello que es social, que ni si quiera es un error, desviación o enfermedad, como se acostumbra a señalar sobre la homosexualidad. Es por este motivo por el que normalmente el activismo bisexual se basa en la visibilización y en la negación de esta imagen creando una idea “contraria” a la impuesta, socialmente aceptable y cerrando así una identidad totalmente basada en contra-estereotipos y la visibilización.

Pero el peligro de reivindicar nuestra propia existencia de esta manera es que seguimos perpetuando monosexismo y heterosexismo haciéndole un altar a la creación de las propias orientaciones sexuales. No quiero caer tampoco en la idea de “todes somos personas, no veo orientaciones”, borrando a la vez privilegios, opresiones, violencias y estructuras. Obviamente todes somos personas, pero las estructuras no nos colocan a todes en el mismo sitio. En realidad para las estructuras no todes somos igualmente personas. No, esto es la misma mierda de siempre. Lo que quiero es que reflexionemos qué estamos re-creando, una y otra vez: bisexuales visibles, bisexuales tranquilas, bisexuales existentes y estables, esencialmente bisexuales, naturales; bisexuales que estabilizamos a una sociedad que violenta a muches más, no solamente a nosotres. ¿Queremos formar parte de esto? ¿Queremos estabilizar la estructura de orientaciones sexuales? ¿Qué queremos ser y hacer con todo esto?

Nos encontramos muchas veces que delante de la crítica a la propia existencia de la orientación sexual se nos intenta encajar en otras identidades no heterosexuales, pero monosexuales. Y si no contemplamos nada más allá del heterosexismo y del machismo podríamos creer que esto es suficientemente poco esencialista y un poco menos identitario (aunque esto lo pongo en duda muchas veces según el discurso de la persona que tengo delante). Y esto también nos trae problemas, porque borra experiencias estructurales de muches, borra el monosexismo. Seguimos siendo les mismes inestables de siempre, les mismes cuestionades de siempre. Seguimos siendo les traidores, aquelles con les que no se puede confiar, pero utilizando palabras que no nos permiten señalarlo para acabar siendo expulsadas al grito de “no sois suficientemente queer”, haciéndonos entender que no tenemos lo que hay que tener para poder pertenecer a la comunidad LGBTI+, o bien no ser suficiente para formar parte de algunos ambientes feministas.

Sigo sin entender muy bien cómo moverme entre discursos que me duelen e identificaciones que no sé cómo llevar. Para mí no es esencial llamarme de alguna forma, sino entender cómo funciona una estructura que me afecta a mí y a muches más, como es el monosexismo. Nombrarse, no obstante, a veces, forma parte de poder explicar aquello que me atraviesa. Tampoco es una carrera para ver quien está más oprimida, ya que las estructuras se expresan de forma contextual, y no me pondré a decir que me siento o que estoy más oprimida que una lesbiana o bollera, porque depende del contexto de cada una y del momento. Es más, considero a las lesbianas y bolleras compañeras. No obstante, lo que pretendo es no borrar todo lo que me ha llevado a la pérdida de trabajos, a la pérdida de relaciones de todo tipo, a la violencia en relaciones sexoafectivas, a la violencia sexual, y al empeoramiento de mi salud mental o el cuestionamiento constante de toda relación y del valor o peso de toda esta violencia. Y esto no sólo me ha pasado por el hecho de no ser heterosexual, sino también específicamente por el hecho de no ser monosexual.

Las orientaciones, al fin y al cabo, han sido creadas por estructuras como el heterosexismo, el monosexismo, el sexismo, el cisexismo o la monogamia. Caer en mensajes normativistas y asimilacionistas es reproducir todas estas estructuras. Aferrarnos al propio concepto de orientación como si fuera un concepto esencial y no estructural, también. No obstante, de momento sigo sintiendo la necesidad de nombrar todo aquello que me atraviesa, y por tanto, seguiré en este tipo de posición extraña, donde soy bisexual y a la vez reniego de todo lo que a veces algunas formas de ver y expresar la bisexualidad supuran.

A veces he reclamado estereotipos, o derivados como la desorientación, y algunas me han acusado de perpetuar el rollo este de “todas somos personas, las orientaciones no existen”: mi desorientación es también estructural, es el propio monosexismo que reclama que me decida, que me oriente, hacia opciones estructuradas, jerárquicas y poco sensibles. Lo que hacen muches como respuesta es orientar también la propia bisexualidad. Yo prefiero mirar hacia otros lados. Pero no para mirar hacia cualquier lado, ignorando todo aquello que hacemos a través de nuestras decisiones, relaciones y no/orientaciones. La orientación es estructural y me reapropio de mi desorientación como un acto político y sensible hacia todas mis relaciones y hacia todo aquello que pretende encajarme por un lado, y también por el otro. En vez de escoger la no-sensibilidad que todas estas estructuras quieren que siga, construyo otras opciones, conscientes, escogidas, no orientadas hacia donde sistemáticamente “tendría que ser”, y sensibles a como nos atraviesan estas estructuras. Mi desorientación es una forma de resistir, no sólo a la orientación sexual, sino también a todas aquellas formas con las que se nos pretende orientar sobre cómo nos tenemos que relacionar con todas las demás.

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reflexiones sobre una coalición, dominación y activismo. ser activista bisexual es una necesidad política

por Esdras Catari

en català aquí

Aviso de contenido: monosexismo, bifobia, ejercicio de poder, dominación

Hace tiempo que inicié un proceso de reflexión sobre el activismo LGTB, básicamente me hice activista al salir del armario (la primera salida) y resultó en un proceso de construcción y análisis sobre dónde estaba, en presencia y esencia, y sobre qué bases podía construir una vida más digna de acuerdo a los derechos y al derecho a ser diferente, contribuir a la equidad e inclusión como bases de un grupo, comunidad o movimiento. Después de muchos años colaborando activamente en espacios LGTB institucionalizados he vivido un proceso que ha supuesto emplear un ejercicio enorme y agotador de crítica como análisis de todo aquello que buscaba construir. La realidad ha supuesto una serie de reflexiones que he estado compartiendo en espacios que anteriormente consideraba como seguros y que han supuesto exclusión, acoso, borrado, instrumentalización y apropiación de discursos, hasta acabar fuera del espacio que otrora consideraba el camino al empoderamiento y el cambio.

El ejercicio de la crítica me ha servido para analizar afirmaciones y conceptos totalizadores de un modelo de activismo que se ha convertido en sinónimo de la única verdad, la autocrítica respecto a acciones totalitarias y de homogenización evidencian la construcción de un discurso que solo imita estrategias del dominador sin poner en duda que sean reproducciones de un mismo sistema heteropatriarcal y heteronormativo. En la práctica las voces que hacen un ejercicio de autocrítica son apartadas ya que evidencian las reproducciones de opresiones, exclusiones y discriminaciones sistémicas en una “comunidad” (que prefiero llamar movimiento), evidencia la oposición a estereotipos, desarrollo de políticas y una construcción comunitaria basadas en las estrategias y estructuras del mismo sistema que se pretende subvertir, cambiar, o contra el que se pretende luchar.

Esta forma de activismo genera inevitablemente relaciones de subordinación ya preestablecidas en la sociedad, donde aquellos que detentan determinada raza, clase social, formación académica, privilegios, contactos, entre otras cosas, son los que subordinan el discurso y reivindicaciones a sus propias necesidades, generando inevitablemente exclusiones, censura, alienación y apropiación. Estas diferentes subordinaciones coexisten en un eje vertical que podemos evidenciar por ejemplo a través de la ausencia de las personas subordinas en las posiciones de poder, dirección u coordinación en una coalición (LGTB racializadas, LGTB con diversidad funcional y neurodiversidad, bisexuales que nunca han alcanzado presidencias de la federación o de asociaciones, bisexuales poliamorosas, ausencia de otras plurisexualidades, etc).

Este modelo vertical es conflictivo y problemático ya que hace imposible priorizar de manera equitativa las reivindicaciones, otorgando poder a aquellos sujetos que reproducen el sistema contra el cual luchan, así se nos exige no hablar de temas que son polémicos o subversivos del sistema, no podemos hablar de poliamor en espacios de empoderamiento, de triejas, de la monogamia y el matrimonio como herramientas de control y opresión, de los conceptos de promiscuidad, de promiscuidad responsable, de construir parejas abiertas donde los cuidados de la relación y el autocuidado sean eje primordial, del ejercicio responsable y libre de la sexualidad o de cualquier otra forma de relaciones sexuales, románticas y sociales que sean diferentes a las ya establecidas y estructuradas por un sistema patriarcal, capitalista y de moral judeo-cristiana.

Continuamos insistiendo en una cohesión y unidad absoluta de diferentes realidades e identidades para adherirlas a una sola política de reivindicaciones, esto niega las opresiones diferenciadas a la que cada identidad está sometida obviando también las intersecciones culturales, sociales, de raza, entre muchas otras en cada identidad miembro imponiendo las necesidades políticas de aquellas que ostentan las cuotas de poder. Es evidente que no podemos negar el valor y fuerza de una política de coalición de identidades minoritarias frente a un sistema hegemónico de otra, sin embargo construir esa coalición ignorando las reproducciones de clasismo, capacitismo, bifobia, monosexismo, machismo, etc genera en exclusiones e inevitablemente en una construcción de personas que se erigen como soberanas de la verdad, del verdadero activismo y de las políticas a reivindicar, una actitud mesiánica y estática que no asegura el éxito de un cambio sustancial de paradigmas, opresiones y exclusiones para los más invisibilizados o menos empoderados.

Esta insistencia anticipada en la unidad como objetivo principal o base de toda acción política grupal implica que la solidaridad a todo precio es condición previa para la acción política, y que esta no puede ser cuestionada aun suponiendo que pueda violentar a miembros de dicha unidad. Pero cabe preguntarnos ¿a qué acción política nos referimos? ¿Es preciso para una acción política eficaz mantener la unidad aunque esta suponga la exclusión e invisibilidad de los miembros menos empoderados o minoritarios?  ¿No es contradictorio que la acción conjunta suponga reproducir violencias y estructuras de opresión en beneficio del bien común? Y, ¿quiénes definen ese bien común?

Si tomamos las nociones del poder desde un punto de vista de facauldiano podemos decir que los sistemas de poder forman y regulan a los sujetos opuestos al sistema a través de diferentes mecanismos como por ejemplo el sistema jurídico de poder. Estas nociones de poder se construyen únicamente en términos de prohibición, reglamentación y control restringiendo o limitando la propia elección de los sujetos, así a partir de esa construcción los sujetos se agrupan y definen sus políticas y reivindicaciones de acuerdo a las imposiciones y exclusiones de dichas estructuras, derivando en una política inversa, de representación excluyente donde las voces de los miembros son representadas por sujetos que no detentan la identidad, orientación o realidad de aquellos a los cuales dice representar, por lo tanto niegan la existencia de opresiones diferenciadas entre ellos  participando así de las estructuras que perpetúan la exclusión de esos otros. Así cuando digo que detecto, observo, siento y sufro Bifobia y monosexismo como hombre bisexual en la coalición LGTB, nunca falta un hombre gay, cis, y con ciertos otros privilegios que niegue que sea real lo que detecto, observo, siento y sufro, afirmando incluso tajantemente que es mentira, que eso no pasa, no ha pasado, ni pasará. Esto evidencia que las políticas construidas en una coalición muchas veces se sitúan en un eje diferencial de dominación donde personas que supuestamente representan a todas niegan la realidad de las otras porque estas evidencian reproducciones de opresión y exclusión en los sujetos que construyen esas políticas.

A lo largo de esta experiencia he podido identificarme con algunas de las razones de por qué más activistas bisexuales en el activismo LGTB se identifican más como “activista bisexual”. Yo creo en que es una necesidad que se debería hacer condición para hacer activismo, identificarnos también como activistas de nuestra orientación, para mí es la primera herramienta que tenemos para luchar contra el monosexismo y la invisibilidad de la bisexualidad, decirlo, se es bisexual y luego se hace activismo, no al revés.

Recientemente un activista LGTB, casualmente gay, blanco de clase media, que ocupa cuotas de poder y representación me sentenció lo siguiente “El colmo del individualismo y de la exclusión es decirse a sí mismo que se es activista “Bi”, “les” o “gay”. Cuando unx dice activista LGTBI hace una declaración de intenciones. Lucha por todxs, independientemente de que uno sea gay, bi o les.”. No es la primer vez en más de 10 años de activismo que escucho esa afirmación, que esconde una construcción visible y palpable en el activismo LGTB la homogenización de los discursos y las identidades, un interés por la alienación de aquellos que tienen menor representación y aquellos que evidencian las contradicciones y reproducciones de exclusión y poder dentro de la coalición. Se nos acusa de individualistas y exclusionistas si nos identificamos como activistas bisexuales, más claramente, se nos acusa de malvadas enemigas por identificarnos políticamente con nuestra orientación, como si hacer uso de la palabra Bisexual como etiqueta política restase poder de acción a las luchas contra las discriminaciones que tenemos en común y que siempre han sido también primer objetivo de las bisexuales: el heterosexismo, la heteronormatividad, la igualdad de derechos civiles de todas las personas.

Identificarnos como activistas LGTB tiene su valor e importancia en la unión de identidades minoritarias para hacer frente a opresiones y discriminaciones comunes, sin embargo parece que por el camino olvidamos que LGTB no es una identidad en sí, no es una orientación en sí misma, es una etiqueta política común, que está integrada por orientaciones e identidades que tienen sus propias opresiones diferenciadas, que están expuestas a diferentes realidades sociales aunque compartan opresiones, LGTB se ha convertido en una identidad superior que con solo nombrarla nos convierte en dueños de la verdad, soberanos de la tolerancia y los seres más inclusivos de este planeta, borra la identidad propia de las personas que integran la coalición y nos impide pasar de la sombra de aquellas que están más aceptadas, reconocidas, toleradas y conocidas como orientaciones, dejando sin posibilidad a que otras visibilicen sus intersecciones relacionas con su orientación.

Me identifico como activismo bisexual no por desmarcarme del activismo LGTB, que lo leo y no sé cómo me siguen diciendo eso ya que desmarcar la bisexualidad del activismo LGTB sería empezar a eliminar la historia del activísimo LGTB desde sus inicios; me identifico de esa forma porque es la primera opción que veo para luchar contra la invisibilidad, segundo porque esto, LGTB, es una coalición, no una identidad u orientación propia y si nos sumergimos en un análisis estructural podríamos decir que es contraproducente e indudablemente problemático para aquellas activistas de otras orientaciones e identidades menos empoderadas y termina por absorber las reivindicaciones propias de esas identidades con menos representación y poder, termina por desdibujar las intersecciones y las discriminaciones diferenciadas así como las estructuras de opresión específicas, homogenizándonos en un discurso marcado por aquellas que ostenta las cuotas de representación y poder. Me complace ver que muchas más bisexuales que hacen activismo LGTB comparten estas conclusiones y ven la importancia que hay detrás de estas construcciones y forma de hacernos visibles, nos invita a discutir, estudiar y reflexionar sobre la importancia o las posibilidades de contribución que tiene identificarse como bisexual, a tener siempre presente que hablar de nuestras necesidades específicas como bisexuales, del monosexismo como opresión, señalar y denunciar las reproducciones de exclusión, control y opresión dentro de la coalición y que identificarse políticamente como activista bisexual no invalida ni tampoco nos aparta de la lucha contra las discriminaciones comunes o por los derechos comunes que tenemos compartimos sino que nos aparta y restringe a solo hablar de ello, nos restringe al “bien común” y al “aquí estamos, existimos y somos válidas” por encima del éxito de un cambio sustancial de paradigmas, opresiones y exclusiones como personas bisexuales.

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sobre poder y dominación en nuestros espacios críticos

por wuwei (natàlia)

en català aquí.

Este texto lo escribí y se publicó en El Salto el 18 de marzo. Podéis ver el original aquí . 


Este texto es el tercero de un conjunto de textos en los que quiero reflexionar y abrir un proceso de auto-crítica sobre gestión de discursos y espacios. El primero está aquí y el segundo aquí.

Aviso de contenido: poder, dominación, instrumentalización, manipulación, mención de ansiedad, capacitismo, mención de estructuras de poder, privilegios, agressiones, salud mental, violencia, mención de miedo, sentimiento de culpa, castigo

Hace tiempo que tengo ganas de hablar de cosas de las que sé que nos cuesta hablar, pero que sé que es un tema que nos está rondando a muchas y algunas personas ya han empezado a hablar de ello. Los motivos por los cuales nos cuesta tratar el tema son variados: porque tenemos miedo a las consecuencias de hablarlo, por la exposición emocional y mental que supone, pero también porque tenemos miedo a cargarnos todo aquello que tanto nos ha costado construir en espacios críticos, feministas y de lucha social (herramientas, discursos, vínculos). También juega un papel muy importante el poder, tanto sea porque tenemos miedo a perderlo o a renunciar a la posibilidad de una posición superior, o bien porque queremos conseguir esta posición superior. Además, tenemos miedo a que nos pisen o a ser excluidas (este último viene a ser uno de los motivos por los cuales muchas seguimos la corriente sin cuestionar cosas que nos pican).

Pero la realidad nos explota en la cara, y no podemos permitirnos ignorar mucho del daño que nos estamos haciendo, los poderes que estamos generando, los guayismos y las consecuencias de todo esto, entre las que se encuentran problemas de salud mental, sociales/relacionales, económicos, de aislamiento. Problemas contra los cuales supuestamente estamos intentando luchar.

A mi alrededor desde hace tiempo personas hablan de situaciones diferentes pero que tienen muchas cosas en común: por un lado, la utilización de discursos como herramientas que acaban generando ciertas violencias, tanto sea exclusiones, acoso o borrados, y por otro lado, la instrumentalización de los discursos solo para obtener poder. Normalmente es una mezcla complicada de las dos y lo que finalmente tenemos es un ejercicio de poder que no es nunca contemplado cuando hablamos de estructuras sociales porque se ha generado especialmente alrededor de nuestros discursos y de nuestros espacios —movimientos sociales, activismos sociales, feminismos, queer/LGBTI+, no-monogamias… — tanto físicos como virtuales, donde se incluyen redes sociales.

Ya sabemos que las estructuras sociales de poder que nos encontramos “fuera” de nuestros espacios se repiten dentro de estos. Sabemos que el machismo, el racismo, el heterosexismo, entre muchas otras estructuras, están presentes. Los ejes principales de nuestras luchas son, precisamente, estas estructuras. No obstante, dentro de estas luchas han emergido nuevas estructuras, que son aquellas que nos otorgan ciertos reconocimientos y poderes en estos mismos espacios: el guayismo, aquella tendencia a destacar y generar cierto dominio a través del ser “guay” bajo los parámetros definidos por nuestros activismos sociales —como por ejemplo, estar construida, dominar el discurso, obtener atenciones debido al dominio de este discurso, producir discursos como si fueran productos de consumo, famoseos y divineos. Evidentemente se mezclan otras estructuras menos visibles y reconocidas como son el hecho de tener ciertos tipos de carismas o bien la capacidad de poder dominar todo esto (capacidades comunicativas, emocionales o intelectuales). Y todo el resto siguen la corriente, porque ir en contra es buscarte el aislamiento o hundirte.

Es complicado entender en qué momentos ha habido un deseo de poder sobre otras personas o bien hemos confundido el empoderamiento personal con un ejercicio de poder hacia estas otras, aprovechándose muchas veces de privilegios y de situaciones que en muchos discursos no se contemplan. El problema es que uno de los muchos dogmas que hemos aprendido a repetirnos es que da igual lo que hagas sobre una persona que tiene un privilegio concreto sobre ti porque esto (supuestamente) nunca es violencia, olvidando muchas más partes del contexto de aquella persona y de otros ejes que le puedan estar atravesando que no vemos (o no queremos ver). La salud mental es uno de ellos. Entiendo que delante de ciertas situaciones hemos tenido que aprender a dejar de empatizar con las personas que nos violentan y que tienen más privilegios, y entiendo que es vital que siga siendo así en muchos casos. Pero, no obstante, hemos hecho un salto y hemos pasado a desear que se deshumanice totalmente a quien consideramos que tiene un cierto privilegio sobre nosotras.

Hemos confundido acompañamiento a las violentadas o agredidas con un ejercicio de multiplicar cualquier deseo de quien haya padecido la violencia. Cualquiera, sin cuestionarlo, ni contextualizarlo. Mi pregunta es: ¿esto es acompañamiento? A la vez tenemos miedo a todo lo que se nos puede llegar a pedir cuando se señala a otra persona como agresora, llegando al punto de que, si vemos que podemos, intentamos mirar hacia otra parte dejando de lado totalmente a la propia agredida. Las dos caras de la misma moneda tienen consecuencias totalmente contrarias a lo que supuestamente queríamos obtener.

Todo esto lo digo con dolor después de haber estado años intentando esquivar los intentos de manipulación por parte de un hombre que quería cuestionarme estos discursos para su propio beneficio. Cada vez que alguien me hablaba de cuestionarlo la ansiedad se me disparaba. Me ha costado aceptar que estas herramientas puedan estar siendo utilizadas también para generar poder. Pero es que el poder se aprovecha muchas veces de cualquier fisura que encuentra y es por esto que es muy importante repensarnos constantemente y estar muy alerta. Creo que uno de los problemas principales ha sido convertir parte de estas herramientas y discursos en dogmas y no contextualizarlos nunca. Sí, hemos generado dogmas, creencias que van más allá de lo que tendría que tener un espacio que se diga a sí mismo crítico. Estos dogmas los hemos creado para revertir aquellos otros que nos imponen las estructuras de poder, pero al fin y al cabo son dogmas que no se pueden cuestionar, que no se pueden contextualizar según la situación.

Otros dogmas que hemos creado son, por ejemplo, que si una persona dice que se ha sentido agredida significa que lo ha estado (sin habernos parado a reflexionar o definir qué queremos decir con “agresión”), o bien también que todo lo que pida una persona que se ha sentido agredida va a misa (y nunca mejor dicho). Con esto no quiero decir que tengamos que hacer todo lo contrario, como pasa fuera de nuestros espacios, donde no se cree a las agredidas y no se las acompaña. Nos ha costado mucho que se nos escuche, se nos crea y se nos acompañe.

Lo que tenemos que replantearnos es qué quiere decir acompañar y escuchar, porque revertir totalmente un poder que fuera no tenemos de esta manera implica otorgar un poder muy grande. Y todo poder que se otorgue tiene el peligro de ser deseable y utilizado más allá de las situaciones para las que se ha construido, sea a través de un proceso consciente o inconsciente. He visto y vivido de muy cerca cómo se instrumentalizaban estos dogmas para destruir a personas, o por venganza debido a situaciones que nada tenían que ver con la acusación que se estaba haciendo (celos, por ejemplo). He visto cómo se mentía, se inventaban agresiones, o bien se aprovechaban algunas existentes para generar aún más poder sobre una persona. Sigo creyendo que cosas como ciertos vetos o ciertas formas de tratar las agresiones son importantes y necesarias. Pero no siempre ni de todas las maneras, ni otorgando este total y absoluto poder.

Hemos basado buena parte de nuestros discursos en el sentimiento de culpa y en el castigo. ¿No nos suena esto de algo? Sin darnos cuenta hemos caído en la misma trampa con la que el sistema en el que vivimos nos violenta día tras día. No creo que las personas oprimidas tengamos que estar siempre haciendo pedagogía, creo que es algo que tenemos que poder escoger, el momento y el lugar, la exposición y como nos autocuidamos, y si realmente lo queremos hacer. No obstante, sabemos que vivimos en el mundo que vivimos y es por este motivo que algunas o muchas hacemos activismo, y pedagogía la tendremos que hacer. Caer siempre en atacarnos, castigarnos o jugar a hacernos sentir constantemente culpables de todo no tiene nada de revolucionario. El cambio más revolucionario tiene que pasar por otras vías.

Una cosa que da mucho poder en nuestros espacios es dominar el discurso, saber en todo momento como utilizarlo. Creo que quien tiene el privilegio de saber y poder dominar ciertos discursos tiene un poder más grande dentro de nuestros espacios. He visto cómo se manipulaban los discursos sobre cuidados para conseguir más atenciones y afectos. He visto manipular los discursos de “no puedes dejar una relación así como así porque esto es capitalismo y consumo de cuerpos” para que haya personas que no puedan dejar relaciones de maltrato o chungas, o que eran incompatibles. He visto maltratar mucho a personas y taparlo totalmente acusándolas de capacitistas si señalaban maltrato. He visto cómo se manipulaba también el discurso del tone-policing para excusar acoso y ataques sin ningún cuidado hacia personas que cometían algún error típico de cuando no estamos suficientemente formadas. He visto, de hecho, manipular y utilizar cualquier discurso. A veces me da pánico escribir, dar un taller o una charla, porque he visto manipularlo todo.

Finalmente, y no menos importante, también he visto y he vivido la hipocresía de la generación de discurso solamente para el puro consumo de las oyentes y lectoras y para el puro protagonismo y guayismo de las productoras, con un gran vacío en medio donde se generaban borrados, manipulaciones, ghostings, luz de gas o competición, por parte de las mismas que hablaban y se ganaban la fama hablando de cuidados, de horizontalidad, de cooperación o de compañerismo.

Escribo todo esto no solamente para hablar de las demás, sino que aprovecho para revisarme, hacer autocrítica y responsabilizarme. Escribo todo esto con un poco de miedo, pero a la vez con las ganas y con la esperanza de que algún día dejemos de hacernos daño. A veces lo veo, me entristezco y tengo ganas de huir corriendo. Otras veces cojo fuerzas e intento entender cómo podría moverme alrededor de todo lo que siento una farsa. Dos veces al año me cogen crisis y ganas de dejar este tipo de espacios. Pero después miro a mi alrededor y, cuando me fijo más allá de todo aquello que el poder intenta borrar, en el fondo veo cosas a las que cogerme: compañeras que construyen cosas cada día, con mucho cuidado y sin esperar nada más que un verdadero cambio social. Y es en estos momentos en los que cojo aire y fuerza y decido seguir.

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técnicas de dominación: el ejercicio de poder, también en nuestros espacios

por wuwei (natàlia)

en català aquí.

Aviso de contenido: dominación, poder, mención de machismo, cisexismo, especismo, edaismo, racismo

Este texto se publicó en el número 466 de la Directa. Podéis ver el artículo original en catalán aquí.

Las técnicas de dominación son parte de mis obsesiones desde hace cinco años. El día que Miguel (compañero de activismo) melas presentó, de golpe muchas cosas que llevaban pasándome desde hacía tiempo empezaron a tener sentido. Desde entonces me he dedicado a intentar entenderlas, a entender los contextos en los cuales se expresan, a aprender ano ejercerlas y a intentar encontrar herramientas para defenderme.

Berit Ås, feminista crítica noruega, política y profesora de psicología social, introdujo las también llamadas técnicas de Hérsker en su manifiesto “Master Supression Tecniques”, donde describía cuáles son las pautas del comportamiento machista y las técnicas que se usan para menospreciar el papel de la mujer dentro de las tareas de grupo. Aunque estas técnicas se presentaron en el contexto del machismo, también se aplican en otras estructuras.

Ningune de nosotres se salva de estar aplicándolas. Todes somos receptores y emisores porque nos hemos educado en un contexto social que se relaciona a través de ellas. Nuestra cultura se basa en la dominación, las aplicamos en muchas situaciones diarias, como por ejemplo en situaciones donde no queremos sentirnos culpables por algo que hemos hecho o bien tenemos miedo a dar una imagen negativa de nosotres mismes. En algunos talleres sobre este tema les participantes comentan que tenemos una manera de relacionarnos que se basa en “a ver quién gana”, ya que si no intento ganar yo en una situación dada, será le otre quien me dominará: o dominas o eres dominade. Además, para poder dominar utilizamos las estructuras de poder que tenemos a mano: estructuras sociales ya existentes (como machismo,heterosexismo, cisexismo, racismo, capacitismo, etc.) o bien otras específicas de nuestros espacios o entornos. Por este motivo, aunque todes somos receptores y emisores de estas técnicas, no todes estamos en la misma posición.

En nuestros espacios críticos, feministas,activistas, de militancia y liberados, seguimos reproduciendo estas técnicas.Las aplicamos en relaciones personales, en asambleas y en encuentros de todo tipo. Es importante darnos cuenta de que utilizarlas, aparte de ser fácil, es muchas veces un mecanismo inconsciente para sentirnos menos desempoderades. El problema es si este desempoderamiento es porque alguien está ejerciendo poder sobre ti o si es porque no tienes el poder sobre otres.

Las técnicas de dominación

La invisibilización es una de las técnicas más utilizadas, donde se trata de borrar a la otra persona, su mensaje,emociones, necesidades o deseos. Hay muchas formas de invisibilizar: no dejar que llegue su mensaje cortándola, haciendo ruido sobre su voz o tapando lo que escribe, llamando la atención de les otres para que pongan atención en otro lado, ignorando o haciendo que se ignoren sus necesidades o deseos, etc. He observado esta técnica por parte de personas de los movimientos sociales que,para destacar, invisibilizan a otres que puedan estar haciendo algo parecido:hacerle el vacío en grupos de debate, tapar sus comentarios con los propios,intentar destacar con algún tipo de noticia en el momento en el que le otre hacía algo, etc. Y todo esto decorado a través de un discurso antiexclusión o anticompetitividad.

Una técnica que está relacionada con la anterior es la de esconder información, que consiste en esconder información a otras personas que sea importante para que ellas puedan tomar decisiones, tener cierta autonomía o poder en su propia vida. Está relacionada con la invisibilización, porque cuando invisibilizamos alguna cosa o persona estamos escondiéndola a otres. Se esconde información cuando no se pone sobre la mesa toda la información necesaria para tomar una decisión en una asamblea. Se esconde información cuando no muestras a una de tus relaciones algo que es importante para que ella pueda tomar decisiones sobre la propia relación(normalmente por miedo a perder la). Se esconde información cuando en un conflicto o problema que afecta a tres personas, primero se soluciona solamente entre dos de ellas y a la tercera se la hace participe al final, cuando ya se han tomado muchas de las decisiones.

Una técnica muy utilizada para hacer que el mensaje, las necesidades o los deseos de les otres se perciban menos importantes es la ridiculización. Esta técnica utiliza el imaginario cultural que hay alrededor de personas que forman parte de un colectivo determinado y que negativizan su imagen, como por ejemplo los estereotipos. Utilizando este imaginario, rebaja su imagen a una de inferior para que lo que expresen o sientan se menosprecie. La infantilización es un tipo de ridiculización, no porque les niñes o las criaturas sean seres inferiores, sino porque socialmente son considerades inferiores. Otras formas de ridiculizar son, por ejemplo,resaltar el tipo de ropa de le otre (como se suele hacer con las personas que llevan una ropa que no encaja con su género o con el género asignado), compararle otre con conceptos, cosas o seres que sean considerados inferiores (como cuando comparan un grupo de mujeres con un gallinero, utilizando el especismo que considera los animales no humanos seres con menos valor). Se ridiculiza también personas migradas por su acento.

Una característica que nos atraviesa a las personas de grupos minorizados es un constante sentimiento de culpa,especialmente a personas femeninas. A parte de ser un sentimiento que arrastramos, también es una técnica de dominación. Es muy fácil hacer sentir culpable a una persona que forma parte de uno de estos grupos porque nos han hecho creer que somos les responsables de lo que padecemos y de los males que reciben las persona con más privilegios. Se nos hace sentir culpables en nuestros espacios de militancia cuando ponemos sobre la mesa los problemas que nos atraviesan haciéndonos sentir que ocupamos un espacio que no tenemos derecho a ocupar.

Esta última técnica va muy unida a la del doble vínculo, que consiste en hacer sentir mal o culpable a le otre haga lo que haga, tanto si hace lo que se le pide como si hace lo contrario. Por ejemplo, cuando a una mujer se la acusa de descuidar los cuidador a sus hijes porque pasa demasiadas horas en el trabajo, pero también se la acusa de descuidar el trabajo cuando dedica más tiempo a sus hijes.  A las mujeres trans se las culpabiliza (a través de un discurso transmisógino) de reproducir los roles de género (y por tanto de reproducir misoginia) cuando se operan o cuando son femeninas, pero sino lo hacen se las acusa de tener privilegios de hombre. ¿No nos suena también a doble vínculo cuando se dice a personas migradas que son vagas si no trabajan o bien se las acusa de robarnos el trabajo cuando lo hacen?

El doble vínculo, hacer sentir culpable, la ridiculización, esconder información e invisibilizar, son las cinco técnicas que introdujo Berit Ås en su manifiesto. Más adelante, en una entrevista de radio, ella misma introdujo un par más: cosificación y comportamiento agresivo y violento. Además, les participantes en los talleres que otres activistas y yo hemos dinamizado, han aportado muchas más, entre las cuales tenemos: falsa empatía, apropiación indebida, estereotipar y esencializar, inclusión excluyente, exotificar, argumento de autoridad o crítica intangible. Y podríamos ir añadiendo más.

Contexto y empoderamiento

Se tiene que matizar que las técnicas de dominación son contextuales (como pasa siempre cuando hablamos de poder y estructuras). Muchas veces, cuando estamos en una situación de desempoderamiento la única forma de defendernos de técnicas como estas o de situaciones opresivas es utilizarlas de vuelta. Yo lo hice cuando estaba en una situación de dominación en el trabajo por parte de mi jefe. Por tanto, ante una situación donde se aplica una técnica no es suficiente analizar solamente la técnica, sino también el contexto: las personas (tanto la que la ejerce como quien la recibe), las estructuras que hay presentes y la situación concreta que se está dando.

¿Cómo nos podemos defender de estas técnicas? No tengo la respuesta. De la única técnica de la cual he aprendido a defenderme es la de la invisibilización, donde la mejor técnica de contrapoder es visibilizar. Aún no saber muy bien cómo defenderme, señalar las técnicas me ha empoderado bastante. Si la persona que la ha ejercido lo ha hecho sin ser consciente y sin que su intención fuera dominar, puede ser una buena idea hablarlo para aprender a no ejercerlas, porque creo que lo más importante es aprender a dejar de ejercerlas. Pero cuando estamos ante una persona que nos quiere dominar, intentar que aprenda a no ejercerlas es una tarea casi imposible (al menos puntualmente en aquella situación). No obstante, una se siente tan bien diciéndole a esta persona que te está intentando dominar y además ponerle nombre a la técnica, que como primer paso hacia el empoderamiento no está nada mal.

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ser una mala bisexual en tiempos de bisivilización

por wuwei (natàlia)

en català aquí.

Aviso de contenido: monosexismo, normativización, asimilación, instrumentalización, estructuras de poder, capacitismo, neurocapacitismo, sexofobia (slut-shaming), mención de cisexismo, lenguaje capacitista (uso del sufijo –fobia para hablar de violencia estructural)

 

Se acerca el 23 de Setiembre, día internacional para la visibilización de la bisexualidad, y tiemblo al pensar en las campañas que muchas activistas habrán estado preparando: una demostración constante de nuestra “normalidad” a través de mensajes como “las bisexuales no somos promiscuas”, “las bisexuales no somos inestables”, “las bisexuales sabemos lo que queremos”, o perlas como “somos 100% bisexuales”. Sé que todos estos mensajes y estas campañas las hacen activistas que dedican mucho tiempo y amor a lo que hacen y reconozco el trabajo que supone hace un activismo que es muy negado y marginado dentro de los colectivos LGBTI+. Tengo mucha estima a muchas de estas personas, así como también necesito decir que esto que estoy haciendo no pretende ser un ataque hacia ellas, sino más bien hacia el sistema que nos lleva a tener que defendernos de esta manera. Es, por tanto, un proceso de autocrítica interna hecha desde el afecto que tengo hacia todas aquellas con las que comparto opresión monosexista y activismos.

Tengo que reconocer que todo este discurso que pretende hacernos más aceptables socialmente es el que ha hecho que durante los últimos años me haya identificado mucho menos con la bisexualidad, porque siento que me excluye y no siento encajar en este ser 100% capaz de sobrevivir en este sistema patriarcal y capitalista. Hemos intentado muchas radicalizar una identidad como esta, reapropiándonosla, intentando hacerla nuestra, diferente, desmedicalizarla, etc; pero es una lucha invisible al lado de campañas que lo que hacen finalmente (sin que sea esta la intención) es marginar a muchas bisexuales que son/somos promiscuas, inestables, que pasamos fases, que no sabemos lo que queremos o que no encajamos en un sentimiento 100% puro de alguna cosa, en vez de luchar contra lo que no nos permite vivir, opinar, sentir, compartir.

No entraré en batallas absurdas diciendo que la bisexualidad es binaria y tránsfoba, mi crítica no va hacia aquí, y si cada vez me identifico menos con ella no es precisamente por este motivo. La transfobia se reproduce según como quieras definir tu misma tu orientación o identidad, no en la identidad en sí misma. Y en tu actitud cuando te relacionas, obviamente. Tampoco quiero decir que las demás plurisexualdiades, como son la pansexualidad, polisexualidad, omnisexualidad, escoliosexualidad, etc, sean bífobas, ya que es una lucha que proviene del mismo sistema que nos oprime: el que nos quiere divididas, el que nos quiere distraídas en peleas internas para no tener tiempo para luchas contra él. Es más, todas estas “peleas” son debidas al mismo monosexismo que nos obliga a definir nuestras orientaciones alrededor del género y que nos obliga a expresarnos con términos que nos excluye y que forman parte de un paradigma que es puramente monosexual. Yo, de hecho, me identifico como polisexual y como bisexual (no entraré en más detalles de los motivos porque el artículo no va sobre definir identidades ni explicar el porqué yo me identifico con unas y no con otras), y mis “identidades” son más bien cambiantes, políticas, desorientadas, confundidas y más sensibles que estáticas. Prefiero enfocarme en luchar contra las estructuras que en enfatizar y realzar identidades concretas.

El monosexismo se basa en la erradicación de cualquier opción no monosexual (en la que te puedes sentir atraída hacia más de un género): no puede existir nada fuera del binario hetero/homosexual. De esta manera se consigue que no pueda existir nada que pueda confundir la barrera que tiene que haber entre la heterosexualidad y la homosexualidad para que así la heterosexualidad siga manteniendo su privilegio: si aceptamos la existencia de plurisexualidades no se puede demostrar la existencia de la heterosexualidad como algo estático, puro y único. De esta manera, conceptualmente, las plurisexualidades se han construido como combinación de las dos monosexualidades, leyéndonos, por tanto, como suma de dos sexualidades (por eso se nos hipersexualiza y se nos atribuye el estereotipo de la promiscuidad), como saltando entre dos estados (por esto se nos ve como confundidas y que no sabemos lo que queremos o que estamos en una fase), o como combinación de dos orientaciones (por esto se nos dice que somos 50% heteros y 50% homosexuales).

Delante de esto el activismo bisexual más visible lo que hace es básicamente negar los estereotipos que nos otorgan, juntamente con “visibilizarnos” para combatir la erradicación. ¿Pero qué resultado obtenemos de todo esto? ¿Quién se beneficia más de este tipo de campañas y activismo? ¿Cómo es que (misteriosamente) este sea el activismo bisexual más aceptado dentro de un activismo hegemónico LGBTI+ que hasta hace muy poco negaba nuestra propia existencia, incluyendo nuestra discriminación y opresión?

Hasta no hace muchos años la negación de nuestra existencia y nuestra discriminación era el pan de cada día dentro de los grupos LGBTI+. Hace 15 años tenía casi prohibida la palabra “bifobia” dentro del colectivo donde me movía. En la mayoría de grupos la B se incorporó hace poco más de 10 años, y no fue una lucha fácil. Todavía, de hecho, se niega en muchos entornos, aunque ya no es un pensamiento tan aceptado de cara al exterior. Ahora todas se suman a hacer campañas para el 23 de Septiembre, y a abanderarse (muchas veces desde el privilegio monosexual) de la lucha contra la bifobia. Pero no nos engañemos mucho porque parte de este proceso ha concluido en una normativización, en una asimilación y en una instrumentalización por parte de estos colectivos hacia nosotras, ya que las personas bisexuales o plurisexuales seguimos siendo utilizadas solamente como ítem exótico: seguimos sin tener voz, seguimos necesitando nuestros espacios de seguridad fuera de estos grupos, seguimos siendo invisibles en jornadas, y a la vez se nos utiliza para llenar programas pero solamente como lavado de cara o como forma de hacer creer que se nos tiene en cuenta.

En este proceso ha sido donde toda nuestra energía ha ido a parar en hacernos más aceptables socialmente, para que también se nos aceptara en estos grupos. ¿Quién quiere a unas promiscuas inestables? ¿Quién nos querrá si seguimos aceptando que se puede estar confundida? ¿Quién nos quiere incapaces o discapacitadas en nuestras decisiones? Es así como poco a poco hemos ido convirtiendo nuestro activismo en una lucha para la aceptación, en la construcción de una identidad estática y súper estable, 100% ella, 0% todo aquello que la pueda hacer menos asimilable.

Pero en este proceso hemos dejado atrás a compañeras, a personas que también padecen el monosexismo, y que además padecen también otras estructuras. Hemos dejado la transversalidad de lado, hemos dejado de luchar contra un sistema para pasar a aplaudir la discriminación a la promiscuidad, a la confusión, a la discapacidad en la decisión o la inestabilidad. Hemos creado una barrera dentro de nuestro colectivo (como suele pasar siempre): una barrera que separa entre las “buenas” bisexuales y las “malas” bisexuales. Lo peor de todo es que las que son acusadas de malas bisexuales son también aquellas que les atraviesan otras estructuras y que, por tanto, padecen todavía más discriminación. Las mismas jerarquías siempre se acaban colando en todos los sitios.

Yo durante años intenté ser una muy buena bisexual, negué muchas partes de mí. Durante tiempo procuré hacerme ver cómo querían que fuera, para no sentir que yo era la culpable o responsable de la violencia que padecíamos. Me costó años, y una buena entrada de discurso crítico, darme cuenta de que yo no era la responsable de la violencia que recibía, que yo no era la culpable de que las personas plurisexuales se las estereotipara por el simple hecho de reproducir ese estereotipo, y que la responsabilidad era estructural y de todas aquellas personas que desde el privilegio procuraban que día tras día yo no olvidara que mi valor, mi sentir, mi poder para decidir sobre mi vida, dependía más de ellas que de mí.

Obviamente que se nos asignen estereotipos por defecto solamente por el hecho de ser bisexuales o plurisexuales es violencia estructural y es monosexismo. Pero afirmar que no somos de una manera concreta no es muy diferente a asignarnos estereotipos: también es una imposición de una forma de ser, además atravesada por una expectativa social que nos normativiza. Por tanto, esta negación no deja de ser una reproducción monosexista también. Las personas plurisexuales podemos ser (y somos) de muchas maneras, y no por este motivo menos merecedoras de ser o estar. Las promiscuas, las confundidas, las que no sabemos lo que queremos o las que pasamos por fases también somos plurisexuales.

 

imagen: puntos de libro (y plantillas) de la Colectiva Desorientada (I Jornadas Desorientadas en Madrid)

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